Disclaimer: Harry Potter es propiedad de J. K. Rowling. Yu-Gi-Oh! es propiedad de Kazuki Takahashi, Shueisha y Konami.


Capítulo 4

Un primer año accidentado


1

Era comienzos del verano de 2001, a mediados de julio para ser más exactos, faltando una semana para el cumpleaños de los gemelos Potter, la familia esperaba con impaciencia las primeras cartas de Hogwarts. Aunque de los dos era Charlus quien mostraba más expectación porque el momento llegaba. Harry, a pesar de su entusiasmo, no tenía la misma noción romántica que su gemelo respecto a marcharse a Hogwarts.

La amistad con Johan y Samantha cambió a Harry en muchos aspectos, y después también a Neville. Durante los dos años y medio que había pasado con ellos —durante los periodos de clases únicamente con Samantha—, los chicos experimentaron la cultura muggle de una forma que pocos magos criados en el mundo mágico, y en especial en familias Antiguas y Nobles, podían presumir (no es que los magos quisieran presumir sobre algo como eso en primer lugar). Claro, el Duelo de Monstruos fue su principal actividad. Harry descubrió que era tanto o más adictivo que el quidditch. Lo cual explicaba, en parte, cómo un juego de cartas creció hasta el punto de tener sus propias ligas profesionales, especialmente en oriente. Por supuesto, muchos juegos las tenían, como el póker o el blackjack, pero esos juegos no tenían academias privadas dedicadas a enseñar a futuros profesionales. Y en realidad, pocos deportes o juegos podían presumir de esto último.

Cada vez más a menudo, Harry fantaseaba con la posibilidad de ir a estudiar en una de las academias de duelo en lugar de Hogwarts. Por supuesto, su posición en el Mundo Mágico como parte de la Casa Más Antigua y Noble Potter estaba justo en medio de esa posibilidad. El peso de la sociedad, incluso si no era el heredero, estaba allí. Especialmente siendo su generación la primera en la familia Potter en producir más de un hijo en casi trescientos años. Muchas familias estaban interesadas en formar una alianza matrimonial con la Casa Potter a través de él.

Dudaba que sus padres fueran a meterlo en un matrimonio arreglado —para las familias de la Luz estos generalmente no se discutían hasta después del segundo año en Hogwarts, ya que por tradición debías demostrar que tenías el suficiente poder mágico para que la alianza fuera conveniente—, pero eso no significaba que la presión social fuera menos. Más aún siendo hermano del Niño-que-vivió. Al parecer muchos esperaban que demostrara ser al menos la mitad de poderoso de lo que se suponía era su hermano.

En cierto sentido, el pasar tiempo con sus amigos —mientras le fue posible— le había ayudado a liberar algo del estrés que todo lo anterior le ocasionaba.

Volviendo a sus experiencias en el mundo muggle, a pesar de que su madre era «nacida de muggles», no fue hasta que comenzó su amistad con aquel par de primos que de verdad comenzó a comprender realmente lo grandiosos que eran sus avances. Y no pudo evitar pensar en lo estancado que se encontraba el Mundo Mágico en comparación con ellos en determinados aspectos. El Mundo Mágico se reusaba a aceptar casi todos los avances muggles, y los pocos que sí adoptaron llegaron con retraso y muchas restricciones impuestas por el gobierno dirigido por las Casas Antiguas y muy conservadoras de las costumbres Sangre Pura, incluso aquellas que se decían protectoras de los muggles, como los Weasley, los Longbottom, incluso su propia familia.

Por dar un ejemplo de ese rezago tecnológico, la radio mágica tenía muy pocas estaciones, ninguna privada. Y el Expreso de Hogwarts aún era visto con cierto desdén por algunas de las familias más tradicionales.

Así pues, Harry se interesó por el Mundo Muggle de muchas maneras más allá del Duelo de Monstruos, lo cual influiría en las decisiones que tomaría años más tarde.

Las lechuzas llegaron durante el almuerzo.

Charlus se levantó de un salto de su silla y corrió hacia la ventana, ante la mirada orgullosa de sus padres. Harry hizo lo propio, aunque de forma más calmada, a pesar de que por dentro estaba tan feliz y entusiasmado como su hermano.

—¡Son las cartas! —gritó Charlus dando pequeños saltitos en su lugar, antes de estirar la mano y tomar la primera de ellas.

Para entonces, Harry ya había llegado a donde estaba su hermano, y también tomó su carta. Lily se aproximó a la ventana y colocó allí un plato con trozos de tocino y otro con agua, para que las lechuzas comieran algo antes de su viaje de regreso al colegio.

James Potter también se acercó, tan entusiasmado como Charlus, a tal grado que sólo le faltaba dar saltitos como su hijo. Lily sonreía feliz ante la interacción de su familia, mientras negaba con la cabeza como diciendo: «no tienen remedio».

Harry apartó la vista de sus padres y su mirada se posó en el sobre de pergamino amarillento en el cual, escrito con letras color verde esmeralda, se leía:

Sr. H. Potter

Habitación a izquierda de las escaleras

Colina Godric 725

Valle de Godric

West Country

Harry giró el sobre en sus manos para abrir la carta. El sello con el escudo de la escuela fue retirado y el contenido, en dos hojas de pergamino, extraído.

No había mucha sorpresa en el contenido de las cartas. Ya habían visto las de sus padres, quienes aún las conservaban junto con otros recuerdos de sus días de colegio, por lo que sabían de memoria el mensaje. Si acaso lo que cambiaba era la lista de los libros, la cual sufrió un par de actualizaciones en el transcurso de la última década.

En unas pocas líneas los directivos de la escuela, Albus Dumbledore, y la subdirectora, Minerva McGonagall, les informaban que disponían de una plaza en la escuela. En la segunda hoja se enlistaban los útiles necesarios para el primer año.

—Uno pensaría que a estas alturas la regla de las escobas sería retirada —murmuró James con tono apagado. Charlus asintió solemnemente, dándole la razón a su padre.

—¡Por favor! —argumentó Lily Potter—. Saben bien que es por seguridad.

—¡Pero ya sabemos volar! —se quejó Charlus—. Al menos a los que ya sabemos deberían de permitirnos llevar nuestras escobas desde el primer año.

James asintió frenéticamente de acuerdo con su hijo.

—Eso no sería justo para los demás. Ahora, volvamos a la mesa. Se va a enfriar el desayuno.

Charlus suspiró resignado, y guardó su carta en el bolsillo de su túnica.

—¿Cuándo iremos al Callejón Diagon? —preguntó Harry una vez que estuvieron en la mesa.

—El sábado parece ser el mejor día —respondió su padre—. No hay mucho trabajo en la oficina estos días, así que incluso Canuto podría acompañarnos. Y para entonces, Lunático estará lo suficientemente recuperado para ir con nosotros.

Charlus suspiró. Quería ir por su varita lo más pronto posible. Hasta ahora, en los entrenamientos no le habían permitido usar una varita de verdad, sólo una de práctica para que aprendiera los movimientos.

—Ya verán cómo llega el día antes de que se den cuenta —dijo su madre al ver su reacción, mientras le revolvía más el indomable cabello Potter.

2

Dumbledore se sentó en su escritorio. Acababa de hablar con James Potter a través del Floo. Irían a comprar los útiles escolares ese mismo sábado.

El anciano se llevó un caramelo de limón a la boca mientras pensaba en eso. Había pensado en enviar a Hagrid en busca de la piedra hasta el final del mes, justo el día del cumpleaños de los gemelos. Había tenido la certeza de que los Potter irían al callejón ese día. Bueno, tendría que adelantar las cosas.

3

El viaje al Callejón Diagon resultó casi sin ningún incidente. Aunque muy lento para el gusto de Harry. A pesar de que habían decidido ir en una fecha anterior a los días en que el lugar se abarrotaba por los alumnos que volvían a clases, la familia Potter no podía caminar tranquilamente por el lugar sin que un gran número de personas los detuvieran para saludar a Charlus y a su padre, quien era de hecho uno de los Aurores más reconocidos del departamento de seguridad mágica.

Finalmente, después de casi cuarenta minutos, consiguieron llegar hasta las puertas de Gringotts. Para sorpresa de todos, allí se encontraron con un animado Rubeus Hagrid, guardabosques de Hogwarts, quien platicaba animadamente con Sirius Black y Remus Lupin.

Hagrid era un hombre alto, de casi tres metros, y muy corpulento. Además de tener una cabellera y una barba espesas, a través de los cuales resaltaban sus ojos negros y la punta de su nariz.

Luego de que los saludos fueran repartidos, los presentes entraron al banco.

—Por cierto, Hagrid, ¿a qué has venido? —preguntó Charlus.

—Asuntos de Hogwarts, muy importantes.

Tanto Charlus como Harry observaron con gran interés como el semi-gigante hablaba con uno de los duendes sobre ya-sabía-que en la cámara 713.

Charlus comenzó a hacer preguntas, lleno de curiosidad sobre que podría ser aquel objeto misteriosp, para ser acallado por su madre por entrometerse en los asuntos de otras personas.

