Capítulo 4

Su madre prácticamente lo había arrastrado hasta la casa de los condes de Ashwood. No le gustaba ver a una mujer llorar, pero Megan Higurashi rompía toda regla. La mujer lucia pálida y demacrada, era demasiado evidente que no había descansado en estos dos días. Sus ojos color cafés, rojos e hinchados y unas ojeras se extendían por debajo de los párpados.

Ante tal imagen no pudo más que cerrar los ojos y maldecir a su prometida. Ojalá hubiera sido consciente de sus malas decisiones, debió primero pensar a quienes perjudicaría con todo esto.

No sólo a él.

—Esta casa se siente vacía sin ella – comentó la Condesa – Demian no ha podido localizarla.

Izayoi no sabía cómo consolar a aquella pobre mujer e incluso llegó a ponerse en sus zapatos. Si una de sus ojos desaparecía sin dejar rastro seguramente se pondría en ese estado.

—Entiendo si no quieres seguir con la bolsa, hijo.

La voz del conde llamó la atención de Inuyasha y por un momento apartó la mirada de la Condesa para verlo.

—Se equivoca Lord Higurashi – respondió con toda serenidad –Los planes de boda siguen en curso. Pienso buscar a su hija en cada rincón de Inglaterra y llevarla al altar…– regresó su mirada a la mujer – Así sea lo último que haga.

Miraba su nueva habitación, era sencilla y a pesar de no ser tan espaciosa como la que tenía en casa de sus padres, era acogedora. No pudo ocultar una sonrisa y deseaba que su nuevo trabajo como Institutriz saliera a la perfección. Aquí en Hampshire estaba completamente segura que no la irían a encontrar. Inuyasha podría rehacer su vida, sus padres tendrían que acostumbrarse. Incluso, cuando ya estuviera familiarizada con él lugar, podría enviarles una carta diciéndoles que se encontraba bien y que no la buscarán.

Llamaron a la puerta y antes de responder, entró Lady Evenson. De inmediato Kagome hizo una fina reverencia que dejaba cada vez más deslumbrante a la mujer.

—No me canso de decirlo, tus modales son muy finos Kagome – comentó con una sonrisa – He venido por ti para presentarte a Kanna.

Kagome asintió, pero antes de que ella pudiera hablar, Kikyo se le adelantó.

—Pero antes de hacerlo, quiero advertirte algo – ella avanzó hacia una mesita, tocó los pétalos delicados de una flor y volvió sobre sus talones para encontrarse con la nueva institutriz – Mi Kanna no es una niña… — rolo los ojos y con el dolor de su corazón dijo – Normal. No tiene muchos amigos y los pocos conocidos que tenemos rara vez nos invitan a pasar una tarde. Creo que le tienen miedo.

— ¿Cuántos años tiene ella? — preguntó con cautela.

—Dos y once meses. Dentro de un mes cumplirá los tres.

— ¿Y no habla nada?

—No – Kikyo suspiró triste y tomó asiento al borde de la cama – Los médicos dicen que no tiene nada, que sólo es emocional. – miró a la chica— Por favor, prométeme que no saldrás huyendo al tercer día. Todas las institutrices que hemos tenido no duran ni una semana. No hacen el mínimo esfuerzo por ella.

A Kagome se le apretujo el corazón al ver una lágrima cristalina rodar por la mejilla de ella. Se acercó y tomó asiento a su lado.

—No se preocupe Lady Evenson, no me iré de aquí hasta conseguir que ella hable.

—Gracias Kagome – dijo con una sonrisa – Y soy Kikyo, nada de Lady Evenson

—Muy bien, Kikyo.

Entraron a la habitación de Kanna, la luz del día se filtraba por las cortinas blancas. Y ahí, sentada en una pequeña silla estaba Kanna, quien peinaba a una muñeca de porcelana. Ella al darse cuenta de la presencia de su madre y de esa mujer extraña, dejó a la muñeca en la mesa. Se paró del lugar e hizo una reverencia.

—Hija te quiero presentar a Kagome – explicaba de un modo para que ella pudiera entender – Será tu nueva institutriz. Como sabes Kitty se fue.

Kanna simplemente asintió y volvió a tomar asiento para seguir peinando a su muñeca.

Kikyo la miró con ojos tristes y después giró sobre sus talones para encontrarse con Kagome.

—En unos minutos estará el té. Les mandaré hablar.

Kagome aguardó a qué Kikyo se fuera y una vez estando solas, fue directo con Kanna y tomó asiento a su lado.

—Así que tú eres Kanna. Ya me habían hablado de ti.

Pero no tuvo respuesta y la niña concentrada en su muñeca.

