Capítulo 11

Gretna Green.

Caminaba pensativa de un lado a otro de la habitación mientras revivía una y otra vez las palabras de Inuyasha. El muy descarado la estaba amenazando con llevarla hasta Gretna Green y no se necesitaba ser demasiado estúpida como para saber que implicaba eso.

Le había dejado claramente sus intenciones, llevársela para que el primer párroco los casara y con eso lograría su objetivo. Se detuvo en medio de la habitación y como medida de seguridad, puso seguro a la puerta. Por si en dado caso se le ocurriera entrar para llevársela. Pero conociéndolo no sería tan estúpido para hacerlo a plena luz del día. Inuyasha actuaría en plena noche, tal y como actuaban los canallas como él.

Aunque en cierto modo le alagaba que hubiese hecho una larga carrera solo para ir en su búsqueda, pero eso no significaba que accedería a casarse con él.

Ya tenía la libertad que siempre había deseado. De ser libre de un matrimonio el cual no deseaba desde un principio entonces ¿Por qué ese interés en casarse con ella? ¿Sería por ese ego herido? ¿Por qué gracias a ella lo había dejado en ridículo delante de todo los invitados justo el día de la boda? O ¿De su amante, la duquesa Ramsey?

Mujeres claramente no le podrían faltan, incluso la duquesa encabezaría la lista a posible candidata a "Vizcondesa de Wimsey". Al fin de cuentas claramente estaban hechos el uno para el otro. Ella era vanidosa y caprichosa, y mucho más bonita que ella, algo que por eso sin duda alguna su prometido había caído rendido ante sus encantos en los jardines de su madre.

Sintió como se le removía el estómago al recordar esos instantes y por más jugo de naranja que tratara de beber, no lograba calmarlas.

Tomó asiento en un taburete solo para contemplar su demacrado rostro en el espejo de su tocador. Por poco moría, pero lo había hecho por una buena causa y esa era hacer hablar a la pequeña Kanna, aunque le hubiese costado la vida. Seguramente seguiría asustada, más tarde iría a verla para decirle que se encontraba bien y que había sido su culpa, en dado caso que eso fuese.

Era una mujer simple, no poseía una gran belleza que las demás jovencitas de sociedad, pero sin duda poseía más inteligencia que todas ellas juntas. No se iba atemorizar por una simple amenaza. Después de todo hizo lo impensable, algo que ninguna jovencita educada se hubiese atrevido hacer. Ella había reunido el valor suficiente como para plantarse en medio de una iglesia, tirar el anillo de compromiso y luego salir huyendo, dejando a un prometido en el altar.

Entonces ¿Cuál era el miedo?

Pero mientras observaba el reflejo que tenía delante de ella. Le pareció ver como esa persona alzaba una ceja y esbozaba una sonrisa con malicia, de vez en cuando le guiñaba un ojo y esto la asustó un poco. No se había dado cuenta que era ella misma quien hacía esos gestos y hablaba con su propio reflejo.

Entonces comenzó a flotar en su cabeza una idea descabellada, una que implicaba a Inuyasha. Una donde seguramente lo tendría donde ella deseaba, de rodillas e implorándole amor.

Sedúcelo.

Le dijo su reflejo y Kagome tuvo que voltear a su alrededor para ver si no se encontraba nadie más en la habitación que pudiera escucharla.

― ¿Seducirlo? – le repitió al reflejo en el espejo. – Imposible.

El reflejo asintió, nuevamente con esa sonrisa que la hizo estremecer.

Nada es imposible – le guiñó un ojo – Puedes hacer que ruegue por tu amor o esperar a que él te lleve a Gretna Green. Elige, la decisión es tuya.

―Pero eso sería peligroso.

No quería imaginar lo que pudiera implicar el término "seducción", podría acabar con un corazón más roto del que ya estaba.

Todo peligro es un riesgo. Puedes tenerlo rogando por ti, incluso ardiendo en deseo por ti o simplemente hacerte la mártir y llorar por su traición.

