Disclaimer: Harry Potter es propiedad de J. K. Rowling. Yu-Gi-Oh! es propiedad de Kazuki Takahashi, Shueisha y Konami.
Capítulo 2
Los sueños del duelista
1
Judai Yuki amaba los duelos. Era lo primero en que pensaba cuando se levantaba en las mañanas; y por las noches, sus últimos pensamientos antes de dormir, siempre eran sobre el duelo. Obsesión, podrían decir algunos, pero para Judai el Duelo de Monstruos era más que un simple juego. Era como si una parte de él supiera que, debajo de esa apariencia colorida, había algo que iba más allá de un juego de cartas. Aunque Judai no alcanzaba a comprender si esa parte de sí venía de su mente, su corazón o, tal vez, su misma alma.
Tal vez fue debido a esa emoción que lo embargaba cada vez que sostenía una carta entre sus manos, que no sintió miedo cuando comenzó a escuchar a sus cartas hablarle. Un fenómeno que, para otras personas, podría considerarse una locura, una alucinación o, incluso, una maldición, para él fue causa de gran felicidad. Sus cartas ahora podían comunicarse con él, eso era lo que en verdad le importaba, no lo extraño o anormal que podía resultar dicho acontecimiento para otras personas.
Claro, pronto aprendió que no podía decirle lo que pasaba a las demás personas en su vida. La mayoría de las personas, incluyendo a sus padres y su amigo Osamu, reaccionaron de dos posibles maneras cuando les contó sobre tan extraordinario suceso. La primera: se rieron divertidos pensando que se trataba solo de una etapa en su crecimiento; o, la segunda: se molestaron con él y le pidieron, a veces con más tacto que otras, que madurara de una vez.
Cuando se lo contó a su padre, este le miró de forma severa, antes de decirle:
—Ya estás grande para amigos imaginarios.
Curiosamente, su abuela, quien era una mujer estricta y apegada a las tradiciones, fue la única que no parecía tener nada malo que decir sobre su descubrimiento. Quizá se debía a que no la veía mucho que ella lo escuchó atentamente y con un aire de solemnidad. Claro, Judai no se dio cuenta de esto último hasta muchos años después.
Yubel, el espíritu de las cartas con el que más hablaba, le advirtió que otras personas no entenderían su vínculo con su baraja y por eso lo mejor era guardar el secreto. No obstante, él no quería hacer eso. En su joven mente, el descubrir que las cartas estaban vivas era tan genial que no entendía por qué otras personas no podían creerlo. El poder hablar con ellas era... ¡Era como tener un superpoder! Igual que los personajes de sus cómics. Mantener algo así para sí mismo se sentía mal.
Sin importar cuantas veces Yubel intentó convencerlo de que el mejor curso de acción era mantener esa información para sí mismo, Judai simplemente no podía hacerlo. Ni siquiera que el espíritu le recordara que ninguno de los héroes de sus historietas y mangas revelaba a otros su identidad secreta sirvió como disuasión.
Extrañamente, luego de muchos intentos de convencer a las personas de que realmente podía hablar con las cartas de Duelo de Monstruos, un día Judai simplemente se rindió.
No fue que hubiera madurado finalmente, en realidad fue debido a ese incidente.
Comenzó tras una discusión con sus amigos, Rika y Takeru, quienes no querían creerle que podía hablar con sus cartas. Sin que lo supiera, uno de los chicos de los cursos más altos los había escuchado.
Fue después de clases, tras haberse despedido de sus amigos, y mientras caminaba despreocupadamente por uno de los callejones de la zona residencial de Ciudad Domino, que varios chicos del último grado salieron a su encuentro.
—Miren lo que tenemos aquí —dijo uno de ellos sonriendo perversamente—. Es ese mocoso idiota que afirma que puede hablar con sus cartas.
Los otros comenzaron a reír con sorna a costa de Judai.
—Sí, ¡vaya estupidez! —agregó el mismo chico, mientras daba un paso adelante.
