Disclaimer: Esta historia no me pertenece, los personajes son de Stephenie Meyer y la autora es Hotteaforme, yo sólo traduzco sus maravillosas palabras.

Disclaimer: This story doesn't belong to me, the characters are property of Stephenie Meyer and the author is Hotteaforme, I'm just translating her amazing words.


Thank you Hotteaforme for giving me the chance to share your story in another language!


Gracias a Yani por ayudarme a betear esta historia.


Capítulo 24

—¿Renata?

El tiempo se detiene y todo lo que escucho es el ruidoso martilleo de mi corazón en mis oídos y un millón de preguntas formándose entre ellos.

—Lo siento —digo, encontrando mi voz—. Debes estarme confundiendo con alguien más.

Miro la mano que sigue aferrándose a la mía con demasiada fuerza, mis ojos se mueven hacia Masen que está en la orilla de su asiento. El hombre me suelta lentamente y se vuelve a sentar, sus anillos de oro brillan bajo las tenues luces.

—Mis disculpas. —Su boca se curva, pero la sonrisa no le llega a los ojos; me bebe y me traga por completo—. Claro que no lo eres.

Inclinándose hacia enfrente, apoya los codos en sus rodillas separadas, un vaso de whisky cuelga de la punta de sus dedos mientras me contempla. Alza el vaso en señal de brindis antes de tomárselo de un trago.

¿Te has vuelto loco, Caius? —pregunta Alec rechinando los dientes, empuja a María lejos de él y le hace un gesto con la mano para que se vaya.

¿Caius?

Me devano el cerebro. Estoy segura de que he escuchado su nombre, pero por mi vida que no puedo recordar dónde.

María se aparta con reticencia, mirándome sobre su hombro con una mirada en su rostro que claramente dice "qué carajos" y desearía más que nada estarme alejando con ella.

En lugar de eso, estoy congelada por la necesidad de parecer despreocupada; normal. Es solo otro borracho parloteando y yo sigo trabajando.

Salvo que no lo es.

—¿Loco? No. No. Esto es muy… afortunado —responde Caius, su sonrisa crece—. Isabella, ¿cierto?

La inquietud en el fondo de mi estómago se transforma en miedo.

Él lo sabe.

Él lo sabe.

Hago una pausa al poner los vasos en la bandeja, lo miro directamente a los ojos. No es como que pueda mentir. Hay demasiada gente aquí que conoce mi nombre.

—Bella.

Mis ojos revolotean hacia Masen, intentando reprimir el pánico que me escoce por todas partes; decido que lo mejor que puedo hacer es seguir pretendiendo que no sé de qué carajos está hablando.

Caius se ve divertido cuando lo vuelvo a mirar; hay algo siniestro en la forma en que brillan sus ojos.

—Bella. —Se ríe entonces, de forma ligeramente maniaca, y se me erizan los vellos de la nuca—. Tu viejo nunca fue muy creativo.

—No estoy segura de qué…

Me interrumpe.

—Tú no estás segura, pero yo tengo la jodida certeza. No eres quien crees que eres. —Hace una pausa—. ¿O no lo sabes?

—No tengo idea de lo que estás diciendo —niego—. Con permiso. —Me giro para irme, pero mi salida es bloqueada por uno de los hombres parados en la entrada de la cabina.

»Alec —digo en tono suplicante, girándome y dirigiéndome a él directamente por primera vez—. Esto es una estupidez. Déjame regresar a trabajar, por favor.

Alec se inclina.

Suenas como un loco, Caius. Has estado aspirando demasiada coca. Ella es una jodida mesera.

Caius sacude la cabeza, sonriéndole a Alec con cierto toque de locura en sus ojos. Saca una cartera gorda, busca algo en ella y saca una vieja fotografía desgastada y arrugada en las orillas.

—Dime ahora que estoy loco. Adelante —incita a Alec, pasándole la foto. Alec la estudia por un minuto y luego me ve, después regresa a la foto.

—Es la mocosa de Falcone. Apostaría un par de millones en eso —dice Caius, encendiendo un cigarro e inhalándolo—. Es igualita a su mamma.

Mierda.

Trago con fuerza, el miedo me debilita las rodillas.

Necesito salir de aquí.

Ahora.

Alec se pasa un pulgar por la cara, me analiza mientras tira descuidadamente la foto sobre la mesa. Se siente como si toda una multitud se reuniera para ver entre la foto y yo, intentando ver lo que sea que Caius está viendo. Todos excepto yo. No puedo verla, pero puedo suponer. No puedo empezar a entender por qué tendría una foto de mamma en primer lugar; por qué o cómo es que conoce su nombre. Mi nombre.

