Disclaimer: Los personajes de Naruto, así como el universo donde se desarrolla la historia no me pertenecen ni son creaciones mías, todo es obra de Masashi Kishimoto.

Capítulo 10

Reencuentro fortuito

Tras un breve viaje en ascensor, Sakura se sintió aliviada, por primera vez esa mañana, al entrar por fin a un terreno conocido.

Detuvo el paso frente a la puerta del apartamento. El conserje ya habría anunciado su llegada, por lo que, no le resultó extraño que el primer rostro en saltar a la vista fuese el de Suzume.

—Hola, Sakura, que sorpresa verte aquí— dijo Suzume al mismo tiempo que retrocedía un paso para permitirle ingresar al discreto apartamento.

—Que tal, Suzume-san—saludó la pelirosa. De la cocina emergía un inconfundible olor a col, uno de los platos del limitado repertorio culinario de la enfermera—. ¿Cómo está mi madre?— preguntó en voz baja.

Suzume dejó escapar un suspiro; de las comisuras de sus labios arrancaban dos líneas descendentes, y entre éstas sobresalía su barbilla, apretada como si se tratara de un puño.

—Quisiera hablar contigo un momento a solas antes de que te vayas— espetó.

Sakura comprendió el mensaje oculto. La salud de su madre había emporado considerablemente desde su último encuentro, lo supo gracias a una de las tantas llamadas que realizaba con ella a lo largo del día.

—¿Es grave?— preguntó mirándola fijamente.

Suzume se quedó de pie en medio del pasillo y se limitó a contemplarla; metió las manos en los bolsillos del jersey, en uno de esos gestos inintencionados que la gente adoptaba cuando no saber qué hacer.

—¿Dónde se encuentra ahora mismo?— quiso saber. Conforme los segundos transcurrían, la sensación de falsa tranquilidad se diluía hasta convertirse en opresiva impaciencia.

—Está tomando té en el balcón— indicó Suzume, con un movimiento de cabeza señaló la dirección—. Llevare un bizcocho para ti.

Mientras se desplazaba por el pasillo, Sakura sintió un espasmo de preocupación. Fue como si le hubieran inyectado un líquido de contraste en las venas y hubiera llegado a su corazón. Esperó a tranquilizarse antes de encontrarse con su madre.

—Sé que estas ahí, Sakura. Conozco tu forma de andar— dijo Mebuki desde el otro extremo de la habitación.

Armándose de valor, tomó una enorme bocanada de aire y salió al balcón. Su madre se encontraba postrada en una vieja silla de jardín, disfrutando de los rayos del sol a la par que bebía una taza de té caliente y leía el periódico.

—Hola, mamá, ¿cómo estás?— le preguntó, intentando que el cuestionamiento sonara natural.

Mebuki se encogió de hombros en un gesto lento, como si estuviese cansada del tema. Tenía aspecto cansado. La piel bajo los ojos parecía fina como el papel. Sakura pudo ver la fina redecilla de vasos sanguíneos incluso desde el umbral de la puerta. En pocas semanas, su madre había envejecido diez años.

—Estoy bien, no creas todo lo que dice Suzume— rebatió, molesta—, sabes que tiende a exagerar las cosas.

Sakura tensó los labios. La enfermera conocía a la perfección el estado de salud de Mebuki. Suzume se encargaba de mantenerla al tanto, confiaba ciegamente en ella, aún cuando su madre intentaba desacreditarla.

Se aproximó a ella para envolverla en un fuerte abrazo. No le sorprendió comprobar que estaban a punto de saltársele las lágrimas.

—Me sentiría más tranquila si estuvieras conmigo— masculló—. Probablemente podría pasar unos días aquí— ahora fue el turno de ella para encogerse de hombros.

Lo que decía era cierto. Aún cuando se encontraba lejos de su marido y la casa que compartía con él, el apartamento pertenecía a Itachi, todo lo que había en ese lugar, cada mueble, cada objeto, cada detalle, traía a su mente el recuerdo de su esposo y de la tormentosa coyuntura que los arrastró a esa vorágine de mentiras.

—Por supuesto que no— negó rotundamente Mebuki—. ¿Qué pensará tú esposo al respecto? No creo que vaya a agradarle la idea, sería una carga para ambos.

—Lo que piense Itachi es irrelevante— dijo ella con un suspiro—. Además, sólo es mi esposo, no tiene porqué controlar cada aspecto de mi vida—por un momento se sintió molesta.

—Sakura, acaban de casarse— remarcó Mebuki—.Estoy segura que él no espera vivir con su suegra bajo el mismo techo— expulsó una enorme bocanada de aire—.A todo esto ¿Dónde se encuentra ahora mismo? Hace tiempo que no lo veo, probablemente desde la boda.

Sakura se sentó como de costumbre en la silla desocupada, de asiento bajo y recargado respaldo de madera, residuo de una época en la que no importaba la comodidad del mobiliario. Estaba a punto de decir algo a la defensiva (y probablemente no muy amable) cuando se dio cuenta de que no estaba siendo sincera con su madre. En un intento por protegerla no le contó absolutamente nada de lo que estaba ocurriendo. Pero cada vez que se imaginaba teniendo con ella esa conversación, se venía abajo. Y mantenerse de una pieza era lo que regía su vida ahora.

—No necesariamente debes mudarte con nosotros— dijo—.Podría instalarme aquí en tu apartamento, o quizá regresar a la casa de los suburbios. Que yo recuerde era un bonito vecindario.

