Nota de Gatt:

Quiero aprovechar para referirme a cierto grupo de gente. Algunos quizás estén cansados de que lo repita, pero llevo una cantidad de años decente leyendo y escribiendo fanfiction: éste en particular tuvo la mala suerte de ser abandonado por tres años antes de que lo retomase, y en ese tiempo desapareció mucha gente que nunca pude volver a encontrar. A veces me siento culpable, porque quizás si no hubiese desaparecido por tanto tiempo, puede que ellos tampoco… No lo sé con certeza, pero es ese tipo de espina en el corazón que nunca sale. Imagínense entonces mi alegría cuando regresé después de tanto tiempo y algunas personas de antaño lo hicieron conmigo.

¡Ojo, no estoy haciendo menos de los lectores nuevos, son todos igual de valiosos para mí! Pero es difícil de explicar el alivio que me dio cuando pude reencontrar a un público que creía perdido. Los que todavía andan rondando por allí saben quiénes son, al igual que yo: tengo la costumbre de contestar a todos los reviews que me dejan y entre ellos reconozco el nombre y cuentas de varios de esos "amigos de lejos" que me leían cuando empecé. No tienen ni idea de los ánimos que me generan nada más por dejar algo tan simple como un "lol xD me reí mucho jajasdfsghjk".

A ustedes en particular les dedico esta canción de hoy.

¡Heil FRIKI!

PD: Kisara, por todo lo puro y bueno, deja de ser una criaturita del bosque anónimo para que pueda contestarte con todo mi amorsh :'D esto va para todos mis niños en anon, ¡quiero responderles con PMs y eso, no sean así! También un súper saludo a Zelliana, que se materializó espontáneamente desde el empíreo para dejar un review por cada capítulo, uno por uno, y casi me da un infarto de alegría.

(Agradecemos cordialmente todo el apoyo que nos han brindado de forma incondicional en estos casi nueve años escribiendo este fic en particular; recordamos con infinito cariño todos nuestros buenos momentos y esperamos que vengan muchos más en el futuro, con viejos y nuevos amigos por igual. Todo bajo control. Gracias).


Capítulo 14

Uno, ignora el instinto de cerrar los ojos; dos, no dejes que entre agua en tu nariz y contén la respiración; tres, exhala regularmente sin perder la calma; cuatro, asoma la cabeza y respira por la boca. Repite el proceso una y otra vez. Cuenta el número de brazadas para medir la distancia. Usa patadas cortas y no dobles las rodillas. Uno, dos, tres, cuatro.

Estos eran los pasos que Tetra repasaba en su cabeza minuciosamente mientras su cuerpo se deslizaba por la agitada superficie del agua.

A estas alturas no necesitaba pensar en ellos para nadar correctamente, pues estaban grabados en la piedra de su memoria; eran parte de su subconsciente a tal nivel que no requerían repaso alguno. Sin embargo, de vez en cuando sentía que era necesario recordar estas reglas que se le habían inculcado desde pequeña: era uno de los escasos momentos en que podía recordar la voz de su madre con claridad.

El agua de la costa era decididamente más fría que su piel. Los músculos le dolían y sentía que sus extremidades se movían en automático, y todo el calor de su cuerpo se concentraba en su pecho y estómago. Si estuviera en tierra, estaría definitivamente bañada en sudor por el esfuerzo físico.

Normalmente podía desconectarse de todo esto cuando se encontraba suspendida en el agua. Había algo en el acto de nadar que se le daba tan naturalmente como a alguien se le da caminar por la misma calle todos los días; el ambiente se hacía parte de ella a tal punto que Tetra podía sentir como si lo único que realmente existía era ella, el agua y el fondo.

Pero no podía desconectarse, no esta vez.

