Capítulo 10

El frio que había experimentado no había sido por el agua helada, sino por el hecho de llegar hasta ella. Debía hacerlo o de lo contrario nunca se lo perdonaría si a ella le pasara algo.

Naraku llegó hasta su hija, se subió al pequeño bote y comenzó a remar hasta la orilla.

—No – le trató de impedir su pequeña – Kagome, debemos esperar a Kagome.

—Tranquila – respondió su padre, empujando con los remos la pequeña barca – Inuyasha se encargará de ella.

Ella asintió, pero no pudo evitar echar una pequeña mirada con dirección donde había caído Kagome. Solo esperaba que él saliera con ella a la superficie. Era su única amiga en el mundo y le dolería perderla.

Cuando llegaron fueron recibidos por Kikyo, quien se arrodilló para estar a su altura y la estrechó con fuerza entre sus brazos para consolar a la pequeña niña. La había visto con las mejillas empapadas debido a sus lágrimas.

—Mami – Kanna se abrazó a ella con fuerza y se permitió llorar con más fuerza.

Al escuchar esa palabra de los labios de su pequeña una sonrisa de felicidad y a la vez tristeza se escapó de sus labios. Felicidad porque era todo lo que había anhelado, oír esa palabra de su pequeña y tristeza, por las circunstancias en las que se dieron.

La pequeña se apartó y volvió a mirar hacia el lago y un pequeño suspiró se escapó de sus labios al ver a Kagome salir del agua en brazos de Inuyasha.

Él la llevó hasta la orilla donde fueron auxiliados por Naraku, ambos la dejaron sobre el césped. La preocupación de Inuyasha era más alarmante, Kagome no respiraba y permanencia inconsciente en todo momento.

¿Qué explicación le daría al conde si le sucediese algo?

¿Con que cara vería a la condesa decirle que había perdido Kagome?

Todo eso lo hicieron llevarse las manos a la cabeza de preocupación

Al ver que la pequeña se acercaba a ellos la tomó por el hombre y le indicó su amigo que se llevara lejos a su familia para que la pequeña no presenciara todo eso.

Comenzó a bombear su pecho, después le dio respiración de boca a boca para que pudiera expulsar toda el agua que había tragado.

Después de un par de minutos de los cuales para él habían sido una eternidad. Kagome comenzó a toser y sacó de su boca chorritos de agua.

Se apartó un poco para dejarla respirar aire limpio. Kagome no quería abrir los ojos, su garganta y pecho le ardían por dentro. El cuerpo lo sentía muy pesado, había sido como si un carruaje pasara sobre ella.

Poco a poco fue inclinándose hacia adelante y comenzó a temblar por el frio que sentía. Alguien le pasó una manta sobre los hombros y ella se cubrió.

— ¿Cómo estás?

Escuchó la voz de Inuyasha ronca, era como si estuviese preocupado y a la vez tranquilo o una mezcla de ambos.

En respuesta ella negó con la cabeza y no porque no quería hablar, sino porque no podía hacerlo. Que ironía, ahora la que no podía hablar era ella.

—Te llevaré a casa de Naraku para que te revise un médico.

Y antes de que ella protestara él ya la tenía en sus brazos.

Justo cuando la llevaba hasta el carruaje, se acercaron a pasos apresurados Bankotsu y Koga. Inuyasha al verlos resopló y frunció el cejo.

—Señorita Kagome ¿Qué le ha pasado?

—Nada que le interese milord – respondió Inuyasha por ella.

Koga y Bankotsu se miraron uno al otro y sintieron su hostilidad. La tención entre ese grupo era pesada y el aire fácilmente se podría cortar con una filada navaja.

— ¿Me permite escoltarla, miladi? – intervino Koga.

Inuyasha iba a volver a responder por ella, pero Naraku se anticipó poniéndose en medio de ellos. Conocía a su amigo y sabía por ende que estaba a punto de perder los estribos a causa de esos hombres.

—Lady Kagome ha tenido un accidente – explicó, dándole oportunidad a Inuyasha que se fuera al carruaje – Creo que el paseo a terminado caballeros. Llevaremos a la señorita a casa para que la vea un doctor.

Ante aquella explicación solo pudieron asentir mientras contemplaban como la joven desaparecida de su campo de visión en brazos de aquel hombre.