Finalmente, con un par de bolsas llenas de galeones, la familia Potter y sus amigos se dirigieron a las tiendas para comprar los materiales escolares.

Consiguieron los uniformes, las plumas, la tinta, los pergaminos, los ingredientes para pociones, los libros, entre otras cosas. Casi a las cuatro de la tarde, totalmente cargados con toda clase de bolsas, a pesar de los conjuros peso pluma y de extensión indetectable, llegaron al final del callejón y el lugar que más habían estado esperando visitar: la tienda de varitas de Ollivander.

Era un local pequeño y polvoriento, como si nadie hubiera pasado un paño por sus ventanas y sus muebles desde hacía siglos. La tienda existía desde el 382 a. C., siendo el lugar más común para comprar una varita en Gran Bretaña desde hacía más tiempo del que cualquier historiador pudiera recordar.

Mientras se acercaban a la tienda, Harry sintió un extraño hormigueo que le recorría el cuerpo entero. Por un momento sintió la misma emoción que cuando sostuvo un disco de duelo y jugó un duelo con el sistema de Visión Sólida por primera vez. Esa fue también la primera vez que logró crear lo que Johan denominaba «vínculo del duelista»; es decir, la conexión verdadera de un duelista con sus cartas, al grado de que sabía exactamente que carta seguía en su mazo solamente con tocarla al momento de robar.

Supuso que era algo lógico, allí, en algún lugar de aquella tienda polvorosa y de aspecto tosco, se encontraba la varita que le pertenecía.

—Ah, sí, los gemelos Potter —se escuchó la voz de Ollivander en cuanto se acercaron al mostrador. Era un hombre anciano, menudo y de cabellera cana; resaltando sus ojos que veían a los presentes de una forma un tanto siniestra.

Recitó una a una las varitas con sus componentes y propiedades particulares, de cada uno de los adultos presentes, puesto que fue él quien se las había vendido tantos años atrás.

—Muy bien, vamos a encontrar las compañeras idóneas de estos jóvenes magos.

A Harry le pareció sumamente molesto el proceso de medición, con una cinta métrica encantada que hacía el trabajo por sí misma. El artilugio ese no se limitaba a medir el largo del brazo, sino que también la altura total del cuerpo, la distancia entre hombro y hombro, el tamaño de la nariz, entre otras partes más que no alcanzaba a entender para qué eran necesarias.

Luego de una rápida mirada a Charlus, Harry se dio cuenta de que él también se sentía incómodo ante tantas mediciones.

Antes incluso de que la medición terminara, Ollivander comenzó a extraer cajas con varitas de los estantes, mientras recitaba los tipos de madera y los núcleos, y como estos interactuaban entre sí. Mientras tanto, la cinta terminó su trabajo, se enrolló y quedó inerte sobre el mostrador.

Fueron probando las varitas una a una. Charlus fue el primero en encontrar la suya. Una varita de serbal con núcleo de pelo de unicornio, de treinta y dos centímetros de largo. Según Ollivander, una varita firme y potente, además de sumamente leal al mago elegido. Garantizaría a su dueño una gran precisión y flexibilidad respecto a sus hechizos, especialmente en duelos.

Harry, por su parte, probó al menos dos docenas de varitas antes de encontrar la adecuada. Acebo y pluma de fénix, veintiocho centímetros, bonita y flexible.

Sin embargo, Ollivander pareció un tanto sombrío en cuanto quedó claro que la varita había elegido a su dueño.

—Es curioso —comentó con tono solemne—. Recuerdo cada varita que he vendido, señor Potter. Me resulta extraño que lo haya elegido esta varita, cuando fue su hermana la que casi asesina a su hermano aquella noche. Debemos esperar cosas grandes de usted, después de todo el que-no-debe-ser-nombrado hizo cosas grandiosas. Terribles y grandiosas.

—No sé qué puede tener de grandioso asesinar gente inocente —espetó Lily mordazmente.

Ollivander simplemente asintió con solemnidad.

Pagaron las varitas y se marcharon directamente hacia el Caldero Chorreante, la entrada al Callejón Diagon, con la intensión de comer allí y luego volver mediante floo a la casa Potter.

A mitad de camino, Hagrid los detuvo. Traía dos jaulas con dos lechuzas, una parda y otra blanca, como regalo de cumpleaños adelantado para los gemelos.

—No debiste molestarte, Hagrid —dijo Lily Potter, mientras veía como sus hijos observaban a las aves, embelesados por sus colores llamativos.

—Tonterías —restó importancia el semi-gigante—, además les serán muy útiles ahora que van a Hogwarts.

4

Dumbledore dejó la carta que le había enviado Ollivander sobre su escritorio y, por segunda vez en esa semana, se quedó con más preguntas que respuestas respecto a los gemelos Potter.

Esperaba que Charlus obtuviera la varita gemela de la que poseía Lord Voldemort, no Harry. Cierto, el gemelo mayor también había adquirido una varita competente para los duelos, pero no sería una defensa absoluta contra Voldemort como él esperaba.

Suspiró resignado. Después de todo era sólo un hombre y no podía controlar la manera en la que el destino se movía.

5

La posibilidad de convertirse en un duelista profesional fue algo que Harry discutió regularmente con Neville a lo largo de los últimos dos años. Aunque, en tales ocasiones, solían hacerlo más como una divagación divertida que considerándolo como una verdadera alternativa para su futura vida adulta. Al menos hasta que consiguió convertirse en el campeón nacional infantil y recibió una invitación oficial para la final mundial de la misma categoría que, convenientemente, se llevaría a cabo en Londres durante el mes de diciembre de ese año. Justamente durante las vacaciones navideñas.

A lo largo de los últimos dos años, Harry participó en muchos torneos locales animado por Neville y Johan, por lo que no fue una sorpresa cuando obtuvo un pase para el torneo regional en Bristol. Después de todo, era conocido como uno de los mejores duelistas del condado de Godric.

Fue la primera vez que habló con sus padres sobre su pasión por el juego de cartas muggle, aunque ya habían visto las cartas varias veces y sabían que se trataba de un juego popular entre los no mágicos esos días. Sin embargo, hasta ese momento habían pensado que se trataba de algo similar a los cromos de las ranas de chocolate. A ninguno se le ocurrió que fuera un juego popular al grado de tener ligas y torneos prestigiosos a nivel local e internacional, a tal punto que incluso repartían grandes premios en efectivo para los jugadores mayores, e incluso había ligas profesionales con estadios y toda la parafernalia alrededor de estos.

Incluso Charlus se interesó por ver de qué iba el juego en algún momento, en especial por los dibujos de las cartas; pero perdió rápidamente su atención cuando se dio cuenta de que no se movían en lo absoluto como los dibujos, retratos y fotografías mágicas. Y, por supuesto, no explotaban o arrojaban sustancias pegajosas a los jugadores cuando perdían.

La afición de Harry, sin embargo, provocó que justo el día después de ir al Callejón Diagon, la familia Potter se vistiera con ropa muggle y acompañó a Harry a un torneo.

La sorpresa en los magos fue grande cuando, en el primer duelo, dragones y bestias casi reales hicieron acto de presencia para enfrentarse entre sí. Lo único que detuvo a los magos de hacer algún movimiento, creyendo que las criaturas eran reales, fue la promesa hecha a Harry de que, pasara lo que pasara, no llamarían la atención.

—Son hologramas —dijo Lily finalmente comprendiéndolo.

—¿Su primer duelo? —preguntó una mujer algo rechoncha, sentada a su lado izquierdo en las gradas del gimnasio donde se llevaba a cabo la competición.

Los magos asintieron.

—Es impresionante, ¿a qué sí? Una cosa es ver a los niños jugando en las mesas del parque o el colegio; pero en estas competiciones, donde se usan los discos de duelo y la tecnología de juegos de Corporación Kaiba, el duelo adquiere una nueva dimensión. Increíble lo que hacen los japoneses, ¿no creen?

La familia Potter solamente atinó a asentir ante ese comentario.

La familia observó con entusiasmo como Harry usaba sus hechiceros para vencer a cuantos rivales enfrentaba. Y, finalmente, conseguir el campeonato regional y su pase a los nacionales de Londres.

Una semana después, la fiesta de cumpleaños se llevó a cabo como las anteriores. Con el agregado de que el Mundo Mágico hizo un gran revuelo mediático con el próximo ingreso a Hogwarts de los gemelos Potter.

Ajeno a todo eso, Harry y Neville discutieron sobre las nuevas cartas y estrategias que el primero había visto en el torneo regional.

Y finalmente, a mediados de agosto, Harry asistió al torneo nacional de Inglaterra.

Al igual que antes, demostró un control asombroso de su mazo venciendo a todos sus oponentes. La final fue, para su suerte, un gran reto. Su oponente usaba un mazo que giraba en torno a la carta de Trampa Continua «Drenaje de Habilidad» con la cual anulaba los efectos de todos los monstruos en el campo, aprovechando esto para invocar algunas criaturas realmente poderosas, cuyos efectos son en realidad adversos para el jugador que los controla; de esta forma, era capaz de abrumar a Harry con criaturas fuertes sin sufrir de sus penalizaciones, y dificultando al oponente contraatacar.

