Disclamer.- Todo esto pertenece a la Warner, a JK Rowling y no sé a quien más, la estrofa del principio pertenece a la canción Daría Lo Que Fuera del grupo Santelmo. Mío solo es la historia y escribo sin ánimo de lucro.

Enjoy!


PENUMBRA

por

Adrel Black


20. SOLO UNOS SEGUNDOS

Daría lo que fuera por parar el tiempo,

poder coger tus manos y llevarte lejos.

Daría lo que fuera porque confiaras,

aunque no hay que olvidar, todo se acaba.

(Daría Lo Que Fuera, Santelmo)


No lo entiende, ha visto a Snape en acción, no una ni dos veces, sino montones a lo largo de los años. Snape puede estar erguido y mirando a la muerte a los ojos sin siquiera parpadear. Lo ha visto torturar, incluso matar, sin que la mano que sostiene su varita tiemble, sabe que odia participar en las violaciones que llevan a cabo los mortífagos, pero ha presenciado montones de ellas, con el rostro impertérrito, o si acaso, con una ligera mueca de aburrimiento, como si estuviera por encima de esos apetitos carnales.

El director ha jugado con la vida de Snape cada día durante diecisiete años y el único momento en el que Dumbledore lo vio quebrarse fue el día que le vendió su lealtad, el día que le suplicó que salvara a Lily, nunca otra vez, jamás, incluso el Director intuye que hay en las reuniones de los mortífagos muchos más horrores y masacres de los que Snape está dispuesto a contar pero, aún con eso, jamás lo vio de esta manera.

De hecho, el motivo más importante por el que conserva a Severus es, porque es un espía nato, sin contemplaciones, sin tontos sentimentalismos, su físico pálido, sus ojos negros, su mirar frío, su afán de vestir siempre de negro, su ácido carácter, su dominio de las artes oscuras, su inteligencia, su don para las pociones, incluso ese estúpido deseo de redención lo ayuda a nunca flaquear. Hasta viene con la marca tenebrosa incluida. Por cada una de esas cosas Dumbledore se esfuerza por conservarlo, le provee excusas, le ha enseñado un par de maldiciones con las cuales ganarse a Voldemort, Snape es importante porque es capaz de mantenerse cuerdo en cualquier circunstancia.

Quizás en algún momento prescinda de él, al final, es demasiado poderoso como para no ser contado como una amenaza, pero al menos por el momento, ni siquiera el propio Severus parece ser consciente de su poder.

Albus lo ha perfeccionado en el arte de la oclumancia, aun sabiendo que será una desventaja no tener dominio sobre su mente, siempre se sintió orgulloso de saber que Snape es capaz de engañar a Voldemort, el problema es, que en éste instante la duda lo está carcomiendo.

Albus lo mira de nuevo, insistente. Severus está en la misma posición que cuando llegó, apenas y ha movido siquiera un músculo, como si se tratara de una estatua. Sus ojos vidriosos perdidos en una esquina oscura del despacho del Director.

Snape siente los ataques a su mente de parte de Dumbledore, sabe que el viejo quiere saber qué le pasa, en cualquier momento normal, Severus bajaría sus defensas para que el anciano pudiera ver unas pocas cosas, comúnmente los detalles escabrosos se los guarda para sí mismo. Pero, en este momento, su mente no es capaz de dividir con frialdad sus recuerdos. De la mano de los ojos muertos de la Señora Granger vienen un torrente de imágenes de Hermione, por lo que Snape, simplemente, ha levantado una muralla alrededor de su cerebro, por completo, Dumbledore que sigue intentando irrumpir en su cabeza se topa una y otra vez con la imagen de una pared de piedra negra. De pronto el pocionista se pone de pie y apunta con la varia al director.

— ¡Deja de intentarlo! —Le grita Snape a Dumbledore con los ojos desaforados. —¡Deja de intentar entrar a mi mente!

— ¿Qué es lo que pasó Severus? —Dumbledore no levanta la voz, de hecho, suena como si se lo preguntara a sí mismo.

El hechicero se aleja de la silla y se acerca a la ventana, saca un cigarro del bolsillo de la levita y con un pase de varita lo enciende. Mira el humo perderse rumbo al techo.

—No pasó nada Albus.

—Nunca te vi así, —Dumbledore lo escruta con los ojos entrecerrados. —No desde que supiste que Voldemort buscaba a Lily.

Snape hace un gesto de desagrado, sin decir nada, sigue fumando en silencio. ¿Acaso por fin ha llegado el día en que Snape se pierda, el día en que vio demasiado?