—No me agrada ese sujeto – comentó Koga, cruzándose de brazos.

—Se toma tantas libertades con ella – le siguió Bankotsu — ¿Quién crees que sea?

—No tengo la más remota idea. Pero tres ya somos multitud, en dado caso que tenga algún tipo de interés hacia ella.

—Soportarte a ti ya es suficiente mi querido Lexington.

Koga hizo una mueca de desagrado, aún tenía la vista fija en dirección a ellos. Se supone que él debería haber sido el que la llevara en brazos, no ese desconocido. Desde ayer en la cena notaba su hostilidad y ahora era mucho más notoria.

—Esto ya es una guerra Bankotsu – miró a su amigo – Y pienso ganarme el corazón de esa mujer. Eres mi amigo, lo sé, pero en el romance todo se vale.

—también tómalo en cuenta tú. No olvides que igualmente tengo el mismo objetivo.

Cuando llegaron, Kagome estaba peor de lo que parecía. Comenzaba a sentirse caliente e Inuyasha podía sentirlo tras su vestido. La llevo a su habitación y se retiró, dejando que Kikyo y una empleada de servicio se hicieran cargo de ella. Naraku había aprovechado esos momentos para no perder tiempo y mandó a llamar al médico.

—Buenas tardes – saludó el médico, presentándose con Inuyasha, a quien no conocía – Soy el doctor Henry Jonhson. ¿Dónde esta la paciente?

Naraku le indicó a su mayordomo que guiara al doctor hacia los aposentos de la enferma.

Ya liberado de su ropa húmeda Inuyasha no podía estar tranquilo. Por más que cambiara de postura en el sofá o que se paseara alrededor de la habitación, ni el whisky que le había ofrecido Naraku fueron suficientes para controlar sus nervios.

—Necesitas calmarte – aconsejo su amigo.

El pobre hombre parecía como si fuera a ser padre por primera vez, pero este no era el caso. Era la delicada salud en la que se encontraba su prometida por la que estaba así.

—Es mi culpa – suspiró, tomando asiento y llevándose las manos a la cabeza – Todo esto….

Se culpaba de todo. Si no hubiera pensado con las hormonas y haber engañado a su prometida en los jardines, ella no tendría que haber escapado de su casa para dar en ese lugar. Probablemente a estas alturas estarían conociéndose de mil formas, no solo sentimentalmente sino en la alcoba.

—Si algo le pasa no me lo voy a perdonar.

—Afortunadamente estabas ahí para evitar una tragedia – trató de tranquilizar a su amigo – No somos capaces de evitar el noventa porciento de las cosas, pero si del diez.

—Aunque trates de tranquilizarme será una guerra perdida.

Inuyasha se levantó de su asiento y observó desde la ventana todo su entorno.

—Lo que debo hacer es meterla en un carruaje y llevarla de regreso a Londres. Una vez que se recupere eso es justo lo que haré.

El medico sostenía la muñeca de Kagome para revisar su pulso, posteriormente revisó con seriedad la garganta de la joven. Kikyo estaba al pendiente de lo pudiera decir, justo en ese instante una empleada entró a la habitación, llevaba en brazos un recipiente con agua fría y algunos paños.

Fue difícil desprenderse de Kanna, la pequeña no quería dejar sola por ningún motivo a Kagome, solo hasta cuando le dijo su madre que podría cuidarla después de que se fuera el medico es como pudo tranquilizarla.

—Es solo un resfriado – explicó el médico, sacando un frasco de su maletín – Dele esto cada ocho horas y para bajar la fiebre sigan con los paños de agua fría. En dado caso que no vean mejoría no duden en llamarme.

Kikyo tomó el pequeño frasco y asintió.

—Gracias, lo acompañaran a la salida doctor.

—No hace falta miladi – hizo una pequeña reverencia – Conozco el camino.

Cuando hubo dejado solas a Kikyo y a la empleada, ésta no dejaba de ver el camino que tomó aquel doctor.

—Es guapo miladi. Alto, de ojo azul, si tuviera unos años menos…

Pero la empleada se vio obligada a guardar silencio cuando su patrona la había fulminado con la mirada.

—No es momento de pensar en eso. Ayúdame con la señorita Kagome.

—Dicen que es soltero. Que llegó por una desilusión amorosa que pasó en Londres.

—Dije que no es momento de pensar en eso.