—¿Te golpeaste la cabeza al salir del ascensor?— preguntó Mebuki, incrédula—.Ambas sabemos que no soportarías vivir conmigo nuevamente, mucho menos en aquella casa, detestabas ese lugar— hizo un ruido sordo con la nariz, parecido a un bufido sarcástico.

Sakura se encogió de hombros. Realmente odiaba esa situación.

—¿Hay algo que deba saber, Sakura? ¿Ocurrió algo malo entre ustedes?— indagó Mebuki. Tomó la tetera y vertió un poco de té en la única taza vacía.

La pelirosa no sabía por dónde comenzar. Mebuki maquillaba a la perfección la antipatía que sentía por Itachi; limitaba la convivencia con él, y, en su presencia, actuaba cordial y distante. Sakura supuso que tal animadversión tenía su origen en la precipitada decisión de casarse, no obstante, un sexto sentido le decía que el problema era profundo, desde la raíz.

—Solamente estamos pasando por periodo… delicado— dijo Sakura, rompiendo el silencio. Era un momento incómodo de afonía, pero no más incómodo que los anteriores.

—No sé qué decirte— respondió—. Creo que me rendí demasiado pronto. Le permití que me echara a patadas. Creo que te abandone.

—Que te…— dijo Sakura, sin entender—. ¿A qué te refieres, mamá?

—Permití que tu marido, de quien desconfié profundamente desde el primer momento, me separara de ti. No opuse demasiada resistencia, ni tampoco te explique, que yo recuerde, lo que sospechaba de él.

Sakura la miraba fijamente.

—Tal vez debería sugerirte acudir con un terapeuta— Mebuki soltó una breve carcajada y siguió hablando—. No era que no me cayera bien. Aquel tipo con el que estuviste saliendo en tu primer año de universidad era un idiota. Y no tuve problemas en decírtelo.

—Así es— confirmó Sakura con un suspiro.

—Pero no podía entender qué te atraía de Itachi. Estaba claro que tenía carisma. Era simpático, muy inteligente y sumamente apuesto. Pero cuando te miraba, incluso aquella primera noche que lo invitaste a cenar… era como si no hubiese ninguna emoción.

Sakura estaba sin habla. Sólo pudo asentir con la cabeza.

—Desde el principio comprendí que sería un tema delicado. Intenté que no me afectará, intenté que me cayera bien, o por lo menos mostrarme neutral con él. Pero no sirvió de nada. Luego esperé a ver si empezabas a sentir lo mismo que yo, si lo descubrías por tu cuenta.

La pelirosa tragó grueso. Unos cuantos días después de su compromiso, Mebuki intentó hacerla entrar en razón. Ella se negó rotundamente a escuchar cualquier palabra que desacreditara a Itachi, estaba enamorada de él, tenía la certeza de que era el hombre de su vida.

—¿Recuerdas aquella noche que salimos a cenar?— reiteró la mujer sin alterarse—. Te pedí que me contaras qué cosas te gustaban de él, que me dijeras cómo sabías que esas cosas eran genuinas. Tu dijiste más o menos que lo sabías porque sí. Te pregunte por qué creías que estaba tan alejado de su familia. Te pregunte si no te preocupaba lo rápidamente que se había convertido en la persona más importante de tu vida. Te pregunte si la razón por la que te parecía tan perfecto para ti era porque le habías explicado qué necesitabas, y él te daba exactamente todo lo que querías.

Un escalofrió recorrió su espalda. Ahora era Sakura la que estaba alterada. Estaban a las puertas, pero seguían cerradas, y al mismo tiempo entreabiertas, y tras estas puertas estaba el mundo que había mantenido tanto tiempo alejado de ella. No estaba preparada para descubrirlo. No quería. Pensó rápidamente cómo podría evitarlo. No estaba preparada para seguir por ese camino.

—Bueno— comentó en tono despreocupado —, las cosas siempre son diferentes vistas en retrospectiva. Lecciones de vida.

—Mamá, yo…— Sakura sintió cómo un nudo estrujaba su garganta.

—No hay nada de malo con cambiar de opinión— respondió Mebuki mirando la taza medio vacía—. Aún eres joven, encontraras la forma de salir por tu cuenta, tal como lo hiciste antes de conocer a Itachi.

Sakura estaba inmersa en el "Gran Error". Sus recueros se remontaban la mala decisión, convencida de que todo estaría bien si hubiera actuado de otra manera. Así era como sucedía en las novelas o en las películas, pero en la vida real era otra cosa. En la vida no se solía presentar esa bifurcación clara de caminos, y muchas meces daba igual lo que una persona hiciera en esa bifurcación, porque seguía estando en el mismo sitio. No decía que su matrimonio fuese un error, sino que era más complicado de lo que parecía. No podía enfadarse consigo misma por una decisión que la había llevado a encontrar otras cosas, o, mejor dicho, otra persona. Como Sasuke, por ejemplo.

Pero Sakura no mordió el anzuelo. No lamentaba ninguna de las decisiones tomadas, aunque hubieran provocado un cataclismo. La vida humana se trataba de una serie de decisiones importantes, algunas de las cuales concedían una segunda oportunidad, pero no así la mayoría.

—Si no te molesta, necesito descansar un rato— murmuro Mebuki—. Hablar tanto me ha dejado agotada.

La pelirosa se levantó de su asiento. Rápidamente se situó a lado de su madre, ayudándola a ponerse de pie.

Caminaron a paso lento por el pasillo hasta llegar a la habitación de Mebuki. Sakura se aseguró de situarla delicadamente sobre la cama; le quitó los zapatos, y acomodó los almohadas. Cuando hizo ademan de marcharse, la mujer rodeó su antebrazo, reteniéndola un instante.

