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DIA 24

HUNTRESS

(o Cazadora)

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El alzamiento del nuevo Papillon y su llegada a Londres.

Continuación inmediata del día 23: Curses and swears.

ANGST.


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"Los testimonios de los sobrevivientes nos llegan de manera errática e irregular. Nadie aclara el panorama, pero lo que podemos informar es que casi la totalidad de París ha sido destruida. Algunos hablan de un movimiento sísmico, un terremoto, pero otros hablan de algún tipo de explosión, una bomba o un proyectil. Las cámaras de videovigilancia del Ayuntamiento han podido ser recuperadas, y la información que tenemos es francamente...espeluznante."

Ambos llevaban unas horas en el puerto de Dover, esperando que algún tipo de embarcación zarpara hacia Francia. El espacio aéreo había sido cortado y el transporte ferroviario también. Sin embargo, no había nadie que se atreviera a cruzar el paso de Calais. Quizá algún bote o yate, pero a pesar de conseguir transporte, los permisos no habían sido autorizados, por lo que sólo quedaba partir ilegalmente y por la noche.

Madame Graham había dejado los niños a cargo de la anciana abuela, Amelie, y partió casi de inmediato con Félix, apenas se enteraron de esa calamidad y de la imposibilidad de comunicarse con algún pariente o amigo en París.

- No contestan el teléfono, ninguno de ellos, ni Kagami, ni Adrien, ni tus padres...ni tus amigos, Mari.- susurró Félix, bajando el móvil y conectándolo al cargador.

La tarde iba apagándose y el sol se ocultaba a lo lejos, tonalidades naranjas y rojas pintaban el cielo al borde del mar. Marinette bajó sus ojos, notando cómo las lagrimas empapaban su rostro, pero Félix no pudo consolarla, porque casi de inmediato una nueva trasmisión de la radio se dejó escuchar dentro de su coche.

" ¡Atención! ¡Atención!: en estos momentos, un nuevo remezón se está produciendo, es un movimiento intenso, un gran terremoto, todo tiembla, la electricidad parpadeaba y desde aquí, desde nuestra ventana, estamos viendo cómo el día se apaga, ya no hay luz ambiental... Señores, algo raro esta pasando, se ha hecho de noche instantáneamente …¡Esperen!, el aire se ha vuelto caliente, denso, turbio, no podemos ver nada ¿Alguien nos escucha afuera?. No podemos respirar, el pecho nos aprieta y la nariz nos escuece...creo que...creemos que...esto no es terremoto, no. No, no lo es. No podemos respirar, no podemos...Oh, ¡un destello a lo lejos!...oh no, no...¡Por favor! ¡Que alguien nos ay...! "

La emisión de los corresponsales de la BBC en París fue cortada abruptamente debido a la distorsión y a los gritos de los locutores. Una suave musiquilla reemplazó las voces de éstos y se oyeron algunos anuncios.

Inmediatamente, Felix y Marinette salieron de su coche, alborotados y angustiados, y observaron el horizonte, hacia el continente. Ellos también sintieron un suave movimiento bajo sus pies, pero a lo lejos, una nube inmensa de color gris y en forma de hongo se formó en el cielo, en el otro extremo del estrecho de Dover. La dirección del viento cambió y con algo de fuerza les remeció los cabellos. Un miedo intenso, algo parecido al terror, nació en sus corazones. Si antes querían llegar a Paris, ahora lo que querían era volver a Londres, con su familia.

- Marinette- le dijo suavemente Félix, cogiéndola de los hombros con fuerza y aprehensión.- Vámonos, regresemos, Francia está...París está...Los niños, los niños, debemos regresar con ellos...y ...-

Ella asintió, temblando, con congoja, casi en pánico. Cogió de la mano a su marido y se convenció que él estaba igual que ella, inexpresivo, callado, en shock, sí, lo más probable es que él estuviera sintiendo lo mismo. Desesperación, angustia, zozobra.

Se montaron en el coche con prisa y emprendieron el retorno hacia Londres, a toda velocidad, infringiendo cuanto límite de velocidad hubiera existido, pero a medio camino, cuando faltaba algo de veinte minutos para llegar a la ciudad, la muerte vino a por ellos.

Él fue el primero en verlo, un bola gigantesca cubierta de ceniza, con destellos en su interior, viajaba como un cometa, atravesando el cielo inglés. Sujetó con fuerza el volante para no salirse de la carretera, en tanto que Marinette acalló un grito en su boca, tapándosela con ambas manos, sus ojos se abrieron desorbitados, su cuerpo entero tembló, ella trató de respirar, de hablar, le tomó unos segundos calmar su corazón mientras observaba cómo ese cometa gris y luminoso se acercaba rápidamente hacia la capital, hacia la eterna Londres.

