Disclaimer: Harry Potter es propiedad de J. K. Rowling. Yu-Gi-Oh! es propiedad de Kazuki Takahashi, Shueisha y Konami.


Capítulo 8

Mago blanco y mago ibano


1

Harry sentía como si un hipogrifo le hubiera pasado por encima. Todo el cuerpo le dolía y el sólo hecho de pensar en abrir los ojos hacía que el dolor se incrementara.

«Estoy muerto», pensó.

Escuchó la risita de una niña. Una niña pequeña al parecer.

—Creo que está despertando —dijo una voz. En definitiva, la voz de una niña.

—¿Tú crees? —preguntó otra voz infantil—. Para mí todavía parece que está hecho una mierda.

—Mamá te hechizaría si te escuchara hablar así.

—Pero mamá no está aquí, ¿verdad?

Harry se movió un poco, y a pesar del dolor, abrió los ojos.

Frente a él había dos niñas: una vestida de negro y otra de blanco. La primera era rubia y tenía un gorro con la forma de la cabeza de un conejo. La segunda tenía el cabello color rosa chicle y usaba un gorro con la forma de una ficha de oveja amarilla. Su mente las reconoció de inmediato, pues las había visto muchas veces cuando las invocaba en duelos.

—¿Estoy soñando?

La niña del vestido blanco se rio de sus palabras.

—En cierto sentido, es así —respondió la de negro.

—Más bien estás en un punto extraño entre el mundo humano y las Doce Dimensiones —aclaró la niña de blanco—. Y no, no estás muerto. Aunque estuviste un poco…

—Demasiado —agregó la otra.

—… cerca —terminó mirando mal a su hermana.

Harry se masajeó las sienes para tratar de evitar el dolor de cabeza. Dolía peor que en clase de pociones cuando sin querer aspiraba los humos del caldero.

—Esa cosa podría haber matado a cualquiera —dijo la niña de negro llevándose las manos a la cadera mientras resoplaba enojada—. ¿En qué piensan los magos de tu mundo? Francamente, es de locos, idiotas y subnormales enlazar un contrato con la propia magia, más aún para esa tonta, ridícula y patética excusa de torneo. ¡Ese evento es de salvajes! Algo que pensaría ver en el reino de Brron, pero no en el Mundo Humano. ¡Y cuando atrape al maldito, imbécil, desgraciado al que se le ocurrió poner tu nombre en esa cosa voy a…!

—Lenguaje —reprendió la otra niña.

—¡Oh, por favor, Pikeru! ¡Harry casi muere! Deja de preocuparte por como hablo.

Pikeru infló los cachetes y murmuró algo por lo bajo.

—Bueno, ahora que está despierto, ¿qué esperas para curarlo?

Pikeru abrió los ojos con sorpresa y luego se sonrojó avergonzada.

—Oh, cierto. Lo siento. Debe doler mucho.

—Sólo un poco —respondió Harry.

—¿Sólo un poco? —resopló la niña de negro, Curan—. Dioses, eres peor que mi hermana cuando está enferma: nunca admite que algo le duele porque la gente se preocuparía mucho, y no quiere molestarlos. Eso es de tontos, idiotas, estúpidos…

—¡Oye, estoy aquí!

—Ya sé.

Pikeru volvió a inflar los cachetes.

—Bueno, pero cúralo ya. ¿Quieres que se muera?

—No va a morir —replicó su hermana de mal humor.

Alzó su bastón y comenzó a concentrar la magia en su punta. Harry reconoció el movimiento: era el mismo que hacía el holograma cuando usaba su efecto de recuperar puntos de vida. La magia de color blanco cubrió al joven mago. Se sintió como un bálsamo milagroso, pues casi al instante el dolor desapareció.

Sintiéndose mucho mejor, se incorporó quedando sentado.

Estaba en lo que parecía ser una habitación de piedra desnuda. Muy parecida a las habitaciones medievales de Hogwarts, aunque las paredes eran blancas y no de piedra más oscura como el castillo.

—¿Dónde estoy?

