A/N: Not me yendo una (1) vez al psicólogo a ver si tenía algún tipo de brújula mágica que me ayudara a poner mi vida en orden (spoiler alert: no tenía) y usando lo que me dijo como material para este fic. Si es que no tengo remedio :')


Capítulo 12 B: Es hora de que el polluelo abandone el nido

Torres Bunker Hill, Los Ángeles

19 de agosto del 2026, 22:07h

Dicen los expertos que la incertidumbre no es una emoción que el ser humano sea capaz de soportar durante mucho tiempo; una emoción con la que sepan lidiar correctamente y puedan sobrellevar bien.

Y Beca, como magnífico espécimen de la raza humana que es, puede corroborar que esa hipótesis es cien por cien correcta.

Hace unas semanas ya que se hizo consciente del nudo de incertidumbre que se le había formado en el interior de su pecho, sin motivo ni solución aparente, y con el que todavía no sabe qué se supone que debe hacer con él.

La incertidumbre causa que su pecho que sienta hueco, cavernoso, como si estuviera lleno de cientos y cientos de pequeños signos de interrogación que suben y bajan como las mareas y amenazan con el desborde.

Hay momentos en que apenas es consciente de ellos, y otros en los que la marea está tan alta que los siente en su garganta y teme escupirlos al hablar o atragantarse con ellos al beber.

La cosa es: Beca debería estar acostumbrada. La incertidumbre es una emoción con la que, para bien o para mal, está bastante familiarizada.

En general, Beca no es una persona que conozca con absoluta claridad lo que siente en un momento dado. Sabe que está sintiendo algo, siente que está sintiendo algo, es solo que muchas veces no sabe identificarlo por lo que es.

Es un gran interrogante hasta que Beca lo procesa y descubre lo que se esconde tras las curvas y el punto; lo cual depende bastante de muchas variables: la complejidad de las emociones, la cantidad, lo esquivas que sean, etc.

Por eso, Beca está familiarizada con la incertidumbre y con las cambiantes mareas de interrogantes en su pecho. No siempre encuentra una solución rápida y se entiende a sí misma a la primera. Pero no recuerda haber tenido una tan fuerte desde hace mucho tiempo.

Desde Barden, desde Chloe, desde la primera vez que se dio cuenta de que sentía algo por su mejor amiga que iba mucho más allá de lo platónico.

Y es eso, más que nada, lo que la está volviendo un poco loca: no saber qué lo ha provocado. Porque, sin saber su origen no puede solucionarlo.

Y así está: se ha quedado atascada en el limbo, como un astronauta perdido en el espacio y condenado por la primera ley de Newton a seguir en movimiento, a flotar sin control, hasta que una fuerza externa se cruce en su trayectoria y actúe sobre él.

Algo suave aterriza en su regazo y arranca a Beca de su profunda reflexión. Vuelve al presente con un parpadeo con el que enfoca su mirada perdida y la baja al guiñapo morado que identifica como su camiseta del pijama.

-Gracias – murmura, todavía algo desorientada, mientras mete la cabeza por el agujero.

Recibe un "mmmm" afirmativo por parte de Lucy quien, desnuda, se pasea de un lado a otro a los pies de su cama recopilando todas las piezas de ropa que tan despreocupadamente habían tirado apenas una hora antes.

Cualquier otro día, Beca habría admirado cómo su piel oscura brilla como el caramelo quemado bajo la luz amarillenta de sus lamparillas de noche.

Pero hoy sus ojos no logran terminar de enfocar lo que tienen delante.

- Perdona que me tenga que ir así, tan precipitadamente... – empieza a decir Lucy, agachándose a recoger sus bragas del suelo.

Beca no hace la observación obvia: que esto es algo habitual entre ellas. Llegan a la casa de turno, van directas a la cama, tienen un par de orgasmos cada una, se dan las gracias, se despiden, la que se ha desplazado recoge sus cosas y se vuelve a su casa.

No hay cercanía más allá que la física. No hay besos lentos mientras el cuerpo se repone. No hay abrazos cálidos hasta quedarse dormidas. No hay caricias que disipan placenteramente el sueño a la mañana siguiente.

De eso se trata.

Pero hoy, por algún motivo desconocido, a Beca le irrita esa frialdad, esa forma de tratar al sexo como una simple transacción más.

