Nota de Gatt:

Es necesario que diga esto antes de proseguir: ahora mismo están pasando demasiadas cosas al mismo tiempo para mí. No sólo estoy trabajando en mi proyecto de tesis (que estimo estará en producción por todo el año 2019), también soy voluntaria en el extranjero para Venezuela, mi país de origen.

Mi familia y amigos están atravesando una crisis humanitaria de proporciones nunca antes vistas en Sudamérica, por no decir todo el hemisferio occidental. Llevamos veinte años de deterioro; eso es el 87% de mi de vida, para que tengan más o menos una idea de cuánto tiempo ando metida en esta situación. No quiero entrar en más detalles personales, pero sí, es un asunto muy importante que consume mucho de mi tiempo libre.

Digo esto no para hacer menos de otros países que están pasando por situaciones similares, ni para denunciar ideales políticos, ni para hacerles sentir lástima por mí o nadie más. Sin embargo, las cosas son como son y, aunque escribir fanfics es algo que disfruto inmensamente, el trabajo voluntario que hago trasciende el estatus e importancia de un pasatiempo. Hasta ahora estaba subiendo un capítulo cada uno o dos meses, pero puede que ese plazo se extienda a más. Por respeto a todos los que me leen, me veo en la necesidad de informarlos. No pido lástima, sólo un poquito de empatía y paciencia: no me voy a desaparecer por tres años otra vez, jaja.

Deséenme suerte y muchos ánimos también a ustedes. ¡Nos vemos en Venezuela libre!

¡Heil FRIKI!

(Continuamos con el mejor de los ánimos y tenemos grandes ambiciones para este fic y los que están por venir. A pesar de las dificultades, continuamos hacia adelante y daremos nuestro mejor esfuerzo para seguir así con éste y más proyectos venideros; les damos una cordial bienvenida a todos los lectores y los invitamos a interactuar más con nosotros en el futuro: comunicarnos con ustedes nos impulsa a mejorar y nos alegra el día siempre. Todo bajo control. Gracias).


Capítulo 13

–¡Llegó carta! ¡Llegó carta!

–¿A ver? ¡Déjame ver!

–¡Animal, ver el correo de alguien más es un delito!

–¡Eso, eso! ¡Ni se te ocurra abrirlo sin permiso!

–¿De dónde viene la estampilla esta vez?

Sin más preámbulo ni previo aviso, exactamente doce brazos se enmarañaron en una guerra por sostener el simple sobre de papel; éste pasó de mano en mano con sorprendente delicadeza, nada que ver con la fiereza de los seis integrantes del conflicto. La carta fue de Niko a Gonzo, que aprovechó la diferencia de alturas para robarla; entonces la tomó Nudge, gracias a una llave de lucha libre; entre Zuko y Mako lograron sujetar a Nudge, sólo para que Senza pudiese agarrarla con extrema facilidad, mientras el resto forcejeaba en vano por sujetarse y zafarse a la vez. Una vez se percataron del robo, una turba de cinco se abalanzó sobre él; así cambiaban constantemente de un objetivo al otro, con una intensidad definitivamente terrorífica para quien no sabía qué estaba ocurriendo.

Lo cierto es que, a pesar de las apariencias, era un juego divertido: los muchachos eran deportistas, así que un poco de competencia física siempre les parecía bueno y cualquier cosa era una perfecta excusa para hacerlo. Era la verdadera dueña de la carta quien se mortificaba porque el forcejeo terminaría en un desastre. Tetra decidió que el juego ya se había prolongado lo suficiente.

–¡ATENCIÓN, FIRMES!

Inmediatamente se detuvieron, aunque para mala suerte de Niko, cuando la orden había llegado, él ya se había lanzado desde el sofá para alcanzar el sobre. Lo bueno es que logró tomarlo de manos de Senza con la maniobra, pero no sin aterrizar de bruces contra el piso. ¡Splat!, se escuchó con estruendosa claridad, ahora que todos habían callado y hecho fila.

Nadie movió un músculo.

Niko extendió una temblorosa mano con el pulgar arriba para indicar que había sobrevivido a su acrobacia y se escuchó un colectivo suspiro de alivio. Tetra parpadeó dos veces antes de dejar escapar la más pequeña de las risas: por lo menos no había heridos esta vez.

–A ver, ¿puedes leer en tu condición actual, Niko?

El aludido se despegó del suelo como pudo y asintió rápidamente. A los demás no les quedó otra opción más que aceptar su derrota y tomar asiento a regañadientes, mientras Niko se acomodaba con una sonrisa triunfante. Los sillones y el sofá de la sala se llenaron mientras todos, expectantes, observaron a Niko examinando el sobre.

Revisar diariamente el buzón en busca del correo se había convertido en tradición a esas alturas, todo gracias a las cartas que llegaban más o menos cada semana desde diferentes islas del Archipiélago de Hyrule: la actividad que para otros sería mundana, se había transformado en algún momento en una competencia para determinar quién abriría y leería la carta. Cuándo o cómo se formaron estas reglas de juego ya no importaba; lo vital para los muchachos del equipo de natación era, como siempre, ganar. En eso se habían convertido las cartas de Link: una actividad familiar de cuestionable seguridad y competitividad algo reprochable, pero al menos una bastante participativa y mucho más inofensiva de lo que aparentaba a simple vista.