A medida que habían pasado las semanas y la posibilidad de ayudar a Link se hacía cada vez más real y necesaria, Tetra había abandonado la seguridad de la piscina en favor de otro campo de batalla, donde Tetra se entrenaba para luchar contra un enemigo que nunca antes había considerado. Todos los días viajaba sin falta hasta la costa de Hyrule, a una pequeña y solitaria bahía que quedaba a pocos minutos del puerto, para nadar en aguas abiertas.

El mar no era gentil con ella, no como el ambiente controlado de una piscina olímpica. No podía dejar que sus sentidos se fundieran con el agua, porque se pondría en peligro y a merced de las olas y las corrientes marinas.

Hasta que llegara el fatídico día, seguiría preparándose mental y físicamente para el reto que se había impuesto. Por hoy, sin embargo, Tetra había terminado con su entrenamiento; alcanzó la orilla y fue recibida con brazos abiertos por su equipo de natación. El encanto hipnótico del agua se escapó de su cuerpo y sintió cómo se relajaba nuevamente al encontrarse entre amigos.

Ese día había empezado particularmente bien: Sheik les prestó la furgoneta en vez de viajar en bus y fueron a entrenar temprano, luego comieron helado en el camino de vuelta, y ahora planeaban regresar a casa y almorzar juntos.

A pesar de ir todos amontonados en la furgoneta, los siete pasajeros llevaban un ánimo que pocas veces se podría alcanzar de forma tan natural; de alguna manera, el día les hizo fácil estar contentos y en harmonía. Momentos como éste permitían que Tetra se sintiera cómoda, segura y feliz en otro lugar que no fuera una piscina: podía desconectar el cerebro y dejarse llevar por la corriente.

Cuando por fin llegaron a casa entre chistes y carcajadas, los siete pasajeros se bajaron del vehículo, todos con sonrisas en el rostro. En el momento en que abrieron la puerta de la casa y entraron, pudieron escuchar la voz de Sheik en alguna parte del hogar, probablemente hablando por teléfono.

—No hagan mucho escándalo, ¿ok? Empiecen sin mí, voy a buscar a mi tío.

Los muchachos no se hicieron repetir las instrucciones e inmediatamente se escabulleron hacia la cocina, mientras Tetra buscaba a Sheik.

La niña detectó que la voz de su tío hablaba con un tono más alto de lo normal; mientras se acercaba, podía distinguir cada vez mejor la conversación, hasta que finalmente pudo escuchar perfectamente a Sheik, que estaba utilizando el teléfono en su habitación.

—¿Qué quiere decir con esto? —Sheik hizo una pausa para escuchar—. ¿Me está tomando el pelo?

Tetra se debatió entre interrumpirlo o dejarlo hablar un poco más, en caso de que la conversación estuviera por terminar; sin embargo, no terminó de tomar una decisión cuando escuchó algo que le borró la sonrisa que había llevado hasta entonces.

—No, no. Absolutamente no. Me niego rotundamente a poner a nadie en esta posición. Ni mi sobrina ni yo queremos tener nada que ver con ese hombre otra vez, ¿no pueden elegir a alguien más?

Sheik hizo otra pausa, esta vez más larga, o lo suficiente como para que Tetra terminara de procesar todo. No estaba segura de quién era el interlocutor, pero no le cabían dudas de que Sheik estaba hablando sobre Daphnes. Se sintió como un puñetazo en el estómago imaginarse de nuevo al anciano haciendo de las suyas, buscando formas de entrometerse en su vida. Todavía estaban afectados por las consecuencias de la última vez.

Tetra hizo lo posible para mantener la calma y seguir escuchando, pero sentía el corazón palpitándole en la garganta.

—Pues tengo que ser yo, es mi trabajo. Por eso pregunto si ellos… ¿Cómo rayos es que llegó a esta posición? ¡Si él es el culpable detrás de todo! ¿Qué le pasa a esa gente?