- ...una reunión por Zoom en media hora con España – sigue hablando Lucy, su voz un sonido de fondo que entra y sale de la frecuencia de los oídos de Beca.

Beca observa con total desapego cómo Lucy se abrocha el delicado sujetador de encaje a la primera y empieza a meterse a saltitos en sus inmaculados pantalones de traje hasta abrocharlos por encima de sus caderas.

- ... no pinta bien la cosa y probablemente irá para largo, así que me gustaría darme una ducha si me da tiempo, y ya sabes cómo es el tráfico aquí. No sé cómo eres capaz de soportarlo día tras día, sinceramente…

Quizá es precisamente porque hoy Beca no está perdida en su apreciación del cuerpo de Lucy, que nota que Lucy se mueve con calculada eficiencia, como si supiera exactamente cuántos segundos tarda en ponerse cada pieza de ropa y cómo hacer para que la suma total no supere los cinco minutos.

Supone que es habitual cuando te pasas la vida corriendo de un lado para otro, con todo tu mundo metido en una maleta y una mochila a tu espalda.

- …loca. Claro que también puede ser cosa mía que soy un culo inquieto – comenta con una risa –, y me estresa perder tanto tiempo metida en un coche sin poder hacer nada…

Lucy mete ambos brazos por las mangas de su americana, a juego con los pantalones, y sus dedos recorren la suave tela para disipar cualquier atisbo de arruga por haber estado tirada en el suelo. Le da dos vueltas a las muñecas con la habilidad que aporta la habitualidad de los movimientos repetidos.

- …el mundo será un lugar mejor el día que inventen por fin la teletransportación – concluye, sonriendo por encima del hombro mientras toma asiento en el borde de la cama para ponerse sus Louboutin negros.

Se incorpora en un movimiento cargado de energía, quizá demasiada para ser las diez y media de la noche, tras dos orgasmos, una jornada de trabajo de quince horas en Suiza y venir directa de un vuelo de doce en el que, asegura, no ha pegado ojo.

Beca se pregunta por primera vez si Lucy no tendrá algún secreto, si no se servirá de la ayuda de químicos para ser capaz de mantener ese alocado ritmo de vida día tras día tras día tras día.

- ¿...Beca?

Escucha su nombre ser pronunciado de forma lejana, como si estuviera sumergida en la parte profunda de una piscina y le estuviera hablando alguien que está de pie en el borde. Parpadea para asomarse a la metafórica superficie.

Se da cuenta de que no ha prestado atención a nada de lo que Lucy le ha estado contando y eso la inquieta ligeramente.

No es habitual en ella estar tan desconectada de su propio cuerpo si no es porque tiene un par de auriculares sobre las orejas y está perdida en los graves y agudos de una base electrónica con ritmo infeccioso.

- ¿Hhhmm? – emite un sonido interrogante para demostrar que ya está de vuelta y ladea la cabeza.

Lucy se ha quedado parada a los pies de la cama, con su iPhone en una mano y el bolso colgando del ángulo recto que forma su brazo doblado. Se sacude su larga melena azabache para retirarla de su cara y descubre su ceño fruncido.

- Has estado bastante ausente toda la noche – observa Lucy, y Beca está segura de estar imaginando la ligera nota de preocupación que percibe en su voz –. ¿Va todo bien?

- ¿Con nosotras, dices?

Lucy encoge un hombro, pero sus labios se fruncen ligeramente, como si la pregunta la hubiera contrariado.

- Bueno, sí, pero me refería a ti – da un dubitativo paso hacia delante y fija su mirada analítica en la morena –. ¿Estás bien?

Beca se sorprende.

Esta es la primera vez que Lucy ha mostrado algo remotamente parecido al interés, ¿se atreve si quiera a llamarlo preocupación?, por su bienestar que fuera más allá de lo que a Lucy pudiera repercutirle por ser su pareja sexual.

No puede negar que le agrada un poco. Y quizá sea por eso, o quizá sea porque la ha cogido tan desprevenida que tiene la guardia baja, que la verdad escapa de entre sus labios:

- No lo sé, en realidad – desconcertada, mira la tela morada de su camiseta del pijama que tiene pinchada entre los dedos y frunce el ceño.

Lucy asiente, aceptando esa críptica respuesta como una explicación en sí misma.

Se pone en movimiento, y por un instante Beca cree que hasta aquí ha llegado este raro fallo técnico en la simulación en la que viven: en cualquier momento Lucy dará por finalizada la conversación y se marchará a su reunión.

