Disclaimer: Esta historia no me pertenece, los personajes son de Stephenie Meyer y la autora es Hotteaforme, yo sólo traduzco sus maravillosas palabras.
Disclaimer: This story doesn't belong to me, the characters are property of Stephenie Meyer and the author is Hotteaforme, I'm just translating her amazing words.
Thank you Hotteaforme for giving me the chance to share your story in another language!
Gracias a Yani por ayudarme a betear esta historia.
Capítulo 15
—¡No, Masen! ¡No! No puedo. ¡Estoy muy adolorida! Esto es como una receta para una infección urinaria. —Me estoy riendo mientras él murmura cosas sucias en mi oído, sus dedos juegan con piel sensible mientras me retuerzo en su entrepierna, chocando con una erección haciendo presión en mi culo.
No hemos dejado su apartamento desde que nos trajo aquí en las primeras horas del domingo. Ya es martes por la tarde, la pálida luz del sol de invierno cae sobre sábanas y piel mientras la oscuridad empieza a asomarse sigilosamente. Tuve suerte con el horario de esta semana que me permitió tomarme esta noche libre, pero mañana tengo que trabajar y creo que no quiero que esta burbuja se reviente jamás.
No puedo contar las formas en las que me ha follado porque perdí la cuenta, pero me duelen las piernas, tengo moretones en la parte interna de los muslos y estoy tan sensible que de verdad me sentiría feliz de no volver a ver su polla durante al menos un par de días.
—Iré lento.
Frunzo el ceño.
—¿Cómo puedes querer hacerlo otra vez? Creí que se suponía que la libido disminuía después de los treinta.
—Bueno, pues en todo caso eso dice algo sobre ti… o algo sobre mí. —Me está sonriendo de forma engreída con ojos arrugados—. De cualquier forma…
—Me has arruinado.
—Tienes toda la maldita razón. —Me muerde el cuello, su mano se posa sobre mi cintura. Estamos en su cama, en la televisión hay una película que ninguno está viendo.
Cuando finalmente hablamos apropiadamente fue… difícil. Yo lloré y él me rogó por una oportunidad para arreglar las cosas. Actué con terquedad y él decía que lo lamentaba. Intentó explicármelo y le dije que incluso no haberme enviado un mensaje fue algo muy patán. Luego acepté con reticencia que sí necesitaba un poco de tiempo. Sí necesitaba el espacio, que él tenía razón en eso.
Necesitaba ver quién era yo —quién soy— sin James. No habría podido hacerlo si entraba de golpe en una relación con él. Él habría sido una muleta cuando necesitaba aprender a sostenerme con mis propios pies.
Aunque, cuando dice que no es una buena persona… no creo que todo sea tan negro y blanco como él lo dice, y también le dije eso. Él es el punto gris. Puede que haga cosas malas, pero siempre ha sido bueno conmigo.
Aunque, ¿justo ahora? Supongo que nada de eso importa; no cuando estamos juntos de la forma en que ambos queremos.
Sus dedos encuentran el suave lugar de piel arrugada cerca de mi cadera y me tenso al instante. Quita las sábanas para poder ver, rodea el pequeñísimo espacio redondo con la punta de un dedo, antes de enderezarse bruscamente. Intento concentrarme en la televisión.
—Dime que esto no es lo que creo que es.
Escondo la cara en mis manos.
—¿Bella? —Me aparta gentilmente las manos de la cara.
Resoplo y me siento, estirándome para tomar su cajetilla de Marlboro, tapando de nuevo la cicatriz con las sábanas, me siento insegura. Él lo notaría en algún momento, me sorprende que no haya salido a la luz antes de ahora. Me besa el hombro desnudo, su incipiente barba me raspa mientras me llevo el filtro a los labios para darle una fuerte calada.
—Probablemente es exactamente lo que crees. —Me llevo las rodillas al mentón, rodeándolas con mis brazos.
—¿Cómo? —exige saber—. ¿Cuándo?
—Tenía cuatro años —digo, soplando el humo al techo—. Mi, um, mi papá, él, um. Él… —Trago con fuerza—. Él mató a mi mamá. Es parte de las razones por las que está encerrado. No fue solo-no fue solo, o sea, una bala. Se volvió loco. Una bala perdida me dio a través de una puerta. Tuve suerte, la puerta la detuvo un poco, así que no causó muchos daños. Quiero decir, era tan chica… no-no lo recuerdo, de todas formas. Fue lo que me dijeron.