Con cuidado de no hacer ruido y delatarse, Tetra apoyó su espalda contra la pared y se deslizó hasta quedar sentada junto a la puerta entreabierta de la habitación. Sabía que espiar no era correcto, pero tener la conciencia limpia no la ayudaría a entender qué estaba pasando; podía contar con los dedos de una mano el número de ocasiones en que Sheik se había alterado por algo y le sobrarían dedos; esto no ayudaba en nada a aliviar el pánico que amenazaba con atacarla.

—Con todo respeto, usted no entiende el daño que… Mire, por favor, si puede hacer algo, entonces hágalo. Veré qué puedo hacer yo también y en caso de cualquier cambio, lo contactaré… Sí, sí… Claro, buenas tardes.

Desde donde estaba, Tetra escuchó a Sheik colgando la llamada y apoyando el teléfono en su lugar; la cama crujió levemente con el peso del adulto cuando finalmente se sentó sobre ella. Hubo un minuto entero de silencio en el que ambos permanecieron inmóviles, separados solamente por la puerta entrecerrada, minuto que se sintió pesado y eterno.

—Tetra, por favor entra, está bien.

Ah, rayos. Ser discreta al final no sirvió de nada.

Tetra se levantó del suelo y entró a la habitación de Sheik, donde él la esperaba en silencio. El hombre hizo un gesto para que se sentara junto a él y ella lo hizo sin chistar.

—Imagino que escuchaste lo suficiente como para hacerte una idea —hizo una pausa, pero cuando vio que ella permanecía callada, Sheik continuó—: Daphnes se las arregló de alguna forma para representar a Outset en el evento.

—¿Pero es que esa gente no sabe lo que hizo?

—No lo sé, y parece que Ganondorf tampoco sabe. Al parecer le mandaron la notificación junto con la carta de aprobación apenas ayer. Sabes que no puede contactar con ellos excepto por carta, así que podría tomar un rato enterarse de nada.

—¿Tú qué dijiste?

—Qué crees. Le pedí que intente hacerlos cambiar de opinión para que elijan a otro. Si no resulta, tendremos que posponer todo hasta que estemos seguros de que Daphnes no estará involucrado.

Cualquier temor que Tetra pudo haber sentido por ella misma desapareció en ese momento, cuando se percató de que la única realmente dispuesta a defender a Link era ella; no podía permitirse el miedo a Daphnes.

—Tío, no lo hagas.

—Me rehúso a exponerte nuevamente, ya cometí ese error antes.

—Puedo lidiar con él ahora.

—¿Por qué insistes tanto?

—Si no hacemos algo, Link tendrá que pasar más tiempo lejos de casa.

El rostro de Sheik se llenó de sorpresa, como si no hubiera considerado al niño hasta el momento. Esa expresión rápidamente cambió a una de culpa, pero tampoco duró mucho: una seriedad terrible se reflejó en los ojos y la voz de Sheik.

—No sabemos si Daphnes quiere sabotearte.

—No lo hará. Este era su plan desde el principio, estamos haciendo lo que él quería.

—Por el amor de Nayru…

—¡Hicimos todo esto para salvar a Link y estamos tan, pero tan cerca de lograrlo! No me voy a dejar vencer ahora que estamos en la recta final. ¡Daphnes no nos puede intimidar!

—Basta, por favor. Déjame arreglarlo, no tienes por qué involucrarte tú.

—¡Pero yo puedo con esto!

—Pero yo no, Tetra. No puedo seguir tratando de arreglar todas las crueldades de Daphnes Nohansen Hyrule. Una y otra vez lo mismo, siempre con resultados a medias porque soy incapaz de ver dos pasos adelante como lo hace él.

Sheik estaba visiblemente angustiado, con el ceño fruncido y el cuerpo tenso. A pesar de hablaba sin alzar el tono, su voz temblante lo delató a Tetra como nunca antes lo había hecho: por primera vez en la vida de la niña, su gentil e invencible guardián dejaba ver lo vulnerable que realmente era.

—No podría soportar meter la pata otra vez y que fuera irreversible… Tengo que ser cuidadoso, y si eso significa retroceder y esperar a un mejor momento, lo haré.