–La estampilla es de Windfall, así que el viaje desde Isla Molida debió ir bien –hizo una pausa mientras los demás murmuraban con aprobación –. ¿Lo abro, Capitana?

–Adelante.

Niko rasgó con cuidado el envoltorio, evitando dañar la estampilla; sacó la tan esperada carta y una postal con la foto de un espectacular molino blanco de aspas de madera.

–Envió postal.

–Recuerda, la postal es mía. Lee sólo la carta, vamos.

No se lo hizo repetir dos veces y desdobló el papel: estaba tan impaciente como todos los demás.

Las palabras de Link hablaban largo y tendido sobre su viaje. El S.S. Linebeck lo había llevado de vuelta a Windfall sano y salvo, junto con una bandada de gaviotas que lo habían seguido desde Isla Molida; supuestamente, las tenaces aves eran buen augurio para los marineros porque siempre viajaban a tierra e indicaban dónde encontrar bancos de peces, pero éstas en particular habían adquirido un gusto por los emparedados de pepinillo, que por mala suerte eran los favoritos de Linebeck. El capitán poco podía ejercer su profesión porque las gaviotas lo acosaban sin cesar cada vez que subía a cubierta.

–"Las gaviotas son muy tercas, nunca las alimentes si no estás seguro de que puedes seguir haciéndolo indefinidamente. Linebeck tuvo que dejarles un jarro de pepinillos como tributo todos los días hasta que llegamos a puerto", ¿se imaginan eso?

Se concedieron unos minutos para reírse antes de que Niko retomase la lectura.

–"En fin, para terminar: felicitaciones a todos por ganar en las nacionales. Ahora que se acabó la temporada de competencias, ¿qué piensan hacer? Nosotros estaremos por un mes acá en Windfall haciendo mantenimiento, así que ya saben a qué dirección escribir. ¡Nos leemos pronto!" … Y ya.

Niko revisó el papel por todos los ángulos posibles y luego el sobre en busca de más contenido, pero al parecer no quedaba nada más por leer. La decepción reflejada en la expresión de Niko estaba también presente en sus compañeros, que no tardaron en expresar su descontento en voz alta.

–¿Qué? ¿Hasta allí lo dejó?

–¿No escribió nada más?

–No puede ser, normalmente nos habría dicho algo a cada uno.

–Eso, eso. Fue demasiado general.

Con cada comentario fueron subiendo el volumen hasta que se hizo imposible distinguir lo que decían: tan súbitamente como se habían detenido antes en su juego por el sobre, de repente las seis voces estallaron en comentarios individuales que realmente no se podrían llamar conversación. Cuando se ponían así, era imposible mandarlos a callar… Bueno, no imposible: una única persona tenía la autoridad de terminar con el estruendo nada más con dar la orden. Tetra suspiró, pero no dijo nada; no sería la última vez que los muchachos se ponían a cotorrear de esa forma y a estas alturas estaba acostumbrada, incluso podría decirse que le tenía algo de cariño. Siempre y cuando no rompieran nada, podía dejarlos como estaban y ya.

Mientras estaban distraídos, Tetra se escabulló de sus compañeros, no sin antes agarrar la postal que Link le había dedicado. Todavía podía escucharlos hablando, pero no les hizo demasiado caso: las cartas de Link siempre los ponía de cierto humor, probablemente porque eran dirigidas a ellos; el equipo de natación podía ser bastante entrometido en los asuntos de Tetra, y la mejor solución que Link pudo encontrar fue la de escribir dos cartas. Las postales eran para ella y sólo para ella, pero una o dos páginas de contenido aparte eran suficientes para apaciguar a los muchachos. Claro, esto significaba que Tetra debía esperar constantemente a que sus amigos leyeran primero lo que les correspondía y se entretuvieran para que ella pudiese leer en paz la tan esperada postal, pero al menos no tenía que lidiar con seis pares de ojos fisgones entrometiéndose en sus asuntos.

Sus intentos de privacidad habían sido frustrados demasiadas veces: con las primeras cartas, creyó que podía simplemente leerlas en la comodidad de su casa, pero más pronto que tarde tenía a los muchachos tocando el timbre desesperadamente con alguna excusa para entrar y mirar el papel de reojo. La siguiente táctica de Tetra fue encerrarse en su habitación, pero también buscaban excusas para entrar allí e interrumpirla; empezó a colocar el pestillo para trancar la puerta, pero contra todo pronóstico, Niko era capaz de abrirse paso con una ganzúa improvisada. Fue especialmente terrible para ella porque se percató un poco tarde que utilizaba sus pinzas para el pelo y ya había dañado varias de forma irreparable; si quería conservar sus accesorios, era necesario un cambio de táctica. Lo bueno era que el método de las dos cartas permanecía efectivo hasta el momento.

