Disclamer.- Todo esto pertenece a la Warner, a JK Rowling y no sé a quien más, la estrofa del principio pertenece a la canción Te Guardo Un Beso del grupo Mägo de Oz. Mío solo es la historia y escribo sin ánimo de lucro.

Espero que lo disfruten.


PENUMBRA

por

Adrel Black


REENCUENTRO

Parte II

Grimmauld Place Número 12

Tengo un beso amor,

en una hucha de besos,

con la dirección

de donde vive tu boca hoy.

(Te guardo un beso, Mägo de Oz)


Aparecen en el escalón más alto de la entrada a Grimmauld Place, Severus apenas puede sostenerse en pie, de su cuerpo sigue chorreando sangre y haber llevado a Hermione en una aparición conjunta, —para que ella no soltara el protego —ha sido demasiado.

Hermione siente que el peso de Snape está, al completo, sobre sus hombros, el pie aún le duele por la maldición que recibió en él. Entra al pasillo que lleva al vestíbulo renqueando, con el profesor casi inconsciente.

El hombre se recarga contra la pared. Hermione entra tropezando con el paragüero en forma de pierna de troll. El paragüero cae estrepitosamente, la madre de Sirius, comienza a lanzar improperios. Harry sube desde el sótano seguido por toda la Orden. Mundungus y Tonks intentan cerrar el retrato de la madre de Sirius, mientras, los demás se acercan a Hermione.

—Hermione —Harry se le acerca y se aleja a la vez, al verla cubierta de sangre, tiene un brazo en cabestrillo y renquea un poco. — ¿Qué fue lo que te hicieron?

— Por Merlín Hermione. ¿Qué te pasó? —pregunta alguien más, pero Hermione no sabe quién.

—No soy yo.

Una marea de gente llega desde la escalera que da a la cocina, todos intentan tocarla, mirarla, intentan que les diga qué pasó.

—No es mía.

—Hermione…

—No soy yo…

—Merlín, Hermione.

—Ven aquí…

— ¡No!, Profesor Lupin, —le dice Hermione al ver al hombre acercarse. —No es mi sangre, es el Profesor Snape.

Nadie ha prestado atención al hombre que, entre sombras, se recarga en el marco de la puerta dejando un charco de sangre bajo sí. ¿Cómo una herida puede sangrar y sangrar sin detenerse?

Lupin se acerca. Severus está más pálido de lo habitual, incluso sus ojeras parecen haber perdido el color y sus labios se ven resecos, sin vida.

—Severus, —dice tocando el brazo de Snape.

—Quítame tus garras de lobo de encima, Lupin, —quizás si pudiera dar entonación, si pudiera arrastrar las palabras habría sido mejor, pero su voz sale como un susurro cansado.

—Severus, déjanos curarte.

Snape sacude el brazo de donde Lupin lo ase. Parpadea, pero abre los ojos de nuevo de inmediato, si los cierra corre el riesgo de desmayarse. Sabe que es demasiada sangre, además, el esfuerzo de llevar a Hermione con él, sabe que está al borde.

—Severus, —dice Lupin, Snape lo mira de mal modo, —lo siento, —Severus, ya tiene la varita en la mano, pero la pérdida de sangre le dejó el cerebro embotado, no alcanza a defenderse, —Desmaius, —cuando siente el hechizo entrar en su cuerpo, cierra los ojos y su cuerpo cae como un fardo sobre Lupin.

—¡No!, —grita Hermione.

Intenta acercarse, pero Harry y Ron se lo impiden.

—Vamos a curarlo, Hermione, tranquila.

Arthur ayuda a Lupin, juntos llevan al hombre a la habitación frente a la biblioteca.

Mientras tanto, Harry y Ron ayudan a Hermione a bajar hacia la cocina. Molly se acerca a curar el tobillo de la castaña.

— ¿Qué ocurrió?, —pregunta Harry.

—Los licántropos atacaron a los mortífagos, —murmura Hermione, —fue cuando pudimos escapar.

Todos ponen cara de extrañeza.