—No puedo hacerle eso a Link.

—A mí tampoco me hace feliz decepcionarlo.

—¿Por qué le tienes tanto miedo a ese viejo?

—Es precaución. Ya viste en qué problema nos metió una vez, enfrentarlo de nuevo sin saber sus planes sería de tontos.

—¡No, es miedo! ¿Te parece mejor que no podamos seguir con nuestras vidas porque tenemos miedo de lo que puede hacernos? ¡Eso es de cobardes!

Se formó un silencio tan profundo, que por un momento pareció como si ambos estuvieran congelados en el tiempo. A pesar de sus palabras desesperadas, Sheik permaneció como estatua, sin contestarle a Tetra esa última rebatida. Cuando finalmente se movió, fue para alzarse de la cama y dirigirle una mirada estoica e indescifrable.

—Voy a esperar por la respuesta de Ganondorf. Hasta que no esté absolutamente seguro de que Daphnes no puede hacerte daño, no vas a nadar en esa competencia. Es mi decisión final. Tu seguridad no es un asunto negociable, lo entiendas o no. Te guste o no. Te duela o no. Si te sientes mal y piensas que soy cruel, ódiame si hace falta. Nada de eso importa mientras estés a salvo.

Hizo una pausa y respiró profundamente.

—Lo mejor de mí murió con Zelda. Siento mucho que te hayan tocado unas sobras tan malas, pero es lo que hay. Decepcionante, lo sé… Quizás algún día puedas perdonármelo.

Dolor.

Dolor agudo, paralizante.

Dolor punzante como un puñal en el corazón. Que te corta el aliento, que te abre los ojos.

El nombre de su madre era todo eso para ella, pero para Sheik era un golpe igual de mortal.

Tetra entendió que lo único que había detrás de esos ojos escarlatas era el dolor infinito de una herida muy, muy profunda, que ella reabrió con su insensatez e insistencia. Acababan de devolverle el mismo daño con un solo golpe.

¿Hace cuánto tiempo no decían su nombre en voz alta? ¿En qué momento se había hecho tabú pronunciarlo? Aunque se esforzara, la niña no podía recordar cuándo fue la última vez que su guardián nombrara directamente a su madre frente a ella.

El vacío que sentía estrujando su pecho en esos momentos le hizo entender el porqué: ni siquiera se sentía capaz de hablar en esos momentos.

Tetra se alzó de la cama y salió de la habitación en silencio; a pesar de que la siguió con la mirada, Sheik no dijo nada o hizo ningún gesto para retenerla. Era evidente que su discusión había terminado, y más evidente aún que nadie había ganado o salido ileso.

Con cada paso que daba se sentía más pequeña e insignificante: cuando por fin alcanzó su propia cama dentro de su habitación, no quedaba más de ella que un agujero en su estómago y un sentimiento de fragilidad terrible, como si estuviera hecha de arena, seca y quebradiza.

Se desmoronó sobre la cama y allí se quedó.


— O —

Blancas gaviotas sobrevolaban un cielo despejado y claro, describiendo círculos en el aire con aparente facilidad.

—¿Crees que el agua de Outset estaría muy fría para nadar un día como hoy? —preguntó Link distraídamente mientras miraba a las aves sobre su cabeza.

Linebeck pensó un poco antes de responder.

—Outset nunca tuvo el agua muy fría por estar tan al sur; si estuviera más al norte del Archipiélago sería otra cosa. ¿Nostalgia otra vez, grumete?

—Tetra me preguntó para saber si necesitaba un traje de baño con protección térmica.

—¿Eso existe?

—Son los que usan los buzos y la gente que entrena para triatlones.

—Ah, no sabía. Tiene sentido.

