Capítulo 6
Un carruaje se detuvo frente a la casa y de su interior salió un pasajero. Aquel hombre se detuvo por unos segundos contemplando la fachada. Por fin había llegado a Hampshire y con un poco de suerte esperaba que él lo ayudase en la búsqueda de su fugitiva prometida. Cada día que pasaba sin saber de su paradero era una marcha contra reloj, ella muy bien podría estar en peligro y cada segundo contaba.
Llamó a la puerta mientras que el cochero aguardaba a recibir nuevas instrucciones. Unos segundos más tarde abrió la puerta el mayordomo.
— Vengo a ver a Lord Evenson.
Aquel hombre asintió.
— Claro milord, ¿Quién lo busca?
— Dígale que lo busca el maldito vizconde Wimsey.
Ante tal respuesta, el mayordomo alzó una delgada ceja y lo paso de inmediato, llevándolo directo al despacho del señor. Ahí le dijo que esperara, mientras él iría en búsqueda del lord de la casa.
Inuyasha solo observo la puerta a un costado, visualizó el amplio despacho y decidió aguardar en un cómodo sofá.
Suspiro de alivio en cuanto tomó asiento, había viajado sin parar en su carruaje y aunque era lo bastante cómodo, no se comparaba con un acogedor sofá. No le dio tiempo en ordenar sus ideas, cuando la puerta se abrió y al instante entro Naraku, haciendo que Inuyasha se pusiera de pie.
— Mira nada más a quien tenemos aquí. – dijo en tono serio, pero después una sonrisa burlona apareció en su rostro.
Ambos estrecharon sus manos y se fundieron un abrazo de hermandad, palmeando cada uno sus espaldas.
— ¿Ye ese milagro que traes tu delicado trasero a Hampshire? – preguntó mientras le indicaba que volviese a tomar asiento. – Creí que estarías de luna de miel. Disculpa por no haber acudido a la boda, Kikyo y yo hemos tenido dificultades con Kanna.
Inuyasha y Naraku se conocían desde hace mucho tiempo. Hubo un tiempo en que el vizconde le había salvado la vida a su amigo una noche fría, bajo una intensa lluvia. Él era perseguido por un grupo de encapuchados, dispuesto a matarlo, en cuanto pasó a lado de éste le ayudó a ocultarse en su carruaje. Las heridas de bala que traspasaban su saco lo orillaron a llevarlo a su casa de soltero, donde permaneció un tiempo oculto.
Poco tiempo después de retiró, conoció a Kikyo y ahora era un hombre de hogar, muy a menudo ejercía su oficio de espía, incluso detective, pero esto eran esporádicamente, cuando una alma necesitada llegaba a pedir sus servicios.
— No te preocupes – él asintió. – No te perdiste de mucho – comentó con ironía.
— ¿Qué puedo hacer por ti? – Dijo mientras hacía llamar a una empleada del servicio — ¿Viene contigo la nueva vizcondesa de Wimsey?
Inuyasha negó.
— Ocupo de tus servicios y con servicios ya sabes a cuales me refiero.
En automático el semblante de Naraku cambió radicalmente, ocultando al lord de la casa para sustituirlo por el espía que era. Cuadro los hombros y puso toda su atención en su recién llegado.
— Escucho.
Faltaban dos cuadras para llegar a casa. Habían comprado varias cosas, Kanna en todo momento no dejaba de observar la nueva muñeca que Kagome le había comprado.
— ¿Te ha gustado?
Ella levantó su pequeño rostro y con una espléndida sonrisa asintió.
— …
— Pero miren lo que ven mis ojos.
Una voz masculina las interrumpió de nuevo. Kagome siguió el camino por donde había provenido esa voz y se encontró con la de aquel hombre que había visto en la reunión de té que Lady Higgns había organizado.
— Por lo que veo ya no tiene ese mal humor de ayer – el hombre sonrió, mostrando sus perfectos dientes blancos – Debo admitir que esa faceta suya me agrada más. Luce más bella con esa sonrisa.