— ¿Por qué?

—No lo sé, solo lo hicieron, luego intentaron atacarnos a nosotros, pero el profesor Snape nos trajo aquí.

Ron se acerca a Ginny que llora en un rincón, mirando a Hermione. Molly parece molesta, todos están callados.

— ¿Qué pasa?, —pregunta Hermione, en cuanto Molly termina de vendar su tobillo y se aleja hacia las cazuelas a preparar el desayuno.

—Cuando Ron y yo salimos de la barrera, Ron se desapareció y nos trajo hasta aquí, —Harry suspira. —No quería dejarte, Hermione. —Ella le toca un brazo en señal de comprensión, indicando que no pasa nada. —No se si mi resistencia a desaparecerme fue lo que hizo que sufriéramos una despartición, o tal vez, solo es que Ron es realmente malo para aparecerse. —Hermione mira el brazo en cabestrillo de su amigo, Ron tiene una venda alrededor de la cabeza que le cubre la ceja del lado izquierdo. —El caso es, que nos despartimos, mi hombro y mi pierna derechas, —Harry suspira, —parecía como si les hubieran pasado un rallador de queso por encima y Ron, dejó detrás una parte de su rostro, —Hermione hace una mueca de asco. — Si, fue muy desagradable, pero el profesor Lupin pudo arreglarlo. Cuando Ginny nos escuchó entrando por el pasillo, fue y nos encontró, despertó a la orden y nos curaron, ella les dijo que tu ibas con nosotros; nosotros apenas podíamos hablar, les dijimos que Snape estaba contigo, la orden quiso salir en estampida a buscarte, —luego Harry rectifica un poco incómodo, —a buscarlos. Ya se estaban organizando cuando Dumbledore llegó, dijo que lo importante en esta guerra era que yo estuviera bien y prohibió a todos que fueran, —a Hemione se le queda la boca seca, —cuando empezaron a discutir nos echaron a Ginny, a Ron, los gemelos y a mi fuera de la cocina, no sabemos qué les dijo exactamente, pero, por lo que alcanzamos a comprender, al parecer él piensa que Snape puede cuidarse bastante bien en cualquier circunstancia y que tu…, que tu…

—Que yo soy prescindible —dice Hermione secamente.

Harry asiente con la cabeza.

—Bueno Harry, —dice ella intentando conciliar dos imágenes, la del Dumbledore que siempre ha creído conocer y, la del Dumbledore que la deja morir por no ser suficientemente importante, —es obvio que Dumbledore no quiera arriesgar a nadie más.

Harry no dice nada, Hermione tiene la cabeza hecha un nudo, Dumbledore, el paladín de la justicia, es un hijo de puta y Snape, que es un hijo de puta, resulta que es Tobías ¿Qué le pasó al mundo que ahora va en reversa?

Lupin y Arthur entran a la cocina, parecen cansados. Hermione intenta ponerse de pie de golpe, pero su pie no responde bien, se deja caer de nuevo.

—¿El Profesor Snape…?

—Él está bien, Hermione, solo, aún está inconsciente, pero, tal vez sea mejor, la herida que tenía era muy profunda y debió dolerle como el demonio, lo mejor es que siga así —contesta Lupin.

Hermione y Harry solo asienten.

.o.O.o.

Lo había jurado y realmente quiere cumplirlo, pero tiene que hacerlo. Todos los de la orden discuten en la cocina, así que ella se dirige a la biblioteca. Rebusca un poco entre los libros y allí están, los anuarios de Regulus Black, ribeteados en verde y plata, los toma. Empieza a hojearlos, pero no tiene que buscar mucho, ahí entre los Slytherin, ahí está, la imagen de Snape a los diecisiete años, su mirada cautelosa y sus brazos cruzados, al pie de la fotografía la leyenda: Severus Tobías Snape.

.o.O.o.

Siente eterna la espera hasta que la noche cae y ella pude escabullirse hacia la habitación del Profesor Snape. Salta de la cama, no se atreve a ponerse zapatos, ni su bata encima, por miedo a despertar a Ginny, con solo la playera, el short de su pijama y descalza se dirige a través de las escaleras, renquea un poco, el tobillo aun le duele.