Judai, por instinto, retrocedió, sintiendo cómo el miedo comenzaba a apoderarse de él.
«¡Ayuda! ¡Necesito ayuda!», pensó el niño frenéticamente, girando la cabeza de un lado a otro esperando que hubiera algún adulto cerca. Esos chicos eran más altos que Judai por más de treinta centímetros, especialmente el chico que habló antes, quien al parecer era el líder: un niño enorme y de mirada amenazante. Desafortunadamente, no había nadie allí que pudiera ayudarlo.
—¿Saben algo? —dijo el líder, mientras junto con sus amigos le cerraba el paso—: Pienso que un mocoso lunático, como este, que creé poder hablar con sus cartas, no está preparado para tener a Yubel en su deck. Es una carta muy rara como para que se desperdicie en manos de alguien como él, ¿tengo razón?
Judai sintió todavía más miedo. Esos matones querían quitarle a Yubel, ¡a su mejor amigo!
—¡Entrégamela ahora! —bramó el matón, mientras sus amigos se adelantaron para tomar a Judai por los brazos y que no pudiera escapar.
—¡No! —gritó Judai. Le había costado todo el valor y el coraje del que era capaz para negarse, pero no se arrepentía. ¡No estaba dispuesto a entregar a su amigo a esos tipos! A pesar de que sus ojos comenzaban a nublarse debido a las lágrimas, se mantuvo firme.
—¿Perdón? Me pareció escuchar que te negabas...
—¡No les daré a Yubel! ¡Yubel es mi amigo!
Recibió más risas y burlas en respuesta a su negativa.
—Es tu amigo, ¿eh? ¡Pues veamos si puede ayudarte!
El matón golpeó a Judai con su puño derecho. El niño echó la cabeza atrás, aturdido y mareado, luego, sintió un líquido cálido salir de su labio inferior acompañado del dolor cuando su piel se abrió debido al impacto.
—No, no veo que te ayude. —Hubo más risas de parte de los que lo sujetaban—. ¿Sabes por qué? —Tomó al menor por la barbilla, lastimándose el labio que le abrió cuando al darle el puñetazo, y obligándolo a verlo directo a la cara—: Por qué solamente es una carta. Nada más que papel y tinta.
Judai comenzó a llorar, en silencio y con gruesas lágrimas manchando sus mejillas, debido al dolor y la impotencia, mientras los matones le arrebataron su deck.
—Un mocoso tonto como tú no se merece estas cartas.
Finalmente, el chico mayor sostuvo a Yubel en sus manos. ¡Era una carta increíble! Y pensar que una carta tan rara y poderosa como esa estaba en las manos de un mocoso idiota como ese; bueno, él le daría un mejor uso que estar imaginando conversaciones con ella.
Sin embargo, antes de que pudiera guardar la carta en su bolsillo, un fuerte dolor atravesó su cabeza. Era como si la estuvieran comprimiendo entre dos planchas de metal. Dejó caer las cartas, las cuales se dispersaron por el suelo, mientras se llevaba las manos a la cabeza como sí así pudiera detener el dolor. Soltó un alarido, al tiempo que caía de rodillas, antes de desplomarse por completo.
—¡Oye, Hiroshi! ¿Estás bien? —preguntó uno de sus cómplices, al tiempo que soltaba a Judai y se acercaba a su líder caído.
—¡Oh, Dios! —exclamó el otro, al ver como Hiroshi no paraba de sangrar. Tenía una hemorragia grande, como si acabaran de romperle la nariz.
Los dos chicos fueron a auxiliar a su amigo, olvidándose de Judai. Al ver que se veía muy mal, se miraron uno al otro. Levantaron a su amigo, echando sus brazos sobre sus hombros, para llevarlo a la enfermería más cercana, que era la de la escuela.
Judai permaneció en el suelo, sentado y llorando desconsolado, con el rostro amoratado y un labio partido por el puñetazo de Hiroshi.
