Disclaimer: Esta historia no me pertenece, los personajes son de Stephenie Meyer y la autora es Hotteaforme, yo sólo traduzco sus maravillosas palabras.
Disclaimer: This story doesn't belong to me, the characters are property of Stephenie Meyer and the author is Hotteaforme, I'm just translating her amazing words.
Thank you Hotteaforme for giving me the chance to share your story in another language!
Gracias a Yani por ayudarme a betear esta historia.
Capítulo 11
Se aparta lentamente, midiendo mi reacción, buscando algo en mi rostro.
Exhalando temblorosamente, me llevo el labio entre los dientes. Pasan un par de latidos y él hace ademán de decir algo más. No lo pienso… solo actúo. Cierro el espacio entre nosotros otra vez; mis labios rozan tentativamente los suyos, suaves como el toque de una pluma, y luego con más firmeza cuando él responde.
De forma lenta, apasionada, un poco descuidada, su lengua se posa sobre la mía cuando me abro a él, mis manos le rodean el cuello cuando se para por completo, haciéndome retroceder un paso y empujándome con gentileza contra la mesa. Sus manos vagan, toman mi cara y luego curva sus dedos en mis caderas, acercándome a él, haciendo ese ruidito en su garganta que manda estremecimientos por mi espalda.
Es como si lo de antes nunca hubiera pasado. Es como si estuviéramos en esta burbujita donde solo estamos él y yo, y nada de afuera importa. Solo estamos. Esto es todo.
Su pulgar roza la parte superior de mis pechos, sobre el delicado encaje donde se encuentran mis pezones. Nuestras bocas se mueven más orientadas, con un poco más de urgencia y es tan… tan jodidamente bueno; gimoteo.
Arrastrando su boca de mi mejilla a mi mandíbula, baja por mi cuello, roza mi piel con sus dientes, encuentra un punto que le gusta, saca la lengua para probar mi carne, me chupa, me marca. Me estremezco, dejo caer la cabeza a un lado.
—Si fuera un mejor hombre, me detendría —dice con un suspiro pesado.
—No seas uno entonces —le digo, ardiendo de deseo. Quiero esto; lo quiero a él; hay un dolor entre mis piernas que ruega por ser calmado. Empujando su frente con la mía, baja la boca para besarme profundamente otra vez.
Gime y luego se aleja. Sus manos me aprietan la cintura.
—Te deseo —admite en voz baja—. Jodidamente mucho.
No quiero sonar tan desesperada como me siento, así que permanezco en silencio, mirándolo luchar consigo mismo, sus ojos arden en los míos. Sin embargo, para mi alivio no puede contenerse, y su boca se mueve para cubrir la mía de nuevo, sin prisas, con tanta intensidad que siento que podría ahogarme en él.
Gime guturalmente, sus manos me suben bruscamente la falda de mezclilla, me levanta sobre la mesa, se aferra a mis muslos desnudos al meterse entre mis piernas. Nuestros besos se llenan de tensión, nuestros dedos van dejando un rastro de anticipación cuando mis piernas le rodean las suyas y él se presiona, duro, justo donde lo quiero. Sus dedos se meten debajo de mi falda para encontrar la orilla de unas braguitas de encaje, empiezan a jalarlas, mis propios dedos batallan con el botón de sus jeans.
Y teléfono suena de repente, el tono es irritante.
Ambos nos congelamos.
Masen maldice en voz alta, me deja jadeando en su pecho.
—Tengo que contestar —dice a modo de disculpa, mete la mano en su bolsillo trasero y saca su celular, abriéndolo.
—¿Sí? —dice, molesto, todavía está aferrado a mi cintura con su mano libre, encuentra las trabillas de mi falda y tira de ellas.
Alguien está hablando muy rápido del otro lado. Masen permanece callado, su expresión en blanco.
—Sí, lo sé.
Estiro la mano para tocarle la piel y sonrío cuando se tensa bajo mis dedos, trazo figuras lentamente sobre sus abdominales, subo hacia su pecho y luego bajo hasta llegar justo por encima de la cintura de su bóxer. Se estremece, su polla se mueve a través de sus jeans, y no puedo contener la sonrisa.
