Capítulo 9
El corazón y su mente estaban en un duelo. Los latidos frenéticos de su corazón le dictaban que se dejara llevar por el mágico momento de aquel beso. Era la primera vez que tenían este tipo de intimidad, ni siquiera un beso en la mejilla se había atrevido a darle, todos habían sido castos y directamente en la palma de su mano. Sentía como el piso se movía bajo sus pies y en ese preciso instante uno brazo la rodeó por la cintura mientras que la otra la dejó posesivamente en su nuca, atrayéndola más hacia él.
Pero su mente era otra cosa. Jugaba con ella, mostrándole imágenes de él en brazos de la viuda Ramsey. De como se habían citado aquella noche en los jardines de su casa y eso le dolió. Por a pesar de todo lo amaba, pero para él, ella solo representaba una obligación. No alguien a quien pudiera amara. Un contrato, a fin de cuentas y eso le oprimió por completo el pecho. Era como sentir pequeñas flechas que se incrustaban en él.
Poco a poco el corazón fue perdiendo esa batalla, haciéndose cada vez más pequeño.
La razón pudo más que el corazón.
No lo pensó dos beses, flexionó una rodilla para pegarle justo en su entrepierna y al ver que la soltaba aprovechó para apartarse de él y al final descargó todo su coraje en una sola bofetada.
—Ka…— trató de decir algo, pero se le había ido el aliento.
Kagome se apartó de ahí antes de que Inuyasha pudiera reaccionar y la volviese a acorralar.
—Que sea la última vez (y primera vez) que me besas.
Caminó hasta la puerta de su habitación y la abrió.
—No soy como Lady Ramsey. A quien acostumbras a visitar a horas extendidas de la noche. Así que fuera.
Con el aliento un poco más recuperado, se cuadró de hombros y pudo ver el dolor reflejado en sus ojos, pero también podía ver en su rostro un sinfín de emociones que no podía descifrar. Rezaba por que el beso hubiera tenido el mismo efecto que en él.
Intentó acercarse a ella y automáticamente retrocedió cuando él movió un pie hacia el frente. Así que decidió permanecer ahí, en medio de la habitación.
—Jamás me he atrevido a pensar en eso – avanzó con paso lento y antes de salir de la habitación se inclinó hacia ella y le susurró suavemente al oído – Si te sirve de consuelo, se terminó todo con ella el mismo día que te fuiste.
Soltó un sollozó y no era porque tenía sentimientos encontrados sino más bien de pura incredulidad, ya que le costaba creer en sus palabras.
—Disculpa si no te creo. Un hombre como tú – lo señaló de arriba abajo – No sería capaz de dejar a su amante de la noche a la mañana. Y menos con una mujer como ella.
—Pues, aunque te cueste creerlo así es.
Retrocedió unos cuantos pasos hasta llegar a la puerta, la abrió, pero más no salió porque se quedó observándola unos minutos antes de irse.
—Se terminó justo al día siguiente que partiste.
Dicho esto, salió de la habitación y Kagome la cerró con fuerza, poniendo seguro por si trataba de entrar más tarde. Pero se negaba a creer lo último que le había dicho, un hombre como él no dejaba de la noche a la mañana a una mujer y menos a una como Lady Ramsey, quien era una belleza en todo su máximo esplendor. Lo que mejor debía hacer era irse y olvidarse de ella. Comenzar un compromiso nuevo y olvidarse de ella.
Al fin de cuentas entre ellos no había amor.
Bueno, al menos por parte de ella, pero ¿qué caso tendría que solo uno de ellos y la otra parte no? Aunque tuviera amor para los dos no se podría, se trataba de sumar, no de restar. Además, ella deseaba que no sólo la viera como un mero compromiso, sino que como su igual, como esa mujer que podría complementar su vida.
Inuyasha bajó las escaleras y afortunadamente ese imbécil que estaba interesado en su prometida se había marchado. Solo quedaba Naraku en la pequeña sala de estar y en cuanto lo vio le ofreció una copa de Whisky, a lo que aceptó sin dudarlo.
—Siento lo que pasó en la cena – dejó él, entregándole la copa – La verdad no esperaba la visita y mucho menos que conociera a Kagome.
Él asintió, pues confiaba plenamente en la palabra de su amigo.
— ¿Dejaras que mañana vayan de paseo?
Inuyasha alzó la cabeza y lo fulminó con una simple mirada.
— ¿Tú que crees?
—Estas aquí por una razón – señaló el techo – Pero creo que la vas a tener complicado. Salió un pretendiente…
—El único pretendiente oficial que tiene soy yo – lo interrumpió de golpe – No hay otro más.