Con los efectos de sus monstruos sellados, Harry tuvo que buscar una manera de defenderse mediante cartas mágicas y de trampas el tiempo suficiente para lograr destruir tan molesta carta; pero su rival, al igual que él, usaba todos los recursos posibles para protegerla. Y cuando lograba destruirla, se las arreglaba para jugar otra copia o recuperarla del Cementerio.

Finalmente, tras muchos turnos tortuosos, consiguió destruirla y acabar con el duelo antes de que su adversario pudiera recuperarla. Al terminar el duelo, ambos duelistas tenían sus mazos casi reducidos a un par de cartas y los puntos de vida de Harry eran de cien.

—Impresionante duelo —los felicitó el juez principal del torneo, un oficial de Ilusiones Industriales, compañía que publicaba el Duelo de Monstruos—. Deberían pensar en ser profesionales en el futuro. Realmente tienen el talento.

Y, sin que Harry se hubiera percatado de cuando la idea había madurado tanto en su mente, de pronto se dio cuenta de que realmente deseaba ser un duelista profesional.

Comenzó a pensar seriamente la posibilidad de ir en unos años a la Academia de Duelos. Aunque, como aprendería más tarde, en ese momento no sospechó hasta qué punto esa idea afectaría su vida y la del Mundo Mágico.

6

El primero de septiembre, el andén nueve y tres cuartos lucía lleno de actividad. Era el momento en que los jóvenes magos y brujas partían hacia Hogwarts, y a las aventuras que, sin duda, les esperaban en la renombrada escuela de magia y hechicería.

Los Potter no fueron la excepción. La familia entera se apresuró a pasar a través de la atestada estación. Lily y Harry suspiraron al ver que, nuevamente, se había reunido una gran cantidad de reporteros deseosos de obtener una nota sobre la familia Potter y el primer viaje del Niño-Que-Vivió y su gemelo a Hogwarts.

James y Charlus adoptaron su característica pose sonriente de «relaciones públicas». Aunque, por dentro, estaban tan exasperados como los otros dos miembros de su familia. James Potter, en sus días de colegio, había estado deseoso de obtener fama y reconocimiento en el Mundo Mágico. Ahora, y dada la forma en la que había obtenido dichas cosas, lo único que deseaba era poder aparecer en público con su familia sin ser acosado por la prensa y otros magos deseosos de estrechar la mano del Niño-Que-Vivió.

Después de la típica foto de la familia completa, que seguramente estaría en primera plana al día siguiente, los reporteros de El Profeta y otros medios, finalmente les dejaron su espacio para que se despidieran de sus hijos.

James subió los baúles y las jaulas con las lechuzas al vagón —los animales le enviaron miradas severas ante un movimiento que consideraron demasiado brusco—, mediante un encantamiento de levitación, mientras Lily les daba las últimas indicaciones.

—No se olviden de jugarles bromas a los Slytherin y a Quejicus —les recordó su padre.

—¡James! —reprendió Lily enviándole una mirada severa—. Deja de poner a los niños contra sus compañeros. Y mucho menos contra un profesor.

Charlus intentó no reírse del consejo de su padre, pero falló miserablemente, y fue reprendido por la mirada severa de su madre. Harry se limitó a negar con la cabeza. Su padre nunca cambiaría no importaba lo maduro que aparentara ser algunas veces.

—Pero Lily —trató de justificarse James—, la vida en Hogwarts no es divertida sin las bromas… —Se calló ante la mirada de su esposa. Básicamente decía: «insiste con eso, y no habrá diversión nocturna por varios meses».

Resignado, el hombre tuvo que conformarse con dar los consejos comunes a sus hijos: no hacer algo para molestar a Filch (al menos no mucho), visitar a Hagrid y no adentrarse mucho en el Bosque Prohibido hasta al menos su tercer año, ganándose una nueva reprimenda de su esposa por esto último. Al final, pasó a revolverles el cabello cuando finalmente subieron al vagón. Lily se limpió algunas lágrimas, mientras besaba a ambos niños en sus mejillas, provocando quejas de Charlus y una sonrisa tímida de Harry.

Harry rápidamente fue en busca de Neville, mientras que Charlus fue a buscar a los Weasley, lo más probable para planear alguna broma.

Harry encontró a su amigo en el último compartimiento del vagón. No estaba solo. Había una niña de cabello castaño y enmarañado con él, quien de hecho ya vestía su uniforme de Hogwarts.

—Buenos días —saludó Harry, tan cortésmente como su madre le había inculcado.

—Buenos días —devolvió el saludo la niña con timidez.

Harry saludó a Neville, luego le extendió la mano a la niña.

—Mucho gusto, soy Harry Potter.

—Hermione Granger —se presentó la chica rápidamente, estrechando su mano y agitándola con algo de sobre-entusiasmo. Al darse cuenta de lo que hacía, soltó rápidamente Harry y se permitió sonrojarse avergonzada. Harry no mostró señal de que eso le hubiera molestado.

—Qué bien que llegaste —dijo Neville mientras lo ayudaba a acomodar su baúl junto con los otros.

—Vinimos por el Mundo Muggle. Mamá insistió, aunque a papá le desesperó todo el tráfico matutino.

Hermione, por su parte, permaneció callada observando atentamente a los dos niños magos. No podía creer que ese niño fuera un Potter. Había leído en varios libros sobre el ataque a los hijos de la familia Potter hacia diez años, durante Halloween, aunque nunca pensó que estaría realmente ante uno de los hermanos. Además de que había sido muy educado. No estaba muy segura de cómo se comportaban las celebridades en el Mundo Mágico, pero era consciente al menos de que la mayoría de los famosos muggles eran muy desagradables en persona.

Mientras pensaba todo esto, la conversación entre los amigos siguió desconectada de ella.

—Entonces, ¿es una buena carta? —preguntó Neville. Se refería a la carta promocional que Harry ganó en el torneo nacional.

—Sí, es muy buena. Pero no va con mi estrategia.

Dicho esto, Harry abrió su baúl y extrajo un cartapacio de su interior.

Neville se acercó a mirar. Harry había puesto la carta que ganó en la primera hoja, justo al centro. «Emperador del Relámpago», leyó Neville en su mente.

—¡Es increíble! —exclamó al ver el arte de la carta y leer su efecto.

—¡Lo sé! Una lástima que no sea legal en torneos.

«Emperador del Relámpago» era lo que se conoce como una «carta triunfo». Es decir, que da el triunfo automático de un Match, un duelo a dos de tres rondas, si en el primer encuentro reducía los puntos de vida del oponente a cero. Su desventaja era que, a diferencia de los monstruos ordinarios de nivel alto, requería del tributo de tres monstruos en el campo, todos los cuales debían ser de tipo trueno.

—¿Juegan Duelo de Monstruos? —preguntó Hermione al reconocer las cartas.

—Sí, ¿también juegas? —se entusiasmó Neville.

—No. Algunas veces vi a otros chicos jugar. Y, bueno, mi primo también tenía algunas cartas. No creí que el juego fuera también popular en el Mundo Mágico.

—No lo es —le aclaró Harry—. Creo que Neville y yo somos los únicos magos que jugamos, al menos magos criados en el Mundo Mágico.

Justo en ese momento, la puerta del compartimiento se abrió y apareció Draco Malfoy. Harry y Neville lo reconocieron de algunas de las fiestas del Ministerio a las que se habían visto obligados a asistir en los últimos años. Era un chico pálido y de cabellera rubia. Venía acompañado de dos niños grandes y corpulentos, una especie de guardaespaldas; seguramente de las familias Crabbe y Goyle, fieles lugartenientes de los Malfoy desde hacía siglos.

—Vaya, pero si es el Potter menor —dijo con sorna—. Y Longbottom.

Su mirada se posó en Hermione, y al instante hizo una mueca de repugnancia, la cual pareció pasar desapercibida para Hermione.

—Oh —dijo la niña extendiendo la mano—, Hermione Granger, un placer.

Draco la miró con un gesto indignado.

—Malfoy, será mejor que te marches —dijo Harry fríamente.

No quería que Hermione se enfrentara a los fanáticos sangre pura antes de siquiera haber visto Hogwarts. La niña pareció intuir que algo andaba realmente mal, puesto que bajó la mano con una expresión entre avergonzada y confundida.

—Mira, Potter… —pero antes de que pudiera concluir, se escuchó una voz proveniente del pasillo.

—¿Todo bien por allí? —Harry reconoció la voz de Percy Weasley. Su madre le había dicho que sería prefecto ese año.

—No sucede nada, Percy —respondió Harry en cuanto el pelirrojo se asomó en el compartimiento—. Malfoy pasó a saludar, pero ya se iba.