—Tiene cierto parecido —dice Alec, perplejo.

—¿Cuánto tiempo lleva Falcone detrás de las rejas? ¿Casi veinte años? El resto están muertos. —Se une la voz de Masen, perfectamente estable—. No puede serlo.

Caius me mira pensativamente, golpeteando el vaso con sus dedos.

—Nunca encontraron el cuerpo —murmura, más para sí mismo que para alguien más.

¿De qué carajos estás hablando? —pregunta Alec con la incredulidad en su cara y posando una mano en el hombro de Caius—. Entiendo que has estado bajo mucho estrés con todo el tema de los federales, pero tienes que relajarte, carajo. Tómate otro trago. Consigue un par de chicas que te hagan pasar un buen momento. De eso se supone que se trata esta noche, no de ti persiguiendo fantasmas.

No le responde a Alec.

—Llevemos esto a otra parte. Tráiganla. Y alguien tráigame a Stefan. Lo descubriremos pronto —dice Caius poniéndose de pie de forma decisiva.

¿Qué?

Mi cabeza da vueltas cuando alguien agarra mi brazo bruscamente y lo aparto de un jalón.

—¿Qué? ¡Suéltenme! Esto es una locura, ¿me van a llevar a otra parte? Estoy trabajando. ¡Ni siquiera sé quién eres! —Tengo la cantidad adecuada de histeria para hacer que mi reacción sea creíble, más que nada porque así me siento; aterrada y confundida.

Masen ya está de pie, tiene una mirada de ira en su rostro. Está tan cerca, cada parte de mí está gritando por él; para que detenga esta locura, para que de alguna forma me saque de aquí.

Ben le agarra el brazo y lo detiene, hablando apresuradamente con él. Aunque no lo está escuchando, lo está empujando solo para que Royce termine bloqueándole el camino.

Masen lo encara, sin vacilar, lo empuja con fuerza.

—Apártate al carajo de mi camino.

—¿Qué es ella de ti? —lo reta Royce.

De repente, mi visión desaparece detrás de alguien mucho más grande que yo. No puedo ver a Masen, pero puedo escucharlo, el sonido de un puño golpeando carne, de vasos tirados.

—Haz un movimiento en falso y habrá una bala en tu cabeza más rápido de lo que puedas abrir tu linda boquita para rogar —dice una voz en mi oído.

No volteo para ver quién lo dijo, o a quién pertenece la mano que agarra otra vez mi antebrazo, pero mi miedo se intensifica cuando algo frío es empujado contra la piel expuesta de mi espalda.

—Empieza a caminar. Tranquila y lentamente.

No tengo opción más que moverme, me veo empujada con más fuerza de la necesaria, caminando hacia la parte frontal del club a través de la multitud de personas ajena a lo que está pasando, incapaz de comprender cómo es que esto está pasando justo ahora.

Miro sobre mi hombro, pero no puedo ver a Masen ni a María ni a nadie más.

—¿Bella? ¿A dónde vas? —me llama Lauren al pasar a su lado, mirándome de forma extraña. El metal frío se hunde con más fuerza; una advertencia.

—Solo nos acompaña a la salida —le dice uno de los chicos de Caius. No puedo responder, ni siquiera puedo mover mi boca u ojos para transmitirle que necesito ayuda justo ahora. Debería estar gritando y chillando y pidiendo ayuda, pero no sale nada. Nada, estoy demasiado asustada por las consecuencias.

Camino hasta que estamos afuera, mi cuerpo tiembla, mis dientes castañean por el frío o porque estoy petrificada o por ambas razones. Apenas llevamos un minuto parados en la calle cuando un Range Rover polarizado se detiene y me levantan bruscamente para subirme al asiento trasero, las puertas se cierran de golpe cuando dos hombres se suben de cada lado.

Uno de ellos me mira de forma lasciva, un diente de oro brilla bajo las farolas mientras saca una venda para los ojos.

—No te preocupes, cariño, te vamos a cuidar muy bien.

El carro empieza a moverse, mis brazos se ven jalados bruscamente frente a mí, sujetan firmemente mis muñecas con una brida de plástico negro; mi visión desaparece, cubierta por tela sólida.

Y en este momento me vuelvo muy consciente de que no hay nada que yo pueda hacer. Tampoco hay nada que alguien más pueda hacer por mí.

Ni Masen.

Ni nadie.

Todo se intensifica cuando te quitan uno de tus sentidos. Estoy hiperconsciente de cada respiración nasal que toma el hombre a mi lado; el rechinido de los frenos; el olor a cuero nuevo y colonia barata; el muslo incómodamente apoyado contra el mío.

