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DIA 23

CURSES AND SWEARS

(O Maldiciones y juramentos)

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O de cómo un buen día, Adrien Agreste no pudo ocultar lo mucho que la amaba...

[Este capítulo forma parte de hilo del tiempo en el cual, Marinette se casa con el vestido blanco, y morirá combatiendo al nuevo Papillon, mientras que Félix será el guardián tatuado. Marinette y Félix llevan casados, mas o menos, unos quince años.]

ANGST.


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Las suaves notas del piano inundaban la tranquilidad de ese pequeño salón. Era una melodía algo complicada, pero él trataba de arreglar la partitura para hacerla algo más sencilla, más sencilla para ella.

Para Marinette.

La mujer de su primo.

La vida no había sido mala para ninguno de los dos. La vida en Londres era próspera y feliz, sus sobrinos, los niños de Félix, infiltraban el inmenso jardín. Los columpios, la piscina de arena y el tobogán. Y en un árbol, una pequeña cabaña que Félix mandó construir apenas nació su primogénito, Louis.

Más al fondo, una piscina a dos alturas, donde los cuatro niños aprendieron a nadar. A un lado unas tumbonas resistentes de madera, las supervivientes a las eternas batallas que libraban los dos mayores.

En una esquina lejana, un invernadero asomaba. Por dentro, en un rincón amplio, Adrien recordaba que ella plantó tulipanes, cuyos bulbos él le había regalado hace unos años. Eran suyos, los tulipanes de Marinette, cada vez que veía uno en casa, él se consolaba pensando que al menos eso le pertenecía a él. Y con delicadeza, rozaba un pétalo pensando en ella.

El último niño de su primo, el cuarto, al que nombraron por fin, Félix, era coetáneo al único hijo suyo, también llamado Adrien. Se llevaban muy bien, Félix y Adrien. En un cruel giro del destino, ambos primos sí que se querían y se toleraban y eran cómplices y compinches de cuánta travesura uno se pudiera imaginar. Cada fin de semana, cada vez que podían, ambos, Adrien padre y Adrien hijo, se montaban en el tren y viajaban a Londres, a visitar a los tíos y a sus primos.

Y él, a visitar a Marinette.

Dentro de la casa, comunicando con el salón principal, la pequeña sala de música había sido testigo de aquel largo cursillo de piano básico que él decidió darle a su prima política.

- Do central, Marinette.- le susurraba al oído.

- Y ahora, la mano izquierda déjala reposando. Empezamos, con la mano derecha y el primer arpegio, clave de sol. - continuaba diciéndole en voz baja.

La rutina era la misma, unas cuantas horas al piano, una charla, una merienda, los niños revoloteando, y su corazón aleteaba errático en su presencia. Sentado a su lado en el banquito de piano, bajo el techo de la mansión en Londres, Adrien Agreste soñaba que todo eso era suyo, que los niños eran suyos, que esa mujer era suya. Soñaba despierto hasta que escuchaba cómo se cerraba la puerta principal, anunciando la llegada de su primo. Y los cuatro niños rubios, dejaban todo lo que estaban haciendo y corrían a su encuentro, peleando por quién sería el primero en abrazarlo. Adrien Agreste observaba cómo Hugo, el segundo de ellos, le ponía una zancadilla a Louis, el mayor, y saltaba encima de él tratando de ganar esa carrera mortal. También Suzie empujaba al pequeño Félix, eliminándolo de la competencia, estampándolo casi siempre en la pared. Luego, en un ágil movimiento, cogía de la camiseta a Hugo y también lo estampaba contra la otra pared. Y así, de un brinco espectacular, ella aterrizaba sobre su padre, sobre Félix.

- Princesa - le susurraba él. - Princesa, no puedes hacerle eso a tus hermanos.

