Disclaimer: Esta historia no me pertenece, los personajes son de Stephenie Meyer y la autora es Hotteaforme, yo sólo traduzco sus maravillosas palabras.
Disclaimer: This story doesn't belong to me, the characters are property of Stephenie Meyer and the author is Hotteaforme, I'm just translating her amazing words.
Thank you Hotteaforme for giving me the chance to share your story in another language!
Gracias a Yani por ayudarme a betear esta historia.
Capítulo 31
Papà está sentado estoico frente a mí, sus ojos viajan por la sala en una crítica evaluación. Él es así, consciente, alerta todo el tiempo. No puedo evitar notar las similitudes entre él y el hombre con el que todavía piensa que no debí haberme casado, porque quiera admitirlo o no, son tan similares que a veces hacen que me dé vueltas la cabeza.
Max no está aquí hoy. Él se ve decepcionado, pero cuando hablamos el otro día dijo que tenía algo que quería discutir y con Max en esa edad donde tener conversaciones serias por más de treinta segundos es toda una hazaña, creí que sería lo mejor.
Papà se inclina hacia enfrente, apoya los codos sobre la mesa y se frota las manos lentamente.
—Descubrí lo que pasó con el dinero de tu nonna.
Mi boca se abre un poco.
—¿De verdad?
—Mmm. Le pedí a un par de contactos que investigaran un poco para mí. Tardaron un tiempo… todo se le traspasó a esa basura con la que estabas antes.
Dejo caer la cabeza y él continúa.
»No sé si fue algo legítimo o si es que él falsificó tu firma. Compró una cafetería en…
—Sé dónde está —lo interrumpo, evitando su mirada.
Podría cachetear a mi yo más joven por ser lo suficientemente idiota para pensar que era algo más que una presa fácil para James. Me hace sentir enferma, cómo es que él podía encararme día tras día, decirme que me amaba, hacerme creer que era verdad; cuando todo el tiempo me estuvo mintiendo a la cara. Mientras gastaba en apostar e inhalar todo lo que era mío.
—Lo siento mucho. ¿No hay nada que podamos hacer al respecto? —pregunto eventualmente.
Papà niega con la cabeza. Mis hombros se caen, me siento culpable, ingenua… avergonzada. Todavía no puedo quitarme esa sensación, incluso ahora. La humillación que siento por dejar que otra persona me tratara de esa forma. Por ser tan ingenua ante su verdadera naturaleza, por confiar en él por sobre todos los demás. La intensidad de esa sensación ha disminuido con el tiempo, pero sin importar qué tanto me esfuerce en esto con Irina, ese es el sentimiento más difícil de quitarme, especialmente cuando resurgen cosas como esta.
—No es tu culpa —dice papà gentilmente.
—Eso no es verdad —digo—. Tengo que asumir la responsabilidad por algo, papà. Lo siento. No puedo recordar si lo firmé o no. Es que… —me quedo callada, desdichada.
—No es nada en el gran esquema de las cosas. No importa. Él ya pagó el precio.
Asiento, no estoy convencida. Nunca sabré cómo es que él puede desestimar así miles de dólares. Permanezco callada el resto de nuestra visita, le respondo distraídamente preguntas sobre nuestros planes para Acción de Gracias.
—Um, lo pasaré con la mamá de Masen, su cuñada Esme… y su hermano, si no tiene que trabajar. Demetri también está invitado —le digo y después no puedo evitar confesar algo que he estado observando desde hace un tiempo—. Creo que siente algo por Elizabeth.
Papà no sonríe seguido, pero lo hace ahora.
—¿En serio?
—Ajá. Creo que serían buenos juntos.
Nuestra despedida se rezaga hoy. Tal vez papà puede sentir que estoy molesta porque hace algo que no ha hecho antes: me jala a sus brazos. Me alegra que lo haga, mis brazos le rodean la cintura mientras lucho contra las lágrimas.
—Cuídate, ¿de acuerdo?
—De acuerdo —repito.
Manejo hacia la cafetería por capricho, me paro en el pequeño estacionamiento. Mi antiguo carro ya no está y durante un minuto me siento y lo veo; el tráfico, los niños del vecindario en la esquina sin inmutarse por el mordaz frío invernal, siguen riéndose, compartiendo audífonos, cruzando a media calle hacia un pequeño quiosco que abrió del otro lado.
Miro de nuevo la cafetería, que se está yendo a la ruina. Está tapiada, hay grafitis en todas partes.
