Disclaimer: Los personajes de Naruto, así como el universo donde se desarrolla la historia no me pertenecen ni son creaciones mías, todo es obra de Masashi Kishimoto.

Capítulo 6

Pétalos de hielo

Sus ojos se abrieron por completo exactamente a las seis de la mañana. No hubo aleteo aviar de pestañas ni un suave parpadeó hacia la conciencia. El despertar fue mecánico, rudo. Un alzamiento de párpados propio de un muñeco de ventrílocuo.

El sol se alzaba sobre el horizonte de robledales, revelando su plena y otoñal faz de divinidad airada. Su reflejo fulguraba en los rincones de la habitación, un largo y llameante dedo que la señalaba a través de las delicadas cortinas del dormitorio.

Lo primero que notó fue su ausencia; el lado opuesto de su cama estaba vacío, frío. Itachi debió marcharse en alguna hora de la madrugada, antes de que ella despertara, tal vez porque no deseaba enfrentarla, o quizá porque ninguno de los dos sabía como interactuar tras la discusión de la noche anterior. Era la primera vez que tenían un encontronazo así, y algo dentro de su corazón le decía que no sería el último.

Se regodeó en la cama, estirando los músculos engarrotados bajo las sabanas. Habían transcurrido unos cuantos meses desde la ultima ocasión en la que despertó sola. Estaba tan habituada a la presencia de Itachi que fue imposible para ella evitar sentirse de esa manera.

El aliento matutino caldeó en la almohada. Se sentó en la cama y apartó el cabello de los ojos. Un escalofrió recorrió toda su espina dorsal cuando la punta de sus dedos acarició el piso gélido. Consideró que aun era temprano para comenzar su día, sin embargo, la habitación estaba inundada por la luz que se filtraba por las amplias ventanas y había demasiada para volver a dormir.

Además, el día de hoy sería perfecto en todos los sentidos. Las fotos en sus redes sociales no mentirían. Qué alegría. En su vida habría mucha alegría. Era un hecho cierto y verificable. O al menos eso intentaba grabar en su mente.

Sakura se deslizó fuera del edredón de plumas y se dirigió al cuarto de baño, frotándose los ojos. Se masajeó los dedos de la mano derecha, para luego ir moviendo el anillo de bodas por un nudillo hinchado hasta hacerlo encajar en su hueco familiar.

Pese a la pelea de la noche anterior con Itachi, se sentía en paz por primera vez en semanas.

—Vaya noche— le dijo al reflejo del espejo del baño.

Se echó agua en las mejillas y sujeto su cabello por detrás, preparándose para la ajetreada mañana, dispuesta a enfrentarse a mas dificultades. Familia significaba permanecer juntos y sanar.

Alcanzó una de las toallas limpias y secó su rostro. Las marcas cerúleas bajo sus ojos y el matiz céreo de la piel le conferían un toque verdaderamente enfermizo. Aquello la hacia sentir ligeramente convulsa, como si estuviera encerrada en un coche, un día bochornoso, con una mujer mayor que usara demasiado polvo facial.

Tras unos cuantos minutos, comenzó a desnudarse. La pijama de seda cayó ante sus pies, desvelando la piel nívea del torso. Apartó la venda y la gasa ligeramente teñida de sangre, notando como el dolor mantenía su mano entumecida; el rasguño era prolongado, como una grieta en una pared vieja, los bordes rosados solo revelaban la frescura de la herida provocando que sus entrañas se removieran.

Sin más preámbulos, abrió ambas llaves de la bañera y aguardó hasta que estuviera llena.

Mientras esperaba, se pregunto a si misma ¿cómo era que llegó a saber que Itachi la amaba? Debía ser un sentimiento pasajero. Antes de que ambos se casaran todo era momentáneo, tan condensado… y sin embargo parecía no tener fin. Se quedaban tumbados en la cama, tomados de la mano, charlando. De lo posible, de lo imposible, de qué podía ser. Pensaban que tenían problemas. ¿Cómo llegaron a saber que eran felices?

Su madre llegó a señalarlo en distintas en ocasiones, pero ella se rehusaba a aceptarlo. Tenía la certeza de que Itachi era el único hombre para ella, su persona especial; cuando lo recitaba, Mebuki movía la cabeza a manera de negación y dejaba escapar un suspiro resignado.

A su madre no le agradaba Itachi. No es que no le gustara, sino el hecho de que su relación parecía precipitada. Cuando le contó lo de la propuesta de matrimonio, Mebuki dijo que era como un pescado furtivo, y que se estaba metiendo en un terreno desconocido. Ella respondió que Itachi no era un pez, ni un trozo de tierra, solo un ser humano y podía tomar decisiones propias.

Estás racionalizando el problema, Sakura— le dijo en tono adusto, portaba una mascara de evidente disgusto.

Lo amo— respondió ella, cómo una adolescente empedernida.

Esa no es una justificación.

