Capítulo 5
La fiesta de té que había organizado la Baronesa Higgins estaba siendo de lo más exquisita. Por un lado, Kikyo conversaba y por el otro Kanna trataba de encajar entre las niñas. En su mayoría algunas eran más grandes que ella y no rebasaban ni los diez años.
Pero si de algo era sabido, la pequeña niña parecía no pasarla bien después de todo. Ella misma le había prometido estar a su lado en todo momento, incluso sintió romper esa promesa cuando Kikyo le había dicho que la dejara sola con las demás jóvenes niñas para que pudiera socializar.
Algo la hizo fruncir el cejo y fue cuando las niñas rodearon a Kanna, desde la distancia no podía oírlas, pero veía que su pequeña niña se tapaba los oídos y de inmediato sus mejillas enardecieron.
Dejó la tasa de té sobre una mesa y fue al encuentro de ese pequeño grupo. Deteniéndose justo de tras de la líder.
—No entiendo porque mi madre ha invitado a una niña muda como tú – dijo señalando la – No eres ni la mitad de lo que somos. No encajaras nunca en la sociedad aún y cuando tu padre haya trabajado para el rey.
—Si – asintió otra – Aquí sólo hay hijas de alta sociedad. Tu padre ni siquiera título tiene.
Como hija de un conde sabía lo cruel que podía llegar a ser los niños de esa edad. Restregar la inferioridad de los títulos y el hijo de un Duque era el más cruel de todos. Afortunadamente su padre siempre le inculcó el respeto y devoción hacia los demás. Que todos debían ser tratados por igual.
—Discúlpate con la pequeña dama.
Todas las niñas al escucharla se giraron al mismo tiempo y vieron a la mujer que había hablado. La líder, que en ese momento Comenzaba a odiar. Era una niña de cabello rubio y ojos azules. Alzó una rubia ceja e hizo una mueca, se cruzó de brazos y respondió con desafiante respondió:
— ¿Por qué tendría que hacerle caso a una simple institutriz?
Kagome apretó los nudillos de sus manos. Si esa mocosa hubiese sabido que estaba hablando con la hija de un conde haría que ella y su madre le pidiesen una disculpa. Pero no, era una institutriz.
—Si lo quiero, con el chasquido de mis dedos haría que mi madre te pagará una generosa cantidad de libras para que dejes a esa mocosa y a su familia. Tal y como lo hizo con su profesor de piano. Que por cierto, ahora es mi maestro.
Así que es ahí es donde había terminado ese maestro de piano.
—Y yo con un chasquido de mis dedos haría que me pidieras disculpas.
—Eso no va a pasar – negó la joven – La hija de un barón jamás se rebaja al nivel de la servidumbre. En especial en una institutriz.
Era incluso ridículo discutir con todas esas niñas, ella era adulta. La pequeña líder no dejaba de mirarla con gesto desafiante, era como si la estuviese retando a decirle más para ella contraatacar. Así que tomó a Kanna de ese círculo y se la llevó de ahí.
— Me suponía, eres una cobarde.
Escuchó tras de ella la voz de aquella insolente, si fuese su madre le daría una reprimenda por su mal comportamiento.
—No tienes una idea de cuantas cosas quise decirles a esas niñas tontas.
Kanna la vio y sonrió.
— ¿Por eso no querías venir?
Ella pensó y después asintió.
—Será mejor que…
— ¿Puedo hablar con usted unos minutos?
La voz de una mujer a sus espaldas llamó la atención de Kagome, ella se giró y vio al mismo retrato de la pequeña con quien hace unos momentos discutía.
Kagome vio a Kanna y le dio un pequeño apretón en la mano.
—Ve en busca de mamá.
Pero la niña se aferró a sus manos y su mirada era de pánico cada vez que veía a esa mujer.
Ella se inclinó y aliso su hermoso vestido blanco. La verdad es que se veía muy bonita, una Diadema adornando su cabellera cobriza, un vestido blanco y unos zapatitos de color rojo.
—No te preocupes por mí, iré a buscarte cuando termine de hablar con ella.
Kanna asintió y a regañadientes se obligó a soltarle la mano.
Cuando ya no estaba cerca, Kagome se levantó y se encontró con esos ojos azules gélidos.
—Si viene a reclamarme por…
—No es eso por lo que vengo hablar con usted – ambas comenzaron a caminar, dando pasos lentos – Me han dicho que acaba de llegar de Londres.
