Disclaimer: Esta historia no me pertenece, los personajes son de Stephenie Meyer y la autora es Hotteaforme, yo sólo traduzco sus maravillosas palabras.
Disclaimer: This story doesn't belong to me, the characters are property of Stephenie Meyer and the author is Hotteaforme, I'm just translating her amazing words.
Thank you Hotteaforme for giving me the chance to share your story in another language!
Gracias a Yani por ayudarme a betear esta historia.
Capítulo 27
Dos semanas, dos carros, dos estados, siete ciudades diferentes; un motel mugriento tras otro motel mugriento, una noche sin dormir tras otra noche sin dormir.
Me siento inquieta y apática.
No fue esto lo que imaginé cuando Masen dijo normal.
Lo único de lo que estoy segura es que nunca podría vivir este estilo de vida nómada de forma permanente; necesito un lugar al cual llamar mi hogar. Necesito una rutina; estructura, un trabajo, comida casera…
Masen dice que ya pronto y pronto no podría llegar lo suficientemente rápido.
En lugar de eso, me estoy obsesionando, pensando y pensando en los posibles escenarios y en los "hubiera" que atormentan cada minuto sin dormir y cada minuto de sueño.
A veces siento que estoy de regreso ahí, en esa bodega, a punto de perder la vida.
Y a pesar de que no lo admite, creo que Masen se siente más afectado de lo que aparenta.
Se refleja en la forma en que apenas se aparta de mi lado, el cómo se despierta de golpe con sus manos buscándome. Su paranoia sobre ser seguido; las represalias por dejar a una familia a la que le hizo un juramento nos han hecho cambiar de carro dos veces y zigzaguear entre estados sin quedarnos en el mismo sitio por demasiado tiempo.
Estar confinados a cuatro paredes y un carro el uno con el otro casi cada hora de todos los días también nos ha llevado inevitablemente a pelear por nada y por todo.
A solas con unas raras paredes color rosa salmón y cortinas florales en colores oscuros que gritan por estar en una película de horror de los 80, me quedo fulminando con la mirada la madera oscura de la puerta por la que él acaba de salir después de una discusión que comenzó debido a algo tan insignificante que ni siquiera recuerdo qué fue.
No se fue muy lejos; probablemente está fumando sin parar afuera mientras la linda rubia de recepción coquetea con él. Ella ha estado sobre él desde que nos registramos hace tres días, mirándome como si no fuera merecedora de él.
Probablemente tiene razón.
También peleamos por ella.
Mis uñas se entierran en mis palmas al pensarlo, estoy celosa.
Pasa el tiempo y una sensación de haberme equivocado se establece, el enojo y la molestia remiten. Exhalo ruidosamente, de mal humor, sin concentrarme en la televisión que encendí para llenar el silencio.
No quiero que él se arrepienta de esto. De mí. De nosotros. De su decisión de dejar todo lo que conoce. Necesito quitarme este humor de encima, no solo por él, sino también por mí. Estoy harta de mí tanto como él debe estarlo.
Estoy viviendo y respirando, y estamos juntos.
Estoy viva, eso es lo importante.
Me baño, me seco el cabello con la secadora que encontré escondida en uno de los cajones debajo del armario. Huele raro y suena todavía peor. El esmalte barato color rojo que compré en la gasolinera sigue después. Está muy aguado y se requieren de tres capas, pero cuando termino, al menos me siento un poquito más humana, un poquito más yo. Inspecciono mi cara en el espejo, el moretón ya se desvaneció por completo, estoy pálida, piel de oliva ligeramente llena de pecas y ojos cansados. No me he puesto maquillaje, pero no iré a ninguna parte, así que en realidad no importa.
Las llaves repiquetean en la cerradura, la puerta se abre y se cierra, se escucha una vez más el sonido del seguro. Lo encuentro a través del espejo, recargado en la puerta con las manos en los bolsillos de su sudadera. Se queda quieto por un minuto mientras yo me cepillo el cabello otra vez, sus ojos vagan sobre mi ropa interior negra y mi piel desnuda.
He ganado un poco de peso después de dos semanas de estar sentada, de permitirles a mis pies sanar, y empieza a notarse en mi vientre y mis caderas. Intento no sentirme insegura, pero de todas formas tomo un top, siento nostalgia por el pole y el yoga y estar caminando de un lado a otro en el trabajo.