—Esa es una buena pregunta —respondió Pikeru—. En términos básicos, este es tu mazo. En términos más complicados, es un punto entre las Doce Dimensiones y el Mundo de los Humanos, como dije antes.

Harry miró a su alrededor. ¿Su mazo?

—Eso es… raro.

—¿Raro? —preguntó Curan—. ¿Qué tiene de raro? ¿Sabes que es de verdad raro? ¡Tu mundo! Es de locos querer separar las cosas mágicas de las que no lo son. El simple hecho de que alguien viva ya significa que tiene una chispa de magia. ¿Y de dónde sacaron eso de que la magia oscura es malvada?

Harry parpadeó.

—Los señores oscuros…

—¡Eso, Señores Oscuros! Yo soy una usuaria de magia negra, pero eso no me hace una malvada Señora Oscura que va a destruir el mundo.

—¿Me lo juras? —preguntó su hermana—. ¡Auch! —se quejó cuando la otra le dio un pisotón.

—¿Sabes que es lo que más me molesta? —siguió Curan—. ¡Dicen que la oscuridad es la fuente de todo el mal! Vaya mierda más grande. La última vez que revisé, la Oscuridad seguía siendo la fuente de la vida, mientras la Luz seguía tratando de destruirla.

Harry no supo cómo responder, mientras Curan seguía gritando insultos a los magos de su mundo, llamándolos con todas las malas palabras en las que podía pensar. Pikeru, que ya se había recuperado del pisotón, miró a Harry y luego suspiró.

—Lo siento, no se ha tomado su medicina.

—¡Oye! —respondió su hermana jalándola de una de sus coletas.

—¡Ah! ¡Suelta, suelta!

—¡Basta, por favor! —gritó Harry.

Curan soltó a Pikeru e infló los cachetes de la misma forma que su hermana, al tiempo que cruzaba los brazos.

—Ella empezó.

Harry volvió a suspirar. Era frustrante tratar con niñas pequeñas que al parecer sólo querían discutir. Se preguntó sí su madre se había sentido igual cuando él y Charlus peleaban por los juguetes.

Sacudió la cabeza. Lo mejor era centrarse en averiguar que estaba pasando allí.

—¿Cómo llegué aquí? —preguntó.

—Te negaste a participar en ese tonto, estúpido y maldito torneo —le recordó Curan.

Sí, eso era cierto. Pero no explicaba cómo podía estar dentro de su mazo. Si es que esto realmente era su mazo. Quizá sólo era una alucinación vivida o algo así. Es decir, estaba hablando con «Mago Blanco Pikeru» y «Mago de Ibano Curan», dos de las cartas de su baraja, lo cual en sí era una locura.

«Sin embargo, hablaste con la "Serpiente Siniestra" y deseabas averiguar si de verdad las cartas estaban vivas, o bueno, los espíritus en ellas», se recordó.

—Eso no es todo —la voz de Pikeru lo hizo salir de sus pensamientos—, la magia corrupta de tu mundo trató de llevarse tu vida.

—Pero, como soy un mago muy genial, encontré la forma de evitarlo.

—Fue mi idea…

—No, fue mía.

—¡Claro que no!

—¡Qué sí! Tú estabas llorando de miedo.

—¡Mientes! ¡Siempre quieres robarme todo el crédito!

—¡Niñas! —gritó Harry parando la discusión.

Dejaron de gritarse, pero se dejaron caer sentadas en el suelo, dándose la espalda, con los cachetes inflados y los brazos cruzados.

Harry sintió que volvería a tener dolor de cabeza si seguían discutiendo así.

—¿Qué sucedió? Eso es todo lo que quiero saber.

—Activamos «Espejo de Mano de Hada» —respondió Pikeru.

—¡Sí! Así que cuando ese maldito, despreciable y mierdero cáliz intentó tomar tu vida, luego de que ya había tomado casi toda tu magia, le cambiamos el objetivo.

Harry se sintió terrible. La magia exigía una vida, y si la trampa cambió el objetivo, alguien más debió pagar el precio.