Hubo unos momentos de silencio, ese instante lo aprovechó para pensar en lo que había sucedido en la habitación de Kagome.
Debía reconocer que si era un completo canalla en toda la extensión de la palabra. Pues había aprovechado que todos estuviesen distraídos para subir a la planta con intenciones de buscar su habitación y no le costó mucho hacerlo.
En cuanto había entrado en aquella habitación lo golpeó su dulce aroma a jazmín, paseó como un autentico ladrón por todo el lugar. Observando sus modestas pertenencias que yacían en el tocador. No había joyas, solo un cepillo, horquillas para su sedoso cabello, un perfume. Lo tomó y olfateó su aroma, si, justo tal y como lo recordaba. Lo volvió a dejar en su lugar y abrió la puerta del armario, torció los labios al ver aquellos modestos vestidos. La hija de un conde no debía vestir así y si su padre viera lo que su hija estaba haciendo seguramente le daría un infarto.
Escuchó pasos aproximarse a la habitación y se escondió en un rincón de la habitación, donde la luz de la luna no reflejara su figura. La puerta se abrió y no resistió acorralarla.
Y después estaba el beso.
No había podido resistirse a besas aquellos labios y haberlo hecho fue una experiencia difícil de explicar. Sentía como su dulce boca había quedado marcada en sus labios a fuego vivo. Aun ardían y la única forma de controlarlo era volviéndola a besar.
¿Por qué carajo nunca la besó cuando estaban prometidos?
Pero no, el Inuyasha de hace unas semanas no se habría detenido a pensar en el sabor tan dulce de sus labios – cerró los ojos y los saboreó una vez más en su memoria – sino más bien de acabar con todo y casarse con ella tal y como estaba estipulado.
Naraku al verlo pensativo, con la copa vacía entre las manos, volvió a llenarla de aquel licor. Esta acción hizo que Inuyasha parpadeara y regresara de su ensoñación.
—Te perdí por un momento – comentó burlón.
Y si, se había ido mas allá.
—Creo tener una solución – dijo él — ¿Dónde planeas pasar la noche?
Inuyasha negó y se encogió de hombros, aun no tenía pensado donde iba a dormir.
—Puedes quedarte un tiempo. Pero te advierto que no tolerare que seduzcas a la institutriz de mi hija – lo señaló con un dedo.
—Gracias —Inuyasha asintió.
—Y en cuanto a lo de mañana. Vamos a cambiarle los planes a Koga, en lugar de un paseo a caballo iremos todos a un día de campo. Hace mucho que Kanna no sale al campo y creo que le vendría bien.
— ¿Kikyo estará de acuerdo?
Naraku se encogió de hombros y esbozó una sonrisa burlona.
—Por si no lo has notado, creo que ella y Kagome han llegado a un acuerdo y ese es darte celos con el conde Lexington.
Al día siguiente…
A Koga se detuvo en la fachada de la entrada de Naraku con el cejo fruncido al ver a Bankotsu detenerse justo en frente de él. El maldito llevaba un ramo de margaritas blancas y se había puesto su mejor ropa de gala.
— ¿Tú tan temprano? – preguntó con ironía.
— ¿Vas a pasear a caballo? – preguntó al ver su ropa.
—Si – asintió – Con Lady Kagome.
—Oh – Bankotsu dibujó una "o" en sus labios – Siento si interrumpo tu "cortejo". Pero no estipulamos los días en que ambos la visitaríamos y puesto que lo hiciste ayer. Ahora me toca a mí.
Koga frunció el cejo. Lo que menos que había esperado era que su amigo apareciera, de hecho, lo que menos esperaba era ver al tipo de ayer. Ese hombre aprovechaba cada momento para menospreciar las flores o más dicho sabotear sus artes en el cortejo. Con favor de su suerte, esperaba que se hubiese ido y dejarle por completo el camino libre.
Pero para su desgracia estaba su amigo Bankotsu, con quien compartía el pacto de cortejarla y a cualquiera que eligiera aceptaría la decisión de la dama. Tres serían multitud si el otro entraba en la contienda.
—Es cierto – asintió – No acordamos eso.
—Entonces como caballero te sugiero que me dejes a mi este día.
— ¿Y qué ganes puntos con ella? No.
Bankotsu esbozó una media sonrisa y negó con la cabeza.
—De los dos sabes que soy el mejor partido – le guiñó un ojo —Recuerda que tengo un ducado.
Koga entornó los ojos y lo fulminó con la mirada.
—Te puedes meter tu ducado por donde mas te quepa.
Ante ese comentario Bankotsu no puso evitar soltar una sonora carcajada que hizo eco por toda la calle.
