Disclaimer: Esta historia no me pertenece, los personajes son de Stephenie Meyer y la autora es Hotteaforme, yo sólo traduzco sus maravillosas palabras.
Disclaimer: This story doesn't belong to me, the characters are property of Stephenie Meyer and the author is Hotteaforme, I'm just translating her amazing words.
Thank you Hotteaforme for giving me the chance to share your story in another language!
Gracias a Yani por ayudarme a betear esta historia.
Capítulo 19
Nuestra primera riña sucede el día de San Valentín.
No es solo una cosa la que nos tira por el precipicio; el humor de Masen ha sido impredecible durante las últimas semanas. Aunque no quiere hablar conmigo sobre lo que sea que lo está molestando; lo cual es parte del problema.
Salimos en citas, nos ejercitamos juntos en el gimnasio que está en el nivel inferior de su complejo de apartamentos, intentamos dejar de fumar, él me recoge del trabajo, me compra cosas cuando realmente no debería hacerlo. Me hace muy feliz de una forma en que creo que nunca lo he sido, y cuando no estoy con él, lo extraño.
Todo está bien, pero hay algo molesto debajo de la superficie que no puedo identificar. Él dice que todo está bien, a pesar de que no es así. Me pregunto qué está escondiendo, aunque en realidad yo también escondo muchas cosas.
A veces solo le doy espacio. O sea, días de espacio. Yo me voy a trabajar, paso tiempo con María y Zafrina, practico el pole, evito a Paul y Jess, y ocasionalmente hablo con Charlotte, que juró por su vida que no estaba mintiendo sobre nada. Le doy el beneficio de la duda porque, después de todo, sería una mierda no hacerlo.
La vida está ocupada en ese sentido; me distraigo cuando lo necesito y últimamente eso ha estado pasando muy seguido.
Aunque tenía razón sobre Charlotte. Sobre nosotras. Sobre nuestra amistad no siendo igual.
En un tiempo, ni siquiera hace un año, nos veíamos a diario. Ahora pasan semanas. Intento hacer el esfuerzo, pero todo está muy tenso. Sin embargo, la extraño. La extraño a ella y a María y a las tres divirtiéndonos juntas, pero supongo que así es la vida. Las cosas cambian, la gente avanza, a pesar de que le duele a mi corazón aceptarlo.
Hay algo más que también pesa mucho en mi mente. Algo que Carlisle dijo en la fiesta que sigue dando vueltas por mi cabeza, más que nada durante las horas en las que espero despierta a que Masen regrese de donde quiera que esté, de lo que sea que esté haciendo.
Los bienes de nonna. La casa… su dinero.
Saco cada pedazo de papel que tengo, lo dejo todo sobre la cama, y no puedo encontrar nada sobre todo esto. Es patético y frustrante que simplemente no pueda recordarlo, sin importar qué tanto intente devanarme el cerebro por eso.
Suspiro pesadamente y meto la mano bajo la cama, sacando la mochila azul mientras la desgastada alfombra rosa se encaja en mis rodillas. Los sobres son el único lugar donde no he buscado.
Saco otra vez los certificados de nacimiento y muerte, y hay otras cosas: hojas de mi expediente médico con mi tipo sanguíneo, fechas de vacunación, un pasaporte vencido. Miro a la yo de dos años, cabello corto oscuro, la mitad atado con un moño azul marino, un vestido de overol a juego y una blusa oscura de mangas largas, unos enormes e inocentes ojos cafés y mejillas regordetas de bebé. Dice que viajé a México, Canadá e Italia unas cuantas veces, muchas de las fechas son cuando era muy pequeña.
Luego está mi certificado de nacimiento falso. Los nombres de mis padres están enlistados como Charles y Renée Swan. Es idéntico a mi certificado real cuando los comparo lado a lado. Si es falso, es muy bueno. Guardando todo, saco el sobre sellado, abriéndolo con cuidado. Está en mejor estado que el primero.