Con esos pensamientos merodeando por los rincones de su mente, cerró las llaves; la bañera humeaba como un plato de sopa caliente. Ingresó poco a poco, se recostó y permitió que su cuerpo flotara. El agua estaba templada. Cerró los ojos y expulsó el aire cautivo en sus pulmones.

Necesitaba hablar con Itachi, necesitaba esclarecer la situación y saber la verdad.

Sintió como sus pensamientos se revolvían contra si mismos, contaminados por viejos prejuicios y un exceso de información subjetiva del entorno. Pronto experimento una necesidad imperioso de hablar con Sasuke Uchiha, con alguien que pudiese otorgarle las respuestas que tanto necesitaba.

Fue en ese instante que , detrás de sus parpados se dibujó el rostro del azabache. Los ojos de Sasuke eran como el ébano y reflejaban la luz con destellos argénteos. A veces los puntos de luz parecían volar como chispas hacia el centro de la pupila. Esos ojos tenían presa a Sakura por entero.

Salió bruscamente a la superficie y aspiró una bocanada de aire. Entre jadeos, volvió la cabeza hacia el techo.

«No tengo todo el día», pensó. Terminó de enjabonarse todo el cuerpo, pasó el cepillo de cerdas cortas por su piel, dejando rastros rojizos a causa de la fricción. Cuando finalizó, sacó el tapón, se secó con la toalla y regresó a la habitación.

Tomó asiento en el borde de la cama y dejó escapar un profundo y tembloroso suspiro. Se sentía fuera de lugar. Echó un vistazo al lindo vestido que utilizaría esa noche, que colgaba de la pared situada cerca del tocador.

—¿Cómo fue que llegamos a esto?— sintió como se le contraía el rostro por la ira.

Su móvil, que estaba sobre la mesa, empezó a sonar. La pelirosa se levantó de un salto, se acercó al buro y contempló el nombre de Itachi reflejado en la pantalla. Inmediatamente lo tomó y contestó.

—¿Te desperté?

—No— respondió bruscamente.

—Bien— Itachi hizo una pausa antes de seguir, y Sakura supo que tenía algo importante que decirle—.Solo quería asegurarme que estuvieras bien.

—¿Por qué no habría de estarlo?

Escuchó el suspiro cansado.

—Volveré a tiempo para la recepción de mis padres— espetó, intentando cambiar el tema—. Me alistaré en la oficina para no demorar más de la cuenta.

—Itachi, necesitamos hablar— pegó el teléfono contra su oreja, hasta que se volvió roja y caliente—.No puedes fingir que no sucedió nada.

Siguió un silencio. Por un momento creyó que se había cortado la comunicación, pero oía un suave zumbido de voces y movimientos en el fondo. Sonaba como si estuviera llamando desde el despacho.

Se le encogió el estómago.

—Ahora no, Sakura, después— decretó, tajante.

—Después ¿Cuándo?— quiso saber.

—No es el momento apropiado— le recordó. Lo notó reservado, como si estuviera hablando delante de gente que no conociera mucho.

—¿Estás con alguien?

—Solo una pequeña reunión de rutina— aclaró—. Hablaremos esta noche, cuando regresemos a casa— su voz se perdió.

Antes de que Sakura pudiera responder, Itachi dio por finalizada la llamada.

La pelirosa contempló el teléfono durante un momento, aturdida; le temblaban las manos.

Si Itachi hablaba en serio, estaba a punto de conocer una verdad que, probablemente, no podría afrontar.


Sakura se encontraba en un estado muy parecido al de la mañana de su boda. Notaba la misma sensación agobiante de haber ido ya demasiado lejos para retroceder.

No había más remedio que someterse a la prueba de aquella noche.

Para su fortuna, el vestido de gala arribó a tiempo. Se trataba de una pieza de diseñador, con un corpiño adornado con cristales y un acabado metálico que brillaba bajo la luz. Estaba confeccionado al estilo bandage, el cual, conseguía esculpir el cuerpo, resaltando las curvas de su hermosa anatomía femenina. Tenía un elegante cuello halter y una espalda abierta que dejaba al descubierto la piel.

Decidida, se armó de valor para vislumbrarse en el espejo. Era escéptica, porque sabia las jugarretas que gastaba la mente. Al mismo tiempo, la suya estaba centrada en la conversación que tendría con Itachi esa noche, por lo cual tenía que encontrarse a gusto consigo misma.

Quería sentirse relajada y, a la vez, reservada. Ante todo, quería dar la impresión de no haber reparado en su apariencia en absoluto, y eso requería tiempo.

Volvió a calzarse las sandalias de tiras de seda, se retocó el cabello y el maquillaje, renuncio a otra gota de perfume. Aquella pieza le favorecía mucho, y con ella puesta parecía otra persona por completo. No era ella. Se trataba de una mujer mucho más interesante, más llena de vida.

Frunció los labios al percatarse que precisaba de un ultimo toque. Sakura suspiró.

Si bien, no se consideraba a si misma una amante de las joyas, recordaba que Itachi le había obsequiado un hermoso par de pendientes como regalo de bodas; un hermoso conjunto de aretes de diamantes en oro blanco de dieciocho quilates, engastados con un trio de colgantes circulares incrustados con decenas de piedras preciosas que captaban la luz.

