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DIA 20

BEACH DAY

(o Día de playa)

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Dejamos lo angst por un ratito, para saltar otra vez en el tiempo.

Ya están casados y pronto nacerá el primogénito.

¿Fluff? Oh...creo que sí, hoy sí.


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Estaban los tres sentados esperando noticias de ella. Félix con la cabeza baja, moviendo frenéticamente los pies. Estaba abrazado a un pequeño maletín de deporte con todas las cosas que ella pudiera necesitar. No tenía ninguna muda para el bebé. Debido a las prisas, la ropa y accesorios del niño lo habían dejado en la panadería, en París, y las demás cosas, en Londres. Félix lucía agobiado y bajo mucho estrés, comprensivamente, Sabine le frotaba la espalda, consolándolo. Tom miraba al techo, ajeno a su nerviosismo.

Habían llegado a Francia unos días antes, para disfrutar de las últimas semanas de verano en la Costa Azul, cerca a Marsella. Marinette había insistido mucho, a pesar que casi no podía moverse, a pesar que estaba a cinco semanas para su fecha de parto, a pesar de estar tan lejos de casa.

Un día de playa al menos.- suplicó Mari. - Me lo merezco, luego de esto...- dijo señalándose el vientre redondo e inmenso.- Luego de esto, ya no podremos viajar con tanta libertad y sabes que me gusta la playa.-

Así que Félix cogió las maletas, la documentación y llamó a sus suegros para que los acompañasen a un viaje suicida.

Ella se reía de su aprehensión y de sus miedos, pero dejó de reír cuando en mitad de la playa, media cubierta de arena, notó la primera contracción. El terror en el rostro de Félix junto con el asombro en la cara de Tom y Sabine, predijeron que el parto había iniciado.

Ahí, en Marsella, a kilómetros de Paris y de Londres.

Y ahora estaban ellos, en la sala de espera de la maternidad del Hospital más cercano, los tres, en absoluto silencio. De repente, una puerta se abrió con estrépito, y una enfermera vestida con una pijama de color azul salió al pasillo.

- ¿Dupain-Cheng?- preguntó.

Los tres se pusieron de pie como resortes, rígidos, con los ojos muy abiertos. La enfermera los detectó con la mirada y dijo a continuación.

- Sólo puede pasar el padre para que la acompañe.-

Félix abrió la boca, para decir que era él, que él debía pasar. Dio un paso. Otro más. Pero Tom se adelantó, lo detuvo y lo echó para atrás con algo de fuerza.

- ¡Yo! ¡Yo soy el padre de Marinette!.- dijo muy seguro de sí.

Y orgulloso también, bastante orgulloso.

Pero la enfermera lo miró dulcemente y meneó la cabeza de un lado a otro.

- Perdone, me refiero al padre del niño.-

Félix sujetó fuertemente el maletín, se irguió como pudo y se adelantó a su suegro golpeándolo con su cuerpo sin querer. Tom se hizo a un lado por el impulso, sorprendido. Félix se detuvo, pidió perdón con la mirada y apresuró el paso para seguir a la enfermera.

- ¡Graba todo, Félix! ¡O toma fotos! …¡y no te desmayes, hijo!- le gritó su suegra, antes de que la enfermera cerrara la puerta. - Oh, pobre Félix, no sabe dónde se mete. Y tan lejos de su casa, sin Amelie.-

- ¿Y acaso no te preocupas por ella, por nuestra hija?.- tronó Tom.

- Claro que sí, cariño, pero ella lo tiene a él, así que nada le pasará si está con él.- le aseguró Sabine, bastante enfadada con su propio marido.

Ambos se sentaron otra vez, y miraron el suelo, agobiados.

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Ya le habían puesto la epidural cuando él entró y Marinette le miraba feliz y tranquila. Conversaron de los pinchazos que había recibido, de la vía intravenosa y del catéter en la espalda. Ahora, dijo, no sentía las piernas, pero tampoco dolor. La habían vestido con un camisón blanco mil veces usado y lavado, con el logo del hospital público y de la seguridad social francesa. Félix tocó delicadamente la ropa y lamentó en su interior no estar en Londres, en donde él había tenido reservada la mejor habitación de la mejor clínica de maternidad. Pero sonrió porque no quería preocuparla más.

- ¿Están seguros que será hoy?- le susurró, mientras tomaba asiento a su lado.

