Disclaimer: Esta historia no me pertenece, los personajes son de Stephenie Meyer y la autora es Hotteaforme, yo sólo traduzco sus maravillosas palabras.

Disclaimer: This story doesn't belong to me, the characters are property of Stephenie Meyer and the author is Hotteaforme, I'm just translating her amazing words.


Thank you Hotteaforme for giving me the chance to share your story in another language!


Gracias a Yani por ayudarme a betear esta historia.


Capítulo 28

Mi vestido es ajustado, tiene tirantes delgadísimos que se cruzan, exponiendo mi piel hasta la altura de mi espalda baja. Me gusta la simplicidad, la tela ligeramente grisácea, la atemporalidad que tiene.

Retocándome el labial en tono neutral frente al espejo, jugueteo llena de nervios con las suaves ondas de mi cabello. Reviso una vez y luego otra mi bolso de mano antes de respirar profundamente, le echo un vistazo rápido a nuestra habitación de hotel antes de salir.

El descenso en elevador pasa en silencio y me encuentro mirando hacia arriba a las decoraciones doradas, ignorando a la mujer con su novio que me está viendo, esperando en Dios que no me reconozca ahora. No ahora. No hoy.

En lugar de eso, justo cuando salimos a recepción me toca el brazo y me dice que me veo hermosa. Le agradezco con una pequeña sonrisa antes de girarme, busco entre la multitud hasta que lo veo recargado en un pilar. Una figura alta en el ajetreo y bullicio de la gente; registrándose, checando su salida, maletas por todas partes.

Pantalón de vestir oscuro, camisa blanca abierta en el cuello, unas gafas de sol que esconden sus ojos, la barba pulcramente recortada. Mi corazón salta, late con fuerza. Es tan ridículamente apuesto.

Mis tacones repiquetean en los pisos de mármol al avanzar hacia él, metiéndome entre la gente, no voy tan rápido en caso de que me tropiece o me resbale.

En el momento en que me ve levanta sus gafas, se encuentra con mis ojos, musita un "vaya", mil mariposas explotan en mi estómago.

—En serio eres deslumbrante, ¿lo sabías? —murmura, ofreciéndome su mano. La levanta, me hace girarme y suelto una carcajada baja cuando me silba. Su mano se posa en la parte baja de mi espalda, su pulgar frota círculos pequeños cuando me acerca a él. Sonrío al alzarme para dejar un beso en su mandíbula.

De verdad haremos esto.

—¿Estás listo? —pregunto, retrocediendo, su mano se entrelaza con la mía.

—Vamos.

Salimos del hotel, hay mucho ruido y hace calor cuando abre y cierra la puerta de un taxi esperándonos, se mete por el otro lado un momento después.

Aunque es corto, el viaje tarda una eternidad, y cuando finalmente nos bajamos en la capilla, el taxista nos desea una vida de felicidad.

La ironía me hace preguntarme, ¿cuántas veces al año debe decir eso un taxista de Las Vegas? ¿A la semana? ¿Al día? ¿Cuántos de esos matrimonios sobreviven? ¿Cuánto vamos a sobrevivir nosotros en esto?

La espera en la capilla es insoportable. No tan insoportable como el día anterior cuando recibimos nuestra licencia, pero insoportable de todas formas. Todo esto es muy arriesgado. Si alguien se da cuenta de quiénes somos, estaremos jodidos.

Ni siquiera estoy segura de si es legal casarme bajo este nombre, pero Masen quiere hacer esto tanto como yo. Consolidar esto. Consolidarnos a nosotros.

Así que lo hacemos. Con enormes sonrisas y ojos llenos de adoración.

Esposo y esposa.

Señor y señora Cullen.

Después de esto, él se tatúa la fecha de nuestra boda en la parte interna del dedo anular con números romanos. Un recordatorio tangible de que esto pasó; de que juramos nuestro amor el uno por el otro, de que él es mío y yo soy suya, impreso en su piel para siempre.

Se supone que los días de boda deben ser felices, y lo es.

Lo estoy.

Pero esto duele.

Se nos está acabando el tiempo y la suerte, y ambos lo sabemos.

El teléfono del hotel suena a mitad de la noche dos días después, despertándonos de golpe del sueño, suena siniestro al romper a través del silencio.

Masen lo agarra, entra en alerta al sentarse y contestar, las sábanas están amontonadas alrededor de su pecho desnudo, la luz de luna brilla en su piel. Escucho con el corazón en la boca, oyendo a Demetri decir las dos palabras que ambos hemos estado temiendo.