Caminó hasta el armario y fue hacia la caja fuerte, marcó el código de nueve dígitos para abrir la puerta y echó un vistazo dentro. Maldición, los pendientes que tenia en mente estaban en la caja fuerte del Banco predilecto de Itachi. Lo único que tenía de un tamaño aceptable era un par de pendientes largos de perlas, que su madre le había regalado sin más hace unos cuantos días. Estiró la mano para alcanzar la caja, sin embargo, sus dedos se toparon con un objeto aterciopelado, desconocido.

Motivada por la curiosidad, al igual que en otras ocasiones, vislumbró el diminuto cubo de terciopelo tinto. Examinó el exterior durante un segundo o más, y sin más cavilaciones, escrutó el interior descubriendo un par de aretes de diamantes redondos en forma de pera, engastados en un patrón fluido; evocaba la forma de un racimo brillante, contaba con dieciséis diamantes redondos y cuatro en forma de pera.

Maravillada contuvo la respiración durante un segundo o más. Notó un pequeño nudo en la garganta, al ponerse los aretes. Quizá se trataba de otro obsequio y ella lo había descubierto, al igual que la carta y la fotografía.

En su experiencia, las joyas eran una muestra de alguien que quería decir Te quiero , y de la persona que respondía Ya lo sé.

Cuando regresó a la habitación, conjeturó que lo mejor era devolver las joyas a la caja fuerte. Tal vez Itachi intentaba darle una sorpresa, aunque para ser sincera consigo misma, estaba cansada de tales extrañezas. Su vida estaba colmada de ellas.

Tomó asiento frente al tocador, a la espera de su marido. Repiqueteaba con la uña sobre la superficie y se preguntaba cuanto tiempo demoraría Itachi en arribar. Estaba preparada para soportar el resto de la velada, lo que llevaba era el atuendo más indicado para sentirse abrumada delante de la mirada inquisitiva e implacable de su suegra, o explicarle, a cualquier otro miembro de la familia, cómo fue que ella e Itachi decidieron casarse en una boda tan íntima.

Hizo un ruido sordo con la uña, limada y pintada para la ocasión. La ausencia de su marido solo conseguía extrañarla y preocuparla.

Intentó consolarse diciéndose que las discusiones eran habituales. Cuando una pareja llevaba tiempo casada, todo había ocurrido, como corrientes que pasan una y otra vez por el mismo lugar ya sean frías o calientes. No podían estar siempre de acuerdo.

Sus cavilaciones se vieron interrumpidas cuando escuchó el sonido amortiguado del auto al exterior. Se pasó de pie como si tuviese un resorte en el trasero. El corazón le latía ridículamente y tenía las mejillas ardiendo.

En cuestión de minutos, Itachi se adentró en la habitación. Le resultaba extraño cuando, como ahora, lo veía de repente en esmoquin. Sus sentimientos se dividieron en partes iguales entre el placer y la exasperación

Al examinar su rostro se percató del cansancio, la extenuación trazada en cada rincón de su faz.

Los dos se contemplaron de hito en hito sin decir una palabra, como si fueran completos desconocidos. Sakura tuvo la percepción de que era una intrusa.

—Estuve pensando en la conversación que tuvimos la noche anterior— comenzó; la voz exigua, apagada—. Me di cuenta que estaba comportándome de manera egoísta. Se que tus intenciones no son malas, y yo actué como un completo imbécil.

Sakura hizo una mueca con los labios.

—Lo hiciste— afirmó, no estaba de ánimos para consolarlo—. En ocasiones siento que no te conozco, que eres otra persona, un Itachi completamente distinto.

El pelinegro cerró los ojos y se cruzó de brazos.

—Lo sé, y por ese motivo te debo una disculpa.

Abrió los labios para otorgarle una replica, buscando la manera de rebatir sin que fuese tan dura. Pero no puedo. Fue incapaz de hablar porque verlo frente a ella solo la hizo perder el ultimo ápice de juicio que habitaba en su mente. Aquellos perfectos ojos negros le transmitían un calor que la transportó a la familiaridad de su piel. Inconscientemente se encontró recorriendo los pasos que la alejaban de él. No sabia lo mucho que echaba de menos esa cercanía que la hacia perder la cordura.

Se sobresaltó al notar los labios del azabache cerca del lóbulo de su oreja; la respiración cálida bañando la piel expuesta de su cuello.

—Prométeme que de ahora en adelante me hablaras con la verdad— recitó, aferrándose a él como si su vida dependiera de ello, hundiendo la punta de sus dedos en el sedoso cabello azabache, degustando el calor que emanaba de su cuerpo.

—Lo haré— masculló.

Permanecieron un instante así, disfrutando de la calma que devenía de la tormenta. Sakura se había percatado que, después de cada pelea se comportaban así: tiernos y trémulos, como si hubieran pasado juntos por algo terrible, del tipo de un desastre natural.