Draco dio media vuelta para marcharse, aunque no sin sostener la mirada a Harry por un par de segundos, para demostrar que ese no sería el final de todo el asunto.

Percy suspiró al ver como los tres de primero pasaban a su lado. Conocía perfectamente a los Malfoy. Cuando lo vio dirigirse al vagón en el cual viajaba uno de los gemelos Potter —los había visto entrar un poco antes del comienzo del viaje—, decidió revisar que no fueran a meterse en una pelea o algo similar. La rivalidad entre los Potter y los Malfoy había llegado a ser tan grande como la de los últimos con su propia familia. Sobre todo después de la caída de Voldemort.

Percy asintió hacia los que estaban en el compartimiento, luego cerró la puerta y continuó con su ronda por el pasillo.

Harry soltó el aire en cuanto quedaron solos. Neville miraba aún hacia la puerta con nerviosismo, como esperando que Draco volviera en cuanto se percatara de que el prefecto se había ido.

—Qué niño tan desagradable —murmuró Hermione.

—Es un Malfoy —le aclaró Harry—. No son las personas más agradables del Mundo Mágico.

Neville asintió lentamente. Draco Malfoy había insultado y ridiculizado la situación de sus padres en diversas ocasiones. Cuando más chico, muchas veces terminaba llorando. En los últimos años, Harry le ayudaba a hacerle frente cada que podía, y esto a su vez arrastraba a Charlus al conflicto.

El viaje transcurrió sin más incidentes, salvo que Neville perdió su sapo mascota y tuvieron que ir en busca de un prefecto para que lo invocara —idea de Harry, puesto que Hermione y Neville habían sugerido ir a buscarlo por todo el tren—. También recibieron la visita de Charlus, acompañado por Ron, además de los gemelos Weasley y su amigo Lee Jordan, quien había colado al tren una tarántula gigante, cosa que no tenía a Ron demasiado contento.

Compraron varios dulces del carrito y pasaron la mayor parte del viaje conversando sobre las Casas del colegio y las clases que tomarían.

Más o menos una hora antes de llegar, Hermione abandonó el compartimiento para darles espacio a los dos chicos, quienes se cambiaron de ropa rápidamente.

Finalmente, el Expreso de Hogwarts llegó a la estación de Hogsmeade; donde los primeros años fueron recibidos por Hagrid y llevados al castillo a través del lago. En la entrada del castillo, como era tradición, los esperaba la profesora McGonagall para darles la introducción antes de la Ceremonia de Selección.

7

—¡Potter, Harry! —llamó la profesora McGonagall.

Harry se adelantó con algo de nerviosismo. Había cuchicheos en el lugar, pero no tantos como los que precedieron a la selección de Charlus.

Antes de que el Sombrero Seleccionador fuera puesto en su cabeza, alcanzó a ver hacia la mesa de Gryffindor, desde donde su hermano y Neville le devolvieron miradas esperanzadas; confiando en que quedara en su misma casa.

Al instante el sombrero tapó sus ojos y una voz pareció hablar directo en su cabeza:

Interesante, una mente dispuesta. A diferencia de tu hermano, tu madre consiguió plantar muy bien en ti el gusto por el conocimiento. Harías bien en Ravenclaw, pero no creo que sea lo adecuado. Veo aquí que te has decidido, aunque aún no lo admites totalmente, a seguir el camino del duelista. Un camino difícil que requerirá de gran valor y determinación para enfrentar a la sociedad mágica, tomando en cuenta lo que se espera de un Potter; más aún en estos tiempos. Con eso no me queda duda de que tu lugar está en… —gritó la última palabra—: ¡Gryffindor!

Harry se levantó, entregó el sombrero a la profesora McGonagall y corrió hacia su nueva casa. Se sentó junto a su hermano y Neville, justo enfrente de Hermione.

8

Las clases eran tan demandantes como su madre les había avisado, y la verdad eso le agradaba. Salvo por pociones. Los gemelos esperaban que fuera la peor, pero no a ese grado. Severus Snape, el profesor de dicha materia y Jefe de la Casa Slytherin, parecía especialmente ensañado con ellos. Harry había escuchado una y otra vez las historias que Sirius y su padre contaban sobre sus bromas hacia el hombre en el colegio. Claro, siempre asegurándose de que su madre no los estaba escuchando. Así que, en cierta medida, entendía perfectamente cómo se sentía el profesor Snape al tener que dar clases a los hijos de su mayor enemigo.

Para el final de la semana, se encontró agotado y sepultado en mucho trabajo escolar. A pesar de ser los primeros días del curso, muchos profesores —en especial McGonagall, quien impartía transfiguración, y Flitwick, de la clase de encantamientos— parecían querer terminar cuanto antes con la teoría para pasar a la práctica. La profesora McGonagall, sin embargo, ya comenzaba a encargarles pequeños ejercicios con sus varitas, como convertir cerillos en agujas y viceversa.

El sábado por la tarde, Harry se sentó en una mesa de la biblioteca frente a Neville. Hermione también estaba allí. Ella leía un libro sobre transfiguración, seguramente tratando de adelantarse un poco del material de la clase, o de alargar el ensayo sobre los principios básicos que debían entregar el próximo lunes. Neville, por su parte, trataba de memorizar algo del libro de pociones. El chico no era particularmente bueno en esa clase.

—Escuche que Charlus obtuvo su primera detención —dijo Neville al verlo llegar.

—Sí. Filch lo sorprendió tratando de asomarse al pasillo prohibido junto con Ron Weasley.

—¿Cómo es que tu hermano se busca tantos problemas? —preguntó Hermione alzando la vista de su texto.

—Creo que está en los genes Potter —le respondió Harry—. Papá dice que los problemas nos persiguen desde hace muchas generaciones. Aunque debo decir que ni Charlus ni mi padre hacen mucho por evitarlos. Siempre tratando de hacer nuevas bromas.

Harry sacó un pergamino y comenzó a trabajar en su propio ensayo de transfiguración, imitando a Hermione.

Una hora después, los tres chicos terminaron con sus deberes y comenzaron el camino de vuelta a la torre de Gryffindor. En el camino, Neville y Harry comenzaron a charlar sobre posibles estrategias de duelo. Hermione los escuchó sin mucho entusiasmo. No entendía muy bien la mecánica del juego, aunque tampoco es que hubiera tratado de hacerlo. Su interés estaba en los estudios, no en un juego de cartas.

Llegaron a la sala común, y ambos chicos decidieron que era mejor dejar de discutir las estrategias y ponerlas en práctica. Se ubicaron en una de las mesas dispuestas para que los alumnos hicieran sus tareas, y sacaron sus mazos de los bolsillos de sus túnicas.

—¿Nunca van a ningún sitio sin sus cartas? —les preguntó Hermione sorprendida.

—Los magos nunca dejamos atrás nuestras varitas —le contestó Harry—, de igual forma, los duelistas nunca dejamos atrás nuestros decks.

El duelo comenzó. Ambos se habían enfrentado muchas veces, por lo cual siempre parecían tener una forma de contrarrestarse mutuamente cada estrategia. Ante esa situación, su duelo se reducía a cada uno de ellos intentando forzar una situación en la cual el otro cometiera un error, a la vez que se cuidaba de no caer en su propia trampa.

Pronto el enfrentamiento de cartas comenzó a llamar la atención de las personas a su alrededor. Algunos fueron a ver lo que hacían los de primero, curiosos por el uso repetido de frases como «invoco a un monstruo», «activo mi Carta Mágica» o «has caído en mi trampa». Cuando los criados en el Mundo Mágico comprendieron que era un juego de cartas, esperaban que sucediera algo, como que de pronto uno de los monstruos impresos en las cartas saliera de esta y quemara la carta del otro jugador. Y muchos de ellos, cuando quedó claro que no había nada «mágico» en las tarjetas, perdieron el interés y se alejaron para ocuparse de otros asuntos más importantes.

Los Nacidos Muggles y algunos mestizos, en cambio, observaron el duelo con entusiasmo. Algunos conscientes de cada jugada, puesto que eran duelistas; otros ya que, a pesar de no jugar, habían visto algunos de los duelos profesionales por televisión.

—Muy interesante duelo —comentó uno de los chicos mayores, una vez que el duelo terminó con un triunfo (apenas) de Harry—. Personalmente prefiero los mazos de daño directo.

Y tras intercambiar algunas palabras, el mayor, quien se presentó como Edward King, sacó su propio mazo y se enfrascó en un duelo contra Harry.

9

El domingo, mientras Harry, Charlus y Ron tomaban el té con Hagrid en su cabaña, los chicos notaron una nota en El Profeta donde se hablaba de un reciente asalto a Gringotts, ocurrido apenas poco más de un mes atrás.

—Es curioso —comentó Harry—, fue la cámara 713. ¿No es esa la bóveda que vaciaste la semana anterior al asalto, Hagrid?

Hagrid pareció algo nervioso y no respondió, en su lugar preguntó:

—¿Cómo les fue en su primera semana?