Ella asintió, dijo que no había problema porque aunque fuera antes de tiempo, el niño estaba bien. Además, cuando llegaron, Marinette estaba a medio camino de la dilatación completa. No les quedaba mucho tiempo.

- Pero tengo miedo, un poco al menos. No lo esperaba todavía, pensé que nos daría tiempo a volver. No tenemos nada de ropa, tampoco su cuna, ni siquiera está tu madre. Y a ella le hacía tanta ilusión. ¿Y si sale algo mal? ¿Podrán atenderlo aquí? No conozco nada de este hospital. ¡Oh, lamento haber insistido en venir a la playa!-

Él también tenía miedo, estaba nervioso y le dolía la cabeza, quería tomarse un whisky o dos, y luego quería vomitar, y le había empezado a doler la espalda. Pero recogió todo el valor que pudo y le sonrió, otra vez, sujetándole la mano y diciéndole que el hospital era público, y del más alto nivel. Entonces, ella se permitió un poco de tranquilidad, y mientras Félix le mencionaba el buen hospital en el que estaban, ella sin darse cuenta, cayó dormida. Sin dolor, pudo descansar, y él tambien. Pero las horas pasaron y cuando el momento llegó, la trasladaron a una sala especial, a unos metros de ahí. En un letrero colgado de la puerta de esa sala, rezaba "Expulsivo". Félix lo leyó, pero no entendió nada. No sabía si debía entrar con ella, y ante la indecisión, se quedó de pie, afuera. Rendido ante el temor de lo desconocido.

- ¡Fé!- le gritó ella, viendo que él se retrasaba.

Él espabiló, recordó que no era tiempo para rendirse y muerto de hambre, de dolor, de preocupación y de terror, se adentró en la sala donde iba a nacer su hijo. Echó un vistazo y observó que había muchos sanitarios ahí dentro, todos vestidos igual, todos con guantes, mascarillas y gorro, no supo quién pero alguien le puso una bata de papel, un gorro en el pelo y unas calzas de plástico en sus pies. Lo arrastraron hasta la camilla central y lo dejaron al lado de su mujer. Ella aferró su mano fuertemente.

- ¡Fé!- escuchó que le decía.

Él la miró de inmediato, y pudo ver que en los ojos azules de Marinette había miedo, angustia, mientras que su boca tenía una mueca en su afán por sonreír. Observó su pelo alboratado, su flequillo deshecho y sus cejas fruncidas de la preocupación. Lentamente, estiró sus dedos y peinó con delicadeza su cabello.

- Marinette, todo saldrá bien... Esto ya se acaba... - ella lanzó un gemido de pánico, sujetándose el vientre.

Félix no podía verla así, tan distinta, tan frágil. En ese instante, él se arrepintió de todo, y dijo, casi como un reflejo: - Perdóname, perdóname, por favor, no te volveré a tocar, lo prometo.-

Eso último la hizo reír, a ella y a los demás.

- Oh, todos dicen lo mismo.- escuchó que decía una mujer.

Risas.

Pero yo lo digo en serio, pensó Félix. Y bueno, si este iba a ser su primer y único retoño, pues más le valía no olvidar el momento. Así que con la otra mano que tenía libre, sacó el móvil del bolsillo y se lo dio a una auxiliar que estaba a su lado.

- Grabe todo y le doy cien euros. No, doscientos.- le susurró al oído.- Hablo muy en serio.- Y dicho esto, volvió a meter la mano en el bolsillo para darle algo de dinero, dándoselo a escondidas a la trabajadora.

La mujer cogió el móvil de última generación y empezó a grabar.

Fueron los minutos más horribles y maravillosos de su vida. A Marinette sentía todo, pero no le dolía nada, así que no gritaba, y todo a su alrededor era silencio absoluto. La voz de la médico que atendía el parto era suave y su tono, bajito. Era ella quien interrumpía el sigilo en la habitación. No reñía, no gritaba, pedía las cosas con amabilidad y paciencia. Si Marinette cogía poco aire o empujaba mal, la corregía con cariño. Él, Félix, era invisible para los demás, inexistente. Escuchaba el pitido de los aparatos y observaba las pantallas de los monitores, veía el suero goteando, las bombas de medicación parpadeando. Pum, pum, pum, escuchaba un ruido grave y con ritmo apresurado procedente de una máquina cerca suyo. Eran los latidos de su hijo. Habían puesto unas cintas sobre el vientre de su mujer y con eso, controlaban que el bebé estuviera bien. Por el rabillo del ojo, vio como una gota de suero descendía del frasco. Al frente suyo, el segundero del reloj seguía su habitual cadencia. En su corazón, los latidos se descompasaron para luego volver a su secuencia.

