Capítulo 8
Inuyasha observó el camino por donde había salido Kagome, tomó una silla y se sentó en ella. La revelación de su prometida lo había dejado atónito, nunca llegó a imaginarse que hubiese sido testigo de semejante muestra de su canallada. Todos estos años pensando que ella simplemente era una joven enamoradiza, ansiosa por su matrimonio, un matrimonio que había sido pactado. Pero nunca, nunca se le hubiese cruzado por la cabeza los sentimientos que en ella guardaban.
Se llevo la mano a la cabeza, hacerla regresar a Londres para comenzar donde iniciaron, sería mucho más complicado de lo que suponía ahora que conocía los motivos que la llevaron a huir.
La puerta se abrió y entró Naraku, quien lo vio pensativo y tomó asiento en el sofá donde minutos antes había estado ella inconsciente.
—Parece que no fue una conversación amena – comentó al ver el rostro desencajado de su amigo.
Él, con la mirada perdida simplemente negó.
—No – respondió – No lo fue.
— ¿Qué es lo que harás al respecto?
—Francamente…—hizo una pausa – No tengo ni la más remota idea de lo haré.
Y eso era verdad. Su ego había estado dolido tras el hecho de que lo hubiera dejado plantado en una iglesia abarrotado por la crema y nata de la sociedad que nunca consideró hasta ahora los sentimientos de Kagome.
En cuanto la vio simplemente quería llevársela de regreso para cumplir con una obligación. Solo que ella no era una obligación, era su prometida y su comportamiento con la viuda Ramsey en los jardines de la casa de sus padres dejaba mucho que desear.
—Puedo suponer que tanto ella como tú están alterado. Debes esperar a que se tranquilice y hablen sobre los motivos que la llevaron hacer esto. No sé… – Naraku se encogió de hombros – Tal vez eso ayude.
—El problema es que sus motivos son demasiado fuertes como para no querer casarse y la comprendo.
Su amigo alzó una ceja y él, avergonzado por primera vez desde que Naraku entró se animo a mirarlo.
—Me acosté con otra el día de nuestro compromiso, en los jardines de la casa de sus padres y ella lo presencio todo.
Naraku dejó escapar un silbido y negó desaprobación, algo que no fue muy visto por el vizconde.
—Dije cosas aquella noche de las cuales comienzo a arrepentirme.
—Vaya, sí que estas jodido.
Inuyasha frunció el cejo al mismo tiempo que hacía una mueca.
—Gracias por el apoyo – respondió de manera sarcástica.
Hubo un silencio, Naraku comenzaba a entretenerse con los cojines del sofá, lanzándolo al aire una y otra vez, mientras meditaba los hechos.
—Hasta ahora solo la veía como una obligación, una promesa que tenía que cumplirle a mi padre.
Naraku dejó de jugar con el cojín y lo regresó a su lugar de origen. Cuadro los hombros y se cruzó de brazos, prestándole toda la atención a su amigo.
—Me dejé cegar por mi orgullo herido que nunca consideré sus sentimientos ni las razones por las que la llevaron a tomar esa decisión.
—Ahora ya las sabes.
—Si, ahora las sé y me siento… sucio.
—La mayoría de los matrimonios son pactados entre familia, casi son muy pocos los que son por amor.
—El tuyo con Kikyo no.
Él asintió y esbozó una sonrisa.
—Créeme que mataría a quien se atreviera hacerle daño a ella o a mi hija. Una mujer no es una sociedad o verla para procrear. Debes verlo como algo más ya que será la compañera de toda tu vida. La que celebrara tus victorias como la que te consolara en tus derrotas, la que veras reír de felicidad todos los días. Y si realmente quieres que así sea, tendrías que comenzar por remendar tus errores. Ahora que, si no es así, liberara del compromiso y ya.
Cuando estuvo a punto de protestar, Naraku lo volvió a interrumpir.