—Judai, está bien, estoy aquí —escuchó la conocida voz de Yubel.
El espíritu apareció a su lado. El niño no se lo pensó dos veces, y se abrazó a él como si temiera que desaparecería si lo soltaba. Estaba tan aliviado de no haber perdido a su amigo.
Yubel se mordió el labio. En su desesperación, Judai estaba usando sus poderes para traerlo al mundo físico. Esperaba que nadie lo viera. Su aspecto no era agradable a la vista: mitad hombre, mitad mujer, de piel morada y con unas enormes alas que le conferían un aspecto demoníaco. Por supuesto, temía más lo que la gente podía hacer a Judai, si se enteraban del verdadero vínculo que los unía, de lo que podrían hacerle a él.
Para Yubel no había nada más importante que proteger a Judai, su Rey, su amado.
2
Aquel incidente unió más a Yubel y a Judai. Desde ese día, el espíritu se dedicó a enseñar a Judai la manera de volver más fuerte para que eso no sucediera. Yubel le mostró a Judai formas de defenderse, tanto dentro como fuera de los duelos.
Pronto el nombre de Judai se había hecho de la reputación de un duelista muy talentoso, a pesar de su edad. Sus compañeros de primaria siempre le pedían consejos sobre que cartas usar; mientras los mayores no tenían reparo en desafiarlo, deseosos de comprobar si los rumores con respecto a sus habilidades prodigiosas eran reales. Aunque, por supuesto, la mayoría deseaba ver a Yubel: aquella carta tan rara en posesión de un simple niño de siete años.
Sin embargo, con esa fama, también llegaron otras personas como Hiroshi: chicos que buscaban apoderarse de Yubel debido a su poder y su rareza. Ninguno de ellos había escuchado la historia de lo acontecido aquella tarde en un solitario callejón; o, si lo hicieron, lo tomaron como mera coincidencia. No les resultó extraño el hecho de que Hiroshi hubiera permanecido una semana inconsciente en el hospital. Tampoco que los médicos fueran incapaces de determinar una razón médica que explicara por qué no podía despertar; ni la causa de las pesadillas que lo atormentaban.
Así pues, hubo constantes intentos de robo en contra Judai y su misteriosa carta. Esos ataques pronto demostraron acabar en tragedias similares a la de Hiroshi. Porque, a pesar del entrenamiento de Judai, era un niño demasiado amistoso como para hacer daño a otros, y entonces el espíritu tuvo que intervenir.
Podría pensarse que uno, dos o incluso tres incidentes como ese eran meras coincidencias. Pero, cuando la lista de víctimas se disparó a más de diez, una ola de pánico se extendió por la zona. Pronto muchos tenían miedo de enfrentarse a Judai. Los rumores de que aquellos que lo hacían caían en coma se susurraban por toda la escuela- Para algunos niños, Judai estaba maldito; para otros, Judai era un demonio.
Debido a esto, de un día para otro, Judai se encontró completamente solo.
Sus amigos del colegio le dieron la espalda, dejaron de invitarlo a los partidos de fútbol en el descanso y a los juegos de béisbol del fin de semana. Lo peor: ya nadie quería tener duelos contra él. En casa, bueno, sus padres siempre estaban trabajando todo el día, por lo que para él no era extraño pasar la mayor parte del tiempo sin compañía alguna. Al final, únicamente le quedaban Osamu y sus cartas.
Fue entonces que ocurrió:
Hasta ese momento, Judai se había negado a ver la realidad con respecto a Yubel. Después de todo, el espíritu intentó enseñarle como protegerse de aquellos que le querían hacer daño. Muchas veces, Judai pensó que los otros niños tenían razón: él era el responsable de que las personas cayeran en coma tras luchar contra él. No obstante, cuando Yubel atacó a Osamu, las cosas cambiaron. Judai tuvo que aceptar que había estado en negación sobre su amigo espiritual, y que en el fondo él también temía a Yubel.