Pero Suzie siempre le besaba las mejillas y le alborotaba el pelo, luego acariciaba la incipiente barba que Félix llevaba por épocas. Desde las alturas, Suzie contemplaba su victoria, en tanto sus hermanos llegaban, resollando y fastidiados por la actitud de su hermanita. Marinette se acercaba entonces, a poner paz y orden: besaba a Louis, a Hugo y llevaba de la mano, al pequeño Félix. Les arreglaba la ropa y el pelo, para después coger a Suzie y bajarla y ahora sí, el tiempo se detenía para ellos dos, y sus miradas coincidían, azul y verde, verde y azul, y ya no habían niños, ni primo, ni visitas. Ambos se amaban viéndose. Idolatrándose entre ellos. Marinette colocaba ambas palmas sobre el pecho de su marido y lentamente, depositaba un beso casto sobre sus labios, y Félix suspiraba sin quererlo, pestañeando despacio. Una tenue sonrisa se quedaba estática en su rostro. Unos cuchicheos se escuchaban por detrás suyo.

- Siempre lo mismo- gruñía el mayor.

- Uuuuuuuu- chillaban juntos Hugo y Suzie, volteándose para no ver.

El pequeño Félix se llevaba las manos a los ojos para no ver el beso, luego entreabría los dedos y preguntaba si ya los podía abrir.

- No- le decía Hugo.- Déjate la mano sobre la cara un rato más. - aconsejaba.

Y el pobre pequeño Félix se quedaba ciego unos buenos minutos hasta que alguien se acordaba de él y le decía que ya podía ver.

Lejos, en el umbral del salón, los Agreste observaban ajenos, esa delicada estampa familiar de bienvenida. El pequeño Adrien siempre se preguntaría porqué en casa nunca vio esas escenas, ni tampoco veía que sus padres se besaran. Nunca lo preguntó, o nunca quiso saber la respuesta. Pero le bastaba con saber que tenía unos tíos estupendos en Londres y unos primos muy divertidos y leales. Así que contagiándose de la emoción, él se liberaba de su padre y también se lanzaba a por un abrazo del tío Félix.

- Tíoooo.- y le atenazaba la cintura con sus brazos aún cortos.

- ¡Pequeño Adrien!. - respondía su tío. Félix le besaba la frente y le palmeaba la espalda, algunas veces, le arreglaba el pelo negrísimo que llevaba su sobrino, y contemplaba su mirada verde esmeralda curiosamente enmarcada en unos ojos rasgados.

- Espero que tu madre te haya enseñado a pelear, porque hoy toca ir al tatami, muchacho.- le picaba Félix.

- ¡Félix!- reñía Marinette.

- ¡Adrien! ¡Bienvenido!- cortaba Félix rápidamente.

Bienvenido.

No, Adrien Agreste sabía que Félix nunca estaba realmente alegre de verlo. Lo aceptaba y lo toleraba, pero nunca era amable ni sincero cuando lo veía a él. Era como si supiera a lo que iba. Adrien no se sorprendía de la cautela de él. Félix era listo, y Marinette, aunque era casi perfecta, era muy inocente, y no entendía las miradas tiernas y dulces con las que su "cuñado" la miraba. Pero en cambio, Félix lo entendía todo, lo analizaba todo, y concluía siempre igual.

Por las noches, cuando las niñeras tumbaban a los niños, los tres se reunían en la salita de música y deleitaban a Marinette con sus melodías. Y ella también quería participar, pero no sabía tocar ningún instrumento, y es por eso que Adrien decidió que le podía enseñar a tocar el piano, un instrumento en el que fácilmente podría obtener rápidos resultados.

- En cambio el violín, Marinette, como todos los instrumentos de cuerda, tiene una curva de aprendizaje mucho más lenta. ¿No lo crees Félix?- comentaba Adrien, uno de esos días por la noche.

Su primo asintió, receloso, pero no dijo nada cuando ellos dos acordaron que poco a poco en cada visita, él le enseñaría personalmente a ella un poco de piano, lo elemental siquiera, para poder tocarlo en esos pequeños recitales. Marinette aplaudía de la alegría, mientras abrazaba a su marido, besándole la mejilla.

Y Félix, miraba a Adrien con sigilo y duda. Dudaba de sus buenas intenciones. Tal vez era demasiado desconfiado, porque era imposible que luego de tantos años, Adrien Agreste aún siguiera amando a su mujer, al menos igual que antes. Dudaba, y a la vez, estaba seguro que sus dudas eran imposibles de hacerse realidad. Así que con el tiempo, dejó que ellos dos pasaran largas horas solos, en aquella salita.