—Sakura, sabes que esta siempre será tu casa ¿verdad? Puedes volver cuando quieras y quedarte el tiempo que desees.

La pelirosa esbozó una sonrisa triste y depositó un beso sobre su frente. La inflamación en su pecho fue instante. Se hinchó por debajo de las costillas hasta constreñirla y atenazar su corazón. Se mantuvo aquella burbuja emocional en su sitio con respiraciones superficiales, temerosa de que estallara. No podía moverse.

Mebuki estiró el brazo, le dio unos golpecitos en la mano.

—Lo tendré en cuenta. Ahora descansa, mamá, nos veremos pronto— sus ojos se encontraron.

Una mujer enferma. Una hija con el corazón roto.

Sakura realizó un esfuerzo sobrehumano para frenarse y respirar honro. El estrés de las últimas semanas, la angustia por su lento declive, la fibrosis implacable, y ahora… se le hizo otro nudo en la garganta mientras le saltaban las lagrimas. Se dirigió rápidamente hacia la puerta.

Mebuki dijo algo, pero ella ya estaba en el vestíbulo, oculta a la vista. Se tapó la boca con una mano y respiró larga y profundamente, tratando de combatir la oleada de emociones. Sentía que la confusión y la culpa se amontonaban sobre sus hombros, y ella languidecía bajo el peso.

—Sakura, ¿eres tú?— preguntó Suzume al tiempo que aparecía en el vestíbulo.

La aludida disipó las lagrimas con el dorso de la mano. No soportaba que la vieran llorar, en realidad, lo detestaba.

—Si, soy yo— acompasó la respiración, conteniendo los sollozos en la profundidad de sus pulmones.

No habían hablado sobre la salud de su madre, pero eso no quería decir que Sakura no hubiese pensado en ella. Era inevitable.

—¿Cómo se encuentra Mebuki-san?— preguntó, cautelosa.

—La deje en su habitación, dijo que se sentía cansada. Probablemente este tomando una siesta— se giró para encararla; en el semblante de Suzume solo había rastros de consternación—.Estos episodios se han vuelto frecuentes ¿no es así?

El brillo de la sonrisa de Suzume se había atenuado para mostrar una nueva expresión, esta vez más seria. Aquel cambió sobrevoló su conversación.

—Los resultados del último chequeo llegaron— masculló mientras le extendía un sobre.

Con los dedos temblorosos, Sakura alcanzó el diminuto pedazo de papel. Estudió durante uno o dos segundos el timbrado del hospital privado al que acudía su madre desde hace más de diez años, bajo el sello de la institución se apreciaba el nombre de su doctor de cabecera, y unos cuantos centímetros por debajo, el nombre de Mebuki Haruno resplandecía como una estrella solitaria en el firmamento.

Sakura rompió un borde para leer el informe; la tos, las dificultades para respirar, la fiebre, la transpiración, el tono azulado de las uñas… se plasmaron otras cosas, cosas de médicos que sólo ella era capaz de comprender, como si se tratara de un oráculo.

—Lo lamento mucho, Sakura— se disculpo Suzume, como si fuese la causante de esa fatídica situación.

La pelirosa correspondió el abrazo. Era como si el mundo le diera la espalda, y fuese lanzada a un profundo abismo negro.

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La desazón no se limitaba al hospital. El sanatorio se había vaciado lenta, invisiblemente, en el transcurso de las horas. Sakura imaginaba que los pasos que se retiraban en los pasillos amplios y lustrosos producían un sonido amortiguado y contrito, cuando antes habían sido rotundos y eficientes.

Mantuvo la mirada fija en la pantalla del ordenador. En el pabellón sólo había ocho pacientes, los suficientes para mantener ocupados a los estudiantes, Sakura se había limitado a supervisar los chequeos, durante la noche era extraño que alguna persona en el área de urgencias precisara la presencia de un medico internista.

«He vivido los últimos meses atrapada en una mentira», pensó Sakura mientras tomaba un sorbo de café del vaso humeante. «Mi esposo no me ama», se dijo a si misma a la par que transcribía la información del expediente y ordenaba mentalmente todo lo que tenía que hacer.

Así era como se vivía con un secreto. Con naturalidad. Simulando que todo iba bien. Haciendo caso omiso del profundo dolo que le atenazaba el estomago. Como anestesiándose de tal forma que nada pareciera muy mal ni tampoco muy bien. Un día antes había vomitado en un lavamanos y llorado en el cuarto de suplementos médicos, pero esa mañana se había levantado a la seis, salió a correr para despejar su mente, hizo la colada, envió tres correos electrónicos solicitando tratamientos alternativos para su madre. Estaba otra vez al timón, sorteando hábilmente la resbaladiza superficie de su vida.

Aburrida, echó un vistazo a la pantalla de su teléfono con la esperanza oculta de encontrar un mensaje de Itachi. Interpretó esa transformación como consecuencia de su conversación en la cocina aquel día; y a la cual, por cierto, ni él ni ella habían vuelto aludir. El futuro divorcio era como un enorme y maloliente elefante que viviera en su sala y bramara ocasionalmente o dejara tras de si enormes montones de excrementos para que alguno de los dos lo pisaran.

No estaba segura si estaría reconsiderando el proyecto de divorciarse una vez Itachi regresara del viaje, simplemente, impulsada por el pesar y la culpa para sacar el máximo provecho de lo que había terminado de forma irrevocable. En cualquier caso, encontraba algo relajante en el hecho de haber tocado fondo: si estaban a punto de separarse, no era posible que ocurriera nada peor.