Este lugar. Contiene tantos recuerdos, tantos días que pasé viendo el reloj, viviendo en un estado perpetuo de ansiedad… y luego Masen. Apareciendo después de ayudar a destruir el lugar. Todavía puedo recordar el calor hormigueando sobre mí cuando dijo mi nombre, el aleteo de un corazón traicionando la atracción que sentía por él.
Enciendo el motor de nuevo con un suspiro pesado, el dolor sordo en mi pecho crece más entre más pienso en él. Es en los momentos tranquilos donde me encuentro sola que esto me golpea y me duele más.
…
Ya pasaron unos días después de Acción de Gracias y las risas de Max bordean la histeria mientras corre tras Charlotte por toda la casa. La figura de acción de Buzz Lightyear con la que ella y Petey lo consintieron está fuertemente agarrada en sus manos, todos los botones están siendo presionados al mismo tiempo.
—¡Buzz-buzz Lightyear al rescate! ¡Vengo en son de paz! ¡Al infinito y más allá!
Casi no escucho la puerta sobre los gritos de risas, me seco las manos después de lavar los trastes. Mi sonrisa se desvanece con un ceño fruncido cuando veo la hora.
Los golpes en la puerta se hacen un poco más fuertes, un poco más impacientes. Revisando a través de la mirilla, puedo ver a Demetri parado en la entrada, saltando sobre sus pies, su aliento se alza en las congelantes temperaturas.
—Hola —digo al abrir la puerta, haciéndome a un lado para dejarlo pasar—. Te perdiste la cena, pero acabo de guardar lo que sobró, puedo prepararte algo si tienes hambre. Charlotte también está aquí.
Le doy la espalda, pero él no se mueve.
—No, gracias. No creo que me quede por mucho tiempo. Solo quería traerte algo. —Su cara picada se parte en una sonrisa y ahora estoy completamente confundida.
—Um, ¿de acuerdo? —Regreso a él, jalando la manga de mi blusa—. ¿Qué trajiste?
Se mueve hacia un lado, luego agita la cabeza hacia su carro que está estacionado en la calle.
Mi cabeza da vueltas, una mano encuentra el marco de la puerta y la otra se posa en mi boca.
—Pero…
Me trago el nudo que tengo en la garganta, mi estómago da vueltas cuando escucho el golpe sordo de su maleta golpeando el suelo… y no necesito nada más. Bajo corriendo los escalones de dos a la vez, descalza.
Mi cuerpo choca con el suyo, mis brazos le rodean el cuello mientras sus manos se aferran a mí, abrazándome con un fuerte agarre.
—¡Dios mío! —lloro, apartándome para verlo, para revisar dos veces que no solo lo estoy imaginando. Mi voz se hace más aguda, ahogada—. Estás aquí.
Masen me sonríe, acuna mi cara mientras mis ojos buscan en la suya.
—Estoy en casa.
Su boca se posa en la mía rápidamente, su mano encuentra la parte trasera de mi cuello, me acaricia, enviando pequeñas sacudidas por mi espalda. Lento, tierno, tentativo, dulce. Es tan familiar, y tan extraño, pero besa tan bien como recordaba. Mejor. El sabor de la libertad en su lengua.
—Carajo —bufa en mi boca, apartándose. Ahogo una risa en su cuello, lo inhalo. Huele diferente, no mal, pero no es lo que yo recuerdo, y su ropa tampoco es de su estilo: una camiseta tipo polo, pantalonera. Parece un universitario, y tengo que luchar contra la carcajada que se quiere escapar de mí.
—¡¿Cómo es que pasó esto?! ¿No se supone que saldrías hasta dentro de unos meses? ¡No entiendo!
Masen le quita importancia con un gesto de mano.
—Eh. Por buen comportamiento, para liberar espacio… ¿te sorprendí?
—Sí. Estoy… no estaba, ¡no tenía idea! ¡Para nada! ¡¿Cómo es que no sabía?! —Sacudo la cabeza, mi sonrisa me parte la cara—. ¡Cielo santo!
El peso de todo esto me golpea como un martillo.
Él está aquí.
Está en casa.
De verdad.
El alivio es casi paralizante. Toda la presión, el estrés de los últimos años se drena de mí, porque ya no estoy sola.
—No llores —me silencia, su pulgar atrapa la humedad y la limpia.
Sollozo, secándome los ojos.