—Están aquí.

No hay un golpecito en la puerta, esta explota; un rugido de gritos y pisadas retumbantes. Voces gritando y chillando.

No se muevan.

Alcen las manos.

El miedo me roba el aliento, manos que hace poco menos de treinta segundos estaban enlazadas, ahora se levantan lentamente sobre nuestras cabezas a modo de derrota.

—No la lastimen —espeta Masen cuando me jalan bruscamente las manos a la espalda, y el metal se cierra alrededor de mis muñecas.

Mis ojos no abandonan los suyos, dicen lo que mi boca no puede decir. Te amo.

Nos separan el uno del otro; mi corazón y el suyo se desgarran mientras el rojo y el azul sangran hacia el cielo nocturno.

La detective Hale llega y me ve luego de que me transfieren de regreso a Chicago.

—Nunca pude identificarlo —dice—, pero siempre hubo algo raro en ti.

Miro su cabello perfectamente rubio mientras camina alrededor de la sala de interrogatorios. Las paredes oscuras se cierran en mí, recuerdos de una habitación no muy diferente acechan en el fondo de mi mente.

—¿Sabías quién eras?

No respondo.

—Has pasado por mucho, Bella… Isabella. Lo entiendo. No dudamos que tu ex te hiciera esas cosas, pero ¿Edward Cullen? ¿Qué estabas pensando? Él no es mejor. Es un asesino. Y lo encerrarán por un largo tiempo. Si te obligó a hacer algo, necesitas decirnos. Podemos ayudarte. La cooperación es clave aquí.

Me muerdo la lengua. Masen no es nada como James. Nada. En lugar de responder, la miro con indiferencia, diciéndole lo mismo que les he dicho a todas las personas que han estado en esta habitación intentando convencerme de hacer lo mismo.

—Quiero a mi abogado.

Jenks no es nada si no es eficiente. Asegura mi liberación a pocas horas de haber llegado. Vestido con un traje de tres piezas color gris de aspecto caro, cabello oscuro bien recortado y una actitud impaciente y autoritaria; habla en serio.

No tienen nada de lo que puedan acusarme y no tienen evidencia para respaldarlo. El que yo esté viva significa que ya me sometí a la prueba de ADN; para demostrar quién soy, para ayudar con la moción que Jenks ha presentado en las cortes para revocar la sentencia de papà y para reexaminar el asesinato de mi mamma.

Está seguro de que eso generará la duda suficiente para exonerarlo por ambos crímenes y justificará que demanden al estado de Nueva York por daños debido a un serio fallo de justicia. A pesar de que en su momento no lucharon mucho deliberadamente contra los cargos.

—¿Cómo está Masen? —pregunto con preocupación, esperando a que la oficial de recepción me regrese mis pertenencias. Jenks inclina la cabeza y baja la voz.

—Está bien, considerando la situación. Se está apegando a su historia como lo planeamos. Por cierto, presenté tus documentos de matrimonio… ¡ah, Demetri!

Se saludan como viejos amigos. Ambos trabajan para papà en alguna capacidad, así que no es de sorprenderse que se conozcan. Papà es quien está pagando por esto: abogados de defensa. No solo para mí, sino también para Masen, aunque con un poco de reticencia. Sé que no tendría oportunidad con un defensor público, y ya que su maleta se encuentra enterrada en el desierto de Nevada, tampoco tiene mucho dinero para pagar por alguien decente. La única condición es que yo lo visite. Que lo vea cara a cara regularmente.

Hay algunos policías merodeando hacia mi izquierda, están parados junto a máquinas expendedoras que no se verían fuera de lugar en los ochentas, con vasos blancos de café en las manos. No se me escapa la forma en que uno codea al otro y ambos miran en mi dirección mientras la oficial de recepción me desliza una bolsa de plástico transparente con mis pertenencias.

—Firme aquí —dice en voz aburrida, empujando un portapapeles hacia mí. Firmo con mi nuevo nombre antes de alzar la vista, los oficiales me siguen viendo.

—¿Qué? ¿Tienen algún problema?

Jenks me aparta antes de poder desatar mi latente enojo. Demetri nos sigue, divertido.

—No hagas eso —me reprime Jenks—. Estás sobre todo esto, ¿recuerdas?

Aparto la vista con terquedad.

—Solo intenta mantenerte calmada, duerme un poco, date una ducha… te mantendré al tanto sobre el señor Cullen. Probablemente lo tendrán encerrado tanto como puedan para intentar hacerlo confesar. Esto va para largo.