Kagome alzó una delgada ceja ante el descaro coqueteo de ese caballero. Aunque debía reconocer que así deseaba que Inuyasha se mostrara con ella, galante y coqueto. No un hombre frio que esperaba casarse con una mujer por mero compromiso.
— ¿Siempre es así de galante milord o lo hace solo para impresionar?
Bankotsu Marsden se llevó una mano al corazón fingiéndose dolido ante el comentario de la dama y dejó escapar una sonora risa.
— Milady debo decir que su comentario me ha dejado absolutamente herido, incluso de muerte.
Kanna paseaba de un lado a otro su pequeña carita. Mirando a aquel hombre en su máximo flirteo con Kagome.
— Estoy segura que no le faltaran damas para curar sus heridas, milord.
Bankotsu alzó la mano y la señaló con un dedo, esbozando una media sonrisa. Lo cierto es que esa mujer lo había dejado completamente intrigado desde el día en que la conoció. Por desgracia su tía no había querido decirle quien era y tuvo que averiguarlo por sí mismo. Sabía que era la nueva institutriz de los Evenson y esperaba que aquella mujer no se dejase manipular por los sobornos de su tía.
Aunque viendo ben aquella dama a simple vista se notaba que era una mujer decidida, inteligente, con un amplio sentido del humor además de ser muy hermosa. Incluso llego a suponer que podría ser digna candidata a duquesa de Marsden. Sabía de sobra que su tía Higgnis pegaría los pies en la tierra ante sus pensamientos, pero le importaba muy poco lo que esa condenada mujer pensase.
Para él no había ni una pisca de duda. Podría proponerse conquistarla, que importaba si era una institutriz y al diablo con las habladurías, al fin de cuentas sería con ella la que se estuviese casando, no con el resto de la sociedad.
— En eso se equivoca milady – miró a la pequeña que estaba a su lado y le guiñó un ojo – No hay ninguna dama.
Kanna contemplaba la intensa mirada del duque hacía Kagome, frunció su pequeño cejo y tiró de su mano para volverla a la realidad.
— Si – ella asintió mirándola – Ya es hora de irnos a casa. – Alzó su vista para ver al hombre que tenía de frente – Espero que encuentre pronto esa dama.
Él esbozó una sonrisa muy diferente a la anterior que Kagome muy bien no pudo descifrar.
— Tenga por seguro que ya la he encontrado.
— En ese caso lo felicito – ella asintió – Bien Kanna, hora de irnos.
Green House era el club que frecuentaba Koga cada vez que quería intimidad. Muy a menudo estaba sofocado por las constantes muestras de afecto de las madres casaderas. Que más bien parecían acosadoras y muy a menudo no mostraban ni la más mima vergüenza en prestarles a sus hijas. Era como si estuviesen vendiendo un trozo de carne.
Pero, no podía dejar de pensar en aquellos ojos chocolate que había visto aquella mañana. Aquella mujer era la criatura más hermosa que hubiese visto en toda su vida. Ahora que sabía con exactitud donde vivía y lo que era, no le importaba.
Kagome Harper poseía algo que le atraía y solo conociéndola más podría averiguar que era. Tal vez era aquella mirada secreta, oculta por una maza de pestañas negras. O esos pómulos rosados y esos carnosos labios.
Seguramente más de uno le daría la espalda si llegara a pensar en casarse con una institutriz. Pero, después de todo ¿Cuántos lores no lo hacían?
Sabía de sobra por su lacayo que no estaba casada y que tenía poco de haber llegado a Hampshire, que era de Londres y tenía muy poco como institutriz. Pero primero antes de acercarse a ella tendría que pedirle autorización a Naraku para cortejar aquella mujer, porque si bien no era su familiar directo, era parte de su servicio doméstico y muy probablemente lo mandaría al diablo al saber que estaba interesado en su empleada.
— No puedo creerlo, el marqués Lexington pensativo, sin duda es un gran avance.
Koga alzó la mirada y se encontró con la mirada penetrante de aquel duque.
— Marsden ¿Qué te trae por aquí?