—Cuando era niña yo tenía una igual. – tomando otra de las muñecas que había sobre la mesa.

Sin respuesta, inclusive creyó haber escuchado el viento soplar en la habitación.

—Solo quiero que…

Pero la niña la miró con gesto gélido, algo que la hizo sentir un poco incomoda. Era una niña muy linda, su cabello largo y legro peinado por una media coleta. Ojos negros, cubiertos por unas inmensas pestañas, labios finos y delgados y unos pómulos rosados.

—Solo quiero sepas que espero seamos buenas amigas y que no te preocupes. Estaré aquí siempre que lo necesites.

Kagome creyó ver como una pequeña sonrisa se dibujaba en los labios de la pequeña.

Pasó el rato con ella haciendo exactamente lo mismo, peinar muñecas y cambiarlas de vestidos. Kagome no paraba de contarle sus historias de niña y como fue que un día cayó de un árbol y se rompió un brazo. Kanna, con asombro observaba el brazo de su nueva institutriz.

Hasta que una mujer menuda anunció la hora del té.

— ¿Quieres bajar a comer pastelillos y té?

Kanna miró a su alrededor y asintió. Ambas se levantaron de sus asientos, pero la niña hizo algo que a ella le asombró. La tomó de la mano.

¿Le estaba dando su confianza tan rápido o era una simple reacción?

Llegó a su residencia que tenía de soltero, se suponía que una vez casado con Kagome ellos se vendrían a vivir aquí. Pero en cambio la casa seguía con la misma etiqueta.

—Milord — saludó el mayordomo.

— ¿Alguna novedad?

—La duquesa viuda Ramsey lo ha estado esperando toda la tarde – informó.

Torció el gesto al escuchar ese nombre, no estaba de humor para visitas y menos de sus amantes. Había sido específico que no deseaba verla y mucho menos tenerla en su espacio personal. Los encuentros serían únicamente en su mansión.

—Se aferró a esperarlo. Dijo que no se movería de la biblioteca hasta que usted regresara. Por supuesto que le comenté que no sabría si usted vendría hoy.

Inuyasha suspiró y asintió.

—Gracias Livingston, puede retirarse. Yo me encargo de la señora.

El mayordomo asintió y salió por un pasillo con dirección a la cocina.

Inuyasha se le quedó viendo a la puerta de Roble que yacía en frente de él, maldiciéndose así mismo por haber venido. Había decidido pasar un tiempo aquí en su casa de soltero que en casa de su madre. Necesitaba un poco de descanso ante todo el ajetreo y de los constantes acosos de sus hermanas.

Giró la manilla y en cuanto abrió la puerta la encontró sentada en su amplia silla. Él arqueó una ceja y cerró la puerta con suavidad.

Avanzó a paso lento y se detuvo en frente de ella. Lo único que los separaba era el escritorio.

— ¿Qué haces aquí? – preguntó con seriedad.

La pelirroja le regaló una seductora sonrisa, subió los pies al escritorio de una manera descuidada mientras sostenía un abre cartas entre sus manos.

—Esperándote ¿No es evidente?

Inuyasha suspiró y miró a un punto muerto hacia su lado izquierdo. Metió las manos en los bolsillos de su pantalón y negó.

— ¿Qué te he dicho acerca de venir a visitarme aquí? – Mantenía su postura de serio – Mis empleados son discretos, pero si alguien ajeno a ellos te ve salir podría esparciese el rumor.

— ¿Tienes miedo de que eso suceda?

— ¿Tú que crees?

Ella bajó los pies, empujó la silla hacia atrás y se levantó para rodear el escritorio y detenerse justo en frente de él. Jugando con el nudo de su pañuelo.

—Solo pensé que necesitabas compañía – explicaba, sus dedos comenzaban a desatar su pañuelo.

Pero Inuyasha la detuvo, apartando la ligeramente.

—En eso te equivocas querida. En estos momentos lo que más deseo es estar solo.

—Antes no pensabas eso. Vamos, deberías estar feliz – dio un paso al frente para estar lo suficientemente cerca de él, flexionando ambos brazos – Esa niña te dio lo que más deseabas, libertad. Nos dio la oportunidad de seguir con lo nuestro.

Inuyasha frunció el cejo ante cada palabra que esa mujer decía.

—Es hora de que los dos le demos vuelta a la página. Yo podría ser esa esposa que siempre has deseado – le guiñó un ojo – Solo mírame. Soy pelirroja, mis ojos verdes. No puedes negar que soy mucho más hermosa que ella. Además, soy experta en complacerte en la cama. No deberías estar mortificado por eso.

No sabía porque, pero sintió que algo le revolvía las entrañas y comenzó a sentir asco por lo que había dicho su amante.