Ahora, mientras esperan que McGonagall llegue acompañada de la Señorita Granger, Snape permanece mirando por la ventana la oscuridad como absorto, con la mirada vacía y sin decir nada. Incluso cree verlo un poco verdoso, como si estuviera a punto de vomitar. Entró en el despacho y le dijo que los padres de la Señorita Granger estaban muertos, por supuesto Dumbledore ya se lo esperaba, una vez que desaparecieron del callejón Diagon., ¿Quién más habría podido tener interés en ellos si no Voldemort? Pero, aun así, ni siquiera la muerte de Lily, tuvo aquel efecto tan ominoso en él.

— ¿Estás completamente seguro de que son ellos?

Snape asiente en silencio. Una vez terminado su cigarrillo, desaparece la colilla y se queda mirando la luna en cuarto creciente que ilumina a medias los terrenos.

Cuando la puerta se abre Hermione aparece, en pijama y con el cabello trenzado, acompañada de Minerva, Harry, Ron y Ginny. Cuando la profesora McGonagall los encontró a los cuatro estaban aún en la sala común, —Harry y Ginny intentaban de nuevo reconciliarlos, —no dudó en llevarlos a todos juntos ante Dumbledore. Hermione necesitará apoyo.

Snape se aleja de la ventana y se dirige hacia la esquina que está en sombras.

— ¿Profesor Dumbledore? —se dirige Hermione al Director.

—Disculpen que los haya molestado tan noche, —dice Dumbledore y toma asiento, McGonagall se acerca al lado derecho de Dumbledore y permanece de pie a su lado.

Hermione se pasa la mano por la nuca, siente esa mirada incansable clavada en ella, el fantasma de Tobías, mira atrás, pero ahí sólo está el Profesor Snape en un rincón de brazos cruzados y mirándolos de mal modo.

—Señorita Granger, hoy por la tarde dos mortífagos desconocidos burlaron la guardia que la Orden del Fénix había puesto a sus padres, y se los llevaron —Hermione se cubre la boca con las manos, los ojos de todos miran fijamente a Dumbledore esperando más explicaciones, —no pudimos localizarlos a tiempo…

— ¿En dónde están ahora, Profesor Dumbledore? —pregunta Harry, al ver que Hermione se queda sin habla.

—No hubo nada que pudiéramos hacer para salvarlos, —la frase flota en el aire aterrizando en cada una de sus cabezas, mientras Hermione le busca un significado.

— ¿Están… —la voz de Hermione se quiebra, pero aun mojada por el llanto continúa —muertos?

Dumbledore asiente imperceptiblemente.

Antes de que nadie pueda reaccionar Hermione sale corriendo dejando la puerta abierta.

—Señorita Granger, —dice la profesora McGonagall —espere.

Severus sale de su ensimismamiento al verla pasar corriendo por su lado.

—Severus, —alcanza a escuchar que Dumbledore dice antes de salir por la puerta que Hermione ha dejado abierta e ir tras ella.

.o.O.o.

El destino, esa palabra, esa cosa que nunca ha encontrado cómo definir, es sin duda la más curiosa y esquiva que existe. Y lo peor, es que ni siquiera está seguro de que exista. Solo sabe que todo es tal y como tiene que ser. ¿Cómo podría prever que al rescatar él a los muggles que Crabbe y Goyle tenían secuestrados los mortífagos buscarían otras diversiones?

Claro que era obvio, pero no había manera que él supiera que encontrarían a los Granger. ¿Quién se lo iba a imaginar?, los Granger en el Caldero Chorreante, deseando comprarle un regalo a su hija, topándose con Alecto y Amycus, los cuales estaban disfrazados, siendo así desconocidos para la guardia de la Orden del Fénix que cuidaba a los Granger. Demasiada casualidad y, sin embargo, sucedió.

Cierto que no había modo de evitar aquello, cierto que estaba fuera de su alcance, cierto que a los Granger los cuidaban miembros de la Orden aun y cuando ellos no estaban enterados, cierto que no había manera que la guardia reconociera a los mortífagos. Todo cierto, todo. Aún así, se sentía el culpable absoluto. Si cierra los ojos y puede ver a la Señora Granger regresándole la mirada, acusándolo por no haberlos salvado, por dejar a Hermione sola. Se da permiso de soltar el aire contenido, una especie de sollozo escapa de su boca, el único signo de debilidad que Severus se ha permitido tener, fuera de sus habitaciones, durante años.

Habría dado su vida por esa mujer a la que vio, cuando era mucho más joven, portar en su vientre a Hermione. Había adorado a esa mujer por el cuidado que mostraba mientras caminaba balanceándose como un pato con ocho meses de embarazo.