—Pues se lo dijimos, ¿no? Así que arréglalo, Ben, ¡deja de ser un maldito cobarde! —Se detiene, escucha antes de hablar de nuevo—. ¿No puede esperar? —dice y me mira. Escucha con atención, su mano deja mi cintura y se pellizca el puente de la nariz, y luego hace una mueca de dolor cuando recuerda que tiene golpeada la cara—. ¿Me estás jodiendo? Bien. Bien. Estaré ahí, dame una hora.
Pausa.
—Sí, eso haces… ¡vete al carajo, hombre! —Cierra de golpe su celular, aventándolo a la mesa—. Carajo —maldice de nuevo y agarra su cerveza, dándole un trago.
Cualquiera que fuera el momento en el que nos encontrábamos, ya se fue.
Masen arruga la cara, luego hace una mueca, se frota la nuca y deja caer la cabeza contra la mía con un suspiro de arrepentimiento.
—¿Tienes que irte? —digo, un poco perdida.
—Sí. —Me mira, lleva una mano a mi mentón, deja un suave beso en labios sensibles—. Créeme, no quiero ir a ninguna parte en este momento.
Lo sé porque yo tampoco quiero ir a ninguna parte en este momento.
—Quédate —dice después de un latido.
No tengo que pensarlo.
Solo le digo que sí.
…
Se va después de cambiarse la ropa; la pérdida de su presencia es más notoria de lo que quiero admitir. No sé por qué hace tanta diferencia, pero después de todo lo que pasó esta noche, siento que lo necesito aquí; más cerca.
Me quedo sentada con los ojos cerrados por largo rato, sin entender muy bien cómo es que ha sucedido tanto en una sola noche. Una noche agitada, por decir lo menos. Parece uno de esos días en los que faltaba a la escuela, fumaba en casa de algún amigo, bebía hasta quedar entumecida y despertaba junto a alguien, en otra parte.
Y él. Y esas palabras y su boca. Dios. Resultado de la impulsividad y las circunstancias, pero me mentiría a mí si dijera que no se sintió bien; que no lo deseaba. Me permito pensar que quizá él ha querido hacer esto desde hace tiempo. Sin embargo, es difícil de comprender, no estaba esperando que me besara.
Las palabras de James se agitan en mi cabeza. Tal vez solo piensa que soy fácil. Siento la pena empezar a subir en mí.
Tal vez eso es lo que soy… una follada fácil.
Abro las puertas que dan a un pequeño balcón, me siento en la silla de metal negro y miro la ciudad, fumo hasta que ya no puedo sentir mis dedos, mi mente está demasiado agitada para dormir. Dijo que no tardaría tanto.
¿Y entonces qué?
Regresando adentro, paso cinco minutos intentando adivinar como hacer funcionar su televisión, y otros cinco cambiando sin pensar los canales hasta que estoy viendo las noticias. Dejo eso, intentando no pensar en todo lo malo que sucedió esta noche, intentando no pensar en nada, mis ojos se sienten pesados.
Juro que apenas había pasado un segundo desde que los cerré, apoyando mi cabeza en un cojín que se amolda adecuadamente, antes de ser despertada por el sonido de una puerta. Sigue estando oscuro afuera cuando levanto la cabeza, en estado de alerta, el brillo de la televisión ilumina el cuarto.
—Soy yo —dice, sus pisadas se acercan y vuelvo a recostar la cabeza—. Vuelve a dormir. —Soy vagamente consciente de que me está poniendo algo cálido sobre el cuerpo, y luego siento el suave roce de sus labios en mi frente.
Mis sueños se hacen más vívidos, los recuerdos salen de las profundidades donde he intentado encerrarlos. James y sus puños y su temperamento, él siguiéndome esta noche, y la vez que le dije que no y no se detuvo. Ni siquiera intenté pelear contra él, solo dejé que pasara y enterré el recuerdo debajo de otras mierdas en las que no quiero volver a pensar jamás.