—¿Cuatro? —Se frota la cara casi con incredulidad—. Eso es…
—¿Una mierda? No es ni la mitad.
—¿No?
Sacudo la cabeza. A veces, en momentos como estos, desearía poder hablar con alguien. Con él, tal vez.
—Puedes hablar conmigo cuando quieras —dice Masen, como leyéndome la mente—. Si no tienes ganas de hacerlo ahora, está bien. No te voy a presionar.
Asiento, a pesar de que sé que eso jamás pasará. Nunca le he contado todo a nadie.
Nonna era muy tajante con una cosa; dondequiera que la gente pueda empezar a indagar es una gran bandera roja de alerta. A veces desearía no haber indagado yo sobre esto. La ignorancia es la felicidad, o eso dicen. Dile eso a una adolescente hormonal determinada a descubrir la verdad. Obligada a tener conversaciones con un papà que nunca veía, a través del teléfono. Una o dos veces al mes.
Y cuando fui lo suficientemente mayor para entender que eso no era normal, empecé a cuestionar todo.
¿Dónde estaba él?
¿Por qué no podía visitarme?
¿Qué hacía?
¿Por qué yo hablaba italiano?
¿Por qué tenía que decirle papà en casa y en el teléfono, y papá en las demás partes?
Suspiro, jugueteando con la liga que tengo en la muñeca, chasqueándola en mi piel. Masen me mira con atención, hay cierta suavidad en su cara.
—Tú le has disparado a personas —digo eventualmente, encontrando su mirada. Se pasa una mano por su despeinado cabello, la cautela se filtra a través de su rostro.
—Sabes que sí.
—¿Cómo se siente?
—Bella…
—Pregunto solo porque sí. O sea, leí todo el caso de mi-mi papá cuando tenía trece o catorce años. Por curiosidad, supongo. Quiero decir, ¿te arrepientes de eso? Él no mostró arrepentimiento por lo que hizo. Dijo que no fue él. Fue duro. Incluso convenció a mi abuela que era inocente, ella lo creyó hasta que murió.
—Arrepentimiento no es la palabra adecuada —responde Masen con cautela.
—Es que… sé que las tienes. Es que… no me gustan. O sea, no me dan confianza, sabes. Por las malas experiencias.
—¿Te refieres a las pistolas?
Asiento. Mi papà… James me había apuntado con una a la cabeza por algo que ya ni podía recordar. Alec me apuntó con una… siento que estoy con tiempo prestado cuando un arma entra a la ecuación. Intento explicarle esto a Masen, pero no lo hago muy bien y lo dejo con el ceño fruncido.
Se levanta de la cama de repente, completamente desnudo, y enciende la lámpara del buró. Creo que nunca me cansaré de verlo, su piel se ve casi bronceada en el suave brillo mientras avanza hacia su baño.
El sonido de la ducha se filtra cuando él sale.
—Levántate. —Señala el baño.
No me muevo, tengo los ojos como platos.
—¿Qué?
—Vamos a salir.
—¿Por qué? Es el jodido ártico allá afuera, estoy bien aquí.
Camina hacia mí cuando no hago intento de moverme, cargándome en sus brazos.
—Ya verás.
Nos duchamos juntos en la regadera, hay espacio suficiente para ambos, pero aun así tenemos que turnarnos para obtener un chorro decente de agua. Él desliza espuma sobre piel mojada, acuna mis tetas, me retuerce un pezón mientras yo me arqueo contra él, muevo mis manos a su cuello, intentando conseguir agua para mi cara, en lugar de eso encuentro unos dientes mordiendo ligeramente el hueco entre mi cuello y hombro, su polla enterrándose en mi espalda.
Quiero rodar los ojos, pero el que él no pueda tener suficiente de mí me emociona. Me volteo, encuentro sus ojos cerrados mientras se enjuaga lo último del champú del cabello. Decido devolverle el favor; me pongo de rodillas y lo meto a mi boca.
—Bella —dice con voz ronca, un sonido estrangulado en su garganta, sus ojos se abren de golpe. Alzo la vista inocentemente, tarareando, aplano la lengua en la punta, mi mano se mueve para rodearle la base, moviéndolas al mismo tiempo. Gime y apoya las manos en el azulejo gris, me mira con ojos pesados hasta que lo hago correrse en toda mi cara, lo lamo después de que termina para probarlo. El semen no es mi sabor favorito, eso es seguro.
Sonrío con rodillas rojas mientras lo empujo a un lado para poder pararme bien debajo del agua y así enjuagar sus restos de mí. Me mira asombrado.