Habría querido decirle que él cuidaría siempre de Hermione, que cuando ellos murieran, cuando ya no estuvieran en este mundo él seguiría velando por ella, que no podía prometerles ser un ángel guardián para la Señorita Granger, pero que prometía ser su sombra, caminar pegado a sus pies aun y cuando ella no lo notara y preservar su vida, su bienestar. Le habría gustado decirle a esa mujer castaña que estaría siempre al pendiente de Hermione, que pondría el mismo cuidado que ella había puesto al caminar bamboleando su vientre abultado, que pondría el mismo cuidado para mantener a su niña con bien.

Pero ahora, no hay nadie a quien hacerle esas promesas, nadie salvo la penumbra que reina en los pasillos vacíos por los que camina buscando a Hermione.

Vaga durante un rato por los pasadizos, aún sin proponérselo, tal vez por instinto, sus pies lo llevan a la torre de astronomía, sabe en sus entrañas, aun antes de verla, que ella está en ese lugar.

Allí, el cuarto creciente de la luna la ilumina mortecinamente, a lo lejos, el sauce boxeador parece rematado en plata y la luna se refleja en el lago, distorsionada por las leves ondulaciones que el viento crea en la superficie. Hermione está mirando el vacío, como si estuviera considerando la distancia que hay entre la torre de astronomía y el suelo.

—Es un largo trecho, —le dice en voz baja, como un siseo, pero aun así ella se sobresalta como si le hubiera gritado.

—Solo unos segundos, —alega, —unos segundos y se habrá terminado, —su voz suena constipada.

Sigue deslizándose hasta que llega al lado de ella, tiene los ojos y la nariz enrojecidos, de su trenza se han soltado algunos rizos.

—Si usted se lanza al vacío, Señorita Granger, —le responde, —me veré en la penosa necesidad de lanzarme tras usted, y realizar en unos pocos segundos un complicado hechizo que nos haga aterrizar en el suelo sanos y salvos.

Hermione le mira sin entender.

—La muerte de un estudiante en mi presencia, —responde él, —se vería fatal en mi currículo si un día solicito trabajo en otro lugar, —tuerce la boca con aburrimiento, —además, el Profesor Dumbledore pediría montones de explicaciones y el ministerio de magia me requeriría que hiciera un sinfín de papeleo sobre los cómos y porqués de su suicidio…

— ¿Fue usted?, —pregunta ella cortando el parloteo de Snape. —¿Fue usted el que trajo la noticia?, —el hombre aprieta los labios como si de esa manera pudiera contener las palabras.

Se acerca aún más a ella y con un pase de varita enciende las antorchas que penden a todo lo largo y ancho de la torre. A la luz mortecina del fuego Hermione lo ve asentir con gesto austero.

— ¿Los vio morir? —El profesor Snape sigue reacio a responder, así que niega en silencio con los labios aún apretados, como si temiera que las palabras escaparan sin su consentimiento, sin embargo, sus ojos dicen tantas cosas, la mira intensamente, ni siquiera parpadea. — ¿Sufrieron?

¿Qué debe responder? ¿Cómo decirle que los mortífagos los torturaron hasta morir? ¿Cómo decirle que vio los cuerpos de sus padres quebrados en ángulos extraños?

—La gente siempre sufre cuando cae en manos de los mortífagos, Señorita Granger, —la joven vuelve la vista hacia los terrenos, las lágrimas y los sollozos escapan, callados, —creo que usted lo sabe.

— ¿Podremos recuperar sus cuerpos? —Continúa la chica interrogando su voz cada vez más baja, como si ya no tuviera suficientes fuerzas.

El vuelve a negar en silencio, guardándose para sí el hecho de que fueron devorados por Nagini.

En un acto de profunda desesperación Hermione suelta las lágrimas que pretendía contener, llora con histerismo, intentando que supuren toda su desesperación, que salga el dolor por medio de ellas.

Sin poder contenerse Severus deja vagar su pulgar en la húmeda marca que una lágrima deja en la mejilla de Hermione. Y ella, con aún más desesperación, se acerca a Snape y se aferra a su levita.

Severus mira alrededor como un gato acorralado, con los brazos de Hermione alrededor de su torso y su mejilla pegada a su pecho, derramando ruidosas lágrimas, como había hecho una noche, hace tanto para él y tan poco para ella, en la biblioteca de la casa Black.