Debía evaluar sus opciones, por un lado, estaban dos lores que clamaban por su atención y en cada momento le parecía que Inuyasha cambiaba de humor cada vez que ellos estaban cerca de ella. Era como si un ataque de celos se apoderaba de él. Por lo contrario, no sería descabellado jugar un pequeño e inofensivo juego de seducción y de celos al mismo tiempo. Y ya cuando lo tuviera completamente loco por ella, aprovecharía para huir de nuevo, para que esta vez no la encontrara.

Un momento….¿Seducir a su propio ex prometido? ¿Estaba considerando la idea de su reflejo?

Bueno, tal vez no era tan descabellada después de todo. Lo que si era un hecho es que no se casaría con él y en cuanto su padre se enterará de su decisión seguramente daría el grito en el cielo. Pero eran muy claros sus objetivos, no entraría a una iglesia vestida de novia (nuevamente), sabiendo que el prometido era un canalla en toda la extensión de la palabra.

Estaba hablando de Inuyasha Taisho el vizconde de Wimsey, el hombre por el que todas las solteras de Londres suspiraban y las que gozaban de sus atenciones de otra forma. Ese hombre era un experto en seducción y ella nada tenía que hacer ante eso. Iba a ser una batalla perdida y absurda. Por qué de seducir a un hombre era completamente ignorante en ese aspecto. Solo había una persona que podría ayudarle y se encontraba en la cocina.

Pero debes intentarlo – la alentó su reflejo.

Ella esbozó una sonrisa irónica, ante la decisión que había tomado y negó con la cabeza.

―Estas loca Kagome … ― suspiró para sí misma – Pero…debes intentarlo.

Y ya no había marcha atrás.

Inuyasha había salido de aquella casa en cuanto pronunció esas palabras. Tenía un maldito humor que nada lo podría controlar. Y seguramente su amigo se dio cuenta, porque salió tras. Naraku y él caminaban en silencio, mientras que Inuyasha meditaba todo lo que había sucedido esa mañana.

Se supone que estaba ahí para llevársela de vuelta a Londres. No para obligarla a ir a Gretna Green y casarse a escondidas con ella, y si cumplía esa amenaza no solo el padre de Kagome lo mataría, sino que incluso su propia madre. Izayoi seguramente lo colgaría de los árboles más grandes de Wimsey House.

Pero desde que llegó no lograba hacerla cambiar de opinión. La imagen de ella inconsciente entre sus brazos le hizo sentir un terror abrumador, no por lo que les diría a los condes, sino por temor a perderla.

Nunca olvidaría su cuerpo frágil y su semblante pálido, eso lo dejaría marcado de por vida. Debía de una vez acabar con esa absurda fantasía de niña y hacerla entrar en razón. Ambos tenían una obligación que cumplir, si para ella era obligación, para él se estaba convirtiendo en otra cosa.

Ahora que por fin la había encontrado sana y salva, no estaba dispuesto a perderla de vista, ni mucho menos dejarla sola ante esos dos bastardos que rondaban a su alrededor. Debía actuar, decirles quien era ella y lo que era para él. Seguramente con eso terminarían por hacerse a un lado y para Kagome, no le quedaría más remedio que regresar a Londres con él.

―Está mañana he recibido una noticia – comentó su amigo.

― ¿Tienes un bastardo?

Naraku se paró de inmediato y frunció el cejo ante aquel comentario tan fuera de lugar.

―Primero quiero dejarte claro que no soy un canalla que engaña a su mujer y mantiene a una amante. Solo le soy fiel a dos mujeres – hizo énfasis en "dos" – A dos, mi esposa y mi hija.

―Perdón – se encogió de hombros un poco avergonzado – No era mi intención ofenderte.

―Sé porque te comportas así y todo tiene que ver con Lady Higurashi ¿Cierto?

―Es… ― hizo una pausa – Solo que es difícil convencerla. Debería meterla a un maldito carruaje y llevármela, en lugar de perder el tiempo. – suspiró, llevándose las manos al cuello de pura frustración ― Es la mujer más frustrante que he conocido en toda mi vida. ¿Cómo una mujer tan pequeña puede ocasionar tantos conflictos? ¡¿Cómo?!