No sé por cuánto tiempo manejamos antes de que el carro se detenga de golpe.

Las puertas se abren, una ráfaga del frío aire nocturno llena el carro y poco menos de treinta segundos después me sacan a empujones de él unas manos que son demasiado toscas, pellizcando y jalando mi piel, mis tobillos se tuercen mientras lucho ciegamente por encontrar el equilibrio en mis tacones. Una mano me levanta de un jalón cuando me tropiezo antes de moverme a la fuerza a través de un piso sólido para subir una escalera de metal, la parte superior de mis pies choca contra las orillas afiladas, destellos de dolor me hacen inhalar pequeñas respiraciones de forma brusca.

Avanzamos hacia adelante. Se escucha el crujido de una puerta y luego me encuentro volando, aterrizo con un grito sorprendido cuando mi cadera y mi codo chocan contra el piso.

La puerta se cierra de golpe a mis espaldas, se escucha el sonido del seguro siendo puesto y de un cerrojo deslizándose.

Sentándome, me llevo ambos brazos hacia la cabeza, la brida se encaja en la piel de mis muñecas mientras me subo la venda que tengo en los ojos.

Estoy sola en una pequeña habitación sin ventanas, cuatro paredes mugrientas de color beige y un sólido piso sucio de color gris. La única puerta es la que acaban de cerrar. Alzo la vista al techo, esperando ver un ducto, pero esta habitación no tiene nada. Es una caja sólida a prueba de todo.

Tambaleándome al ponerme de pie, me muevo hacia la puerta, pego la oreja en ella, escuchando con atención. Se escucha el sonido sordo de gritos y las ocasionales carcajadas detrás de ella, pero no puedo distinguir nada en particular.

Retrocedo, deslizándome hacia abajo contra la pared de enfrente, una abrumadora sensación de impotencia me envuelve.

¿Cómo carajos terminé aquí?

Hace veinticuatro horas no sabía que James estaba muerto.

Hace veinticuatro horas Masen no sabía quién era yo.

Y ahora estoy aquí. Donde sea que esté esto.

Carajo.

Inhalo unas cuantas veces, intentando calmarme. Intentando pensar racionalmente, pero es difícil hacerlo cuando junto todo porque tengo el presentimiento de que esto es malo.

O sea, realmente malo.

Cómo es que Caius sabe quién soy; cómo conoce a mi mamma… quién es exactamente él… no lo sé. Es un rompecabezas en mi cabeza que no puedo armar y no puedo evitar sentir que estoy pasando algo por alto.

El estallido de mi ataque de pánico es repentino, pequeñas sacudidas de ansiedad se derraman hasta convertirse en hiperventilación; la necesidad de salir, salir, salir, salir es abrumadora. Termino meciéndome, intentando desesperadamente recordar el consejo de Irina sobre cómo controlarme, intentando salir de esto con respiraciones profundas.

El tiempo pasa, pero pierde su significado cuando no hay indicadores de cuánto ha pasado. Podrían ser horas, podría ser la mitad de un día; todo es irrelevante.

Camino. Aviento mis tacones por ahí. Lloro.

Lo peor de todo es que pienso.

Pienso en Masen más que en nada. Me pregunto si es que le dijo a alguien porque esto es demasiado para ser una coincidencia; ¿el que esto pasara solo unas horas después de que lo descubrió?

Ese pensamiento me asecha mientras analizo una y otra vez toda nuestra relación en mi cabeza, dudando de todo lo que me ha dicho.

Tal vez a eso se refería cuando dijo que era complicado. Tal vez no quería tener que elegir entre lo que hace, para quién trabaja, y yo.

De todas formas, él lo elige repetidamente sobre mí.

Ahogo un sollozo mordiéndome la parte interna de la mejilla, pero se escapa y luego no puedo detenerme, la angustia me corroe, las náuseas se alzan con rapidez. Se me revuelve el estómago, me dan arcadas, soy incapaz de detenerme.

Lo que no daría por regresar de nuevo a esta mañana; despertar con Masen a mi lado, su voz ronca y pesada a causa del sueño. En lo más profundo sé que él no me haría esto. Simplemente no lo haría. Después de todo, no hay nadie en quien confiaría más.

Mis pensamientos se deslizan hacia Char y María y Petey. Luego pienso en James. Pienso en que está muerto, y ese pequeño espacio oscuro en mi mente se pregunta si me uniré a él pronto. Pienso en mamma y nonna y papà. Lo pienso hasta que me impulsa hacia la puerta, la golpeo con mis tacones sin tener en cuenta la brida cortando más profundo sobre la delicada piel de mis muñecas.

