DIA 16

PRETENTIOUS

(O pretencioso)


La boda.

Una boda distinta a lo que os tengo acostumbrados.

¿Fluff?


Un delicado velo rojo de seda cubría su cabeza. Pero debajo del velo, Marinette tenía una sonrisa amplia, resplandeciente, sus dientes brillando de alegría. Un larguísimo palillo dorado atravesaba transversalmente su peinado recogido, y en cada punta del palillo colgaban hilos de oro con minúsculas perlitas que tintineaban al caminar. Una delicada tiara también hecha con flores de oro sujetaba su cabello enrollado en su cabeza, y más palillos y más horquillas, con hilos que formaban redecillas colgantes. Todo su tocado de novia estaba enjaezado con colgantes de piedras diminutas de nácar y oro. Y su vestido era un qipao tradicional de satín rojo bordado con motivos florales que caía sobre sus curvas hasta las caderas, para luego llegar hasta el suelo en una falda roja de vuelo ancho.

Preciosa, pretenciosa, perfecta.

Félix, desde lo alto del estrado, al verla tembló. La vio entrar por la puerta principal, atravesando aquel salón. Su cuerpo desprendía reflejos rojos y dorados, mientras que su belleza imponía admiración y respeto. Incluso los músicos no pudieron tocar la melodía acordada de lo impactante que estaba. Diosa roja del amor. Princesa de Oriente anclada en París, anclada a Félix para siempre.

Y él, que veía como sus sueños se volvían realidad, dudó entre abalanzarse sobre ella para comérsela entera, o, casarse de una vez para luego comérsela entera. Eligió lo sengundo. Apretó sus puños y sus labios, para no gritar o aullar, para no colgársela al hombro y salir pitando de ahí. Estremecimiento y pasión, impaciencia y tremor.

El delicado calzado rojo, con tacones de mediana altura, retumbaba en cada paso que daba, como el cronómetro de un reloj antiguo. Repiqueteaban sus zapatos y sus horquillas, y sus palillos y su tiara dorada que se encontraba por debajo de su velo . Su cabello recogido, su largo faldón, sus mangas apretando sus brazos, todo ello amenazaba con romper su paciencia y su ansiedad. Y cuando supo que no podía aguantar más, una mano le sujetó del hombro.

- Tranquilo Félix- le susurró Adrien.

Por un instante, Félix vio en la mirada de su primo, algo muy parecido a lo que sentía él en esos momentos. Amor. La mirada de Adrien estaba repleta de amor, y no lo miraba a él, sino a Marinette. Sus ojos verde esmeralda se derretían con sólo mirar a su novia, toda vestida de rojo y dorado, como una llamarada, como el fuego de la hoguera en la playa. Félix adivinó en un parpadeo, lo que le pasaba a su primo. No se sorprendió, de hecho, Félix lo había sospechado desde hace un buen tiempo.

Algunas veces, ya luego de anunciar su compromiso, Felix advertía que Adrien miraba a Marinette más de lo normal, o la escuchaba hablar atentamente durante más tiempo. Definitivamente su primo sentía algo diferente a la amistad que siempre clamaba a los cuatro vientos. Félix, hombre sensato y seguro de su amor, nunca dudó de ella y confió en que su primo respetaría su relación.

Así que volvió a mirar al frente para observarla mejor.

El velo denso de seda le cubría su rostro oscilando ante cada respiración. Ella no podía ver por dónde iba, pero su padre la acompañaba. Él la llevaba del brazo, con las lágrimas atascándose en sus conjuntivas. Su madre la observaba desde la primera fila, enlazando sus manos en una súplica muda.

Chino tradicional, Marinette Dupain-Cheng se casaba bajo la tradición china, con un vestido de satín rojo, cubierta de oro. Porque ella se había vestido de rojo, el color de la buena suerte. Y con el dorado, que atraía la buena fortuna. Y todo el salón estaba adornado de tonalidades de rojo, farolillos colgando del techo. Flores frescas en cada fila de sillas, claveles rojos, con algunos crisantemos amarillos.

Los colores de la fortuna y de la buena suerte.

Y cuando Félix la tuvo delante suyo, Tom lo miró con dolor y tristeza, y le dio la mano de su hija. Félix la cogió y se la besó con fuerza antes de dejarla caer. Ya con las dos manos libres y delicadamente, retiró el velo que cubría el rostro de su novia y así, de esta manera, contempló a centímetros todo el esplendor de su novia. Sus ojos azules estaban finamente delineados con pintura negra, dándole aún más efecto de profundidad. Azul profundo, entonces, azul eterno. Azul amor y azul cariño. Azul Marinette.