Unas manos frías me detienen, una se desliza alrededor de mi cintura, jalándome hacia él, entierra su cara en mi cuello, su recién crecida barba me hace cosquillas.
—Lo siento —le digo—. Estoy actuando como toda una perra. Es que… me siento muy dispersa.
—Lo sé.
—¿Sabes que soy una perra? ¿O…?
Me mira en el espejo por debajo de su cabello.
—Que estás dispersa. Lo siento. Lo entiendo.
Tarareo cuando deja besos por todo mi cuello, mi mano encuentra la suya, la bajo por mi cintura, empujándola hacia donde la quiero, sus dedos juegan con un sencillo encaje negro.
—Por favor —ruego, encontrando su mirada en el espejo—. Por favor.
Sus dedos danzan, una caricia de su lengua, sus dientes rozan mi cuello; un suave gimoteo se escapa de mi boca. Está vacilando y detesto eso. Se ha estado conteniendo de hacer esto y me está volviendo loca porque no entiendo la razón.
—Por favor —vuelvo a susurrar, empujando su mano otra vez, desesperada por algo más—. Siento que ya no me deseas.
Chasquea la lengua en mi oído, como si debiera conocerlo mejor.
Miro nuestro reflejo mientras sus manos encuentran mis bragas, las baja por mis caderas antes de que una mano descubra carne caliente y resbaladiza.
Hay pasión en sus ojos, un temblor en su aliento cuando mueve su mano sobre mí, dentro de mí, un dedo, luego dos, entrando y saliendo rítmicamente, un pulgar en mi clítoris, hasta que muevo las caderas en busca de más, con desesperación, encontrándome ya vergonzosamente cerca del final. Mi cabeza se deja caer sobre su hombro.
—Mírate cuando te corres —dice con voz ronca en mi oído.
Hago lo que dice. Creo que me veo estúpida al correrme, pero una mirada hacia él, con sus labios separados y ojos pesados, me dice que él no lo piensa.
—Jodidamente hermosa —murmura, mordiéndome la oreja.
Me giro en sus brazos, mis rodillas golpean la alfombra, le bajo la pantalonera y el bóxer, mi boca encuentra su polla, dura, lista.
—¿Cómo puedes pensar que no te deseo? —dice, su mano encuentra mi cabello, lo jala con una fuerte inhalación y un lento y alargado "caraaajo" cuando lo meto por completo a mi boca.
No contesto, disfruto de cómo me responde hasta que me dice que no va a durar mucho si sigo así. De todas formas, me deja seguir hasta que sus movimientos se vuelven repentinos y decisivos, me jala para ponerme de pie, me levanta sobre el peinador, me da unos apasionados besos de boca abierta por todas partes mientras me abre las piernas de un empujón, entra de golpe, me hace jadear. Ha pasado mucho tiempo. Demasiado, y he extrañado esto, a él.
Unas manos grandes se sienten pesadas en mi cintura, mis manos se afianzan en el peinador, una urgencia primitiva se apodera de mí mientras él embiste en mí una y otra vez. El peinador se agita, sus manos se aprietan. Es más brusco de lo normal y me gusta. Lo deseo. Le digo exactamente eso, que me folle. No quiero que sea gentil; quiero sentir esto mañana. Sus manos me mueven, me jalan hacia él con cada embestida, el peinador se golpetea contra la pared, se traga mis gemidos.
Tartamudea "Te amo" cuando me hace correrme con él. Su cuerpo se estremece, la intensidad del sentimiento que barre sobre mí me hace reír antes de convertirse en llanto, y luego en otra carcajada; feliz y triste, todo al mismo tiempo.
—¿Estás bien? —jadea—. Carajo, no…
—Estoy bien —asiento, limpiándome las lágrimas—. Solo que fue intenso. Te extrañaba. —Empuja mi cabeza hacia su pecho sudoroso, deja un beso sobre la misma.
Nos quedamos así hasta que él me carga hacia la cama, nos tapa a ambos con las ásperas sábanas antes de alzarse apoyándose en un brazo.
—Hola —susurro.
—Hola.
Sonríe y lo imito en una silenciosa y dichosa satisfacción, se ha restaurado una sensación de intimidad.
