Pues al final habéis tenido suerte y ha habido hoy capítulo. Tenía esta propuesta desde hace algún tiempo y se me ocurrió por fin la forma de plasmarla. Hay que decirlo, es más romántica que lemmon, pero me ha quedado una historia preciosa. O eso me lo parece, y eso que no soy amigo de escribir este tipo de historias. Es paradójico. Aunque también escribo yaoi, que tampoco soy muy amigo. Ya no es tan paradoja. O sí. Bueno, da igual. Espero que lo disfrutéis.
lalo101097: Pues creo que este capítulo te va a encantar. Romanticón y encima, parto de un Jerlita, al estilo que más o menos me sugeriste. Lo de mejores escritores de lemmon... bueno, creo que los hay mejores ^.^! Pero gracias :) Un saludo para ti.
carlosjim04: Sí, en el one-shot van a serlo xD Pero en el Revolution no, tengo otros planes para ellas xD
Moon-9215: Me alegra que te gustara :) Y si, yo creo que a Yumi, al menos en parte, le gusta por eso.
Usuario865: Pues el curso de informática, muy bien me fue. Tu idea, la tomo para el Revolution, porque... el especial de navidad será más especial de lo normal. No hay más pistas :P
Marilyn 38: Últimamente me sale un poco la vena romántica, no lo entiendo xD Y sí, en el canon de la serie, a Hiroki le gustaba Milly.
zuole: Ya han pasado las tres semanas, tranquilo xD Espero que te guste este. Y sí, Laura en Revolution necesita más peso (que lo tendrá) y Emily... es que salió de puntillas xD
Plebeyo
Francia. Una época que nadie recuerda en pleno medievo. La reina Aelita había heredado el trono antes de tiempo, después de que a los anteriores reyes la gripe les hubiera arrebatado la vida. Y el reinado, que desde niña había mirado con ojitos brillantes... ahora se le hacía aburrido. Tedioso. Y la libertad para ser reina con la que había soñado en su niñez, era una falacia, una cortina de humo.
Día tras día tenía audiencias con los príncipes herederos de reinos que, ni sabía dónde estaban situados, ni le importaba. Ella hablaba con ellos y dejaba que la cortejasen, pero no decidía nunca. Su corazón nunca podría pertenecer a alguien como ellos. Y aunque había muchos distinguidos, también se había topado varios degenerados. Pero ni al mismísimo heredero de la Tierra tenía intención de entregarle su mano. "Antes me la corto", pensaba ella.
Además, la realeza le alejaba de la gente. De niña, se le permitía salir a mezclarse con los niños de la ciudad. Pero dos años antes, en el momento en que dejó de ser "la pequeña princesa" para ser la "reina y señora de todo Francia", gran parte de las ocasiones que se reunía con la plebe era a la hora de escuchar sus peticiones. Los campesinos necesitaban dinero.
La única excepción era una vez a la semana, en que salía de los muros reales para ir a dar una vuelta a la plaza, al mercado. Pero se notaba fuera de lugar. La gente le miraba con demasiado respeto, cuando ella se sentía tan humana como cualquier otro. Y tener detrás de ella al consejero real no le ayudaba en absoluto. Muchos días había pensado en guillotinarle por sus "mi reina, no deberíais; mi reina, tenga cuidado; mi reina, no mire al mendigo a los ojos, que luego tenemos que adoptarlo".
Sólo había habido un joven que parecía haber roto con todas las barreras. Cada vez que pasaba por el establecimiento, el chico en cuestión (que debía ser un aprendiz) le enseñaba las más distinguidas prendas, halagando (siempre de igual a igual) lo bien que le sentarían las prendas. Ella sonreía cuando le veía, y lamentaba que el chico no "estuviera a la altura de su realeza", como decía el consejero.
Una buena tarde, Aelita tenía audiencia con Lord Stern, un hijo de las tierras germanas. Le encontraba formalito, pero le faltaba algo y no sabía decir el qué. En cierto momento, las puertas del gran salón se abrieron. El consejero entró a buen paso, seguido por dos guardias reales, que llevaban un preso.