—¿Quién murió? —preguntó en un hilo de voz.

—Nadie —respondió Pikeru rápidamente.

—Esa cosa no estaba precisamente viva —agregó Curan—. Es decir, quién haya hecho eso no puede estar vivo del todo. Yo diría que, si fuera una carta, sería de tipo zombi.

Pikeru asintió una y otra vez con tanta fuerza que Harry temió se hiciera daño en el cuello.

—¿De qué hablan?

—Del trozo de alma que tenías atascado en la herida de tu frente, tontito —respondió Curan.

Harry parpadeó con sorpresa. ¿Trozo de alma?

—¿Cómo…?

—Un trozo de alma —repitió Curan—. Algún imbécil, perturbado y subnormal de mierda metió un trozo de alma en la herida de tu frente.

Harry abrió la boca todavía sin entender del todo lo que decían.

—¿No te habías dado cuenta? —preguntó Curan muy sorprendida—. ¿Cómo es posible? La maldita, despreciable y usurera mierda te estaba robando la magia, como un parásito.

Harry respiró profundamente tratando de asimilar lo que le decían. ¿Había un trozo de alma en su frente? ¿Cómo nadie se había dado cuenta?

—No es tan extraño, supongo —agregó Pikeru, se sentó junto a él y tomó su mano derecha entre las suyas, como tratando de reconfortarlo—. Ninguna de las cartas de tu mazo podíamos hablar contigo porque esa cosa nos bloqueaba. Tal vez, de alguna forma, también te impedía saber que estaba allí.

Harry asintió lentamente con la cabeza. Eso tenía sentido.

—Pero, ¿qué era eso?

—Un trozo de un alma muy maloliente —respondió Curan con cara de asco.

—Quiero decir, ¿de quién era?

Pikeru se mordió los labios, mientras que Curan volvió a maldecir.

—Ese tipo, el que estaba en el diario —respondió Pikeru por fin.

Harry se hundió en su lugar. Sintió como un escalofrío le recorría la espalda al tiempo que se le revolvía el estómago. ¡Había vivido casi toda su vida con un maldito trozo del alma de Voldemort en su cicatriz!

—Creo que se rompió —dijo Curan.

Pikeru miró a Harry con angustia, antes de soltar su mano y darle palmaditas en su espalda para tratar de tranquilizarlo.

—Ya se fue, no volverá a robar tu magia.

—No queda mucha más que robar en primer lugar.

Pikeru fulminó a su hermana con la mirada.

—Yo sólo decía…

Harry notó que estaba desapareciendo.

—¿Qué pasa?

—Es hora de despertar —le respondió Pikeru—. Pero, no te preocupes, Harry. Somos tus monstruos. Mientras estemos en tu mazo, o al menos cerca de ti, podremos comunicarnos. Por ahora, ve, todos están muy preocupados por ti. Además, necesitas descansar, descansar de verdad, quiero decir. Estar aquí agota tu Energía de Duelo.

Harry asintió, aunque no entendía muy bien que querían decir con «Energía de Duelo». Se había vuelto completamente intangible, y las dos niñas y la habitación a su alrededor comenzaban a desvanecerse como roció de la mañana.

Abrió los ojos encontrándose con el familiar techo de la enfermería de Hogwarts.

2

—¡Harry! —el grito de Lily Potter llenó toda la enfermería, sobresaltando a James, quien estaba sentado en la cama de lado sumido en sus pensamientos.

Madame Pomfrey salió a toda prisa desde su oficina. En tiempo récord cruzó la mitad de la habitación, y antes de que los padres pudieran abrumar al niño con abrazos, ya estaba arrojando hechizos de diagnóstico.

Tenía los labios apretados en concentración, mientras revisaba los resultados de sus escaneos. El resultado que esperaba: el núcleo mágico casi completamente vacío, y comenzaba a encogerse al no tener magia que lo llenara. No esperaba otra cosa, aun así, Harry tenía suerte que lo único que el Cáliz de Fuego le hubiera arrebatado era magia y no la vida. De todas formas, para estar más segura, arrojó el hechizo que normalmente se usaba en San Mungo cuando los padres tenían sospecha de que uno de sus hijos era un squib. El resultado fue de nuevo el que esperaba.

