DIA 17

DISGUISE

(o Disfraz)


Capítulo relativo al día 12: Reunión.

Ha sucedido el apocalipsis y Félix es el nuevo guardián. Pero alguien no se lo pondrá nada fácil.


Los monjes lo encontraron aún curándose de sus heridas, en Londres. Si bien la piel ya no tenía daños visibles, todavía se sentía cansado y triste. No comprendía lo que estaba pasando, ni entendía lo que debía hacer. No fue difícil arrastrarlo contra su voluntad, hasta un portal que uno de los monjes había hecho, perdiéndose todos dentro de él.

Apareció en lo presumió sería un templo, lúgubre, alumbrado apenas con algunos candelabros y velas aromáticas. Estaba en un amplio salón, con una mesa en el medio, alrededor de la mesa, casi pegados a las paredes, habían muchísimos monjes. No les pudo ver sus rostros, pero no sintió terror ni miedo, no gritó, no preguntó, simplemente se dejó llevar hasta el centro del salón. Con una seña, el monje que le sujetaba un brazo le indicó que se tumbara sobre la mesa. Él asintió y justo cuando lo iba a hacer, otro monje lo detuvo y le quitó la camisa vieja y rancia que llevaba hace días. Y ahora sí, desnudo de arriba, lo tumbaron boca abajo sobre la mesa, con los brazos abiertos en cruz.

- ¡El nuevo guardián!- anunció un monje.

- El nuevo guardián- contestaron todos.

Algunos monjes se acercaron a la mesa, llevando en sus manos, botes y pinceles, y agujas y pequeños martillos. Otro monje, el más anciano, sujetó un libro y abrió la página primera, para mostrarle a lsus otros compañeros, el contenido. Era el Grimorio, pero eso Félix no lo sabía. Nadie lo había instruido para esto, y no estaba preparado.

- Dolerá- le susurró el monje que tenía más cerca.- pero no debes moverte, Guardián.-

-¡Silencio! - rugió el monje más anciano.- Deberán concentrarse para grabar todo el Grimorio en él.

¿Grabar?, pensó Félix, abriendo los ojos, repentinamente asombrado, ¿van a grabar un libro en mí? ¡me van a tatuar entero!. Y por puro reflejo, trató de incorporarse, pero la mesa se llenó de un brillo dorado y aniquiló todo movimiento. La luz lo paralizaba, mientras su mente empezaba a llenarse de angustia y temor. Los primeros picotazos de las agujas no sólo traspasaron su piel, sino también su alma.

¡Marinette!, susurró su mente, ¿Dónde estás, Marinette?. Una gruesa lágrima nació en un ojo, cayendo sobre la mesa.

- Sea fuerte, Guardián - rugió el anciano monje.- Refugie su mente en su recuerdo más preciado y concéntrese en ello, olvidando el resto, olvidando lo que le hacemos.

Abandonado, perdido, roto como estaba, Félix decidió que si ellos lastimaban su cuerpo, no lastimarían su mente. Y se refugió en sus recuerdos, en su Marinette, en su sonrisa al despertar, en el pelo negro larguísimo, sedoso, un pelo que a él le gustaba peinar. Recordó sus ojos azules, sus labios carnosos, sus piernas delgadas pero intensas en el amor. Y se obligó a pensar en su piel, en el sabor de su piel, en el color de piel. Y luego, rememoró su voz, su canto, sus gritos y gemidos en el amor, su tono dulce y calmado cuando le contaba cuentos a los niños, sus susurros cuando le contaba secretos, sus murmullos cuando le criticaban algo.

Un fuerte picotazo lo interrumpió.

Un nuevo grito del anciano monje lo asustó.

- ¡No tan profundo, hermano monje! Ni tan grande... debemos compendiar el Grimorio en toda su piel.- y terminando de decir eso, dio vuelta a la página.

Aunque sacó de su memoria, episodio tras episodio de su vida con Marinette, no pudo permanecer cuerdo ni despierto todo el tiempo. Por momentos, deliraba y gritaba su nombre, mientras nuevos monjes relevaban a los anteriores. Los sintió en todo su cuerpo, en su espalda, en sus glúteos, en sus muslos, detrás de sus rodillas y en sus pantorrillas, también en sus tobillos. Otros se dedicaban a los brazos, a las escápulas. Y el anciano, cambiaba las páginas, cada vez más seguido, cada vez quedando menos. Luego de interminables horas, lo dejaron descansar, cubriendo con un delgada tela de seda blanca todo su cuerpo. Fue cuando un monje se acercó y le ofreció una esponja para beber agua, aun estaba boca abajo, aun sin poder moverse.