Solo una cosa cae en la cama cuando lo abro. Una tarjeta de presentación rectangular. La agarro y la giro. Está completamente en blanco, excepto por las palabras:
In caso di pericolo chiamare Demetri.
En caso de peligro, llamar a Demetri.
¿En caso de peligro?
Se me seca la boca. ¿Qué significa "peligro"? Estudio la letra. Creo que es de nonna, pero tal vez la escribió cuando estaba enferma, está manchada e irregular.
Hay un número de celular, pero no tengo tiempo de pensar en eso porque se escucha un golpe firme en la puerta. Con prisa, guardo todo lo más rápido que puedo, mirando el reloj, no me había dado cuenta de la hora. Masen ya está aquí.
Toca de nuevo y agarro mis aretes, peinándome el cabello en el espejo antes de ir a abrir la puerta. Lo escucho a través de esta antes de siquiera llegar ahí.
—¿Me vas a tener esperando toda la noche, Bella?
Pongo los ojos en blanco.
—No, solo que eres impaciente, estaba intentando encontrar mis aretes.
Abro la puerta sosteniéndolos en alto a forma de prueba, como si no hubiera estado intentando descifrar una parte secreta de mi vida de la que él no sabe nada.
Está parado en el porche con un ramo de flores y una sonrisa que me retuerce el corazón con culpabilidad. Sus ojos me devoran por un segundo, mi vestido es nuevo, negro y ajustado.
—Te ves deslumbrante. —Captura mi boca con la suya y no puedo evitar sonreír enormemente.
Confiesa que fue su mamá quien sugirió las flores cuando entramos en la casa.
—Al parecer, a las chicas les gustan estas mierdas —dice con un encogimiento mientras saco un jarrón de la alacena en la cocina—. ¿Quién diría?
—Tu mamá suena muy sabia. Me encantan. Gracias.
—Puedo pensar en otras formas de mostrarte mi aprecio por aguantarme —dice y hay un brillo en sus ojos oscuros cuando me encierra contra el mostrador.
—Tenemos reservaciones, ¿cierto? —Paso mis manos por sus hombros.
Asiente.
—Sí, a las ocho. Es un lugar nuevo en el centro, se supone que es muy bueno. No tenemos tiempo, ¿a menos de que no vayamos?
—¡No! Quiero ir. Ni siquiera sabes cuánto tuve que rogarle a Lauren para que cubriera mi turno de esta noche.
Masen frunce el ceño ante eso.
—¿Paul sigue siendo un idiota?
No lo dirá, pero detesta que trabaje allí. No estoy segura de si es por Paul o porque Alec comprará el lugar.
—¿Qué vas a hacer? ¿Amenazarlo de nuevo?
Masen protesta su inocencia alzando las manos, pero lo sé bien cuando veo la miradita presumida en su rostro.
—No te creo —digo, dirigiéndome al espejo y ladeando la cabeza mientras me pongo los aretes.
Se acerca detrás de mí, acaricia mi cuello expuesto con su nariz, deja un camino de lentos besos mientras sus manos se deslizan alrededor de mí.
—¿Te enojarás si digo que lo hice? No me agrada el imbécil.
Me encojo de hombros.
—No, pero te dije que no lo hicieras. En serio necesito este trabajo. Pude haber lidiado con Paul sin ti.
—¿Es por eso que estaba sobre ti esa noche? ¿Esa eras tú "lidiando" con él?
—Tal vez me gustó. —Me giro hacia él, retándolo con una ceja alzada.
—No es así.
—No —suspiro, cediendo—. No me gustó.
…
El restaurante donde estamos comiendo es caro, lo sé tan solo por las pequeñísimas porciones y el menú de vinos. Masen no se molesta, a pesar de que ver los precios me hace hacer una mueca.
Nuestra mesera es casi demasiado atenta, mira a Masen como si fuera un bocadillo. No es que la culpe, porque él se ve apuesto con una ajustada camisa blanca que está desabrochada en el cuello. Él no le presta atención y me siento agradecida por eso.