—Bueno, señor Potter, debo decir que tiene suerte de estar vivo, pero me temo que no puedo decir lo mismo de su magia.

James cerró los ojos, mientras una llorosa Lily se abrazaba a él.

Harry asintió lentamente. Pikeru y Curan ya se lo habían dicho. Él mismo se daba cuenta ahora. Era un squib. Tal vez quedaba suficiente magia en su núcleo para hacer las cosas más simples, como volar una escoba o preparar algunas pociones sencillas, pero nunca más volvería a poder lanzar siquiera un hechizo, ni siquiera de primer grado.

Era una sensación extraña, como si hubiera un vacío en su alma.

Su mirada se desvió hacia el buró junto a la cama, en donde vio su mazo. Supuso que Neville lo había dejado allí. Parecía ser la única persona en su vida que entendía lo importante que era para él tener sus cartas. «Sólo un duelista puede entender a otro», se dijo.

Quiso reír amargamente al pensar eso último. Johan no habría estado de acuerdo. Él tenía la firme creencia de que algún día el Duelo de Monstruos uniría a las personas. En su caso, parecía que sólo lo estaban separando de quienes amaba.

Volvió a ver el techo.

No podía culpar a Pikeru y a Curan. Hicieron lo único que podían hacer para salvarle la vida dado lo desesperado de la situación. La pérdida de su magia en ese sentido era como amputar un miembro gangrenado.

Vio a Sirius y a Remus de pie cerca de allí, junto con Charlus. Imaginaba que Ron, Hermione y Neville deberían estar esperando afuera.

—Muy bien —dijo Madame Pomfrey tras pasar otros tantos hechizos de diagnóstico y después darle a beber una poción de sabor horrible—, avisaré al director Dumbledore y a la profesora McGonagall.

Los Potter asintieron de acuerdo con la medimaga.

—Pueden hablar unos minutos con el señor Potter, aunque tal vez no sea muy receptivo. La poción lo pondrá en un sueño profundo. Necesita recuperar fuerzas.

Lily asintió con la cabeza. Los dos días que Harry pasó inconsciente no habían sido un verdadero sueño, más bien una especie de coma mágico.

La enfermera miró a Harry un momento más, con una mueca que al joven no le gustó nada. Si conociera la poción que le suministró, habría sabido por qué de esto. En un mago debería haber hecho efecto en menos de treinta segundos, pero pasados cinco minutos desde que la bebiera sin que se mostrara siquiera soñoliento… El daño al núcleo parecía ser incluso más de lo que sus hechizos dejaban ver. Tal vez ya ni siquiera podría volar en una escoba. Harry Potter era prácticamente un muggle.

La enfermera por fin dejó de ver a Harry, dio media vuelta y volvió a apresurarse en dirección a su oficina.

—¿Cómo te sientes? —le preguntó Lily sentándose en una silla junto a la cama de Harry, mientras tomaba la mano de su hijo entre las suyas.

—Como si un hipogrifo me hubiera arrollado.

—¿Por qué lo hiciste? —inquirió su padre.

Harry parpadeó un par de veces. Luego lo entendió.

—Yo no puse mi nombre en el Cáliz…

—No me refiero a eso. Sé que no es algo que harías.

—¡No! No es lo que quería decir. Es decir, no iba a dejar que alguien más decidiera por mí. Tomando en cuenta todo lo que ha pasado en los últimos años, creo que alguien nos quiere muertos, a mí y a Charlus.

James asintió con la cabeza. Lo sabía. Los gemelos no tenían idea en realidad de que tan grave era: cada año tenían que lidiar con al menos una docena de paquetes sospechosos que alguien intentaba hacer llegar a ellos. La mayoría sólo desagradables bromas, sin embargo, unos pocos contenían maldiciones y venenos que podrían haberlos matado sólo con tocarlos.