—Eres hermosa, lo admito.

Ella volvió a sonreír ante la confirmación.

—Pero ella huyó a quien sabe a dónde. Incluso podría estar en peligro por su insensatez.

—Habrá sido su decisión, no tuya. Si no hubiese sido tan estúpida, en estos instantes sería la vizcondesa Wimsey. – Se zafó de sus manos y acarició su mejilla – Ahora sólo somos tú y yo, como debió ser en un principio.

Inuyasha echó la cabeza hacía atrás y retrocedió un paso.

—Es mejor que te vayas, Rose.

Pero ella no hizo ademán, en cambio a eso se sentó sobre el escritorio y se abrió de piernas a él.

—Déjame te lo digo de esta forma – sus manos iban subiendo poco a poco su vestido hasta que el dobladillo le llegara a las rodilla – Vine por esa "luna de miel" que me habías prometido.

Él la recorrió de arriba abajo. Había pasado noches deliciosas con ella. Pero no tenía cabeza como para tomarla ahí, sobre su escritorio y en su casa. De hecho su mente lo ocupaba su fugitiva prometida. Era como si estuviese en un tipo de hechizo.

—Eso ya no va a pasar, Rose. Bájate el vestido y ve a casa.

Él giró sobre sus talones, dispuesto a abrir la puerta y ordenarle al cochero de la duquesa que la llevara a casa.

Pero ella se le adelantó y lo tomó del brazo para obligarlo a girarse sobre sus talones y tenerlo justo en frente de ella.

— ¿Me rechazas?

Inuyasha cerró los ojos y contó hasta diez para no perder la cordura.

—Así es– asintió al fin.

—Es la primera vez que me rechazas — dijo dolida, casi a punto de la indignación, pues había herido su ego.

—Siempre hay una primera vez para todo – retiró su mano de las de ella – Es más, creo que lo mejor será terminar con esta aventura. Eres libre para tener otro amante, que sin duda creo que no te faltaran.

—Pero yo solo te quiero a ti.

—Mi prioridad es buscar a Kagome, no me perdonaría si algo malo le llegará a pasar y cuando la encuentre la llevaré al altar para cumplir con una promesa.

—Esa niña – su tono fue desdeñoso –Lo mejor que nos pudo pasar es que nunca hubiera nacido. Es más, que tú padre jamás le hiciera esa promesa tan absurda al conde, así tú no estarías en la obligación de un matrimonio no deseado.

Ya estaba al borde de su límite, en realidad Comenzaba a ver la verdadera esencia de aquella mujer. Solo pensaba en ella misma y no en los demás.

—Creo que ya escuché suficiente – dijo son perder la cordura – Livingston te acompañará hasta tu carruaje.

— ¿De modo que estás terminando conmigo? ¿Esto representa el final de algo intenso?

—Si – respondió de inmediato.

Ella se bajó del escritorio y el vestido resbaló hasta el suelo. Tomó su bolso y se detuvo a su lado.

—No me vuelvas a buscar y más cuando te des cuenta que ha sido un completo error el haber terminado con lo nuestro.

—Cuídate – abrió la puerta del estudio.

Lily Rose Ramsey se detuvo justo en la puerta antes de salir. Lo miró y frunció el cejo.

—Escucha esto – alzó un dedo y lo detuvo a centímetros de él – Me buscaras, imploraras mis besos y mis caricias. Y cuando eso pase, te echaré del mismo modo que lo has hecho tú hoy.

Él hizo una reverencia.

—Que tenga buena tarde su excelencia.

—Eres un hijo de puta Taisho.

Y tras estas palabras salió del estudio, seguida por el mayordomo. Inuyasha se quedó ahí, observando como la figura de su fría ex amante desaparecía por el corredor.

En el escritorio había un vaso de whisky sin tocar. Lo tomó y se lo llevó a la nariz, aun estaba el aroma dulzón del perfume de Rose. Así que tiró el líquido en una papelera y lo hizo dejó sobre la pequeña cantina. Acto seguido se sirvió licor en un vaso limpio.

Mientras tomaba asiento y bebía el líquido empezaba a ser consciente de una cosa. Jamás había defendido a su prometida delante de la duquesa, cuando ella hacía algún comentario en contra de Kagome, siempre le seguía la corriente.

Incluso nunca había pronunciado su nombre. Para él simplemente era la señorita Higurashi.

Se recargo en el respaldo de la silla y contempló el líquido ámbar del whisky, haciéndolo bailar en círculos por el vaso. No le afectaba ser el centro de atención de todo Londres, ser reconocido por el hombre que dejaron plantado en el altar.