Después estaban sus padres: a pesar de estar casi siempre fuera de casa, ya no pudieron permanecer al margen de lo que ocurría alrededor de su hijo. En especial su madre. Ella culpaba al Duelo de Monstruos.
—¡Son esas horribles cartas! —Judai la escuchó discutir con su padre una noche, cuando creían que él estaba durmiendo.
—Son simples cartas, Yoshino —respondió su padre—. Él ni siquiera tiene un disco de duelo, así que realmente no corre riesgo al jugar con ellas.
—¡Ah, claro! Como no puede acceder a la Visión Sólida, entonces todo está bien.
Su padre se llevó la mano al rostro en un gesto de exasperación, claramente harto de tener esa discusión.
—Mira, Yoshino, no tengo tiempo para tus absurdas conspiraciones. Cuando hablas de estas cosas te pareces a tu madre y los otros ancianos… —La voz de su padre bajó, por lo que Judai no pudo escuchar el resto—. Tenemos una junta importante con los accionistas en la mañana. Olvídate de esas tonterías y vamos a dormir.
Judai se apresuró a volver a su habitación al darse cuenta de que su padre se dirigía hacia el pasillo donde él escuchaba la discusión a escondidas.
Esa noche, el niño pasó largas horas pensando en lo que escuchó.
Yubel incluso estaba afectando a sus padres. ¿Y sí su madre le prohibía volver a tener un duelo y le quitaba sus cartas? No sabría qué hacer si algo como eso sucedía, y por lo que escuchó esa noche, era algo que podría pasar en un futuro cercano. Su madre solamente tenía que convencer a su padre de hacerlo, y adiós a sus únicos amigos.
Además, ¿quiénes eran esos ancianos y por qué su padre hablaba de ellos en voz baja, como si fueran un gran secreto? Al menos estaba seguro de algo: su abuela era uno de los ancianos. ¿Era por eso que casi nunca la visitaban?
Bostezó. Ya se ocuparía de eso último, su prioridad ahora era salvar a sus amigos. Tenía que convencer a Yubel para que dejara de atacar a las personas, y despertara a los que había enviado al hospital.
El espíritu se negó: esos criminales se habían atrevido a atacarlo, por lo que se merecían la desesperación y las pesadillas que les había enviado.
—Lo entenderás pronto, Judai —dijo.
Judai se dio cuenta de que sería imposible convencer a Yubel de que eso estaba mal.
Días más tarde, Judai escuchó una conversación de unas vecinas sobre un programa de televisión. En él hablaron de una persona enferma, pero no de fiebre o de dolor de estómago. La enfermedad estaba en su mente, y esa enfermedad hacía que lastimara a otros.
Judai pensó que tal vez eso ocurría con Yubel. Y sí Yubel estaba enfermo, entonces era su deber descubrir la manera de curarlo, igual que hacía el doctor con sus pacientes.
El niño asintió con seguridad: ¡era eso! Únicamente necesitaba encontrar una manera de curar a Yubel y todo estaría bien.
3
La oportunidad de «curar» a Yubel llegó de manera inesperada a las pocas semanas: Corporación Kaiba anunció un concurso de diseño de cartas. Por supuesto, no era el concurso en sí lo que convenció a Judai de esto, sino el premio. Las cartas ganadoras serían enviadas al espacio. Según los científicos de la compañía, pronto ocurriría un fenómeno muy interesante. Una emanación de Energía Benigna surcaría el sistema solar, y las cartas ganadoras serían bañadas con esa energía.
Judai, de algún modo, se convenció de que esa era la manera correcta de ayudar a Yubel. Su lógica era simple: si esa energía podría fortalecer a otras cartas, también era capaz de curar a Yubel. Tenía que ser así, ya que esa sería su única oportunidad de hacer algo para ayudar a su amigo.
Pasó semanas dibujando bocetos e imaginando posibles efectos de sus nuevas cartas, buscando diseños de cartas perfectos para ganar ese concurso. Si no lo conseguía… No, tenía que funcionar.