Siempre había alguien tratando de matarlos, más a Charlus, pero con frecuencia también apuntaban a Harry.

—Habríamos encontrado otra manera —agregó Lily—. Una forma en que pudieras pasar por el torneo sin arriesgar tu vida.

—Todavía tienen que hacerlo, ¿no? —replicó Harry—. Charlus…

—Voy a estar bien —aseguró su gemelo.

Harry lo miró. Él, Sirius y Remus estaban de pie al otro lado de la cama. Su padrino parecía que quería golpear a alguien. Su tío lo miraba con ojos tranquilos, pero había una tensión en su mandíbula que claramente indicaba que él mismo deseaba encontrar al responsable para despedazarlo con sus propias manos.

—Nos diste un gran susto, cachorro —dijo su padrino, tragando su enojo de momento—. Y no te preocupes, el Ministerio ya está investigando. Encontraremos a quien puso sus nombres en el Cáliz. Esto no se quedará así.

Harry asintió. Cerró los ojos un momento. De pronto las voces de su familia se escuchaban muy lejos. Abrió los ojos de nuevo. Todo a su alrededor estaba perdiendo foco. El sólo hecho de mantener los parpados abiertos era un gran esfuerzo. Sin aguantar más, se quedó dormido.

3

La siguiente vez que despertó, la enfermería estaba en silencio. El dolor había disminuido y pudo incorporarse. El lugar estaba en silencio, aunque pudo ver a sus padres recostados, uno junto al otro, en la cama de al lado. No había nadie más.

Estiró la mano y tomó sus cartas de la mesita de noche.

Pasó las cartas hasta encontrar a Curan. La carta le guiñó un ojo. Harry se talló el ojo. Debía estar imaginando cosas. Separó la carta dejándola en las sábanas junto a sus piernas. Siguió pasando las cartas hasta que llegó a Pikeru. La dejó junto a su hermana.

Al instante, las dos cartas comenzaron a brillar, mientras los dos espíritus emergían.

—Veo que estás mucho mejor —dijo Curan.

Harry se giró a ver a sus padres.

—No pueden escucharnos —le aclaró Pikeru—. Ellos no son duelistas.

—¿Los espíritus no son seres mágicos? —preguntó Harry en voz baja.

—¡Todo lo que existe en el mundo tiene magia! —resopló Curan—. Son ustedes los que les niegan a los humanos que no pueden usar la magia el derecho a llamarse mágicos.

—Pero, los muggles

Curan suspiró con exaspero.

—Tienes mucho que aprender, Harry —dijo Pikeru con voz más amable que la de su hermana—. Sólo algunos pocos pueden ver a los Espíritus de Duelo como nosotros.

—Tu amiga Luna puede, pero nosotros no la hemos dejado vernos. ¡No sabe guardar secretos! Diciendo que vio tal o cual cosa, y publicándolo en esa revista suya.

—Luna no es mala persona.

—No dije que lo fuera.

Harry negó con la cabeza.

—Pero, ¿cómo puede verlas si ella no es duelista?

—Ella tiene un don —aclaró Pikeru—. Hay algunos humanos que nacen con esas capacidades. Johan también puede.

Harry comprendió algo.

—Ustedes, ¿han hablado con Johan?

—Desde el día que nos compraste —admitió Pikeru avergonzada—. Queríamos hablar contigo, pero nuestra voz no te alcanzaba. Sólo muy pocas veces pudiste superar la barrera que representaba el alma de… ese ser. En realidad, creo que dejó pasar tu Energía de Duelo porque no quería morir.

—Era un parásito —escupió Curan.

Harry notó entonces que había alguien más en la habitación. Un soldado vestido con una vieja armadura medieval. Era el «Capitán Merodeador».

—Es bueno que esté mejor, Maestro Harry —dijo el guerrero.

Pikeru miró al soldado y sonrió alegre, Curan trataba de ocultar su felicidad fallando de forma miserable.