Bankotsu esbozó una sonrisa y tomó asiento, a continuación le pidió a un lacayo que le sirviera dos copas de brandy. Una para él y la otra para Koga. Cuando por fin las trajo, extendió una hacía su amigo (si podría llamarse así) y alzó la suya para darle un generoso trago.
— Te veo de un humor extraño – comentó curioso Koga.
— Oh no tienes una idea mi querido colega – Bankotsu roló los ojos al recordar a la señorita Harper – Acabo de ser flechado por una mujer.
Ante aquel comentario Koga alzó una poblada ceja, echó la cabeza hacía atrás y estalló en una sonora carcajada.
— ¿Qué es lo gracioso? – Preguntó el duque, entornando los ojos hacía él – También el duque Marsden tiene su corazoncito.
— Tú eres el duque más lascivo, depravado y arrogante que he conocido. Dudo mucho que alguien te atrape, huyes de las madres casaderas como si se tratara de algo desagradable.
— Pues el marqués Lexington tampoco se queda atrás. – De pronto una sonrisa curiosa se dibujó en aquel rostro — ¿Cuántas amantes has tenido, Lexi?
Koga movió sus cejas de arriba abajo mientras sonreía de manera picara.
— Un marqués no tiene memoria, deberías saber eso.
— Dime un número y yo te digo el mío.
— Ninguna Marsden.
— Oh por favor no te creo – lo miró y alzo una ceja — ¿No eres de esos que prefieren la compañía de alguien de su mismo sexo o sí?
Ante aquel comentario Koga estuvo a punto de tirarle su brandy en la cara y demostrarle se hombría a base de golpes, pero se contuvo.
— No te tumbo al piso solo porque te aprecio imbécil.
— Tranquilo, sabes que es broma.
— Treinta –respondió al fin.
— ¿Viudas o casadas?
Koga se inclinó un poco para que solo su amigo pudiera escuchar la respuesta.
— Más casadas que viudas.
Bankotsu abrió la boca y luego lo apuntó con un dedo.
— Ay lo sabía – dejó escapar una pequeña risa – Eres un pícaro. Pobre de los maridos de esas mujeres.
— ¿Y tú? – preguntó.
De pronto Bankotsu se puso serio, habría deseado decirle un número. Pero lo cierto es que llevaba mucho tiempo sin la compañía de una mujer. Su regla era jamás meterse con una mujer casa, viudas eran la excepción.
— Quisiera darte un número, pero lo cierto es que no llego a cinco. — Suspiró al recordar a la dama que conoció – De hecho acabo de conocer a la futura duquesa de Marsden.
— ¿Tan rápido sucumbirás a los hilos del matrimonio, Marsden?
— Así es mi amigo, solo que hay un detalle. Es la nueva institutriz de Naraku Evenson.
En ese momento Koga, quien había dado un sobro al brandy lo escupió todo en la cara de Bankotsu. Éste hizo una expresión desagradable, sacó un pañuelo y se limpió la cara.
— Dios, si te hubiese dicho lo vergonzoso que es para ti no te lo hubiese confesado – comentó.
Pero Koga no estaba molesto por el comentario de su amigo, bueno la verdad si estaba molesto. El tema había girado en torno a una señorita, una señorita que él justamente había conocido hace una hora.
¿Cómo carajo que él la había conocido?
No era el tipo de mujer en la que su amigo se fijaba porque de hecho no conocía aún que tipo de mujer lo atraía. Era un duque demasiado solitario y bien le creyó cuando le mencionó que su número de amantes no llegaba ni a cinco.
Había sido el hijo bastardo de un duque, Bankotsu fue tomado bajo el cobijo del mejor amigo del difunto duque de Marsden. Poco tiempo después, el medio hermano de Bankotsu, el que sería destinado a heredar el ducado había perdido trágicamente la vida en un duelo y todo originado por una prostituta. El duque, se vio obligado a buscar a su hijo bastardo para reconocerlo y heredar su título.