Cuando nadie viene, me los vuelvo a poner en los pies y la pateo.

—¡Necesito ir al baño! —grito, la pintura cae despostillada al piso, la frustración se derrama mientras golpeo la puerta con mi pie una y otra vez.

Después de mucho tiempo se escuchan unas pisadas arrastrándose; el sonido del cerrojo abriéndose, el seguro girando. Diente de oro me hace un gesto para salir, acompañándome por un estrecho pasillo hacia un retrete que parece que no ha sido limpiado en años. Me detengo y miro el retrete, luego lo veo a él con asco.

Me hace un gesto con una sonrisita, pero cuando intento cerrar la puerta, él la agarra.

—Déjala abierta.

Lo miro sorprendida.

—¿Qué? Esta no es una jodida película, princesa.

—Entonces date la vuelta, no necesito audiencia —replico.

Miro de nuevo el retrete, preguntándome cuántos hombres habrán orinado sobre él. De ninguna manera me voy a sentar. Tardo un rato en bajarme lo suficiente las bragas, la brida corta más profundo en mis muñecas, provocándome una mueca, mis muslos tiemblan cuando me sostengo en el aire.

—¿Ya terminaste o qué?

—¡Es difícil hacer mientras estás ahí parado!

Bufa.

—Apúrate, carajo.

Me tomo mi tiempo deliberadamente, me lavo lentamente las manos, limpiándome las manchas de máscara de abajo de mis ojos rojos, junto mis manos y tomo un trago de agua a pesar de que sabe asqueroso.

Suspirando, le hago saber que ya terminé.

—¿Cuánto tiempo estaré aquí? —le pregunto justo antes de que me vuelva a encerrar.

—Tanto como sea necesario.

La puerta se cierra de golpe otra vez y con ella cualquier esperanza que quedara en mí muere. ¿Tanto como sea necesario para qué? ¿Para que me vuelva loca? ¿Para que me muera? ¿Tanto como sea necesario para qué?

Me siento en silencio después de eso, mirando a la nada. Ya no quiero seguir pensando en nada. ¿Qué podría pasar? ¿Por qué está pasando esto? ¿Dónde está Masen? No creo poder lidiar con las respuestas a esas preguntas sin el terror que siento consumiéndome por completo.

Empiezo a llorar de nuevo, espero que Masen esté bien. Me preocupa que no esté, que algo malo le haya podido pasar por empezar a pelear en el club.

Eventualmente el cansancio y el agotamiento me ganan, y con la cabeza ladeada contra la pared dormito en ratos en un sueño intranquilo.

Es el sonido de la puerta abriéndose otra vez lo que me despierta.

Me sobresalto, poniéndome de pie de golpe cuando Diente de oro entra con un vaso de plástico y me lo empuja contra la boca. Bebo lo mejor que puedo, a pesar de que lo ladea demasiado y termino ahogándome y tosiendo, el agua fría se filtra a través de mi vestido.

Lo avienta al piso descuidadamente.

—Vamos. El jefe te quiere.

Jefe.

La palabra se queda de forma desagradable en mi cabeza.

Me lleva por un pasillo hacia un enorme espacio de una bodega industrial donde encuentro a Caius recargado en una mesa con Alec caminando a su alrededor y fumando. Alzan la vista hacia mí, Alec tira su cigarrillo al piso, apagándolo con un giro de su pie.

Hay otros hombres reunidos alrededor. Royce, que ahora lleva un moretón en el costado derecho de su cara, el otro tipo que viajó en el carro conmigo, y otros que no conozco, pero que estuvieron ahí en el club. Me pregunto si Masen está aquí. Tal vez es mejor que no esté. No me agrada la idea de que él tenga que ver lo que sea que vaya a pasar.

Sostengo torpemente los brazos frente a mí, esperando, siento la aprensión como un gran peso en mis huesos.

—Ven aquí —exige Caius, doblando el dedo para llamarme.

Alec actúa con cautela al lado de Caius, sus ojos viajan rápidamente entre nosotros dos. Asiente ligeramente cuando lo miro en busca de… algo; indicaciones, supongo.

Nunca he confiado en Alec, pero justo ahora lo preferiría sobre Caius.

Camino con paso vacilante hasta que estoy parada frente a este hombre que me ve con una mezcla de alegría y odio.

Se endereza, camina a mi alrededor un par de veces mientras mi cuerpo entero tiembla, mi corazón prácticamente se detiene cuando estira su mano y ladea mi mentón de un lado a otro. Baja su mano y retrocedo un paso antes de que la punta de sus dedos toque mis tetas, el asco palpita en mis venas.