Se fue hacia la cocina, donde había dejado un vaso de té frío a medio tomar y una tostada parcialmente untada con mermelada: se sirvió más té de la jarra que estaba allí, terminó de prepararse el pan, puso todo sobre un plato y salió hacia el jardín, donde se acomodó en una silla a tomar sol.

Ah, el jardín, su lugar preferido: tenían una piscina, perfecta para entretenerse en el agua en días calurosos, que conformaba la gran mayoría del espacio; el resto estaba distribuido entre sillas plegables, una mesita de patio y una sombrilla. Aunque no era lo suficientemente grande como para entrenar en ella, la piscina de su casa siempre sería un lugar donde Tetra podía encontrar paz, incluso más que su propia habitación: nadie la molestaría allí. ¡Al fin, algo de calma y serenidad! Con el vaso de té en una mano y la postal en la otra, los lentes oscuros bien puestos para que la luz no la molestase y una cómoda brisa de primavera aislándola del calor solar, Tetra finalmente estaba en condiciones perfectas para leer.

–Pareces salida de revista veraniega.

Otra interrupción. ¿Acaso no había sido lo suficientemente paciente? Tetra asomó la vista por encima de los lentes de sol; en el borde de la piscina estaba recostado Sheik, quien la miraba con cara de estar divirtiéndose. Ah, de alguna forma había olvidado que su tío ocasionalmente nadaba en la modesta pero útil alberca si hacía suficiente calor.

–Ya entendí, ya entendí –Sheik levantó una mano en señal de disculpa –. Tu cara lo dice todo. No te molesto más, lee tranquila.

Sheik se separó de la orilla y comenzó a nadar hacia el otro extremo de la piscina. Por lo menos él respetaba su privacidad lo suficiente como para no requerir carnada, se atrevió a pensar ella.

Tetra concentró su atención en la fotografía de la postal: el molino blanco, según le había explicado Link, era un ícono histórico de Isla Windfall. Casi todas las postales de allá tenían algún ángulo del molino, aunque el isleño nunca había repetido ni una sola imagen, algo sorprendente considerando que mandaba una postal por semana o por lo menos una al mes si se encontraba en altamar.

Las cartas de Link hablaban de sus viajes, de las islas, de los barcos y los puertos; eran palabras que narraban sobre cielos abiertos, aguas azules y cajas pesadas que se bamboleaban con el vaivén de las olas si no eran bien sujetadas. La lengua suelta que el niño siempre tenía para contar mil y un cosas relativamente triviales estaba plasmada en las hojas de papel de tal manera que varios ojos y oídos pudieran disfrutar de ellas.

Las postales eran diferentes.

Se notaba que Link hacía un esfuerzo sobrehumano para ser breve pero significativo con las postales: detrás de los relatos de cielos y mares y barcos se escondían el esfuerzo sobrehumano de alguien que se mantenía a flote; la letra apretada casi siempre narraba los eventos que transcurrieron tras bambalinas, especialmente información sobre su estado emocional. Link hablaba de la risa, de la amistad y la familiaridad que sentía cuando navegaba por los mares del Archipiélago o caminaba por los senderos de sus islas; también hablaba de las lágrimas, la frustración y la soledad que a veces lo aquejaban cuando su mente vagaba de vuelta a Outset. Con cada carta y con cada postal se hizo más evidente para Tetra la clara diferencia entre ambas, incluso si a veces se referían a los mismos hechos. Una parte de ella se sentía orgullosa de que Link sintiera que podía confiarle su intimidad a ella, pero otra parte, mucho más pequeña, estaba asustada: de donde ella venía, no era costumbre hablar abiertamente de ciertos temas; escuchar lo que su amigo tenía que decir era una responsabilidad a la que no estaba habituada.

Aun así, Tetra estaba más que dispuesta a hacer el esfuerzo por él.

Sus ojos azules saltaron sobre las líneas escritas en la postal con especial atención. Link no sonaba especialmente desesperado, pero era evidente su frustración: poco más de medio año había transcurrido desde su destierro y casi nada había avanzado su caso desde entonces. Ganondorf había recibido respuesta por parte de sus superiores una y otra vez, solamente para ser informado de otro aplazamiento; cuando habían empezado a presionar por apoyo, la historia de Link había aparecido en la columna informativa de varios periódicos locales y unos cuantos en tierra firme. A estas alturas, su caso se había enfriado y la mirada del público se había desviado a "cosas más importantes". Tetra no sabía mucho de la reacción de Outset hacia esto, pero sentía un fuego en el estómago de sólo pensarlo; ojalá se sintieran tan culpables por lo que habían hecho como ella sentía indignación, si no es que más. Lo menos que podrían hacer era dedicarle una plaza a Link por el daño que le habían causado.

Para la buena suerte del niño, contaban con un plan B en caso de que algo así sucediera. Fieles a su promesa y comprometidos con la causa, Ganondorf y Sheik habían mantenido contacto y definieron los detalles de dicho plan B; todo estaba armado de tal manera que sólo necesitarían anunciarlo.