Le dieron el medicamento a Kagome y empepaban su frente y cuerpo con paños de agua tibia. Por más que se esforzaban la fiebre no permanecía y ella presentaba signos de delirio. Ya no sabían más que hacer.

—Creo que será mejor preparar la tina de baño. Esto no esta ayudando en nada – sugirió su empleada.

Kikyo asintió y la mujer fue a ordenar el baño para la institutriz. Deseaba que se recuperara, había tantas cosas que quería agradecerle, en especial el lograr que su hija hablara. Eso no tenía con que pagarlo.

La puerta se abrió y pensó que era muy pronto para que llevaran las tinas con agua. Pero no, ahí estaba Inuyasha, el prometido de Kagome.

Inuyasha cerró despacio la puerta y con las manos en los bolsillos se acercó hasta la cama. Exclamó al ver el rostro pálido y sudado de su joven prometida. No parecía nada bien.

— ¿En qué le puedo ayudar?

—No se preocupe milord – dijo Kikyo – He mandado a preparar el baño, no quiere bajarle la fiebre.

—Insisto.

Al ver que no tenia intenciones de irse y que en ese momento llegaran con cubos de agua, Kikyo no tuvo más remedio que acceder a la solicitud.

—Pero deberá voltearse cuando se lo indiquen ¿De acuerdo?

Cuando el baño estaba listo, Kikyo le pidió a Inuyasha que tomara a Kagome y la llevara a la tina. En cuanto sintió su cuerpo frágil y caliente, un escalofrío le recorrió todo su cuerpo. Era mejor estar ahí, ser útil si lo necesitaba. La espera en la sala era una larga angustia que no estaba dispuesto a volver a soportar.

Ya era entrada la noche cuando la fiebre comenzó a disminuir, Kikyo estaba agotada y podían reflejarse en sus ojos. No solo deseaba estar cuidando de ella, sino también deseaba estar con hija.

—Vaya a descansar miladi – sugirió Inuyasha – Yo me quedaré con ella toda la noche.

—Pero milord… — protestó.

—Estoy seguro de que su hija necesita saber como esta Kagome. Es la más preocupada de todos en esta casa.

En eso tenía razón, Kanna estaba tan preocupada que había intentado colarse en la habitación varias veces, pero afortunadamente estaba Naraku para evitarlo.

—Gracias – se levantó de su silla y le entregó el paño – Cualquier cosa no dude en pedírselo a nuestro mayordomo.

Él asintió.

—Me las sabre arreglar.

La habitación era alumbrada solo por una vela que estaba sobre el centro de la mesita de noche. Kagome dormía plácidamente, era como si fuera inconsciente de lo que había pasado a su alrededor. Extendió su mano para tocar su frente y suspiró de alivio al sentir que la fiebre había disminuido por completo.

Se recargó en el respaldo de su asiento, recargó un paño en su hombro y se cruzó de hombros.

Estaba en la habitación de una mujer, de su prometida y además solos los dos.

Esbozó una sonrisa sarcástica. Ya que si ella no estuviese inconsciente las circunstancias habrían sido otras. Para comenzar no hubiese sido bien visto que él estuviese solo con ella en una habitación, a plena noche, pero parecía que Kikyo confiaba en su buen juicio.

La escuchó protestar entre sueños y acercó un poco más a ella. Volvió a tocar su frente. Todo normal. Aparentemente había tenido una pesadilla.

Pero bajo los reflejos de la luz de la vela se pudo dar cuenta de cuan hermosa era. A pesar de que su piel estaba pálida, no había perdido su belleza.

¿Habría estado ciego para no notarlo?

¿o habrían sido las hormonas que le impedían notarlo?

De algo estaba completamente seguro, su prometida era la mujer más bella, elocuente y con una lengua sumamente afilada de la que habría conocido. Cuan equivocado estaba al pensar que se iba a casar con una dócil y sumisa mujer. De haberlo sabido antes, retrocedería en el tiempo, cerraría cada maldita puerta de la iglesia para evitar que escapara y llevarla el mismo hasta el altar para cumplir con sus votos matrimoniales.

Pero primero debía convencerla de hacer eso, su corazón estaba demasiado fracturado y él era el causante.

¿En que momento había dejado de verla como una obligación, para sustituirla por deseo?