—Y si tu orgullo, ego o como se llame se siente herido, debes tragártelo y actuar como un hombre. No olvides que fuiste tú – lo señaló con un dedo – el que ocasionó todo esto – y lo movió en círculos. – La expusiste a un peligro mayor cuando ella huyó hasta aquí ¿Tienes una idea si algo le hubiese pasado en el trayecto?
Esa simple idea de que hubiese sido asaltada por ladrones o ser victima de algo más terrible hicieron que sus entrañas le dolieran.
La pregunta flotaba en aire, una pregunta cuya respuesta no podía ver de manera clara.
Kagome entró a su habitación y lo primero que se le cruzó por la mente era volver a escapar. No tenía caso quedarse ahí cuando ya la había descubierto. Y si, por más que le repitió que se quedaría para ayudar a Kanna, su miedo de volver a su lado, de perderse en esos enigmáticos ojos dorados pudieron más que la razón.
Sacó su maleta del ropero y la dejó al borde de la cama, mientras comenzaba a empacarla de aquellos vestidos modestos que había traído con ella. Desde que lo había dejado en el despacho no había parado de llorar y sentía como un dolor le oprimía el pecho y a la vez quería deshacerse de él.
¿Por qué había dado con ella?
¿Qué no era mejor olvidarse de ella y consolarse en los brazos de otra mujer?
Solo el hecho de imaginárselo nuevamente en los brazos de la viuda Ramsey le dieron ganas de vomitar.
Estaba tan inmersa en su dolor que no había notado cuando la puerta se abrió y al girarse se encontró con la triste mirada de Kanna.
—Kanna…yo…
Llevaba un hermoso vestido blanco, acompañado de una diadema que hacia juego con el y unas esplendidas zapatillas en color rojo. En sus mejillas se notaban dos pequeñas motitas de color rosado.
— ¿Te vas?
Al escuchar su melodiosa voz la ropa se resbaló de las manos y solo se pudo escuchar sonido seco de esta al caer.
Justo cuando iba a responder, Kikyo apareció atrás de su hija, desde luego ella no había escuchado absolutamente nada. Su madre acarició la larga melena negra de su pequeña y le pidió que si la dejaba a solas con ella a lo que la pequeña simplemente asintió. Kanna antes de salir de la habitación le lanzó a Kagome una ultima mirada, en ella se reflejaba decepción y tristeza.
Sabía que había faltado a su promesa de no dejarla.
—Creo que me odiaría.
Kikyo cerró la puerta y con una sonrisa débil negó.
—No creo que te llegue a odiar.
—Le prometí que nunca la abandonaría – miró la ropa tirada en el suelo – Y es justo lo que estoy haciendo.
— ¿Podemos hablar un momento, Kagome? P prefiere que le llame ¿Lady Kagome?
—Te suplico que no me hables así.
Kikyo asintió y tomó asiento al borde de la cama justo a un lado de la maleta.
— ¿Piensas huir de nuevo?
Ella esbozó una media sonrisa y la acompañó, ambas miraron hacia la ventana, donde el atardecer comenzaba a reflejarse por la ventana.
—Al parecer es lo que mejor sé hacer – comentó en tono burlón – Una novia que deja a su prometido el día de la boda.
—No sé cuáles fueron los motivos que te llevaron hacerlo. Pero si hay una mujer de por medio en todo esto, debes cuestionarte esto ¿Dejarás que ella gane?
— ¿Cómo fue tu compromiso con Naraku?
Kikyo suspiró esbozó una sonrisa al recordar como había hecho su marido para conseguir que se casara con ella.
—Mi padre no lo quería, mi madre menos y yo…bueno, yo estaba remediablemente enamorada de él. Sentía que, si no lo iba a tener en mi vida, otra más vendría y lo apartaría de mi lado.
—Mi compromiso con Inuyasha es más mero trámite, un acuerdo entre padres. No hay amor.