Presumió que pasaron horas, quizá un día entero y otra vez, retiraron la tela blanca y le dieron vuelta, ahora boca arriba. La luz que irradió la mesa, lo paralizó nuevamente. Nuevos monjes aparecieron, pero el anciano permanecía, aguantando todo ese rato con los brazos en alto, sosteniendo ese libro viejo e inmenso.

¿El Grimorio?, pensó Félix, quizá es el compendio del que me hablaron Tikki y Plagg, la enciclopedia de los prodigios.

No había estado muy a la labor de comprender la magnitud de lo que estaba viviendo. Hasta hace sólo unas semanas, él había sido un feliz padre de familia, adinerado, con una mujer espectacular e hijos sanos y jóvenes, con la vida floreciendo en ellos. Y ahora, era sólo un sobreviviente, un ignorante, un agnóstico de los miraculous convertido ahora en su más fiel sacerdote.

¿Qué nos sucedió, Marinette?, pensó mientras le clavaban otra vez, las agujas en todo su cuerpo.

Y lo que había sucedido era que un nuevo Papillon había aparecido, mucho más sanguinario, mucho más letal, intransigente y cruel, abusivo y desalmado. Y ese nuevo villano, no encontró defensas, ni portadores. El mundo se quedó en silencio, mientras Papillon destruía y mataba, en horas, en días, a multitud de personas. ¡Ladybug!, suplicaban en la televisión y en la radio. ¡Chat Noir! Pero ellos no aparecían. Y Félix, semanas después, entendía porqué.

Marinette tuvo miedo, tuvo miedo de perder a su familia, ya no era joven y tenía mucho que perder. Ella debió elegir entre su familia y el deber y para bien o para mal, eligió su familia y eligió protegerla de Papillon. Así que Ladybug no apareció y en tanto, masacraban a la gente en Paris, mientras que en Londres, vivían con recelo y terror. Tarde o temprano, el nuevo monstruo los alcanzaría, y los alcanzó, destruyendo la ciudad casi por completo.

Ladybug todavía no aparecía ni planeaba hacerlo.

Hasta que un día, de forma inesperada y fortuita, Papillon destruyó su mansión, aniquilando la vida de sus hijos en ello. Y el apocalipsis, ese día empezó. Su Marinette se sujetó fuertemente la cabeza, arrodillada, mientras masticaba llena de furia y dolor, aquellas palabras.

- Tikki, transfórmame. Plagg, transfórmame.- escuchó Félix.

Y envuelta en destellos rojos y negros la vio convertirse en el paladín que el mundo llevaba semanas buscando, pero que no aparecía.

- ¡Marinette!- le gritó, aun llorando sobre los escombros de su casa.- ¿Qué estás haciendo? ¿Quién...?...¿tu...tu eres Ladybug?-

Su obvia pregunta murió cuando ella lo observó triste y vacía, mientras enarbolaba su yoyo, colocándose el bastón a la cintura, yéndose a luchar contra el nuevo Papillon.

Tarde, demasiado tarde.

- Félix- susurraría ella horas después, agonizante en los brazos de su marido. - Félix, perdóname, tantos años y nunca te dije la verdad. No podía, no debía, y al final, tampoco pude actuar correctamente. Me escondí y he perdido, aunque el enemigo haya sido derrotado. No tengo más que hacer, sólo morir, y te amo, siempre lo haré, pero antes...

Marinette intentó incorporarse pero Félix no la dejó. Ella meneó la cabeza y en voz baja pero segura, empezó a recitar: "Yo, Marinette Dupain-Cheng, renuncio a la caja de los prodigios y nombro a Félix Graham de Vanily como el nuevo guardián"-

Un fuerte halo de luz nació de lo que era un huevo gigante coloreado de rojo y negro, para descomponerse en varios colores, un remolino de luces y unos segundos después, un estuche de violín cayó del cielo sobre sus manos. Un estuche negro, de piel, sencillo, sin marcas, como cualquier otro. Sin ninguna seña en particular.

Marinette lo miraba desde el suelo, pero ahora su mirada estaba vacía e inconexa.

- ¿Dónde estoy? ¿Quién eres tú?- murmuró la anterior Guardiana, antes de mirarlo por última vez. Intentó decir algo más, hacer una nueva pregunta, pero el aire escapó de su pecho, junto con su alma, para no volver jamás.

Él abrió los ojos, desorbitados, inmensos, su apocalipsis terminaba ahí, con la muerte de sus hijos, de su mujer y la erradicación de todo su patrimonio y de todo su presente. Quedaba por saber, qué era esa luz, qué había pasado, cómo su mujer había llegado a ser Ladybug, la heroína imbatible, y quedaba por saber, qué haría él.