Abre la puerta.

Cuando entra el profesor Snape está recostado en la cama que solía ser de Tobías, hay un baúl a los pies de su cama en el que imagina tendrá sus ropas. Hermione echa un hechizo a la puerta que queda cerrada e insonorizada, lo mira, su cabello está un poco revuelto, en la habitación hace calor, una película de sudor cubre su rostro. Está arropado por una delgada sábana, Hermione puede ver su torso desnudo, no puede evitar el sonrojo al pensar si su desnudez será completa.

Se deja caer en una silla al lado del escritorio y lo mira, ahí está, por si le quedaba alguna duda, el crucifijo de plata colgado de su cuello, ahí están a lo largo de sus hombros y la parte expuesta de su pecho, las cicatrices que vio en el torso de Tobías, casi pensaba que habrían desaparecido, que fueron solo producto de su imaginación.

Hermione acerca la silla a la cama, invoca un cuenco con agua y unas tiras de tela y le pone una sobre la frente intentando refrescarlo un poco.

¿Cómo ha pasado esto? ¿De qué manera es posible que el chico reservado del que ella se enamoró sea en verdad su agrio profesor de pociones?

Hermione sigue poniendo la tela fresca en la frente mientras intenta rememorar.

Recuerda la primera vez que llegó a la biblioteca mientras huía de Ron, ahí estaba él leyendo su libro sobre artes oscuras, recuerda cómo le pareció tan conocido, Hermione toca su rostro, pero el hombre sigue inconsciente o tal vez solo dormido.

Sería imposible de imaginar que ese chico fuera en realidad Severus Snape, pero ¿cómo es posible? ¿Qué poción es capaz de hacer ver a alguien tan joven y después volverlo a su edad normal?

Sin embargo, recuerda haberle mencionado alguna vez a Krum y él había reaccionado como si no lo conociera, como si realmente no supiera de quien le hablaba. Hermione está, completamente segura, que Snape sabe quién es Viktor Krum.

Sigue rememorando, intentando encajar las piezas de rompecabezas.

Cuando le dijo que Ron salía con otra, recordaba su gesto y como le había parecido tan conocido, como si hubiera visto a alguien hacerlo en otras ocasiones, pero nunca lo asoció con Snape, sin embargo, ¡claro que era el gesto de Snape!, tal vez no tan marcado como está ahora, pero es el mismo gesto.

Hermione se acerca a cambiar de nuevo el paño húmedo, lo pone sobre su frente y toma el crucifijo de su pecho, sin ninguna duda juraría que es el mismo crucifijo, sin ninguna duda juraría que son las mismas cicatrices; tal vez algunas más, pero ahí está, —levanta un poco la sábana y la mira—, la cicatriz larga que llamó tanto su atención, esa que comienza a la izquierda de su pecho y se pierde, esta vez, dentro del pantalón del pijama bajo sus costillas derechas. Es como si alguien lo hubiera cortado en diagonal, toca con sus dedos la marca nacarada y la recorre con un sollozo escapando.

Mira el resto de las cicatrices, es un mortífago, por eso tiene tantas cicatrices, solloza aún más pensando que, cada una de ellas representa una herida. ¿Cuánto dolor hay contenido en ese cuerpo?

Intenta recordar el día anterior a aquél en el que fue, cuando ella le pidió la llevara con él. Dijo que iría a un lugar lejano, ¿a qué se refería? Mucho más lejos de lo que puedes imaginarte fueron sus palabras, cierra los ojos, la imagen de Tobías el día en que desapareció de la biblioteca, recuerda cómo se encerró en aquella extraña burbuja, había lanzado hechizos a un caldero y luego había echado dentro del caldero algo, cuando éste hizo implosión.