Jenks sale hacia la parte frontal del edificio. Masen no está en esta estación de policía, supongo. Mi pecho se siente tenso al pensar en eso, que no puedo estar con él, que él está allá afuera en alguna parte en custodia, esperando a que el destino decida qué cartas le entregará. A nosotros. Duele pensar en eso, en las consecuencias de esto. A pesar de que lo sabíamos.

—Vamos, hay que sacarte de aquí, te ves exhausta —dice Demetri—. Ponte la capucha de la sudadera y tapate los ojos. Tengo un carro, pero necesitas quedarte conmigo. Eres una noticia importante, niña.

Demetri tiene razón.

Nuestra historia ha estallado.

Masen siempre tuvo el aspecto de alguien que podría estar en páginas de revista, y eso es lo que han hecho. Solo que son titulares en periódicos; su cara y la mía, plasmados sobre todas las noticias y revistas de chismes.

Tienen fotos de mí: todo desde fotos en bikini durante los veranos en el lago, hasta ser camarera en el club, incluso las fotos del anuario de preparatoria. Es lo mismo para Masen: fotos de él jugando béisbol y fútbol en la preparatoria, una foto policial anterior, la historia de su padre, y su mamá…

Su mamá.

No puedo soportar el pensar cómo se siente ella justo ahora, cómo están lidiando su hermano y Esme con esto. Debería llamarlos. Debería asegurarme de que estén bien, pero no puedo obligarme a hacerlo justo ahora cuando ni siquiera estamos seguros de si se le acusará de algo.

—Están llegando al punto —dice Jenks cuando vuelve a llamar—. La fiscalía tendrá que presentarle cargos por algo o soltarlo muy pronto. Están ejecutando órdenes de cateo en su apartamento y el campo de tiro mientras hablamos, así que esperemos que no encuentren nada perjudicial.

Ya sé esto porque la cara de Emmett ha aparecido en las noticias, empujando apresuradamente su mano para bloquear la cámara. Cómo es que supieron que las búsquedas se estaban realizando, no lo sé.

Le pregunto a Jenks sobre toda la atención de los medios y él se ríe a través del teléfono. Frunzo el ceño porque yo no lo encuentro muy gracioso.

—Mira, ambos son jóvenes, blancos y atractivos; estás asociada con algo que ha sido idealizado en películas desde los setentas. La mafia, las bandas… los medios aman cosas como estas y la gente se lo traga. Puedo apostar a que, si fueran de color como yo, no les importaría ni una mierda.

—Eso es-eso es estúpido. Y patético.

—Es lo que es, pero escucha, si algo parece no ser verdad, avísame y presentaremos reclamos de difamación contra las publicaciones y personas involucradas.

—Bien —acepto antes de que me diga que tiene que irse.

Suspiro y me siento en la orilla de la cama de la habitación de hotel a donde me trajo Demetri, enredando un mechón de cabello sin lavar alrededor de mi dedo. En serio debería bañarme; lavar el viaje y la suciedad de la celda de mí, pero la última ducha que tuve fue con Masen y patéticamente no quiero dejar ir eso. Como si de alguna forma también lo estuviera lavando a él.

En lugar de eso, me siento a pensar. Sé que no encontrarán nada en el campo de tiro; Masen me lo dijo antes, es completamente legal. Es lo suficientemente lucrativo para que él pueda permitirse la vida que tiene: su apartamento, los carros… es su tapadera, y la ha mantenido por años; ha sido cuidadoso, me dijo.

Sin embargo, su apartamento… no sé. Simplemente no sé qué encontrarán. Sé que no encontrarán la pistola que usó esa noche porque esa se encuentra al fondo de un lago en Arizona, pero no estoy segura de qué otras cosas tiene, o si es que hay algo más, escondido ahí.

Eventualmente me arrastro debajo del agua cálida, incapaz de dormir o comer, mi mente sigue corriendo con infinitas posibilidades.

Después de eso, a pesar del escozor y la pesadez de mis ojos, camino.

Y camino.

Y camino.

Demetri trae cigarrillos y comida mientras ignoro su consejo de descansar un poco y espero la siguiente llamada, esperando que sea Jenks diciéndome que Masen alcanzó una fianza.

Horas y horas después mis manos encuentran mi cara, me pellizco el puente de la nariz para intentar detener el golpe de lágrimas, pero ya estoy llorando incluso antes de que Jenks termine de hablar.