—No, no, no seas tímida. En serio eres algo más. Tan parecida a tu mamma —me dice—. Hermosa.

Miro con fuerza el piso, mordiéndome la lengua.

—¿Sabes quién soy? —me pregunta, caminando frente a mí con las manos en sus bolsillos. Niego con la cabeza.

»Caius De Luca. Deberías saber quién soy. —Saca algo que comprendo es mi celular, hay una foto de Masen y de mí visible como fondo de pantalla—. Estás con Masen, ¿cierto? ¿Eh?

No respondo, si revisó mi celular lo sabrá. Lo deja caer al piso, la parte de atrás se destroza antes de que él lo aplaste descuidadamente bajo su pie.

Un inesperado golpe de dolor se arremolina en mí; todos nuestros mensajes, fotos de nosotros… se han ido. Me muerdo el labio intentando no dejar que el enojo se muestre en mi rostro, no quiero darle esa satisfacción.

—Masen trabaja para mi sobrino, que trabaja para mí… podrías decir que todos aquí somos familia.

Conozco a los De Luca. La familia de Alec. Gobiernan esta ciudad; eso lo sé. Ese pensamiento no es para nada reconfortante.

—Ahora, yo quiero saber quién eres , porque estoy jodidamente seguro de que no eres Bella Swan. —Lanza mi licencia de conducir a mis pies y me quedo preguntándome cómo carajos es que tiene estas cosas. Tan solo pensar en ellos revisando mi casillero en el trabajo me hace sentir violada. Expuesta.

»Desarrollas presentimientos en este negocio. Y tú… bueno, … estoy muy seguro de que estás mintiendo entre tus jodidos dientes —continúa Caius, sacando una pistola de la parte interior de su saco, acercándose otra vez y sorbiendo por la nariz.

Acerca la pistola a mi cara, acariciando con ella gentilmente desde mi sien hacia mi mandíbula, mi respiración se hace lenta hasta convertirse en jadeos superficiales, llenos de terror.

—Podemos hacer esto de la manera difícil, en donde tú sigues mintiendo… o puedes decir la verdad.

No puedo detener la lágrima que se escapa para bajar por mi mejilla o el gimoteo que abandona mi boca cuando presiona la punta de la pistola sobre mi frente.

—Empieza a hablar.

Mi boca se abre, pero no salen palabras.

—Empieza a hablar.

Cierro la boca con fuerza, en silencio. Sacudo la cabeza.

Le quita el seguro a la pistola.

—Última oportunidad.

—Bella —dice la voz de Masen con urgencia desde alguna parte. Ni siquiera estoy segura de que sea él, no estoy segura de no estarlo imaginando. Cierro los ojos, me siento exhausta.

—Si lo vas a hacer, solo hazlo. De todas formas, ya tomaste tu decisión, así que en realidad no importa lo que te diga. A menos de que lo que diga sea lo que piensas, estaré mal.

Caius me mira, el descontento está alrededor de toda su boca. Se ríe, sacude un poco la cabeza antes de levantar repentinamente su mano y darme una dura cachetada con el dorso. El dolor es lento, escoce, la sangre se acumula. Pero no es nada. No en realidad.

—Te voy a dejar esto muy claro, pequeña puta; tienes opciones limitadas justo ahora. Si no vas a jugar bien, entonces yo tampoco. —Su voz suena baja y peligrosa, unos ojos azules de acero destellan con enojo.

—¿Y si no es quién piensas? —interviene Alec, encendiendo otro cigarro—. Esto no tiene sentido si estás equivocado.

Caius no responde, se distrae por un movimiento frente a nosotros. Una puerta se abre y un par de hombres escoltan a otro hacia nosotros. El hombre es más alto, más delgado, con piel hundida y ojeras bajo sus ojos, tiene la cabeza calva.

—Pues estamos a punto de descubrirlo… ¡Stefan! —lo saluda Caius de forma demasiado amigable, extiende el brazo y lo agarra por los hombros—. Me alegra tanto que al fin pudieras acompañarnos. Conoce a Bella. —Stefan me mira por un segundo.

—Bella —dice, lamiéndose los labios, sus ojos se mueven hacia mí y luego de regreso a Caius, tiene una mirada de confusión en el rostro.

—Dime. La pequeña de Falcone, ¿dónde le disparaste?

Inhalo bruscamente, meciéndome sobre mis pies.

Él no lo hizo.

Papà lo hizo.

La implicación es casi suficiente para hacerme caer de rodillas mientras se agita alrededor de mi cabeza.

Y no quiero creer lo que esto significa porque significa que estoy equivocada.

Muy, muy equivocada.

Stefan se ríe.