Sin embargo, Lucy vuelve a sorprenderla al rodear la cama para sentarse en el borde justo a su lado. Posa una mano tentativa sobre la pierna de Beca, cubierta por la sábana, y sus cálidos ojos marrones recorren el rostro de Beca de manera inquisitiva.

- ¿Tiene esto algo que ver con que lleves un mes dándome evasivas? – inquiere con una suavidad hasta ahora desconocida para Beca.

La morena abre la boca en una protesta silenciosa.

- No… – intenta defenderse, pero es acallada por la palma levantada de Lucy.

- No es un reproche – le asegura con la sombra de una risa en su voz –. Somos mayorcitas, si no te apetecía verme, no te apetecía y ya – declara, encogiéndose de hombros –. No necesitas justificarte.

Beca sonríe, recordando en este preciso momento que la madurez de Lucy fue una de las cosas que más atractivas le pareció de ella cuando la conoció en el hotel de San Francisco.

Era de lo más refrescante estar con alguien que se comportaba acorde a su edad, y era sensata, y lógica; después de sus breves intentos en el romance con mujeres y hombres que jugaban a un juego de cuyas reglas Beca nunca fue partícipe.

Pero eso le hace recordar también su primera noche juntas, y muchas de las noches que siguieron a esa primera, y el hecho de que hoy no ha sentido esa chispa, esa electricidad entre ellas, que sintió todas las anteriores.

Hoy le ha molestado que haya tanta distancia, le ha dejado una sensación fría por todo el cuerpo, como si Lucy hubiera colado su mano entre sus costillas para robarle el corazón.

- Creo… – empieza a decir, cautelosa, saboreando las palabras antes de que salgan de su boca para sopesarlas bien –. Creo que necesito... más – suspira finalmente.

Lucy asiente, despacio, contemplativa.

- Lo sospechaba – le regala una sonrisa comprensiva, pero su mirada tiene un brillo curioso –. ¿Puedo preguntar si pasó algo en Nueva York?

Beca parpadea un par de veces, preguntándose si ha oído mal porque no puede ser…

- ¿Cómo…? – quiere preguntar, pero las palabras no le salen.

Lucy suelta una carcajada y se encoge de hombros.

- Te noté diferente – constata con sencillez.

Vuelve a reírse cuando las cejas de la morena se alzan solas, por voluntad propia, y se arquean bien alto en su frente.

- Realmente subestimas la cantidad de atención que te presto, Beca – le regaña con una sacudida de cabeza cariñosa –. Puede que nuestra relación no sea convencional, pero eso no significa que no me importes.

Y ahora Beca se siente como una auténtica idiota.

- Lo sé – porque es cierto, lo sabe.

En el fondo, Beca lo sabe.

A pesar de no querer nada de la otra que no fuera solo sexo, sabe que su lo que sea con Lucy está basado en el respeto y el cuidado mutuo. Y no te molestas en sentir eso por alguien que no te importa lo más mínimo.

Es solo que hoy, quizá porque hay marea alta en su pecho, quizá porque puede notar el nudo de la incertidumbre bien tenso alrededor de sus pulmones, quizá porque los interrogantes están apelotonados en su garganta; pero hoy, al parecer, parte de Beca se siente particularmente insignificante.

- No sé… – intenta disculparse, pero una vez más las palabras no parecen querer colaborar porque no dejan de eludirla.

Lucy le regala una sonrisa tranquilizadora y un suave apretón a su pierna cubierta por la sábana.

- No pasa nada – asegura –. ¿Conociste a alguien en Nueva York?

- No – Beca sacude la cabeza en una negativa –. No conocí a nadie, es solo que… – suspira –. Supongo que me hizo darme cuenta de que echo de menos la intimidad de una relación.

Lucy asiente, comprensiva.

- Pues espero que encuentres lo que buscas – le desea con toda la sinceridad y buena intención del mundo.

- Gracias. Tú también, supongo.

Lucy ríe y se levanta, alisando con ambas manos las arrugas que se le han formado en los pantalones por estar sentada. Se engancha el primer botón de su americana y tira de las mangas de su blusa para que asomen en sus delgadas muñecas.

Se inclina para depositar un último beso en los labios de Beca, breve y recatado.