—Si piensas que te vas a escapar estas demasiado equivocada. No voy a permitirlo.

Con un casto beso en la frente se dispuso a velar sus sueños y su salud.

Esta sería la primera vez que Inuyasha Taisho, vizconde de Wimsey permanecía en la habitación de una mujer y no era precisamente para tener una noche agitada, sino para velar los sueños de aquella mujer.

Los rayos del sol que se filtraban por la ventana comenzaron a despertarla. Kagome abrió los ojos y se encontró con una tierna imagen. Ahí, con la cabeza recostada entre sus piernas dormía plácidamente Inuyasha.

No pudo evitar que el corazón saltara de emoción.

Él estaba ahí, con ella.

¿Había pasado la noche en vela cuidando de ella?

No pudo evitar esbozar una sonrisa y de repente comenzó a sentirse importante.

Había pensado que acabaría su corta vida ahogándose en aquel lago, viendo su vida pasar frente a ella. Pero después sus brazos fuertes la rodearon y la ayudaron a salir a la superficie. De lo demás ya no se acordaba porque en un punto debió quedarse inconsciente.

Quería tocar esa frente, ese cabello negro y sedoso, así que alargó su mano y lo acarició en todo momento no había dejado de mirarlo con suma ternura.

Pero sus caricias parecían despertarlo porque empezó a moverse y como no quería que la viera despierta se volvió a recostar en la cama y cerró los ojos, fingiendo tener la respiración tranquila.

Despertó desorientado, pero poco a poco cayó en la cuenta donde estaba y con como había pasado la noche. Había permanecido en vela prácticamente toda la noche, a mitad de ésta Kagome comenzó a sentirse nuevamente caliente y tuvo que mojarla con paños de agua fría.

Solo hasta que comprobó que había bajado fue cuando recargó un poco la cabeza en las sabanas y había sucumbido al sueño.

¡Que pésimo cuidado había sido!

Poco a poco comenzó a abrir los ojos y se encontró con otro par dorados que la miraban con un sin finde emociones.

—Por fin despiertas.

Si, en su voz afloraban todas esas emociones que sus ojos expresaban.

—¿Te sientes mejor?

Kagome asintió, tenía el rostro de un niño asustado.

—Si, pero tengo un poco de sed ¿Tienes agua?

Inuyasha al escuchar eso soltó un bufido, lo menos que deseaba saber en estos momentos era de agua y ella le pedía que le diera un poco.

Fue hasta una mesa que había en el centro de la habitación, donde una bandeja enorme con comida, fruta, café y jugo descansaba ahí. Seguramente Kikyo había dispuesto que a muy temprana hora se dejara todo eso. Y en lugar de darle agua le llevo un vaso con jugo de naranja.

Kagome se incorporó (nuevamente) en la cama y tomó el vaso que Inuyasha le ofrecía.

Lo cierto era que, si se estaba muriendo de sed, tenía la boca reseca y en cuanto sintió el frio liquido recorrer su boca y garganta dejó escapar un suspiró de alivio.

Volvió a verlo por el borde del vaso. Estaba entre preguntarle si había sido él quien se quedó a cuidarla toda la noche o pasar y olvidarlo.

Probablemente estaba alucinando, él no era de los hombres que se preocupaban por alguien y mucho menos por ella. Seguramente había sido una empleada quien la cuidó o la propia Kikyo y solo entró él al relevo.

Pero…

¿Y esos ojos de agotamiento?

¿No le decían nada?

—Me alegra que despertaras.

— ¿Quién estuvo conmigo toda la noche?

Inuyasha, quien tenía una taza humeante de café negro tomó asiento en la misma silla donde pasó toda la maldita noche en vela.

—¿Quién crees que se quedó a cuidarte toda la noche?

Kagome se encogió de hombros y negó con la cabeza, volvió a beber un poco de jugo de naranja, sin perderlo de vista.

—Yo, Kagome. Aunque no lo creas.

Ella asintió y en su interior esbozó una sonrisa mientras que miles de mariposas revoloteaban en su estómago.

—Te vez agotado – comentó ella – Creo que deberías descansar.

En eso ella tenía razón, su cuello lo estaba matando, junto con su espalda y su trasero. Esa silla no era lo demasiado cómoda. No quiso acostarse a su lado en la cama por temor a quedarse dormido ahí y arriesgarse a que alguien los viera. Para los miembros de esa casa sería normal, ya que él se había quedado a cuidarla, pero para un extraño, no compartiría el mismo pensamiento.