- Fé, Fé, eso no es...eso es...¡Un akuma!- Félix giró su cabeza sólo por un segundo, para observar anonadado a su mujer. No, imposible, imposible, eso sucedió hace mucho, pero ahora...

Y el supuesto akuma, se alejó de ellos llegando a la capital en cuestión de segundos. Marinette quiso gritar otra vez, pero ya no de asombro. Un akuma, tal vez todo se debía a un akuma. ¡Oh, sí, y ella era Ladybug!. Se llevó las manos a los orejas, tocando sus pendientes, frunció el ceño, apretó los dientes haciéndolos chirriar, y trató de recordar esas palabras mágicas que la volvían imbatible, inmortal.

- Tikki.- susurró, sin pensar que Félix pudiera escucharla. - Tikki, transf...-

Pero en ese instante, un inmenso destello fulguró toda su vista, haciendo que Félix perdiera el control del coche, saliéndose de la carretera. Al detenerse, unos segundos después, escucharon un fuerte sonido similar a una explosión que casi les reventó los tímpanos, y luego el aire se volvió caliente e irrespirable. Ambos empezaron a toser, mientras salían del coche y ahí, enfrente suyo, la enorme capital inglesa lucía en llamas, en medio de un infierno de fuego y cenizas, de retazos de ropa, de muebles, de restos de hormigón y madera. Todos los despojos de la ciudad caían sobre ellos, como si fuera una lluvia. Intentaban respirar y a ciegas se buscaron ellos dos, encontrándose a unos metros de distancia. Félix fue el primero en recuperarse y al ver el horizonte, supo casi de inmediato, que de su familia, ya no quedaba nada.

- Mari, Mari, los niños.- pronunció con la voz rota. -¡Mari, los niños!- gritó.

Estaba temblando y sujetó a su mujer con mucha fuerza, como sosteniéndose en ella para no desmayarse. Las lágrimas brotaban de su pecho, en tanto sus pulmones intentaban respirar en medio de las cenizas y el olor a carne quemada. Nuevas explosiones, algunas pequeñas y otras más intensas sucedieron en diferentes puntos de la ciudad, quizá fueran estallidos secundarios, como en fábricas o depósitos de combustible. El aire estaba cargado de polvo y hollín, Marinette intentó respirar o al menos, liberarse de su marido, quien prácticamente la tenía atenazada entre sus brazos.

- Félix, no puedo respirar, suéltame, no puedo respirar...- murmuró débilmente.

Y al separarse, ambos se dieron cuenta que ese era el fin de su vida como la conocían. El coche tirado en la cuneta, su ciudad destruida, su familia hecha polvo. El amor que los unía era ahora la más terrible de las condenas. No había nada qué hacer, atrapados en la carretera, a kilómetros de su hogar, con la incertidumbre o la certeza que ya no quedaba nada de ellos, de sus niños y de sus parientes. Ella apenas entró algo de aire a sus pulmones, empezó a llorar; y Félix, aunque no podía emitir un sonido, sí que lloraba también, negando una y otra vez, en silencio.

- No puede ser- gemía. - ¿Qué esta pasando? ¿Esto es un akuma? ¿Tan poderoso?-

Tan poderoso. Como un resorte, Marinette levantó la cabeza interrumpiendo su llanto y su desesperación. Miró a Felix y al horizonte, luego a Félix y otra vez al horizonte. Abrió la boca, pero luego la cerró, frunciendo los labios nuevamente, resopló por la nariz y sus puños se apretaron fuertemente.

Ira, rabia, horror y terror. Miedo. Marinette concluyó que efectivamente, ese cometa no era un fenómeno natural, sino algo relacionado con los prodigios. Ella tenía tres joyas fuera de la caja, el de la mariposa y el pavo real, perdidos quizá para siempre y en las manos de un desaparecido Papillon; y el del gato negro, el anillo de Chat Noir, al que le había encomendado la defensa de París.

- No es un akuma, es algo peor que ello, es un portador, y esta destrucción, juraría que sólo la puede causar...- Marinette fijó la mirada en su marido, quien aún la seguía viendo incrédulo y aterrado.