—¡Mi reina! —dijo en voz alta, e hizo la reverencia habitual. Los guardias también, y obligaron a quien arrastraban dentro de la sala a inclinarse también—. ¡Hemos localizado un intruso merodeando los muros!
La chica se aproximó y de pronto lo vio. Era él. El joven Belpois. El aprendiz del puesto de costura del mercado.
—¡Os equivocáis! —protestó él—. ¡Mi reina, simplemente venía a traeros el manto que habíais requerido a mi maestro.
Aelita tuvo que pensar rápidamente. El chico le caía bien, pero el consejero no toleraría dejarle ir en seguida, y tampoco que desatendiera la pitanza con su vigésimo noveno pretendiente. Se acercó con la autoridad con que había sido educada, con la luz de las ideas alumbrando en su cabeza.
—Llevadle a la celda que hay más al fondo del calabozo —ordenó a los guardias, y sin que nadie reparase, susurró a su amigo—. No os preocupéis.
Jeremy Belpois se vio arrastrado al interior de lo más profundo del castillo. Los calabozos. No se lo podía creer. Pensaba que le había caído en simpatía. Y aunque le había dicho que no se preocupara, no podía evitarlo estando en aquella situación.
Se sorprendió gratamente al comprobar que en la celda que había más al fondo, donde fue puesto tras las rejas, no se estaba mal. Estaba resguardado en comparación del frío y largo pasillo por el que le habían llevado. Y desde la ventana tenía una bonita vista de los jardines reales, aunque no hubiera sabido decir si eran al norte o al sur.
No obstante, tuvo que esperar un par de horas (o eso le pareció), cuando algo ocurrió. No se abrieron las puertas. No, era uno de los muros de la celda los que se abrían. Como una compuerta secreta. Y tras la compuerta, la reina Aelita.
—¡Su Majestad! —exclamó él.
—Callad, y venid. Rápido —le urgió ella.
El chico la siguió. Ella cerró la compuerta, y empezaron a subir una escalera de caracol, larga cual guerra absurda, hasta que llegaron a una puerta de madera. La reina abrió y entraron ambos. A Jeremy le bastó una oteada al lugar para saber dónde se encontraban: era el dormitorio real, la alcoba de la reina.
—Perdonad mi brusquedad antes —dijo ella, inclinando la cabeza hacia adelante—. Fue descortés por mi parte, pero tengo un consejero real más insufrible que la lepra.
Jeremy intentó contener la risa, pero no pudo hacerlo. Sin embargo, la reina no parecía preocupada porque se saltara el protocolo.
—No os disculpéis, mi reina. Me hago cargo de vuestra situación —respondió él—. Y lamento haber perdido su manto... se me cayó mientras trataba de huir de su guardia. Mi maestro me matará... quizá prefiráis hacerlo antes vos.
—No te preocupes por ello —dijo Aelita. Jeremy se puso colorado por la confianza que se había tomado al hablar con él—. Y tampoco en necesario que tengamos formalismos para hablar. Menos aún en mis aposentos.
—Si me lo permitís, me sería más cómodo continuar hablándoos manteniendo nuestra distancia, mi reina. No es habitual para alguien como yo tratar con alguien de su linaje.
—¿Mi linaje es una barrera? —preguntó ella. El chico parecía no saber qué responder—. Eso me disgusta sobremanera. Estoy cansada. Resulta muy duro tener un país a tus pies que no puede acercarse a ti.
—Lo comprendo, mi reina... es decir, no lo comprendo —se rectificó al ver cómo le miraba ella—. En cualquier caso, si necesitáis algo, soy vuestro humilde siervo.
Aelita se acercó a él, e hizo lo único que él no había pensado que ocurriría: le abrazó. Sintió su cara encarnarse al sentir a la reina, a su reina, abrazada a él.
—Esto necesito, Jeremy —decir aquello aumentó aún más el desconcierto del chico. La reina, que debía tener demasiados habitantes para ser censados, conocía SU nombre—. Un amigo. Alguien de confianza, alguien del mundo real, que desconozca lo que es la realeza. Y eres el único en toda la ciudad que me ha tratado con cierta cercanía.