Tan cerca, y tan lejos. Adrien se sentaba a centímetros de ella, a la izquierda, mientras sostenía sus manos y las colocaba sobre las teclas. Luego, se inclinaba hacia abajo y sujetaba el tobillo derecho de Marinette poniendo sobre el pedal, lento muy lento, casi como una caricia, y aprovechándose de ese movimiento, él tocaba su piel, o sus calcetines o sus medias, acomodaba su calzado y miraba sus delicadas piernas, justo antes de incorporarse otra vez y sentarse recto en el banco. Ella empezaba a tocar y de manera casual, Adrien pasaba el brazo derecho sobre sus hombros, alcanzando el brazo de ella, corrigiéndole la postura. Y cerca, muy cerca, en su oído, él susurraba: Más relajada, Marinette, más lento, no tan fuerte.

Y aunque no quisiera, la mente de Adrien viajaba lejos, imaginándose que se lo decía por las noches, sobre la cama. Se estremecía de sólo pensarlo, se volvía loco oliendo su aroma, sintiendo su piel tan cerca de la suya. Demasiados años conteniéndose, demasiados lamentos y gemidos que nunca escucharía. Y como todo en este mundo, él, un día, llegó a su límite.

Los años habían pasado y los niños eran algo mayores, y sus pequeños Adrien y Félix no eran tan pequeños, pero él seguía suspirando y soñando despierto. Y una tarde, de verano incipiente, casi con el sol ocultándose en el horizonte, no pudo más, y su corazón se llenó de valor, se quitó los miedos de encima y quiso tomar la fruta prohibida. Así como Orfeo no debió voltear a ver a su Eurídice, Adrien Agreste no debió besar esos labios carnosos que se le antojaban ilícitos pero perfectos para él.

Beso suave y candente, anhelado, húmedo porque su lengua saboreaba su premio, su premio a la perseverancia. Beso extraño y sincero, ilegal. Demasiado juntos, demasiado cerca. Sus brazos volaron para apretarla hacia si mismo, haciendo crujir el delicado cuerpo de esa mujer. Y él cerró los ojos, y rogó que existiera una llama en el corazón de Marinette, no importa si fuera pequeña, pero él intentaría avivarla.

Un fuerte empujón, mató sus esperanzas y sus sueños, en ese banco de piano, esa tarde calurosa de verano.

- ¡Maldición Adrien! ¿Qué fue eso? - le gritó Marinette, poniéndose de pie y alejándose unos pasos.

Desde el suelo al que él había caído, Adrien la miraba con el corazón roto y las esperanzas hechas polvo. Casi de inmediato, ella se asomó por la ventana y vio a sus hijos y a su sobrino jugando dentro de la piscina, mientras Suzie tomaba el sol, boca abajo y sin prestar atención a los chicos, con un libro en la mano. Luego, Marinette se fijó en la puerta de la habitación y se percató que estaba cerrada como siempre. Nadie los había visto entonces. Furiosa, se acercó a la puerta pensando en abrirla y largarse de ahí, pero justo cuando iba a hacerlo, ella se detuvo y se giró para ver a Adrien quien se estaba levantando lentamente.

- ¿Por qué? - preguntó conmovida. - ¿Por qué?-

Adrien se terminó de ponerse de pie y se arregló el pelo, la camisa, y se volvió a sentar en el taburete del piano mientras empezaba a tocar una melodía lenta y triste.

-¿Por qué?.- repitió Marinette, un poco más fuerte.

Sin detenerse, sin voltearse, Adrien se encogió de hombros y le dijo, sabiendo que sus palabras destruirían su amistad y harían de su separación, algo irreversible.

- Porque te amo, Marinette, tal vez desde hace mucho, tal vez desde siempre, pero nunca fui bueno en el amor. Y simplemente, hoy, ya no pude más. No importa lo que hagas, no importa lo que digas, no hay nada que puedas hacer para arrancarme tu amor de mi pecho. Y simplemente, hoy... - súbitamente, dejó de tocar el piano. Y dirigió una mirada llena de decisión y coraje hacia su cuñada. - …Y simplemente hoy, quiero más, quiero todo. Porque todo esto debió ser mío, mío y tuyo, Marinette, de ambos. No de Félix, no de él, no se lo merece, no...-

- Cállate.- suplicó Mari. - Cállate.-

Atónita y en shock, Marinette debió salir corriendo de esa habitación antes de que se pusiera a llorar, subió y subió las escaleras hasta que llegó a su habitación y se encerró en el baño. Se sentó en una esquina, sintiendo como las lágrimas se deslizaban por sus mejillas.