Me despierto de golpe, jadeando, pegajosa a causa del sudor, con un lloriqueo en mis labios. Mi visión es borrosa y mi corazón late tan fuerte porque es como si pudiera sentir su toque en mi piel. Me hace arrastrarme; quiero deshacerme de eso. Quiero tallarme hasta quitármelo.
Parpadeo y parpadeo intentando respirar, pero él me está ahogando, tiene sus manos en mi garganta, mis manos en mi garganta intentando quitármelas.
—Oye, oye —dice Masen, su cara aparece en mi campo de visión, sus dedos me apartan gentilmente las manos del cuello—. Está bien. Son solo pesadillas.
Sacudo la cabeza, mi respiración sigue entrecortada, me presiono los ojos con las palmas de las manos.
—Recuerdos. —Arrugo la cara—. Mierda.
No me encuentro con sus ojos. No puedo. Tiro de las borlas en la manta con la que debió haberme tapado, es de cuadros cafés y morados.
—Debí meterle una bala en la cabeza —me dice con arrepentimiento—. Debí dejar pegado su cerebro al piso.
—No cambiaría nada —digo con un encogimiento infeliz. Porque no lo cambia, no cambiará. Él no puede deshacer lo que ha hecho James. Nadie puede. Repito las palabras que le dije antes—. Él no vale la pena.
Se queda callado ahí sentado a mi lado, mirando hacia la oscuridad, su amoratado perfil es iluminado por el brillo de la televisión, destellos de imágenes en movimiento se reflejan en sus ojos.
—¿Recuerdas que te dije que me recordabas a alguien aquella mañana en el puerto? —dice de repente, en la quietud entre nosotros.
—Sí —digo lentamente. Cuando lo acusé de tenerme lástima.
Suspira pesadamente, se recarga en el sofá y se gira hacia mí.
—Me recuerdas a mi mamá.
—¿Tu mamá? —Estoy sorprendida, la implicación avanza lentamente sobre mí. ¿Su mamá?
—Perdió a su primer esposo, el papá de Carl, cuando él era muy joven. Conoció al mío; era un alcohólico holgazán. Solía golpearla hasta el cansancio solo por respirar mal. También a Carl. Yo no sufrí mucho en comparación. —Saca sus cigarros y me ofrece uno. Agarro uno mientras él se lleva uno a la boca, lo enciende e inhala profundamente antes de encender el mío.
»Lo dejó cuando yo tenía dieciséis, pero él nos encontró a ella y a mí. La roció con ácido. Casi no sobrevive. Carl me culpa. Debí luchar más fuerte contra él, pero no era-no era como soy ahora.
—Eras un niño. —Meneo la cabeza, me siento enferma. Trago con fuerza—. No fue tu culpa. —Hago una pausa, permito que el humo me llene los pulmones—. Lo siento mucho, por tu mamá. Ella… —Me tropiezo intentando encontrar las palabras adecuadas.
—Ahora se dedica a dar pláticas motivacionales, mierdas de la iglesia. La mantiene ocupada.
—O sea… ¿ayuda a otra gente en situaciones similares? —Asiente y pregunto de forma tentativa—. ¿Y-Y tu papá?
—Está muerto —responde gélidamente. No le sonsaco más información, pero hay una pesadez que permanece alrededor de esa palabra.
Siento que él ha derribado una pared, me deja ver una parte de él. Me deja conocerlo en una forma de sí mismo que no creo que ofrezca mucho.
Me mira de forma fiera.
—Supe que era igual contigo en el minuto en que vi tu cara junto a ese motel. Te ponía las manos encima; te enviaba a hacer sus mierdas porque sabía que lo había jodido. Maldito cobarde.
Le da una larga calada, hay un ligero temblor en sus manos.
—Debí matarlo esta noche. Quería hacerlo. Quería hacer eso para ti. Creí que él iba a…
Me acerco a él de repente, mis brazos le rodean el cuello, le beso la mejilla, no quiero escuchar que lo dice. Me acerca más a él, su brazo libre me rodea la cintura, ya se ha silenciado.
—Espero que sepas que todo lo que él dijo fueron puras mierdas.
¿De verdad lo son?