Me gusta la forma en que escucha lo que estoy diciendo. Me gusta la forma en que me mira, sus ojos bajan a mis tetas de vez en cuando. Se da cuenta y sus ojos suben de golpe a los míos con culpabilidad, pero luego su sonrisa floja se extiende y su cara se llena con esa mirada que me da que me acelera el pulso y me hace girar el estómago.
Todo es encantador, jodidamente encantador, hasta que suena su teléfono. Vibra siniestramente en su bolsillo y él lo ignora. Pero la segunda vez, se disculpa conmigo y se pone de pie.
—Más les vale que esto sea jodidamente bueno —lo escucho decir al alejarse hacia la noche que hay afuera.
Me quedo sola hirviendo de emociones porque sé exactamente lo que va a pasar.
Giro la copa de vino en mis dedos, tomándomela y aceptando el relleno cuando la mesera ve que necesito más. Sonríe casi con simpatía. Casi quiero preguntarle si es que ve esto mucho; hombres desapareciéndose de sus esposas o novias. Me pregunto cuántos desaparecen porque tienen a otra. No es que piense que Masen tiene a otra, pero probablemente eso parece para ella.
Cuando Masen regresa, está agitado, ya está abriendo la boca y a mí ya no me importa.
—Bella —dice y le frunzo el ceño, sabiendo exactamente lo que sigue—. Lo siento —dice—, tengo que irme. Te dejaré primero en mi casa. Es importante.
—¿Más importante que yo? —suelto, mis palabras suenan silenciosas e infantiles.
No responde y alzo las manos, la decepción y el pinchazo de rechazo están en todas partes.
—Sabes qué, no importa. Vámonos.
La mesera no se muestra sorprendida de que nos vayamos cuando Masen agarra la cuenta, diciéndole que es por una emergencia familiar. Ella solo asiente, tan incrédula como yo me siento. Me ofrece una sonrisita y creo que puedo perdonarla por follárselo con la mirada hace rato.
El viaje a su casa es insoportablemente callado.
—Sabes que preferiría estar contigo —dice eventualmente, tocando mi mano antes de bajarme del carro mientras él se para en la acera. Me da sus llaves. Contengo las lágrimas.
—Nos vemos —digo al bajarme del carro, mis tacones repiquetean en la banqueta y azoto la puerta al cerrarla. Ni siquiera le doy un beso de despedida. Me sumerjo en el calor de la recepción de su edificio todavía escuchando el carro en marcha afuera. No se va hasta que estoy adentro, hasta que paso al portero que me dedica un amable "Buenas noches" y es solo entonces que escucho su carro rugir hacia la noche.
Me sirvo más vino de una botella barata que encontré en el refrigerador, me siento y fumo en la oscuridad viendo mierdas, enviándole mensajes a María con mi frustración hasta que me duelen los dedos.
Mis pensamientos vagan a lo que pasó antes. Peligro. Demetri. Desearía haber programado el número en mi celular, quiero ver qué pasa si lo llamo. Pero no lo hice, así que no puedo.
Y luego pienso en los bienes de nonna. La única persona que estaba ahí fue James. Y difícilmente puedo preguntarle; está encerrado, esperando su juicio. Todavía no se fija la fecha de su juicio, pero la detective Hale dice que será pronto, y el fiscal me quiere como testigo. Todavía no he dicho que sí. Quieren presentar cargos contra él, pero no estoy segura de querer pasar por todo eso. Todo el asunto es una enorme bandera roja. Si los policías descubren que no soy quien soy, estaré jodida.
Mejor intento no pensar en eso, solo me estresa y hace que mis pesadillas sean más insoportables cuando lo hago. A veces Masen intenta sonsacarme cosas, pero le digo que no quiero hablar de eso.
Eventualmente dejo de esperarlo, me quito todo excepto las bragas y encuentro una de sus camisetas que usar para la cama.