- Adiós, Beca Mitchell – se despide con una sonrisa torcida –. Han sido unos buenos tres meses – puntualiza sus palabras con un guiño para que sepa que está bromeando.

Beca ríe y le devuelve la sonrisa.

- Adiós, Lucy.

Y, tras una última cálida mirada, Lucy desaparece por la puerta de su habitación.


Torres Bunker Hill, Los Ángeles

20 de agosto del 2026, 06:00h

La mañana siguiente, Beca se despierta con el vago recuerdo de que ha soñado algo desagradable y una melodía sonando en bucle en su cabeza.

Apaga el irritante sonido de su alarma con un bufido y trata de concentrarse en la música, porque no es la primera vez que se despierta creyendo que ha creado una melodía nueva y luego resulta que es solo alguna alteración de algo ya existente que se le había quedado en el subconsciente.

Sin embargo, esta vez está bastante segura de que esa progresión de acordes con ese ritmo particular es una idea original.

Inmediatamente siente un chispazo de energía nerviosa recorrer su cuerpo hasta las puntas de sus dedos, que hormiguean, ansiando curvarse alrededor de diales y pulsar almohadillas y acariciar cuerdas.

Casi es más intenso que el cansancio. Casi.

Pero, a pesar de llevar prácticamente toda su vida madrugando, Beca sigue sin encontrar fácil eso de abrir los ojos a las seis de la mañana, a veces antes incluso de que el sol haya salido, y que se espere de ti que entres en movimiento de inmediato.

El truco para una Beca feliz es dejar que vaya entrando el mundo a su ritmo, poco a poco.

El problema es que, entre semana, nunca hay tiempo suficiente para dejar que salga la Beca feliz y sus pobres subordinados tienen que lidiar con la Beca gruñona hasta aproximadamente las diez de la mañana.

Hoy sabe que va a ser un día doblemente malo porque, además de tener que levantarse a estas horas infernales y hacer frente al calor de Los Ángeles en agosto, no puede quedarse en casa encerrada en su estudio y trabajando sin descanso hasta finalizar esa canción que le ronda por la cabeza.

No, en su lugar, tiene que ser una adulta responsable e ir a trabajar porque en algún momento del pasado tuvo la brillante idea de montar su propio negocio.

Y uno pensaría que ser tu propio jefe te da luz verde para hacer lo que te dé la gana y tener los horarios que te dé la gana, pero resulta que eso solo funciona cuando tienes una empresa multimillonaria que prácticamente opera sola.

Lo cual, no es el caso de Beca. Todavía.

- Ugh – gruñe en el interior de su primera taza de café del día.


CA-110, Los Ángeles

20 de agosto del 2026, 07:26h

- Ugh – vuelve a gruñir cuando lee en el cartel luminoso que hay retenciones por un accidente de tráfico en la autovía.


Icarus, Los Ángeles

20 de agosto del 2026, 08:13h

- Ugh – gruñe por última vez al ver la cabeza de Kyle asomar por la puerta de su despacho en cuanto pone un pie en el interior de la oficina.

Kyle espera impacientemente frente al despacho de Beca con el iPad ya en sus manos y una sonrisa tan tirante que Beca no está segura de si es emoción, aprehensión, o que está conteniendo con todas sus fuerzas las ganas de ir al baño.

- Tengo buenas noticias y… – son las palabras excitadas que la reciben mientras pasa al lado de su asistente en el umbral a su despacho.

Beca alza una mano estirada, acallando a Kyle de inmediato, quien aprieta los labios en una fina línea. No la vuelve a bajar hasta que se ha dejado caer en su silla con un suspiro que sale de lo más profundo del alma.

No sabe si son imaginaciones suyas o Kyle realmente se está poniendo cada vez más rojo, como si estuviera conteniendo la respiración al mismo tiempo que sus noticias por miedo a abrir la boca y que escape lo incorrecto.

- Guárdate las malas noticias para luego – murmura Beca a modo de advertencia.

No está de humor para lidiar con más desastres, ni cree que lo esté antes del mediodía.

- ¿Sabes qué? – exclama repentinamente con una sonrisa irónica –. Mejor aún: guárdatelas para siempre – se encoge de hombros, fingiendo despreocupación, y rueda su silla para apoyarse en la mesa.

Cuela una mano por la parte trasera del monitor de su Mac y presiona el botón redondo de encendido hasta que la pantalla negra se convierte en blanca y la barra de carga empieza a rellenarse lentamente de negro.