Temeroso, Jeremy la abrazó también. La reina apoyó la cabeza en su hombro. Pasaron un rato largo, hasta que empezó a caer la noche. Aelita pidió a Jeremy que volviera a la celda, y ella iría en persona a liberarlo de la forma adecuada.
Receloso, el consejero real accedió a que Aelita liberase al preso. Se alejó, indignado, mientras la reina acompañaba en persona al plebeyo por el error cometido en su captura. Antes de separarse, Jeremy recibió el pago de cinco monedas de oro por el manto perdido, y en un susurro, prometió a la reina que sería su amigo, antes de despedirse de ella, besando su mano.
Lo que Jeremy no esperaba es que su reina cometería una imprudencia: cada dos tardes, se disfrazaba, vestida como una mujer de la calle, iba a buscarle, y ambos salían a dar una vuelta. Él en estado de alerta, pero ella feliz de escapar durante unas horas de su vida como reina. Logró que el chico se relajaba cuando supo que la guardia real (a espaldas del consejero) conocía el aspecto humilde de la reina y tenían orden de dejarles ir sin interrupciones.
—Mi reina, cada día os veo mejor —dijo Jeremy, una tarde que volvió a ser arrestado, sólo para ocupar la celda que comunicaba con el dormitorio de Aelita.
—Gracias a ti —respondió ella—. Y a que he aprendido a usar mi influencia como reina a mi favor. Así nos dejan en paz, o puedo hacerte venir para vernos. Y además, me hacía falta hacerlo hoy también.
—¿Es por la reunión que habéis tenido con el heredero británico?
—Efectivamente. Ha sido tedioso. Te agradezco que hayas venido —le dijo, dedicándole su mejor sonrisa.
Se sentaron en la cama real, y Jeremy no percibía el brillo en los ojos de su reina. Cuando calló, esperó una respuesta. Aelita se armó de valor, y posó sus labios sobre los del chico, muy brevemente.
—¡Alteza! —exclamó él, anonadado, y se echó hacia atrás—. ¿Qué hacéis?
—Jeremy, me has dado unos días meravillosos. Has sido una persona única... me estoy enamorando de ti.
—¡Mi reina! Eso no puede ser. A vos os corresponde alguien de sangre real, que sepa gobernar el pueblo y que...
—¡Me niego! —protestó ella—. Eso puede estar bien para todas esas princesas de cabeza hueca que sólo buscan ser mantenidas, ir de compras, y ver pasar la vida. Yo necesito a alguien como tu. Yo te quiero a ti.
Se acercó a él. Jeremy parecía nervioso. Su reina le tiró sobre el colchón y volvió a besarle.
—Jeremy... eres el único que ha conquistado mi corazón. Por lo que eres, no por la posición social. Eso no me importa en absoluto. Y necesito saber... si mis sentimientos son correspondidos por ti.
—Mi reina... vuestros sentimientos son mutuos... pero debo insistir en que esto no es lo correcto... aunque si vos lo deseáis...
Ella se ofendió. Se levantó y fue hacia la ventana, a través de la cual miró con pesar. No... Jeremy no podía ser así.
—Jeremy... mi deseo no sirve de nada si tú no accedes. Quiero estar contigo y quiero saber si tú quieres estar conmigo o sólo vas a ceder porque soy tu reina. Quiero saber que lo que me has dicho —Jeremy se levantó y se acercó a ella— ha sido de verdad o sólo por regalarme los oídos. Y quiero saber —ella se dio la vuelta, le agarró por la camisa, y tiró hasta que quedaron a escasos milímetros— si me deseas como yo te deseo a ti.
—Mi reina... Aelita... —dijo él—. Aunque no me considero digno de ello, mi amor por vos es real. Todo lo que he dicho es cierto. Y en lo que respecta al deseo... por supuesto que os deseo.
Antes de que se dieran cuenta habían caído sobre el colchón real. A la luz de la chimenea, lentamente, ambos dieron rienda suelta a un deseo que había estado sellado por la barrera que separaba sus situaciones como reina y plebeyo. Eso había perdido su importancia. Jeremy no se creía que sus manos estaban ayudando a la reina a desnudarse hasta que esta se hallaba desnuda encima de él, que tampoco tenía su ropa ya.