Quiere abrazarla, quiere estrujarla y decirle que está con ella, que no importa que tan mal se vea el porvenir, él la cuidará. Pero contrario a lo que desea, aprieta los puños a los costados y lucha contra las ganas de decirle la verdad, contra las ganas de estrecharla y se queda ahí de pie como un viejo roble. Sin darse cuenta de la expresión sorprendida que tienen los ojos de Albus, que los observan desde las sombras.

—Quiero saber quiénes fueron, —exige Hermione con voz aguada, sus manos aún aferran la levita de Snape con fuerza, los nudillos se le han puesto blancos y las uñas se entierran en la tela negra, —quiero que me diga quienes mataron a mis padres.

— ¿Para qué quiere saberlo, Señorita Granger?, —le responde Snape aun envarado por ese abrazo no pedido, pero tan deseado.

—Los mataré, —murmura Hermione, —ahora entiendo a Harry y su obsesión por acabar con Voldemort, siempre creí que exageraba, que era alguna especie de enfermedad, que tenía que ver con su complejo de héroe, pero ahora lo entiendo, es necesario para seguir viviendo.

—Asesinar nunca es una necesidad.

— ¿Me lo dirá?

—No.

Los sollozos van disminuyendo lentamente, hasta que se vuelven solo suspiros. De pronto Hermione cierra los ojos al sentir el aroma de Tobías a su alrededor, aspira una vez más permitiéndose un segundo, luego los abre de golpe recordando que no es a Tobías a quien abraza sino a su Profesor de pociones y dice:

—Discúlpeme Profesor Snape, —mientras suelta el torso de Snape y levanta la cabeza para mirar a su hosco Profesor, —yo… lo lamento mucho, no quise… faltarle al respeto… perdóneme.

Él, sin decir nada, con la mirada congelada, solo niega con la cabeza, dándole a entender que no tiene importancia.

—Creo que debo ir a la torre de Gryffindor. Los chicos… ellos… estarán buscándome…

Reacio aun a abrir siquiera la boca, para evitar la tentación de decirle la verdad, asiente su mirada endurecida y cansada.

Hermione da media vuelta sintiendo el aroma de Tobías aun en su nariz, ese aroma que le recuerda una tarde lluviosa y solitaria en compañía de un cigarrillo fumado en silencio. El aroma de tabaco antiguo continúa en su nariz, mientras ella intenta convencerse de que está alucinando.

.o.O.o.

Cuando ella desaparece hacia los pasillos oscuros, Severus se dirige a la orilla de la torre, justo al lugar donde Hermione había estado cuando él llegó, mira el vacío. Se repite en su mente las palabras de la chica: "Solo unos segundos, unos segundos y se habrá terminado", saca la cajetilla de cigarros de la levita y enciende uno, mientras el aire jala el humo y se lo lleva se queda con la mente en blanco.

—Seguiste a la Señorita Granger, —oye la voz de Dumbledore, no es una pregunta. Se tensa de inmediato.

—Solo quería asegurarme que la cría no hiciera algo estúpido, —la voz de Snape es aburrida, nada en ella delata la sorpresa de que lo haya visto.

— ¿De cuándo acá te has preocupado?, —le pregunta Dumbledore.

— ¿Cuál es —retruca Snape, —tu jodido problema? —el Director sigue en silencio —Cuando encontré a la mocosa, estaba pensando en cuánto tardaría en caer desde aquí.

Dumbledore lo mira con escepticismo.

—La Señorita Granger, nunca haría algo así.

Lanza la colilla de cigarro hacia abajo de la torre dividido entre el pensamiento de que el aire de la caída la apague o de que inicie un incendio.

Su mirada dibuja unas chispas rojas cuando la colilla golpea el suelo, sabe que lo ha imaginado, allá abajo no hay nada salvo penumbras.

—Tal vez resulta que no lo sabes, —dice con tranquilidad, está harto de que Dumbledore da por sentado que sabe todo lo que el mundo piensa, lo que el mundo quiere y cómo el mundo debe reaccionar, —tal vez resulta que no todo el mundo tiene que reaccionar de acuerdo a tus designios.

—Sé que es muy parecida a Lily, —es la respuesta de Dumbledore, intentando sacar una verdad de una mentira.

— ¿De qué hablas?

—Lista, Gryffindor, sangre sucia.

—No vuelvas a llamarla de esa manera, —Snape mira a Dumbledore con desprecio, el anciano sonríe, como si esa frase probara su punto.

—Se ha convertido en una mujer hermosa.

— ¡Por Merlín Dumbledore!, —dice Snape mientras lo mira con enfado, la idea de que Dumbledore se entere de la verdad lo atenaza, no puede irse de Hogwarts aún, no hasta que Hermione se vaya también, —es una cría, apenas una niña.