«Solo fue una mala pelea—dijo ella para sus adentros—.Todas las parejas se pelean».

Cuando se apartó, el corazón le golpeó las costillas.

—¿Estás lista?— preguntó el pelinegro mientras se adentraba al vestidor.

—Si, lo estoy.

Caminó hasta el tocador y vislumbró los aretes. Tomo la pequeña caja y se dirigió al pequeño pasillo que conectaba la habitación con el cuarto de baño, quedándose de pie bajo el umbral.

—No tardare— masculló—. Me tomara unos cuantos minutos.

—Aun tenemos tiempo.

—Cuanto más rápido lleguemos, más pronto podremos marcharnos.

Sonrió juguetón.

Sabía al dedillo lo que aquel gesto significaba. Después de la trifulca, siempre había sexo. Cuando terminaba. Sobre las cinco de la mañana. Sexo feroz y airado, tiernas disculpas y una eterna canción.

—¿Debó preocuparme por algo en particular?— arqueó una ceja, intrigada. Iría preparada, nada ni nadie la tomaría con la guardia baja en esa ocasión.

—No, ya conociste a mis padres y también a Sasuke— terminó de abotonar la camisa—. Luces encantadora con ese vestido. Quisiera tenerte solo para mi.

—¿Alguna vez echaste que la avaricia es mala?— espetó en tono casual—. Me tienes a diario, Itachi— le sonrió.

—Soy un hombre afortunado ¿no es así?

—Sin lugar a dudas lo eres— rió.

¿Había una parte enferma y dañada en ella a la que realmente le gustaba vivir así y deseaba un matrimonio atestado de secretos? Así e lo planteaba ella. Como si ella e Itachi estuvieran atrapados en extrañas practicas repugnantes y pervertidas.

—Cariño— lo llamó.

—¿Hmm?— elevó el rostro hasta llegar los ojos hacia los de ella.

—Estaba buscando los pendientes que me obsequiaste, pero recordé que se encontraban en el banco— comenzó a explicar, notando como el nudo en su garganta se estrujaba—, así que me dispuse a buscar los aretes de mi madre en la caja fuerte, pero terminé encontrándome con estos— dijo, mostrándole las exquisitas piezas de joyería fina contenidas en la caja.

Itachi no se movió. La estaba mirando, sin parpadear. Tenía la cara blanca, de un blanco ceniza. Sakura no pudo hablar por un momento. Palabras grandes, fuertes se agolpaban en su boca. Algo ocurría. Portaba la misma máscara de estupefacción de la vez que le notificó lo de carta.

—Supuse que se trataría de un regalo— susurró, notando un incremento masivo de la tensión en la base del cráneo.

Hubo un largo silencio, durante el cual no dejaron de mirarse. Tragó saliva para aliviarse, llevándose la mano a la garganta.

Cuando Itachi volvió a hablar no reconoció su voz. Era una voz helada, pausada, una voz que jamás había escuchado.

—Debí ser más cuidadoso— esbozó una sonrisa media, fingida—. Ahora que los tienes puedes utilizarlos, combinaran a la perfección con tu vestido.

Con aquellas palabras, Itachi se precipitó al cuarto de baño, cerrando la puerta tras él.


La residencia de los Uchiha adquirió un aire nuevo, de expectación. Había un enorme entarimado en el gran vestíbulo, en el salón principal se quitaron algunos muebles para poder colocar grandes bufés contra la pared; las luces se montaron en la terraza y la rosaleda, y adonde quiera que se contemplara era posible vislumbrar señales de los preparativos de la fiesta.

Sakura tomó la copa que le ofrecían y echó un vistazo a su alrededor. El aniversario de bodas de los anfitriones era la comidilla de la velada.

Desde su sitió a lado de Itachi, Sakura vio a Mikoto en plena acción: revoloteaba de un grupo a otro, observaba, polinizaba la fiesta como un colibrí insatisfecho, dejando a su paso un claro rastro de olor a amabilidad.

La planta baja estaba acordonada por el personal de servicio. La asistente de Mikoto era la persona al mando, y tenía a sus ordenes a diez guardias uniformados en puestos clave que protegían el paso a las áreas privadas de la casa, esto sin contar con las criadas y los camareros, además de dos mujeres que Sakura vio salir de la cocina portando bandejas y atravesando puertas que llevaban a partes desconocidas de la vivienda. Más que una fiesta parecía un evento que tuviera lugar en un espacio público, un sitio precioso, pero de pago, como podría ser otra mansión a orillas de la playa.

—Es una jovencita encantadora— comentó la mujer frente a ellos, dirigiéndose a Sakura con una sonrisa radiante—. ¿Dónde se conocieron?

La ojiverde sonrió cortésmente. Tal como imaginaba, la noticia de la boda tomó por sorpresa a los integrantes de la estirpe Uchiha.

—Fue mi doctora cuando tuvo el accidente— contestó Itachi—. De no haber sido por ella, probablemente habría terminado con unas cuantas secuelas.

—Oh, vamos no es para tanto, estas exagerando— dio un largo trago a su copa.