Un bichito rojo con una colita peculiar se le apareció enfrente, y un pequeño gatito negro con bigotitos flotó al lado del bichito.

- Yo soy Tikki y él es Plagg, te ayudaremos en todo Félix, pero primero, debemos despedir a Marinette-

Y Félix pudo ver que ambos seres extraños lloraban inconsolablemente, mientras le cerraban los ojos a su mujer.

Una fuerte voz, gutural e intensa, lo trajo al presente, sacándolo de sus recuerdos.

- ¡Guardián! - tronó el monje que sostenía el Grimorio. - Ya todo está terminado. El libro ha sido traspasado. Ya no habrá más secretos que buscar, ni ladrones que se lleven la sabiduría de los prodigios. Todo lo tendrás tú, para siempre. Y tu fin, será nuestro fin.

- ¡Nuestro fin! - respondieron los demás.

- No, no entiendo.- se obligó a decir, tenía la boca seca y respiraba con dificultad, todo el cuerpo le ardía y sentía que si movía un poco, seguramente se rompería en mil pedazos. Le costaba muchísimo estar despierto, en cualquier momento perdería la conciencia, pero antes, debía preguntar, debía entender.

- ¿Mi fin?- preguntó al final.

El anciano monje no contestó a su pregunta, sino que cerró el libro que tenía abierto y lo abrazó fuertemente, luego a paso rápido, rodeó a Félix y atravesó el salón hasta donde una chimenea ardía lentamente. Entonces, cuando alcanzó el fuego, el monje elevó el libro, se lo mostró a sus hermanos y de un rápido movimiento, lo arrojó a las llamas. Chispazos, destellos, y en segundos, el libro ardió, quedando de él sólo cenizas y recuerdos. Félix entendió que ya no había Grimorio, y que todo el conocimiento que había en él, se había traspasado a su cuerpo, a su piel. No pudo soportarlo más, todo le empezó a dar vueltas y perdió el conocimiento, nuevamente.

Cuando despertó, se encontraba en un cama sencilla y humilde, y una tenue luz azulina entraba por la ventana. El cielo no era oscuro pero tampoco claro. No había sol, pero una tímida luna parecía desaparecer en el firmamento.

- Esta amaneciendo.- susurró.

- Está amaneciendo, efectivamente.- dijo una voz cansada al lado suyo. Giró su rostro hasta encontrar al dueño de esa voz. Era el anciano, el que quemó el Grimorio, y estaba sentado al lado suyo.

- ¿Qué...quién? ¿Cómo...?- dijo apresuradamente, intentando incorporarse. El dolor intenso que despertó sus movimientos casi logra desmayarlo otra vez.

- Te recuperarás, Guardián. Todos lo hacemos. Algún día, el dolor pasará y sólo nos quedarán las cicatrices. O tus tatuajes, en tu caso. El Grimorio ahora es tuyo, y nadie podrá robarlo sin antes matarte, y si lo hacen, ya no habrá Guardián ni nadie que pueda usar los prodigios. Contigo muere el conocimiento, contigo muere la magia y moriremos nosotros.

Félix negó con la cabeza una y otra vez.

- No, no , no lo quiero, no quiero nada de esto.- suplicó agotado.

- Ella no te dio a elegir, ella te condenó. Vivirás mucho, demasiado, y cuando la muerte te atrape, toda esta historia habrá acabado. Demasiado poder, demasiado sacrificio para una persona. Wang Fu nos lo demostró. Y Marinette Dupain-Cheng nos confirmó el trágico final que tienen todos los Guardianes, porque tú también tendrás un final trágico, Graham, pero serás el último que sufra. Luego de eso, los kwamis serán libres, libres en su dimensión por supuesto.

El anciano suspiró y se puso de pie, parecía que tuviese mil años, todo el rostro absolutamente arrugado, lleno de pliegues.

- El amor - siguió diciendo. - y la responsabilidad. Un Guardián debe ser leal a su misión, y sin embargo, tu mujer te eligió a ti, a sus hijos, a su vida. Irresponsable, inaudito. Una gran portadora, la mejor, inigualable...Bendita Ladybug, el amor la trasformó. Tu amor la trasformó. Quizá no debió amarte tanto, quizá no debieras amarla tanto. Amor y responsabilidad. ¿Acaso ella hubiera podido dejar a sus hijos para ir a pelear, sabiendo que moriría? ¿Acaso ella le podía dar algún prodigio a ellos, sin exponerlos? Graham, yo entiendo su dilema, pero su elección fue la peor. Amor, familia...¡Distractores!