La gente subestimaba el grado de conexiones que los Sheikah mantenían incluso en la modernidad: puede que culturalmente no podían definirse como un pueblo unido, pero todavía mantenían una red bien comunicada entre sí, que se extendía por todo el país. Tampoco fue difícil encontrar el apoyo de los atletas del Instituto Skyloft, que a su vez trajo el resto de ayuda necesaria para organizar el evento. Ganondorf no se quedaba atrás. El hombre Gerudo era rápido, conciso y preciso: el papeleo, la lista de permisos y demás chanchullos legales estaban bajo control desde hace tiempo. El plazo de un año estaba cada vez más cerca de su fecha de vencimiento y Ganondorf dejaba pasar el tiempo con la paciencia de alguien que ya sabe que ganó el juego antes de siquiera comenzar.

Los adultos, pues, tenían todo bajo control; los únicos que todavía brincaban sobre su metafórico asiento eran los niños. Tanto Tetra como Link estaban impacientes por ver el calvario terminar de una vez por todas. Esos eran los sentimientos de Link, plasmados en la postal con la foto del molino blanco: impaciencia por una resolución. Lo decía claramente, escrito con tinta negra de bolígrafo: "Aunque estoy feliz con lo que he logrado hasta ahora lejos de casa, quiero volver más que nada en el mundo, y estoy demasiado cerca de ver a Aryll y a mi abuela como para estar tranquilo. También puede que suene egoísta, pero quiero volver a verte, no sabes cuánto".

Oh.

Tetra leyó la línea nuevamente. Y volvió a leerla. Y otra vez. La leyó al menos unas cien veces más en el transcurso de un segundo.

"… pero quiero volver a verte, no sabes cuánto".

Dejó la postal sobre la mesilla y se levantó de su asiento.

¡Splash!, sin aviso ni cortesía se zambulló al agua como una centella mientras dejaba escapar el más feroz grito de guerra. Las burbujas que subieron a la superficie indicaron que, aún sumergida, definitivamente continuaba gritando.

Igual no pasó mucho tiempo para que saliera su cabeza del agua para respirar; para entonces, Sheik ya se había acercado a ver qué ocurría.

–¿Tetra, estás bien?

–¿Cómo lo hace? –la aludida se sujetó del borde de la alberca, evidentemente indignada –, ¿¡cómo hace para ser tan azucarado, maldita sea?!

–Esa boca, señorita.

–¡Perdón! ¡Pero no lo entiendes tío, es un… un…! ¡Imbécil!

Tetra alcanzó a escuchar las carcajadas de Sheik mientras se sumergía una vez más para gritar bajo el agua. Quizás si se quedaba allí abajo lo suficiente, por fin se le calmaría el corazón que no dejaba de latir a mil por hora.


El clima estaba especialmente caluroso ese día, pero era de esperarse a mediados de primavera: con excepción de las islas más al norte, la transición hacia el verano empezaba pronto en el Archipiélago. Las calderas del S.S. Linebeck estaban apagadas, pero el bochorno en la sala de máquinas era insoportable con tantas personas revisando dentro del estrecho espacio, así que Link se excusó por el momento y subió a cubierta, donde por lo menos se podía respirar. La brisa que soplaba desde el mar era más que bienvenida después de estar encerrado por tanto tiempo: se supone que debería estar supervisando el mantenimiento, pero los empleados de Jolene definitivamente sabían lo que estaban haciendo mil veces mejor que él. De todas formas, sólo estaría a cargo hasta que Linebeck y ella terminaran de negociar algunas cosas en privado.

Los gigantescos portones del astillero estaban abiertos y dejaban entrar fuertes corrientes de aire fresco, que suponían un gran alivio para todos los que estaban dentro del enorme almacén. El mar, como siempre, no estaba lejos, y Link no pudo evitar desviar la mirada hacia las olas encrespadas que chocaban contra los muelles de Isla Windfall y salpicaban todo de espuma blanca. Su mente se perdía en el vaivén del agua con cierta frecuencia últimamente, como si estuviese esperando por algo. Qué exactamente estaba esperando, pues, no estaba seguro; pero en el tiempo que llevaba lejos de casa, se había convertido en un experto en esperar.

Había muchas cosas a las que se había acostumbrado en los últimos meses: un trabajo estable le había permitido un horario de sueño más amplio, descansos más frecuentes y extendidos, un salario fijo y mucho tiempo para contemplarse a sí mismo. Ahora que no tenía que hacer malabares con una cantidad ridícula de empleos, corriendo de un extremo de Outset al otro, Link descubrió que el tiempo transcurría unas cien veces más lento; no se había percatado de lo ocupada que fue su antigua rutina hasta ahora.

Cambiaría todo el tiempo insulso que había ganado en un santiamén por su vieja vida.