—Estaré bien, un par de calmantes, un baño con agua caliente y estaré como nuevo.

Hubo un silencio entre los dos y ella recordó que desde que había despertado no le había agradecido por salvarle la vida.

—Gracias – dijo en un susurró – por salvarme ayer.

Él asintió sin más.

En toda la noche, mientras la veía dormir había llegado a la determinación de llevarla de vuelta a Londres. Ya había sido suficiente, arriesgar su propia vida, además Kanna había logrado hablar y ella no quería irse hasta conseguir eso.

Así qué, ¿Qué más esperaba?

¿A que esos bastardos regresaran y revolotearan a su alrededor como buitres?

—Kagome…— él pronunció su nombre y ella lo miró fijamente – Creo que ya es tiempo que regresemos a Londres.

Un momento mágico entre ellos dos que había sido roto por esas simples palabras.

¿Hasta cuando entendería que no iba a regresar a Londres y sobre todo para terminar casada con él?

Si, era cierto que no se iba a ir hasta hacer que Kanna hablara, pero sentía que si regresaba devuelta a aquella vida. La realidad le golpearía a la cara. Si viera a la viuda Ramsey, la causante de todas sus desdichas, temía que volvería a caer a un pozo sin fin.

Por lo que estaba decidido, no regresaría.

—No pienso volver y esta decidido.

Él depositó tranquilamente la taza de café medio llena en la mesita de noche. Se inclinó hacia Kagome y ella al ver ese gesto se hizo a un lado.

Se acercó a ella y le susurró al oído.

—Puedo llevarte a la fuerza ¿Lo sabes?

Ella esbozó una media sonrisa.

Sabía que no debía discutir con ella, aún estaba débil, pero había tenido esperanza que tras haberla salvado y permanecer en vela toda la noche la harían cambiar de parecer.

— ¿Me vas a amordazar y amarrar? – preguntó sarcástica.

Él hizo un gesto pensativo, la verdad que no había pensado en esa opción.

—Es buena, no había pensado en eso. Pero no – se inclinó un poco más – Se me ocurre otra cosa mucho mejor.

— ¿Cómo qué? – preguntó nerviosa y cuando vio una sonrisa seductora reflejada en sus labios tuvo miedo.

—Podría secuestrarte y llevarte a Gretna Green.

Kagome abrió la boca y una "o" mayúscula se dibujó en sus labios.

—No te atreverías.

—Ponme a prueba corazón. Si tu temor es casarte en Londres, te llevo hasta allá para que a primera hora del día estemos casados. Puedo decirle a medio mundo que planeamos huir, hacerlo más íntimo.

Se apartó de ella y con un guiño de ojo comenzó a avanzar hacía la salida.

—Así que ahora el que juega, soy yo. Y no me importaría desviarme del camino para ir hasta allá.

—Eres un maldito.

Le lanzó el vaso vacío, pero antes de que a él le diera en cualquier parte del cuerpo, había logrado salir de la habitación, por lo tanto, el vaso termino estrellándose en la puerta haciéndose añicos al caer al piso.

—Gretna Green – susurró – Es un maldito. – soltó un juramento.

¿Aún había personas que huían para casarse en ese lugar?

¿Y si aún se frecuentaba?

¿Cumpliría su amenaza?

Hola a todas (os)

Lamento si en los capítulos anteriores no les dejé ningún comentario.

Solo quiero agradecerles infinitamente todo su apoyo para esta historia. Son tantas las muestras de cariño que no sé como regresarlo (mentira, sí sé, escribiendo constantemente)

Una disculpa si me tardé en actualizar, lo que pasa es que no iniciamos muy bien este 2021 que ya siento que comienzo a odiarlo. Pero hay vamos, poco a poco recuperándonos.

Acabo de abrir un grupo, bueno más bien lo hice en noviembre, pero no le he dado mucha publicidad hasta hoy.

No creo que me permita dejar el link, pero de todos modos ahí va:

Black Pearl B Fics | Facebook

Cuídense, usen su cubrebocas.

Besos y abrazos de lejos.

Para ti, que te nos adelantaste en el camino, nos veremos en otra vida para echarnos esas cheves pendientes.

BPB