—Cuide sus palabras conde.
—Vete al infierno cabrón.
—Bueno ¿Entramos o vamos a permanecer discutiendo aquí sobre quien es mejor, si un conde o un duque?
Habían sido recibidos por el mayordomo y les indicó que pasaran a la sala de estar. La casa era un auténtico caos, se podía escuchar como las empleadas de servicio andaban de un lado a otro. Una incluso pasó con una canastilla de campo y Koga frunció el cejo al verla. Bankotsu en cambio permanecía tranquilo, observando la amplia habitación. Aunque no se podía comparar con su casa de campo que cinco veces más grande que esta, pero la veía más acogedora que su propia casa.
Estaba ahí por una razón y la señorita Kagome lo era.
Entró Naraku en la habitación.
—Disculpen la demora – dijo y mirando a Koga – Creo que voy a tener que disculparme contigo. Hubo cambio de planes. – se llevó la mano a la cabeza – Kanna quería ir con ustedes y como Kikyo no pudo dejarla ir, acordamos que todos pasaríamos el día en el campo ¿No le molesta eso, milord?
Ante eso, Bankotsu no pudo evitar soltar un pequeño quejido, estaba controlando la risa.
Fue en ese momento cuando Naraku reparó en él y al verlo con las flores supuso que serían para Kagome. Esto sin duda no le iba a gustar a Inuyasha. Otro pretendiente, un conde y un duque. Vaya, si que la tenía muy, pero muy complicada.
— ¿Nos acompañará, milord?
—Desde luego – asintió Bankotsu.
—Esas flores…— Naraku señaló el ramo de margaritas que llevaba en la mano.
—Son para la señorita Kagome.
— ¿Le importa si las recibo en su nombre? En estos momentos ella está encargándose de mi pequeña hija.
Bankotsu se puso serio, pues había planeado como entregarle ese ramo a la joven— ahora el que se reía era Koga.
—Claro milord – asintió – No tengo inconveniente en eso.
Él le dio el ramo a Naraku y en automático se las entregó a una empleada de servicio para que se hiciera cargo de ellas. Se volvió a disculpar con los recién llegados no sin antes de ofrecerles que tomaran asiento.
Naraku había salido unos momentos de la sala y justo cuando lo hizo Inuyasha iba bajando las escaleras a quien tomó de un brazo y lo llevó a un rincón de la casa. Él al ver la reacción de su amigo frunció el cejo.
— ¿Estas bien?
Su amigo miraba de un lado a otro, para evitar que sus empleados escucharan su conversación o peor aún su esposa.
—En la sala esta Koga.
Inuyasha apretó los nudillos de sus manos.
—Y no está solo. Vino acompañado de nada más y nada menos que el duque de Masen. A quien si mi intuición no me falla es otro que intenta cortejar a tu prometida.
— ¿Por qué me lo dices?
—Te lo digo para que estés prevenido y no te tome por sorpresa. Creo que si la tienes complicada amiga. Dos hombres, un conde y un duque….
—No me importan esos imbéciles. Yo no regresaré solo. Viene por Kagome y no me iré sin ella.
Ojalá le hubiera dado importancia a sus palabras. Esos idiotas la rodeaban como un par de buitres, mirándola con deseo. Probablemente quien las miraba así era el maldito conde, el tal Koga. El otro era más discreto, pero al fin conocía las intenciones de ambos.
Ganas no le faltaron para tomarla en brazos y llevársela de una vez.
Iba a tomar una galleta de mantequilla cuando sintió una pequeña mano, era la de Kanna. Quien le regaló una esplendida sonrisa.
La vio a ella, después a un bote que estaba a la orilla del lago y se le ocurrió una idea. Se acercó a la pequeña y le susurró al oído.
— ¿Te gustaría pasear en bote?
Ella asintió sonriente.
— ¿Por qué no vas con la señorita Kagome y le dices que te lleve?
Pero Kanna a pesar de fingir no hablar sabía a la perfección las intenciones de ese caballero. Por lo que estuvo escuchando, era el prometido de Kagome y había venido a buscarla para llevársela. Era atractivo incluso le caía mejor que Koga y Bankotsu. No podía permitir que ellos la apartaran de su lado.
Kanna asintió y fue hasta Kagome, la estiró del vestido para apartarla de ellos y llevársela hasta el bote.
— ¿Quieres dar un paseo en bote?
—Si – respondió casi sin mover los labios.
— ¿Cuándo hablaras delante de tus padres?
—Nunca – dijo de la misma manera.
Koga y Bankotsu se quedaron observando como la pequeña niña se llevaba a la joven y los dejaba solos.