Fue entonces cuando Félix se enteró de la verdad sobre su querida Marinette. Él recordaría ese momento siempre, en el que el sonido se fue de su mente y observó a su mujer en cámara lenta, moviendo los labios y gesticulando frases, palabras. Y en un destello rojo y negro, su bellísima Marinette, se volvió una heroína con la melena suelta, con botas altas rojas y un yo-yo en la cintura.

¡Ladybug!

Pero Ladybug, le dijo algo que él no entendió y de un movimiento certero, lanzó su yo-yo hacia adelante, largándose de su lado, para siempre. Si él hubiese sabido que sería la última vez que la vería así, entera, sana, triste pero completa, glorificada en su poder, amada en su corazón. Si él hubiese sabido... Ladybug, ella era Ladybug...Si él hubiese sabido que ése era el último día de su vida, quizá la hubiese besado más, la hubiese abrazado contra su pecho o la hubiera retenido ahí. Años después, en su soledad, Félix Graham de Vanily estaba seguro que no la debió dejar ir. No sin un propósito, no sin pensarlo antes. Ladybug se lanzó a una muerte segura, sin otro portador que la ayudara, sin plan B. Como un animal que sale a cazar a su presa si tiene hambre, como Artemisa en el bosque detrás del ciervo.

¡Ladybug!

Y Marinette no pudo oír su voz que la llamaba, porque ya estaba lejos de ahí, dispuesta a enfrentar lo que estuviera delante suyo. Félix no perdió más tiempo, se volvió a montar en el coche y arrancó como pudo hacia Londres, hacia Marinette, hacia Ladybug. Ya las preguntas, él las dejaría para después.

*.*.*


Las ruinas de su mansión, del jardín, del invernadero se mezclaban unas con otras, haciendo imposible reconocer dónde empezaba una y terminaba la otra. Algunos árboles de la entrada sobrevivieron, pero de la estructura de cemento y hormigón sólo quedaban los hierros retorcidos y restos de muebles y paredes por doquier. No escuchaba nada, no veía nada, sólo el viento soplaba y soplaba, viento caliente y devastador. Félix miraba a los lados, levantaba objetos, intentando verificar si le quedaba algún niño vivo. Alguien siquiera. Pero era imposible, volvió a dar una vuelta, y no, no había nada, ni rastro, ni huella, cenizas por doquier, fuego, destrucción. Tampoco vió a su mujer, a Ladybug, por ningún sitio. Había pasado mucho tiempo, horas quizá. Era de noche, casi a punto de amanecer, pero las llamaradas residuales iluminaban el lugar como si fuera de día.

De pronto, súbitamente algo cayó cerca suyo, desde el cielo, atravesando un árbol y estampándose sobre las ruinas de su casa.

Un monstruo, el monstruo, el asesino. Félix contempló como un hombre vestido de negro salía desde las ruinas, bastante afectado. Su traje estaba roto por zonas y en su rostro había heridas y sangre. Sin embargo, a pesar de esas lesiones, Félix detectó unos ojos verdes algo conocidos y un pelo rubio que él juraría, había visto antes.

El villano se puso de pie y se arregló con las manos enguantadas su alborotado pelo, acomodándose las greñas. Luego, tuvo un rictus de dolor y se sujetó el abdomen con ambas manos, doblándose de agonía. De pronto, se percató que no estaba solo y giró su cabeza asombrado, al ver a quién tenía al lado.

- ¡Félix!- gruñó el demonio.

Félix no huyó, ni se asombró. Mantuvo su mirada y se convenció que no huiría del asesino de sus hijos. Apretó los puños y quiso ser fuerte, quiso tener poder, quiso destruirlo y quiso aniquilarlo. Se acercó entonces, mirándolo fijamente.

- No pensaba verte aquí, querido primo. Veo que has sobrevivido.- dijo aquel villano, mientras él caminaba despacio pero con firmeza.

Un golpe al corazón, sus palabras fueron un golpe al corazón. El aire nuevamente le empezó a faltar, y su boca se abrió de sorpresa. Monstruo, demonio, asesino, y ¿mi primo?. El único que tenía. Adrien. Adrien.

- ¿Tu? ¿Tu?- farfulló Félix, indignado.

Maldito destino, maldita desgracia. Un villano, un cruel y vil portador, tan diferente al antiguo Papillon, tan brutal y devastador. Y su mujer debería estar ahí, haciendo de heroína, haciendo de Ladybug. Tembló de furia, porque no entendía lo que pasaba ni porqué pasaba. Él era su familia, su primo, su testigo de bodas...y de repente, recordó que él amaba a su mujer. Oh, era eso. Seguro que era eso. Félix volvió a mirar la devastación alrededor, sólo ruinas y debajo de éstas los restos de sus hijos.