Caminaban uno junto al otro por las calles de Windfall, que hoy estaban algo vacías por el intenso sol que brillaba sobre ellos sin clemencia. La gente se acumulaba inconscientemente bajo cualquier sombra y evitaba exponerse mucho tiempo al calor que se había acumulado en los adoquines del pavimento: incluso con zapatos, Link y Linebeck podían sentirlo en sus pies.

Cualquiera pensaría que el dúo era particularmente masoquista por no buscar refugio del sol, pero ambos estaban demasiado ocupados teniendo un buen día como para dejar que el calor los marchitara.

Link sostenía un fardo alargado y bien sujeto, nada más ni nada menos que su nueva vela para el Mascarón Rojo; tuvo que llevar el mástil del velero consigo como precaución, con el fin de verificar que la tela se ajustaba realmente a la medida que había encargado. Claro, lo mejor sería probarla directamente en la embarcación, pero al menos se quitó un cierto peso de encima cuando pudo confirmar que no era excesiva o muy pequeña para el mástil. Había decidido cargar con ambos dentro de un mismo fardo, como si no quisiera separar los dos elementos nunca más.

Linebeck simplemente estaba allí para brindar apoyo moral, visto que el isleño era más que capaz de cargar con todo por sí mismo. Había crecido desde el verano pasado, cuando todavía no podía con ese peso.

Ahora se dirigían al muelle, donde el S.S. Linebeck y el Mascarón Rojo los esperaban para oficialmente navegar por primera vez de su última reparación.

Alcanzaron finalmente el atracadero a las afueras del astillero, donde el piróscafo estaba flotando sobre el agua, listo para la acción. Abordaron con entusiasmo, encendieron las calderas y soltaron los amarres; el S.S. Linebeck zarpó inmediatamente, buscando alejarse de la costa y viajando hacia aguas más abiertas donde Link podría navegar en su velero a su antojo y sin preocuparse demasiado por otras naves más grandes. No querían repetir accidentes.

Había algo exhilarante sobre volver al mar después de un tiempo: encontrarse de nuevo surcando el agua, con el viento en la cara y las olas chocando; las gaviotas, siempre amigas bienvenidas en el cielo, el infinito horizonte de azul. Puro, brillante y poderoso azul, hasta donde alcanzaba la vista.

Link encontraba cada vez más fácil amar el mar como se suponía que debía gracias al color azul. No es como si alguna vez lo hubiera odiado, pero había una distancia segura entre su corazón y el océano que nunca se había molestado en cerrar: el mar quita tanto como regala, al fin y al cabo. No era la clase de lugar al que le ofrecerías tu vida sin entender esto primero.

Ahora, cuando el isleño miraba el mar, sentía que recortar esa distancia entre él y el azul no sería algo malo.

Linebeck redujo la velocidad del barco lo suficiente e hizo señas a Link desde la cabina para que pudiera proceder. El niño corrió hacia su velero con el fardo del mástil y la vela, se sentó en el interior del pequeño bote y se dispuso a deshacer los amarres que suspendían el Mascarón Rojo en el aire, a un costado del S.S. Linebeck.

Poco a poco descendió hasta que pudo sentir la vibración del agua rozando con la quilla, la parte inferior del velero, a través del piso. Encajó el mástil en su lugar y mantuvo una mano pronta a izar la vela; su otra mano reposaba sobre la caña del timón; el corazón le latía con tanta fuerza que sentía que le palpitaba en la garganta.

—¿Estás listo, grumete? —llamó Linebeck desde arriba en la cubierta.

—¡Sí capitán, estamos listos!

—¡No te escucho!

—¡Sí capitán, estamos LISTOS!

—¡Par de insensatos, ¿qué creen que están haciendo?! —gritó la voz de Jolene antes de que Linebeck soltara los últimos amarres.

Link no podía verla desde donde estaba, pero podía reconocer sus reclamos muy bien a estas alturas.

—¡Jolene, querida! —Linebeck saludó nerviosamente.

—¡Qué querida ni qué nada! ¡Maestre Jolene para ti!