Harry se dio cuenta de que no quería tocar el tema del robo, por lo que decidió dejarlo de lado. No así Charlus, quien era curioso por naturaleza y en varias ocasiones intentó sacarle algo al hombre con la ayuda de Ron.

10

Unos días después de la visita a Hagrid, justo el día siguiente de que tuvieran su primera clase de vuelo, una rabiosa Hermione Granger se sentó junto a Neville y Harry en la mesa de Gryffindor durante el desayuno.

—¡Tu hermano no tiene remedio!

—¿No lo habrás seguido anoche? —preguntó Harry.

La noche anterior, durante la cena Draco Malfoy se había acercado a la mesa de Gryffindor para desafiar a su hermano a un duelo de magos. Luego de la desastrosa clase de vuelo, en la cual Neville había terminado con la muñeca fracturada a causa de una desagradable caída, Charlus consiguió hacerse con un puesto en el equipo de Quidditch de Gryffindor; esto después de que la profesora McGonagall presenciara como atrapaba la recordadora de Neville en el aire. Molesto por eso, Malfoy orquesto una trampa muy obvia, retando a Charlus a un duelo de magos a la medianoche en la sala de trofeos. Y Ron Weasley, como de costumbre actuando antes de pensar, apoyó tal enfrentamiento.

Harry y Hermione intentaron convencerles de que se trataba de un engaño, y uno muy obvio, además. Al final, Harry se rindió al ver lo decididos que estaban los otros dos chicos a ir «a defender su honor y el de su Casa».

El menor de los Potter fue a la enfermería después de eso, para acompañar a Neville de regreso al dormitorio; sabiendo que para entonces ya estaría recuperado, y lo malo que era recordando las contraseñas de la entrada a la torre de Gryffindor.

Justo treinta minutos antes de la medianoche, intentó persuadir a los chicos por última vez. Nuevamente lo desestimaron.

Ahora se daba cuenta de que, al parecer, Hermione también los había intentado convencer de su error.

—Pues sí, lo hice —respondió ella cruzándose de brazos—. Tal como pensábamos: era una trampa. Malfoy no se presentó, y al parecer avisó a Filch.

Harry asintió con la cabeza. Era justo el tipo de cosas que Malfoy hacía.

—El punto no es ese. Por accidente terminamos en el pasillo prohibido. ¡Tienen un enorme perro de tres cabezas allí!

Harry se sorprendió, y de inmediato pensó en Hagrid. Era el único miembro del personal de Hogwarts que podría conseguir una bestia como esa.

Hermione no volvió a decir nada más al respecto, prefiriendo volver a sus estudios.

11

—Protege algo —insistió Charlus muy convencido.

A su lado, Ron asintió.

Harry y Neville escuchaban en parte, pues estaban un poco más concentrados en su duelo que en lo que Charlus decía.

—Bueno, si lo tienen dentro del colegio, y Dumbledore nos prohibió acercarnos allí, es obvio que no es algo en lo que los estudiantes, menos los de primero, deban meterse.

Harry colocó una carta y terminó el turno.

—Pero…

—Mira, Charlus, me resulta tan extraño como a ti, pero mamá nos advirtió que no nos metiéramos en problemas. Y creo que incluso papá se hubiera abstenido de entrometerse si algo como eso hubiera pasado en sus días de colegio.

—¡Vamos, Harry! ¿No me dirás que no sientes curiosidad por lo que hay allí? —preguntó Ron Weasley—. Estamos en Hogwarts: se supone que debemos hacer cosas fantásticas y grandiosas, no sentarnos todo el día a jugar con cartas muggles y hacer los deberes.

Harry suspiró exasperado.

—No sé —intervino Neville—. No creo que ir a molestar a un cerbero sea parte de las cosas que deben de hacerse en Hogwarts.

Ron lo fulminó con la mirada.

—Vamos, Charlus —dijo finalmente el pelirrojo con tono presumido—, está claro que no quieren ser incluidos en esto. Ellos se lo pierden. He escuchado que los cerberos normalmente son usados para proteger tesoros.

Ron se levantó del sillón en el que estaba sentado y se alejó del lugar. Charlus pareció dudar entre seguir a su amigo y quedarse con su hermano. Al final, se levantó y siguió al pelirrojo.

12

La mañana de Halloween, justo después de la clase de encantamientos, Harry tuvo una pelea con su hermano y Ron Weasley. No se trató de algo relacionado con el cerbero del tercer piso y lo que fuera que custodiara. El asunto comenzó luego de que Ron insultara a Hermione.

Después de que Harry le gritara a Ron, por haber llamado a Hermione una «sabelotodo sin amigos», Charlus se metió en la discusión.

—A final de cuentas, ella se lo buscó —dijo el Potter mayor más por ponerse del lado de Ron que porque realmente pensara eso—. Es decir, siempre anda por allí exigiéndonos hacer los deberes. Nadie la nombró nuestra tutora o…

Pero su voz se apagó al ver el rostro de Harry. El gemelo menor suspiró profundamente, más para no maldecir a su hermano, y no solamente con palabras, que por otra cosa.

—Deberían ir a disculparse —dijo con frialdad.

Ron parpadeó, sorprendido por el tono de Harry. Sin embargo, al ver a Charlus, cuya expresión indicaba que no se dejaría amedrentar por el tono de su hermano, se puso firme y sentenció:

—No. Ella es quien debe de pedir disculpas. Es una entrometida y trató de avergonzarme en clase.

—¡Ella sólo trataba de ayudarte! —refutó Neville.

—Pues que se abstenga. Si tanto quiere ayudar, que te ayude a ti. Eres el peor mago que he visto en mi vida.

Harry apretó los dientes y su mano se cerró fuertemente alrededor de la empuñadura de su varita.

Afortunadamente, la discusión no fue a más, ya que en ese momento Snape pasó camino al Gran Comedor y les bajó puntos por estar «obstruyendo uno de los pasillos», para luego ordenarles marcharse al comedor.

Harry se preocupó más cuando Hermione no se presentó a la comida, ni a ninguna de las clases de la tarde. Algunas de sus compañeras dijeron haberla visto llorar en el baño de niñas, pero ninguna de ellas pareció preocuparse mucho por ayudarla.

Durante la fiesta de Halloween, esa noche, el profesor Quirrell, de la clase de Defensa, entró al comedor corriendo. Estaba muy agitado, y su piel pálida por el susto. Se limitó a decir que había un trol en las mazmorras y luego se desmayó.

Dumbledore llamó al orden y envió a los alumnos de regreso a sus dormitorios.

—Con todo respeto, director —intervino Snape—, ¿no sería mejor asegurar el Gran Comedor y que algunos de los profesores monten guardia? No creo que sea prudente enviar a los alumnos a los pasillos en estos momentos, además, los dormitorios de Slytherin están en las mazmorras.

—Tienes razón, Severus.

Seguidamente, Dumbledore dividió a los profesores, algunos resguardarían el Gran Comedor, mientras el resto bajarían a las mazmorras a enfrentar al trol.

Snape colocó varios escudos para cerrar la puerta del comedor mágicamente, y luego se marchó dejando a la profesora Sprout, de herbología, al profesor Flitwick y a madame Pomfrey, la medimaga del colegio, a cargo de los estudiantes.

—Profesor —llamó Harry al Flitwick, una vez que la conmoción se hubo calmado un poco. Entre tantos gritos y luego las posteriores órdenes de Dumbledore, no había tenido tiempo de hablar con ellos—. Es Hermione, no está en la fiesta. Ella no sabe del trol.

Justo en ese momento, Neville le tocó el hombro y le señaló hacia el lugar donde habían estado sentados Charlus y Ron. Estaba vacío y no se veía que estuvieran en el comedor.

—Deben de haber ido a buscar al trol —conjeturó Harry en voz alta.

—Pero, ¿cómo podrían haber salido, señor Potter? —preguntó la profesora Sprout.

Harry se mordió el labio. Tenía una idea al respecto: la capa de invisibilidad de los Potter, pero no iba a revelar ese detalle en medio del comedor.

De cualquier forma, los profesores no tuvieron tiempo de preocuparse más por ese detalle. Había tres alumnos fuera de la zona segura con un trol suelto en la escuela. Tras enviar un patronus avisando a Dumbledore, el profesor Flitwick usó su mejor encantamiento para reforzar la puerta del comedor, antes de salir a buscar a los alumnos faltantes.

13

Luego de esa noche, Hermione, Ron y Charlus parecieron volverse muy buenos amigos. Esto luego de que ambos salvaran a la niña del trol al que, indirectamente, ellos mismos habían empujado.

Dejando eso de lado, Harry y Neville continuaron jugando al Duelo de Monstruos en la sala común, y con emoción vieron cómo varios más de sus compañeros se unieron a ellos.

—¿Saben? —dijo una chica de tercero llamada Matilde Roberts—. Cuando vengo a Hogwarts siempre dejo mis cartas en casa. Nunca pensé que aquí pudiera haber duelistas.