Naraku no sabía si darle un consejo o reír, se notaba claramente que su amigo comenzaba a sentir algo por su menuda prometida. Pero no quiso comentarle nada al respecto, dejaría que él mismo se diera cuenta de aquellos sentimientos.

―Si te la llevas, seguramente te odiara por el resto de tu vida.

― ¿Más? – él alzó una ceja – Además, sus padres la están buscando con desesperación. Debería pensar en ellos.

Pero sin duda Naraku tenía roda la razón. Kagome lo odiaría por llevársela a Gretna Green, lo odiaría por llevársela a la fuerza a Londres.

No, esa pequeña y escurridiza mujer era más inteligente de lo creía y debía irse con cuidado. Tal vez un pequeño juego de seducción no vendría mal. Sabía jugar bien sus cartas, no echaría todo en una simple jugada, no, iría poco a poco hasta tener a esa bribona donde la quería.

Llamaron a la puerta, se levantó y antes de abrir preguntó quién era, solo recibió respuesta por parte del ama de llaves, quien le anunciaba que el duque Marsden la esperaba abajo y si estaba disponible para verlo.

Cuando ella asintió, la mujer dio media vuelta y se fue. Kagome se recompuso el vestido, se volvió a mirar al espejo. Esta vez decidida, esa era la señal para proseguir con su plan de seducción e Inuyasha sería su objetivo.

Bajó las escaleras hasta llegar hasta la sala de estar, donde se encontraba el joven duque, quien la esperaba sentado en un amplio sofá.

Bankotsu en cuanto la vio entrar prácticamente se había puesto de pie y ahora cruzaba sus manos hacia atrás de su espalda.

―Perdone mi atrevimiento – hizo una reverencia – No sabía si presentarme o no. Ayer me dejó preocupado y deseaba saber cómo se encontraba el día de hoy.

―Gracias – Kagome asintió – Estoy mejor.

La verdad el duque era atractivo, poseía una estatura muy considerable, ojos azules y cabello negro. Sin duda sería el objetivo de toda madre casadera y no porque fuese atractivo, sino por su ducado. Sería la salvación de familias en ruina o incluso formaría una buena alianza con la hija de otro duque.

También con la hija de un conde.

Una voz susurró en su oído.

― ¿Y cuál es su historia? – le preguntó Bankotsu mientras paseaban por el jardín. ― ¿Cómo es que llegó a Hampshire?

―Llegué en carruaje – respondió Kagome con una sonrisa.

Bankotsu al escuchar su respuesta no tuvo más remedio que terminar con una sonrisa de oreja a oreja. La ayudó a tomar asiento en una banca bajo a la sombra de un árbol y después él se sentó a su lado.

―Trabajaba en Londres y una persona me recomendó con los Evenson.

Era demasiado evidente que no diría absolutamente nada de su verdadero origen. Eso representaría un peligro, además no estaba preparada para revelarle a ese hombre que no era una institutriz, sino más bien la hija de un conde que había salido huyendo de su propia boda, dejando a un pretendiente en el altar.

―Kanna tenía problemas para hablar, así que decidí venir.

―Por lo que veo ha hecho buenos progresos con ella. La escuché mientras salía con su madre.

Ante aquel comentario ella se ruborizó y asintió con un "gracias". La verdad era que le daba gusto saber que esa pequeña por fin había podido romper sus miedos al hablar, aun y aunque eso le hubiese costado la vida.

― ¿Y cuál es su historia? – preguntó Kagome.

Bankotsu esbozó una triste sonrisa y negó. Hablar de su vida era como asomarse a un pozo sin profundidad. Una madre muerta, un padre que lo reconoció en el lecho de su muerte y una mujer que estaba muy lejos de él. Esa era su triste historia.

―Mi historia es trágica, aburrida y dudo que le agradaría.

― ¿Cómo puede saberlo si no me la ha contado?

Él suspiró y se rascó la nunca mientras analizaba las palabras que emplearía. La verdad es que hablar de su pasado no era algo de lo que se enorgulleciera. Pero por alguna extraña razón esa señorita lo alentaba a hablar por primera vez de él sin algún tipo de miedo, ella le inspiraba confianza.