Intenta rememorar ese instante, todo era caótico, los libros volaban por todas partes, no hay manera de sacar nada en limpio de aquel día. Cierra los ojos…

Siento tanto no poder darte todo lo que quisiera…

Hermione empieza a llorar en silencio…

Pero ¿cómo poder ofrecerte algo que no tengo? ¿Cómo podría ofrecerte un futuro que no me pertenece?

El patronus de Severus-Tobías sigue hablando en su cabeza…

Solo te quiero pedir que nunca dudes de lo que te dije, que nunca dudes del amor que siento...

Recarga sus brazos y su cabeza en la cama…

Puedo jurar, sin temor a equivocarme, que estaré contigo en cada instante de tu vida, hasta donde la mía alcance,

— ¿Por qué me dejaste? —dice Hermione entre sollozos…

Aunque no me veas, aunque pienses que no estoy, créeme, estoy ahí, tal vez sea diferente y por eso no me reconozcas, pero sigo ahí...

Una mano se desliza por el cabello de la castaña…

Te amo.

La voz del patronus se extingue.

—Ya basta Señorita Granger, —la voz de Snape la hace que levante el rostro, —la he visto llorar suficiente para toda una vida.

Ahí está su profesor incorporándose, cuando Hermione mira su rostro tiene la necesidad de preguntarse si no imaginó la caricia en el cabello. El rostro del hombre refleja cansancio, pero luce impertérrito, no hay nada en él, nada que conteste las preguntas acuciantes que carcomen a Hermione.

La tez del maestro ya pálida originalmente luce casi transparente, sus ojos caídos. No parece que vaya a decir nada, pero Granger no se irá sin respuestas, la dejó una vez, no lo hará de nuevo, no va a permitir que se escabulla, le debe muchas explicaciones, muchas lágrimas y ella va a exigirlas, no solo porque las necesita, sino porque las merece.

—Me dejaste, —acusa ella.

—Le agradecería que se dirija a mí con respeto, Señorita Granger, soy su profesor.

—Me dejó, —le repite ella con las manos crispadas.

—No sé de qué habla, —le responde con parsimonia, —además, es muy inapropiado que esté en la habitación de un Profesor… y vestida de esa manera.

La recorre con la mirada, su playera de tirantes, sus shorts holgados. Hermione se sonroja, pero tragándose la vergüenza dice:

—Usted es Tobías. —No es una pregunta y Snape lo sabe.

Sigue en silencio, no sabe qué responder, puede negarlo, aunque no ganará nada más que hacerla sufrir más, puede admitirlo, pero le falta el valor, de hecho, la idea de gritarle y echarla de la habitación es, en ese momento, la que le parece la más tentadora.

— ¿Cómo pudo dejarme?, —le dice Hermione mirándolo, Snape la ve fijamente, como bebiéndose cada una de sus lágrimas. —Yo iba a dejarlo todo por usted y usted simplemente desapareció y me dejó, sin una palabra, sin una explicación, —el llanto de Hermione se vuelve ruidoso, no puede controlarlo. — ¿Cómo pudiste?

—No todo es como usted lo cree Señorita Granger, las cosas son mucho más complicadas.

—Pues dímelo.

—Nada pasó…—replicó él.

— ¿Qué es nada para ti, exactamente?

—Deje de jugar con mis palabras…

—Eso es lo que yo te pido, que dejes de jugar, que dejes de divertirte conmigo, —Hermione se derrumba sobre la silla sin saber exactamente cuándo se levantó.

—Señorita Granger…

—Deja de llamarme Señorita Granger, —le espeta Hermione con voz cansada y constipada, —deja de llamarme así y explícame.

Snape cierra los ojos, acorralado, no sabe qué hacer, suelta el aire contenido y comienza a hablar aun antes de haber decidido contarle nada.

—En el otoño de 1979 el Señor tenebroso nos envió a Bellatrix, a Lucius y a mí al Ministerio a robar la profecía…

.o.O.o.

Hermione está silenciosa, hace unos minutos que Snape terminó su relato, lo que originalmente fue una tranquila y sofocante noche de verano se convirtió, ahora, en una tormentosa madrugada. Solo la mortecina llama de una vela brilla sobre la mesita al lado de la cama. En el techo y la ventana se escucha el golpeteo de esa lluvia de verano. La habitación se siente sofocada, el clima y la atmósfera de esa plática no ayudan.