Y muy cerca suyo a unos metros, se percató que había una cunita muy peculiar con un radiador encima y alrededor de la cuna, tres personas, sanitarios también, viendo el parto atentamente. Eran los que atenderían al bebé, concluyó, pediatra, enfermera y auxiliar. Y de pronto, la médico resopló y le dijo a él, en un murmullo:

- Éste será el último.-

¿El último qué? ¿el final? ¿Marinette se va a morir? quiso preguntar. Idiota, Félix. Quizá era el último empujón. No pudo preguntar, aunque abrió la boca para hacerlo. No hubo tiempo. En el último instante y casi sin desearlo, observó a su mujer dando un último esfuerzo. Luego, la médico movió los brazos, agachándose, y Félix observó como ella recibía a su hijo, que era ahora un trozo de carne viva, húmeda y caliente que brotaba de Marinette. La mujer cogió al recién nacido con un paño, lo frotó con suavidad y lo colocó encima del abdomen de la madre.

Marinette gimió, intentando hablar. Felix abrió los ojos, la boca. Ambos paralizados de la impresión.

Pero el trocito de carne se contraía y se movía sin mucha coordinación y él tuvo miedo que se cayera, así que sin pensarlo, apoyó las manos sobre su pequeño retoño, sujetándolo. Marinette hizo lo mismo. Y al sentir el tacto de sus padres, el pequeño bebé abrió la boca, le temblaron los labios y gritó tan fuerte y claro, que resonó en la habitación y en sus almas. Apretaba los ojos y las manos, mientras chillaba descontrolado.

Ella empezó a llorar, lanzando las palabras de amor más bellas que alguien pudo haber escuchado. Y mientras lo hacía, frotaba la toalla tratando de secar a su bebé. Tratando de abrazarlo.

- Míralo, Fé, es precioso.-

Él estaba en otra dimensión, alucinando, temblaba y no podía hablar. Quería llorar, reír, gritar y correr. Saltar quizá, o escapar. El llanto del niño le pareció tan bello como el mejor concierto de cámara que había dado en su vida. Una melodía hermosa, un sentimiento placentero, la realidad de dar vida a algo que antes no existía, ni que nadie pensaba que existiría.

- El padre puede venir a cortar el cordón.- escuchó que decían.

Mierda, me hablan a mí.

Y ahora su rostro se puso blanco, cetrino.

¿Yo? ¿Yo?.

Nuevamente, alguien lo arrastró hacia delante y sin saber cómo, usó una tijera de metal para cortar el tejido. Jamás Félix pudo volver a usar una tijera sin recordar ese momento. La hoja afilada cerrándose sobre una masa blanda y gelatinosa, la fuerza en la mano, el temblor, el amor. Luego de unos segundos, él cerró la tijera sobre el cordón, soltando a su hijo, dejándolo libre para siempre. El niño, de esta manera, fue cogido en brazos por su madre, quien lo acercó a su pecho. Marinette sólo pudo disfrutar unos minutos muy cortos con su hijo, porque había que darle los cuidados inmediatos. Ambos vieron asombrados, cómo lo llevaban a la cunita y observaron cómo allí lo examinaban, cómo separaban sus párpados, cómo lo ponían boca abajo como un muñeco de felpa para chequearle la espalda y los glúteos. De un movimiento ágil, lo giraron boca arriba, cogiéndole de las manos y revisando los pies. Una auxiliar que ayudaba a la pediatra, acercó un tampón gigante de tinta negra, mojando un pie del niño, y a continuación, imprimió la huella en un trozo de cartulina.

La enfermera le puso gotas en los pequeños ojos y le pinchó dos veces, una en la pierna y otra en el brazo. Luego, la pediatra introdujo un dedo enguantado en su boca y el niño empezó a succionar, ella continuó revisando el ombligo, el cual estaba clampado con una pinza de plástico azul, para luego desinfectarlo con un trocito de gasa. Terminando su tarea, la pediatra retrocedió, miró a Félix y dio su veredicto.

- Un niño sano, varón, algo pequeño porque se adelantó a su fecha, pero todo bien. Cójalo y lléveselo a la madre.-

¿Yo?¿Yo?.