―Soy un hijo bastardo.

Kagome abrió la boca y la cerró inmediatamente ante aquella revelación. Pues nunca se imaginó que le pudiera llegar a decir eso. En lugar de hacer preguntas le dejó continuar con su relato.

―Mi padre me reconoció justo antes de morir. No lo hubiera hecho nunca de no haber sido porque su hijo legitimo falleció en un duelo a casusa de…― la miró a los ojos.

Y no era un tema apropiado para una mujer sobre como murió su medio hermano.

― ¿A causa de qué murió?

―No es un tema apropiado para una dama.

Kagome se encogió de hombros y lo alentó a que dijera las casusas de la muerte de su hermano.

―Debe saber, que todo hombre a menudo suele desear compañía femenina. Y hay mujeres que se dedican a eso. ― se aclaró la garganta, un poco incomodó – Mi medio hermano murió en un duelo y todo a causa de una prostituta.

Ella se llevó las manos a la boca, sorprendida ante aquella revelación.

―Con un hijo muerto que iba a estar a punto de heredar el ducado, no le quedó más remedio que reconocer a su hijo bastardo – esbozó una media sonrisa amarga – O sea yo. Además, siendo viejo y con pocas posibilidades de vivir y no deseaba que su herencia fuese a parar en manos de su sobrino, fue como el infeliz se tragó su orgullo.

Parecía como si odiara esa parte de su vida a juzgar por su reacción. Había escuchado que muchos lores tenían hijos bastardos con sus amantes o empleadas domésticas, y al enterarse de la existencia de uno o le pagaban una buena suma para que desapareciera o la obligaban a deshacerse del producto. Quedaba evidente que la madre del duque aceptó lo primero.

―Mi madre comenzó a enfermar cuando yo tenía ocho años y murió a la semana. Estaba solo, desamparado, la familia de ella le habían dado la espalda al saber de mi existencia. El duque, al saber de la muerte de mi madre no le quedó más remedio que llevarme con un viejo amigo, un conde. El cual me dio educación a lado de su hijo.

Él mantenía fija la vista a un rosal de color rojo y esbozó una media sonrisa, igual de triste cuando hablaba de su madre.

― ¿Pero? – preguntó Kagome intrigada.

―El conde tenía tres hijos. El hijo mayor, a quien me hice muy apegado a él. Ambos somos de la misma edad, y dos hijas. Al crecer me fui de ahí y m…el duque me buscó.

Sabía que había una laguna en esa historia, no lograba comprender como un hombre crece y después se va, dándole la espalda a la persona que prácticamente le crio.

― ¿Me está ocultando algo no es así, milord?

―Es mus suspicaz señorita Higurashi – esbozó una media sonrisa – Pero si – asintió – Hay algo más. La más pequeña de las hijas del conde, se encaprichó tanto conmigo. Una noche, en el debut de su hermana se le ocurrió escabullirse en el salón. Obvio fue descubierta por mí. Así que tomé la mejor decisión de regresarla, pero cuando estaba en el balcón de su habitación se le ocurrió besarme.

Kagome se llevó las manos a los labios, vaya, ella si corrió el riesgo de demostrar su amor.

―Era una joven que ni siquiera debutaba, Lady Kagome – suspiró – Pues cometió ese error ante los ojos de la mujer más chismosa de Londres. Desde luego toda la familia pensó lo peor de mí. A ella se la llevaron a Francia, donde aún permanece hasta el día de hoy y yo, bueno. Ya conoce el resto, un padre que busca a su hijo bastardo para reconocerlo.

Kagome vio en sus ojos había algo más, pues brillaron aún más cuando recordó a esa señorita. Ahora que lo asimilaba, había escuchado hace tiempo algo similar. Pero dudaba mucho que fuese esa misma historia.

― ¿La amaba?

Esa pregunta lo desarmó por completo. La verdad es que esa niña fastidiosa, pero a la vez alegre, iluminaba sus días más sombríos con una sonrisa y no podía esperar para verla crecer, lamentablemente eso jamás iba a pasar. Ahora ella ya era una dama, que estaba a salvo en Francia de cualquier cotilleo. Probablemente nunca la volvería a ver o tal vez sí, cuando ella regresara casada.