El anciano caminó lentamente hacia la puerta, en silencio. Pero antes de irse, lo volvió a ver desde lejos.

- Y ahora, todo acabará contigo. Ya no habrán más portadores...cuando mueras, tu caja de prodigios también morirá contigo. Hemos bloqueado tu voz, no puedes pronunciar las palabras para pasar la Guardianía. No, Graham, demasiado poder, ya no es necesario.

Y diciendo eso último, salió por la puerta. Félix nunca más lo volvió a ver, ni al anciano, ni a los monjes. Lo habían abandonado en una campiña, en tierra agreste, en un desierto olvidado del Tíbet, cerca a China. Fue ahí donde Félix Graham de Vanily empezó su peregrinaje a su hogar, a Londres, a tratar de vivir la vida que le quedaba. Con los años, y aún lejos de casa, aprendió de Tikki, de Plagg, de Sass, y Félix entendió un poco, pero sólo un poco, lo que anciano trataba de decirle. El sistema de portadores y sus kwamis no funcionaba, porque los portadores ya no eran fieles, y los kwamis podía ser fácilmente manipulados por cualquiera. Un mal sistema, ya obsoleto. Y terminaría con Félix, un día de estos.

No se dio cuenta de los años que ya habían pasado desde que enviudó, quizá décadas o siglos, pero era como si su cuerpo hubiera detenido el envejecimiento. No parecía que su muerte estuviera cercana, y mientras cada día pasaba, él trataba de pensar qué hizo mal, qué hicieron mal. Supo que existía un kwami del tiempo, otro de la segunda oportunidad...todo magia, superstición. Félix les preguntaba a cada uno por sus poderes, por lo que podían hacer, y luego con un espejo, se miraba el cuerpo, la piel, y poco a poco, leía el Grimorio, entendiendo los recovecos de los prodigios mágicos, aprendiendo sus distintos usos.

Cuando se supo fuerte y sabio, les preguntó a sus kwamis si querían ayudarlo. ¿A qué?, le preguntó Tikki.

- A cambiar nuestro destino.- respondió sin inmutarse Félix. - Yo no quiero esta vida, sin ella, sin mis niños. Y vosotros no queréis quedaros en la dimensión desconocida, ¿no?.

Él les sonrió, sabiendo que la sonrisa le salía torcida y espeluznante. Sus ojos verdes esmeralda relampaguearon por la ansiedad de saber su respuesta.

Fue Plagg quien contestó a nombre de todos.

- ¡Sí! - el pequeño gatito cerró sus puños y dijo vehementemente. -Te ayudaremos y arreglaremos esta vida tan desastrosa que llevamos. ¿Pero cómo, Félix?.

Y él, se arregló la camiseta negra con cuello alto que siempre llevaba, estiró un pie meneando una de sus botas de montaña, se alisó el pelo, se sacudió el pantalón también negro. Luego, cogió la capucha de su sudadera y se la colocó en su cabeza, ocultando su blanco pelo y parte de sus ojos. Estiró una mano y tomó la gabardina negra, poniéndosela en un par de movimientos, para después, calzarse unos guantes de piel. Caminó hacia un trozo de espejo y comprobó, que vestido de esa manera, nadie lo reconocería, ni nada vería sus tatuajes, ni sus ojos, ni sus lágrimas.

- Iremos a cambiar nuestro destino... desde el inicio. Hablaremos con Marinette, la convenceremos que lo nuestro no puede ser, que está condenado a la destrucción.- Suspiró, y su suspiro parecía un gemido que le salía del alma.

Movió sus labios, pronunciando el conjuro de trasformación y en un destello azul, por debajo de la gabardina, su ropa cambió, pero sólo se percibía el cambio en el color de sus guantes. Tikki, Plagg, Wayzz y algunos otros kwamis se arrebujaron en su abrigo, ocultándose.

- Suerte, Félix.- le murmuró con esperanza, Tikki, regalándole una pequeña sonrisa.

Félix le acarició la cabecita, le dio la mano a Plagg y luego estiró una mano hacia adelante. Con un giro circular de muñeca, creó un portal y sin pensarlo por más tiempo, se adentró por él. Del otro lado, le esperaba París y Marinette, y un amor al que tenía que matar, cueste lo que cueste.

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¡Catorce días de felinette!

Lo siento! bueno, en esta historia Marinette tiene miedo a perder todo, y duda y se equivoca, pero ¿quién no huiría si tuviera tanto que perder? y al final, ella lo perdió todo. ¿Qué hará ahora Félix?

Un fuerte abrazo

Lordthunder1000.