Sus labios se besaban, probaban el cuerpo de la otra persona. Sintió un escalofrío cuando ella empezó a bajar por su cuerpo con los labios, hasta que estuvo a punto de llegar a su miembro. Se relajó un poco cuando ella se quedó besando su bajo vientre, y la erección de la estimulaba con la mano. Se alarmó de nuevo cuando la vio a punto de lamer su...
—Mi reina... no soy digno de...
—Como digas una tontería como esa de nuevo, te lo voy a hacer de todas formas, pero mordiendo —le advirtió ella, en un tono entre lo autoritario y lo divertido.
—¡Sí soy digno, mi reina! —dijo él, asustado.
Aelita sonrió y se llevó el miembro de su amigo a la boca. Lo degustó, y estimuló más al chico masajeando sus testículos con cuidado. La excitación de la chica aumentaba. Su deseo sexual había sido reprimido, y por fin podía darle rienda suelta. Y con un hombre que de verdad quería. Siempre se había imaginado que le tocaría entregarse a un hombre que no amara.
Jeremy tenía muy difícil controlarse. Deseaba a su reina desde la primera vez que la había visto. Pero siempre había pensado en lo suyo como lo que debía ser: un imposible. Pero no, no era imposible. Estaba ocurriendo. Aguardó unos minutos para disfrutar de la pasividad, pero le hizo detenerse cuando empezó a sentir el placer característico previo a un orgasmo.
Decidido a devolverle lo que había hecho, besó a la chica y empezó a bajar por su cuerpo. En lugar de ir directamente a por su sexo, descendió por una de sus piernas, acariciando a la vez el vientre de aquella mujer, y uno de sus dedos se escabullía rebelde para rozar su zona más íntima.
Ascendió a continuación por la otra pierna de la chica, besando la parte interior del muslo, y su lengua atacó su intimidad sin pensárselo. Aelita ahogó un grito de placer. Se dejó caer hacia atrás y disfrutó de las maravillas que el chico le hacía.
Se besaron unos minutos después, mientras se preparaban para lo que ambos deseaban.
—Jeremy... tienes que saber... que nunca me he entregado a ninguno de mis pretendientes. Soy virgen —le confesó—. Y me alegra haber esperado a que aparecieras tú para hacerlo. Así que... adelante. Tómame.
Jeremy ese quedó asombrado. Él tampoco había mantenido relaciones antes con una mujer. Pero estaba seguro de lo que quería hacer. Y ella además se lo había dicho. Dirigió su erección al sexo de ella, y la penetró despacio. Ambos ahogaron un gemido, la sensación de ambos fue más maravillosa que cualquiera otra que hubieran sentido antes.
Él empezó a bombear dentro de Aelita, muy lentamente al principio mientras se miraban y se besaban. El ritmo aumentó poco a poco. Jadearon. El sexo era tan agotador como maravilloso. Sobre todo por que estaban con la persona que de verdad querían.
—¡Jeremy! —exclamó ella al sentir su orgasmo.
—¡Aelita! —dijo el al culminar.
Pasaron varios minutos sin decir nada. Disfrutaban de lo que acababa de ocurrir. La chica se acercó a él, y este la rodeó con sus brazos.
—Os amo... —dijo Jeremy. Aelita carraspeó y le miró suspicaz—. Es decir... te amo.
—Eso me gusta más —dijo ella con una sonrisa. Se acurrucó contra él, con la idea de dormir un rato, y mientras lo hacía, pensaba que renunciaría a todo su reino si era necesario para estar con Jeremy hasta el fin de sus días.
No podía escribir un lemmon más "guarro" cuando era la primera vez de ambos, ¿verdad? xD Os compensaré con más lemmon en próximos capítulos, aunque en este me he centrado más en la historia (y en escribir diálogos en español antiguo, que me ha gustado bastante). Aún así os digo que me estoy reservando un poco para el especial de navidades. Pasarán varias cosas en él, así que debo "sacrificar" un poco los lemmon los capítulos normales y los one-shot para no ser muy repetitivo. Nos vemos el domingo con CLR. Lemmon rules!