La principal prioridad que albergaba en él era encontrarla, asegurarse que estuviese bien. Y cuando diera con ella por Dios que esa mujer iba a escuchar todo lo que tenía que decirle. Aún no se le quitaba de la cabeza el rostro desencajado de la condesa, la que sin duda, era que estaba sufriendo en estos momentos.

Su pequeña y escurridiza prometida nunca pensó en las consecuencias que conllevarían sus decisiones. Pero ella no era del todo culpable, sino él mismo. Si no hubiese estado tan distraído con Rose aquel fatídico día, seguramente habría adivinado las intenciones de ella para dejarlo plantado en el altar. Jamás se le olvidaría aquel día en que lo hizo recorrer el pasillo del altar hasta la puerta, y el minuto perdido cuando le cerraron la puerta justo en frente de sus narices.

Debía dejar todo organizado para ir a Hampshire en busca de su amigo, él sin duda le ayudaría a rastrear a Kagome.

—Voy a dar contigo – se prometió a sí mismo, mientras ondeaba en vaso de whisky a la altura de su frente – Te lo prometo.

Kagome contempló a la pequeña Kanna, quien estaba sentada en un pequeño taburete, contemplando las teclas del piano. Esa tarde tenía su clase de piano, pero en cambio había recibido una nota del maestro informando su renuncia.

Una mujer de servicio se detuvo a su lado y negó.

—Es el segundo maestro que renuncia.

Kagome frunció el cejo, esto de algún modo no le Comenzaba agradar. Primero la tercera institutriz, que casualmente había durado tres días y ahora el profesor de piano.

— ¿Cuánto duró el profesor de piano?

—Una semana – la criada miró por ambos lados para comprobar si el ama de llaves no estuviera cerca – Aquí las institutrices y los profesores de música no duran. Es como si alguien les pagará para que renuncien – la mujer suspiró y contempló a la niña – Incluso fue cuidada por la señora Jones y por mí. La verdad no es justo porque los señores Evenson son muy buenas personas. Tratan a cada empleado como una familia.

Asintió y contempló a la mujer alejarse antes de volver a ver a la pequeña.

Algo no le agradaba ¿Por qué las institutrices y los profesores duraban muy poco? No veía nada malo en ella, incluso podía ver lo tierna que era.

Con una media sonrisa avanzó hacia ella, arrastró otro taburete y tomó asiento a su lado.

Pudo visualizar una lágrima en su mejilla y eso le partió el corazón. Era tan pequeña como para sufrir de esa manera. Sus dedos se desplazaron hasta el tablero y tocó los primeros acordes de una melodía. La niña alzó su pequeña cabeza hacia ella y la contempló con sus inmensos ojos negros.

Kagome le regaló una deslumbrante sonrisa, todo para hacerla sentir bien.

—Mi madre solía decirme que tocar el piano alimenta el corazón ¿Sabes tocar?

Ella asintió ligeramente.

— ¿Quieres unirte conmigo?

Dudó un poco pero después sus pequeñitos dedos tocaron las teclas, observaba cada pieza que tocaba su nueva institutriz y comenzó a seguirla.

El silencio de la habitación fue sustituido por la armónica melodía.

Kanna río cuando Kagome fingió equivocarse e hizo una mueca.

Kikyo se había asomado en cuanto escuchó el piano. No recordaba cuando fue la última vez que escuchó reír a su hija y si duda. Sin duda Kagome había logrado acercarse a su hija poco a poco.

Les aplaudió cuando entró a la sala y ambas se giraron al mismo tiempo.

—Que hermoso han tocado.

Su hija miró a Kagome y después a su madre y asintió. Pero Kikyo se acercó a ella y tomó sus pequeñas manitas.

—Hoy recibimos una invitación por parte de Lady Higgins. Nos ha invitado a la fiesta de té que organiza para su hija Violeta. ¿No es fantástico?

Pero en lugar de que ella se pusiese feliz, se levantó del taburete y salió corriendo.

Kagome se levantó para ir en su búsqueda pero Kikyo la detuvo.

—No te molestes en ir. Ella siempre reacciona así cada vez que tenemos una invitación.

—Iré con ella.

En cuanto entró a la habitación de la pequeña, la encontró esta vez sentada en la cama, mientras sus delicados pies colgaban del borde de ésta. Los movía de un lado a otro con la cabeza gacha y los ojos perdidos en el miso. Ella se acercó y se colocó de rodillas justo en frente de ella y la tomó de las manos.

—No tienes por qué tener miedo a una simple reunión de té – dijo con una sonrisa – Estaré contigo todo el tiempo ¿Te parece?

Kanna alzó la cabeza y asintió ante la promesa que le hacía su nueva institutriz.