Abajo, Félix llegaba de hacer unas compras y se extrañó al ver a su primo tocando solo el piano, sin su mujer, sin Marinette.

- ¿Dónde está ella, Adrien? - preguntó mientras la ama de llaves cogía sus bolsas.

Pero Adrien Agreste no interrumpió su canción, siguió tocando, lejano a la voz de su primo, tratando de arrancarle al piano el amor que llevaba en el alma. Y Félix, astutamente, coligió que algo raro había pasado ahí. De un par de zancadas, se colocó de pie al lado de su primo y repitió su pregunta.

- ¿Dónde está ella, Adrien?- dijo masticando cada palabra, mientras trataba de no saltar encima de él y machacarlo a golpes.

Fue entonces cuando Adrien supo, que Félix tarde o temprano se enteraría de todo, y que su ira no tendría límites. Recordó en un segundo, su infancia en París, entre los brazos de su fallecida madre, recordó sus aventuras con Ladybug, recordó el cuerpo níveo y perfecto de su mujer, Kagami Tsurugi, la risa sincera de su hijo, y al final, recordó los ojos azules de Marinette, sus cálidos labios y sus sueños de amor con ella, sus delicados dedos sobre las teclas del piano, su melodiosa voz. Levantó su mirada, dirigiéndola hacia su primo, dejó de tocar y se puso de pie.

- Le he dicho que la amo. Ahora ya lo sabe, Félix. Ella por fin lo sabe. Pero yo juraría que eso, tu ya lo sabías, ¿no es así?-

Por un instante, Félix dejó de respirar, y se imaginó que Marinette huiría con Adrien a París, abandonándolo. Pasados unos segundos, su alma le hizo entender que Marinette lo amaba a él, al padre de sus hijos, y él también cayó en cuenta que tenían una familia unida, un gran vida. No, pensó Félix, no, ella ya no lo ama. Ya no, por favor no. Él hubiese querido golpearlo, hubiese querido odiarlo, pero por el rabillo del ojo y a través de la ventana, observó a los chicos chapoteando, divertidos.

- Ella no te ama, Adrien, no, ya no.- murmuró, casi sin voz.

Y Adrien Agreste asintió, pero no lucía arrepentido, ni desesperado. Por dentro, Adrien tenía el corazón roto, pero su corazón nadaba en un mar de desasosiego y dolor, y de frustración. Y de repente, él también se dio cuenta que Marinette nunca sería suya, y él, él sí se permitió odiar a su primo. Durante mucho tiempo, Adrien soñó que eso era suyo, suyo y de ella, y ese día, en Londres, luego de ese beso, él entendió que jamás se curaría de Marinette. Como un cáncer, como una enfermedad crónica. No, la amaría para siempre y por siempre. Y odiaría a su primo, para siempre y por siempre.

Amor y odio.

Adrien y Félix.

Dos personas tan similares por fuera, y tan distintas por dentro.

- Sé que ella me amó antes que a tí, Félix- susurró valientemente Adrien Agreste. - Y al final, lograré que ella vuelve a hacerlo.-

Haciendo gala de un gran autocontrol, Adrien Agreste le dio la espalda a su primo y salió de la habitación, con la cabeza alta y porte recto, orgulloso de su valor, sin arrepentirse de nada. Félix Graham de Vanily, en cambio, volvía a dudar de Adrien y se preguntaba qué sucedería ahora, ahora que ella sabía sus sentimientos. A través de la ventana, sus niños y su sobrino ahora jugaban a lanzarse globos de agua, salpicando a una enfadada Suzie. Trató de sonreír, pero no pudo, bajó la cabeza y cogió su violín.