—¿Esperas que recuerde? Dios, Caius. Fue hace casi dos décadas… carajo, ella-ella recibió una… en su lado izquierdo, ¿en el estómago? Se desangró.

—¿Dejaste a una niña desangrándose? —chasquea Alec con desaprobación.

Stefan se encoge de hombros.

Caius se acerca a mí, sus dedos encuentran la tela de los tirantes de mi vestido, un sonido ahogado sale de mi boca cuando los baja bruscamente por mis brazos, exponiendo mis pechos desnudos ante todos. Se escuchan silbidos y burlas, alguien, en alguna parte, aúlla mientras que un golpe de humillación me inunda, mis ojos arden a causa de eso.

No tarda mucho en encontrar lo que sé que está buscando. Toca mi cicatriz con un pulgar, su mano se envuelve en mi cadera donde están floreciendo los moretones, presiona con demasiada fuerza y me provoca una mueca.

—Mira esto —dice Caius, mirando lentamente mis ojos mientras vuelve a subir los tirantes de mi vestido, la suficiencia está plasmada en su rostro—. ¿Cuál es la probabilidad? Ahora, ¿vas a mantener esta charada o vas a decir la verdad? ¿Eh? Dile a Stefan quién eres. De hecho, ¡admite ante todos nosotros quién eres!

Mi visión se vuelve borrosa cuando él señala a su alrededor, la pistola se vuelve a presionar en mi frente. La forma tan obvia en que disfruta de esto me está revolviendo el estómago.

Lo peor de todo es que tiene razón. ¿Cuál es la probabilidad? Es inútil mentir. Y algo me molesta todavía más. Stefan, lo que Caius dijo de él…

No-no lo entiendo —digo, mi voz suena pequeña, ronca—. No lo entiendo; él lo hizo. Mi papá. Es por eso que está en prisión.

La mirada de Caius se ilumina, una sonrisa se extiende en su rostro. Alec, por otro lado, se ve furioso y me pregunto si está recordando todas las cosas que dijo sobre mí, que le dijo a María, todos los fragmentos de cosas que he escuchado…

Aunque no puedo obligarme a que me importe justo ahora.

También lo hablas con fluidez. Tal vez puedas recibir algunas respuestas si te comportas como una niña buena y lo admites en voz alta. Quién. Eres.

El enojo en su voz me hace encogerme.

—Isabella Falcone —murmuro al piso, el nombre suena ajeno en mi boca.

—¡Más alto! —exige Caius—. ¿Quién eres?

Me enderezo, incapaz de contener mi mirada letal.

—Isabella Falcone —le escupo, el fuego arde en mis venas.

Caius asiente, al parecer satisfecho.

Ah. Tenaz. Igual que su mamma. ¿Acaso no luce idéntica a ella, Stefan?

Stefan está pálido, tiene un tic en la mejilla, se retuerce las manos.

—Sí —dice al fin, aceptándolo.

—¿Y cómo debería verse, Stefan?

—Pues ella… ella… ¡estaba casi muerta! —brama Stefan, tartamudeando, incapaz de esconder el miedo en su voz.

—¿La revisaste? —pregunta Caius de forma condescendiente. Cuando Stefan no responde de inmediato, se lo ruge en la cara.

Retrocedo por instinto.

Stefan está protestando demasiado.

—Toda la sangre; ella estaba-estaba desangrándose, lo juro. ¡Lo juro!

—No —dice Caius cortante.

Pasa todo muy rápido, un minuto Caius está metiendo la mano en su bolsillo y deslizando los dedos a través de unos puños americanos de oro, el siguiente está golpeando viciosamente a Stefan justo frente a mí, la sangre salta y se rocía, golpeándome en la cara, los brazos, en todo mi vestido. Lo golpea hasta dejarlo en el piso, y luego hasta que su cráneo cede y yo estoy llorando detrás de mis manos, intentando ver a todas partes menos al cuerpo destrozado que está a mis pies.

Caius saca despreocupadamente una tela de su bolsillo, se va para recargarse en la mesa y se limpia la cara, completamente tranquilo. Como si no acabara de tomar la vida de otro hombre. Como si golpear a un hombre hasta matarlo no fuera nada.

Me mira.

Has estado viviendo con tiempo prestado, princesa.

Trago pesadamente, sintiendo el chorro de la sangre de Stefan gotear lentamente por el costado de mi cara, y ahogo la repulsión.

No lo entiendo —digo, mi respiración se vuelve irregular—. Dímelo.

Caius solo sonríe.

¡Dime qué hiciste! Dime ¿qué hizo él? ¡No lo entiendo! Mi papá lo hizo. Él lo hizo, ¡leí su caso! ¡Ni siquiera hablo con él por lo que hizo! —lloro, un sollozo a medias se escapa de mi garganta.