—Pero tú lo amas – contraatacó ella – De lo contrario no hubieras huido. Una mujer que esta forzada a casarse para cumplir con una "obligación" hace lo que le dicten sus padres. Si tu amor por él no hubiese sido tan fuerte, no te habría llevado a tomar la decisión de dejarlo libre, de herir su ego.
Kagome la miró sorprendida y asintió ante el comentario de Kikyo.
— ¿Cómo fue que terminaste con Naraku?
—Encaró a mi padre y le dijo que, si no aceptaba su propuesta de matrimonio, una noche me raptaría y al día siguiente se presentaría como mi marido. Y al ver que yo intercedía, mi padre no tuvo más remedio que aceptarlo. Hoy en día es el más querido que todos sus yernos.
—Él tan si quiera te ama. Inuyasha en cambio… me engañó con otra mujer el día de mi compromiso.
Kikyo no quiso entrar en más detalles, puesto que veía en sus ojos un inmenso dolor reflejado.
—Es difícil perdonar una infidelidad. Pero si él vino hasta acá en busca de Naraku, para que él a su vez te buscara, significa que realmente le importas mucho.
Kagome negó y suspiró.
—No creo.
—Entonces hazle pagar con la misma moneda. Ocasiónale celos. – ella esbozó una sonrisa de maldad – Por ahí supe que despertaste el interés de cierto duque. Un duque y la hija de un conde sería un matrimonio muy aventajado y su ego como vizconde caería por el suelo…aún más.
Kikyo se levantó de la cama y antes de salir de la habitación la miró por última vez.
—Pero si realmente estas dispuesta a perdonarlo, hazlo y ya. Si quieres un matrimonio con él, debes dejar de pensar que un compromiso de conveniencia, no sé. Dedíquense un tiempo en conocerse y dejar atrás lo que paso.
Abrió la puerta y encontró a Kanna acostada en la cama, sus mejillas y ojos estaban rojos de tanto llorar. En cuanto ella la miró le dio inmediatamente la espalda.
Kagome acercó un pequeño sillón hasta estar lo suficientemente cerca de ella. Tocó su largo cabello y la escuchó suspirar.
—Lo siento – fue lo único sincero que pudo decir – Te prometí que no te iba a dejar y fue lo primero que estuve a punto de hacer.
La pequeña seguía sin dignarse a verla.
—Sé cómo se siente que te prometan algo y que rompan con dicha promesa. Hay personas que me lastimaron Kanna, personas…
—Lo sé – la interrumpió ella – Escuché la conversación que tuviste con mi madre. El hombre que vino era tu prometido.
— ¿Cómo es que hablas?
Ella giró su pequeño cuerpo hacia ella y una lagrima rodo por el borde de sus mejillas, Kagome estiró la mano y la seco con sus dedos.
—Así como te lastimaron, a mí también – decía ella – Todos mis profesores, mis nanas. Todos ellos terminaban por dejarme por culpa de la señora Higgins. Me dolió, porque yo nunca les hice nada y todos me dejaron. Por eso decidí no volver a hablar.
Kagome frunció el cejo, esa maldita mujer.
—Pero debes hablar delante de tus padres. Tu mami se muere de deseos por que le digas algo.
La pequeña negó.
—No puedo.
—Prométeme que un día hablaras con ellos.
— ¿Así como prometes no irte?
—No me he ido – repuso – Incluso coloqué de nuevo mi ropa en su lugar.
—Pero estuviste a punto de hacerlo de no haber sido por mi madre. – contraatacó ella.
Kagome asintió, ese había sido un golpe bajo por parte de la pequeña.
—No me iré y tu algún día hablaras – alzó un dedo — ¿Promesa?
Kanna lo dudó por un momento, se sentó en la cama y cruzó su pequeño dedito con el de Kagome, sellando así su promesa.
De pronto ella esbozó una sonrisa.
— ¿Por qué sonríes? – preguntó curiosa Kagome...
—Porque no solo tienes a un duque, sino a un conde, no olvides a Koga Lexington. Para tu prometido será complicado.