—Eso quiere decir que estaban destinados a conocerse— añadió la mujer, encantada.

Sakura asintió levemente, no del todo de acuerdo con la osada aseveración de aquella dama. El hecho que sus caminos se cruzaran fue mera coincidencia, nada que se pudiera atribuir a un poder divino o algo por el estilo.

—Bueno ¿Cuándo decidirán tener hijos?— comentó la mujer. Miró a Sakura y añadió—: Todos estamos ansiosos de que Itachi forme una familia.

Mientras decía eso, la joven doctora afianzó los dedos entorno al brazo de su marido, presionando con suficiente fuerza para transmitirle su incomodidad.

—Dentro de un par de años— respondió Itachi políticamente—. Los dos aun somos jóvenes.

La fémina lanzó una carcajada.

Sakura se quedó estupefacta.

—Chicos, el tiempo pasa y no se detiene por nadie— dijo, claramente encantada al ver como la pareja se avergonzaba.

Sakura hizo una pausa. Parecía una pregunta bastante tendenciosa y supuso que, al igual que ella, las demás personas diseccionarían cualquier respuesta que diera.

—Estoy segura que tendrán unos hijos encantadores— agregó—. Ahora, si me disculpan, debo continuar con la ronda de saludos— señaló despectivamente en una dirección indeterminada—. Fue un placer conocerte, Sakura.

La aludida suspiró; tenía la sonrisa congelada en el rostro y las palabras atascadas en la garganta.

—¿Estás bien?— preguntó Itachi—. Lamento eso, Uruchi-obasan puede ser muy…directa.

Sakura soltó un fuerte suspiro.

—Lo estoy, no te preocupes— lo tranquilizó.

Los siguientes treinta minutos se convirtieron en una nube de saludos continuos mientras Sakura era presentada a varios familiares y amigos. No se encontraba en su zona de confort. Al beber el segundo vaso de champagne se sintió repentinamente abrumada. Tenía que asimilar muchas cosas; el ejercito de sirvientes con guantes blancos que merodeaban por allí, la confusión de los nuevos rostros, la extraordinaria opulencia… ¿Quién iba a imaginar que la familia de Itachi resultaría ser gente extremadamente distinguida?

—¡Mira nada más que tenemos aquí!– exclamó un hombre a sus espaldas—.El mismísimo Itachi.

La pareja se volvió al escuchar la voz para encarar al hombre; al igual que su esposo, poseía el cabello y los ojos negros característicos de los Uchiha, pero lucía mayor.

—Obito-san— saludó el azabache con sumo respeto, inclinándose ligeramente hacia el frente—.Sakura, te presento a Uchiha Obito— se apresuró Itachi—. Obito, te presento a mi esposa, Sakura.

—Es un placer conocerlo— dijo.

—Para mi también es un placer conocerte— sonrió—. Itachi me hablado un poco de ti y estaba deseando conocerte.

—Ah, ¿sí?— preguntó la chica, aun nerviosa.

Itachi la rodeó con su brazo.

—Así es— consintió Obito—.Me temo que tomare prestado a tu marido durante unos cuantos minutos, espero que no te moleste.

—Todo tuyo— respondió Sakura sin plantar batalla.

—¿Qué sucede?— quiso saber Itachi.

—Tu padre y yo estábamos discutiendo algunos detalles del próximo proyecto— explicó.

—Puede esperar.

—Me temó que no, el delegado se encuentra charlando con Fugaku-sama. Puede ser una gran oportunidad— insistió.

—Estaré de vuelta en un minuto— masculló Itachi—. Aunque, puedo quedarme aquí si lo deseas— se encogió de hombros.

—Tranquilo, estaré bien— depositó un beso en su mejilla. Era la primera muestra de afecto que los invitados a la cena presenciaban—. No me moveré de aquí.

La pelirosa se mantuvo de pie en medio de la estancia, insegura sobre qué hacer. Frente a ella estaba una mesa llena de exquisiteces culinarias. Como era habitual, se sintió un poco perdida al enfrentarse a un bufé tan enorme. Sin embargo, aun sentía el estomago revuelto. Gracias a su enorme conocimiento, decretó que, lo más prudente, era no probar bocado hasta sosegar sus nervios.

—Te vendría bien un trago más fuerte si pretendes salir viva esta noche— dijo una voz detrás de ella. Sakura se dio la vuelta y vio a Sasuke vistiendo un elegante esmoquin negro. Era un hombre verdaderamente hermoso, casi andrógino, alto y esbelto, con unos labios obscenamente encantadores y ojos tan letales como el hielo. Le extendió un vaso mediano de cristal.

—Gracias— masculló al tiempo que tomaba la bebida que le ofrecía—.No pensé que estarías aquí, este no parece ser tu tipo de entorno… o cualquier otro.

Sasuke ignoró la hostilidad de su comentario y sonrió de medio lado.

—No lo es— admitió—, pero tampoco parece ser el tuyo.