Jolene se acercó a Linebeck hasta que Link pudo verla claramente desde su posición; estaba apretándole la oreja al marinero, indignada, como una madre regañando a un chiquillo mal portado.

—¡Sólo porque tu nave está en el agua no significa que puedes sacarla al mar todavía! ¡Tampoco verificaste si quedaban reparadores abordo, suerte que estoy solo yo o se armaría un motín!

—¿Disculpen? ¿Capitán? ¿Maestre? —llamó Link desde el velero, que permanecía suspendido en sus amarres –¿Podrían subirme o soltarme? Cualquiera está bien, nada más no me olviden aquí.

—Te subiremos y volveremos a Windfall —concluyó Jolene.

Linebeck quiso objetar, pero Jolene lo fulminó con la mirada y cualquier intento de vocalizar que se oponía murió allí. Los dos adultos izaron el velero de vuelta a la cubierta del S.S. Linebeck y Link se resignó a esperar nuevamente por otra oportunidad para navegarlo.

—Discúlpenos Maestre, no volverá a pasar. Tampoco queríamos secuestrarla.

—¡Secuestrarme, dices! ¡Dos pelusas como ustedes, secuestrándome! Por favor, si esto apenas califica.

Era un poco difícil leer su comportamiento, pero en esta ocasión era evidente que no estaba realmente enojada y probablemente hasta le hacía gracia el error.

La mujer esbozó una pequeña sonrisa por unos segundos que desapareció tan pronto como volteó hacia Linebeck.

—¿Entonces? ¿A qué estás esperando, la glaciación? ¡Arranca motores hacia Windfall!

El marinero no se hizo repetir la orden dos veces y se escabulló hacia la cabina del barco. Cuando Link se disponía a seguirlo para hacer su trabajo de grumete, Jolene lo retuvo con un gesto de la mano.

—Acompáñame a proa. Quiero hablarte en privado sobre algo importante.

—¿Y el barco?

—Linebeck puede arreglárselas solito por cinco minutos, es más capaz de lo que parece.

Jolene caminó por la cubierta hacia la proa, lejos de la cabina; Link dudó por un momento, pero finalmente se decidió por seguirla. El S.S. Linebeck comenzó a moverse en dirección al muelle de Windfall. La mujer se recostó de la borda del barco y posó su mirada sobre el océano, mientras que Link se sentó frente a ella y esperó pacientemente a que iniciara la conversación.

—No te voy a mentir, niño. No traigo exactamente buenas noticias para ti.

—¿De qué se trata?

—Llegó hace poco una carta a la oficina de Ganondorf, de Outset. Él quería mantener esto en secreto hasta que pudiera encargarse del problema, pero me pareció injusto ocultártelo.

—… ¿El Gobernador no se enojará contigo por contarme?

—Ganondorf se enfada por cualquier bobada, eso es lo de menos. A estas alturas, mereces que la gente sea un poco más honesta contigo.

—Gracias.

—No me digas gracias. Podría haberte dejado en paz, flotando en tu velero, feliz de la vida al menos por hoy. En vez de eso, probablemente te quitaré el sueño esta noche.

La experiencia ya le había enseñado a Link una valiosa y terrible lección: realmente prefería saber de una vez por todas a qué se enfrentaba y tener tiempo para prepararse, en vez de permanecer feliz por desconocer el peligro y que lo tomara por sorpresa.

Link asintió en silencio, una señal de que estaba listo para escuchar las malas noticias.

Jolene continuó hablando. —Contactamos con Outset para la competencia. La administración escogió a Daphnes como el encargado de organizarse con la gobernación y los representantes del Instituto Skyloft.

—¡¿Al viejo Daphnes?!

—El mismo. Nos llegó la carta ayer con esta decisión; hoy al mediodía, Ganondorf llamó al representante de Skyloft. Creo que sabes a dónde va esto.

—¿Qué dijo el señor Sheik?