Para él, tener mil y un labores significaba pasar tiempo con todas las personas que lo apreciaban tanto como él a ellos. El trabajo jamás era aburrido porque Link sabía convertirlo en su muleta para nunca quedarse solo, con la que había aprendido a alzarse y caminar una y otra vez si se derrumbaba. Había perdido su soporte de una patada, y aunque se tambaleó, tuvo la suerte de que había gente dispuesta a atraparlo antes de caer. El apoyo que estaba recibiendo ahora era cien veces más sólido que antes y estaba eternamente agradecido por la oportunidad de mantenerse en pie.

Las cosas no siempre eran así de tranquilas: Link nunca había considerado que le tenía miedo al océano; en todo caso, era especialmente precavido por su incapacidad de nadar, pero no esperaba sentirse tan inquieto como le pasó en sus primeros meses. Una cosa era vivir en una isla, y otra era vivir en un barco. La inmensidad inescapable del mar tuvo más impacto sobre él de lo que esperaba, y aunque todavía no sabía nadar, por lo menos ya no se sentía atrapado.

Con todo y eso, seguía sintiendo que su nueva rutina era insulsa.

Parecía que el aburrimiento sería su única compañía por el resto del día, hasta que divisó a lo lejos una silueta voladora demasiado grande para ser un ave; el rostro de Link se iluminó inmediatamente cuando la reconoció. Corrió por la cubierta del S.S. Linebeck, saltó a tierra y prácticamente voló fuera del astillero con tal entusiasmo que casi se zambulle en el mar como un completo lunático.

–¡Quill! –llamó con todas sus fuerzas mientras saltaba y agitaba los brazos.

El cartero Rito ajustó el rumbo de su vuelo y aterrizó grácilmente delante de Link, que estaba que estallaba de la emoción.

–¿Cómo estás? ¿Qué tal el viaje? ¿Saludaste a todos de mi parte?

–Link, por todo lo puro y bueno, déjame respirar –reprochó Quill, sonriendo a pesar de que le faltaba el aliento –. El jefe, Medli y Komali te envían saludos también.

Quill revisó dentro de bolsa de mensajero hasta que encontró lo que buscaba: dos sobres, cuyas estampillas eran más que reconocibles para Link. El isleño no pudo contener sus brinquillos de alegría cuando finalmente tuvo a ambos en sus manos.

La razón de su emoción era aparente: uno de los sobres era de Outset y con seguridad se trataba de una carta de su familia; Link hacía todo lo posible por escribirles tan seguido como podía, casi siempre con el fin de enviarles gran parte del dinero que ganaba semanalmente. Pasarían un par de años más antes de que Aryll pudiese trabajar, y la Abuela era demasiado anciana como para dedicarse a labores pesadas, pero se las habían ingeniado al presentarse como voluntarias en la comunidad de los Rito: de esa forma tenían como mínimo el desayuno y almuerzo garantizado, que ya era quitarse un gran peso de encima. El otro sobre provenía de las tierras continentales y no hacía falta ser un genio para saber quién era el remitente. La única persona con la que Link se escribía con tanta frecuencia como su familia directa era Tetra, la indiscutiblemente valiosa aliada y amiga que había ganado el verano pasado. Varios meses habían transcurrido desde que se habían visto cara a cara, pero las palabras entre ellos definitivamente no faltaron en todo ese tiempo: el isleño se había asegurado de mantener un contacto frecuente con ella.

–Debo admitir, Link, me esperaba cartas constantes desde Outset para ti, pero no de tu amiga citadina.

–Le prometí que le escribiría cada vez que tuviera tiempo y ella siempre contesta.

–Ya, ¿pero tiene que ser semanalmente? Volar estas distancias tan seguido no puede ser sano.

Quill se quejaba medio en broma, aunque era notable que volar la distancia hasta Windfall no era precisamente pan comido; igualmente Link no se percató del hecho, pues estaba muy ocupado irradiando alegría con la fuerza de mil soles como para prestar atención a nada.

Recibir carta de su familia y amigos era muy importante para Link, por obvias razones: era la única forma de comunicarse con ellos. Desde su partida hace poco más de medio año, el S.S. Linebeck había tocado el puerto de Outset una sola vez. Había sido un viaje de ida y vuelta que todavía hacía que Link se sintiera incómodo cada vez que lo recordaba: fueron por petición de su Abuela, que los mandó a llamar para llevarse al velero familiar, el Mascarón Rojo, a un astillero. Los costos de reparación y mantenimiento estaban aparentemente cubiertos, aunque Link todavía no sabía quién estaba pagando esas sumas que, si bien no eran excesivas por tratarse de un velero pequeño, no estaban precisamente dentro del presupuesto de gastos regulares de nadie. Link tenía sospechas de que se trataba de algún vecino o varios isleños tratando de compensarlo de alguna forma por lo que había pasado, pero su Abuela prefirió no revelar al benefactor. El Mascarón Rojo ahora reposaba en la cubierta del S.S. Linebeck, donde normalmente lo haría el bote salvavidas; sólo faltaba un elemento más para considerar al velero como oficialmente reparado.