O eso pensaba, al menos.

—¿Haruno-san?— la llamó alguien sacándola abruptamente de sus pensamientos. La aludida apartó la mirada de la pantalla y parpadeó una única vez, recibiendo una ojeada de intriga del chico al otro lado del mostrador.

—¿Sí?

—Se solicita su presencia en el área de observación de urgencias.

La pelirosa contuvo las ganas de soltar una maldición. Esperaba que el caso fuese lo suficientemente interesante para distraerla un rato. Detestaba contar con tiempo para pensar. Su mente se encargaba de proyectar sin descanso fragmentos de su vida a lado de Itachi, para saltar a la dolorosa noche de la fiesta, y eventualmente, al hermoso y pérfido rostro de Izumi.

Resguardó el móvil en el bolsillo de la bata y se puso de pie.

—¿Qué es lo que tenemos?— preguntó al mismo tiempo que se desplazaba por el pasillo, acompañada por el diligente interno, quien intentaba emular la rapidez de su andar.

—Hombre de veintiocho años, fue referido al servicio de urgencias de referencia por el número de emergencias. Fue el casero quien lo encontró yaciendo sobre el suelo del apartamento con gran somnolencia junto a una caja de somníferos vacía y una botella de sake. Se estima que habría ingerido más de quince comprimidos— explicó el muchacho—. Al parecer se trata de un intento de suicidio.

—¿Lograron ponerse en contacto con algún familiar?— preguntó Sakura arqueando una ceja.

—El paciente la refirió a usted como su contacto de emergencia.

La pelirosa no pudo contener su asombro cuando ambas pupilas se dilataron de pavor y el pánico estuvo a instantes de apoderarse de su cuerpo.

—¿Cuál es su nombre?— quiso saber con voz sibilante.

—Según los registros y la identificación que llevaba consigo mismo, es Uchiha Sasuke.

Mientras el barullo del sanatorio, amenizado por charlas amortiguadas, alcanzaban un apogeo estentóreo, frenó el andar en medio del pasillo y cerró los ojos. Si algo le ocurriese a Sasuke… su tormento secreto y la agitación del matrimonio siempre le habían parecido mundos separados, pero ahora comprendió que la posible muerte del Uchiha mayor podría agravar su crimen. La única solución concebible sería que el pasado nunca hubiese acontecido. Si Sasuke moría… Ansió poseer el pasado de otra persona, se otra persona, como la efusiva Ino, cuya vida sin macula se extendía ante ella. Su mejor amiga no tenía otra cosa que hacer que vivir su vida, seguir su camino y descubrir lo que le deparaba. A Sakura, por el contrario, le parecía que habría de vivir el resto de su existencia confinada en una habitación sin puertas.

—Haruno-san, ¿se encuentra bien?

—¿Qué? Si, por supuesto. Estoy bien, gracias.

—No le creo. ¿Quiere que le traiga un poco de agua?

Sakura movió la cabeza a manera de negación. Debía realizar un esfuerzo sobrehumano para recobrar el dominio de si misma. Si pretendía ayudar a Sasuke, la mejor forma de hacerlo era estando tranquila.

Ella tragó saliva y dijo en tono neutro:

—No te preocupes. Sólo fue un estremecimiento momentáneo— sintió los vellos de la nunca erizarse—.Puedes entregarme el expediente, a partir de aquí me encargaré yo.

Titubeante, pero sin rechistar, el joven médico le extendió el expediente del Uchiha. Sakura agradeció su discreción ofreciéndole una sonrisa ensayada.

Recorrió los pocos pasos que la separaban del pabellón de urgencias, sintiéndose desfallecer cada vez que se acercaba a la puerta. Tomó su posición en la sala de espera mientras su antigua maestra abandonaba la pequeña habitación, justo a tiempo para encontrarse con ella.

—¿Cómo se encuentra?— las manos le temblaban, pero le asombró descubrir la facilidad con la que le salía la voz enérgica de médica eficiente.

—Por el momento está estable— anunció Shizune con un suspiro—.Llevamos a cabo el protocolo establecido para su atención. Le tomará alrededor de unas cuantas horas despertar, así que lo mantendremos vigilado.

Un silencio ensordecedor perforó los oídos de Sakura. Las manos temblaron frente a ella y ocultó el rostro en los mechones rosados que caían al costado de su faz. A su derecha, Shizune exhaló con fuerza en señal de resignación.

—Sakura— la llamó la mujer en un susurro—.¿Conoces a este hombre?

Buscó fuerzas para mirar a Shizune a los ojos. Evidentemente desconocía lo que Sasuke significaba para ella, pero era lo suficientemente perceptiva para deducir que había una especie de conexión entre los dos.

—Es el hermano menor de mi esposo— explicó Sakura sin sonar molesta o rustica—.¿Por qué la pregunta?

Shizune se encogió de hombros.

—No lo sé, me pareció que se trataba de un antiguo amigo—murmuró a ella—.A pesar del estado en el que se encontraba, se negó rotundamente a llamar a sus padres. Fue muy insistente al solicitar tu presencia. Tal vez deberías llamar a tu esposo para contarle lo que pasó.

La pelirosa apenas dio acuse de recibo cuando la mano de Shizune se posó en su hombro para inspeccionarla.

—Lo haré— profirió ella, volviendo su atención a la puerta que le evitaba ingresar a la habitación con Sasuke—.Mi turno finalizará pronto, buscare a alguien que lo acompañe mientras tanto— restregó una mano contra su rostro cansado.