—Se opone rotundamente a que Daphnes sea el otro organizador.

—Y tiene razón, después de todo lo que le hizo a Tetra…

—Querrás decir después de todo lo que te hizo a ti.

—¿Sabes si ella está enterada? ¿Si está bien?

—Ni idea, lo único que sé es que ahora Ganondorf intentará convencer a Outset de cambiar de opinión.

—¿Qué pasa si no lo logra?

—Tampoco lo sé.

Se le hizo un nudo en la garganta y le zumbaron los oídos con tal intensidad que el sonido del mar se le hizo distante. Si hubiese estado de pie, Link se habría visto en la necesidad de sentarse; incluso allí donde estaba, recostado en la cubierta, podía sentir las piernas débiles.

Cientos de pensamientos, ninguno concreto, revolotearon en su mente en completo desorden y chocando entre sí sin sentido alguno. Cuando finalmente pudo ponerlos en su sitio, Link descubrió que solamente tres cosas pasaban por su cabeza en esos momentos.

Uno, era probable que Daphnes estuviera tramando algo perjudicial; dos, era casi seguro que Ganondorf no podría hacer nada al respecto; tres, definitivamente las consecuencias de esto lo afectarían a la larga, pero la persona que estaba en un peligro más inmediato era Tetra.

Tetra, Tetra, Tetra. Una y otra vez, su nombre retumbaba como un eco en la cabeza de Link, junto con el recuerdo de su voz, sus manos, su rostro, sus ojos. Esos ojos azules como el cielo, el mar, el horizonte, que siempre lo habían llamado y que siempre parecían lejanos y que ahora que los conocía, sentía su ausencia como algo propio que le faltaba.

El mar quita tanto como regala. Era algo que todo el mundo sabía, pero que Link no había realmente entendido hasta ahora, no hasta que se dio cuenta de que ya no le molestaba cuando pensaba en ello, ya no sentía que era injusto ese intercambio.

Había recibido algo invaluable.

—Sé lo que tengo que hacer —dijo con finalidad.

El S.S. Linebeck apenas había tocado muelle cuando Link saltó del barco y echó a correr tan rápido como lo permitían sus piernas, ignorando los llamados de Jolene y Linebeck.

Corrió por las calles de Windfall sin tener en cuenta el sol brillante sobre su cabeza o los adoquines ardientes bajo sus pies; esquivó cuanto obstáculo se atravesó en su camino, fueran niños o adultos o animales.

Corrió y corrió hasta que tuvo que detenerse frente a la puerta del edificio que estaba buscando para no embestirla, aunque no tuvo reparos en abrirla de par en par y entró con tanta emoción contenida que cualquiera que lo viera lo creería un loco.

Probablemente por eso fue que el guardia de seguridad se preparó para atraparlo, aunque no pudo: Link era más pequeño, más ágil y más rápido. Lo evadió con facilidad, cruzó por la recepción y llegó, finalmente, a la oficina del Gobernador.

—¡Gobernador Ganondorf!

El aludido se sobresaltó cuando la puerta de su oficina se abrió de golpe y derramó sin querer parte de su café sobre su escritorio. Gracias a todo lo puro y bueno, ni una gota había caído sobre sus documentos, pero eso no evitó que el hombre levantara sus ojos dorados y mirara hacia Link con una expresión horrorizada.

—Hylia no te lo lleves, pero tampoco me des otro igual —exclamó para sí mismo antes de hacer señas al agitado guardia para que no aprehendiera al niño y los dejara en paz; el empleado obedeció, aunque no sin observar de reojo al extraño niño que acababa de entrar en la oficina tan estrepitosamente.

—Link, aunque esto es una oficina pública y por lo tanto eres bienvenido como cualquier ciudadano, todavía tenemos ciertas normas que recomiendo encarecidamente que sigas —Ganondorf tomó unas servilletas de un estante y limpió el café derramado—. Por el bien de todos, no vuelvas a irrumpir así en un edificio del gobierno.