Dos cargos por asesinato y, para empeorar las cosas, encontraron una pistola ilegal en su apartamento, así que también le pondrán cargos por eso.

Carajo.

Demetri pone una mano en mi hombro, intentando consolarme, pero me lo quito con un empujón.

—Dame el teléfono —dice, quitándomelo con gentileza.

Entierro la cara en las mangas de la sudadera de Masen, desesperada, impotente, destruida, una sarta continua de maldiciones sale de mi boca.

Caius tenía razón sobre una cosa.

La vida no es justa.

—Míralos —murmuro cuando el carro pasa junto a una multitud de gente afuera del juzgado—. ¿Qué carajos está mal con la gente?

Demetri se encoge un poco de hombros.

—Buitres. Todos ellos.

—Me siento enferma —le digo cuando se estaciona, alzando la vista al imponente edificio de cristal negro, tiro de la esquina de mi blusa blanca, mi estómago se retuerce.

Básicamente pasé los últimos dos días antes de la comparecencia de Masen acostada en la cama hasta que Demetri me dijo en términos muy claros que necesitaba controlarme, por él.

Porque a pesar de que este es el peor resultado de todos, no soy yo la que está en espera de pasar el resto de mi vida encerrada.

—Solo respira —me dice.

Sacudo la cabeza y abro la puerta para vomitar en la alcantarilla incluso antes de poder decirle otra cosa.

—Jodido Jesucristo —murmuro, limpiándome la boca.

Demetri me palmea el brazo con simpatía, me pasa un chicle y una botella de agua.

—Vamos. Jenks dijo que a las once, solo tienes diez minutos… ponte las gafas de sol, alza la cabeza y no dejes que te afecte nada de lo que están diciendo. No hables, solo ignora.

Me guía hacia el edifico con un brazo envuelto protectoramente sobre mis hombros mientras la gente, los reporteros, me gritan cosas; haciendo una pregunta estúpida tras otra pregunta estúpida.

Mi corazón retumba, mis manos están apretadas, sudorosas, mientras lo guían hacia el tribunal. Lleva puesto el overol estándar de color café grisáceo, las manos esposadas. Alzando la cabeza, unos ojos cansados buscan hasta que me encuentran detrás de Jenks; hace más lento su caminar para poder dedicarme una media sonrisa antes de que sus ojos sigan escaneando. Miro hacia donde él está viendo. Su mamá está aquí, su hermano y Esme.

Dios, ¿lo odian? No pueden odiarlo. Porque todo esto es mi culpa, lo he comprendido. Todo esto. Si no hubiera salido de su apartamento para ir a trabajar esa noche, nada de esto estaría pasando. Debí haberlo escuchado.

¿Por qué nunca escucho?

Mis manos se retuercen en el blazer gris oscuro que una de las asistentes de Jenks me llevó anoche. Ella me compró todo un conjunto. Jeans negros, blazer gris, blusa blanca. Él dijo que no podía aparecerme en el tribunal usando la sudadera de Masen… como si lo hubiera hecho.

Tal vez sí lo hubiera hecho. Es lo que me dan ganas de hacer.

Masen se pone de pie cuando se le pide; tiene la espalda recta y los hombros relajados. Quiero estirar la mano y pasar mis dedos a través del cabello en la base de su cuello. Está tan cerca, pero tan imposiblemente fuera de mi alcance.

Cuando habla para confirmar su nombre y fecha de nacimiento, su voz no se rompe. Permanece en silencio y firme —decidido— cuando se declara inocente ante los cargos de asesinato. Sin embargo, cuando llegan al tema del arma de fuego ilegal, él vacila por un segundo. Un segundo demasiado largo. Un segundo que me permite adelantarme a la siguiente palabra que sale de su boca.

—Culpable.

El juez está hablando, diciendo algo sobre la sentencia, aceptando recomendaciones de la fiscalía sobre sus condiciones de fianza, pero no puedo concentrarme. Estoy en una bruma de incredulidad, mi mandíbula está apretada. Me toma por sorpresa. Tengo la esperanza de que haya hecho un trato con la fiscalía.

Masen se gira antes de que se lo lleven, se inclina sobre el divisor de madera para besarme. Unas palabras prolongadas se rozan sobre mi boca.

—Lo siento.

Algo atrapa su mirada sobre mi hombro y su expresión se endurece, su cuerpo se tensa.

Sus ojos regresan a mí, serios.

—Cuídate —me advierte antes de que lo obliguen a moverse, a desaparecer.