Y otra vez, alguien lo condujo hacia la cunita, en contra de su voluntad.

- Dámelo Fé- escuchó que le decía Marinette, extendiendo sus brazos.

Fuerza, tu puedes, vamos Félix, tu puedes. Y de manera pausada, en cámara lenta, estiró sus manos y cogió a su hijo, que estaba envuelto en una manta blanca, llorando despavorido, con su boquita abierta inmensamente y los labios rosados, vibrando del llanto. A él se le rompió el corazón, se le partió el alma en dos. ¿Por qué llora? ¿Qué está pasando?. De puro instinto, lo sujetó y lo atrajo hacia sí. No pesaba nada, era puro algodón, blando, caliente, sentía su respiración en su pecho, y cuando bajó la mirada, observó de un vistazo los detalles del bebé: tenía los dedos largos y finos, con las uñitas muy cortas; en su cabeza había manchas blancas mientras que su pelo, por ahora castaño, estaba mojado y era muy escaso. Además tenía la nariz pequeñita pero las fosas nasales temblaban ante sus chillidos y los ojos estaban fuertemente cerrados, dándole verdaderamente un aspecto gruñón, pareciendo verdaderamente enfadado. Quizá es eso, quizá está enfadado. Y convencido de la benignidad de su llanto, y de la inmensidad de su perfección, continuó caminando hasta llegar donde su mujer.

- Ven, mi amor.- murmuró Marinette, tomando a su hijo en su regazo.

Al verlos a los dos, juntos, ya no se pudo contener. Eran las personas que más amaba en el mundo. Un quejido salió de su boca, para luego empezar a reír tontamente, pero después de un rato empezó a gemir, y entonces se dio cuenta que había estado llorando desde el principio. Trató de secarse la cara, pero no pudo detener el río descontrolado de lágrimas que caían de sus ojos. Pasaron los minutos y mientras su llanto se volvía puchero, el personal empezó a salir de la habitación, felicitándolos.

- Cariño.- susurró Félix en voz muy bajita acercando la cara hacia su hijo. - Algunos me llaman Félix, tu madre me dice Fé. Tu me puedes decir papá.

Y reposó tiernamente sus labios sobre su mojado cabello, dándole el primer beso de su vida. El niño dejó de llorar, de inmediato.

Él se incorporó y se mordió la lengua para no gemir ni chillar, trató de respirar, pero en vez de eso, un hipo y un quejido salieron incontenibles de su boca.

- Marinette, no le digas a tu padre que he llorado- le dijo luego de un rato, cuando ambos estuvieron solos, la habitación limpia y el bebé calmado, alimentándose de ella.

- No creo que sea necesario, cariño- respondió Mari, señalando a la puerta con su mirada.

Félix giró para ver quiénes eran y se sorprendió cuando vio pasar a sus suegros. Sabine gritó emocionada y se lanzó para abrazar a su hija y a su nieto. Tom en cambio, se quedó de piedra, lo vio a él, y lentamente, se acercó.

- Félix, deja de llorar, muchacho.- susurró cuando lo tuvo enfrente.

¿Sigo llorando? Debía ser que sí, porque cuando se pasó la mano de nuevo para secarse la cara, ésta salió húmeda.

- Creo que ya todo acabó, Tom.- dijo él, atragantándose al hablar.

- No hijo mío, yo creo que recién empieza- Y Tom Dupain abrazó a su yerno por primera vez en su vida, y después de sujetarlo fuertemente entre sus brazos, también él se echó a llorar.

Nunca más, Tom Dupain se volvió a burlar de su yerno, ni a molestarlo ni a insultarlo disimuladamente. Nunca más, habló mal de él. Nunca más, nunca más.

Y cada vez que Marinette daba a luz a un nuevo hijo suyo, Félix se prometía que sería el último, porque no podía resistir las lágrimas y terminaba llorando como un crío.

- Prometo no tocarte nuevamente- decía en medio de sus sollozos, después de cada parto.

Pero apenas ella se recuperaba, otra vez él se le abalanzaba encima y ambos reían, gozosos.

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¡11 días de felinette!

Capítulo dedicado a todos los niños y niñas que llegan a este mundo, de una manera o de otra.

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Por fin, algo alegre. O como diría Sango: una de cal por las que van de arena. (Sí, estoy volviendo a ver Inuyasha)

Un fuerte abrazo

Lordthunder1000