Finalmente, creó un conjunto de monstruos y sus cartas de apoyo que bien podrían ganar. A él le encantaban los superhéroes, y los extraterrestres. Con esto en mente, diseñó a los Monstruos Neo-Espaciales y al «Héroe Elemental Neos».
Envió los diseños y esperó con impaciencia al fallo de los jueces. Necesitaba ganar, de esa manera podría pedirles a los empleados de Corporación Kaiba que también enviarán a Yubel al espacio. Si conseguía que Yubel se curara, ya no tendría que enfrentarse a la posibilidad de perder todo su mazo.
Los días restantes hasta el final del concurso fueron un tormento para Judai. Durante ese tiempo, fue a visitar a Osamu al hospital. Durante su visita, Judai se dio cuenta de que, si se acercaba a Osamu, su salud empeoraba. Intentó dejar a Yubel en casa, y descubrió que era imposible. Yubel siempre encontraba la forma de volver a él.
Asustado y deprimido, no le quedó más remedio que pasar las tardes después de la escuela solo en su casa. Yubel trataba de hablar con él, pero no lo escuchaba. Ya tendría tiempo para platicar con él luego de que se hubiera curado de lo que fuera que le pasaba.
Finalmente, el fallo del concurso fue dado. Judai ganó. Estaba feliz, pronto su amigo volvería a estar bien y no tendría que preocuparse por que dañara a más personas.
Días más tarde, presenció cómo Yubel era enviado al espacio. Esta vez, la distancia entre ambos era tan grande, que Yubel no pudo encontrar su camino de regreso a su mazo. Sin embargo, eso no significaba que no pudiera alcanzarlo de otros modos. Después de todo, Yubel era experto en causar pesadillas.
4
«¡Esto es un error!», se dijo. Se suponía que su deber era protegerlo, era el Guardián, el encargado de verlo madurar, de prepararlo para afrontar el destino que tarde o temprano lo golpearía con toda su fuerza. ¡Judai no podía hacerle esto!
Pero no había nada que Yubel pudiera hacer. Ahora estaba lejos, elevándose a una velocidad vertiginosa, hasta que la gravedad fue vencida y el cohete llegó al espacio exterior. Luego, al alejarse de la Tierra, soltó la cápsula en cuyo interior se encontraban las cartas de Judai, los monstruos Neo-Espaciales, y más tarde esa en dónde él viajaba.
La oscuridad y el frío del espacio serían todo lo que Yubel conocería durante los próximos años. Además del dolor. Durante su viaje, Yubel estaba a merced de la Luz de la Destrucción, quien no dudaría en usar cualquier método para retorcer la mente de El Guardián y volverla en contra del Rey Supremo.
Durante los siguientes años, Yubel conoció un dolor como nunca había experimentado antes… Al menos no desde el día en que dejó su humanidad atrás para unirse al Dragón Guardián de las Pesadillas y proteger a su amado rey. Sus gritos atravesaron la oscuridad del espacio hasta llegar a Judai. Era inevitable ya que, ambos, el Rey y su Guardián, estaban unidos por algo más poderoso que los miles de kilómetros entre la Tierra y su carta.
Así, durante años, los gritos de dolor de Yubel atormentaron los sueños Judai. Y Yubel era feliz de que hubiera al menos una pequeña parte de su espíritu era capaz de alcanzar a su amado.
Pero, un día, la mente de Judai se bloqueó. Yubel no pudo llegar más a él.
Fue en ese momento que el espíritu comenzó su descenso a la locura. Y la Luz de la Destrucción comenzó a susurrar en su cabeza.
5
Yubel estaba gritando de dolor. Podía escucharlo en sus sueños y no había nada que pudiera hacer para ayudarlo.