Me voy a dormir con la cara enterrada en su almohada.
Deseando que esté aquí.
Enojada porque no está.
…
Me despierta un desastre de voces susurradas, el sonido de una puerta estrellándose contra una pared. Mis ojos se ajustan lentamente a la oscuridad, luego me paro de un salto de la cama, un golpe de adrenalina corre a través de mí. Me asomo por la puerta, frotándome los ojos y esperando que no sea nadie irrumpiendo a la fuerza.
El alivio que siento al ver que son Masen, Alec y Ben es efímero, mis ojos se agrandan cuando veo el estado que tienen. Sangrientos, sudados, desaliñados. Alec y Masen sostienen de pie a Ben; la manga de su brazo izquierdo está completamente empapada con sangre oscura.
Cierro la puerta de la habitación suavemente a mis espaldas, con los pies descalzos sobre la cálida madera, me muevo ágilmente hacia el baño más grande de Masen, buscando el kit de primeros auxilios.
Están depositando a Ben en una silla del comedor cuando me acerco con eso en las manos. Él gime y hace una mueca de dolor.
—Jodidos bastardos —maldice—. Si nosotros…
—¡Cierra la boca! —le gruñe Masen, sus ojos se mueven de golpe a mí, hay cierta cautela ahí—. Regresa a la cama. —No me lo está pidiendo, me lo está ordenando.
—No me digas qué hacer —le espeto, irritada. Dejo el kit de primeros auxilios en la mesa y me muerdo el labio, vacilante—. Puedo… puedo ayudar. Puedo hacer algo —comento, mirando a Ben, que tiene los ojos cerrados y la nariz arrugada por el dolor.
Masen se gira hacia mí de golpe, tiene las manos ensangrentadas, la boca puesta en una mueca sombría. Se ve como si estuviera a punto de arrancarme la cabeza. Me encojo, alejándome de él por reflejo.
—Carajo. Bella, no. —Su postura cambia, deja caer los hombros y relaja la cara. Inhalo. Él no es James. No lo es. Sus ojos están en mí, pero no puedo verlos.
—Ella quiere ayudar, déjala —dice Alec, enrollándose las mangas mientras se lava la sangre de las manos en el fregadero de la cocina.
Masen asiente tensamente y hace lo mismo antes de abrir de golpe la puerta del refrigerador, saca una botella de vodka y le quita la tapa, se la da de golpe a Ben, que se la arranca de la mano y le da un trago, hace una mueca y luego gime.
—Jodido infierno.
Le quitan la camisa a Ben, dejándolo desnudo de la cintura para arriba, su panza cuelga sobre la cintura de su pantalón. Se mira el brazo y pierde el poco color que le queda en la cara.
Encontrando guantes y solución salina, muevo una silla más cerca de él para poder sentarme a examinar su brazo, de repente me siento insegura ya que todos me están mirando; más que nada porque no llevo puesto sostén y tengo una camiseta que me roza el culo. Esa sensación desaparece rápidamente cuando comprendo lo que estoy viendo.
—¿Le dispararon?
Los miro a los tres.
Solo hay silencio, una mirada pasa entre ellos, pero ninguno dice ni una palabra.
Suspiro, mirando de nuevo a la herida donde la bala está alojada en su antebrazo. Tiene suerte que le haya dado al músculo.
—Como sea.
—Será un bastardo para sacarla —murmura Alec—. Un cuchillo será muy desagradable.
—¡Solo sácala, carajo! —ruge Ben, empinándose de nuevo la botella de vodka y dándole grandes tragos, se limpia la boca con el dorso de la mano.
—Puede que funcione con pinzas. Tengo unas.
Ben me señala con un dedo, los otros agarran firmemente la botella de vodka.
—Ella puede hacerlo.
Alineo metódicamente lo que necesito, limpiando la sangre para poder ver mejor. Él grita cuando empiezo a sondear con las pinzas, una letanía de maldiciones sale volando de su boca.