—Es que… hemos estado esperando esto por tanto tiempo, y ahora estás aquí. ¡Estás aquí realmente! De verdad. Y ni siquiera me dijiste, imbécil.
Se ríe cuando me aferro a él con más fuerza, medio riendo, medio llorando.
—Oye, vamos, me harás llorar a mí también. —Me besa otra vez—. Aunque fue una buena sorpresa, ¿cierto?
—La mejor. ¡Max estará muy emocionado!
Miro hacia la casa. Nuestra casa.
Demetri ya ha desaparecido adentro, probablemente para darnos algo de privacidad, pero está heladísimo afuera y mis dientes empiezan a castañear, la piel se me está erizando. Masen agarra su maleta y pasa un brazo alrededor de mis hombros mientras caminamos, sus labios encuentran mi sien.
Se detiene antes de entrar, me da la vuelta y me besa otra vez hasta que estoy pegada contra la casa. Es profundo, frenético, el calor se mueve entre nosotros, hay cierto matiz de desesperación. Su maleta está sobre el suelo otra vez, mete una mano bajo mi blusa, su pulgar se desliza sobre mi tórax, la otra me agarra el culo, todo su cuerpo empuja contra el mío.
Se aparta, pero gimoteo "más".
—Las cosas que voy a hacerte —susurra justo antes de que su boca se vuelva a encontrar con la mía.
—¡Consigan una habitación! —escucho a Charlotte gritar a nuestra derecha—. Hay niños presentes, saben. Y vecinos. Algunos de ellos pagan por entretenimiento premium para adultos, ¡pero eso podría no ser necesario si siguen recorriendo las bases en su bendito pórtico!
Giro la cabeza para verla riéndose, tiene a Max en sus brazos. Ella lo gira y le hace caras de besos.
—Ugh, Maxi-moo. Se van a portar muy asquerositos. Qué te parece si la tía Char salva tus oídos y te lleva a casa esta noche, ¿eh?
Masen me sonríe cuando me muerdo unos labios hinchados por sus besos, pero niega con la cabeza.
—No. Así está bien. Quiero pasar mi primera noche como hombre libre con mi esposa y mi niño bajo el mismo techo.
…
No puedo contener la sonrisa de mi rostro al ver a Masen devorar el ravioli recalentado en nuestra cocina, diciéndome lo difícil que ha sido mantener todo en secreto. No quería que tuviera esperanzas, pensó que así sería mejor.
Mis ojos están pegados a él, tiene a Max en el regazo mirando cada uno de sus movimientos, la irrealidad de él estando aquí no se apagará pronto. Todavía no puedo asimilarlo por completo.
—¿Tú hiciste esto? —pregunta, arrastra el dedo sobre el plato y se lo lame.
—Ajá. Quiero decir, no hice la pasta, la compré, pero el relleno y la salsa son recetas de nonna.
—Sabe genial.
Me encojo de hombros, avergonzada.
—No, en serio. ¿Estás aceptando tus raíces?
Alzo la mano y junto mis dedos.
—Un poquitín. Tal vez.
Masen mira a Max, que está jugando con su tenedor.
—¿Acaso no tenemos suerte? Tu mamá es muy increíble.
Max bosteza en respuesta, con ojos cansados.
—¿A qué hora se va a la cama?
—A esta hora. Usualmente se duerme sin problemas, pero todavía se despierta en las noches… termina en mi cama… solo te lo advierto. Es brutal cuando se trata de espacio.
Masen solo asiente.
—Bien. ¿Puedo-puedo ayudarte? —Suena nervioso y eso estruja mi corazón. Sé que ha estado preocupado por esto. Por ser papá. Las visitas son una cosa, esto es enteramente diferente, pero incluso eso no puede disminuir mi sonrisa.
—Vamos a ponerte a trabajar, papi.
…
Parada en la puerta de la habitación de Max, miro a Masen leerle un cuento para dormir, Max está acurrucado en su pecho. Saco mi celular y tomo una foto, quiero recordar cada pequeño detalle, saborearlo, deleitarme con algo que había esperado con tantas fuerzas, pero que por muchas razones, casi se sentía como una meta imposible. Y ahora está pasando, mi corazón siente que todavía no puede asimilarlo.
Nunca pude habérmelo imaginado haciendo algo como esto cuando nos conocimos. Jamás. Tampoco he intentado imaginarlo, porque dolía demasiado reconocer todas las cosas que ambos se estaban perdiendo.
Pero ahora… lágrimas silenciosas caen por mi cara, las emociones me dominan.