—No te preocupes, yo me haré cargo— la voz de Shizune sonó relajada mientras le dedicaba una sonrisa que pretendía levantarle el animo—.Ahora mismo… él te necesita.

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El mundo parecía haberse detenido, y, cuando retomo su rumbo, los ruidos incesantes de la indumentaria medica marcaban el ritmo en su consciencia.

Sasuke yacía en medio de la cama del hospital, cubierto con una manta blanca, conectado al suero y rodeado de unas cuantas máquinas que emitían ruidos intermitentes en medio de la agónica afonía que imperaba en la habitación. Su rostro estaba parcialmente oculto tras una máscara de oxigeno y tenía los ojos cerrados.

Cansada, inclinó el cuerpo hacia el frente. Al igual que otros tantos aspecto de su vida, Itachi no le había hablado del estado de Sasuke. Se preguntaba si tal vez ella también debería ver a un psiquiatra, pero decidió no hacerlo.

Estar con su esposo había aniquilado sus otras reservas, una reserva espiritual, generada durante su infancia, cuando su abuela le había dicho: «Eres responsable de tu vida, de tu comportamiento. Posees ciertos dones, hermosos instrumentos…».

Sabía que ella estaba bien; en el pasado había sido autónoma, fuerte, con voluntad propia, y quería volver a sentirse así.

Sasuke tenía un cuerpo aparentemente saludable, y una buena mente intelectual, sin embargo, tenía la impresión de que había ocasiones en que, a pesar de si mismo, no podía controlar su existencia.

Levantó la mirada para observarlo detenidamente; costaba pensar que un ser tan etéreo viviera atormentado. Tenía una cara hermosa y delicada, de cejas oscuras y ojos de un color ébano penetrante, y una boca blanda y carnosa. Su tez era pálida y tenía un brillo insólito.

Se cuestionaba que habría sucedido si los caminos de ambos se hubiesen cruzado en diferentes circunstancias. Tal vez se habrían convertido en buenos amigos, para Sakura era sencillo hablar con la gente, acercarse a Sasuke no supondría un obstáculo para ella. Eventualmente, la relación trascendería las barreras de la amistad, él la habría regalado los dos botones de su uniforme y, poco tiempo después, formalizarían su relación.

Qué fácil era decirlo. En esa habitación de hospital, le sobraba tiempo para fantasear. Sakura nunca le había hablado a Itachi de esas proyecciones, de esos sueños. Aun estaba casada con él. El hecho de que estuvieran pasando por un mal momento no era una pauta para que ella comenzaba a tener pensamientos románticos entorno a Sasuke.

Sus ojos se adaptaron a la semi penumbra, pero el azabache siguió siendo una silueta borrosa tumbado en la camilla. Había creído que Itachi era el último cartucho de su historia romántica. Había creído que no volvería a sentir algo similar por nadie más en toda su vida. Recordó la mañana siguiente a su compromiso con él, cuando tuvo ese pensamiento por primera vez. Que gloriosa sensación de alivio. No mas personas nuevas y extrañas. No más conversaciones innecesarias. Sólo Itachi. Él era todo lo que necesitaba, todo lo que quería.

Y ahora estaba sentada a lado de una cama de hospital, contemplando detenidamente la faz del pelinegro.

«La vida está llena de sorpresas», solía decir su madre, sobre todo en relación a acontecimientos anodinos como el frío, los programas de televisión y cosas por el estilo.

Asociaba esos pensamientos al único e irrefutable hecho de la convivencia. En los últimos días, había encontrado el apoyo que tanto necesitaba en Sasuke. No obstante, estaba a punto de sobrepasar ese límite invisible que había establecido para con él. Justo ahora comenzaba a considerar que su interacción era imprudente, insensata.

Oyó el sonido estridente de la notificación emergente. Rápidamente, deslizó la mano al bolsillo donde había delegado su móvil horas atrás. Al mirar la pantalla se dio cuenta que se trataba de un mensaje de Itachi. El corazón le latió con ímpetu; por lo que, de forma presurosa, dibujó el patrón de desbloqueo y después de un segundo de agónica espera, sus especulaciones se vieron comprobadas al leer el mensaje de texto:

No puedo dejar de pensar en todos los acontecimientos de los últimos días. Tenemos que hablar. Te extraño.

Indecisa, mordió su labio inferior.

Avizoró la pantalla durante un minuto o dos, pensando en qué responder. La sensación de incertidumbre que circuló por su cuerpo tras repasar las líneas por segunda ocasión, se esfumó en cuanto una voz ronca y rasgada acabó con el silencio que imperaba en la habitación.

—No era necesario que te quedaras

Sakura delegó el teléfono a su escondite antes de girar lentamente el rostro hacia el azabache.

—Estaba preocupada— susurró, asegurándose de no molestar a los demás pacientes presentes en la sala—.No podía dejarte solo.

—Puedo arreglármelas por mi cuenta— rebatió. Tenía la voz ronca, como si hubiera pasado las ultimas horas gritando y no en una cama de hospital.

La pelirosa puso los ojos en blanco. Estaba claro que, aun en un estado tan deplorable, Sasuke no admitiría derrota. Su orgullo y ego eran tan grandes que, inclusive en la peor de las coyunturas, saldrían hablar por encima de su buen juicio.

—Deja de pretender que eres fuerte, estoy aquí para ayudarte— ella se levantó y se aseguró que todo estuviera bajo control—.¿Cómo te sientes?

Apartó la mirada de la cara de Sakura y miró el techo, girando la cabeza lentamente, con un silencioso asombro. Luego cerró los ojos y lanzó un suspiro.