Era cierto, si ahora tenía su deck consigo era por qué, en su última carta, había pedido a sus padres que se lo enviaran por lechuza.

Pronto eran tantos jugadores, que incluso pensaron en armar un pequeño torneo.

Uno de los chicos de séptimo pidió permiso a la profesora McGonagall, y más tarde al director, y Dumbledore pareció encantado con la idea. A decir verdad, desde que se había enterado de tan interesante juego muggle —luego de que Filch confiscara algunas cartas en meses pasados—, le había intrigado mucho el juego debido a la forma en la que podía llegar a parecerse a un duelo de magos. Esto lo llevó a realizar una pequeña investigación al respecto.

Al parecer tenía su origen en una antigua forma de lucha mágica de Egipto. Según las fuentes que pudo consultar, se trataba de una suerte de invocación de espíritus empleando parte del alma (o Ba) de los magos. Se usaba tanto como una forma de lucha mágica, como para juzgar criminales. Sin embargo, tras analizar algunas de las cartas se percató de que no parecía haber nada extraño en sus variantes muggles.

Rastreó al creador del juego en América, un muggle llamado Pegasus J. Crawford. Al parecer, el hombre vio algunas de las viejas descripciones sobre lo que pensó era un juego en un viaje a Egipto años atrás. Siendo el dueño de una prestigiosa empresa de juegos de mesa, le pareció lo suficientemente interesante como para crear un juego de cartas moderno inspirado en eso. Dicho juego era lo que ahora los muggles llamaban Duelo de Monstruos.

Sin embargo, para estar seguro, se contactó con la familia Ishtar —reconocida por ser descendientes de antiguos sacerdotes, magos egipcios y guardianes de las tumbas de los faraones—. El actual líder de la familia, Malik Ishtar, le aseguró que el juego de cartas no tenía ninguna relación con los antiguos rituales egipcios, más allá del diseño de algún monstruo basado en los jeroglíficos y grabados de los templos bajo el control del gobierno muggle de Egipto.

Así, sin aparentemente nada que temer, Dumbledore dio el visto bueno para que se fundara un Club de Duelo de Monstruos en Hogwarts.

Los Sangre Pura se indignaron, y Lucius Malfoy, jefe de la junta escolar, intentó prohibir el juego en el colegio. Dumbledore por su parte, echó por tierra sus objeciones. Según el viejo director, no había motivos para alarmarse. Era un simple juego, y de hecho menos peligroso que el quidditch u otros juegos mágicos.

Al final, a regañadientes, Malfoy tuvo que aceptar que no tenía una razón sólida para prohibir el juego muggle en Hogwarts.

El Club de Duelo de Monstruos finalmente estuvo montado justo una semana antes del comienzo de la temporada de quidditch.

14

El primer partido de la temporada de quidditch, Slytherin vs Gryffindor, resultó ser un espectáculo un tanto desagradable para la familia Potter. Alguien intentó asesinar a Charlus, o al menos herirlo de gravedad. Hermione y Ron estaban firmemente convencidos de que había sido el profesor Snape. Harry tenía sus dudas y Neville no sabía qué pensar.

El matrimonio Potter acudió a hablar con Dumbledore sobre lo sucedido, pero de igual forma él director no tenía idea de que podría estar pasando.

Ese mismo día por la tarde, los cinco niños se reunieron con Hagrid para tomar el té. Luego del susto en el partido eso les cayó de maravilla.

Charlus sacó a relucir el tema de su aparente intento de asesinato en manos de Snape. Al ver la reacción incrédula y la negación tajante del guardabosque, contó como él y Ron lo habían visto dirigirse al tercer piso la noche de Halloween, mientras se suponía que debía de estar ayudado con el asunto del trol; además de la pierna herida que presentó los siguientes días.

Hermione defendió la postura de su amigo, argumentando que lo había visto mantener la mirada fija en la escoba de Charlus, mientras susurraba un conjuro.

—Bueno, en teoría eso es correcto —interrumpió Neville—, pero también podría haber estado haciendo un contra maleficio para revertir la maldición de otro mago.

Neville se sonrojó cuando todas las miradas se volvieron hacia él.

—Es lo que leí en una de las notas que dejó mi padre —se apresuró a explicar.

Entonces comenzó un debate entre los que pensaban que Snape era culpable, y los que tenían dudas razonables. Hagrid, por supuesto, negó que el profesor pudiera ser un asesino, pero en un descuido reveló el nombre del cerbero: Fluffy. Y, para rematar, comentó que lo que custodiaba estaba relacionado con un tal Nicolás Flamel.

15

Durante las vacaciones navideñas, Harry asistió al torneo mundial infantil de Duelo de Monstruos en Londres.

Se abrió camino fácilmente en la competencia, y de hecho se encontró con Johan en el lugar. Intercambió anécdotas —Harry evitó la magia, por supuesto— y estrategias de duelo con él.

Desafortunadamente, Johan perdió en los cuartos de final, pero Harry consiguió llegar hasta la final. Su oponente, un duelista japonés de su misma edad que jugaba con héroes elementales: Judai Yuki.

Tras un duelo arduo, en el que el duelista japonés puso a prueba a su máximo el mazo de Harry, los héroes finalmente se impusieron sobre los Lanzadores de Conjuros. Sin embargo, el duelista británico estaba satisfecho. Nunca antes había tenido un duelo tan emocionante como ese, a excepción de los llevados a cabo contra Johan y Neville. Esperaba poder enfrentarse a Judai en el futuro nuevamente.

16

La siguiente aventura de Charlus y sus amigos resultó ser demasiado… ilegal. Y no por qué hubiera rotó las reglas del colegio —que de hecho sí lo hicieron—, sino por qué implicaba a un dragón. Y como siempre, Harry y Neville se vieron arrastrados al asunto de manera indirecta. O tal vez en esta ocasión no tanto.

Comenzó cuando Charlus, Ron y Hermione sorprendieron a Hagrid buscando información sobre dragones en la biblioteca. Después de clases, convencieron a Neville y a Harry de acompañarlos a la cabaña del guardabosque, donde descubrieron un huevo de dragón siendo encubado dentro de una olla en la chimenea.

Trataron de convencer a su amigo de que eso era mala idea. Sin embargo, Hagrid siendo Hagrid, restó importancia o simplemente desestimó los argumentos de los niños.

Las cosas únicamente se complicaron más cuando el dragón nació. Crecía demasiado rápido, provocaba pequeños incendios, e incluso llegó a morder a Ron. La mordida resultó ser venenosa, por lo que el pelirrojo tuvo que pasar varios días en la enfermería. Y, como si todo eso no hubiera sido suficiente, Draco los descubrió.

Finalmente, trazaron un plan para enviar al dragón, Norberto, lo había llamado Hagrid, con el hermano de Ron, Charlie, quien trabajaba en una reserva de dragones en Rumania. Sólo que un descuido de Ron provocó que Draco se enterara de todo el plan.

Unas noches después, aun con la incertidumbre de cuando los delataría Malfoy, entre Harry, Hermione y Charlus —ayudados por la capa de invisibilidad— trasladaron al dragón a la torre de astronomía. Era demasiado tarde para echarse atrás y no tenían tiempo de pensar en otra cosa. Si esperaban mucho, Norberto sería tan grande que ocultarlo de los profesores se volvería imposible.

Las cosas se precipitaron rápidamente hasta el desastre a partir de ese punto. Primero, descubrieron que Draco los había delatado, aunque la profesora McGonagall obviamente no le creyó que tres alumnos de primero transportarían un dragón ilegal por los pasillos después del toque de queda. Las cosas habrían salido bien si la suerte Potter no hubiera estado en su contra: justo cuando volvían de la torre, Harry recordó algo.

—¡Olvidamos la capa! —exclamó en un susurro.

—Ve y tráela —dijo rápidamente Charlus.

Harry iba a replicar. Lo mejor sería que subieran los tres para poderse ocultar, sin embargo, justo en eso Charlus habló:

—Apresúrate, nosotros esperaremos aquí. Ya hemos hecho mucho ruido, y si subimos todos de nuevo alguien puede darse cuenta.

Harry asintió y volvió sobre sus pasos.

Unos minutos después, regresó al mismo lugar, pero ni Charlus ni Hermione estaban allí. Con un suspiro exasperado, volvió a la torre de Gryffindor, pensando que ellos ya estaban allí.

Pues bien, no estaban, y tampoco Neville.

Una hora más tarde, una molesta profesora McGonagall escoltó de regreso a la Sala Común a los tres estudiantes faltantes, mientras aseguraba que nunca antes se había sentido tan decepcionada de sus Gryffindor.

A la mañana siguiente, Slytherin había perdido veinte puntos de casa y Gryffindor ciento cincuenta puntos.

17

Durante los siguientes días, los cinco niños hicieron todo lo posible por recuperar los puntos perdidos y mantenerse lo más alejados posible de los problemas. Neville lo pasaba muy mal, por lo que Harry trató de estar con él el mayor tiempo posible, incluso si eso significaba ser alcanzado en parte por el desprecio de los demás Gryffindor. El cual también creía merecer, puesto que había participado en la escapada nocturna con su hermano y Hermione.