Me hace otra vez la pregunta que no he respondido.
—No me has tocado así en semanas, no desde… antes —le digo, cohibida, insegura, mirando el techo antes que a él.
—Bella. —Sacude la cabeza, su mano encuentra mi cara, su dedo traza la curva del nacimiento de mi cabello—. Quería darte tiempo después de todo lo que pasó, no quería presionarte. El que Royce te pusiera encima sus asquerosas manos… —Su nariz se ensancha, su mandíbula se aprieta.
Detesta no haber estado ahí para detenerlo de agarrarme; y también detesta no haberlo hecho sufrir más antes de matarlo de un disparo.
De repente se escucha un grito de la habitación junto a la nuestra, el sonido de algo estrellándose contra la pared. Me sobresalto, me aferro las sábanas al pecho, mi corazón retumba.
Nos miramos antes de que Masen se levante de la cama, poniéndose de nuevo la pantalonera y el bóxer.
—¿A dónde vas? —pregunto llena de pánico.
—No nos vamos a quedar aquí —me dice—. Carajo, no aguanto este lugar. Vístete.
…
—Creo que lo voy a llamar hoy.
Masen alza la vista del periódico que está leyendo y lo baja mientras yo me ocupo poniéndole mantequilla a una rebanada de pan tostado.
Llevamos tres días quedándonos en un hotel con vista al lago en el Parque Nacional de Yellowstone y me siento más animada. Parece que estar rodeada de una vasta superficie de vegetación me ha dado la recarga que necesitaba. Un botón natural para reiniciar.
Las últimas mañanas nos han encontrado levantándonos temprano para ir a caminar al aire fresco antes de desayunar en el solario del hotel, hemos estado sentados y leyendo bajo el sol, hemos dado paseos todavía más largos en la tarde. Incluso he podido incluir un poco de yoga y la paz que encuentro en eso me hace preguntarme por qué no lo he hecho antes de ahora.
Pasamos la mañana en la cama; sexo lento y flojo, seguido del desayuno traído a nuestra suite por el servicio del hotel. Masen ha derrochado dinero en toda una semana aquí. Su cumpleaños es el viernes y es una especie de celebración.
Desliza una mano sobre la mesa hacia mí, entrelazando sus dedos con los míos.
—¿Sí? ¿Lo dices en serio esta vez o te vas a acobardar de nuevo?
He estado diciendo que llamaré a papà durante toda la última semana, desde que Masen habló con él. No me sentía lista entonces, pero ahora es todo en lo que pienso en las noches cuando estoy despierta incapaz de dormir. Sé que necesito hacerlo. Tacharlo de la lista, avanzar otro paso. Pero…
Aparto la mano, estirándola hacia la mermelada de fresa.
—No he hablado con él en unos nueve años. Es algo importante. —Un fuerte golpe de culpabilidad me llena el pecho al hablar.
—Saldrá bien. Él está bien.
Se negó a contarme lo sucedido durante su charla con papà, su boca forma una línea tensa cuando saco el tema a relucir, buscando detalles.
»¿Qué se suponía que debías pensar? Un tribunal lo condenó, ¿no? Yo me habría sentido igual —continúa, se encoge de hombros y siento una oleada de amor por él por intentar hacerme sentir mejor.
Poniéndome de pie, me inclino sobre la mesa y planto un beso en sus labios.
—Gracias.
Retrocedo y me muerdo el labio, mi mente vaga hacia su cumpleaños y hacia qué demonios puedo hacer por él.
—¿Qué pasa?
—Estaba pensando en tu cumpleaños. No puedo comprarte nada y me siento muy de mierda —admito, me siento de nuevo y le doy una mordida a mi pan tostado.
No tengo acceso a mi cuenta de banco, no tengo acceso a nada de dinero aparte de lo que Masen tiene en la maleta que trajo de casa de su mamá.
Dijo que era un "fondo por si acaso", pero me ha dicho que hay poco menos de doscientos cincuenta mil dólares ahí y no hay nada "por si acaso" al respecto en eso. Mi instinto me dice que el dinero es lavado o está lleno de sangre, o ambas.
—No me importa lo material. Son solo cosas. Que estés conmigo es suficiente. Si te sientes muy mal por eso, iremos al pueblo o algo. Cómprame lo que quieras, o como sea.