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Kagami Tsurugi no se explicaba el repentino interés de su marido por la antigua oficina de su padre. Durante años, Adrien había preferido vivir en otra mansión, no muy lejos de su padre, pero tampoco cerca. Durante años, su suegro debió ser cuidado por su nueva mujer, Nathalie, hasta que destruido por una enfermedad tras otra, el gran Gabriel Agreste dejó de existir. Pero muchos años antes, Gabriel había empezado a morir, al inicio lentamente, casi coincidiendo con otro suceso importante, la boda de Marinette y Félix.

Esa boda, la tomó por sorpresa. Jamás imaginó que dos personas tan distintas, y aparentemente, tan lejanas, se amaran tanto, y lo disimularan tan bien. Pero así como ella se sorprendió, su querido Adrien pareció no sorprenderse, quizá ya lo sabía de antes. Simplemente Adrien sonreía a medias, mientras felicitaba a la pareja. Ella en cambio, abrazó a Marinette, emocionada, alegrándose porque por fin, su antigua mejor amiga hubiera encontrado a alguien para amar. Aunque ese alguien fuera Félix. Y Adrien seguía sin sonreír claramente. Quizá desaprobaba esa unión. Pero Kagami no pudo ahondar en sus pensamientos porque había que atender a un anciano y degradado Gabriel, aquejado de dolencias, de tos crónica y anginas, de ictus y fiebres. Un buen día, unos años después de la boda, el destino quiso por fin, dejar de atormentar a su suegro y éste se fue, mientras dormía apaciblemente, sin sufrir, una mañana de invierno.

Kagami Tsurugi había pasado por todo eso: un suegro enfermo, un marido alejado, un hijo bueno y una inmensa compañía que dirigir. Y todo eso lo hacía bien, sin embargo, ahora, tantos años después, ella no pudo entender qué hacía Adrien ahí, encerrado en la oficina de Gabriel. Todo era tan raro. Por un momento, pensó que Adrien se estaba convirtiendo en su padre, en Gabriel.

- No, eso no, nunca.- pensaba, atormentándose por las noches.

E incluso, por las noches, también estaba sola. Los meses pasaron y Adrien misteriosamente, dejó de dormir con ella. Y para no ver ese alejamiento tan súbito y raro, en un movimiento de sacrificio y entrega, le pidió a Marinette que cuidara al pequeño Adrien por una temporada, en tanto ella averiguaba qué le pasaba a su marido.

- Necesito tiempo.- le dijo a la mujer de Félix. -Es un buen niño, tenlo contigo por unos meses.-

Y Marinette, sabiendo lo que había pasado, no pudo hacer más que aceptar en silencio.

Unas semanas después, y aún con Kagami Tsurugi investigando, un gran terremoto, una explosión y un apocalipsis inició. Y todos esos eventos sucedieron desde la casa de su suegro, la mansión Agreste. En medio del infierno, y gracias a su destreza, Kagami Tsurugi sobrevivió al primer desastre, y arrastrándose malamente pudo huir de su casa hacia la calle, tratando de encontrar una explicación a todo. Desde lejos, pudo reconocer una figura malévola que estaba, literalmente, flotando sobre la mansión de su suegro. Y ahí, desesperada, lastimada y emocionalmente hecha trizas, lo vio, vio ese horrible traje morado y negro y ese bastón asesino, y ese antifaz oscuro y esa sonrisa torcida.

- ¡Papillon! ¡Papillon!.- quiso gritar, loca de dolor y desesperación.

Y en ese instante, el nuevo Papillón la miró desde lo alto, una mirada verde esmeralda lleno de dolor y odio. De rabia e ira.

- ¡Papillon!- murmuró.

De inmediato, el nuevo Papillon estiró su bastón apuntándola y de la punta emergió un rayo negro de pura energía , directo y preciso, mientras el villano murmuraba, casi para sí mismo: ¡Cataclismo!

Y Kagami Tsurugi se consoló así misma pensando que su hijo al menos, sobreviviría a eso, porque él estaba en Londres, seguro y a salvo de ese demonio morado y negro. No cerró los ojos, sino que enfrentó a la muerte como su madre le había enseñado. Mantuvo la mirada mientras el rayo le quitaba la vida, inexorablemente.

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¡8 días de felinette!

Espero no confundir esta vez. Este capítulo explica un poco cómo Adrien empieza a torcerse, y su alzamiento como nuevo Papillon.

Os quiero, a todos.

Lordthunder1000