- Adrien. ¡¿Esto es lo querías?!. Has ganado, me has quitado todo, ¿no lo ves? ¡Ya no tengo nada!-.

Por un momento el asesino parpadeó y bajó la mirada, recordando que también ahí, en esas ruinas, se encontraba su hijo, pero casi al instante, se volvió a erguir, aguantando el dolor y movió su cabeza de lado a lado.

- Lo arreglaré, lo arreglaré, arreglaré todo a mi gusto, ¡pero primero esa mujer debe darme su prodigio!- bramó Adrien o el nuevo Papillon, desesperado. Al instante, otra vez Félix vio como se retorcía hacia adelante, cayendo de rodillas, ya no se sujetaba el abdomen, sino que ahora tosía, y le faltaba el aire.

Félix observó que el asesino no estaba bien, parecía bastante golpeado y a punto de desfallecer, rastros de sangre seca en su rostro, en su tos, y el pelo desordenado. ¿Tanto habrían peleado? ¿Ladybug habría ganado?

Y sus preguntas pronto tuvieran respuesta, porque una figura roja y negra, se materializó a su lado. Ella portaba una espada en su espalda y su traje ya no era de motas, sino que tenía líneas sinuosas rojinegras con toques dorados, simulando un dragón. Ahora tenía una diadema en su cabeza, pero no tenía yoyo. Ella también sangraba, tenía un lado de su cara totalmente lastimado y tenía coágulos secos por donde antes estuvo su oreja.

- ¡Marinette!- gritó Félix, desesperado al verla tan lastimada.

Pero ella no lo escuchó a pesar que estaba cerca suyo, sino que blandió la espada ante el enemigo y en menos de un parpadeo, Marinette, usando el prodigio del dragón, y aprovechando la agonía del villano, empuñó el arma, y de un movimiento certero, de un golpe seco, atravesó el pecho del nuevo Papillon, de adelante hacia atrás.

- ¿Marinette?- susurró Adrien, en su último aliento, a centímetros de ella.

No obstante su pregunta, ella no respondió. Y mientras contraía su rostro ante la muerte, Adrien supo que el destino había sido retorcido y despiadado, que había vivido en un eterno engaño. Juntos, siempre juntos, peleando y combatiendo, pero a la vez, siempre alejados, sin saber sus nombres. ¡Se habían querido tanto! ¡Ella lo había querido tanto! Adrien Agreste estiró una mano en un último intento de tocar a la mujer que amaba, a Marinette, y que ahora recién se enteraba que ella era su Ladybug...y su verduga. Quiso tocar su piel, quiso decirle que la amaba, quiso explicarle su plan: conseguir los prodigios y pedir el deseo, y sacrificar todo, para volver a estar juntos, para que nunca conociera a Félix, para nunca dejarla partir.

- ¡Marinette!- volvió a murmurar. - Yo te am...-

Y antes que terminara de decirlo, ella retorció aún más la empuñadura de la espalda, acrecentando la herida, robándole su último aliento.

Enfrente suyo, atravesado con su espada, el nuevo Papillon perdía su transformación y mostraba, por fin, su forma de civil. Era sólo un hombre, al fin y al cabo. La heroína lanzó un gemido, y casi al borde la extenuación, pudo ver cómo Plagg flotaba agotado y se desvanecía sobre su portador, ya fallecido.

- Muchacho...- dijo Plagg en tono muy bajito, mientras reposaba sobre su mejilla.

Marinette retrocedió unos pasos, alejándose de la escena, murmuró la detrasformación y simplemente, se dejó caer, exhausta y agotada, moribunda. Félix pudo cogerla en brazos, en tanto que de un vistazo examinaba a la que era su esposa. Golpes, heridas, quizá algunos huesos rotos, y le faltaba un trozo de su oreja, ahí por donde debía colgar un pendiente.

- Lo siento- murmuró ella al verlo. - Lo siento.- repitió.

- No, no hay nada que perdonar.- y con suavidad Félix le besó la frente y la abrazó un poco más. -No hay nada que perdonar. Te cuidaré, te recuperarás...-

Pero Marinette negó con la cabeza, batiendo suavemente su pelo y las lágrimas que caían por sus mejillas.