—Tu ropa está por allá —digo, ladeando la cabeza hacia atrás en el agua, buscando el champú y despidiéndolo con indiferencia, contenta conmigo misma. Él toma una toalla, se frota el cabello y me deja en paz con una sonrisa en su rostro.
Solo tengo mis leggins de yoga, mi sostén deportivo y el vestido rosa roto de la otra noche, ambas opciones poco viables por completo para usar en el clima de afuera. Masen me da una camiseta, una de sus sudaderas y un gorro para intentar mantener lejos al frío. Tira de mi cabello, diciéndome que me veo bonita con su ropa. Hago una mueca. No quiero ser bonita.
…
Masen maneja más lento en la nieve, acelera cuando estamos en carreteras limpias hasta que eventualmente se detiene en la parte trasera de un enorme edificio de un piso hecho de ladrillos que tiene aspecto de almacén.
—Vamos —me indica, toma mi mano y nos hace caminar hacia una robusta puerta negra, teclea un código en un panel de acceso con aspecto elegante antes de que este se abra. Hay una segunda puerta, muy parecida a la anterior.
—¿Dónde estamos? —pregunto al avanzar por un estrecho pasillo gris, luces automáticas se encienden y me calan en los ojos cuando avanzamos hacia otra puerta negra al final del pasillo. Se escucha el eco de fuertes explosiones detrás de la puerta y pongo los ojos como platos, arrastrando los pies.
Masen se gira hacia mí.
—¿Confías en mí?
—¿Tengo otra opción ahora?
Frunce las cejas.
—Siempre tienes opciones conmigo. —Su sinceridad me golpea en la cara porque antes no siempre tenía opciones, con James. Masen me frota los nudillos con su pulgar—. Soy dueño de este lugar. Es un campo de tiro. Supuse que querrías aprender así que, ¿por qué no intentarlo?
—Eres dueño… ¿qué? ¿Intentar? ¿A disparar una pistola?
Mi primera reacción es retroceder. Llevo tanto tiempo sintiéndome incómoda cerca de las armas que incluso la idea de ellas me hace sentir enferma. Es por eso que aparté de un empujón la que James intentó darme hace tantos meses. Quiero decir, ¿qué estaba pensando él? Ni siquiera sabría cómo dispararla.
Aunque es algo irónico. Que una de las personas de las que él quería que me protegiera fue el que terminó protegiéndome de él.
—La barrera más grande está aquí —dice Masen tocándose la sien—. Dispararle a un blanco puede ser divertido.
—¿Divertido? —repito la palabra con duda.
—Tal vez es demasiado —dice, rascándose el mentón—. Quizás en otra ocasión.
—No. Quiero decir, ¿en serio? ¿Crees que esto sea una buena?
—Es un ambiente controlado. No hace daño.
Miro la pared de bloques grises detrás de él, pensándolo.
—De acuerdo —digo finalmente.
Abre la puerta para revelar una enorme expansión de espacio gris frente a nosotros, los puntajes están en la parte superior, los objetivos en la distancia de cada cabina, gente disparando pistolas con sus espaldas hacia nosotros y con protectores de ojos y oídos puestos.
Hago una mueca por el sonido, pero él tira de mi mano, haciéndome caminar con él hacia el frente, girando en una esquina hacia un mostrador donde un tipo corpulento lleno de tatuajes está ocupado registrando a un par de chicos más o menos de mi edad, platicando y riéndose como si no fuera nada.
El tipo del mostrador nos mira cuando Masen se acerca, una sonrisa se extiende en su rostro. Hacen un raro saludo de choque de puños.
—Hace tiempo que no te veo, hermano. ¿Cuál es la ocasión? —Sus ojos se deslizan hacia mí y alza una ceja—. ¿Quién es esta?
—Esta es Bella. Bella, Emmett. Él es quien administra este lugar por mí.
Emmett extiende una enorme mano, le da un apretón a la mía cuando estiro el brazo, su agarre es firme.
—Entonces, el jefe quiere enseñarte cómo funciona esto personalmente, ¿eh?
Sus ojos se mueven entre nosotros y forma una sonrisa pícara en su rostro. Me río con nerviosismo, pasándome una mano por el cabello.
—Sí, supongo.
—Bueno, de todas formas, tengo que registrarte, seas o no invitada del jefe.