—El Maestro Johan habría estado triste si… —no terminó. No había necesidad de hacerlo—. No habría podido volver a verlo a la cara si usted.

—¿Johan lo sabe?

—¿Qué casi moriste? —preguntó Curan sin tacto—. No, no podemos viajar hasta donde él está. En realidad, no podemos viajar muy lejos de nuestra carta.

—Es por eso que pocos espíritus quieren formar lazos profundos con los humanos —agregó Pikeru—. Eso, y porque pocos humanos pueden vernos.

Harry movió la cabeza de acuerdo. Eso tenía sentido. Los espíritus de duelo parecían ser una suerte de familiares mágicos.

—El Maestro Johan temía que estuviera en peligro —dijo el Capitán—, por eso nos envió con usted. Él sabía que algo como esto podía suceder.

Harry abrió los ojos con sorpresa.

—¿Johan sabe de la magia?

—Yo se lo dije —aclaró Curan muy orgullosa.

—¡No se supone que lo hagas!

Los Potter se agitaron en la cama junto a él.

—Baja la voz, vas a despertarlos —se quejó Curan.

—No pueden verlas.

—¿Quieres que te vean hablando con tus cartas?

Harry se sonrojó, agradeciendo que la poca luz evitara que se notara. Curan sonrió triunfante.

—Hay una ley que impide hablar sobre la magia —dijo Harry en un susurro duro.

—Son sus leyes, no las nuestras —replicó Curan.

—Normalmente no estoy de acuerdo con mi hermana, pero en esta ocasión, tiene razón.

—Te lo dije: es una tontería tratar de dividir el mundo. La magia forma parte de todo.

Harry se pasó la mano por el cabello. Era claro que ellas no entenderían. Estaba seguro de que el mundo del que venían, seguramente ese que se reflejaba en las cartas mágicas de campo y en algunas otras, dicha división no tenía sentido, pero en este mundo…

—Tuvimos que hacerlo, los muggles estaban dándonos caza. La Iglesia y la Inquisición.

Curan resopló.

—Suena a algo que haría la Luz —dijo con fastidio.

—¿La Luz?

—Sí, la Luz de la Destrucción —aclaró Pikeru estremeciéndose.

—¿Qué es la Luz de la Destrucción?

—El enemigo de todo lo que esté vivo —respondió el Capitán—. La razón por la que existen los duelistas en primer lugar. Hace mucho tiempo, cuando las Doce Dimensiones y el Mundo de los Humanos no estaban separados por un velo, un poderoso Rey que blandía los poderes de la Oscuridad Gentil enfrentó a la Luz de la Destrucción en una guerra. Y para luchar esa guerra, pactó con los espíritus para crear la primera versión del duelo.

Harry se sintió como si estuviera en una clase de historia de la magia.

—El hecho de que el velo haya caído —siguió Curan—, de que haya espíritus creando vínculos con duelistas, de que el duelo haya vuelto al mundo humano bajo una nueva forma, todas son señales de que la guerra está iniciando de nuevo.

—Johan tiene a las Bestias de Cristal —agregó Pikeru—. La Diosa no habría dejado que se reunieran si la batalla no estuviera cerca.

—¿Johan? —preguntó Harry—. ¿Qué tiene que ver Johan con todo esto?

—Oh, bueno, él… —comenzó Curan.

Capitán Merodeador carraspeó.

—Es decir, es una larga historia. Tal vez otro día te contemos. Ahora mejor vuelve a dormir. —Fingió un bostezo—. Sí, eso es buena idea. Hay que descansar bien.

Antes de que Harry pudiera decir nada más, los tres espíritus desaparecieron.

Harry miró las cartas un largo rato, luego, cuando fue claro que no volverían, volvió a juntar todo su mazo y lo dejó en el buró para él mismo tratar de dormir.

4

Harry despertó con el sonido de una discusión.

—¡No puede hacer eso! —gritó su madre.

—Es un squib, ya no podrá asistir a Hogwarts. El protocolo es…

—Cornelius —interrumpió la voz de Dumbledore con un tono autoritario que rara vez se escuchaba en él—, Harry no fue expulsado, no es necesario romper su varita.