—Así es.
—No hemos tenido la oportunidad de ir a la ciudad y menos en cuando es la temporada... Dicen que se pone al tope.
La temporada en Londres era ideal para conseguir marido. Muchos lores dejaban sus residencias para alojarse en la ciudad. Sus continuos bailes, teatros y sobre todo la ópera, mantenían a cada visitante ocupado. Y para una joven en edad casadera, era una suerte conseguir prometido durante dicha temporada. Pero no para ella, ella mucho antes de su nacimiento ya estaba comprometida.
—Una institutriz jamás está al pendiente de esas cosas milady.
—Oh es verdad – dijo con una media sonrisa – Olvidé que era una.
Kagome comenzaba a sentirse un poco incómoda ante la compañía de la Baronesa.
— ¿Podría ser más directa y decirme lo que deseaba hablar conmigo, milady?
Hubo un silencio, el viento hacia bailar algunos mechones flojos de la mujer rubia. Pero supo que algo no iba bien en cuanto la mujer esbozó una media sonrisa.
—Bueno, entonces me iré directo al asunto señorita Harper – la mujer dio un paso hacia adelante — ¿Cuánto quiere por dejar a los Evenson?
Su principal reacción fue abrir los ojos de manera sorprendida, después abrió la boca para decir algo, pero como las palabras no salían decidió cerrarla y aguardar silencio, para dejar que la baronesa prosiguiera con su oferta.
—Hable, dígame cuál es su precio y con gusto se lo daré. Kitty fue demasiado estúpida y pidió un poco menos, espero que no sea su caso.
Así que le había pagado a la antigua institutriz de Kanna con tal de dejarla. Esto le estaba dando asco, la única persona a la que estaban hiriendo era precisamente a Kanna. Seguramente ella sabía todo por la forma en como la había tomado de la mano.
— ¿Cuál es el motivo de todo esto? – preguntó.
La Baronesa Higgins se encogió de hombros de manera indiferente.
—Porque soy Baronesa y me lo puedo permitir – la miró intensamente a los ojos – Además, deseo fervientemente que esa familia abandone Hampshire de inmediato. Que el marido de Kikyo tenga contacto con el rey no quiere decir que sea una más de nuestra sociedad.
Si, era la misma versión de su hija solo que en adulta.
—Disculpe declinar su inusual oferta, milady – Kagome hizo una reverencia con sumo esfuerzo. – Pero mi lealtad no tiene precio.
—Usted es demasiado ingenua para saber de lealtad señorita Harper. Dígame su precio, ponga uno muy alto y con gusto le pagaré.
—Querrá decir, su marido pagará por ello – rectificó Kagome – Porque saldrá del bolsillo de su esposo.
Ante el comentario de Kagome, la mujer alzó una mano dispuesta a bofetearla, pero ella fue más lista y la pescó en el aire.
—Descarada cómo te atreves a contestarme de esa manera – dijo indignada —A mí, a una Baronesa. Poniéndote a mi nivel.
—Oh créame que no es así mi lady – ella negó, soltó su mano y se apartó – Nunca me rebajaría a su nivel.
Justo cuando la Baronesa abría la boca para decir algo, ella la interrumpió nuevamente.
—Si eso es todo lo que deseaba decirme, me retiro. Debo ir en busca de la niña Kanna.
Dicho esto, hizo una reverencia y se apartó de aquel lugar. Era mentira que iría en busca de Kanna, lo que quería esa alejarse de ahí y desquitar todo el coraje llevaba dentro antes de reunirse con las dos damas.
Se detuvo ante la orilla de un lago y contempló el agua.
—Me ofreció dinero – maldecir indignada.
Tomó una piedra y la arrojó al lago.
—A mí – volvió a tomar dos piedras y arrojó una de nuevo al agua – A la hija de un conde – lanzó la última – Si hubiese sabido quien era yo, la haría pedirme perdón de rodillas por su insolencia.
Agarró un puñado de piedras y las lanzaba con tanta ira.
—Hacerle eso a la pobre de Kanna, a su madre… malditas arpías.
—Si yo fuese usted me alejaría de la orilla.
Escuchó una voz ronca y aterciopelada que la hizo poner la piel de gallina. Giró sobre sus talones y se encontró con un hombre. El caballero llevaba un sombrero de copa alta, vestía con un impecable traje en azul marino y un pañuelo dorado, perfectamente atado al cuello.