Me entrega una pluma y me pasa un formulario; un permiso. También necesitan una identificación, así que saco mi licencia de conducir, una yo mucho más joven regresa la mirada, me tomaron la foto unas semanas después de haber llegado a Chicago. James permitió eso, al menos. Me veo como mierda en la foto; cansada, delgadísima. Mi peso ronda los cuarenta y cinco kilos en un cuerpo de un metro sesenta y cinco, de luto por nonna, viviendo precariamente.
—Felicidades. No eres una delincuente —dice Emmett, regresándome mi identificación. Masen la toma en sus manos para estudiarla.
—Swan, ¿eh? Te queda. —Me la entrega—. Dale la Glock 17. Comenzarás con algo ligero.
Emmett desaparece con un "Claro".
—¿Y si, no sé, le doy a alguien? —digo nerviosa, guardando mi identificación.
—No pasará. —Masen sonríe. La confianza que tiene en mí es agradable, pero no hace nada para matar la ansiedad que está empezando a arder. Es como si supiera que me estoy alterando porque me rodea los hombros con un brazo para acercarme a él, besándome la punta de la nariz.
Emmett regresa, nos entrega una pistola, un par de orejeras y protección para los ojos.
—Estarás bien con este tipo, es el tirador con mejor puntería que conozco. —Me guiña.
Mi corazón golpetea, no estoy completamente convencida.
Masen nos lleva a una de las cabinas libres y me quito su sudadera, me ato el cabello y me paro con las manos en las caderas, todavía siento ese dolor entre mis piernas mientras él me explica todo.
Masen se porta muy paciente con mis preguntas mientras cubre cosas como las especificaciones para luego mostrarme cada aspecto de cómo preparar la pistola; cómo se llena el cargador, luego me pide que lo haga; cómo sostenerla, cómo pararme, cómo quitarle el seguro, cómo usar la mirilla frontal y trasera para alinearla con el objetivo.
—¿Así? —digo, insegura. Es mucho que asimilar. Alineo las mirillas frontal y trasera como me enseñó con el pie izquierdo hacia enfrente.
Se para detrás de mí. Moviendo mis caderas, baja la cabeza para estar a la misma altura que mi vista.
—Ajá. —Deja un beso en el pequeño espacio de piel justo debajo de mi oreja antes de apartarse, se recarga a mi lado, distrayéndome con lo ajustada que le queda la camiseta en los bíceps—. Cuando estés listas.
Me pongo las orejeras antes de alzar y señalar el pedazo de papel a la distancia con la silueta de una persona en él. Tardo demasiado, pero cuando finalmente jalo el gatillo, sigo sin estar preparada para lo poderosa que se siente la pistola disparando en mi mano.
No me sorprende lo mucho que me desvié de mi objetivo; puede que haya soltado un gritito porque eso no era lo que estaba esperando.
Masen solo sonríe cuando giro la cara hacia él, sonrojada, avergonzada.
—Inténtalo de nuevo —dice, dándome ánimos.
Lo hago mejor las siguientes veces, no queda muy lejos del hombro, el siguiente queda a la izquierda de la cabeza.
—Enséñame cómo te alineas. Mis ojos se vuelven locos, no saben en qué concentrarse.
—Siempre concéntrate en el objetivo, tu vista debería ser borrosa. —Jala el gatillo sin vacilar, sin hacer muecas, directo a través de la cabeza, luego dos veces a través del corazón.
—Psh, ya solo estás presumiendo… ¿hay algo en que no seas bueno?
—Es solo una práctica. No lo pienses de más. Inténtalo otra vez. Te quedan diez rondas. —Me entrega de nuevo el metal negro apuntando hacia abajo y con el seguro puesto—. Y hay muchas cosas en las que no soy bueno. No puedo escribir bien ni de mierda, no puedo cocinar mierdas elegantes y definitivamente, definitivamente, no soy bueno en controlarme contigo cerca. —Sus manos encuentran mi culo, su nariz roza mi cuello—. Te pareces a la chica Lara Croft, pero más sexy. Esto justo aquí es material para jalármela.
Lo miro como si estuviera loco.
—Nadie es más sexy que Angelina Jolie como Lara Croft —bufo.
Él solo sonríe, retrocede un paso y saca su celular, es nuevo, un iPhone o algo así. Me dice que voltee sobre mi hombro y sonría, y lo complazco mientras toma una foto.
—Hablando de cocinar… me debes un desayuno. No creas que lo he olvidado. ¿O fue una mentira para llevarme a tu casa?
—¿Qué crees? —pregunta alzando las cejas. Luego de forma más seria—: Te iba a hacer panqués. Puedo hacerlos. —Se acerca a mí de nuevo, pone la boca en mi oreja—. Pero tu coño sabía mejor que cualquier desayuno que pude haber preparado. Podría comerte durante días.