Albus lo mira, para ser un mortífago algunas veces Severus tiene una moral victoriana.

—No puedes enamorarte de ella.

—No estoy enamorado de nadie.

—Deseé durante mucho tiempo que encontraras otra mujer, que dejaras atrás el fantasma de Lily, —Dumbledore se acerca al lugar en que Severus fuma, —pero la Señorita Granger no es la persona correcta.

— ¡Cállate!, ¡estás chocheando Dumbledore! ¿Cómo se te ocurre que yo me fijaría en esa mocosa?

— ¿Cuál es tu afán de andarte enamorando de mujeres que no están a tu alcance? ¿Qué endemoniada fijación tienes con los amores no correspondidos?

—Estás viendo cosas donde no las hay, —la mueca de Severus da miedo, en ella hay tanto desprecio, tanta molestia y un deje de asco, —deja de formarte una historia de amor en tu retorcida cabeza y déjame en paz. Ya tengo bastante con las estupideces de Voldemort como para tener que agregar las tuyas.

—Necesitas una mujer para despejarte, una mujer de tu edad, una mujer para pasear, una mujer para tener sexo y volver a tus habitaciones y ocuparte de tus asuntos, —la voz de Dumbledore va subiendo de volumen, —una mujer con la que saciarte y después enfocarte, una mujer para un momento, incluso no una, las que quieras, pero la Señorita Granger está fuera de tu alcance.

Severus lo mira con enfado, directo a los ojos azules de Dumbledore. El negro de sus pupilas arde. Dumbledore intenta penetrar su mente, pero el ataque golpea de nuevo contra la pared de piedra negra que resguarda los recuerdos de Snape.

—Puedes intentarlo toda la noche Dumbledore, —Severus sonríe con una mueca torcida, —no vas a pasar.

— ¿Qué es lo que estás escondiendo Severus?

Un escalofrío recorre la espina de Snape cuando Dumbledore se acerca, el aire parece cargado de electricidad, el anciano es apenas un poco más bajo que Severus, la nariz ganchuda del Profesor y la nariz torcida de Dumbledore están a unos centímetros, Snape mira con desprecio, con insolencia, mientras que Dumbledore arde de curiosidad.

—No estoy escondiendo nada Dumbledore, vas a tener que confiar en mí… o atacarme —Severus ya tiene la varita en la mano y aunque no está en posición ofensiva sus dedos se cierran fuertemente entorno a la madera.

— ¿Sabes que puedo reducirte en un parpadeo? —Una expresión calculadora cubre los rasgos de Dumbledore. —Siempre me he negado a que me llamen el más grande mago de la actualidad, —el Director sonríe con los ojos fríos, —pero lo soy, Severus.

— ¿Sabes que para reducirme tendrías que matarme? He visto la muerte, Dumbledore, el dolor, físico y mental, perdí familia, amigos, amor, incluso mi vida y mi libertad, mi juventud ¿Qué te hace pensar que me asustas? —Snape suelta una carcajada vacía. —Además, Dumbledore, yo no tengo nada que perder y tú no te atreverías a dañar a quien es tu peón en esta guerra ¿o sí? —Severus sigue sonriendo de medio lado, sabiendo que Dumbledore no lo sacrificará, se acerca aún más al rostro del anciano —así que, Albus, confía o ataca.

—Severus, —Dumbledore le sonríe, —eres como mi hijo, jamás te atacaría, pero si hay algo que esté pasando puedes decirlo, —Dumbledore se aleja y relaja la postura, —en una situación de guerra solo la confianza mutua nos mantiene a todos con vida.

—Eso que tu llamas confianza, —Severus mantiene sus barreras, no cede ante Dumbledore, tal vez sea el paladín de la justicia, tal vez esté del lado del bien, pero no le confiaría ni siquiera su elección de ropa para el día siguiente, —no es otra cosa que manipulación.

—Tarde o temprano tendrás que decirme qué sucedió. Cuando la guerra termine y tus barreras por fin caigan tendrás que decirme qué te ocurrió.

—No sé si te has dado cuenta Dumbledore, pero no tengo muchas posibilidades de terminar esta guerra con vida, y en caso de que lo logre, créeme Dumbledore, me iré tan lejos que ni siquiera tú, con tus enormes tentáculos, podrás alcanzarme.

Dumbledore enfadado da media vuelta y deja a Severus acompañado por la penumbra.


Severus no dejándose intimidar por Albus es mi patronus!

Adrel Black