Mis chicos. Mi familia. Juntos al fin.
Es todo lo que quería.
Cuando al fin Masen arropa a Max y sale de su habitación, me encuentra sentada en el rellano, llorando. Jalándome para ponerme de pie, nos abrazamos hasta que me pongo de puntillas y lo beso hasta que ya no puedo respirar.
—Enséñame nuestra habitación —murmura.
Tomo su mano, lo llevo a la primera habitación al final de las escaleras, en la parte frontal de la casa. Su lado de la cama es un recordatorio constante de que él falta. No hay nada personal en su buró, un armario lleno de la ropa que tenía en su apartamento que ha estado colgada sin tocar desde hace años.
Hay un momento justo después de que se cierra la puerta de la habitación detrás de nosotros donde él me escudriña de pies a cabeza.
Su mano sigue en la mía, se acerca un paso, su pulgar traza mi labio inferior.
—Gracias. Por esperarme. —Me besa la comisura de la boca—. Por Max. —La otra comisura—. Por mantener todo unido. —Sus ojos buscan los míos—. Te amo.
El último beso es el que se profundiza. Un cerrillo encendido, un interruptor activado. Rodillas débiles, anticipación que punza, me hace caminar de espaldas hasta que mis piernas topan con la cama y me acuesto sobre sábanas que solo huelen a mí, la impaciencia arde cuando su peso se posa entre mis piernas.
No vamos lento ni somos gentiles. Me está mordiendo el cuello y las tetas y baja por mi estómago, sus manos tiemblan cuando retrocede y desabrocha todos los botones de mi blusa.
—No mentías sobre ejercitarte —murmuro, intento taparme con las manos mientras él se deshace de la camisa polo. Estaba musculoso desde antes, pero ahora está más grande. Sus brazos, su pecho, sus piernas. Me remuevo con nerviosismo, las inseguridades se encienden—. Y aquí estoy yo…
—Todavía me matas. —Su boca está en mi oreja, está atacando mi cuello otra vez, su mano se siente cálida al desabrochar mi sostén—. Todavía eres la cosa más sexy que he visto en mi vida. He estado pensando en esto por mucho tiempo, B. Tus tetas, tu coño, tu culo, esos jodidos gemiditos que haces cuando te hago sentir muy bien.
Mis caderas se alzan cuando sus palmas bajan por mis costados, quitándome los jeans y las bragas hasta que estoy desnuda debajo de él. Gime cuando sus dedos tocan piel caliente y mojada, y el siseo que sale de mi boca es casi doloroso.
Estiro la mano hacia su polla, pero él se aparta.
—Bella, si me tocas la polla justo ahora, me volveré loco. No podré disculparme lo suficiente por este evento inexistente.
Me río.
—Tenemos tiempo, no estoy esperando un maratón después de tanto…
—Demasiado tiempo. Ahora, ven aquí y siéntate en mi cara.
Lo miro parpadeando, pero él ya me está moviendo para estar posicionada sobre él. Mi agarre en la cabecera se aprieta cuando empieza a trabajarme, lame y chupa hasta que estoy jadeando su nombre y rogándole. Pero no se detiene, agarra mis muslos para mantenerme quieta hasta que estoy ahogando mi propia euforia al morderme con fuerza en el brazo.
Me arrastro por su cuerpo, me alzo sobre él, la punta de su polla se siente caliente contra mí cuando se inclina hacia enfrente para capturar mi boca con la suya, me saboreo en su lengua. Él gime, mis manos acunan su cara y mis pulgares rozan la incipiente barba sobre su mandíbula.
Sus manos encuentran mis caderas, me aprietan y pellizcan. Puedo notar que está ansioso por entrar en mí, por bajarme sobre él.
—Tomo la píldora —le digo, respondiendo la pregunta en su vacilación.
En cuanto las palabras salen de mi boca, entra lentamente. Mis preocupaciones sobre cómo se sentiría esto después de tener un bebé —y después de tanto tiempo— se desvanecen con los gemidos mutuos de satisfacción cuando finalmente estamos pegado el uno contra el otro.
—Te extrañé. Extrañé esto —dice con una temblorosa inhalación—. Dios, te sientes tan jodidamente bien. Tan apretada y mojada y caliente. Carajo, nena.
Sus brazos me rodean, me jala más cerca mientras meneo las caderas lentamente sobre él. Sus ojos se cierran fuertemente con concentración. Cuando se abren, hay un fuego danzando mientras me ve.