—Vamos —dice después de un rato, apaga su cigarro y me jala para pararme.
Nos lleva a su habitación y se acomoda en la cama.
—Duerme. Aquí estoy.
Me meto en la cama junto a él, en el lado más apartado de la puerta, hay unas cobijas cafés que huelen tan embriagadoramente bien como él. Se pone de lado, su pecho en mi espalda, él está tan cerca que puedo sentir su aliento en mi cuello cuando me rodea con un brazo, el peso es confortante, como un ancla, me detiene de irme a la deriva en un océano de emoción. Se acerca más, deposita un beso en mi nuca que deja una sensación hormigueante por toda mi espalda.
Volviéndome a dormir, me dejo arrullar por la seguridad, el ritmo estable de su respiración, los suaves toques de sus dedos sobre mi piel.
…
Me despierto antes que él, su reloj me dice que son casi las dos de la tarde, la luz del sol le da directo en la cara por las cortinas que no están cerradas. Nos movimos mientras dormíamos, mis piernas están entrelazadas con las suyas, tengo la cabeza apoyada en la base de su cuello. Se quitó la camiseta en la noche, tiene las costillas negras y azules, su cara está igual. Y él hizo eso por mí. Por mí.
Mis pensamientos se nublan con imágenes de lo que pasó anoche y me levanto lentamente de la cama, salgo descalza silenciosamente de la habitación en busca de un vaso de agua y mi mochila. Necesito un cigarro y una ducha, en ese orden.
Él sigue durmiendo profundamente cuando regreso a la habitación y me dirijo a su baño. Todo en su apartamento es muy elegante, tardo mucho en descubrir cómo funciona su regadera, pero eventualmente lo entiendo y me quito la ropa de anoche.
Termino oliendo su gel de ducha porque él siempre huele malditamente bien y me pregunto si sería muy raro usarlo. Asumo que no le molestará ni le importará, así que lo uso.
En cuanto cierro la ducha, puedo escuchar su voz a través de la puerta.
—Me importa un carajo. Quiero que lo hagan.
Hay silencio.
—Sí. Pues tendremos que esperar, pero esto necesita ser jodidamente meticuloso… sí, estoy seguro. Mira, ¿alguna vez te he fallado? Exacto…
Está caminando de un lado a otro con el teléfono en la oreja cuando salgo del baño, llevo puestos unos skinny jeans y una vieja camiseta de una banda que he tenido desde que tenía trece años, la llevo atada a un costado porque es demasiado larga. Alza la vista y me ve recién bañada, llevo el cabello atado en un chongo desaliñado y la mirada en su rostro me hace sentir caliente otra vez.
Regresa su atención brevemente a la conversación.
—Claro. Sí, hombre, te veo después. —Cuelga, aventando el celular a la cama, sus pies descalzos se hunden en la alfombra gris cuando se acerca a mí, todo músculos esculpidos y piel sin marcas.
No intenta saltarme encima, como quiero que haga, a pesar de que puedo ver el calor en sus ojos; lo siento en sus manos; agarra mi cuerpo y me jala a él. Me pregunta si está bien, y cuando digo que sí, me besa con una pasión que me deja débil de las rodillas.
…
Acelerando a través de un domingo adormilado en la ciudad, el sol de la tarde baja en el cielo mientras Masen me lleva a casa de María. Ahora existe este asunto no hablado entre nosotros. Después de ayer, después de anoche, y no estoy segura de cómo lidiar con ello, cómo manejarlo… así que no lo hago. Tengo muchas ganas de aferrarme a la sensación como para abordarlo.
Masen nos preparó pizza y platicamos, mucho. Bueno, yo hablé, él escuchó e hizo preguntas. Lo hice reír y me gustó eso, a pesar de que eso le provocó una mueca por su cara. Se sorprende cuando descubre que todavía no tengo los veintidós, y que me lleva nueve años. No creía que fuera tan joven, pero le quito importancia. James no era mucho más joven que él.
Las palabras me queman la boca cuando llegamos a la parte de la ciudad donde vive María hasta que las suelto.