Kyle asiente y deja escapar todo el aire que tenía contenido en sus pulmones en un sonoro chorro.

- Vale – alza una mano como si quisiera preparar con ese gesto a Beca –. La buena noticia es que no hay malas noticias.

Hace un juguetón movimiento de cejas que causa que sus gafas resbalen en su nariz y se las empuja hasta recolocarlas, sin dejarse amedrentar por la mirada furiosa que le lanza Beca desde un lateral de su monitor.

- La buenísima noticia – continúa con una pausa dramática, estirando el índice de la mano que se mantiene suspendida en el aire –, es que el contrato de Madison Beer por fin se hizo efectivo anoche.

Se queda congelado en posición de celebración, las manos agitándose en el aire como si estuviera esperando al momento en que Beca estalle en vítores para unirse a ella, pero eso nunca pasa porque Beca solo responde con un seco:

- Bien – y vuelve a arrastrar su mirada cansada a la bandeja de entrada de su correo electrónico.

- Wow, esperaba un poco más de emoción por tu parte – exhala Kyle, irónico. Deja caer las manos a ambos lados de sus caderas y ladea la cabeza, el ceño fruncido –. ¿Qué te pasa?

Beca suspira y cierra los ojos, sintiéndose culpable porque Kyle tiene razón. Llevan meses peleando por este contrato y todo lo que puede significar para Icarus y merece ser celebrado con un poco más de emoción por su parte.

Aprieta con sus dedos el puente de su nariz para mantener a raya el punzante dolor de cabeza que siente formándose entre sus sienes igual que una tormenta tropical en mar abierto.

- Perdona – se disculpa con un cabeceo arrepentido –. Ayer fue una noche rara…

El rostro de Kyle se ilumina: su nariz de sabueso ha captado el rastro del cotilleo. Cierra la tapa magnética de la funda de su iPad y toma asiento al otro lado de la amplia mesa de cristal, ambas manos dobladas sobre sus piernas cruzadas, a la escucha.

Parece un alumno esperando instrucciones de su profesor, o un diligente empleado en su primera entrevista para el trabajo de sus sueños.

- Cuenta, cuenta – le insta, juguetón.

Beca suspira. Quizá hablar de ello le haga bien, pero ¿cómo hablar de ello cuando ni ella misma termina de comprender qué le pasa?

- Vino Lucy por la noche y… – tuerce los labios en una mueca de circunstancias –. Vamos a dejar de…

- ¿Follar? – ofrece Kyle siempre tan atento.

- Vernos – finaliza Beca con una mirada de reprimenda hacia su asistente por su elección de palabras tan tosca.

- ¿Te rompió el corazón? ¿Tengo que ir a buscarla para darle una patada en el culo?

- No – ríe Beca –. En realidad la decisión fue mía.

Kyle arquea una ceja, definitivamente interesado.

- ¿Entonces? ¿No la aceptó? ¿Te dio guerra? – posa una mano en el borde de la mesa, inclinado hacia delante, y le lanza una firme mirada por encima del borde metálico de sus gafas –. ¿Tengo que ir a buscarla para darle una patada en el culo?

De nuevo, Beca ríe mientras sacude la cabeza en una negativa.

- No, nada de eso, fue… – sus cejas se juntan casi con contrariedad –, sorprendentemente fácil. Me dijo que lo sospechaba y que esperaba que tuviera suerte.

- No entiendo – admite Kyle con un gesto confundido.

- Yo tampoco – suspira Beca, una risa oculta en su tono –. No lo sé, será que cada vez tengo los treinta y dos más cerca – bromea.

Pero prácticamente puede ver la forma en que las tuercas del cerebro de Kyle están girando a toda velocidad para crear una teoría y, considerando que sabe demasiado como para poder hacerse una idea aproximada de lo que está pasando, Beca rápidamente busca algo con lo que distraerle.

Además, siente la marea de interrogantes alzarse en su pecho, sin prisa pero sin pausa, y no quiere ahogarse con ellos.

- ¿Cómo tengo la agenda esta mañana? – inquiere en tono formal que indica que es tiempo de volver a trabajar.

Kyle se da cuenta de lo que está haciendo, pero es demasiado bueno en su trabajo como para llamarle la atención cuando están en modo negocios, así que abre su iPad con un golpe de muñeca y escanea la pantalla encendida.