Ahora toda la familia, esposa, hijo y duque descansaban en una tumba. Donde Lady Higgnis, la hermana del difunto duque visitaba con frecuencia, obligando a Bankotsu a acompañarla.
Dos meses después se había convertido el duque de Marsden.
Lo conocía de sobra, era un hombre que evitaba a toda costa traer hijos bastardos al mundo por cómo fueron las cosas con él, por eso su escasa lista de amantes. Si, podría ser coqueto, encantador pero siempre procuraba no pasar de la alcoba.
— ¿Una institutriz? – pregunto al fin.
— Así es – asintió éste, recordando esos ojos chocolate – La conocí en la fiesta de té que organizó mi tía.
— No puedes hacer eso – dijo, frunciendo el cejo.
— ¿Por qué no? – Éste se encogió de hombros y se recargó aún más en el sofá de cuero marrón – Soy soltero, acaudalado. Todo un buen partido para una dama casadera, no importa si sea institutriz o no.
— No me refería a eso – aclaró Koga – Me refiero a que no puedes cortejar a esa dama porque yo la vi primero. Y estoy muy interesado en ella.
Ante aquel comentario, Bankotsu alzó una ceja y se incorporó lentamente hasta estar casi cerca de Koga.
— A ver, deja te lo vuelvo a repetir – comentó – Por si no me has escuchado bien. Dije que a esa dama la conocí en la fiesta de té de mi tía, que eso fue justamente el día de ayer. ¿Cuándo conociste a mi dama?
— ¿Ahora es tu dama? – Él también se inclinó lo justo para contarle las malditas pecas a su amigo — ¿Te estás dando cuenta de algo?
Bankotsu asintió.
— Y no me gustaría perder una amistad como la tuya por una mujer.
Ambos caballeros no se quitaban la mirada el uno del otro, sus rostros eran pensativos como si trataran de leer los pensamientos del otro.
Que irónico era el destino, cuando justo una dama le interesaba, tenía que precisamente interesarle a alguien más y no porque Bankotsu tuviera el titulo más alto se dejaría intimidar. Él también tenía su parte acaudalada y encantadora.
Pero si a esto se había reducido su amistad, tendrían que combatir limpiamente por las atenciones de la dama en cuestión.
— Tengo una propuesta – sugirió Bankotsu – Hagamos un pacto. Por separado trataremos de cortejar a la dama, sin que ella esté enterada. Después de un tiempo, ambos la confortaremos y le pediremos que elija a uno de los dos.
— Cosa que me elegirá a mí, de eso puedes estar seguro.
— No vayas tan rápido mi estimado marqués. Puedo darte una dura batalla en esto.
Después de un rato, Koga ordenó otra ronda de brandy y al mismo tiempo alzaron sus copas para sellar el pacto.
— Que gane el mejor.
— Y el perdedor se retira con dignidad.
Bebieron el líquido, cerrando así el acuerdo entre ambos. Solo era cuestión de saber, a cuál de los dos la dama llegaría a elegir.
Una sonora carcajada hizo eco por todo el estudio. Naraku se retorcía de la risa en el respaldo de su escritorio.
Le había contado a detalle lo que había pasado justo el día de la boda y que no tenía idea que esto pasaría. Su prometida en todo momento se mostraba feliz por que llegara el gran día.
— ¿Ya terminaste de burlarte de mí? – preguntó molesto.
— No…— y antes de añadir más, al ver sus ojos volvió a reír.
— Si síguete burlando. Así es justo como lo hacen en Londres. Soy la comidilla de todos. El gran vizconde al que dejaron en el altar.
Con una última bocanada, Naraku se incorporó y se recargó aún más. Ya no se estaba riendo, por lo que ahora tenía ante él al profesional detective. Sacó una hoja de su escritorio, se colocó los lentes y comenzó a escribir algo.
— Detalles— dijo – Cuéntame todos los detalles, que fue lo que paso previo a la boda. Es decir diez días antes dé.
Llamaron a la puerta y entró una empleada del servicio para llevarse la bandeja con las tazas, pero Naraku la detuvo.