—Siento mucho que esto haya ocurrido, —dice Snape, —si usted quisiera puedo modificar su memoria, borrar esos recuerdos, usted podría…

— ¿Es lo que quieres? —Murmura Hermione. —Olvidarme. Si alguien te ofreciera la posibilidad de olvidar esos momentos, ¿lo harías?

—No.

— ¿Por qué?

— ¿Qué es lo que quiere que diga?, —dice Snape con cansancio.

—La verdad.

—Fueron los mejores días de mi vida, —murmura Snape en voz baja. —Si alguien intentara quitármelos lo asesinaría con mis propias manos. ¿Contenta?

Ella asiente y se le queda mirando, su nariz ganchuda, su cabello tan negro, tan fino, sus manos alargadas, ahí está, sin ninguna duda es su Tobías. Unos años más grande, más vivido, más cansado, ya no es un chico de diecinueve. Pero... ¿Qué más da?, es Tobías y ella ama a Tobías por encima de sí misma.

— ¿No te pasó por la cabeza, —le pregunta, —que a mí no me importara? —Él la mira alzando la ceja como interrogándola, como si no entendiera, como si le hablara en un idioma que él desconoce. —¿No se te ocurrió que, tal vez, a mí no me importara quien fueras?, que yo te querría de cualquier manera.

—Hermione, —dice él y la chica cierra los ojos con deleite, es una bendición escuchar su nombre derramarse en sus labios, —soy viejo, tú joven, soy un profesor, tú mi alumna, soy un mortífago, tú la mejor amiga del Elegido, he visto los horrores de los que hombres y mujeres son capaces, tú en cambio eres tan ingenua aún, tan ingenua, que le ofreces una oportunidad a un hombre condenado, no sabes lo que dices, —termina de decir mientras niega con la cabeza.

—Creo que no soy yo quien debería estar rogando por una oportunidad, —le dice con seriedad —fuiste tu quien me abandonó, si yo tengo todas esas virtudes, ¿por qué soy yo la que está pidiendo que me permitas acercarme?

Touché —murmura él, pero no dice nada más.

— ¿No vas a responder?

—No hay nada que decir, Señorita Granger.

— ¿Vas a abandonarme de nuevo?, —le pregunta Hermione, cruzándose de brazos mientras aprieta los puños, intentando refrenar las ganas de darle una cachetada.

—Basta, —él también se cruza de brazos, —no hay nada que discutir, no hay nada que decir —y luego, con el ceño fruncido y la voz ronca que usa para intimidar a sus alumnos dice, — retírese de mi habitación, es sumamente inapropiado para una señorita estar en la misma habitación que un hombre y más a esta hora. —Hermione lo mira, no dice mas, solo con los ojos llenos de desesperación se acerca a la cama y acaricia su mejilla. Snape la mira con los ojos entornados, pero no la evita. —Deje de jugar con mi cordura, Señorita Granger.

Pero eso no la amedrenta, toma uno de sus mechones y lo desliza entre sus dedos. Hermione se sienta en la orilla de la cama, deja la varita sobre sus piernas y con ambas manos sigue acariciando sus mejillas níveas, si él desea que lo deje, lo hará, pero tendrá que decírselo.

—Dime que no me quieres, —se le queda mirando, una de sus manos en su pecho, la otra en su mejilla, —dime que me mentiste, dime que amas a alguien más.

—Basta, —dice él por enésima vez en esa noche, pero más que una orden suena como una súplica.

—Dime que quieres que cruce esa puerta, dime que no quieres que vuelva, dime que no te gusta cómo te veo ahora.

Snape cierra los ojos ante las caricias de la castaña.

—No la quiero, —murmura con voz ahorcada —le mentí, amo alguien más, quiero que se vaya y no vuelva, quiero que deje de mirarme como me mira ahora y que vuelva a respetarme por ser su Profesor.

