¡Hola a todos! Volvemos con los lemmon en una pequeña pausa de los zombies. Si tuviera cuatro manos podría hacer dos capítulos simultáneos (dos para cada teclado), pero como no es así me toca ir alternando las historias.
Alejito480: ¡Gracias!
Moon-9215: Gracias :D
CarlosJim04: Efectivamente, me conoces. No soy capaz de hacerlo xD.
isvimore: Me alegro de que te gustara ^^ No era difícil ponerlos en plan tiernos, quizá me anime a una pequeña secuela manteniendo el estilo.
Asustada
Samantha estaba nerviosa. Su paseo nocturno había tomado un giro inesperado cuando, en cierto momento de su caminata, alguien había cubierto su cabeza con una bolsa y se había visto empujada al interior de un vehículo. Tras varios minutos de angustia, la habían sacado de ahí y ahora se veía acorralada contra la pared. Un hombre, de unos treinta años, la tenía bien sujeta.
—Puto loco… —gimió.
—Puta tú, así vestida —respondió el hombre. Un hilillo de baba le resbalaba por la comisura de la boca—. ¿No te han enseñado tus padres a vestir como una chica decente?
Aquello hizo hervir la sangre de Sam, quien logró golpear a su agresor. Lamentablemente, este tenía más fuerza, le devolvió la bofetada y la tiró al suelo. A continuación se abalanzó a por ella, sujetando con firmeza sus muñecas.
—Vamos a divertirnos esta noche, perra —dijo, y le dio un lametón por toda la cara.
—¡Socorro! ¡Ayuda! —suplicó ella.
—Nadie te va a escuchar, nena… este sitio está abandonado y lejos de la civilización —se burló él, y se rio.
Rasgó la camiseta de Samanta. Ella sintió un dolor tremendo presionando en sus pechos. Intentó no mirar. Intentó resistirse, pero por más que forcejeaba, aquel hombre estaba bajándole el pantalón mientras le comía los pechos sin cuidado alguno.
—Ahora es cuando viene lo divertido —dijo este.
Logró tirar hacia abajo de las bragas de Sam. Pero fue lo último que hizo. Sonó un ruido metálico, y el hombre salió despedido hacia su derecha. Rodó por el suelo. La chica distinguió un objeto que brillaba. Largo, y empuñado por dos manos. Algo rojo goteaba de un punto de aquella barra de hierro.
—¡Samantha!
No se lo podía creer. Era Ulrich. Ulrich Stern, compañero en la academia Kadic donde ambos estudiaban, y el mejor amigo de Odd, el chico con el que nunca se confirmaba si estaba saliendo.
—¡Vámonos de aquí! —apremió él—. ¡Antes de que se levante!
—Pero… tú… ¿qué haces… cómo sabías…?
—Casualidad. ¡Vamos!
—¿Está muerto? —preguntó, mientras intentaba ponerse en pie, pero le temblaban las piernas.
—No le he dado tan fuerte… qué pena —respondió el alemán sin poder ocultar un tono de desprecio absoluto—. Espera.
Se quitó la chaqueta y la usó para cubrir a la chica. La abrochó bien, y le hizo pasar un brazo por encima de él.
—¿Puedes caminar?
Ella asintió lentamente, y caminaron fuera de allí.
El aire fresco despejó su mente. Y fue consciente, fuera ahora de peligro, de lo que había estado a punto de ocurrir. Un loco había intentado forzarla, y lo hubiera conseguido de no ser por aquella aparición inesperada. Ulrich tiraba de ella con energía, ahorrándole mucho el trabajo.
—Ulrich… en serio… ¿cómo conocías tú ese sitio?
—Los demás y yo hemos pasado muchas horas en esa fábrica abandonada… pero no es momento de hablar de eso —respondió Ulrich.
—No puedo volver así… a Kadic —murmuró la chica.
Pero Ulrich no la estaba llevando de camino al Kadic. Cuando llegaron a las primeras urbanizaciones en las cuales ya se podía considerar que estaban dentro de la ciudad, el chico la condujo a un piso de uno de los bloques que habían construido ahí recientemente.
—¿Dónde estamos? —preguntó ella según entraban.
—En mi casa —respondió Ulrich—. Mis padres se mudaron aquí hace poco. Bueno, yo prefería quedarme en Kadic con Odd, y de momento allí sigo. Me dieron una copia de las llaves por si me hiciera falta. Y van a estar fuera toda la semana.