Ella sonrió, estirando sus labios barnizados de rojo. Rojo profundo, entonces, rojo eterno. Rojo suerte, rojo amor. Rojo intenso, rojo pasión.

- Estás preciosa- pudo mascullar, increíblemente.

- Te amo Félix- susurró con la voz rota Marinette.

Él asintió, bendiciendo su destino.

- Yo también, yo también.- musitó Félix.

Y Adrien supo que él también, pero nadie le había preguntado a él, así que se quedó callado. Dio un paso atrás, giró y dejó a los novios solos en el pequeño estrado. Se sentó al lado de su tía Amelie, para presenciar la ceremonia. Una ceremonia civil, en un salón fastuoso en el mejor hotel de París.

- El rojo, es el color de la buena suerte, creo que ella ha hecho una buena elección- habló lentamente Amelie al verlo sentarse.

Él asintió, no dijo nada. No podía hablar. Sería la emoción, o el impacto de verla hermosa. O el dolor, o la pena, o el amor, el amor ya imposible y descubierto demasiado tarde.

- Marinette siempre hace buenas elecciones, tía.- se obligó a responder.

Para los novios, para ninguno de ellos, las palabras emitidas por el celebrante llegaron a sus oídos. No podían quitarse la vista de encima. Azul y verde, rojo y negro. Y la ceremonia se les hizo corta, y no recordaron casi nada salvo sus miradas y las ansias de que todo terminara de una vez, para que la vida empezara de nuevo. Los minutos pasaron y luego de un rato, Félix observó cómo Adrien se acercaba, para darles las alianzas. Y otra vez, Félix vio los ojos de su primo venerando a Marinette, a su Marinette. No pudo sentirse incómodo, entendía perfectamente que el resto del mundo idolatrara a su novia, le parecía absolutamente normal. Y hoy más que nunca, porque ella parecía una revelación, una deidad descendida del cielo, naciendo de la boca de un dragón en medio de seda roja y satín. Y oro.

Marinette casi nunca usaba joyas y ese día, iba cargada con todo un arsenal.

- No hay palabras para describirte, Marinette- le susurró al oído horas después, en medio de su fiesta. Estiró un dedo y empujó una de las puntas del palillo hacia atrás, haciéndolo tintinear. - Estás espectacular.

Ella rio, como llevaba haciendo toda la noche.

- Son de mi madre, y fueron de mi abuela antes de ella, y de la madre de mi abuela, y así sucesivamente. Si tenemos una niña, se los tendré que dar el día de su boda.-

Con la mirada, recorrió el rojo vestido que caía sobre el cuerpo de Marinette. Delicados bordados de crisantemos por toda la tela, con pequeñas borlas, casi imperceptibles, en el borde de la chaqueta superior y del bajo de la falda. Un cinturón de seda rojo a la cintura. Mangas largas estrechas y cuello alto cerrado, con botones de oro. Y en sus dedos, su alianza. También dorada, también bellísima.

Durante la ceremonia, apenas escucharon que podían darse un beso, ella se abalanzó sobre él, haciendo chillar su tocado de oro. Él retrocedió un pie para sostenerse mejor, pero la tomó por la cintura y la apretó hacia sí mismo, dejando colgados sus pies, y dejó que sus labios buscaran su objetivo, que se encontraba en la orilla de su boca. Y así, los labios color carne de él y los labios rojos carmín de ella se fusionaron, comiéndose con ansiedad y sin recelos frente a todos los asistentes.

Nino Lahiffe recordó que ya había visto eso antes.

Adrien Agreste pensó que fue así como había descubierto el amor por Marinette, cuando vio que su primo la besaba.

Tom Dupain se sintió morir, nuevamente.

Sabine Cheng tuvo la certeza que Marinette sería inmensamente feliz y esa conclusión la hizo llorar de alegría.

Amelie Graham apretó fuertemente sus manos para no salir corriendo a abrazarlos y a felicitarlos.

Luka Couffaine no se inmutó, pero en su corazón aún recordaba el sabor de la boca de Marinette.

Kagami Tsurugi decidió que si algún día se casaba, lo haría en Japón y a la vieja usanza.

Y cuando pudieron al fin separarse para respirar, todos empezaron a aplaudir y los novios se voltearon para agradecer y aplaudir también. El celebrante les acercó una estilográfica y ambos, uno después del otro, procedieron a firmar el acta. A Félix, que fue primero, le tembló la mano derecha y usó la izquierda para ayudarse a firmar. Con Marinette pasó lo mismo, pero su firma era más sencilla y pudo realizarla sin problema. Se acercó Adrien y debajo de la firma de los novios, él también puso la suya, como testigo. Kagami Tsurugi dejó su silla para subir a firmar, justo al lado de Adrien, su eterno novio.