—Necesito un favor urgentemente.

—Ya veo. ¿No podías ser un poco menos… impetuoso?

—Es realmente importante.

—Bueno, estoy seguro de que es así, pero no es excusa para perder la compostura o los modales.

Ganondorf se acercó a Link y posó una de sus enormes manos en el hombro del isleño, como si quisiera anclarlo al sitio y quitarle lo inquieto con su intimidante presencia.

No funcionó.

—Necesito usar su teléfono.

—… ¿Perdón?

—El único teléfono público que hay en Windfall es el suyo. Necesito usarlo.

—Creo que estás confundido.

—Esto es una oficina pública, ¿no? Entonces el teléfono es público también.

—Así no es como… Pero…

—¿Puedo usar su teléfono?

Ganondorf permaneció incrédulo durante segundos que parecieron décadas, pero la determinación de Link era inmune a la confusión que el desorientado Gobernador sentía en esos momentos.

—¿A quién vas a llamar en primer lugar?

Sin apartar la vista, Link sacó un papel de su bolsillo y le mostró el número telefónico que allí estaba anotado.

Ganondorf lo examinó por un instante antes de hablar otra vez. —¿Exactamente qué piensas lograr con esto?

—Jolene me contó sobre la carta que recibió ayer de Outset. Sé que usted quería solucionar el problema sin contarme y agradezco su consideración, pero voy a arreglarlo yo mismo antes de que empeore.

—Tú mismo, dices… ¿Y exactamente qué piensas hacer para arreglarlo?

—Primero lo primero.

Link dobló nuevamente el papelillo y lo guardó con cuidado. Su mirada era intensa, su postura erguida y su voz decidida. Por primera vez en mucho tiempo, Link sabía exactamente lo que tenía que hacer: había recibido algo invaluable…

—Voy a llamar a Tetra.

… y le daría algo invaluable a cambio.

Fin del Capítulo


Nota de NK:

No quieren ni imaginarse cuántas veces fue necesario reescribir a Sheik y Tetra en este capítulo: es horrible hacer conflicto entre dos personajes que siempre han tenido una relación estable, de confianza, respeto y cariño mutuo. Sheik siempre ha sido flexible y paciente con Tetra hasta este momento; Tetra nunca había puesto en duda las capacidades de su guardián para protegerla. Sin embargo, las pistas estaban allí.

Sheik viene cuestionando su rol desde el momento en que se encontró cara a cara con Daphnes y cada vez se hizo más consciente de lo difícil que era competir con él. Tetra puede ver con mucha facilidad la fortaleza de la gente a su alrededor, pero es pésima a la hora de percibir debilidades, tanto la suya como la de otros. Tenía que desbordarse el vaso; ahora la mesa de juego está mojada y hay que quitar las piezas, limpiarla y volver a acomodarse. Toca hablar sobre la madre de Tetra y sobre la herida que su pérdida dejó para ambos: esta no será la última vez que aparecerá por aquí el nombre de Zelda.

Por otro lado, escribir a Link fue como un delirio febril de varios días, inducido por falta de sueño mientras escuchaba la mezcla más extraña de música posible: ballet ruso de marineros, gaita escocesa electrónica, cantos de piratas, metal mongol, el corrido de Sailor Moon y como tres horas seguidas de Thalia cantando "Entre el Mar y Una Estrella". Tengo un gusto musical amplio… si ustedes no preguntan, yo tampoco lo haré.

¡Nos leemos!

(Se acabó el 2019 para dar paso al año 2020, que esperamos traiga mayor facilidad para continuar escribiendo; con la tesis finalizada, inicia una nueva etapa de vida, dícese la graduación por la licenciatura de Animación Digital y la búsqueda de un trabajo estable dentro de este campo. Agradecemos todo el apoyo de los lectores, que han estado presentes en tantas otras etapas anteriores y esperamos gratamente poder seguir compartiendo mucho más).