- Tienes una sesión a las nueve en punto con Fletcher y una reunión de seguimiento con Ryan a las doce para ver cómo lleva la producción del EP de Troye Sivan. Por lo demás, tienes un día muy tranquilo.

- Justo lo que quería oír – y esto, Beca sí lo celebra con una sonrisa alegre –. ¿Hay algún estudio libre hoy?

- Mmmm – Kyle frunce el ceño y teclea en la pantalla del iPad para salir de la agenda y entrar en el calendario de reservas –. Está el tres libre por la mañana, y por la tarde el uno.

- Vale, resérvalos – le pide Beca tras un chasquido de dedos.

Las cejas de Kyle se arquean.

- ¿Tienes algún proyecto del que no me has hecho partícipe? – se vuelve a inclinar hacia delante, la barbilla apoyada en su mano y el codo en sus piernas cruzadas –. ¿Es un secreto? ¿Quién es la gran estrella?

Beca ríe y empuja su silla para alejarse de la mesa, con la idea de ir a la cocina a ver si todavía quedan alguna de esas deliciosas magdalenas caseras que trajo Maggie de Contabilidad y en las que Beca no ha podido dejar de pensar desde ayer.

- Nadie, Kyle – responde de pasada mientras se dirige a la puerta, su tono tan casual que no parece que esté a punto de soltar una bomba –. Es para mí.

- ¿¡Qué?!

Sonríe con malicia al escuchar el brinco que da Kyle, el rascar de las patas metálicas de la silla sobre el suelo de madera, sus pasos apresurados para alcanzarla.

Es una delicia tener a Kyle a su merced.


Icarus, Los Ángeles

20 de agosto del 2026, 09:48h

Un falsetto especialmente dulce saca a Beca de su estado de contemplación y alza una mano automáticamente para sujetar el auricular izquierdo más cerca de su oído, apreciando la harmonía de la voz con la melodía.

- ¿Demasiado? – inquiere Fletcher desde dentro de la pecera, fijándose en el gesto de Beca, que puede ser fácilmente malinterpretado por dolor en lugar de disfrute.

- No, no – se apresura a asegurarle, el índice sobre el botón que abre la comunicación con la zona de grabación –. Todo lo contrario, de hecho.

Fletcher le regala una sonrisa y asiente, satisfecha, mientras mira algo en el móvil que sujeta en la mano.

Al otro lado del grueso cristal, Beca se gira hacia la pantalla del Mac para inspeccionar todos los avances que han logrado en una hora: hay capa tras capa de nuevos elementos y ya se empieza a atisbar el esqueleto de la canción.

- ¿Quieres escuchar lo que llevamos de momento? – ofrece, arrastrando la flecha del ratón sobre la barra del volumen para ajustar la pista de audio que funciona como harmonías de fondo.

- Vale.

Beca presiona la barra espaciadora del teclado y la canción empieza a reproducirse desde el inicio.

Fletcher se acerca a la mesa en la que reposa una lámpara de lava de colores cambiantes para coger su botella de agua, retirándose un mechón rubio que se le había quedado pegado al cacao que hidrata sus labios, y se acerca el botellín a la boca para dar un largo trago.

Su cabeza se mueve al ritmo de la música mientras bebe, y puntualiza con gestos de sus manos cada nota alta a la que ha llegado.

Beca escucha también, pero solo a medias.

Su mirada se desvía sola a la esquina superior derecha del Mac, en la que parpadea el diminuto reloj con el paso de un minuto. Sin ser totalmente consciente de ello, su pie se pone a dar golpecitos impacientes en el suelo.

Normalmente, las sesiones se reservan con una duración marcada, la que el artista o el productor ejecutivo considere necesarias, y siempre teniendo en cuenta las limitaciones que pueda tener Icarus por disponibilidad de x productor o de x estudio por x tiempo.

Sin embargo, en muchas ocasiones se hacen excepciones.

A veces las sesiones duran menos porque la música simplemente fluye ese día; pero, en general, lo que más suele pasar es que se alarguen y se alarguen y se alarguen si las circunstancias lo permiten.

Los artistas pequeños que todavía están empezando son los que suelen estar más habituados a los horarios y los respetan a rajatabla; son los artistas que ya tienen cierto caché los que normalmente piden que se les acomode para continuar.