—¡Deja de moverte! —le digo en mi segundo intento cuando se encoge, regañándolo como si fuera un niño—. Solo harás que tarde más.
Él se detiene, pero se aparta de nuevo antes de siquiera poder acercarme.
—¡Con un carajo! —Alzo las manos—. Deja de ser un cobarde y quédate quieto, carajo.
Alec suelta una carcajada.
—¡Duele, joder! Si te hubieran disparado a ti, ¡estarías jodidamente igual! —se queja—. Pero, mierda, háblame sucio otra vez.
Me detengo y me enderezo, sin dejarme impresionar, y me detengo de soltar el hecho de que sí me han disparado.
—¿Quieres que saque esto o no? Porque puedo dejar que uno de estos dos se haga cargo. Estoy segura que serán muy delicados.
Sacude la cabeza murmurando una disculpa.
—Van a tener que sostenerlo. —Me giro hacia Masen y Alec—. No hay forma en que pueda sacarla si él sigue haciendo estas mierdas.
Masen agarra el brazo herido de Ben, sosteniéndolo con fuerza, Alec le mete un paño de cocina a la boca antes de sujetar su otro costado.
—Una, dos… —No espero al tres y meto las pinzas, ignorando los sonidos guturales que Ben está haciendo. La sangre hace que se resbale al agarrarla, pero cuando estoy segura de que ya la tengo en un firme agarre, la extraigo lentamente, el metal repiquetea cuando la dejo caer en un tazón de agua.
La herida es profunda, la sangre le cae por el brazo hacia el piso. Le echo vodka, haciendo gritar a Ben de nuevo y haciéndolo tirar patadas al piso.
—¡Jodida perra!
—¡Cuida lo que dices! —gruñe Masen.
Ignoro a Ben, envuelvo la herida fuertemente con venda y algodón, vendándolo lo más firme que puedo. Aunque no estoy segura de si será suficiente.
—Debería ir al hospital —digo, quitándome los guantes y arrugando la nariz ante el olor a látex.
—Nada de hospitales —dice Alec firmemente.
—¿Tu hermano? —le pregunto a Masen.
Él también niega con la cabeza.
—Gracias. Perdón por decirte perra —murmura Ben cuando me pongo de pie.
—No es lo peor que me han dicho —digo, alejándome.
—Ella está bien, ¿cierto? En las buenas o en las malas justo ahí —escucho a Ben decirle a Masen cuando estoy en la cocina, tirando los guantes y los algodones ensangrentados. Alzo la vista brevemente, Masen no responde, está viendo con atención algo más.
Tengo la abrumadora sensación de que él desearía que yo siguiera en su cama, dormida, no involucrándome en esto. Eso no lo detiene de acercarse a mí por detrás cuando me estoy lavando las manos una y otra vez, besa mi sien con las manos en mis caderas y susurra un gracias en mi oído. Me aparto de él, fuera de su agarre.
Todo el enojo que sentí con él por desaparecer hace rato regresa a mí. Le digo que volveré a la cama, cierro la puerta de la habitación con más fuerza de la necesaria.
Dormito en ratos escuchando voces bajas retumbar, pero estoy despierta cuando él entra. Se duchó en el baño principal, puedo notarlo por el aroma del gel de ducha que trae a la habitación. La cama se hunde con su peso, con la calidez que su cuerpo irradia hacia el mío mientras besa la piel desnuda de mi hombro. Me lo quito de encima con un encogimiento, todavía sigo enojada.
—Bella —suspira—, vamos, no seas así. ¿Qué pasa? ¿Estás enojada conmigo? ¿Eh?
Otro lento y gentil beso en mi cuello.
—Habla conmigo —me ruega después de un minuto.
Me giro hacia él. No puedo ver su expresión, solo la oscura silueta de su cara por el brillo de las farolas que están muy por debajo.
—¿Y si fueras tú? —digo, mi voz tiembla.
—No seré yo —dice automáticamente.