Mis hombros se dejan caer, bajo la cabeza, lucho contra la oleada de emoción en mi pecho.

—Vamos —dice Demetri, su mano grande se siente pesada en mi hombro.

Después de salir del tribunal, lo veo. Se queda el tiempo suficiente para asegurarse de eso, hay una sonrisa retorciéndole los labios.

Alec.

El enojo se alza. ¿Fue él? ¿El que hizo esto? ¿Después de todo lo que Masen hizo por él? Comienzo a dirigirme a él, pero me distraigo repentinamente por la aparición de Elizabeth, que estira su mano hacia mí.

Me abraza con fuerza mientras nos mecemos juntas, y me relajo en su abrazo, la tensión se va filtrando cuando me abraza como solo una madre podría.

—Vamos a salir de esta —dice de forma llorosa al liberarme.

Esme, que está esperando junto al hombro de Elizabeth, es igual de sincera cuando me abraza también con fuerza.

Y solo puedo esperar que tengan razón.

—¡Bella!

La voz es lo suficientemente distintiva entre los sonidos de la ciudad que me hace detenerme de golpe. Una familiaridad por la que me siento desesperada justo ahora. Giro la cabeza para ver a Charlotte corriendo para alcanzarnos, corriendo hasta que se lanza sobre mí con un:

—¡Dios mío!

—¿Char?

Se aparta con las manos a cada lado de mi brazo, agarrándome con fuerza, su cara está arrugada de preocupación.

—¿Qué estás-qué estás haciendo aquí? —pregunto cuando Demetri se detiene a mi lado.

—Estoy aquí para ti —dice como si no fuera nada.

Miro a mi alrededor, consciente de la gente que nos rodea, unos cuantos fotógrafos rezagados y reporteros.

—Deberíamos seguir avanzando, ¿tu amiga viene? —implora Demetri cuando nos ven y empiezan a moverse hacia nosotros.

Miro a Charlotte cuando su mano se desliza por mi brazo para tomar la mía.

—Guía el camino.

Demetri nos da privacidad cuando regresamos al hotel, murmurando algo sobre quedarse abajo en el bar para dejar que nosotras las "mujeres" nos pongamos al tanto, y me alegra que no esté acechando.

—¿Qué es él? ¿Una especie de guardaespaldas o algo así? —pregunta Charlotte en cuanto se cierra la puerta de golpe.

—Es un amigo de papá.

—Esto es una locura —sigue Charlotte, moviendo los ojos por la habitación de hotel—. Chica, ¿lo has visto? Estás en todas las noticias. ¿No te dije que tuvieras cuidado con él? ¿Y todo ese asunto de tus padres y tu identidad? Subo tu vida de una película de Lifetime de mierda a un drama de HBO de seis temporadas.

Logro reírme por primera vez en días antes de que mi cara se descomponga.

—Es todo un desastre, Char, todo está jodido. No puedo creer que esto esté pasando. Nada de esto.

—Cuéntamelo todo —dice al acomodarnos en la cama, me acaricia el cabello y se siente igual que en los viejos tiempos.

Le cuento casi todo excepto si Masen es responsable en realidad. La dejo que saque sus propias conclusiones respecto a eso, pero Caius, el que me quisiera muerta, los eventos que sucedieron esa noche. No suavizo eso. No con ella.

—Debiste sentirte tan asustada, B —susurra, limpiándose una lágrima perdida de su rostro—. Si él los mató, era lo menos que se merecían. Demonios, yo habría hecho lo mismo. Cualquiera lo habría hecho. Ese hombre sí que te ama, ¿eh?

Miro mi dedo anular y sus ojos se mueven hacia él.

—¡No puede ser! ¿Te casaste con él? ¡Dios mío, Bella!

—Se sintió bien. Siempre se siente bien con él —digo, luchando contra las lágrimas.

Me está haciendo sonidos para tranquilizarme mientras mis hombros se sacuden hasta que me encuentro corriendo al baño para aliviar estas náuseas que siempre están presentes.

Charlotte me sigue, aparece en la puerta, hay algo vacilante en la forma en que me analiza y frunce las cejas.

—¿Qué?

—¿Has estado haciendo esto seguido?

Arrugo la nariz.

—Supongo. Es que todo me hace sentir tan mareada. Tengo el estómago más débil de todos, la ansiedad y la preocupación y el estrés. No es para tanto, en serio. Estoy bien.

Me mira y cruza los brazos.

—¿Cuándo tuviste tu último período, B?