Todo estaba hecho entonces.

Félix Graham de Vanily (inglés, hijo de empresarios y banqueros y orgulloso por genética) y Marinette Dupain-Cheng (francesa de nacimiento, china por tradición, hija de panaderos, empática por naturaleza) se habían casado, felices y radiantes, un sábado por la mañana, en París, frente a sus amigos y familiares.

Félix pensó que los sueños se hacían realidad, finalmente.

Marinette pensó que la felicidad también se escribe con "F" de Félix, y de hecho, su nombre significaba eso.

Él entrelazó su mano en la suya, y regalándole una sonrisa, caminaron nuevamente por el pasillo, ya juntos y casados, hacia su fiesta y hacia el resto de sus vidas.

- No usaste tu vestido blanco, Mari, el que tenías en tu habitación- le susurró al oído Félix, unas horas después. Ya en la mitad de su fiesta, sentados en la mesa principal.

Marinette frunció los labios para luego reírse levemente.

- No pude usarlo, te pillé quitándole la tela de encima. ¡Lo viste antes de la boda! - Y aunque trató de regañarle, sólo atinó a seguir sonriendo. - Ver el vestido de la novia antes de casarse, es de mala suerte, eso lo sabe todo el mundo.

- Ésas son supersticiones, Marinette. La suerte no existe.- meneó la cabeza Félix.

- Un día te tragarás tus palabras, Graham. El rojo es el color de la buena suerte, y el dorado, el de la fortuna.-

- Azul- clamó Félix.

- Azul- repitió.- ése es mi color, el color de tus ojos, madame Graham.- cogió a Marinette del mentón para acercársela a los labios, un universo nuevo se había formado y llevaba sus nombres en él, y ése universo tendrían estrellas azules y rojas y doradas, y sería eterno. Un beso, un amor, una historia, la del inglés mustio y gruñón con la parisina sencilla y amable; una historia de amor, inexplicable, mágica, y sin embargo, muy real. Se separaron milímetros y justo cuando iban a volver a besarse, Adrien apareció enfrente de ellos, interrumpiéndolos.

- Félix, debo bailar con mi nueva prima.-

Y Marinette resplandeciente, se puso de pie, y sin mirar atrás, cogió la mano de Adrien y lo llevó al centro de la pista. Y mientras bailaban, él la hacía girar, apoyando una mano en su espalda y sosteniendo la otra, entrelazando los dedos. La sonrisa de ella era sincera y amable, pero la de él era una sonrisa resignada. Quizá en otra vida, quizá en otro cuento, ésta hubiese sido su boda, y ésta hubiese sido su novia. Y tal vez hubiesen sido felices, y tal vez estuviesen hechos el uno para el otro.

Pero ahí, en esa pista de baile, Marinette Dupain-Cheng era ya madame Graham, la mujer de su primo. Y Adrien le debía respeto y cariño, pero no amor, jamás, ya no. Ya-no.

Después de tantos años, Adrien había descubierto que lo que sentía por Marinette era amor, un extraño amor, un amor tímido y leal, casi rozando en la admiración. No, no. Había sido un error considerarla una amiga, porque no lo era, no lo fue, y ahora, tampoco lo sería. Adrien se prometió no desear nunca más a la mujer de Félix y se prometió ahogar ese amor errado y lento que había tenido o tenía por ella.

Vuelta y vuelta, paso y paso, giro y giro. La música terminaba y era una despedida. Un adiós. Adiós Marinette, si tan solo hubiese sabido que me amabas, si tan solo me hubiera dado cuenta antes.

Un último giro, un último acorde, y Adrien volvería a la tierra...o al infierno.

Marinette le regaló un beso en la mejilla, mientras volvía nuevamente al lado de su marido. Él se puso de pie y abrió los brazos para recibirla de regreso, la besó en los labios y la sacó otra vez a bailar. Y Adrien quedó a un lado, al borde de la pista, con su esmoquin gris y con su melancolía.

Los sueños morían así, concluyó, en una nube roja con flores doradas, con ella en los brazos de él.

- Te amo tanto, Marinette.- pensó Adrien en el último segundo.

- Te amo tanto, Marinette.- escuchó que le decía Félix, mientras la hacía girar para luego abrazarla por la cintura.

- Y yo también te amo, Félix.- respondió ella, feliz, contra su boca.

Adrien se dio media vuelta, y sin despedirse, se fue.

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¡Quince días de felinette!

Un fuerte abrazo

Lordthunder1000

- Gracias por los comentarios, estoy en racha, a ver si avanzo con la otra historia.-