Draco Malfoy, por el contrario, era tratado como un héroe en su Casa por haber provocado una pérdida masiva de puntos a sus rivales directos. Además de que el favoritismo de Snape en pociones les permitió recuperar los puntos perdidos en una sola clase.

Harry y Neville se encontraban como de costumbre en la sala común sosteniendo un duelo. No había nadie más en el lugar, puesto que era fin de semana y la mayoría de los alumnos se encontraban en los jardines o explorando el castillo.

Justo en ese momento, la entrada de la torre se abrió y aparecieron Charlus, Ron y Hermione.

—¡Es Snape! —dijo Charlus mientras se sentaba cerca de Harry.

—Espera, ¿de qué hablas? —preguntó Harry confundido. Neville alzó la vista para confrontar él también al trío.

—Bueno —comenzó a explicar Charlus—, ¿recuerdas la trampilla que custodia el cerbero en el tercer piso?

—¿No habrán seguido indagando en eso?

—Pues sí —respondió Ron—. Y teníamos razón: hay un tesoro allí. ¡Es la piedra filosofal!

—¿La piedra filosofal? —preguntó Neville.

—Una piedra legendaria que los alquimistas buscaron durante siglos —respondió Harry—. Supuestamente con ella se obtendría la capacidad de transmutar cualquier metal en oro, o fabricar el elixir de la vida para ser inmortales.

Charlus, Ron y Hermione se miraron con cierta frustración.

—Exactamente —asintió Charlus luego de un rato—, y Snape quiere robarla.

Harry entrecerró los ojos al tiempo que enviaba una mirada suspicaz al trío.

—Snape es un profesor.

—Eso mismo dije yo —intervino Hermione—, y Hagrid; pero no podemos negar que las evidencias lo señalan a él. Ha estado actuando muy sospechoso.

—Snape es demasiado inteligente para intentar robar algo que Dumbledore custodia. Y, de todas formas, ¿cómo están tan seguros de que es la piedra filosofal lo que custodia Fluffy?

Charlus miró a Ron y a Hermione, quienes asintieron con la cabeza en su dirección. El Potter comenzó a hablar:

—Bueno, después de que Hagrid dijera que lo que había en el tercer piso tenía que ver con Nicolás Flamel, investigamos quien era esa persona. Resultó que es un alquimista reconocido por haber creado la piedra filosofal.

—Así que dedujeron que eso era lo que se guardaba allí —termino Harry pensativo—. Supongo que es lo mismo que Hagrid fue a buscar a Gringotts el día que fuimos al Callejón Diagon a hacer las compras del colegio.

—¡Exacto! —exclamó Charlus.

—Aun así, ¿qué pruebas tienen de que Snape pueda estar tras la piedra?

—Ya lo sabes: su pierna herida. En Halloween lo vimos ir hacia el tercer piso.

—No es prueba suficiente —intervino Neville—. Tal vez fue a verificar que nadie se estuviera aprovechando del asunto del trol para intentar robar la piedra.

Charlus y Ron bufaron exasperados. Les quedó claro que no podrían convencer a Harry ni a Neville de que lo que decían era verdad, así que se levantaron y se fueron. Hermione les dedicó una mirada de disculpa, antes de también marcharse.

18

A la mañana siguiente de la detención con Hagrid por el asunto del dragón, Charlus informó a Harry de lo que había visto en el Bosque Prohibido.

—¡Es el que no debe ser nombrado! ¿Cómo no nos dimos cuenta antes? Snape es un mortífago, papá siempre lo ha dicho.

—¿Voldemort? —preguntó Harry. Los demás se estremecieron, incluido Charlus—. ¿Por qué se arriesgaría a tratar de robar algo justo en las narices de Dumbledore?

—¡No es obvio! —despotricó su hermano—. La piedra filosofal es tan poderosa que bien podría permitirle recuperar todo su poder. Para alguien desesperado como él es un premio demasiado valioso como para dejarlo pasar. Incluso con Dumbledore custodiándola.

—Lo viste en el bosque —dedujo Harry.

—S-sí. —Charlus sintió escalofríos al recordar lo visto la noche anterior—. Está matando unicornios en el bosque, según los centauros, la sangre de unicornio lo mantiene en este mundo, aunque a un gran costo. No tengo dudas de que Snape intenta robar la piedra para poder devolverle todo su poder.

Ron, Hermione y Neville, quienes hasta ese momento solamente se habían limitado a observar la discusión entre los dos hermanos, se estremecieron.

—¿Has avisado a alguien? —les preguntó Hermione.

—No, no van a creernos.

—¿Cómo quieres hacer algo sin decírselo a los adultos? Estoy seguro de que Dumbledore y nuestros padres te escucharían. ¿No es de lo que han hablado todos estos años? ¿De estar listos para cuando Voldemort vuelva?

—Sí —musitó Charlus algo abatido—. Pero, sin pruebas no van a creernos. Tenemos que sorprender a Snape y a Quien-tú-sabes justo cuando cometan el crimen.

—Ah, claro. Supongo que Voldemort será buen deportista y te concederá cinco o diez minutos para ir a buscar a Dumbledore. ¡Por Merlín, es un Señor Oscuro, no un villano cliché de Marvel o DC!

—¿Perdón…? —preguntaron Ron y Charlus confundidos.

—Comics muggles —respondió Neville.

—¿Cómo es que ustedes las conocen? —les preguntó Hermione. Sabía que ambos chicos se habían criado en el mundo de los magos, y por lo que Charlus le había dicho, su madre se había alejado por completo del Mundo Muggle hacía mucho tiempo.

—Eso no importa ahora —contestó Charlus tajantemente—. El punto es, ¿vas a ayudarnos a proteger la piedra, o lo haremos nosotros solos?

Harry se mordió el labio en un gesto pensativo, y entonces hizo todo lo contrario a su sentido común:

—Más les vale tener un buen plan —dijo mientras se pasaba la mano por el cabello de forma nerviosa.

Charlus sonrió triunfante.

19

El culpable resultó ser Quirrell. Charlus hubiera sospechado de cualquier otro profesor —especialmente de Snape—, antes que del tartamudo profesor de defensa. Pero la realidad era esa. Y ahora él y Harry se encontraban frente a la persona que intentó matarlo, y que secretamente había estado todo el año tras la piedra filosofal, y de la cual no habían sospechado.

El viaje hasta ese punto, sorteando las trampas puestas para proteger la piedra con ayuda de sus amigos, ahora estaba muy atrás en su mente. De hecho, el miedo no le dejaba pensar mucho en cualquier cosa más allá de que iba a morir y arrastraría a Harry con él a causa de la maldita curiosidad Potter. Más tarde se regañaría a sí mismo por dejar que su mente se bloqueara cuando quedó claro que ya no era una simulación, y que realmente había un mago oscuro frente a él. Incluso después de todos esos años preparándose para ese momento.

Y lo peor, Harry también estaba allí. Él no había pasado por todos esos años de preparación. Ahora Charlus de verdad se arrepentía de no haber presionado más para conseguir que su hermano fuera entrenado al menos mínimamente.

Para llegar a la cámara de la piedra, habían pasado por Fluffy, cuya debilidad resultó ser la música, como Harry había descubierto al confrontar a Hagrid —y aprendiendo al mismo tiempo que en una borrachera el guardabosque había revelado eso a un desconocido en Hogsmeade, el pueblo cercano—; un Lazo del Diablo, planta mortal derrotada gracias a la habilidad de Neville en la herbología y de Hermione en encantamientos; unas llaves voladoras, de las cuales Harry atrapó la correcta, montado en una escoba y siguiendo las instrucciones de Charlus; un ajedrez gigante, vencido gracias a las habilidades de Ron en dicho juego; un trol, que por suerte ya estaba noqueado cuando lo pasaron; y un acertijo con pociones el cual Hermione, con un poco de ayuda de Harry, resolvió sin muchos problemas.

Desafortunadamente, de la poción que les permitiría avanzar al final, sólo quedaba suficiente para dos personas. Así fue como Harry y Charlus se encontraron frente a frente con Quirrell.

—Vaya, los hermanos Potter —dijo el profesor escupiendo las últimas palabras—. Ya sospechaba que nos veríamos aquí. Todo el año inmiscuyéndose en mis asuntos. En especial tú: Charlus Potter.

—N-no lograrás robar la piedra —dijo Charlus con todo el valor que pudo reunir.

Harry, por su parte, frenéticamente trataba de pensar en algo que los sacara de allí. Debía de encontrar una forma de ganar tiempo o de escapar. Era ilógico pensar que dos estudiantes de primer año pudieran ganar contra uno de sus profesores. Y, por el titubeo en la voz de su hermano, se daba cuenta de que ni siquiera él, con esos años de entrenamiento, estaba listo para hacer frente a un mago adulto; menos aún un mago oscuro.