—Esa chica, de anoche… —me voy callando, insegura de mí. No es de mi incumbencia, en realidad, pero necesito saberlo ya.
—¿Kate? —dice, aclarándose la garganta—. Nos acostamos un par de veces hace unos meses… pero, carajo, está jodidamente loca. Creyó que eso nos convertía en algo que no éramos y cuando me ve, se porta como un perro con un maldito hueso. Intento evitarla, pero a veces es imposible, especialmente cuando Alec me tiene de jodido niñero. —Hace una mueca.
La forma tan honesta en como habla me relaja, pero la idea de ella estando con él hace que mi monstruo de ojos verdes arda.
—Creí que tal vez era tu novia, sabes.
—De ninguna maldita manera.
Masen examina el vecindario de María con mirada afilada cuando entramos a su calle, tengo que inclinarme hacia enfrente y señalar la casa exacta, de otra forma él se habría pasado.
Me detiene cuando intento abrir la puerta del carro de inmediato, pone su mano en la mía.
—¿James sabe que estás aquí? —pregunta con seriedad.
Niego con la cabeza.
—No creo.
—Tu "no creo" no es lo suficientemente bueno, Bella —me dice.
—No.
Eso lo hace asentir, su mandíbula se relaja.
—Él ya no debería ser un problema, pero si sospechas que te está buscando, necesitas avisarme. Yo lidiaré con eso.
Agarra su cartera, sacando todos los billetes.
—Toma esto.
—¿Qué? No puedo… Masen, guarda tu dinero —digo, alarmada.
—No lo necesito. Es solo para ayudarte, para que salgas adelante. Por favor. Acéptalo.
Sigo vacilando cuando me gira la mano y cierra mi puño alrededor del fajo de dinero.
—Quiero que lo tengas.
—Bien —cedo—. Gracias. Esto es… solo… gracias. ¿Tal vez pueda pagarte algún día?
—No necesito que hagas eso —dice, sacudiendo la cabeza.
Me acompaña a la puerta, la llave todavía no entra ni a la mitad en el cerrojo cuando su mano encuentra la mía otra vez y detiene el movimiento, me gira y me apoya en la puerta, me besa con fuerza, pone una mano en mi cabello, me deja sin aliento.
Su teléfono suena otra vez desde su bolsillo y tengo que reírme. Él lo ignora esta vez.
—Quiero volver a verte.
—¿Sí?
—Sí. Enciende tu teléfono, te llamaré. ¿Si quieres? —Me aparta el cabello de la cara, un golpe de euforia se extiende cuando me mira.
—Ajá. Quiero. Quiero decir, sí —digo, tropezándome con las palabras.
Con un último beso apasionado y una sonrisa tan grande que me devasta, baja corriendo los escalones y se sube a su carro. Lo miro irse, el carro ruge por la calle hasta que está fuera de mi vista, me llevo los dedos a la boca, mis labios siguen cosquilleando, mi piel sensible.
Entonces me doy cuenta que él debió haber intentado llamarme antes de esto, en algún punto durante la semana cuando mi teléfono ha estado apagado, y hace que mi corazón se salte un latido.
Abriendo la puerta por completo, en silencio, no hay nada que me prepare para la ráfaga de movimiento que me rodea con gritos de alivio.
—¡Es ella, aquí está! —Mi cerebro tarda en reaccionar cuando Charlotte, en persona, se aparta y me mira revisándome de cabeza a pies—. ¿Dónde carajos has estado? ¡No hemos estado volviendo locas aquí!
Las disculpas salen de mi boca cuando María aparece detrás de Charlotte, pálida y con ojos rojos como si hubiera estado llorando.
—¡B! No tienes idea de lo preocupadas que estábamos. Sé que dije que te metieras debajo de un chico, bebé, ¡pero no esperaba que desaparecieras, carajo! ¡Estábamos a punto de reportarte como perdida!
…
Extendidas por toda la sala, Charlotte está sentada en el sofá a mi lado, María está a mis pies, frotando mi pierna con su mano como si tuviera que tocarme para creer que realmente estoy aquí.