Ante ese comentario algo en su interior hizo a Kagome estalla en risa, escucharlo de una pequeña le preció un poco gracioso mas no descabellado.
No solo un duque había, sino que un conde entraba en la contienda.
La cuestión era ¿Con cuál de los despertaría los celos de su ex prometido? O más bien ¿Tendría celos con cualquiera de ellos?
La hora de la cena había llegado y como era de esperar, Naraku invitó a Inuyasha incluso a quedarse unos días por mientras buscaba un lugar donde quedarse hasta para poder resolver su situación con Kagome.
El comedor estaba listo para recibir a los comensales, Naraku ocupó su lugar a lado de su esposa, Kagome e Inuyasha se sentaron apartados, pero quedaron justo en frente uno del otro. La pequeña Kanna quiso sentarse a lado de su institutriz.
Y así el mal rato se había quedado momentáneamente olvidado, pero sabía que ambos tenían asuntos que arreglar e Inuyasha se lo hacía ver con las miradas que le lanzaba.
Antes de que se dispusieran a comer el mayordomo entró y le susurró algo al oído a Naraku, éste recorrió a todos los presentes en la mesa y asintió.
—Haz que pongan otro plato para el recién llegado.
— ¿Quién es? – preguntó curiosa Kikyo.
Se escucharon unos pasos elegantes, lo primero que vieron fue un ramo con varios tulipanes de distintos colores y posterior un joven alto y de ojos azules.
—Siento mucho la intromisión, ya saben que me gusta llegar sin tener una.
—Pasa Koga y toma asiento.
Naraku le señaló el asiento que habían dispuesto para a él, justo a lado de Inuyasha. Pero éste la ignoro por completo. Primero saludó a los presentes y al último se detuvo a lado de Kagome.
—Sabía que nos encontraríamos de nuevo miladi – dijo con una sonrisa y extendió el ramo de tulipanes hacia ella —Son para usted.
Kagome se sonrojó ante el acto de aquel caballero, solo lo había visto una sola vez, pero al sentir la mirada penetrante de todos no hizo más que aceptar el ramo. Y se acordó del consejo que le había dado Kikyo, quien estaba exhorta ante esa muestra tan repentina por parte del conde.
A estas alturas sabía perfectamente lo que estaba pensando y le hizo una seña con los dedos. Haciendo referencia que dos eran mejor que uno.
—Gracias milord, no se hubiera molestado.
—Llevarle flores a una mujer tan hermosa como usted no supone ninguna molestia. Al contrario, es todo un placer.
Kanna se llevó una servilleta a los labios y ahogó una sonrisa en cuanto vio la reacción del prometido de Kagome hacía Koga.
— ¿Y cómo se conocieron? – preguntó Kikyo.
Naraku le dio una pequeña patadita en la pierna para decirle que no tocara ese tema por respeto a Inuyasha, pero conociendo a su mujer, muy bien le importó poco.
—Causalidad mi querida Kikyo – respondió Koga con una sonrisa – Y en cuanto vi a esta preciosidad – señaló a la pequeña Kanna – Supe dónde encontrar a tan bella mujer.
Inuyasha se aclaró la garganta y se bebió de un solo golpe su copa de vino. Tuvo que apretar los nudillos de sus manos para no dejar su lugar y alejar a ese hombre de su prometida.
—Sé que no nos hemos presentado aún miladi – repuso el ojiazul – Y perdone mi atrevimiento al traerle flores. Pero estoy seguro de que podríamos conocernos bien. Claro, si usted lo permite.
— ¿No te hace suponer que la dama probablemente se sienta incomoda ante su euforia, sin apenas conocerse "bien"? – preguntó de golpe el ojidorado.
—Desde luego, por eso le estoy reiterando mis disculpas. Miladi, una vez más, no quise incomodarla.
— ¿Y qué hay si esta prometida? ¿Se ha detenido a pensar en ello?