En todo momento no dejaba de sonreír.
Tenía los ojos más verdes que en su vida había visto y un cabello negro que se asomaba por el borde del sombrero.
—Si se cae al lago tendré que verme en la necesidad de rescatarla, mi lady – dijo en tono coqueto.
—Sé nadar perfectamente, Milord. No necesito de alguien que me salve.
—De vez en cuando una dama necesita ser salvada por un caballero.
—De vez en cuando una dama necesita hacer cosas por sí misma. Además ¿Ve a una dama que necesite ser salvada en estos momentos?
El caballero esbozó una sonrisa e inclinó la cabeza ante aquel comentario.
—Tiene usted razón. No veo una dama que requiera ser salvada.
—Justamente pensé eso.
—Pero si veo a una dama sumamente molesta. ¿Puedo saber por qué?
—No – ella negó – Eso no le concierne ya que ni siquiera nos hemos presentado.
El hombre asintió y dio un paso hacia ella. Extendió una mano en forma de saludo.
—Bankotsu Marsden, a su servicio.
Kagome dudó por un segundo en tomar esa mano, pero eso sería descortés. Después de todo el hombre se estaba presentando ante ella.
—Kagome Hi… — carraspeo ante el tremendo error que iba a cometer – Kagome Harper.
Él guiño un ojo y acto seguido se llevó la delicada mano de aquella joven a los labios y deposito un delicado beso.
—Un placer milady. – Soltó su mano y se apartó un poco – Ahora que ya nos conocemos ¿Puedo saber qué es lo que la tiene tan molesta?
—No – respondió de manera inmediata – Podrá saber mi nombre, pero la confianza se gana Milord. Ante mí, sigue siendo un desconocido. Ahora si me disculpa debo retirarme.
Kagome pasó a su lado y sin añadir más busca de Kanna y Kikyo.
Pero aquel lord no dejaba de mirar como aquella mujer se alejaba.
—Oh, pero si aquí está mi sobrino, el Duque más cotizado.
Miró a la mujer que le hablaba, la Baronesa Higgins. Ella se acercó a él y lo pescó del brazo, para arrastrarlo con ella.
—Tía.
—Ven querido. Te presentaré unas damas distinguidas de alta sociedad. Estoy seguro de que una sería la perfecta candidata a ser tu duquesa.
—No tengo interés en el matrimonio.
—Tonterías, un hombre guapo y atento como tú sin duda serías un excelente partido. Eres el más cotizado en Hampshire.
—Y yo ya dije que no busco duquesa.
Eso pensaba, hasta que se encontró con aquellos finos y delicados ojos color chocolate.
—Por cierto, acabo de ver a una joven.
Le dio las características de la joven y la mujer se tensó al reconocerla.
—Debo decirte que no te conviene hijo – dijo mientras lo sostenía del brazo con fuerza – Es la simple institutriz de los Evenson. Que sin duda pronto se irá.
— ¿Una institutriz?
—Así es – asintió – Tú mereces algo mejor. Algo así como la hija de un Duque o la hija de un conde. No una institutriz.
Pero francamente a él no le importaba que fuese, esa joven dama lo había dejado intrigado, mucho mejor, cautivado por su forma de dirigirse ante él. Sin duda podría decirse que era una mujer muy inteligente. No cómo las damas que se empeñaba su tía en presentarle.
—Has estado muy sería, Kagome – comentó Kikyo una vez que llegaban a casa después de la reunión de té — ¿Ha sucedido algo?
¿Qué si ha sucedido algo? Claro que sí, estaba sumamente molesta por la forma que trataron a Kanna y sobre todo la oferta ofensiva que había recibido.
Pero en lugar de responder ella negó.
—Ha sido una agradable tarde ¿No crees, Kanna? ¿Te divertiste con la hija de la Baronesa Higgins?
Kagome frunció el cejo al escuchar ese nombre. Nunca había conocido a una mujer tan odiosa y aberrante como ella
Pudo sentir como la pequeña Kanna la tomaba de la mano, notó su mirada y Kagome le regaló una tierna sonrisa
—Estoy segura de que Kanna ha tenido mucha…—hizo una pausa, sin encontrar una palabra adecuada – Diversión por el día de hoy. ¿No es así?