La vela sería entregada apenas terminase de pagarla y el Mascarón Rojo podría navegar de nuevo, algo que para Link era más importante de lo que deseaba admitir.

–¿Emocionado por la vela nueva?

–¡Más que nada por la carta, pero sí! Ésta sería la última cuota para pagarla.

El estómago de Quill gruñó audiblemente, a lo que el cartero señaló hacia el pueblo. –¿Quieres ir a comer algo? Estoy que me muero.

–¡Ah, adelántate, voy por mi dinero! Linebeck debería regresar en cualquier momento, pero mejor le dejo una nota por si acaso.

Quill no se lo hizo repetir y, con breves palabras de despedida para acordar un punto de reunión, se marchó de buen humor. Link regresó hacia el astillero, dando brinquillos de alegría como si estuviera retozando en un campo de flores. Mientras subía al S.S. Linebeck, abrió y leyó la carta de su familia. La Abuela fue breve pero positiva: expresaba seguridad en el bienestar de Aryll y el suyo, además de mucha confianza en su nieto. Aryll le hizo un dibujo de unas gaviotas en la parte de atrás del papel. De repente el calor de las calderas ya no era tan terrible para Link.

El isleño guardó el dinero que acababa de recibir junto con la carta. Sostuvo en sus manos el sobre con el sello de Hyrule continental, debatiéndose entre leer su contenido o dejarlo para después.

La voz de Linebeck hizo eco desde cubierta e interrumpió sus pensamientos. –¡Grumete! ¿Dónde estás?

–¡Acá abajo, en el camarote! ¿Cómo estuvo la reunión?

–Bueno, considerando todo, pues, ni tan terrible –la voz sonaba cada vez más cerca, hasta que por fin Linebeck se hizo visible junto marco de la puerta–. Jolene es una criatura bien extraña, ¿sabes?

–¿Extraña?

–Por un momento está de un humor y luego cambia al otro. Parece estufa dañada, ¡se enciende, se apaga, se enciende, se apaga!

–¿Qué le dijiste?

–¿Yo? ¡Yo, decirle nada a esa mujer! ¡Si ella solita se pone así! ¿Por qué tendría que decirle algo que la provoque?

–La última vez fue porque creíste que podías pagar la deuda con calamar frito.

–¡En su tinta! ¡En su tinta, grumete! ¿Tienes idea del tiempo que llevaba guardando ese calamar para una ocasión especial?

–Una década.

–… Touché. De todas formas, ¿quién eres para juzgarme, diablillo? ¿Desde cuando eres un experto en féminas?

–Primero, ya nadie dice "féminas", suena rarísimo. Segundo, no soy un experto.

–Ya. Uno creería que, con tanta carta que le envías a tu "amiguita" –Linebeck hizo comillas en el aire mientras miraba fijamente el sobre en las manos de Link –, a estas alturas tendrías título, maestría y postgrado.

Instintivamente Link acercó el sobre a su pecho, como si tuviera que ocultar la carta, pero al mismo modo se rehusara a separarse de ella. Linebeck dejó escapar una sonrisa de satisfacción, que se convirtió en carcajada cuando Link, humillado, le sacó la lengua.

–¡Vamos, vamos! ¡Me alegro por ti, grumete! ¿Todos tenemos un amor de juventud, o no? De esto te vas a reír también en unos años.

–Tetra es una amiga importante, y su tío me está ayudando a conseguir ayuda para salvar a Outset.

–Link, por el amor de Nayru –apoyó su brazo en el hombro del muchacho y lo estrujó en un abrazo a medias–, no tienes que justificarte conmigo. O con nadie, si lo piensas bien. Ni siquiera tienes que entenderlo tú mismo. ¿Pero vas a decirme que de verdad no tienes un flechazo cuando le escribes con la misma frecuencia que a tu familia?

–Le prometí que lo haría.

–¿Y por qué a ella? ¿Por qué no a tus amigos del SPA, o a otros niños de Outset que también son tus amigos? Incluso le pones un dinerillo extra al asunto, no creas que no noté que gastas en postales.

–¿Estás espiando entre mis cosas?

–Grumete, este barco es una lata de sardinas. Un poco difícil ocultar algo aquí adentro, me sé todos tus calzones de memoria. ¡Ojo, no toco nada tuyo sin tu permiso! ¿Pero no crees que un capitán no sabe siempre lo que hace su tripulación? Como sea, no desvíes el tema. Lo que quiero decir es, piénsalo.

No podía negar que lo había pensado en aquellas noches en vela, cuando la mente hace jugarretas y trae ideas extrañas a la superficie. Link no era ningún estúpido, sabía que su amistad con Tetra había crecido a un ritmo vertiginoso que ninguno de los dos sabía explicar cómo o por qué funcionaba tan bien. Cuando el mar se hacía negro y la noche caía como un manto de estrellas sobre su cabeza, con frecuencia dirigía sus pensamientos a las olas, que a su vez lo llevaban a ella. Le gustaba imaginársela en su cuarto, con bolígrafo en mano, sentada y escribiendo luego de que todos los demás lo hubieran hecho.