—Como una mierda— decretó—. He tenido días mejores.

Sin previo aviso, se le formó un nudo en la garganta e intentó tragar.

—Bueno, es parte de los efectos secundarios — nuevamente, regresó a la silla. Como llevaba horas despierta, sintió que la fatiga se le agolpaba detrás de los ojos—.¿Qué fue lo que sucedió?— cuestionó, consternada.

Los informes del servicio de emergencias no eran concisos. El reporte de los paramédicos indicaba una sobredosis, más no especificaba si había sido accidental o intencional. Probablemente, por la mañana, el médico encargado se encargaría de someterlo a un interrogatorio para sacarle la verdad, o al menos, una versión más o menos decente del acontecimiento.

Cuando Sasuke abrió los ojos de nuevo, había un amago de disculpa.

—Puede que… me haya excedido un poco con el alcohol.

Él la miró de una forma tan significativa, que Sakura estuvo segura de haber tenido una cualidad tónica, era como si sus ojos se hubiesen convertido en mármol en aquel preciso momento.

Mientras sostenía su mirada, una necesidad impetuosa de abrazarlo la embargó; unas ganas infantas de apegarlo a su cuerpo y decirle que todo estaría bien, que eventualmente todo mejoraría. Sin embargo, no hizo tal cosa; en su lugar, se quedo en su asiento escudriñándolo el tiempo suficiente para intentar comprender las razones detrás de cada decisión que tomaba Sasuke.

—Supongo que debería llamar a tus padres para ponerlos al tanto de la situación— dijo ella por fin.

Sasuke se quedó en silencio.

Cerró los ojos con una leve mueca de dolor a la par que intentaba reincorporarse en la cama. Se encontraba demasiado débil para realizar movimiento alguno, así que, al cabo de unos instantes, optó por rendirse.

—¿Quieres que levante la máscara un momento?

Sasuke asintió. La pelirosa agarró la máscara y la subió con cuidado por la cabeza. La cara del Uchiha, pálida, brillaba y se inclinaba delante de sus ojos.

—Lo lamento, Sasuke— se disculpó sin siquiera pensarlo, ni siquiera sabía porqué lo estaba haciendo, pero parecía necesario.

Parecía confuso y asustado; sus ojos habían perdido el brillo habitual y daban la sensación de estar hundidos en el fondo de su cráneo.

Sasuke se llevó la mano a la cabeza y frunció el ceño. Dijo, con voz más baja:

—Hace mucho tiempo… pensé que todo venía de otra cosa, pero emergía de ahí.

Las palabras brotaban de un torrente, y ella se perdió. No comprendía lo que Sasuke intentaba comunicarle.

—¿De qué estás hablando?— influida por el vulnerable estadio del azabache, tomó asiento al borde de la camilla; allí donde una burbuja de indescriptible intimidad los resguardaba.

Meneó la cabeza, consternado.

—A ti también te pasó algo similar ¿no es así?— dijo con una expresión de abatimiento.

Ella tragó grueso. Ignoraba el significado oculto de sus palabras, pero tenía la certeza de que algo realmente malo ocurría, una situación lo suficientemente pérfida para atormentarlo por el resto de sus días.

A diferencia de su primer encuentro en que se volvió a mirarla, con las pupilas brillantes, esta vez a Sasuke le resulto tremendamente difícil resistir su mirada. Sus ojos no cesaban de hurtarse a ella, la aceptaban sólo un momento, de pasada, y enseguida parpadeaban para volverse hacia la pared de hormigón blanca. Al final se rindieron y la miraron a la cara, aunque un poco de refilón.

Sin pensarlo, extendió su mano y agarró la suya. Por más extrañado que luciera, no la retiró.

—No eres un mal hombre, Sasuke— dijo.

—Lo soy, Sakura— su mano aumentó la presión sobre la de ella. Hizo una pausa para reflexionar. Luego cuestionó con cautela, abordando una cuestión delicada—.¿Lo extrañas?

Sus ojos se encontraron, produciendo un acuerdo invisible. Gracias a la distancia casi inexistente, podía sentir la cálida respiración de Sasuke cerca de su rostro.

—¿El qué?— indagó con dificultad.

—Lo que sea— susurró Sasuke, acariciando sus nudillos con la yema del pulgar, al mismo tiempo que la miraba con una suavidad que desvanecería todo a su alrededor.

Ambos permanecieron de esa forma durante un segundo o dos. Un deseo desproporcionado obligó a Sakura a llevar la mano libre a su frente, alisándole el pelo.

Por primera vez, intentó no pensar en el futuro. Intentó existir sin más. No supo precisar cuánto tiempo permanecieron así, mirándose el uno al otro, pero cuando su teléfono celular sonó, Sakura se alejó de él con un respingo asustado.

Gracias a que ahora tenía las manos libres, pudo tomar sin problemas el aparato del bolsillo de su bata. Al echar un vistazo a la pantalla, ella abrió la boca, pero sus intenciones de decir algo se vieron sustituidas por un aspaviento ofuscado.

—¿Sucede algo malo?— preguntó, curioso, aunque las normas de su relación proscribían semejantes preguntas planteadas de forma directa.

—Yo, debo responder esto… es Itachi— sin saber muy bien que hacer, se quedo de pie cerca de la cama, con el ruidoso teléfono en la mano.

—Anda, ve, yo estaré bien.

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Reposó la frente contra la pared a la par que cerraba los ojos un instante. Estaba demasiado cansada para continuar con ese cuento. Estaba agotada para pensar dónde se encontraba.