Un gemido suave se escapa de mi boca, la calidez hormiguea en mí cuando me agarra las caderas y me jala para atrás hacia él gentilmente, su boca encuentra mi cuello.
—¿Me haces panqués cuando terminemos aquí, por favor?
—Claro.
Finalmente empiezo a darle al objetivo, pero sigo batallando cuando inesperadamente le doy un tiro a la cabeza a la perfección con mi penúltima ronda. Masen vitorea y me volteo hacia él con asombro, vibrando.
—¿Lo viste? Fue pura suerte, pero lo aceptaré.
—Hazlo de nuevo, te queda una ronda más —me reta.
—Nop, prefiero salir victoriosa. ¿Imagina lo destrozada que me sentiré si fallo la siguiente? Matará mi humor.
Él da el tiro por mí y se me seca la boca, la breve mirada de concentración en su rostro es la misma que tiene cuando está embistiendo en mí.
De repente todo lo que quiero es eso.
A él.
Aguanto el viaje en carro a casa, Masen cumpliendo su promesa de los panqués y después de eso salto sobre él.
Nos desvestimos el uno al otro otra vez hasta que él está dentro de mí. Lento, flojo, sin prisas, como prometió, y duele tan malditamente bien. Palma contra palma, piel resbalosa sobre piel resbalosa hasta que me corro con fuerza y él se corre con más fuerza aun.
Me quedo dormida casi de inmediato, exhausta, pensando y con la breve esperanza de que él esté tan enredado en mí como estoy yo en él.
A pesar de que se siente como demasiado.
Demasiado pronto.
…
Me despierto abruptamente por el sonido de aplausos, Masen se despierta alarmado a mi lado, su brazo vuela sobre mí de forma protectora, su otra mano saca una pistola de algún lugar.
—Qué lindos —escucho a Alec arrastrar las palabras.
Parpadeo con vista nublada, lo veo parado a unos pies de distancia, analizándome con un brillo en su mirada. Comprendiendo que estoy desnuda y que probablemente él está viendo todo a detalle, me revuelvo para taparme con un jadeo.
—¡Lárgate de aquí! —gruñe Masen, baja la pistola y se levanta de la cama a velocidad de la luz, furioso, para ponerse una pantalonera.
Alec, en toda su arrogancia, no se mueve.
—No respondías tu teléfono. —Alec se encoge de hombros de forma casual, con las manos en los bolsillos—. Pensé en venir a ver cómo estabas. Para asegurarme de que no te hubieras congelado. Estaba preocupado.
—Estaba ocupado.
—Ya lo veo. —Alec sonríe—. Huele a burdel aquí. Sabía que tenías las bolas en alguna parte. —Sus ojos se mueven hacia mí y siento que me atraparon con las manos en la masa—. Sabes, muñeca, si no te sientes reacia a un jugador extra en el juego, estaría…
—¡De ninguna jodida manera! —espeta Masen, dando zancadas hacia Alec con el pecho desnudo y empujándolo hacia la puerta, lejos de mí.
Hago una mueca. Masen me lanza una mirada antes de cerrar de golpe la puerta de la habitación. Un segundo después me encojo cuando se escucha un enorme golpe contra la pared, creo que tal vez acaba de estrellar a Alec contra la misma.
Me quedo ahí sentada por un minuto, todavía aferrando la sábana a mi pecho mientras lo escucho despotricar contra Alec, mi corazón late con fuerza.
Qué manera de empezar el día.
Alec sigue ahí cuando salgo de mi ducha, tengo el cabello atado en un chongo, estoy usando una de las camisetas de Masen y mis leggins. Había estado esperando que él ya se hubiera ido, pero no tuve tanta suerte.
Están hablando en voz baja en la mesa, al parecer ya se arreglaron los problemas. Alec se ve desaliñado y me alegra que Masen le haya dejado las cosas claras porque ese tipo me hace sentir náuseas.
Camino hacia el balcón, poniéndome una de las sudaderas de Masen a la vez que Alec cambia a italiano en cuanto se da cuenta de que estoy ahí. No obstante, su voz todavía se oye y no puedo evitar escuchar; a pesar de que estoy fingiendo que no lo hago.