—Ahora, —Hermione sonríe con tristeza, —no seas cobarde, abre los ojos y dímelo mientras me miras.

Snape abre los ojos y la mira, pero sus labios siguen cerrados. Hermione sonríe ampliamente, no hay tristeza en esta sonrisa, esta situación huele a triunfo para ella, no tiene ningún tipo de experiencia con hombres con que comparar esta situación, pero lo sabe, de alguna manera intuye en su pecho, que el hombre está a punto de derrumbarse.

—Deje de jugar con mi autocontrol, Señorita Granger.

—Dilo, —y suena como una orden.

Es Snape, no va a dejar que una mocosa lo apoque.

—Señorita Granger, —Snape sonríe como un tiburón, sus ojos fríos, —usted está escasamente vestida, igual que yo, está en la habitación de un hombre mucho mayor que usted, un espía, un mortífago y su Profesor que, además, es un bastardo. —Toma su nuca apretando un poco su cabello, sin dañarla, sólo quiere asustarla, y la acerca hasta que está a menos de un palmo de distancia. —Yo, en su lugar, tomaría mi varita y correría a mi habitación sin mirar atrás… —Severus sabe algo, cuando el razonamiento falla, cuando intenta hacer lo correcto y la gente a su alrededor no comprende, siempre puede recurrir a la intimidación, —y me quedaría ahí.

Sin embargo, también, siempre se puede contar con que los Gryffindors son estúpidos y no reaccionan bien a la intimidación, pues Hermione en vez de correr se acerca y da un pequeño beso a sus labios delgados. Hermione suspira, al sentir en su boca el sabor de Tobías.

—¡Por Merlín, Señorita Granger! —la suelta, como si de pronto su tacto lo quemara. Snape sigue en la cama, Hermione sentada en un lado. Severus se aleja, pero Hermione atrapa una de sus manos. —Señorita Granger, deje de estar tentando a mi autocontrol, es usted una niña, no sabe lo que hace.

Severus la mira solemne, mientras, Hermione sube la mano de él y la coloca sobre uno de sus senos.

—Dime que el cuerpo que tocas es el de una niña.

—Basta, —dice de nuevo Severus.

Atrapa a Hermione en sus brazos y la atrae hacia sí, choca sus labios con los de ella con furia.

—Puedo intentarlo Hermione, puedo luchar contra mi naturaleza, todos los días, intentar acercarme a la luz, pero la oscuridad está en mí, trato de ser mejor, de enmendar mis errores, pero hay algo en mí que me inclina hacia la penumbra. —La mira a los ojos, Hermione se ve ávida de él, pero en los ojos negros de Snape se advierte una súplica callada. —Han sido diecisiete años de añoranza Hermione, es la última llamada: Vete.

—No.

—Estamos en medio de una guerra, y yo estoy en ambos frentes, no hay manera de que salga vivo, voy a lastimarte.

— ¿No me amas?

—Trato de hacer lo correcto.

— ¿Qué fijación tienes con hacer lo correcto?

Snape la acerca de nuevo, pero esta vez no hay furia en aquel choque, solo humedad, acaricia sus labios con los propios, prueba su sabor añorado por años y años, nunca olvidado, tan dulce. Desliza su lengua por sus labios mientras ella gustosa le cede la entrada, prueba su sabor a fruta madura y degusta su saliva. Hermione respira rápidamente, qué más da si tiene que dejar de respirar, se acerca de nuevo a él, exigiendo más. Acaricia de nuevo sus labios con los propios y enreda su lengua con la suya. Se retira un poco y con sus dientes deja una pequeña mordida en la boca de su alumna.

—No hay más oportunidades para dar la vuelta, Hermione.

La castaña nota la varita apretada en su mano, no tiene idea de cuándo la recogió de la cama, la suelta en señal de rendición, el trozo de madera rueda por la sábana de la cama, cae al suelo y se desliza perdiéndose en la penumbra que hay bajo la cama.


Y yo estoy aquí sola en la oficina sonriendo como idiota a mi computadora.

Adrel Black