Su mano derecha descansaba en el bolsillo de su túnica donde siempre guardaba su mazo. Por algún motivo, el sostener sus cartas siempre le ayudaba a pensar. Era curioso, siendo simples trozos de cartón le daban tanta seguridad como su varita.

—¿Y quién va a detenerme? ¿Ustedes? Sólo son un par de mocosos entrometidos. Puedo ver como tiemblas de miedo bajo esa fachada de héroe.

—Dumbledore. Él sabe de esto, le enviamos un mensaje.

—Dumbledore —repitió Quirrell con sorna—. ¿Tienes idea de lo que tarda una lechuza en llegar hasta Londres? Suponiendo que la enviaras esta mañana, Dumbledore no la recibirá hasta que yo esté muy lejos. Y, por supuesto, para entonces ustedes estarán muertos.

Charlus sacó su varita, más como un auto reflejo que porque verdaderamente le fuera a ser de utilidad. Sabía hechizos defensivos. Su padre y su padrino lunático habían estado enseñándole a usarlos desde los ocho años, pero nunca los había llevado a cabo con una varita de verdad. Al comenzar el colegio estuvo tan absorto en los deberes —cuando Hermione conseguía que se pusiera a hacerlos—, explorando el castillo con Ron e investigando lo que estaba pasando que realmente no se puso a practicar sus lecciones ni siquiera para probar si era capaz de usar los hechizos que aprendió.

Antes de que siquiera pudiera formular un hechizo, Quirrell sacó su propia varita y lo desarmó. Luego, apuntó a ambos hermanos y los ató con cuerdas mágicas, en prevención de que el otro niño intentara algo.

—El gran Niño-Que-Vivió —se burló el profesor—, y por supuesto, su hermano. Inútiles a final de cuentas. Ahora, quédense quietos mientras examino el espejo.

Detrás de Quirrell se encontraba un enorme espejo. Al parecer era la defensa final de la piedra.

El profesor mantenía la mirada fija en él, estudiándolo con detenimiento, mientras murmuraba algunas cosas. Al parecer había un truco para poder obtener la piedra o su ubicación. Quirrel divagó en voz alta sobre si había que romper el espejo, realizar un hechizo específico o descifrar una contraseña mágica.

—Usa a uno de los niños —se escuchó una voz que parecía venir de la nada.

Quirrell se volvió hacia los gemelos y desapareció las cuerdas que sostenían a Charlus con un movimiento de su varita.

—Acércate, Charlus Potter. Es posible que seas de más utilidad hoy además de cómo un golpe bajo a Dumbledore.

El niño caminó lentamente hasta posicionarse frente al espejo.

El reflejo que Charlus vio fue a su familia y a sus amigos. Se dio cuenta además de que en el reflejo ni él ni Harry tenían las cicatrices causadas por el ataque de Voldemort. No había una V en su frente, ni un relámpago en la de Harry. Lo curioso era que Colagusano, el traidor, («Mi verdadero padrino», pensó con tristeza), abrazaba a su padre y a sus tíos, y miraba con orgullo a su ahijado.

Luego, notó que su reflejo en el espejo sostenía la piedra filosofal en su mano derecha. La giró dos veces entre sus dedos, y después la introdujo en el bolsillo de su túnica. Al instante sintió como el peso de la piedra caía en su propio bolsillo.

—¿Qué ves, Potter?

—Es mi familia. Quien-tú-sabes no nos atacó. Todos estamos felices, juntos.

Quirrell emitió un sonido molesto por esa respuesta y lo empujó hacia un lado.

—¡Él miente! —resonó la misma voz de antes.

—¡Potter, ven aquí!

Harry observó todo con un nudo en el estómago. Su hermano estaba en un gran peligro. Tenía que salvarlo.

Lentamente su magia comenzó a deshacer el hechizo de Quirrell, aflojando las cuerdas que lo sujetaban.

De pronto, Quirrell pareció hablar consigo mismo en murmullos. Finalmente, comenzó a desatar el turbante que siempre llevaba en la cabeza. En su nuca había otro rostro. Un rostro pálido, de brillantes ojos rojos y cuencas nasales como de serpiente.

—Mira, Charlus Potter, en lo que me he convertido —dijo el rostro con una voz serpentina—. Un parásito. Pero esto puede cambiar. Entrégame la piedra que tienes en tu bolsillo. Si lo haces, los dejaré ir a ti y a tu hermano. Piénsalo: en el futuro, cuando yo gobierne el mundo, serás recordado como el héroe que ayudó a su Señor a recobrar su poder.

—T-te derroté una vez —dijo Charlus apretando su agarre sobre la piedra en su bolsillo—. Puedo hacerlo de nuevo.

—¡Derrotarme, tú! No, Charlus Potter, tu leyenda es una mentira. Fue la magia protectora. ¿Cómo iba a saber que la sangre sucia había aprendido antigua magia protectora celta para evitar mi ataque?

—¡No insultes a mi madre!

—¡Atrápalo! —Voldemort ordenó a Quirrell, al notar que su chantaje no surtiría efecto en el niño—. ¡Mátalos!

Las cosas se sucedieron con tal rapidez, que ninguno de los gemelos Potter sería capaz de ponerse de acuerdo sobre lo que pasó luego de eso.

Justo cuando Voldemort hablaba con Charlus, Harry logró liberarse de las cuerdas y escabullirse entre las sombras de la cámara de la piedra. Trataba de buscar un momento idóneo para lanzar el hechizo aturdidor que había practicado junto con Neville en sus horas libres.

Cuando Voldemort ordenó matarlos, Charlus se dio media vuelta y trató de correr hacia la salida. Quirrell levantó su varita y comenzó a pronunciar lo que sin duda era la maldición asesina, justo en el momento en que Harry salía de su escondite, sosteniendo su varita y preparado para lanzar su propio hechizo. Quirrell se dio cuenta y rápidamente lo desarmó. Sin varita, lo único que Harry pudo hacer fue sacar una de sus cartas. Una especie de auto reflejo o instinto —años más tarde descubriría que fue una mezcla de ambos— producto de la desesperación del momento.

Charlus corrió hacia él y lo tomó por la mano izquierda, mientras Harry sostenía la carta mostrando su diseño en la dirección donde estaba Quirrell.

—¡Avada Kedavra! —conjuró Quirrell e hizo el movimiento de varita en dirección a los gemelos.

El mortal rayo verde se precipitó a toda velocidad hacia los dos niños, justo en el momento que la carta en la mano de Harry brillaba y una especie de barrera de color blanco azulado los protegía.

Voldemort, entendiendo lo que sucedería de forma instintiva, abandonó el cuerpo de su sirviente, justo antes de que la maldición asesina se volviera contra él.

El impacto del rayo de energía color verde con el escudo producido por la carta, arrojó a los niños hacia atrás, provocando que perdieran el conocimiento.

20

Los Potter pasaron casi todo el tiempo en la enfermería cuidando de sus hijos. Lily demostró ser incluso más terrible que madame Pomfrey cuando se trataba de asegurarse de que sus hijos estuvieran bien, por lo que la medimaga no encontró la forma para sacarla de la enfermería, y por consiguiente tampoco a James Potter.

Sirius y Remus también iban a menudo, sobre todo para convencer a los Potter de ir a casa a darse un baño y descansar algunas horas mientras ellos cuidaban de los niños. Dumbledore y McGonagall también acudían periódicamente. Además, claro, de Hermione, Ron y Neville, quienes se quedaban todo el horario de visitas, y a veces incluso más (hasta que la medimaga los echaba).

Al mismo tiempo, los regalos de sus compañeros, consistentes en dulces y, en el caso de los gemelos Weasley, un inodoro —el cual fue oportunamente confiscado por una molesta madame Pomfrey— llenaron lentamente la habitación.

Despertaron a la semana.

Dumbledore les puso al tanto del destino de la piedra, la cual sería destruida para evitar otro intento de robo, y trató de contestarles algunas de sus dudas. Pero incluso él no estaba seguro de que había sido ese escudo —o barrera— que los había protegido. Conjeturó que podría ser un remanente de la magia protectora usada por Lily diez años atrás. Harry consideró que era mejor no decir que dicha luz provenía de una de sus cartas.

Finalmente, fueron dados de alta a tiempo para asistir al banquete de final de curso. Una entrega de puntos de último momento colocó a la casa Gryffindor adelante, consiguiendo la Copa de las Casas.

Con eso concluyó su primer año en Hogwarts.

El viaje en el tren fue tranquilo. Los cinco viajaron en el mismo vagón. Mientras Harry y Neville jugaban Duelo de Monstruos y Hermione leía algo, Ron y Charlus hablaban de quidditch con esporádicos comentarios de Harry.

Los niños prometieron estar en contacto durante el verano y ponerse de acuerdo para ir juntos al Callejón Diagon en agosto. Luego, se separaron y cada cual regresó a casa. Querían un verano tranquilo después de ese primer año lleno de accidentadas aventuras.

¿Qué les depararía sus siguientes años? Francamente, pensaron, esperarían a ver sin preocuparse de momento.