— Melissa tráiganos algo más fuerte. Un café.
En cuanto la mujer se fue, Naraku que quitó los lentes y miró a su amigo. Podía notar su expresión confundida ante su pregunta y estaba dispuesto aclararlo todo.
— ¿Tiene algún conocido fue de Londres?
— No que yo sé.
— ¿Una amiga que le haya ayudado a escapar?
— No, su mejor amiga no está involucrada en eso.
— ¿Cómo se llama su amiga?
— La conoces perfectamente, es prima de Kikyo. Lady Cameron.
Entornó los ojos hacía Inuyasha, pero no estaba dispuesto abrir la boca y decir lo que rondaba por su mente hasta estar prácticamente seguro de la respuesta de su amigo.
— ¿Cuál es el nombre de tu prometida?
— Kagome Higurashi.
Kagome Higurashi, repitió el nombre en su cabeza.
— Hija del conde Ashwood ¿Algo más?
Naraku negó mientras fingía escribir en el papel. Una media sonrisa se escapó de sus labios. Kagome Higurashi, Kagome Harper, ambas tenían nombres similares y sus apellidos comenzaban con la "H". Higurashi conocía Sango, la prima de Kikyo, Sango Cameron había recomendaba ampliamente a la institutriz Harper.
Ella había huido, dejando plantado a su prometido en la iglesia. Sin duda lo que hubiese dado por ser testigo de algo así. Para después trasladarse a Hampshire y pasarse como institutriz de Kanna. Si Kikyo se llegase a enterar que había tenido a la hija de un conde bajo su servicio sin duda llegaría a desfallecer.
Pero vaya que tomada de pelo le habían dado a su pobre amigo.
No pudo evitar volver a estallar en risa delante del cejo fruncido de Inuyasha.
— Lo siento, recordé un chiste. – Aguardo silencio unos minutos, pensando o más bien planeando algo — Dame un segundo.
Se disculpó con su amigo, salió del estudio y se dirigió a la cocina, donde Melissa estaba preparando aun el café.
— Melissa.
— Dígame señor – ella al verlo hizo una reverencia.
— En cuanto llegue la señorita Harper con Kanna hágala pasar a mi estudio. Necesito darle unas instrucciones. Incluso ella misma puede llevarnos el café.
— Como usted diga señor.
Si sus sospechas serían ciertas, la joven se mostraría nerviosa al ver a Inuyasha. Tendría que confrontarlos de esa manera y que Dios, que lo perdonara Kikyo por lo que iba hacer.
Kagome contempló el carruaje que estaba estacionado delante de la fachada, no había sello que reconocer por lo que la hizo sentir un extraño miedo. El cochero no estaba por ningún lado como para averiguar de quien era.
Kanna la obligo a moverse y en cuanto ella abrió la puerta, lo primero que hizo fue dejar pasar primero a la pequeña. Ambas iban a subir a la recamara para ver los listones que habían comprado aquella mañana, pero en cuanto dio el paso en el primer escalón, Melissa, una de las empleadas la detuvo.
— Disculpa Kagome – dijo la joven – Pero el señor quiere verte en su estudio. Ha dicho que quiere darte unas instrucciones nuevas.
Kagome sintió una corriente fría pasar por todo su cuerpo y después asintió.
— Y si no es mucho pedir ¿Puedes llevarle esta bandeja de café?
— Claro.
Ella asintió y tomó la bandeja entre sus manos. En ella había dos tazas, en una un recipiente con cubos de azúcar otra con leche por si lo apetecían el café con leche en lugar de negro y unas cuantas galletitas de mantequilla.
Camino hasta el estudio donde llamó a la puerta y aguardó a que le dieran el pase.
"Bien, la hora del espectáculo"
Pensó Naraku por sus adentros antes de darle autorización a Kagome.
Kagome se alisó la falda, giró la manija de la puerta y abrió con sumo cuidado la puerta.
— Su café…
Pero en cuanto sus ojos dorados se posaron en los de ella, Kagome solo pudo ser capaz de hacer una cosa.
Ella se desmayó.