Arrugo la nariz. Eso tampoco se siente bien.
—¿Eso no es, o sea, hacer trampa? ¿Usar tu propio dinero para comprarte un regalo?
Se encoge de hombros.
—No me importa. He tenido algunos cumpleaños muy de mierda, este no será uno de ellos; con o sin regalo.
—Si estás seguro. —Eso lo puedo entender: el asunto del cumpleaños. Aparte del último, usualmente pasaban desapercibidos, en realidad tampoco era como si James se esforzara en eso—. Detesto no tener mi propio dinero —le digo, frunciendo el ceño. Me hace sentir dependiente, me hace sentir como si estuviera cayendo por la misma pendiente en la que caí con James. Pero no es así con Masen; nunca lo ha sido, él nunca ha intentado controlarme de esa forma.
—No será por mucho tiempo más —me asegura Masen—. Cuando nos asentemos, podemos encontrar trabajos… pero no tienes que hacerlo, puedes hacer lo que tenías planeado, obtener tu GED e ir a la escuela. Te apoyaré, en lo que sea.
Lo considero. Empezar de nuevo, casi a los treinta y uno. La vida que él acaba de dejar es todo lo que ha conocido desde que era un adolescente.
—¿Qué quieres hacer tú? O sea, ¿en lo que respecta al trabajo?
Baja la vista a su plato, luego mira hacia el lago y se pasa una mano por la nuca.
—No sé —me dice, pero hay un ligero sonrojo en la punta de sus orejas que me hace pensar que sí lo sabe, solo que se siente tímido al respecto.
—¿En serio? ¿Nunca lo has pensado? No me reiré ni nada.
—Algo físico —dice.
—¿Como… un estríper? Mmm, no estoy tan segura sobre eso —digo, golpeteándome el mentón con el dedo, bromeando.
—Creo que eso es más lo tuyo —dice, recargándose en la silla.
—No soy estríper.
Se inclina hacia enfrente.
—Lo eres para mí. Lo de Año Nuevo fue un punto a destacar para mí.
Me trago un bocado de pan tostado y tarareo mostrándome de acuerdo mientras sus labios se curvan en una perversa sonrisa.
—Creo que quiero entrar a enfermería… pero no sé si podría lidiar con eso. Podría obtener la licencia como maestra de yoga o incluso de pole, tal vez. No necesito un GED para esas cosas.
Es la primera vez que he dicho eso en voz alta y tengo la esperanza de que eso le sonsaque el tema a él, sobre lo que se ve haciendo en el futuro.
—¿Por qué crees que no podrías lidiar con enfermería? —pregunta Masen cuando le doy otra mordida a mi pan.
—Hay muchas cosas de vida o muerte en eso, y me preocupo que eso pueda desatar ataques de pánico y así. Antes de esa semana, estaba bastante segura de que eso era lo que tenía como objetivo, pero ahora todo se siente… en-encuentro difícil pensar en más allá de, o sea, los siguientes días.
Los ojos de Masen se suavizan, mira otra vez a través del agua y luego de nuevo a mí.
—Mecánico —dice.
Le sonrío enormemente. Le encantan sus carros.
—Serías bueno en eso.
Miro el reloj y mi sonrisa se desvanece. Si voy a llamar a papà, necesito hacerlo ya. Demetri dijo que era la mejor hora; uno de los guardias en turno recibe un soborno por ignorar a papà durante media hora más o menos. No lo garantiza, pero hace que sea más probable.
—¿Puedes darme un poco de tiempo? ¿Si lo llamo? —pregunto con un suspiro—. Creo que necesito hacer esto sola.
—Claro —dice Masen con facilidad—. Estoy seguro que puedo encontrar algo que hacer.
…
El celular se siente pesado en mi mano mientras mi pulgar al fin aterriza sobre el botón de llamar. Suena dos veces antes de llevármelo a la oreja, tengo el labio entre los dientes.
La aprensión se envuelve en mi estómago, hay cierta ambigüedad en mi cabeza y corazón intentando pensar en qué decir. Una disculpa está al inicio de mi lista, pero ¿y luego qué? ¿Cómo hablas con alguien cuando no tienes idea de que decir? ¿Cuando en realidad no lo conoces?
—Falcone.