De todos modos, si ahora Fletcher le pidiera que sigan, a pesar de que se están acercando a las diez y técnicamente solo reservó el estudi Beca durante una hora, Beca se vería en la obligación moral de acceder.

No tiene a nadie detrás, de hecho, tiene la agenda libre hasta las doce; y todo el tiempo que el estudio esté en uso por un artista es tiempo que les es retribuido.

Aunque ese tiempo, hoy, concretamente, Beca prefiriera dedicarlo a sacarse la melodía de sus sueños de la cabeza.

La canción termina abruptamente antes del puente que precede al último estribillo, y Beca regula diales en la mesa de mezclas y arrastra el ratón por la pantalla para retocar los pequeños errores que ha captado durante la escucha.

- Pues ya estaría, ¿no? – pregunta Fletcher, girándose hacia el grueso cristal que la separa de Beca –. Hoy por lo menos.

- Como tú veas. Podemos seguir con ello y ya dejamos cerrada una primera versión – ofrece, aunque internamente tenga los dedos cruzados tras la espalda para que le diga que no –. Pero, vamos, que en una sesión más ya la terminamos.

Fletcher asiente, satisfecha con la estimación, y le echa una mirada fugaz al iPhone que sujeta en la mano.

- Ahora imposible que tengo la grabación de un videoclip – se lamenta en el micrófono con un chasquido de la lengua.

Beca intenta que su alivio no sea obvio.

- Pero… – continúa Fletcher, ajena a la batalla interna de la morena. Se muerde el interior de la mejilla mientras desliza el pulgar por su iPhone, comprobado algo –. Tengo un hueco el viernes por la tarde – alza su mirada hacia Beca –. ¿Se lo digo a Kyle?

- Mejor – ríe Beca.

Ya es conocido en Icarus que los temas de agenda es mejor consultarlos directamente con Kyle porque Beca muchas veces no sabe ni a lo que ha accedido.

Fletcher le sonríe y cuelga con cuidado los cascos del gancho bajo el micrófono. Recoge sus cosas del sillón de tela morada oscura y tira de la gruesa puerta que mantiene la sala de grabación insonorizada y separada del resto del estudio.

- Nos vemos pronto, pues – se despide mientras engancha la tira de su mochilita de cuero de uno de sus hombros.

Beca sonríe y corrobora su despedida con un asentimiento.

En cuanto la puerta del estudio se cierra tras la figura de Fletcher, Beca se deja caer contra el acolchado respaldo de la silla de cuero y suspira: por fin sola. Inmediatamente se vuelve hacia el teclado y responde a su dulce llamada.

Toma asiento en la banqueta y extiende sus dedos sobre las teclas, saboreando el suave tirón de sus músculos después de tanto tiempo sin tocar el piano.

Concentrándose en la melodía que puede escuchar con absoluta claridad dentro de su cabeza, igual que si estuviera sonando de verdad a través de los altavoces del ordenador, intenta encontrar las notas que suenan con la misma tonalidad.

Es una tarea delicada que Beca adora.

Es un hecho mundialmente conocido que Beca se retiró como artista cuando se terminó su contrato de cuatro años con DJ Khaled, y en cada entrevista en los meses siguientes a su decisión siempre le hacían las tres mismas preguntas:

1. ¿Es definitivo o solo te estás tomando un descanso?

2. ¿Qué vas a hacer ahora?

3. ¿Pretendes volver a sacar música propia en algún momento?

Para las cuales, Beca ya tenía las respuestas más que memorizadas de tanto decirlas:

1. Es definitivo. Mi sueño siempre fue ser productora musical, nunca artista.

2. Abrir mi propia discográfica y dedicarme a producir a otros artistas.

3. No lo creo.

Al final logró su objetivo: que a la gente le quedase claro que su breve etapa como artista fue solo eso, una breve etapa, una forma más rápida de alcanzar su sueño que si hubiera seguido la ruta más convencional.

Siempre le estaría agradecida a Khaled por ofrecerle esa enorme oportunidad, pero también siempre supo que lo dejaría en cuanto pudiera.

Durante sus años como artista, sufrió el síndrome del impostor: le perseguía la sensación de que ella no debía de estar subida en esos escenarios, que le estaba robando el puesto a alguien que realmente lo deseaba, que estaba viviendo el sueño de otra persona.