―Creo que ya le conté mucho sobre mi vida, Lady Higurashi – respondió con una sonrisa que ni siquiera les llegaba a los ojos― ¿Por qué no mejor me dice la verdad?

Ella frunció el cejo, ahora la desarmada era ella. Bankotsu asintió al ver la confusión en la dama.

―No sé a qué se refiere milord – ella volteó a ver cualquier punto, menos a él. Fingiendo demencia.

―Tiene unos modales muy refinados miladi, más que para ser una simple institutriz. Y sé de ello porque lo he visto en más de una dama de sociedad.

Bueno, había sido descubierta. Pero eso no significaba que iba revelaría la verdad ante él.

―Es porque soy institutriz – volvió a mentir.

Bankotsu volvió a sonreír y algo llamó su atención que apartó la joven, para después volver a mirarla.

―Podrá decir todo lo que quiera, pero yo sé que usted no es la institutriz que dice ser.

― ¿Será porque es la hija de un conde?

Al escuchar aquella voz, se paralizó de pies a cabeza. Atrás de ellos se encontraba Inuyasha, Kagome al ser descubierta, su principal reacción fue ponerse de pie, seguida de Bankotsu, que estaba perplejo ante aquella revelación.

―Y no le he dicho la mejor parte, caballero.

Inuyasha esbozó una media sonrisa, retadora, sínica. Y Kagome negó, sabía lo que estaba punto de decir y por más miradas que intercambiaban no logró convencerlo.

― ¡Es mi prometida!

Bankotsu únicamente se dedicaba a contemplar el duelo de miradas entre aquellos dos. Y por primera vez descubrió algo desde que había puesto los ojos fijos en ella. Algo fuerte había entre ellos, esas intensas miradas, podría ver llamaradas de fuego salir de esas orbitas. Podría ver el derroche de química que había entre ellos.

Tal parecía que había sido relegado a nada, pues ante esa pareja era simplemente un fantasma. Poco a poco fue caminando en reversa, sin perderlos de vista. Por si en dado caso la dama pudiera necesitar ayuda.

Increíble, hija de un Conde y prometida a un Vizconde. Sin duda aquella dama poseía más secretos que él mismo.

Entró a la casa y se encontró con las miradas fijas de Naraku y su esposa.

―Creo que debo retirarme – hizo una reverencia a la dama – Por favor, denle mis disculpas a Lady Higurashi.

Kanna, quien iba tomada de la mano de su mamá se soltó para mirar hacia la ventana que daba al jardín. Pero antes de que pudiera observar, Kikyo la tomó de la cintura y se la llevó escaleras arriba.

―Debemos preparar las maletas jovencita, no hay tiempo.

Kagome se cruzó de brazos, Inuyasha hizo lo propio. Pero ninguno bajaba la mirada, era como un duelo el cual ninguno estaba dispuesto a perder.

― ¡Eres un bastardo!

―Ah no – él negó – El bastardo es él. No yo – de pronto asintió al ver como esa menuda mujer abría la boca Claro cariño, sé toda la vida de ese hombre.

―En dado caso ¿Cómo te atreves a decirle que soy hija de un conde?

Inuyasha alzó una ceja.

― ¡Porque eso es lo que en realidad eres! ¡La hija de un conde!

― ¿Pero prometida? – frunció el cejo.

― ¿Te molesta que le haya dicho a tu pretendiente que estamos comprometidos?

― ¡Es porque no lo estamos! – exclamó, alzando la voz.

― ¡Es porque en realidad eso somos! – usó el mismo tono que el de ella – Por más que te cueste admitirlo. Lo somos y nos vamos a casar.

Kagome apretó los puños, en realidad estaba empezando a perder los estribos con ese hombre. Ahora más que nunca estaba convencida a llevar a cabo su plan y comenzaría a partir de hoy.

Inuyasha Taisho sabrá quién era Kagome Higurashi.