—No me encuentro bien…
El chico aguantó con suerte a su amiga cuando esta quedó medio inconsciente. Tiró con cierto esfuerzo de ella hasta llegar a un dormitorio que por el aspecto nadie lo había usado aún. Subió a la chica sobre la cama con cuidado. Ella abrió los ojos, y cuando vio al chico tan cerca de ella, saltó hacia atrás, y a punto estuvo de caerse del colchón.
—¡Atrás! —gritó.
—¡Sam, Sam, calma! ¡Soy Ulrich!
Este había retrocedido, pero le estaba tendiendo la mano. Con cierto nerviosismo, ella se agarró y pudo volver a subir a la cama con normalidad.
—Lo siento, yo…
—No hace falta que te disculpes… no me imagino lo que ha tenido que ser… estar ahí en tu lugar.
—Tengo mucho miedo…
—¿Quieres que me quede?
Sam no sabía qué responder. Nunca hacía ascos a la compañía, pero aquella noche estaba hecha un manojo de nervios. ¿Qué debía hacer? Estaba intranquila. Pero bueno. Ulrich era de confianza, ¿verdad? Podía confiar en él, era un buen amigo.
—… Quédate, por favor.
Se echó a un lado para dejarle un hueco al chico. Pero se vio de pronto con muy poco espacio para moverse. Ulrich estaba muy cerca. Tal vez podrían ir a la cama de sus padres. Sólo iban a dormir. Pero eran una cama amplia, pensada para otros menesteres… Intentó dormir, pero sólo lo consiguió a ratos.
A las tres de la mañana se desveló por completo. Algo ocurría. Sentía algo sobre ella. Se tensó, dispuesta a defenderse. Pero no. Era sólo una manta que Ulrich le estaba pasando por encima. La verdad, no se había dado cuenta, pero tenía algo de frío. De reojo, vio que él se echaba otra manta por encima, sin meterse bajo la misma que ella. Cerró los ojos de nuevo, e intentó descansar.
—Gracias por lo de anoche.
Sam estaba desayunando con Ulrich. Había preparado café y sacado unas magdalenas. Comían en silencio. Ulrich se preguntaba si debía establecer conversación con la chica o preferiría quedarse callada, pero había demasiada tensión en el ambiente.
—¿Quieres hablar de lo de anoche?
—No.
El alemán asintió.
—¿Prefieres hablar de otro tema?
—Sí, por favor. Esto se vuelve violento —pidió Sam. No se reconocía a sí misma, pero se veía incapaz de empezar una conversación natural por su cuenta—. La verdad, quería saber… ¿cómo llevas lo de Yumi?
Ulrich inspiró antes de responder. Yumi y su familia habían vuelto a Japón de manera indefinida. Su padre había sido ascendido y enviado a la sucursal de Tokyo. La señora Ishiyama se había negado en rotundo a dejar a sus hijos estudiando en Francia mientras ellos volvían, de forma que todos ellos hicieron la maleta y se marcharon. Había pasado un mes.
—Mal. Aún la echo de menos. Será mejor que nos vayamos.
—No quería hacerte daño —murmuró la chica—. Pensé que quizá tú querrías hablar de lo tuyo.
—Me parece que hoy vamos a estar muy callados los dos —respondió este. Recogieron la mesa y se dirigieron al Kadic.
A Odd le faltó tiempo para asombrarse y luego ponerse a maldecir cuando le contaron lo que había ocurrido. Se pasó todo el día comprobando el estado de Sam, pero ella realmente consideraba que necesitaba un poco de espacio. De todo lo horrible que le podría haber ocurrido, la intervención fortuita de su amigo la había salvado de algo mucho peor.
Y poco a poco, empezó a enfadarse. Con el paso de los días, Odd empezó a dejar en segundo plano el saber el estado de ánimo de su novia, y quería saber si se veía preparada de retomar su actividad sexual. Tenían la costumbre de fugarse todas las tardes a la Ermita (Odd aprovechaba que ya no se acercaban por ahí) para tener contacto físico.
Pero a Sam no hacía sino agobiarle tanta insistencia, y cuanto más le preguntaba, más le apetecía soltarle una bofetada. Además, sabía que Odd se mordía la lengua. Le conocía, y estaba segura de que este pensaba en argumentos tales como "fuiste tú quien querías hacerlo conmigo" o alguna idea similar.