—Ambos sabemos que no puedes prometer eso; así que no me mientas. No soy una idiota.
Permanece callado, pero sube mi pierna a su cadera para estar más juntos, su pulgar frota círculos en la piel desnuda de mi muslo.
—Me preocupa que un día ya no vayas a regresar —admito a la oscuridad—. Y el que yo no parezco importar tanto para ti como hacer lo que sea que haces.
—Sí importas —dice con fiereza—. Sí. Joder… detesté dejarte esta noche. Lo deteste. Pero tengo que hacer cosas. Tienes que entender que a esto me refería. No puedo darte algo normal, Bella. Ya te lo dije.
¿Normal? Ni siquiera sé qué es eso.
—Entonces, ¿esto siempre será primero? Ni siquiera me dices lo que haces… a dónde vas…
Sacude la cabeza.
—Es mejor que no lo sepas. Si yo-si yo caigo, de esa forma no eres cómplice de nada. Carajo, Bella. Yo…
Sus dedos trazan patrones en mi cadera antes de extender la mano, deslizándola hacia abajo para apretar mi culo mientras lucha por decir algo.
—Siempre intentaré regresar a ti en una pieza.
—¿Solo lo intentarás? ¿Por qué no puedes detenerte? ¿Siempre-siempre voy a tener que preocuparme? —sollozo, de repente me siento llorosa.
Una lágrima cae en la almohada.
—No llores —dice—. No por mí. —La limpia y me besa profundamente.
Es un beso "lo siento", una disculpa. Es un beso "lo siento" hasta que es un beso "te deseo" hasta que es apasionado y estoy gimiendo en su boca y él está duro contra mí.
—Me preocupo por ti —susurro.
—Lo sé —traga—. Lo siento. Desearía que fuera diferente. No sabes cuánto.
Empujo contra él, desesperada por fricción, desesperada por que él me diga qué siente, por mí, por nosotros.
—Bella —dice a modo de advertencia.
—Por favor. —Meneo las caderas.
Nunca me puede decir que no. Mete los pulgares en mis bragas, bajándolas por mis piernas, gimiendo sobre lo mojada que estoy por él. Sube y baja su polla por mi coño hasta que está empapado, y luego está empujando dentro, empujándome hacia abajo sobre él, con las manos firmes en mis caderas. Nos da la vuelta así estoy debajo de él y se mueve de forma lenta, me besa los párpados, las comisuras de la boca, mis mejillas. Quiero estar más cerca, lo rodeo con mis piernas, mis talones en su espalda lo animan a estar más cerca. Nunca es suficiente, incluso cuando está enterrado hasta el punto en que duele y siento todo.
—Vas a tener que ser silenciosa —advierte—. Están durmiendo en el sofá.
—No me importa —digo sin aliento, deseosa.
—A mí sí.
Es casi un reto cuando me folla con más fuerza y yo le muerdo el cuello para no gritar. Está susurrando cosas en mi oído. Lo bien que me siento, lo mucho que siempre me desea… no escucho el resto, arrebatada por mis propios gemidos.
—Dios, amo tu polla —gimo en su oído cuando nos movemos para que él quede sentado conmigo encima. Está moviendo mi cuerpo sobre él cuando siento que ya no puedo, me siento como una marioneta, sin aliento, me arden los muslos.
Nos mueve de nuevo, pone mis piernas sobre sus hombros, sus dedos se acercan para hacer círculos en mi clítoris. Me muerdo la mano cuando él se mueve, más fuerte, más rápido cuando se lo ruego.
—Carajo —jadea cuando me corro, su mano golpea la cabecera, sus ojos se cierran con fuerza, sus labios se separan conforme sus movimientos se hacen más lentos hasta ser solo tirones.
—Me vuelves jodidamente loco —murmura después, acercándome a él, tengo las piernas temblorosas—. Saldremos mañana otra vez. Solo… no te enojes, B. No me gusta que estés enojada conmigo. Lo siento.
—Yo también.