Cuando su contrato llegó a los cuatro años y Khaled le preguntó si tenía pensado renovar con ellos, o irse a otra discográfica, Beca le contestó que ninguna de las dos opciones.

- ¿Pensarías que estoy loca si te digo que me estoy planteando irme por mi cuenta? – le dijo en la soledad del enorme despacho del DJ.

- ¿Cómo artista independiente? – preguntó Theo, quien tuvo que hacer uso de su rango como productor ejecutivo para que Beca le dejase estar presente en la reunión.

- No, como productora – respondió la morena –. Quiero montar mi propia discográfica.

Theo puso expresión de horror y pánico al escucharla, y Beca supuso que era porque Theo nunca se cansaba de decirle que iba a "desperdiciar su talento como cantante" cada vez que Beca le recordaba que lo de ser artista era solo temporal.

O quizá era el hecho de que Beca se iba a convertir en la competencia, o que no la veía capaz de sacar adelante su propio negocio, o que We The Best Music iba a perder a la artista con la que más dinero ganaban.

Sin embargo, antes de que el británico pudiera intimidarla con sus estadísticas sobre el fracaso de empresas dirigidas por gente sin experiencia o historias sobre la decepción que sufrirían sus fans más jóvenes, Beca dio un paso adelante hacia Khaled.

Ignorando por completo a Theo, centró todos sus esfuerzos en la persona que más importaba en esa habitación.

- Cuando te conocí, me dijiste que era hora de que siguiera mi camino, de que escalara esa gran montaña para llegar a la cima – le recordó –. Eso estoy haciendo.

DJ Khaled se levantó de su silla tapizada con piel de guepardo, asintiendo lentamente.

Con ambas manos alzadas como si fuera el nuevo profeta, DJ Khaled inclinó la cabeza hacia abajo y luego posó una de sus manos sobre su corazón por encima de su chándal verde botella de terciopelo y de las gruesas cadenas de oro.

- Me rompes el corazón, Beca – admitió con voz profunda –. Pero lo entiendo.

Beca dejó escapar un sonoro suspiro de alivio.

- Es hora de que el polluelo abandone el nido – Khaled entrelazó sus pulgares y batió los dedos extendidos de sus manos como hacían los niños para imitar a las mariposas –, de que extiendas tus alas y eches a volar.

Y así fue como, con la bendición de DJ Khaled, tras cuatro años como artista y sus subsecuentes cuatro álbumes, y a punto de cumplir los treinta, Beca dio un cambio drástico en su vida y abrió las puertas de Icarus.

La publicación que subió a su Instagram contando a sus seguidores las buenas/malas noticias sigue siendo la que más me gustas acumula de su perfil, y fue la que más likes recibió de todo lo compartido en Instagram esa semana.

Y por todas aquellas personas que, sin conocerla, apostaron a que acabaría arruinada antes de que acabase el año, hubo otras tantas que estuvieron dispuestas a ayudarla y le dieron una oportunidad.

Ahora, que vaya a ponerse a trabajar en esa melodía que sigue dando vueltas en su cabeza desde que despertó esta mañana no significa que vaya a volver a hacer música propia, por mucho que Kyle así lo haya interpretado.

Siempre puede crearla y vendérsela a un artista que esté segura de que le va a hacer justicia.

Siempre puede crearla para sacársela de la cabeza y nunca hacerla pública, mantenerla en secreto en algún disco duro.

O…

Siempre puede crearla y hacerla suya.


Beca (10.10)

Kyle

Mira a ver si puedes conseguirme a Evan

Porfis

Kyle (10.11)

Ese es el saxofonista sexy, verdad? 😏

Beca (10.11)

Jajajaja

No deberías llamarle así

Pero sí

Kyle (10.11)

Okey 👌

Para cuándo?

Beca (10.12)

Si puede, para hoy mismo

Kyle (10.12)

Woooow

Estás on fire chica


A/N: Paso por aquí fugazmente para informaros de que esta tarde me van a quitar dos muelas del juicio. ¿Y en qué os afecta eso a vosotres?, os estaréis preguntando. Con suerte, en nada.

Yo espero, deseo y confío que para el jueves que viene ya esté totalmente recuperada y más fresca que una lechuga recién cogida del huerto. Pero, en el extraño (y muy poco probable) caso de que se me complique el tema, si veis que el jueves no doy señales de vida, pues ya sabéis qué es lo que ha pasado.

Cuidaos.