Caius me observa por un momento, disfrutando de mi angustia. Es de ese tipo, de los que se deleitan con la destrucción; de posesiones o personas, no importa.

Él mira cómo todo mi mundo se derrumba. Incapaz de contener las lágrimas que caen por mis mejillas, la forma en que todo mi cuerpo tiembla.

Trabajé para tu papá por un tiempo. Un tiempo muy, muy largo. Fuimos amigos, una vez. Cuando él se encargó del negocio de la familia después de que tu nonno falleciera, que en paz descanse, él se volvió… implacable. Devoró todo el terreno; se expandió. Mató, mutiló, aterró, sobornó, corrompió. —Hace una pausa mientras se limpia metódicamente la sangre de las manos—. Me volvió su segundo al mando. La vida era buena para nosotros, el negocio iba bien. Pero entonces empezó a tomar decisiones jodidamente estúpidas.

Se endereza.

»Empezamos a estar en desacuerdo sobre muchas cosas. Tenía mis sospechas de que se estaba involucrando de más con mi prometida, ¿sabes a qué me refiero? Embarazó a la putita. Como puedes imaginarlo, destrozó algo en mí. Puede que haya hecho un juramento, pero una traición como esa… en realidad, fue un asunto muy sangriento. Tú y ella eran las únicas cosas que realmente le importaban, así que nos… encargamos de ustedes, eventualmente. Justo cuando pensó que podría relajarse. Justo cuando pensó que ya todo había terminado. Cuando pensó que estaban a salvo. Stefan fue quién se encargó de lidiar con eso por mí.

—Pero la evidencia…

—Sembrada —dice Caius con indiferencia—. Quería que se pudriera sabiendo que no le quedaba nada. Ni familia. Ni imperio. Nada.

Permanezco en silencio.

Mi papà decía la verdad.

Él no lo hizo.

Este hombre aquí es la razón por la que crecí sin mi mamma. Sin mi papà. Le creí a las cortes sobre mi propia carne y sangre. Estaba tan segura. Tan firme en que mi papà le estaba mintiendo a nonna, a mí. Todas esas cosas horribles que les dije a los dos. El arrepentimiento y la culpa llegan al instante y con intensidad.

Cierro los ojos con fuerza y sacudo la cabeza, las lágrimas caen rápida y constantemente.

Debió encontrar una manera de salvarte; te escondió, se dejó incriminar por ambos asesinatos para que pareciera que habías muerto y así mantenerte a salvo. Fue muy inteligente en realidad, le concederé eso. Aunque es gracioso cómo funcionan las cosas. Tú, trabajando en el jodido club de estríperes que mi sobrino acaba de comprar. A casi mil millas de donde comenzó todo esto. ¡Es mi jodido día!

Se ríe cruelmente.

Y ahora tengo que decidir qué haré contigo.

Se talla la cara.

Quiero vomitar, la cabeza me da vueltas. Todo esto está pasando con rapidez. Con demasiada rapidez.

Ella difícilmente es una amenaza —declara Alec, acercándose hacia Caius, sorprendiéndome. Está inusualmente sombrío—. Ni siquiera conoce a su viejo. Él es un extraño para ella. No está bien castigarla por sus errores.

Intento respirar profundamente, pero no puedo contener el sentimiento puro de devastación saliendo de mí. Lo habría conocido. Pude haber tenido una relación con él. Incluso tras las rejas. Si tan solo le hubiera creído. Pero no lo hice y ahora… ahora tal vez ya nunca lo haré.

—Ella ha mentido. Hasta donde sabes, ella pudo haber estado usando a Masen para espiarnos. Pudo pasarle información a él. ¿No crees que es raro que de toda la gente en el jodido mundo ella esté con uno de tus hombres? ¿Eh?

Alec actúa con desdén.

—Ella ha estado cerca de nosotros desde hace meses y nunca ha hecho nada que me haga pensar algo así. No soy un jodido idiota, Caius.

—Y ella ahora sabe la verdad. ¡Estás jodidamente mal si piensas que no correrá de regreso a él! —se mofa—. No. Quiero que Calagero sepa que todo, todo, lo que ha hecho fue en vano.

El veneno, el odio en su voz es penetrante, cegador. El tiempo no ha hecho nada para apaciguarlo.

Camina por un minuto.

—¿Dónde carajos está Masen?

—Aquí. —Su voz me sorprende cuando sale de entre las sombras. Para cualquier otra persona, él se ve extrañamente sereno, pero noto su cabello despeinado, los nudillos de sus puños blancos a sus costados, lo inusualmente pálido que está.