—Esto no está funcionando. – comentó Koga molesto.
— Más bien para poder acceder a ella es por medio de la pequeña.
Koga lanzó un juramento.
— ¿O no será que aquel imbécil nos esta saboteando todo? – Koga señaló a Inuyasha, quien también estaba observando hacia el lago – Desde ayer pude notar su hostilidad.
Bankotsu lo miró y se le hizo conocido, aunque no sabía exactamente de donde lo había visto.
—No creo que sea nada de ella. Seguramente fue imaginación tuya.
—Eso espero – dijo un poco más tranquilo – Porque no me apetece que haya otro en la contienda, suficiente tengo contigo.
El duque fingió estar ofendido y se llevó una mano al pecho.
—Ay, pero si yo soy un encanto. Y mis encantos te ganaran a esa chica.
—Te equivocas – él negó – De los dos mis encantos sobresalen más que los tuyos. No lo olvides 30 amantes contra cero.
—Podrás tener todas las amantes que quieras. Pero te será difícil encontrar a la mujer adecuada.
Koga se puso serio ante el comentario de su amigo y mirando al horizonte encontró el sonriente rostro de Kagome.
—Te equivocas en eso. Ya la he encontrado.
Kagome y Kanna se alejaron un poco de la orilla y se echó a reír cuando al remar le salpicaron gotas de agua en la cara. Estaban apartadas de los oídos de sus padres, a esta distancia no podían ver que estaba haciendo y mucho menos verla hablar.
— ¿Cuándo lo harás?
Kanna negó.
—Debes hacerlo.
— ¿Para qué? – respondió la pequeña – ¿Para qué después te marches?
—Te prometí no hacerlo y eso es justo lo que haré.
— ¿Y tú cuando le dirás a ese caballero lo que en realidad sientes por él?
Ahora la que se quedaba muda era ella, la pregunta de la pequeña había dio directo al corazón. Había sido tan directa que no encontraba respuesta adecuada para eso.
—Es complicado.
—Vino a buscarte y ahora tienes tres posibles candidatos.
—El lord Lexington y el Lord Marsden son solo conocidos.
—Si, pero están interesados en ti, a fin de cuentas.
—Vaya – exclamó Kagome – Tan pequeña y madura.
No quería presionarla para que hablara, pero sabía que no era justo para sus padres. Así que de improviso se levantó del bote, puso sus brazos en jarra y la miró.
—Si no hablas me dejaré caer al lago y probablemente me ahogare.
—No lo harías.
—Pruébalo.
Era verdad, no se atrevería hacerlo y si lo hiciera estaban muy apartadas de la orilla como para que alguien las rescatara. Pero con lo que no contaba era que en ese preciso momento una abeja comenzaba a zumbar en frente de ella. Odiaba las abejas desde que era pequeña. Cuando una le había picado en la lengua produciéndole una hinchazón horrible.
Trató de ahuyentarla, pero no hacía mas que enfurecer al pobre insecto.
—Kagome déjala tranquila – dijo Kanna.
—Detesto las abejas – manoteó al aire, pero ahora en dos – Las odi…..
El tiempo se ralentizó, dio un paso hacia atrás y sus pies toparon con el borde de la lanchita haciendo que la joven cayera de espaldas hacia el agua. Kanna observó preocupada y solo pudo ver como salían a la superficie pequeñas burbujas de aire.
Observó hacia la orilla, nadie se había percatado de eso, Koga y Bankotsu habían desaparecido. Sus padres charlaban animadamente con Inuyasha. Ninguno de ellos estaba al pendiente de lo que pasaba.
—Kagome – susurró – Sal, por favor.
Pero ella no salía.
Se puso de pie y miró en dirección hacia donde estaban sus padres. La vida de Kagome dependía ahora solo de ella y si no hacía algo iba a perder a una buena amiga.
—Mamaaaaaaaaaaaaaaaaaaá -Gritó con todas sus fuerzas.
Kikyo dejo de restarle importancia cuando escuchó ese lamentó proveniente del lago.
—Kanna…
La pequeña señalaba el río e Inuyasha se preocupó al no ver a Kagome.
— ¿Dónde está Kagome? – preguntó preocupado.
Y su respuesta llegó inmediatamente.
—Kagome se cayó al lago.
Kikyo iba por su hija, pero Naraku la tomó del brazo y negó.
—Yo iré por ella.
—Yo buscaré a Kagome.
Se quitó a una velocidad impresionante los zapatos y su saco. Sintió un frío recorrer su cuello y lo único que deseaba mientras se zambullía en el agua era encontrarla viva.