—Tan jodidamente hermosa, B. Mierda.
Nuestros movimientos se hacen más rápidos, repentinamente frenéticos, desesperados.
—No puedo —dice entre dientes, sacudiendo la cabeza—. Te sientes tan bien. —Cuando se corre unos segundos después, es mi nombre el que está en sus labios al estremecerse, al tensarse sus músculos debajo de mí.
Nos reímos de la velocidad, nos tocamos y hablamos hasta que él está dentro de mí otra vez unas horas más tarde y luego otra vez; hasta que ambos somos un sudoroso enredo de miembros sobre sábanas desacomodadas.
—Me alegra tanto que estés en casa —susurro en su oído justo antes de quedarnos dormidos, envueltos el uno en el otro.
—A mí también. Jamás te volveré a dejar. Lo juro.
…
Unas manos me jalan de las caderas hacia atrás en dirección a él, una y otra vez. Estoy cerca, su polla está golpeando todos los lugares correctos.
—No puedo tener suficiente de ti. Jesús —gruñe Masen, su mano se acerca para acariciar mi clítoris, deja un beso en mi espalda.
—Más duro —gimo—. Fóllame más duro.
Eso es lo que me envía por el precipicio. A él también. Su peso cae sobre mí, hay un rugido en el fondo de su garganta.
Nos detenemos; él punzando, yo apretándome, sobrellevándolo juntos.
En cuanto se sale de mí, Max empieza a llorar desde su habitación.
—Oh, mierda —jadeo, busco la ropa que está tirada por todo el cuarto.
Nada como una dosis de realidad para matar cualquier resplandor.
Se terminó la hora de la siesta.
—Yo voy por él —dice Masen, me besa profundamente y agarra su bóxer y sus jeans. Desaparece en nuestro baño cuando los llantos de Max se vuelven más fuertes.
La mamá en mí quiere moverse, correr y agarrarlo, pero tengo que retroceder y dejar que Masen también haga esas cosas. Confiar en alguien más que esté a su disposición. Es más difícil de lo que pensé que sería; compartir obligaciones parentales que solían ser solo mías.
Masen sale de la habitación cuando me dejo caer en la cama para recuperar el aliento.
No está equivocado, yo tampoco puedo tener suficiente de él. Estamos compensando todo el tiempo que nos perdimos. Caliente, rápido y sucio, hasta completamente lento y tierno. Cuando podemos, donde podemos. Solo porque podemos.
—Hola, pequeño, te acabas de despertar, ¿eh? ¿Estás preocupado? —escucho a Masen decir desde la habitación de Max.
—Mamá fue. ¡Papá fue! —responde Max en su mejor voz enojada.
—No, aquí estábamos. Que no puedas vernos no significa que no estamos aquí.
Sonrío. Masen de verdad lo está intentando. Ha sido un mes difícil con él acomodándose en la casa. Hay cierta energía frenética que lo rodea. Quiere hacer todo y nada, y sigo teniendo que recordarle que hay tiempo para todo.
Supongo que es un gran cambio. Ha vivido en un ambiente excesivo y feroz por más de dos años. El ser capaz de hacer lo que quiera, cuando quiera —en su mayoría— es algo nuevo.
Todavía tiene que asistir a sus reuniones regulares con su agente de libertad condicional, someterse a exámenes aleatorios de antidoping, y respetar el toque de queda, pero aparte de eso…
Me sorprendo cuando Masen vuelve a abrir la puerta de nuestra habitación con Max en sus brazos, jalo las sábanas sobre mí.
—Mira, ahí está mami.
—Hola, bebé.
—¿Mamá duerme?
—Ah. No —dice Masen con una carcajada, sus ojos se disparan hacia mí, divertidos—. ¿Quieres salir a almorzar?
—Sí, claro. ¿Me das treinta minutos?
Estoy lista en cuarenta, me doy una ducha rápida, me pongo unos skinny jeans negros, botas altas y una chaqueta de cuero negra, me agarro el cabello y me maquillo un poco.
No vamos a ningún lugar elegante, solo a un restaurante donde no les importa tener niños salvajes corriendo por ahí, niños que nos traen todos los menús y que rompen en llanto porque su jugo se acabó antes de que llegue la comida.
—Maldición, es pesado cuidarlo —dice Masen, lo agarra por quinta vez y lo sienta en su silla alta a pesar de las protestas—. Bonito, pero jo… muy pesado.