Les explico todo, lo mejor que puedo, sin dejar fuera ningún detalle. Charlotte es incapaz de contenerse cuando les cuento sobre Masen disparándole a James.
Se queda boquiabierta, sus uñas anaranjado neón se mueven.
—¡Mierda! O sea, ¿con una pistola?
—Um, sí. En la rodilla.
Sus cejas han desaparecido en su frente.
—¿Lo incapacitó? Esas son mierdas salvajes. Quiero decir, se lo merece, por completo; ¿ir tras de ti con una navaja? Estaba… —se calla.
—No sé, no sé qué planeaba hacer si me atrapaba. —Me estremezco involuntariamente, sintiéndome casi en llanto con tan solo pensarlo.
—Y Masen te salvó. Dios. Tu vida es como una película de mierda de Lifetime. Tan jodidamente romántico —comenta Charlotte.
Agito la cabeza.
—Confía en mí, no hubo nada romántico en que él casi destrozara la cabeza de James. Fue aterrador. —Me remuevo en la orilla del sofá, pellizcando la tapicería desgastada entre los dedos—. Jodidamente aterrador. Todo.
Ambas me rodean en una red de brazos cuando las lágrimas empiezan a caer por mis mejillas. La magnitud de todo lo que pasó va llegando en olas, intentan tranquilizarme con lo positivo, demasiado café negro y Taco Bell para llevar; cortesía de Charlotte.
Pretendo dejar de lado lo que pasó con Masen en su casa, pero Charlotte me está mirando, su chalupa supreme a mitad de camino a su boca, las migajas caen sobre el envoltorio.
—Entonces…
Porque hay mucho tiempo que está desaparecido y ella lo sabe. Ambas lo saben.
—¿Entonces qué? —digo, retrasando lo inevitable.
—Entonces eso cuenta una parte de la noche, ¿dónde estuviste el resto del tiempo?
—Estaba en casa de Masen —concedo, después de tragarme un pedazo de burrito.
—Mmhmm —dice María—. ¿Lo dejaste hacerlo? Ugh, yo lo habría dejado si alguien me salvara la vida.
—Aunque tú eres una zorra con una moral de follarse a todos —espeta Charlotte.
María la golpea juguetonamente.
—Cállate. ¿Lo hicieron?
—No.
—Pero… —dice Charlotte, girando la mano, haciéndome una seña para que lo cuente. Suspiro, lamiéndome la salsa de los dedos.
—Lo curé, o sea, sus manos, su cara. Él um, me besó. —Trago, sintiendo que me sonrojo con tan solo pensar en él—. Nos pusimos intensos… íbamos ahí, ¿saben? Luego su celular sonó. Tuvo que irse, pero me pidió que me quedara. Regresó, se descargó sobre algunas cosas muy jodidas que pasaron en su pasado y después de eso, nos acostamos en su cama, o sea, solo a dormir. Me besó un par de veces más hoy y dice que quiere verme. Me va a llamar.
Charlotte aplaude con emoción y la veo.
—¡Lo sabía! ¡Sabía que le gustabas! Chica, lo capté desde esa primera vez. Eras todo lo que él veía. —Está satisfecha consigo misma y emocionada, pero su cara se transforma con seriedad—. Mira, todo lo que voy a decir, B, en serio, es que tengas mucho cuidado. No te apresures a empezar algo cuando acabas de terminar con él. Debes pasar algo de tiempo trabajando en ti. Te mereces eso.
Le frunzo el ceño ante su cambio de actitud, pero supongo que ella solo está pidiendo las mismas cosas que he estado reflexionando en mi cabeza.
—Yo… yo no sé, Char, se siente-se siente bien.
—Mmhmm. Apuesto que sí —se ríe María.
—Con toda la mierda con-con él en las últimas semanas, es como si ya hubiera terminado. Estaba harta. Había terminado para siempre y yo… tal vez fue solo el golpe de adrenalina de la pelea o algo.
—Apuesto a que es algo. El chico está encantado —responde Charlotte, haciendo bola su envoltorio.
Sonrío levemente, mirándome las manos, con la esperanza de que ella tenga razón.
Con la esperanza de que él me llame.