Las cartas de Tetra eran artificialmente extensas: casi siempre las palabras se extendían sobre tres páginas, si no es que más, pero porque no era solamente ella la que escribía en ellas.

Los muchachos le preguntaban sobre sus viajes y hazañas o competían activamente por impresionarlo con relatos de ellos mismos o de Tetra. Eran enérgicos con sus palabras, y era fácil recuperar los ánimos al leer lo que tenían que decir. Link estaba seguro de que esta era su forma de inspirarlo a seguir adelante, progresar sin perder la esperanza; sus voluntades eran de hierro y lo estaban ayudando a forjar la suya como mejor sabían hacerlo. Por otra parte, Sheik escribía sobre el progreso percibido con respecto a su caso: era amable y explicaba las cosas que Link no entendía con mucha paciencia, de tal manera que si Ganondorf no lo informaba de algo o él no comprendía muy bien lo que el Gobernador revelaba, podía contar con Sheik y preguntar sin sentirse presionado. Sheik se había convertido en suelo estable donde Link podía darse un respiro, continuar con su nuevo camino y reposar si otra vez lo necesitaba.

Al final siempre estaba lo que había escrito Tetra. Cada palabra y cada oración, podía imaginarla allí frente a él, diciéndolas con su voz; a veces contaba pequeñas anécdotas que alguno de los muchachos ya había mencionado, o quizás eran nuevas. Casi siempre le daba ánimos y respondía a lo que él había dicho en la carta anterior. En contadas ocasiones, escribía sobre su familia. Allí era cuando mejor podía recrear su rostro, porque recordaba vívidamente aquellos momentos del verano pasado, cuando había conocido su lado más vulnerable. Había memorizado sus manos, su boca, sus ojos azules llenos de tristeza; podía recrear la escena en su mente cuando leía sobre Sheik, sobre Daphnes, y sobre ella y su madre. Sentía su dolor, su anhelo y su recelo al contar esas cosas; sabía que no era fácil para ella abrirse.

–Quiero verla otra vez. Es todo lo que quiero.

Mentira. Sonaba firme y decidido, pero era mentira y en el fondo lo sabía.

No bastaba con verla otra vez; quería escucharla, quería hablarle, quería reír y llorar y recordar juntos que no estaban solos. Si de alguna forma podía justificar su necesidad, era con la ausencia de Tetra y lo solitario que le hacía sentir, porque llenaba una parte de él que no sabía que estaba vacía hasta ahora. ¿Era un flechazo? ¿Amor primerizo? ¿Hormonas? Pues no, probablemente no. Era amor, sí, uno quizás demasiado grande para Link; uno que necesitaba compartir para no estallar, pero todavía no podía definirlo como Linebeck insistía en hacer.

Era amor y basta, había concluido, y eso era más que suficiente.

Linebeck levantó las manos en un gesto de resignación. –Mira, Link, ya tu cabeza se juntará con tu corazón y llegarán a un acuerdo. ¿Qué tal si le hacemos caso al estómago por el momento? Muero de hambre.

–Me leíste la mente –sonrió el niño mientras guardaba el sobre entre sus cosas –. ¿Crees que sirvan calamar en algún lado? Me antojé.

Linebeck alborotó el pelo de Link como respuesta, y ambos salieron del camarote entre risas y juegos toscos pero amistosos. No había prisa en leer la carta, así como no había prisa para resolver el dilema entre Link y su remitente; después de todo, si algo había aprendido a hacer Link en más de medio año lejos de casa y lejos de Tetra, era esperar.


El aire del ventilador soplaba en su cara con un zumbido irritante y le resecaba la nariz terriblemente, le alborotaba el cabello y hacía que le lagrimearan los ojos, pero Ganondorf estaba dispuesto a tolerar todas las molestias del aparato con tal de refrescar un poco su oficina de trabajo. Normalmente no era tan sensible como para percibir estas cosas, pero estaba de un humor especialmente irritado que al parecer resaltaba hasta el más pequeño mal que lo aquejaba en el momento. De por sí no era una persona conformista y en pocas ocasiones se había considerado realmente satisfecho con nada, pero hoy se encontraba particularmente molesto.

Unos golpecillos en su puerta lo tentaron a contestar de mala gana, pero se contuvo. –Adelante, por favor.

Sin hacérselo repetir, Jolene entró en la oficina con un portafolio hinchado de documentos. Ganondorf no pudo evitar hacer una mueca.

–Son para el archivero –contestó su subalterna apenas se percató del gesto –, los papeles de hoy sólo necesitan ser ordenados.

Ganondorf aprovechó que Jolene le daba la espalda para relajar sus hombros sin que lo viera; no necesitaba que la mujer se percatase más de la cuenta de lo tenso que estaba. Decidió que algo de aire fresco le sentaría bien y se dirigió a la ventana. De alguna forma hacía menos calor afuera.

–¿Todo bien con los negocios?

Jolene lo pensó unos segundos antes de responder. –Podría decirse que sí. Linebeck parece un cretino, pero no tiene un pelo de tonto cuando quiere.