La maquina de café detrás de ella produjo un ruido agonizante. Se sentía deshecha, absolutamente extenuada, pero era imposible para ella quedarse quieta. Había pasado el resto de la madrugada en vela, alerta de cualquier anomalía que pudiera ocurrir con Sasuke durante el transcurso de la noche. Luego de la conversación, el pelinegro se sumió en un profundo e ininterrumpido sueño.

Soltó un suspiro al recordar la delicadeza con la que Sasuke estrujo su mano; tomo esos dedos entre los suyos. Eran cálidos y callosos. Extrañamente, aquel contacto consiguió calmarla tanto que, por un momento, todos los males que la aquejaban se desvanecieron.

Un escalofrió recorrió su espina dorsal al evocar la forma en la que él recorrió sus nudillos con un dedo. Una parte de ella se preguntó si debería sentirse avergonzada si alguien los encontraba en una posición tan intima, pero no le importo. Tuvo casi la total certeza de que para él era bueno esa cercanía; una especie de sedante natural.

Cerró aun más los ojos y ahogó una maldición entre dientes.

Todo eso se estaba convirtiendo un problema ¿Qué le estaba pasando? Sasuke era el hermano de su esposo, un territorio completamente prohibido para ella, lejos de su alcance. Si, tal vez su matrimonio estaba acabado, pero eso no le daba razón para buscar refugio en los brazos de otro hombre, en especial si tal persona compartía un lazo sanguíneo con el sujeto que aceptó amar y respetar hasta que la muerte los separara.

¿Por qué preocuparse?, se dijo a si misma, tal vez no significaba nada para él. Delante de los de demás, Sasuke continuaría actuando como si ella fuera un enorme florero, o una ventana: parte del decorado, inanimada o transparente.

Regresó a la realidad cuando el sonido de la máquina de café cesó por completo. Resignada, tomó el pequeño vaso de cartón y descendió por el pasillo.

Si todo marchaba a la perfección, el médico encargado daría de alta a Sasuke, dentro de poco, el azabache podría regresar a casa a descansar. Pensó que lo más apropiado sería llevarlo al apartamento de Itachi, de esa forma podría mantenerlo vigilado, encargarse de él como era debido.

No obstante, sus procesos mentales se enturbiaron al vislumbrar a Itachi de pie en medio del pasillo. El aire formó un vacío a su alrededor. Por un largo minuto, Sakura no movió ni un músculo; sopesando si debía o no proseguir con su camino. La verdad, era que nada se le antojaba menos que toparse con él, ni con ningún otro integrante de la familia Uchiha. Habían transcurrido casi dos semanas desde el incidente de la velada.

Necesitó insuflarse de valor para recorrer los metros que la separaban de la habitación, donde sabía, encontraría al resto de la estirpe Uchiha.

—Regresaste antes de tiempo—le dijo en voz muy baja.

—Lo sé— respondió al cabo de un segundo o dos, girándose hacia ella para contemplarla mejor—. Luego de la llamada que tuvimos la noche anterior, decidí regresar.

Notó, por primera vez, que tenía la cara descompuesta, cansada, surcada de arrugas y ojerosa.

Sabía que había tomado la mejor decisión.

Su respuesta se vio interrumpida al escuchar el sonido de los pasos amortiguados detrás de ella. Fugaku se presentó ante los dos, luciendo tan sobrio y elegante como de costumbre.

—He firmado todo el papeleo— anunció—. Pronto lo darán de alta y lo llevaremos con nosotros a casa.

—Puede quedarse con nosotros— intercedió Itachi.

Fugaku meneó la cabeza en negación.

—Tu madre no lo permitiría— tragó saliva y asintió, como si hablara consigo mismo—. Gracias por acompañarlo toda la noche, Sakura.

Sin saber muy bien que hacer, la aludida se limitó a asentir. Sentía culpa al saber que había ido en contra de los deseos de Sasuke, difícilmente la perdonaría.

—Ahora, si me disculpan, esperare afuera— dijo Fugaku.

Farfullo algo que tal vez fuera otro agradecimiento o una despedida, pasó junto a ella y se precipitó por el pasillo hasta desaparecer de su campo de visión.

—Sakura.

Alzó la cabeza, con un sobre salto. Había olvidado que Itachi estaba a lado de ella, llenando esa pequeña sala de espera con su presencia.

Notó el picor que le producía contra la piel en carne viva el simple roce de sus dedos. El estómago se le revolvió y escupió mas nervios al exterior cuando se percató que se encontraban solos.

—Se que este no es el mejor momento para abordar el tema— comenzó a decir; la voz cansada—, pero estuve pensando mucho en nuestra situación.

Dio un respingo asustado cuando pasó sus manos sobre las de ella.

—También yo— respondió, intentando no sonar desesperada.

No debía tener miedo. Tenía que arreglarlo. Debían arreglarlo.

—¿Tomaste una decisión?— cuestionó, demasiado temeroso para conocer la verdad.

Lo cierto era que, Sakura se sentía sumamente confundida. Desconocía cómo enfrentarse a la tempestad. Tenía la certeza de que no podrían empezar otra vez y haber frente juntos, de ahora en adelante, a todo lo que hiciera falta.

—Lo hice— lo miró angustiada, con el corazón latiéndole descompasadamente, mientras se le quedaban frías la manos bajo las suyas.

—¿Y bien?— indagó Itachi en un susurro.

Sintió la boca repentinamente seca al otear a Sasuke al otro lado de pasillo, acompañado por su madre. Por un momento, sus ojos se encontraron, observándose desde extremos opuestos de la galería, un tramo de baldosas pulidas a la perfección entre ellos.