Le entrego a Max unos crayones para colorear y el menú de niños que tiene un dibujo para colorear por números en la parte de atrás, espero que eso lo distraiga por más de un minuto.
—Solo está explorando. Estar sentado es muy aburrido a su edad.
—Parece que será problemático cuando sea mayor —dice Masen—. Es una señal de lo que se avecina… si es parecido a mí…
—No me asustes así —gimo con una carcajada suave—. Estaré llena de canas para cuando cumpla cuarenta si ese es el caso.
La mesera llega con nuestra comida, y con ello puedo notar que nos está mirando, como si intentara identificar un rostro. A veces lo comprenden, a veces no.
—¿Los…? —se queda callada, insegura—. Lo siento, estoy segura de que los reconozco de alguna parte.
Masen se aclara la garganta y sacude la cabeza.
—No lo creo.
Ella lo ve por lo que parece ser un latido demasiado largo antes de volver a desaparecer.
—¿Te pasa mucho esto?
—Ya no tanto —le digo mientras corto el pollo de Max—. Me pasaba mucho al inicio. Lo detestaba. Debiste ver las caras de algunas mamás de los grupos de bebés cuando descubrieron quién era. Podría haber llorado.
Masen frunce el ceño.
—Nunca me contaste eso.
—Ya estabas lidiando con suficientes cosas. Además, no necesito ese tipo de amigas, ¿sabes? Estoy mejor con las que sí se quedaron conmigo.
—Ya nunca hablas de María.
Encajo una papa frita en mi tenedor, taciturna.
—Nos peleamos cuando fui a recoger mis cosas después de tu sentencia. Se negó a creer que fue Alec el que lo hizo. Se calentaron un poco las cosas. En fin, estoy segura que está bien con eso de que están comprometidos.
Masen solo sacude la cabeza.
—No van a durar.
—¿Por qué lo piensas?
—Alec no es del tipo que sienta cabeza. Su primera esposa es prueba de ello.
Dejo pasar el hecho de que Alec ha estado casado antes porque, en realidad, no me sorprende.
—Tampoco tú lo eras —señalo—. Ahora mírate. Casado y con un niño. ¿Alguna vez pensaste que terminaríamos aquí? Si me lo hubieras dicho cuando te conocí, me habría reído en tu cara.
Se suaviza al mirar entre Max y yo; dura un minuto sin hablar, está masticando su bocado de hamburguesa.
—Nunca quise estas cosas hasta que llegaste tú. Tú fuiste diferente, lo sabes.
—No era rubia, para empezar.
Alza las cejas.
—¡Oh, vamos! Tanya, Kate. Hay una temática ahí.
Solo se encoge de hombros.
—Tardé un tiempo en entenderlo —admite—. Pero tú no eras… falsa. No tenías motivos ocultos. Eras real. Y estabas sufriendo y yo quería arreglarlo. Quería ser una mejor persona para ti. Todavía quiero eso. Me haces sentir que puedo hacerlo. Que puedo ser esa persona.
—Y dices que no eres bueno con las palabras. —Me inclino sobre la mesa y lo beso con fuerza.
—¡Yo beso! —dice una vocecita a mi izquierda. Me giro y planto un par de besos en unas mejillas suaves de bebé mientras Max se ríe.
—Eres esa persona, Masen —digo, porque él necesita saberlo. Sí hizo que mejorara todo.
Salimos del restaurante cada uno sosteniendo una mano de Max mientras él camina entre nosotros, sonríe brillantemente al pasar junto a la gente de camino al estacionamiento.
Creo que estas pequeñas cosas son las que más amo. Las que la mayoría de la gente toma por garantizado. El tan solo estar juntos.
Estamos a punto de cruzar hacia el carro cuando una conocida cabeza de cabello oscuro rizado capta mi atención, esperando junto a un Mercedes plateado y con un Ben más delgado a su lado, se encuentra fumando mientras se recarga en el auto.
Miro a Masen con ojos como platos, encuentro su mandíbula tensa.
—Cómo… —empiezo, pero él ya está sacando las llaves de su bolsillo y soltando la mano de Max.
—Métete al carro.
Su tono me dice que no hay espacio para discutir.
—¿Qué sucede, princesa? ¿Ni siquiera me vas a saludar? —pregunta Alec a mi espalda en retirada.
Me detengo para cargar a Max y lo veo con el desdén que se merece.
—¿Por qué saludaría a un ave de mal agüero?