Sus ojos se mueven hacia mí y luego regresan a Caius.

—Demuéstrame tu lealtad —exige Caius—. Mátala.

Mi corazón se hunde cuando Alec maldice.

—Esto es absurdo y lo sabes, ¡no tiene sentido para nada!

—Se me está acabando la paciencia, Alec, si no puedes soportar el calor, salte al carajo. —Señala la puerta. Alec se calla, su nariz se ensancha—. Es tu decisión, Masen. Las matas tú mismo, de forma agradable, rápida y limpia, o yo la haré sufrir. La follará quien quiera tener su turno, la torturaré hasta que se rompa y luego se la enviaré en pedacitos a Falcone.

Palidezco, mis ojos se mueven entre todos.

Alec está sacudiendo la cabeza. Masen mira sin parpadear a la distancia. Inhala a través de la nariz, alza la vista hacia mí cuando dejo caer la cabeza con incredulidad.

Alec tiene razón, esto está jodido. Completa y totalmente jodido.

¿Qué tiene de justo esto? ¡No he hecho nada malo! Era solo una niña. ¡Una niña pequeña!

—La vida no es justa —dice Caius fríamente—. Termina con esto.

Alec está junto a Masen ahora, le murmura algo al oído y deposita un metal negro en su mano. Masen mira la pistola, sopesándola en su mano.

—¡SÁLGANSE al carajo! —escucho a Alec gritar, pero no estoy concentrada en quién o a qué le habla.

Estoy concentrada en los pies avanzando hacia mí, lenta y deliberadamente, y luego Masen se encuentra parado justo frente a mí y yo me estoy meciendo desequilibradamente sobre mis pies.

—No-no lo dejes hacerme esas cosas —digo, buscando en unos afligidos ojos oscuros, los míos derraman lágrimas pesadas y rápidas, se me rompe la voz—. No quiero eso-no puedo vivir eso. Preferiría que tú…

—Bella —exhala, hay cierta desesperanza en su voz que me hace llorar más fuerte—. Yo-esto no está bien. Siento… —sorbe por la nariz, agonizando—. No se suponía que debía ser así. Carajo.

Su mano sube a mi cara, pasa su pulgar por mi mejilla, me limpia las lágrimas de los ojos hinchados antes de inclinarse, sus labios se sienten cálidos y suaves y tiernos en los míos.

—Te amo. Jodidamente mucho.

Deja que las palabras se queden sobre mis labios, en voz tan baja que casi no las escucho, y cuando lo veo hay una solitaria lágrima cayendo y sé que esto es el fin.

Es la despedida.

Termina aquí.

No hay rescate, no hay actos heroicos.

Esta es su prueba de lealtad al nombre De Luca y si falla, ambos morimos.

Es mejor de esta forma. No puedo soportar la alternativa.

—Tienes que hacerlo. Por mí. Por favor. —Mi voz se quiebra, mis ojos encuentran el piso, estoy temblando en todo el cuerpo, me siento caliente y fría y enferma.

Alzo la cabeza, intentando limpiarme los ojos con el hombro. Intentando pensar en lo que necesito decir, lo que necesito decirle a él, antes… pero mi cerebro no está funcionando. La única cosa que sé es que lo amo, así que le digo justo eso.

—También te amo. Espero que lo sepas. Has sido tan, tan bueno conmigo, justo… como dijiste.

Asiente inflando las mejillas, luego una exhalación lenta y larga.

Me paro de puntillas.

—Prométeme que te perdonarás.

Mueve lentamente la cabeza de un lado a otro.

—¿Cómo podría hacerlo? —La angustia en su voz me destroza el corazón. Ahogo un sollozo cuando sus ojos buscan los míos antes de besarme una última vez.

Y es todo.

Todo.

Es un te amo y es un te deseo y es un nunca te dejaré ir.

Es un adiós.

Se da la vuelta y se aleja, y miro cada paso, llorando tanto que no puedo ver bien. Llorando por nosotros, llorando por él, por todas las cosas que nunca tuvimos.

Lo siento, papà —murmuro bajo mi aliento hacia el cielo, con la esperanza de que él lo entenderá.

Espero. Las lágrimas caen y manchan el concreto oscuro, todo mi cuerpo se sacude violentamente, mi corazón late de forma dolorosa en mi pecho.

Tum.

Una brusca inhalación.

Tum.

El sonido del seguro siendo liberado.

Tum.

Ruidos leves de fondo. Como fuegos artificiales.

Tum.

El temblor de su mano.

Tum.

El movimiento más pequeño del mundo cuando aprieta el gatillo.