Kanna no dejaba de mirarla y después observó a su madre y asintió.
—En ese caso puedes subir a descansar amor.
Kikyo se inclinó delante de ella y le dio un tierno beso en la frente.
Kagome contempló como la pequeña subía por las escaleras y aguardó a que ella no estuviese presente para decirle un par de cosas a Kikyo.
—Si me permites hacer una observación.
—Claro Kagome – ella asintió – Ven, pasemos a la salta.
Una vez que ocuparon sus asientos, Kagome miraba a la dama con gesto serio.
— ¿Vas a renunciar, no es verdad?
Ella frunció el cejo, la verdad no esperaba que le dijese eso. Es más ¿Estaba dispuesta a contarle lo sucedido en aquella reunión?
—La Baronesa Higgins me sobornó. Me ofreció lo que yo quisiese con tal de dejarlos.
Kikyo asintió, atenta siempre ante lo que la joven le decía. Un poco temerosa, agachó la cabeza y contempló un florero acompañado de una exquisita variedad de flores.
—Eres la primera que me habla de esa manera tan directa. Las demás simplemente aceptaban el soborno y se iban a los tres días después.
Ante tal confesión Kagome se sintió un tanto molesta.
— ¿De modo que ya sabía de esto? – Preguntó y la mujer asintió — ¿Y por qué las frecuenta?
—Solo te estaba poniendo a prueba, disculpa si te he hecho pasar por un amargo momento. Quería ver tu lealtad hacia Kanna
—Ella fue la quien más sufrió. La expulsó ante un par de niñas mimada, malvadas, malcriadas – estaba furioso, ardía de coraje – ¡Casi me pongo al nivel de una niña de nueve años!
—Te aseguro que será la última vez que frecuentaremos a esa familia.
Kagome asintió un poco más tranquila.
—Gracias, gracias por ser leal a Kanna.
Ella a se puso de pie y subió en busca de la pequeña. A quien vio jugando con una casita de muñecas de madera.
Tomó una y comenzó a cepillar su cabello son los dedos y así permanecieron, en silencio mirándose de vez en cuando una a la otra. La pequeña hizo a un lado su muleca, se puso de pie y avanzó hacia Kagome. Una vez que estuvo frente a frente, ella hizo algo inesperado, se puso de rodillas y la abrazó.
Era un abrazo tan tierno y cálido, podía escuchar los latiditos de su corazón, pasó sus manos por el delicado cabello de la niña.
—Te prometo que no volverás a pasar por lo mismo.
Kanna se apartó solo para tenerla frente a ella, esbozó una sonrisa y asintió.
Al día siguiente…
Era una mañana fresca, ideal para dar un paseo. Había pedido autorización a Kikyo de dar un paseo con la niña. Asumía que necesitaba aire fresco y que no debía permanecer encerrada durante lapsos prolongados de tiempo. Sin duda la madre no se negó y concedió su autorización. Pero quien si estaba más alarmado que ella era el padre.
— ¿Si algo les pasa? – decía mientras contemplaba como su hija desaparecía por el camino de grava, tomada de la mano de la nueva institutriz.
—Confió en que nada malo va a pasar – comentó su esposa, recargando su cabeza en el hombro – Además, si eso llegara a pasar. Que se cuiden de ti.
—Kikyo – pronunció su nombre en un modo serio.
—Por cierto ¿A qué hora llega ese amigo tuyo?
—No sé – Naraku se encogió de hombros, entrando a la sala de estar – Solo mencionó que llegaba esta tarde.
— ¿Lo vas a alojar aquí? Si es así para ir preparando la habitación de huéspedes.
—Es probable que no pase la noche aquí explicó mientras tomaba asiento en un sofá – Pero anticípate por si cambia de parecer.
Hampshire no era como la vida ajetreada de Londres, podría decirse que era mucho más tranquilo y que incluso comenzaba a agradarle. Si permanecía mucho más tiempo de lo habitual sin duda podría llegarse en su lugar favorito y por qué no, hacerlo su residencia permanente. Incluso podría hacerse pasar por institutriz toda la vida, quien sabe, Inuyasha jamás la encontraría en este recóndito lugar y eso la hacía sentirse segura.
Pasaban por un pequeño mercado, donde vendían una amplia variedad de cosas y como una niña, no podía dejar de asombrarse mientras pasaban por cada puesto. Sin duda su madre no la dejaría entretenerse cada cinco minutos en un puesto.