Kagome notó a Inuyasha incomodo, miró a Kikyo y ella asintió, así que se anticipó antes de que el recién llegado respondiera la pregunta de su ex prometido.
—Son bien recibidas sus flores. Muchas gracias milord. – miró a Inuyasha y después volvió a verlo a él – Y desde luego, no me ha incomodado.
—Me alegra saber eso.
Lo que para Inuyasha iba a suponer una cena tranquila resulto de lo más agitada. El recién llegado se había presentado ante ella y a medida que avanzaba la conversación la hacia reír. En ese momento pudo ver a Kagome más relajada, más radiante y sobre todo muy hermosa.
Una frase de Naraku se escuchó en su cabeza.
"Es la mujer que veras reír cada día"
El puro sentimiento de posesión lo traspasó, no deseaba verla a lado de él, no deseaba que ella se riera de las estupideces que ese hombre decía. Pero, sobre todo, no deseaba que ella lo mirara de esa manera tan radiante como lo hacía en esos instantes. En resumen, deseaba que todo eso lo compartiera únicamente con él.
Si, había llegado a una determinación, no iba a liberarla de su compromiso no solo por que era una promesa, que de hecho comenzaba a olvidarse de eso, si en el pasado lo usó, había sido un pretexto para no darse cuenta de lo hermosa y bella que Kagome era. Tardó tiempo en reconocer que ella le pertenecía solo a él y si tuviera que pelear contra un maldito conde, así sería.
— ¿Entonces acepta un paseo matutino conmigo? – preguntó el conde —Prometo devolverla antes de que Kanna despierte.
—Yo…
—Sería estupendo – irrumpió Inuyasha – Perdón si me entrometo, pero también deseo ir. No conozco muy Hampshire muy bien y estoy seguro de que usted lo conoce de pies a cabeza.
—Claro – respondió Koga sin ánimo – Será un placer milord. ¿Miladi?
Kagome tuvo que fingir una sonrisa y asintió.
—Por supuesto milord.
Kikyo se llevó a Kanna para prepararla a dormir, mientras que Koga y Naraku conversaban de negocios.
Kagome de disculpó para retirarse, no había visto a Inuyasha después del café y por algún motivo se sintió sola. No sabía el porque actuó de esa manera cuando el conde la invitó a dar un paseo, de hecho, en toda la cena estuvo atacándolo y no sabía si Koga era demasiado ingenuo o simplemente o estaba ignorando. Solo cuando salió a tomar aire fresco se sintió aliviada de no verlo por un momento.
En cuanto entró a su habitación unas manos se posaron sobre su boca para obligarla a guardar silencio, mientras que las otras se anclaban a sus caderas.
—Excelente estrategia querida, poner celoso a tu prometido. Pero escucha bien, no voy a dejar que ese imbécil te lleve. Ni mucho menos consentiré que se vean a solas. ¿Me has oído?
Kagome como pudo logró zafarse de sus brazos y esbozó una media sonrisa.
— ¿Qué se siente? – preguntó curiosa, con una media sonrisa. — ¿Qué se siente que llame la atención de un caballero y tú tengas que callar?
—No juegues Kagome, porque saldrás perdiendo.
—Yo solo coqueteo Inuyasha, tú en cambio, te acuestas con mujeres y por desgracia no puedo decir nada.
Inuyasha frunció el cejo y avanzó lentamente hacia ella, Kagome al ver su mirada penetrante comenzó a caminar hacia atrás, haciendo que chocara de espaldas contra el ropero y los brazos de él, que se cerraban en torno a su cabeza.
—Sé reconocer a un canalla en cuanto lo veo y ese hombre tiene toda la pinta.
— ¿Eso quiere decir que te viste reflejado en él?
En aquella habitación oscura e iluminada por unos tenues rayos de luna fue como se le quedo viendo a sus perfectos ojos color chocolate.
—Al menos…— deslizó un dedo por su mejilla – Soy un canalla con conciencia.
Fue su única respuesta antes de sellas sus labios con los de ella y fue maravilloso.