—Deberías considerar abandonar esos burdos intentos de intimidación— dijo Sakura. Dio un trago largo y vio desaparecer el liquido dorado. Se le subió directamente a la cabeza. Se sintió maravillosa, gloriosamente feliz—.No conseguirás asustarme porque no me marchare a ningún lado.

El azabache efectuó un extraño sonido con las fosas nasales, como una especie de bufido.

Sakura dirigió la mirada a sus labios. Siempre lo había sabido. Sasuke era guapo, pero nunca se detuvo a pensar por qué. Posiblemente por el aura misteriosa que lo rodeaba, o tal vez por su perfecta fisionomía. Tenía facciones bonitas, delicadas.

—Aún no puedo definir si eres una chica valiente o tonta— soltó él a bocarrajo.

—Sabes lo que sucedió ¿cierto?— una arruga imperceptible apareció entre las delgadas cejas rosadas—. Itachi te lo contó.

Un atisbo de tristeza se hilvanó en el lindo rostro del pelinegro. La melancolía le sentaba bien.

—No se nada sobre mi hermano— bebía ceremoniosamente su trago.

Sakura tenía una sensación de suave movimiento ondulante, como si estuviera en un barco. En el salón hacía calor. Al principio era frío, pero ahora la calefacción era excesiva. Las caras de los invitados se iban sonrojando. Las carcajadas recorrían la estancia.

—¿Qué es lo que no sabes?— preguntó Sakura, tratando de no parecer demasiado sorprendida.

—No es lo que tu piensas, detrás de esa fachada hay grietas que resguardan secretos muy oscuros.

Los ojos de Sakura se abrieron tanto que fue imposible ocultar el aspaviento de sorprendido. Sasuke sonrió del medio lado al presencial el efecto que la respuesta generó en ella.

El aire comenzó a desvanecerse lentamente, descomponiéndose en diminutas partículas que se evaporaron en conjunto con el rumor de las charlas y las risas.

El tiempo se detuvo, y cuando retornó su curso lo hizo al compas del ritmo inquietante de su corazón, dando vuelcos desesperados en los confines de su pecho. Quería respirar y recobrar la postura, pero continuaba paralizada, contemplando fijamente al Uchiha frente a ella.

«Es un psicópata— se dijo a si misma para sosegarse—.Hace esto porque disfruta verme sufrir».

Se dijo que, si conseguía sostener la mirada de aquellos extraños ojos ébano durante el tiempo suficiente, si conseguía atravesar la oscuridad que devoraba el centelleo de aquellos fanales, quizá vería algo útil.

—Si quieres una pizca de sinceridad solo la encontraras conmigo— masculló Sasuke de repente.

Sakura se obligó a si misma a modificar su semblante a uno menos ofuscado.

—¿Por qué debería confiar en ti?— dijo a la defensiva, sin entender muy bien como había conseguido vociferar tales palabras.

Sintió el aliento cálido sobre ella. Sasuke levantó una mano, como si quisiera tocar su cabello, y luego la dejó caer.

—No deberías hacerlo— respondió a secas—, sin embargo, soy tu único aliado.

Sakura se sintió repentinamente vacía, como si acabase de donar sangre. Tardó más de lo necesario en moverse porque por un momento pensó que las piernas no la iban a sostener.

Las chispas de los ojos de Sasuke revoloteaban hacia el fondo oscuro de sus pupilas como luciérnagas dentro de una gruta.


Mientras la música sonaba a sus espaldas y la cena comenzaba a servirse , Sakura salió del salón y se dirigió al baño que estaba cerca de la biblioteca, pero lo encontró ocupado.

—Disculpe ¿hay otro baño?— le susurró al inevitable guardia que estaba junto a la puerta.

El hombre señaló con la cabeza el pasillo por el que había desapareció una hora antes dos mujeres de servicio.

Al otro lado de la puerta había una galería no muy ancha, tapizada con una especie de sisal que crucial pisarlo. Estaba discretamente iluminado por pequeñas arañas de techo dispuestas cada tres metros, pero las obras maestras que colgaban de las paredes contaban con su propia iluminación, unos pequeños focos que las hacían resplandecer.

Sin embargo, prosiguió con su camino; nada más atravesar la puerta, fue como si el resto del piso y la fiesta hubieran desaparecido por completo.

Todas las puertas estaban cerradas. Siguió pasillo adelante, admirando cada cuadro, como si atravesara un río salando de un nenúfar a otro. Distinguió el cuarto de baño al final del pasillo por la luz que se filtraba a través de los resquicios de la puerta, que dejaba entrever el blanco deslumbrante de las baldosas.

Al adentrarse en el cuarto, tomó asiento en el baño de porcelana. Se sentía enferma, como si una vena que fuera desde su garganta hasta la pelvis se hubiera agriado.

Se levantó en ciernes con ayuda de la pared. Abrió las llaves del lavamanos y escuchó el agua correr, esperando que aquel sonido consiguiera apaciguar el errático palpitar de su corazón.