No estoy lista cuando responde. Con tono formal, brusco, con un ligero acento, una voz que es tan conocida, pero al mismo tiempo no. Se me atora el aliento al tragar.
—¿Hola? —pregunta después de un latido.
—¿Papà?
Escucho su respiración superficial, un crujido y un zumbido entre nosotros.
—¿Bella?
Hago una pausa, cierro los ojos, preguntándome dónde comenzar. Preguntándome qué puedo decir para empezar a sanar una relación que en realidad nunca fue.
La línea cruje de nuevo. Aunque no soy yo quien habla primero, es él.
—Llamaste.
—Demetri me lo dijo —le digo, presionando el celular desechable más cerca de mi oreja mientras miro por la ventana hacia la vasta inmensidad del lago—. Perdón, he tardado un tiempo… es que…
Batallo para encontrar las palabras adecuadas, me veo vencida al silencio, incómoda. Él sabe lo que me pasó y creo que eso lo vuelve más difícil; sabe lo que hizo James, sabe lo que Caius casi hizo. Me siento caliente. Estas cosas… se siente mal que él sepa esas cosas, estoy avergonzada por ello.
—¿Cómo estás?
¿Cómo estoy?
—Bien. —Me conformo con eso porque creo que eso es más que nada lo que él quiere escuchar, y es más que nada verdad. Al menos, físicamente estoy sanando.
Al mismo tiempo decido entrar de golpe en lo que quiero decir, él parece hacer lo mismo y en lugar de eso terminamos hablando al mismo tiempo.
Me río incómoda.
—Adelante —me anima.
Mi mirada encuentra un ave solitaria en el cielo cubierto de nubes, la sigo mientras se desliza a través de las corrientes cálidas de aire.
—Quería decir-decir que lo siento. Me equivoqué con todo… y-y debí haber escuchado a nonna. Y a ti. —Mi voz se atora, me froto una mano sudorosa sobre mi camisón.
Suspira, pesado y ponderando.
—No creí que te enterarías de la forma en que lo hiciste. Esta cosa del internet no estaba cuando me encarcelaron… quería que todos pensaran que yo lo hice para mantenerte a salvo. Creí que escucharías a tu nonna, pero lo hecho, hecho está. No tienes que lamentarlo, la única persona que lo lamenta aquí soy yo. Mi vida… estás viviendo las consecuencias de mis decisiones. Y hay un límite en lo que puedo hacer para arreglar las cosas.
Su voz suena tranquila, como si estuviera pensando un poco en lo que va a decir. No creo que se disculpe mucho con otras personas.
—Les dije unas cosas horribles a nonna y a ti —admito arrepentida—. Desearía no haberlas dicho. Desearía que ella estuviera aquí para poder decirle también a ella que lo siento.
—Ella te amaba muchísimo… igual que yo —hace una pausa y siento un nudo en el pecho, me lo froto—. Te vi ese día aquí. Has crecido tanto… no eres la niñita a la que le leía cuentos para dormir.
—Pensé que eras tú, pero no estaba-no estaba segura.
—Utilicé algunos contactos. Hice que me movieran a Chicago en cuanto descubrí que tú estabas ahí, en alguna parte —me dice—. Pasé años sin saber después de la muerte de tu nonna. Para cuando supe que ella ya no estaba, tú tampoco estabas ya. No pude enviar a Demetri tras de ti con suficiente rapidez… no había registro de ti en ninguna parte hasta el verano pasado, por unas compañías de tarjetas de crédito.
James.
—Eso no fue… yo no las saqué.
—Lo sé.
—¿Tú lo hiciste? —pregunto, sintiéndome valiente—. ¿Lo de James?
—No con mis manos. —Es su calculada respuesta—. Nadie toca a mi hija de esa forma y vive para contarlo. La inmundicia recibe lo que merece.
Su voz me eriza la piel. El desprecio en ella, un pequeño vistazo al hombre que Caius me dijo que era.
Cambia el tema mejor hacia mis últimos años en Phoenix. No mucho después él tiene que irse, la desconexión es repentina y abrupta. Supongo que eso es lo que pasa cuando hablas en un celular metido de contrabando en la prisión.
Hablamos otra vez al día siguiente y al otro y se siente como algo positivo, el poder tener estas pequeñas conversaciones incluso si todavía no estoy segura de cómo me siento respecto a él.