Ulrich contemplaba el deterioro de su relación y se preguntaba si el rubio era consciente de esto. Y aunque se sentía mal por el hecho de ver a sus amigos peleados (un egoísmo cuando tu amor desaparece de tu vida), centraba sus energías en olvidar a Yumi. Incluso había tenido un par de citas con Sissi, que habían salido más o menos bien. Sobre todo porque este enviaba mensajes regulares a Samantha, preocupado por la situación. Era el mejor amigo de Odd, pero sabía que este se equivocaba y que ella necesitaba algún tipo de apoyo.
Y un viernes por la noche estaba sentado en el sofá de su casa. Había acordado volver con sus padres los fines de semana, aunque estos habían vuelto a salir y no volverían hasta el lunes. Estaba viendo una película cuando llamaron a su puerta. Se levantó a abrir.
—¡Sam! Qué sorpresa.
—¿Puedo pasar?
Este se hizo a un lado y dejó a la chica entrar. Pasó tras ella, la ofreció sentarse y le preguntó si le apetecía tomar algo.
—No, gracias. Es sólo que necesito hablar, o un día terminaré estrangulando a Odd.
—Oh. Es eso. Mira, sé que es un idiota…
—Lo es.
—Pero te quiere…
—Lo sé.
—Aunque sea tan…
—Gilipollas.
—Vale, estás enfadada, me ha quedado claro —dijo Ulrich, intentando suavizar el ambiente.
—Me presiona demasiado. ¿Por qué todos los tíos pensáis sólo con el pene?
Ulrich tuvo que reír ante ese comentario.
—Hablaré con él. Sin mencionar que hemos hablado, solo lo que he visto estos días.
—Gracias —dijo Sam. Se revolvió un poco en el sofá—. En realidad… es que me apetece volver a intentarlo, ¿sabes? Tener sexo. Pero está muy pesado. Y eso que la primera vez que lo hicimos estaba más inmóvil que una estatua.
—No sé si quiero conocer los detalles —interrumpió Ulrich—. Pero entiendo que no te apetezca. Aunque tienes dos problemas.
—Solo uno. Para lo mío, me basta con tener a alguien de confianza para acostarme con él.
—Oh. Pero eso sería… bueno, engañar a Odd.
—Ya. Como si él no me lo hubiera hecho a mi.
—¿En serio? ¿Y no has hecho nada? ¿Por qué?
Samantha se encogió de hombros.
—Pues bueno. Si es lo que crees que debes hacer…
—¿Lo hago?
—Supongo.
Y entonces Ulrich se vio besado en los labios.
—¿Qué haces?
—Tú eres esa persona, Ulrich.
—¿Estás borracha?
—No. Es que me he dado cuenta. Tú eres de confianza. No has querido abusar de mi. Me has cuidado. Es lo que necesito hoy. Por favor.
—No puedes pedirme por favor que nos acostemos…
—¿Por qué no?
—Tú y yo nunca…
—Oh. Es eso. Me consideras fea… —Sam hablaba como si acabase de darse cuenta de algo—. Pensaba que cuando desviabas la mirada era porque te daba vergüenza que Yumi te viera mirándome. Y resulta que no, que te resulto desagradable a la vista.
—Eso es una tontería. Claro que no eres fea.
—¿Entonces? Dime una buena razón.
Pero el hecho de ser el mejor amigo de su novio a Sam no le valía, ya que insistía en conocer las veces que Odd se había tomado alguna libertad.
—Ven… desnúdame —pidió la chica.
Se dejaron resbalar a la mullida y suave alfombra del suelo mientras Ulrich iba a por ella. Con cuidado, obedeció, levantando la camiseta de la chica en primer lugar, sorprendiéndose por el tamaño de sus pechos, y luego le retiró el pantalón vaquero. Sam estaba solo tapada por un sujetador y unas braguitas de encaje de color rojo.
—¿Te gusta lo que ves?
—Sí —respondió Ulrich. Se desabrochó la camisa, se deshizo de su cinturón, y se libró de su pantalón—. ¿Y a ti?
—Mucho. ¿Sabes? Alguna vez te he mirado en la piscina —confesó la chica.
Este se tumbó sobre ella y empezaron a besarse. Sintió que Sam se tensaba un poco. Tal vez sería mejor girar y dejarla quedar encima. Que no se sintiera aprisionada. Efectivamente se relajó un poco. Probó a acariciar su cuerpo. Siempre le había parecido bonito, pero nunca había podido mirarlo sin culpa. Hasta esa noche.