«Soy tú único aliado». Las palabras de Sasuke retumbaron en sus oídos. Se encorvó hacia el frente al notar la nueva punzada de dolor que le atravesó la columna vertebral, agarrotándole los músculos. Cuando captó su reflejo en el espejo, se dio cuenta que estaba sudorosa; el rostro pálido en sombras, sin color en sus mejillas o fulgor en sus ojos verdes. Tenía una expresión vacía, como si le hubieran arrancado algo.

La invadió una oleada de pánico. Algo malo estaba a punto de suceder.

La pelirosa salió del cuarto de baño. De la lámpara del techo colgaban enormes lagrimas de cristal que dibujaban sombras sobre las paredes enceradas. Al echar un vistazo a la pantalla de su celular se percató que pasaban de las doce, la hora apropiada para marcharse a casa.

Avanzó por el pasillo arrastrando los pies sus articulaciones se desencajaban y volvían a encajarse. Cuando entró en el vestíbulo, miró alrededor.

Echó una ojeada a las personas que estaban en los extremos de la sala y buscó luego entre las que ocupaban la parte central, de izquierda a derecha, de atrás a delante. Itachi no estaba. No se encontraba en ninguna de las puertas, ni entre las personas que entraban.

Tras unos cuantos minutos de espera, decidió buscarlo en el jardín.

La noche era fresca, por lo que no pudo evitar cruzarse de brazos para brindarse calor. Ahí afuera, se permitió cerrar un momento los ojos. El barullo, cada vez más apagado, creaba una perfecta melodía con el fluir del agua. Cada vez que soplaba la brisa, los faroles de cobre que colgaban bajo el cielo de la noche se balanceaban como cientos de esferas relucientes a la deriva en medio de un océano.

El momento de calma se disipó al escuchar risas a la lejanía; estaban demasiado bebidos para percatarse del escándalo que protagonizaban. Llegaron envueltos en piel y cachemira, riéndose como locos, seguramente por algo que no tenia nada que ver con la velada, hasta que uno de ellos se dio cuenta del alboroto que hacían e hizo callar a los otros tres. Itachi no estaba con ellos, no formaba parte de aquel grupo.

Indispuesta a desistir con la búsqueda, caminó por el sendero de piedra hasta situarse frente a uno de los meseros que parecía tomar un respiro.

—Disculpe— el hombre dio un respingo asustado—.Lo lamento, pero ¿habrá visto a un hombre alto, de cabello largo y negro?— parpadeó sin comprender a que se refería, así que debía ser más especifica—, Uchiha Itachi.

—Pasó por aquí hace unos cuantos minutos, lo vi marcharse en dirección al vivero— contestó.

—Gracias.

Sin más dilaciones, e ignorando la sensación opresiva en su pecho, dirigió su andar hacia el invernadero de la propiedad. Era una construcción antigua, lucía abandonada, aunque Itachi argumentaba que su madre todavía lo utilizaba, refiriéndose a éste como "su sitio preferido".

Cruzó el jardín andando rígida y mecánicamente, como si le doliese cada movimiento que hacia.

El invernadero, construido probablemente a finales del decenio, había sido concebido como un punto de interés, un elemento que llamara la atención de los habitantes de la casa. Visto de más cerca, presentaba un aspecto triste: la humedad, que ascendía a través de una membrana aislante deteriorada, había provocado el desprendimiento de algunos paneles de estuvo. En algún momento se habían hecho toscas reparaciones con cemento sin pintar, que se había vuelto pardo y daba al edificio una apariencia sucia y enfermiza. Hacia tiempo que retiraron las puertas dobles que se abrían a una cámara circular de techo abovedado, y el suelo de piedra estaba cubierto por una alfombra gruesa de hojas y mantillo. Faltaban los cristales de las hermosas ventanas, probablemente rotas por Itachi y Sasuke tiempo atrás.

Del interior llegaba el zumbido de las voces, susurros, ecos. Algo más hizo que Sakura arrugara el ceño. Un sonido con el que ella estaba muy familiarizada: el tono estridente de pura desesperación que intenta acallarse amortiguándolo en un murmullo.

Se quedó un instante frente a la puerta, sin apenas atreverse a respirar. Sin embargo, sabía que Itachi se encontraba ahí. Tal vez había aprovechado ese momento de soledad, ahora que la casa estaba abarrotada de desconocidos, para dar rienda suelta a otra conversación.

Sakura dio un paso al frente, confiando que la mezcla de hojas, tierra y cristales bajo sus pies no crujiera. No hizo ruido. Dio un paso más y se ocultó detrás de un viejo estante de metal oxidado, envuelta por la oscuridad.

Desde ese punto era capaz de vislumbrar el perfil de Itachi y, frente a él, Mikoto, en un punto donde la lobreguez de la noche la envolviera como una vieja amiga.

—Es más tonta de lo que imagine— habló con voz enfadada—.Después de Izumi, jamás imagine que podrías ser un buen esposo.

«¿Izumi?», el corazón le golpeó las costillas cuando el nombre alcanzó sus oídos. Escuchó su corazón, ola tras ola, salada rojo, incesantemente marcando el tiempo.