…
Un día antes del cumpleaños de Masen terminamos en la ciudad más cercana. Demetri se reúne con nosotros en el estacionamiento, el sol cala mucho, el aire fresco debajo del árbol donde estamos parados se envuelve en mis piernas. Masen dice que tiene unas cosas que hacer, y yo necesitaba comprarle algo para su cumpleaños, aunque fuera solo una tarjeta, así que aceptamos separarnos. Yo iré con Demetri y él irá por su cuenta.
Rápidamente comprendí que tener a Demetri conmigo es cómo imagino que se sienten las celebridades con sus guardaespaldas. Una sombra siempre vigilante caminando a mi lado.
Para lo que no estoy preparada es para lo mucho que me molesta estar cerca de multitudes de gente, hasta el punto en que me sudan las manos y mi respiración es irregular. Demetri lo nota rápidamente, me hace sentarme en una banca y ver a la gente pasar para aclimatarme.
—Está bien—dice cuando me disculpo—. Tómate todo el tiempo que necesites.
Me distrae contándome historias de su juventud; creció en Europa oriental, me hace reír con una historia que involucra mucho vodka y él despertando en la sala de estar de una casa que no reconocía con una mujer mayor dándole escobazos.
Se muestra paciente cuando tardo horas en intentar elegir una base de maquillaje en la farmacia, y cuando le pido su opinión sobre cosas que veo para Masen.
Estoy aferrada en comprarle un iPod con un adaptador para carro para nuestro tiempo en carretera hasta que Demetri señala que tendría que registrarse en iTunes y gastar dinero en línea, y no haremos eso. No podemos hacerlo. Al menos, todavía no.
En lugar de eso, elijo un montón de CDs de cosas que sé que le gustan: Radiohead, Nine Inch Nails, System of a Down, y Jurassic 5. Luego añado también el de Spice Girls solo por la mirada de disgusto en su rostro.
Para cuando volvemos a reunirnos, ya le compré a Masen un par de camisetas, un reloj nuevo y encontré también la colonia que le gusta usar.
—¿Cómo te fue? —pregunta mientras mete mis bolsas a la cajuela del carro—. Espero que todo esto no sea solo para mí.
Lo miro con enojo y Demetri se ríe.
—Me fue bien. No seas malagradecido —lo regaño, dándole un beso en la mejilla.
En la mañana, lo despierto con una muy mala interpretación de "Feliz cumpleaños", le llevo una bandeja llena de panqués a la cama y la deposito ahí, hay una solitaria vela brillando encima.
—Ya estás muy viejo —digo con una carcajada cuando gime, tapándose la cara con un brazo a modo de protesta—. Ni siquiera te puedes levantar para soplar tu vela.
Parpadea, se sienta lentamente, los músculos de su estómago se tensan.
—Tengo algo que tú puedes soplar.
Lo empujo gentilmente.
—Estás muy obsesionado.
—Contigo.
Apaga su vela antes de darle una mordida a los carbohidratos empapados en miel.
—¿Pediste un deseo?
—Se supone que no debes decir cuál es tu deseo —dice, toma otro bocado y se inclina, manchando mis labios con el empalagoso sabor de la miel.
A Masen le gustan sus regalos y cuando finalmente terminamos de revolvernos en la cama, me dice que quiere ir a dar un largo paseo esa tarde.
Para mi sorpresa, ya lo tiene todo planeado; comida, agua y la ruta. No queda muy lejos del hotel, es un viaje corto en carro y luego un circuito de cuatro millas.
Para cuando llegamos a la elevación, ya se siente el abrasador sol de media tarde y hay un cielo sin nubes que parece extenderse hasta el infinito. Me quité la sudadera para quedarme solo con un sostén deportivo, disfrutando del calor en mi espalda.
Descansamos en una mesa de picnic con vista hacia el valle, bajo la sombra de enormes pinos, el río fluye muy abajo, cortando el paisaje con alces y búfalos esparcidos por ahí.
—Esto es hermoso —digo, girándome hacia él después de pausar para admirar la vista, me siento serena y tomo profundas bocanadas de aire.