—Termina lo que has empezado.
Terminaron ambos desnudos en aquella superficie que era como un colchón. Ella se sentó sobre él, con su pene perfectamente alineado con su vagina.
—¿Quieres hacerlo así? —preguntó el alemán.
Pero Sam se acercó a su oído y le susurró: ¿Podrías darme un poquito de sexo oral? Sintió que los brazos del chico le sujetaban y giraba para volver a quedar encima. Pero no la aplastó, sino que bajó por su cuerpo y miro con lujuria el sexo de Samantha.
Probó a jugar un poco con su dedo. Obtuvo un buen resultado. Un gemido de placer. Comprobó lo satisfactorio que era ver su cara de gusto por lo que le estaba haciendo. Sonrió. Jugó un poco más. Podría quedarse ahí la cosa. Pero algo le impulsó a probar con su lengua el sabor de la húmeda cavidad de la chica. Y le gustó. Como le gustó a ella sentir su húmeda jugueteando en su vagina. El chico acertaba en su clítoris, excitándola. No se arrepentía de habérselo pedido.
Se sorprendió a sí misma acercándose al orgasmo. Quería probar con Ulrich la penetración, pero aquello se sentía demasiado bien como para pedirle que se detuviera. sus gemidos se volvieron cada vez más audibles. Ulrich hundió más su lengua en el sexo de la chica mientras la dirigía a su clímax, el cual notó en un largo escalofrío en el cuerpo de Sam.
—Me ha encantado… —dijo con un hilo de voz mientras se recuperaba. Se incorporó con cuidado—. Eres muy bueno, ¿lo sabías?
—No, no me habían informado —respondió Ulrich, un tanto incómodo, aunque le enorgullecía la opinión de la chica—. ¿Estás ya satisfecha?
—No del todo… y además, tú tampoco —dijo señalando el pene del joven, que estaba completamente erecto.
—Pero esto es por ti…
—Por eso. Necesito que lo hagamos.
—¿Sin preservativos?
—Tomo la píldora. Con el novio que tengo, ¿crees que nos da tiempo a usar la gomita?
Ulrich tuvo un segundo para pensar en lo imprudente que era el rubio antes de pensar en Sam subiéndose sobre su cuerpo. Su cuerpo era cálido y suave. Y a ella le gustaba el tacto de la anatomía de él. Se sentía segura. Y excitaba. Ulrich estaba muy bueno y le agradaba resultar de su gusto también.
Sintió su pene deslizándose contra su vagina. Excitante, placentero. Se sirvió unos momentos más disfrutando de la sensación antes de permitir que resbalase dentro de su vagina. Suspiró cuando le tuvo por completo dentro de ella. Pasó sus manos sobre los hombros de Ulrich, y sonrieron cómplices.
La chica empezó a rebotar sobre el pene de Ulrich. Este dejó que sus manos acariciasen el cuerpo de Sam hasta que llegó a sus nalgas, y la ayudó a subir y bajar. Ella se movía despacio pero con ganas. Sí. Esa era la sensación que añoraba. Sexo seguro con alguien con quien le apeteciera estar. Y esa noche la persona era Ulrich.
Volvió a besarle lentamente mientras notaba el cuerpo del chico tensándose. Era un indicio de que iba a culminar. Eso estaba bien, porque entonces a él le estaba gustando como a ella le estaba gustando. Movió sus caderas ligeramente más rápido, pero no le apetecía correr. Era una noche de hacerlo con calma.
Sintió que Ulrich derramaba su semilla dentro de ella y aminoró el ritmo. Se recuperaron, pero no se apartó de donde estaba. Notar al chico dentro de ella le gustaba mucho.
—¿Mejor ahora?
—Sí… y me quiero sentir mejor todavía…
—¿Pretendes que lo hagamos durante toda la noche?
—¿Es que tienes un plan mejor? —preguntó ella, con cara de inocente. Pero Ulrich sabía que no había mucha inocencia en sus intenciones. Y en ese momento, ya no le importaba.
¿Os ha gustado? Creo que alguno me querrá matar por haber separado el Ulumi, o por la actitud de Odd, pero sinceramente, no le veía mucho tiempo aguantando la situación con Samantha después de lo que le ocurrió (no nos olvidemos que Odd era un picaflor en el original). Pronto, algún one-shot o episodio zombie. No sé. Lo que me inspire primero. Lemmon rules!