Aunque por ir viendo no pudo ver una espalda ancha en frente de ella, estrellándose y cayendo de sentón al piso, soltó la mano de Kanna para no arrastrarla en su caída.
El caballero al darse cuenta de lo que había provocado, de inmediato se giró y vio a la joven en el piso. Le tendió la mano un poco preocupado.
— ¿Se encuentra bien, milady?
Ella asintió sin responder, quitándose la poca tierra que se había impregnado en su modesto vestido.
—….
No puedo responder y en cambio a eso guardó silencio cuando sus ojos se encontraron con un chico de cabello oscuro y ojos azules, su piel era morena y era poseedor de una deslumbrante sonrisa.
Al ver que ella no respondía, el caballero abrió los ojos mucho más preocupado de lo que ya estaba.
—Por favor, dígame que está bien.
Kagome asintió, pero no dejaba de ver la similitud que había entre ese caballero y el otro que conoció ayer, justo en los jardines de la señora Higgins. Solo la diferencia que existía era el color de sus ojos.
—Si – asintió al fin – Gracias milord.
— ¿Es nueva por aquí? Porque su cara me resultaría familiar.
—Así es – Kagome asintió – Soy la nueva institutriz de los Evenson.
Aquel joven reconoció a Kanna y le acarició la melena, se inclinó ante ella y la tomó de las manitas.
—Pero si aquí está mi pequeño ángel – dijo mientras le guiñaba un ojo – Ya te dije, cuando crezcas te vas a casar conmigo.
Kanna se sonrojó y se ocultó detrás de Kagome. El caballero en cuestión se puso de pie y tendió la mano hacia ella.
Igual que cuando conoció a Bankotsu Marsden, dudó por un segundo en tomar su mano y al final la estrechó.
—Koga Lexington, a su servicio milady.
—Kagome Harper, la institutriz de los Evenson.
—Entonces ya sé cómo dar con usted – dijo en tono coqueto, miró a Kanna y le guiñó un ojo. Cuídate preciosa, nos vemos luego.
Lo vio retroceder y apartarse de ellas, un hombre delgado se acercó a él y ambos desaparecieron de la vista de ellas.
—Investiga todo sobre esa señorita.
—Como ordené, milord.
Una mujer de mediana edad se atravesó en su camino y lo obligó a detenerse. Él esbozó una media sonrisa, pero no de gusto, sino de preocupación.
—Pero si aquí está mi marqués favorito.
—Lady Dickinson – hizo una reverencia.
—Tú y tu ese duque Marsden son los más escurridizos de Hampshire. Una no sabe con quién se va a encontrar – ella esbozó una sonrisa y lo tomó del brazo – Por fortuna di contigo, sin dura eres mi favorito. Dejemos a un lado a ese duque arrogante, ven te presentare a unas….
Pero Koga se removió suavemente hasta estar liberado de ella.
—Lo siento lady Dickinson. Tal vez en otro momento – dio un paso hacia atrás.
Odiaba a esas mujeres casamenteras ¿Por qué Bankotsu no era el centro de atención? Después de todo él era un duque y él era marques, sin duda un duque debía captar la atención de las damas.
—No te vas a seguir ocultando durante mucho tiempo hijo, algún día sentaras cabeza. – amenazó la mujer.
—Me casaré el día en que Marsden se case.
La mujer al escuchar ese comentario estalló en una sonora risa.
— Ese lord jamás se casara. Le tiene miedo al matrimonio.
— Milady, me encantaría quedarme – haciendo una reverencia, comenzó a dar un paso hacia atrás – Pero asuntos importantes requieren mi atención. Hasta pronto.
Hola Chicas
Primero que nada, espero les haya gustado este capítulo.
Segundo, hice una encuesta en Facebook porque estaba indecisa sobre quien sería digno para ser un triángulo amoroso. Obvio Koga resultó ser el ganador, pero en los comentarios muchas se inclinaban hacia Bankotsu, que sería algo nuevo y diferente. Aunque sin duda, quienes me dejaron intrigadas fueron las que votaron en lugar de un triángulo, fuese un cuadrado.
Me dije a mi misma ¿Por qué no?
Y bueno, aquí lo tenemos. La competencia no va ser fácil para Inuyasha eh.