Tiro mi sudadera y gorra de béisbol, poniéndome las gafas de sol sobre la cabeza mientras tomo traguitos de agua, girándome para apreciarlo todo.
Aquí arriba, lejos de Chicago, podríamos ser cualquier persona. No soy una sobreviviente ni una víctima, no me estoy ahogando en malos recuerdos y pesadillas… de alguna forma, todo eso se siente distante. A un mundo de distancia.
Masen sonríe y sacude la cabeza al quitarse su propia gorra, se para detrás de mí para admirarlo. Sin embargo, cuando alzo la vista hacia él, no está viendo el paisaje, me está viendo a mí.
—¿Qué?
—Nada. Es que… me gusta cuando sonríes; cuando estás feliz así, conmigo —dice, apoya su mentón sobre mi cabeza y me rodea con sus brazos.
—Tú me haces feliz.
Alzo la vista al notar que no responde. Quiero preguntarle qué sucede, porque tiene una mirada extraña en la cara. Se gira hacia mí.
—Sabes que no soy-no soy muy bueno con las palabras, pero… —Saca una cajita de terciopelo negro de su bolsillo. Su nuez de Adán se agita cuando la abre, los diamantes brillan fuertemente bajo el sol—. ¿Te casas conmigo?
Me llevo la mano a la boca, un poco asombrada, muy sorprendida, mis ojos saltan entre el anillo y él, y todo lo que puedo conjugar son las palabras:
—¿Es en serio?
Ni siquiera espero a que responda antes de lanzarme a él, unos fuertes brazos me levantan mientras mis piernas se envuelven alrededor de su cintura, mis labios colisionan con los suyos.
—¡Sí! —canto en su boca.
Cuando finalmente me suelta, lleva mi mano izquierda hacia él para deslizar el anillo en mi dedo anular.
Lo miro brillando bajo el sol, mis dedos hacen ese movimiento que la gente hace para hacerlo brillar y atrapar la luz. No sé nada sobre diamantes o anillos, pero este es hermoso: una piedra más grande, dos pequeñas.
—¿Te gusta? —pregunta con reticencia—. Podemos cambiarlo si no te…
Lo miro como si estuviera loco. ¿La gente hace eso?
—Lo amo. Lo amo porque lo elegiste para mí, pero te amo más a ti que a cualquier anillo. —Lo agarro, saltando sobre mis pies—. ¡Dios mío! ¿Estás seguro de esto?
—Nunca en mi vida he estado más seguro de otra cosa —me dice—. Supuse que, si este es un nuevo comienzo para nosotros, deberíamos empezarlo bien.
Unas cuantas personas merodeando a nuestro alrededor nos felicitan, incluso un chico con una cámara Polaroid nos entrega un par de fotos reveladas que logró capturar.
Conmovida por eso, también lo abrazo, me aferro con fuerza a las fotos y me entierro en el costado de Masen cuando declara que es el mejor cumpleaños de su vida.
…
—Masen. ¿Qué tan bien lo conoces? —pregunta papà al día siguiente cuando hablo con él, después de contarle nuestras noticias.
Ni siquiera vacilo con mi respuesta.
—Lo suficiente.
Musita como si no estuviera satisfecho.
—¿Qué? Me salvó la vida. Siempre me está cuidando.
—No me gusta que esté… involucrado con este negocio. El que haya dejado a la familia De Luca… siempre estará cuidándose las espaldas y eso significa que tú también.
Miro mi anillo, frunzo el ceño, no estoy segura de a dónde va esto, qué es lo que intenta decir.
—Pero ¿no estaría igual cuidándome las espaldas? Soy una Falcone. Confío en él, papà. Con mi vida. Lo amo.
Permanece en silencio por un latido.
—Podrías tener algo mejor. Yo reconsideraría tu respuesta.
Me dice que se tiene que ir antes de poder argumentar lo equivocado que está.
…
A lo largo de las siguientes semanas viajamos más al sur en una burbuja de felicidad.
Hacemos cosas normales que hacen las parejas normales; en anonimato y tragados por la distancia y el tiempo. Citas al cine, comer helado en los parques, disfrutar de días paseando por bulevares iluminados por el sol y noches entrelazados el uno en el otro de la mejor de las maneras.