–Me sorprende que le hayas permitido volver a tu astillero.

–Soy la única con el personal capacitado para reparar correctamente su piróscafo. Tarde o temprano tenía que pasar.

–No sabía que fueras tan caritativa.

–No lo soy. Lo habría mandado a freír espárragos de no ser porque pagó buena parte de la deuda. Se me hace que el niño es buena influencia para él, le está contagiando lo trabajador.

–Link es un chico dedicado. Parece sacar lo mejor de todos.

–Piensa mucho en el muchacho últimamente. ¿Es eso lo que lo tiene tan tenso?

–¿Se nota mucho?

–Podrá ser bueno en muchas cosas, Gobernador, pero la conversación casual no es uno de sus talentos.

Ganondorf se agradeció mentalmente por su decisión previa de acercarse a la ventana, porque así no tenía verle la cara de burla a Jolene en ese momento. En su lugar, el Gobernador señaló hacia su escritorio sin darse la vuelta, en parte por no mostrar su disgusto, en parte porque quería seguir disfrutando el clima exterior.

Escuchó a Jolene acercarse a su escritorio y tomar la hoja de papel que descansaba en su centro.

–¿Una carta?

–Léela.

Lo dijo con algo de veneno en la voz, pero si Jolene se percató, no dijo nada. Pasaron unos minutos de silencio mientras ella leía y él trataba de olvidar que lo había hecho.

–…Vaya.

–¿Eso es todo lo que tienes que decir? ¿Vaya?

–No sé qué espera que le diga, realmente no me incumbe.

–Entre paréntesis, a mí tampoco. Sin embargo, ya viste lo que pide en esa carta.

–¿Y piensa hacerlo?

–No es como que tenga muchas opciones, ¿o sí? Si Outset quiere que Daphnes los represente y él a su vez quiere que facilite el diálogo con los portavoces del evento, está en su derecho y no puedo negarlo. En todo caso, queda en manos de Sheik si quiere hablar con él o alguien más de Skyloft lo hará.

–¿Entonces por qué se molesta?

–Primero, no me gusta que ese hombre consiga lo que quiere. Segundo, detesto que me utilice para lograrlo.

–Su rivalidad con el anciano raya en lo ridículo a este punto…

–Somos polos opuestos en demasiadas cosas, es bastante natural –giró para ver a Jolene con una expresión de satisfacción –. Por lo menos, a diferencia de cierta persona, no le perdono las deudas a mi rival por estar enamorado de él.

Tal como esperaba, Jolene inmediatamente enrojeció de vergüenza ante la mera mención de su amor supuestamente secreto por Linebeck. Si se trataba de sacar trapos sucios, Ganondorf era buen político.

Jolene se excusó rápidamente y se escabulló de la oficina echando humo por las orejas. Probablemente le faltaría azúcar a su café por una semana a causa de su chiste, pero a Ganondorf no le importaba mucho en esos momentos; podía darse el lujo de ofender a su secretaria un poco, ya en otro momento se disculparía por su atrevido comentario.

Por el momento, Ganondorf se permitió un instante de diversión antes de volver a sus labores.

Fin del capítulo


Nota de NK:

Este capítulo en particular fue bastante difícil de escribir: además de los asuntos personales, me falta la costumbre de hacer pausas en la trama. Sufrí particularmente con la parte de Link, que reescribí al menos unas cinco veces y ninguna me convencía; al final, decidí armar un pequeño patrón donde mostraba la vida de un protagonista y su relación con un elenco de apoyo, pero sin perder el enfoque que hay entre los dos.

Link y Tetra llevan tiempo sin verse y lo han aprovechado para pensar y conocerse mejor; no es el destino lo que los haya empujado a tener una relación tan estrecha, simplemente es como ha evolucionado su química hasta ahora y ha sido muy natural para mí desarrollarlo así, espero que se sienta igual de natural de leer.

En cuanto a Ganondorf, sentí que necesitaba conectar de alguna forma este capítulo con el que viene; si dejaba esta escena para el siguiente creo que las cosas no fluirían igual de bien. Continué con el patrón que establecí y lo aproveché para desarrollar un poco su relación con Jolene; Ganondorf es un hombre al que le interesa mucho mantener una apariencia estrictamente profesional y Jolene en general le sigue el juego, pero se conocen demasiado como para guardar decoro todo el tiempo.

Mentiría si digo que sé lo que estoy haciendo, pero me divertí un montón con todo; salió extra largo por eso, aunque también es para compensarlos un poco por la espera. Ya saben más o menos lo que está por venir, pero igual les advierto, prepárense.

¡Nos leemos!

(A pesar de las adversidades, continuamos con mucho cariño este gratificante trabajo que compartimos con ustedes. Esperamos entusiasmadamente sus comentarios y reviews, que como siempre son una inspiración para continuar con lo que empezamos hace ya unos siete años. Cualquier duda con respecto a la siguiente fecha de publicación, revisen el perfil de nuestros escritores donde está anotado el tiempo estimado).