- Yo no sabía, no sabía que él era...no lo imaginé...lo siento, lo siento por todo, y por lo que debo hacer...- Félix no entendía esas palabras, demasiada información en tan poco tiempo y tantísimo dolor, pena, muchísimo horror. Ese día por la mañana, habían desayunado juntos, todos, alrededor de la mesa, había besado a su mujer, había abrazado a su madre, y había hablado con sus niños, les explicaba la situación y lo que esperaba de cada uno. Les dijo que fueran buenos, que sean responsables, y les prometió volver pronto, a su lado. Y ahora estaba ahí, sobre los restos de su casa, sobre los cadáveres de sus hijos, y con el cuerpo de su esposa entre sus brazos, a punto de fallecer.

- Marinette, no...no...tienes tanto que explicarme... Mari...- la meneó dulcemente al ver que ella cerraba sus ojos, cansada.

- Fé.- susurró ella, casi en su último aliento. - Fé, te he amado tanto.- Marinette tragó saliva y casi en un murmullo, recitó la plegaria que condenaría su futuro pero que a la vez, aseguraría la salvación.

- Yo, Marinette Dupain-Cheng...-

Él abrió los ojos, sorprendido, al ver cómo otro gran destello llenaba el cielo y luces multicolores aparecieron de distintas partes de la ciudad. Como si fuesen rayos, esas luces confluyeron en un objeto que salió por debajo de la casa, entre las ruinas. Era la caja de los prodigios. La caja giró y giró, recogiendo en su interior cada lucecilla que aparecía. Azul, verde, amarillo, naranja...un luz violeta apareció en la lejanía y otro rayo negro, brotó de la mano derecha de Adrien. Una luz roja escapó de Marinette y también penetró en esa caja. Por último, al final, un destello rojinegro se acercó a ellos de frente, entrando por fin junto con las demás luces. Otra ronda de giros más intensos, más rápidos, otro centelleo y ahora, en vez de un huevo rojo con motas, lo que había era un estuche de violín, totalmente negro.

Mucho tiempo después, Félix Graham de Vanily recordaba todos estos sucesos en sus sueños, todas las noches. Ella, ella ya no podía soñar nada, pero él, él soñaba todas las noches con ella. Al despertar, él se preguntaba cómo pudo Marinette vivir tantos años mintiéndole, cómo no pudo darse cuenta que Adrien era Chat Noir, cómo fue posible no amar al gato negro. ¿Quién fue el culpable de este desastre?, se preguntaba luego de recordar todo. ¿Adrien?, ¿Marinette?, ¿El destino?, ¿Era el amor su condena? ¿su amor?. Adrien Agreste amando a Marinette, Marinette amando a Félix, y Félix amándola a ella. No, todo había sido un mal juego, una broma, una tonta historia de amor.

Él.

Sí.

Él.

En una larga epifanía, él entendió que era culpable, él no debió haber existido en esa relación. El gato negro y la mariquita, el yin y el yang, y el destino y su amor. Ellos dos, debían haber sido un todo, un universo juntos. Dos héroes enlazados por el hilo rojo que ahora lucía inexistente, o quizá no, quizá ese hilo se les había enredado en el cuello, ahorcándolos. Con el dolor en el alma y con la angina partiéndole el pecho, Félix entendió que él sobraba, que él no debió haber existido.

Él.

Sí.

Él.

Félix.

Y sin embargo, la había amado tanto. Y ella lo había amado tanto a él. Año tras año, día tras día, lágrima tras lágrima, tatuaje tras tatuaje, él comprendió que si quería cambiar ese destino, él tenía que desaparecer, de una forma u otra. Amor, amor. Y muerte y horror. Con el recuerdo de ella muriendo en sus brazos, él prefirió entregarla a otro hombre, a otro que la hiciera feliz. Todo, él haría de todo con tal que ella no pasara por este horrible final.

Y a pesar de saber que ése amor era un error, a pesar de saber el dolor al que estaban destinados, Felix Graham de Vanily volvería a amar a Marinette Dupain-Cheng, una y otra, y otra vez, contra viento y marea, en la salud y en la enfermedad, en esta vida o en la otra. Amor, él siempre la amaría, aunque ella no debiera amarlo a él.

Una y otra, y otra vez.

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¡7 días de felinette!

Confieso que la última frase de Adrien es un robo a mano armada de Tsubasa: Reservoir Chronicles, de mis tías locas: las CLAMP. Ellas me enseñaron que de una historia sana e inocente (SCC) puede salir una monstruosa historia cruel y lastimera(TRC).

Prometo no más angst. No tanto, al menos.

Un abrazo

Lordthunder1000