Hay cierta irrealidad en ello, la realidad sale a la superficie de vez en cuando las veces que Masen habla apresuradamente con Demetri, o cuando capto un vistazo de la pistola que lleva con él todo el tiempo, o cuando carga su maleta que contiene todo el dinero con los nudillos blancos.
A veces me tambaleo peligrosamente cerca de tener ataques de pánico, mis pesadillas siguen embravecidas.
Pero, de alguna manera, con respirar profundo y recordar lo bueno que se siente ser capaz de hacer tan solo eso, puedo lidiar con ello. Puedo elegir revolcarme en mi propia miseria o puedo ser feliz. Así que elijo la felicidad.
Pero la felicidad…
No dura.
…
Se escucha un fuerte golpe en la puerta de la cabaña que nos despierta a ambos. Unos ojos lagañosos encuentran el despertador, rojo y brillante marcando poco más de la una de la mañana. Masen maldice, saca su pistola, se levanta de la cama y mueve ligeramente la cortina para ver por la ventana antes de relajarse, ponerse una camiseta y quitarle el pasador a la puerta.
—¿Qué carajos estás haciendo, hombre? —pregunta cuando Demetri entra de golpe a la habitación, trayendo consigo una corriente del frío aire nocturno.
Demetri no responde, busca en la habitación hasta que encuentra el control de la televisión y la enciende, cambia de canal tras canal antes de apuntar la pantalla con el dedo.
—Eso.
Masen se hunde en la orilla de la cama.
—… Edward "Masen" Cullen es sospechoso de acribillar al jefe de la mafia Caius De Luca en Chicago a principios de junio, fuentes cercanas a la investigación sugieren que ha estado saltando de estado en estado con la hija del excapo de la mafia Calagero Falcone… Isabella Falcone había sido dada por muerta, su padre fue condenado por la evidencia de ADN de su asesinato junto con el de su madre en 1990; sin embargo…
No escucho lo que están sugiriendo porque la cara de Masen llena la televisión, es una foto de él de hace años en lo que parece ser una ficha policial antigua. Se busca, dice por abajo, ofreciendo una cantidad ridículamente grande como recompensa.
Masen permanece en silencio, luego maldice en voz alta, se pone de pie y empieza a caminar de un lado a otro.
—¿Cómo carajo pasó esto? ¿Cómo CARAJO pasó esto? —Está señalando la televisión con una mano, se lleva la otra mano al cabello, tiene la apariencia de un animal salvaje encerrado, antes de golpear su mano contra el marco de la puerta del baño con frustración o enojo o ambos—. Carajo. ¡Carajo!
Me mira y siento mi cara desmoronarse, un miedo caliente y frío retuerce mis entrañas.
—Nena —dice, su voz está teñida con desesperación.
—Podemos escondernos, ¿no? ¿No es eso lo que estamos haciendo?
Masen se agarra el cabello con un puño otra vez.
—Será solo cuestión de tiempo —murmura, sacudiendo la cabeza.
—Bella debería venir conmigo —dice Demetri.
Masen señala enojado a Demetri con un dedo.
—No va a pasar, carajo. Yo voy a donde ella vaya.
—La vas a hundir contigo si te atrapan, maldita sea —gruñe Demetri—. ¿Quieres eso para ella?
—No te atrevas a empezar…
—Sería más seguro para ella. ¡Podemos conseguirle una nueva identidad!
Sus voces se alzan hasta que se están gritando ruidosamente el uno al otro.
—¡Cállense! ¡Cállense! ¡CÁLLENSE!
Ambos se detienen y me mira.
—No puedo… ¡no voy a vivir con otro nombre! ¡Miren toda la mierda que sucedió por hacer eso en primer lugar!
Es como si no aprendieran. Me tomo un minuto para pensarlo, pero el mal presentimiento en mi estómago me indica que no hay mucho que podamos hacer aquí. A menos de que nos dirijamos a una frontera internacional, México, y luego a… ¿dónde?
—Tal vez. Tal vez puedas ser honesto. Ciertamente dispararle fue en defensa propia, ¿o algo así?
—Se trata también de todas las otras cosas que podrían rastrear hasta mí, Bella. Esto es… si me atrapan y demuestran que he hecho las cosas que hice para Alec… me espera una sentencia de por vida.
Cierro los ojos, mi voz suena pequeña.
—Entonces, ¿qué hacemos?