—Él se está convirtiendo en una jodida carga. Me sorprende que los federales no estén ya sobre el caso. Con la forma en que está actuando nos va a hundir a todos, ese viejo bastardo paranoico, olvídate de los jodidos rusos; él nos destruirá. Necesita irse. Necesito que me ayudes a deshacerme de él, ¿sabes a qué me refiero? Serás recompensado, me aseguraré de eso.
Abro la puerta y salgo al frío, respirando el aire que me hace arder los pulmones, y mi aliento caliente sale expulsado en nubes. Miro hacia la ciudad mientras enciendo un cigarro, encuentro confort en el sonido del tráfico, la calidez de la llama en mi mano al acunarla. Me giro ligeramente esperando a que Masen hable y lo encuentro mirándome, atrapa mi mirada antes de concentrarse otra vez en Alec.
—Si te ayudo a hacer esto… quiero salirme. Sin represalias —dice al exhalar, con voz cortada, apagando su cigarro.
No puedo ver la expresión de Alec, pero puedo escucharlo resoplar.
—¿Hablas en serio, carajo?
—Sí. —Se frota la cara—. Eso es lo que quiero.
Me ocupo con mi teléfono, me siento culpable por haber escuchado esto, y veo que tengo una llamada perdida de María de anoche. Cuando le regreso la llamada, ella contesta casi de inmediato, ni siquiera me saluda antes de empezar a explicar cómo terminó con Petey anoche después de confrontarlo.
—Es un maldito mentiroso, estaba escrito en toda su cara ¡y tuvo el valor de intentar negarlo! Bastardo.
—Qué patán. En serio, María, estás mejor sin él. De verdad creí que era uno de los buenos —le digo, tirando la ceniza—. Escucha, llegaré a casa más tarde para ir a trabajar, ¿de acuerdo?
—Seguro. He extrañado tenerte cerca estos últimos días, bebé. Paul fue un cretino anoche. Creo que sigue enojado por haberte perdido. No estuvo feliz al ver que te ibas con Masen el otro día. O sea, para nada.
—¿Crees que ahora hará que mi vida sea un infierno?
—No creo que se atreva —se ríe. Me pregunta cómo van las cosas, hay cierta sugestión en su voz.
No puedo detener la sonrisa que explota en mi cara o la risa que se escapa porque, a pesar de todo, creo que los últimos días han sido los más felices en mucho tiempo. Miro hacia el apartamento, a Masen que alza la vista de su conversación con Alec y me sonríe levemente. Me vuelvo a girar, bajando la vista hacia el tráfico.
—Sí; um, bien. Muy bien, en realidad.
—Tendrás que darme todos los detalles más tarde —dice—. De hecho, eso me recuerda que ayer vinieron a buscarte unos policías.
—¿Qué? —Mi sonrisa se desvanece—. ¿En serio? ¿Para qué?
—James.
Casi quiero exhalar un suspiro de alivio y vomitar al mismo tiempo.
—Dejaron una tarjeta. Probablemente es algo estándar, estuviste mucho tiempo con él, ¿sabes?
—Sí. Supongo —digo, frunciendo el ceño con un nudo en mi garganta—. Mira, te veré más tarde. ¿De acuerdo?
Cuelgo rápidamente, me termino mi cigarro y luego le mando un mensaje a Charlotte. Todavía no ha contestado mi mensaje del sábado y me estoy preocupando un poco. No es típico de ella hacer esto, pero más que nada, siento que necesito desahogarme con ella justo ahora.
…
—No te arrepientes de esto, ¿verdad?
La voz de Masen me saca de mis pensamientos.
—¿Por qué pensarías eso? —Ladeo la cabeza hacia él.
—Estás callada. —Sus ojos no se apartan de la carretera mientras maneja a casa de María.
—No, no me estoy arrepintiendo de nada.
Su postura se relaja infinitesimalmente. La verdad me entristece un poco que nuestra burbuja esté a punto de reventarse, me preocupa un poco que él pueda desaparecer de nuevo, pero no se lo digo. No quiero parecer demasiado dependiente.
—Es que… cuando estaba hablando con María dijo que unos policías habían ido ahí. Querían hablar conmigo sobre James. Supongo que estoy preocupada.
Masen lo considera por un momento.
—¿Quieres que esté contigo cuando hables con ellos? Tienes permitido eso.
—No-no sé. Tal vez. ¿Es buena idea? ¿Considerando lo que le hiciste?
—Tal vez no —concede. Me mira, desliza su cálida mano sobre mi muslo, apretando—. Todo estará bien.
Mi sonrisa es leve. No estoy tan segura; las banderas rojas están revoloteando y no hay absolutamente nada que pueda hacer.