—Sakura y yo estamos hechos el uno para el otro— respondió en un tono casi angelical.

Una sonrisa macabra reverberó en el recinto.

—No seas ridículo, en serio, ¿qué clase de hijos engendre?— se burló ella, al tiempo que el rostro se le enrojecía con un nuevo ataque de mal humor, dirigido a su primogénito.

—Claramente a dos sociópatas.

Sakura sintió un escalofrió de miedo recorrerle la espalda. Los ojos comenzaron a escocerle a causa de las lagrimas.

La pelinegra restregó una mano contra su rostro visiblemente ofuscada.

—¿Has desarrollado sentimientos por ella?— cuestionó, mortalmente seria.

Aún era el tema central de su conversación.

Itachi guardó silencio, tal vez eligiendo las palabras apropiadas para formar una respuesta.

—Sakura sólo cree en lo que ella ve— explicó—. Le muestro lo que quiere contemplar. Así que, para mi, ella es fácil de manipular. No debes preocuparte.

Se llevó las dos manos a la boca, como si estuviera a punto de vomitar; cayó de rodillas en el suelo, la carcajada hervía en su garganta como lava. Las costillas le dolían de contener el llanto. Cerró con fuerza los ojos y las lagrimas empezaron a brotar.

Con las piernas temblorosas, consiguió ponerse de pie. Abandonó el invernadero sin inmutarse en hacer ruido. A su espalda escuchó pasos amortiguados. Caminó hasta adentrarse en la arboleda. Incapaz de dar un paso más, detuvo el andar en un árbol. Estaba hiperventilando. Intento estabilizar su aliento, pero era demasiado errático.

El cerebro le mostraba una imagen tras otra de Itachi, todas ellas premonitorias. La imagen fugaz de él deslizando el anillo por su dedo anular. La efigie fugaz de su marido sosteniendo a esa chica. Sollozó desgarradoramente.

Su vida se había transformado en una pesadilla en un abrir y cerrar de ojos.

Se quedó de pie en la oscuridad, respirando aceleradamente, luego más despacio, nivelando la respiración, como en los ejercicios para el parto. Lo único que escuchaba era el sonido de su corazón, que se abría y cerraba, abría y cerraba.

Al cabo de un rato logró tranquilizarse. El nombre de aquella mujer resonaba en su cabeza, como un mantra.

Giró sobre los talones y echó a correr por el estrecho camino adoquinado. Vio durante un segundo la estupefacta cara del valet, pasó junto a él corriendo, tropezando sin ver adónde iba, cegada por las lagrimas. No comprendía que había pasado. Miró de un lado a otro, aturdida, atontada, como un animal acorralado. Y entonces oteó su única salida: caminando hacia el estacionamiento, demasiado ensimismado en sus pensamientos para prestarle atención. Una cara de infernal alivio.

Acortó la distancia entre los dos con pasos renqueantes, las piernas le dolían y tenía los pies entumecidos por la violencia de su andar.

Rodeó el antebrazo del azabache, clavando los dedos finos en la carne de su antebrazo.

—Llévame contigo— suplicó entrecortada. Las lagrimas descendían por sus mejillas a goterones.

Sasuke, en pie, la contemplaba.

—¿Qué fue lo que sucedió?— quiso saber. Lucía pálido y preocupado a la vez, enfermo.

Sakura negó con la cabeza.

—Eres mi aliado ¿no es así?— boqueó, desesperada. Se perdió en los ojos negros de Sasuke, unos ojos que, a diferencia de Itachi, evocaban la imagen del firmamento despejado, hermoso, brillante—. Necesito respuestas, y tu eres el único que puede otorgármelas.

Continuará


N/A: ¡Y con esto concluimos la primera parte de la historia! Una parte del secreto se ha descubierto y pronto el caos se desatará.

Antes de pasar con las anotaciones, espero que todos se encuentren muy bien. Como pueden ver, regresé con la actualización más rápido de lo que esperaba.

Intenté hacer énfasis en las dudas que rodean a Sakura respecto a su matrimonio e Itachi. Si bien, los primeros capítulos intentaba convencerse que nada malo ocurría, en este apartado obtuvimos una revelación cruel. También, me tome la libertad de plasmar la delicada relación entre Sasuke y Sakura, así como la importancia que tienen las palabras del menor de los Uchiha.

Esta pauta será importantísima para dar comienzo a nuestro triangulo amoroso. Si me detuve de hacerlo desde el primer capítulo fue porque la presencia de Sasuke tiene un impacto fundamental en la trama y, a la par de Sakura, se encuentra en desarrollo constante.

Cada que releo el borrador para escribir los capítulos, tengo el presentimiento de que vuelvo la historia enredosa con tantos detalles, y me disculpo por eso (también por la espera).

Esto es todo por el momento. Como siempre, gracias totales por esos lindos reviews que me dejan, también por cada follow y favorite, y en especial por todo su apoyo y paciencia.

¡Cuídense mucho! Les mando un fuerte abrazo, nos leemos pronto ¡Bye!