—¿Para qué quiere un squib una varita? Sé razonable, Dumbledore.

—Esa no es razón para partirla en dos —intervino su padre—. Ministro, en todo caso, la varita de Harry ahora pertenece a la familia Potter. Las familias tienen derecho a disponer como quieran de las varitas de sus miembros. Su varita será guardad en la bóveda de los Potter, junto con las de nuestros antepasados.

Harry sintió que el vacío dentro de él crecía. Sintió una mano pequeña sobre su mano derecha. Giró su cabeza y miró allí a Pikeru.

—Está bien —dijo el mago blanco—. Hay muchas otras formas de hacer magia. Tienes suficiente Energía de Duelo para eso. En cierto sentido, ese es un tipo de magia diferente que nadie puede quitarte.

Harry asintió con la cabeza, aunque sin entenderlo del todo.

La discusión entre sus padres, el director y el ministro pareció terminar. Se volvió y vio salir al director junto con la profesora McGonagall y el ministro.

Sus padres se acercaron a él.

—Madame Pomfrey te ha dado de alta —explicó su madre—. Es hora de ir a casa.

Harry asintió. Su madre cerró las cortinas que rodeaban la cama para que pudiera cambiarse. Habían dejado una muda de ropa casual junto al buró. También notó que su baúl ya estaba allí.

Se cambió con lentitud, mientras pensaba en lo que estaba pasando. Estaba dejando Hogwarts para siempre. Cierto, pensaba abandonar para ir a la Academia de Duelos, pero era muy distinto irse de esta forma que en sus propios términos.

Una vez vestido con la túnica común, tomó su mazo y lo guardó en su bolsillo, luego salió de detrás de las cortinas. Sus padres le sonrieron, Lily se adelantó y lo besó en la frente, mientras James le revolvía el cabello y luego hechizó el baúl para que flotara detrás de ellos. Los tres Potter salieron de la enfermería. Los pasillos estaban vacíos mientras seguía a sus padres en dirección a la oficina del director. Al parecer, estaban en hora de clases.

Llegaron al despacho del director, donde estaban la profesora McGonagall, Dumbledore y Moody. El ojo mágico del Auror retirado se posó en él.

—Bueno, señor Potter, debo decir que fue un placer darle clases —dijo la profesora McGonagall. A Harry le sorprendió que se veía muy afectada. No era común ver a la estricta mujer demostrar sus emociones.

—Gracias por todo, profesora —correspondió.

La profesora asintió con dureza.

—Bueno, tengo que ir a dar clases. Cuídese mucho, señor Potter.

La mujer abandonó la habitación apresuradamente.

—Muy bien —dijo Dumbledore. El brillo en sus ojos estaba ausente y parecía que la edad finalmente lo había alcanzado—. Creo que es hora. Pero, recuerda, mi muchacho, incluso tras lo ocurrido, Hogwarts siempre será tu hogar.

Fawkes trinó con tristeza desde su percha como secundando las palabras de su dueño.

Harry asintió con la cabeza algo afectado.

—Gracias, director, por todo.

Incluso cuando no confiaba ciegamente en él anciano como sus padres y Charlus, Harry entendía que el anciano se esforzaba en hacer lo correcto. En especial en lo que se refería a sus alumnos.

Era momento de entrar a la Red Floo para viajar de vuelta a casa. Le habría gustado hacer el viaje final en el expreso de Hogwarts, pero eso era sólo para alumnos. Él ya no era estudiante de Hogwarts.

Su madre tuvo que tomarlo por la mano, como a un niño pequeño, para que pudiera pasar por la Red Floo. Eso fue todo, la prueba definitiva de que su núcleo mágico estaba completamente vacío. No le quedaba suficiente magia para usar el Floo por sí mismo.

Pero tampoco se sentía completamente con un squib o un muggle.

«Soy un duelista», se dijo.

Sí, eso era suficiente para él… al menos de momento.