Al principio, intentó convencerse de que no era nada serio: seguramente, Yubel era como un niño. Los niños gritan y patalean cuando saben que van a inyectarlos. Él mismo lo hacía cuando era más joven. Entonces, lo más probable era que Yubel sentía las energías del espacio como una inyección. En tal caso, el dolor terminaría, y cuando volviera, él lo haría sentir mejor, como el médico que le entrega un dulce a su paciente luego de aplicar la vacuna.
Pero, incluso con ese razonamiento, le fue imposible encontrar la paz. Yubel sentía más dolor cada día que pasaba lejos. Podía escuchar sus gritos de desesperación mientras lo llamaba. Y a través de sus pesadillas, el mismo Judai sentía su dolor.
Comenzó a despertarse en la madrugada, gritando de terror, mientras gruesas lágrimas corrían por su rostro.
—¡Le duele mucho! —gritaba en brazos de su madre—. ¡Y todo es por mi culpa!
Sus padres se preocuparon. No sabían qué hacer. Judai ya ni siquiera podía dormir por una hora sin despertar gritando y llamando a Yubel.
Los médicos diagnosticaron terror nocturno. Pero no importaba cuántos tratamientos le dieran, las pesadillas, Yubel, siempre regresaban.
Finalmente, un médico sugirió usar un tratamiento nuevo. A pesar de aún estar en fase experimental –en realidad era ilegal–, los desesperados padres decidieron intentarlo.
El tratamiento se hacía con una máquina similar a una para resonancias magnéticas. Dentro de ella, sus ojos estaban fijos en una pantalla en la cual diversos patrones de colores formaban toda clase de formas, como las que se ven cuando se presionan los puños contra los párpados cerrados.
Gracias a ese tratamiento, en poco tiempo los sueños con Yubel se fueron haciendo cada vez más erráticos. A los pocos meses, Judai una vez más dormía toda la noche, y los gritos del espíritu se volvieron meros ecos lejanos. Luego los olvidó. Y, finalmente, olvidó que solía hablar con sus cartas.
Sin saberlo, había abandonado a Yubel. Sin saberlo, había perdido su mejor oportunidad para prepararse para aquello que enfrentaría en el futuro.
6
En lo profundo del espacio, resonó una risa metálica. Con unas pocas manipulaciones aquí y allá, la Luz de la Destrucción consiguió separar al Heraldo de su Guardián. Si bien aún no tenía la fuerza para atacar a sus enemigos de una manera más directa, y no sería así por un tiempo más, separar a ambos era un paso importante en su camino al triunfo definitivo.
Sin el Guardián, el Heraldo estaba indefenso. Sin la guía de Yubel, Judai Yuki sería incapaz de aprovechar los poderes de la Oscuridad Gentil. Débil e indefenso, el niño no sería un obstáculo.
El siguiente paso sería llenar el vacío que la voz de sus espíritus dejó en el corazón del niño con su propia voz. Si conseguía que el Heraldo escuchara su voz, aunque fuera de manera parcial, no habría nada que pudiera detenerla.
Necesitaba que Judai Yuki viera la Luz.
Por supuesto, si eso fallaba, todavía tendría a un Guardián enloquecido al que usar para destruir a su enemigo.
La Luz dirigió su atención a otro de sus potenciales objetivos. Como sospechaba, el mocoso de su hermana había encontrado al Niño Profetizado y le había mostrado el mundo del Duelo de Monstruos.
Necesitaba mantenerlos vigilados. Lo menos que necesitaba era un Hijo de Merlín inmiscuyéndose en sus planes. Mucho menos a ese niño.
Centró su atención en el hermano del Niño Profetizado. La semilla de la separación había sido plantada entre ambos por su propia familia, solo necesitaba asegurarse de que esa semilla germinará.
En el pasado, la Luz confirmó que la mejor forma de destruir a un enemigo era utilizar a su propia familia. ¿No era prueba de ello la manera en que manipuló a los padres del Heraldo para separarlo del Guardián?
La Luz los separó de su misión, de su hijo y al final los usó para forzar al niño a tomar una decisión apresurada sobre cómo lidiar con la sobre protección de Yubel.