Se percató del reproche tranquilo patente en sus ojos, oscuros y atormentados; la cara, pálida y desencajada. Reprimió el súbito impulso de llorar. Ese vacío era peor que la rabia. Todo lo que habían compartido se desmoronaba.

—Sakura— habló Itachi con neutralidad, percatándose del intenso intercambio de miradas perpetuado entre su esposa y su hermano menor.

La pelirosa palideció de golpe; sus ojos se desorbitaron. La arritmia cardiaca que sucedió a la inesperada interrupción de su esposo, la hizo gemir por la sorpresa. Tenerlo tan cerca, la hizo sentir la angustiante necesidad de imponer distancia entre ellos.

Aspiró una gran bocanada de aire mientras se obligaba a alejar sus fanales de la faz descompuesta del Uchiha.

—Lo intentaremos una vez más— consiguió responder con un susurro inestable—, pero solo será con una condición.

—¿Cuál?— por primera vez, Itachi lució sorprendido.

—Tendrás que contarme toda la verdad, no más secretos, Itachi, quiero saberlo todo.

Sakura se liberó de su agarre con facilidad. Su tacto se sentía como el escozor provocado por la hiedra venenosa.

Mikoto se aproximo a ellos con el rostro inexpresivo, cubierto por aquella máscara de muerta que también conocía.

—Todo se encuentra bajo control. Tremendo susto nos hemos llevado todos gracias a este… percance— dijo la pelinegra.

—Yo no pedí que vinieran— interrumpió Sasuke—. Puedo regresar a mi apartamento sin problemas.

—Por supuesto que no— se negó la matriarca, imponiendo ese orden autoritario que conseguía erizarle la piel a cualquiera—.Ya tuve suficiente contigo por el día de hoy.

Sakura contempló a Sasuke de refilón; enmudecido, la arruga en su entrecejo se acrecentó.

—Ustedes también deberían ir a casa a descansar— agregó la elegante mujer, dirigiendo la pétrea mirada hacia ellos—.Antes de que te vayas, Itachi, necesito hablar contigo.

El mayor de los Uchiha la miró, comunicándole una suplica muda.

Notó a Mikoto hacer un gesto disuadiéndole. Ella no estaba nada tranquila. La situación, toda ella, era de lo más incomoda. Nada de eso debería haber ocurrido.

—Te veré en el estacionamiento— espetó.

Ambos volvieron la espalda y se dirigieron, por el pasillo, hacia la recepción. De pie a lado de Sasuke, vio alejarse dos las figuras. Cuando llegaron a la esquina del pasillo dejó de verla.

—Sasuke, yo… realmente lo siento— apresuró a disculparse.

No la miró a los ojos. Las grietas abiertas entre ellos comenzaban a ensancharse de nuevo. A ese paso serían incapaces de alcanzarse por encima de ellas. La rodeó con cuidado. Ella contuvo el deseo de tocarle el brazo, temía su reacción.

—Hiciste lo que consideraste correcto— la apremió con un deje de indolencia tan propio de los de su estirpe.

—Por supuesto que no— lo detuvo de la manga de la chaqueta, obligándolo a detener el paso—.Sé lo complicada que es la relación con tus padres. No debí llamarlos sin antes consultarte.

Fue entonces cuando Sasuke la miró. Era la primera vez que lo hacía desde la noche, y pudo leer en sus ojos un mensaje de despedida.

—No estaba hablando de eso, Sakura— porfió él. La escaneó como si pretendiera ver a través de ella—. Me refiero a Itachi.

Aturdida, Sakura parpadeó en varias ocasiones, tratando de entender a lo que se refería.

—Tomaste una mala decisión.

Lejos de otorgarle la oportunidad de replicar, Sasuke se alejó con paso inestable, como si ella no estuviera allí.

La pelirosa se quedó de pie en medio del pasillo, mirando el sitio en el cual Sasuke había desaparecido de su vista mientras escuchaba el sonido de su remendado corazón al romperse.

Continuara

N/A: ¡Saludos, queridos lectores! Estoy de regreso.

Como lo prometido es deuda, decidí aparecer por estos lares con nada más y nada menos que un nuevo capítulo de esta historia. Sinceramente, lamento la demora, detesto la vida de adulto y sus obligaciones, pero ¿Qué le vamos hacer?

Si bien, muchos de ustedes anhelaban presenciar más escenas de la relación entre Sasuke y Sakura, vamos a paso lento, pero seguro :D

Nuestra protagonista, -la cual parece atraer las desgracias-, comienza a percatarse de que, lo que siente por Sasuke es algo más íntimo y especial. Evidentemente, esta realización la obligara a cambiar su interacción con Itachi, que si bien, ambos han decidido intentarlo de nuevo, las cosas no serán como antes.

Debo decir que leí todas y cada una de las teorías que tienen respecto a la relación entre Sasuke e Izumi, y me parecieron sumamente interesantes… sin embargo, si desvelo algo estaría arruinándoles todo, así que me limitare a responder que la vida esta llena de sorpresas.

Puede que la conversación entre ellos parezca confusa, la mayoría de sus platicas conlleva otros significados y esta no es la excepción. En ese momento, ambos intentaban establecer una conexión. Cuando Sasuke le pregunta si lo extraña, se refiere más a los días en los que todavía había cierto sentido de inocencia o ignorancia, es decir "antes de la verdad". En este caso, Sakura claramente lo ve como un alama gemela, alguien quien ha sido igualmente profanado y corrompido por los secretos. Mi forma de interpretarlo es que, si ella extrañaba tener una conexión con algo verdaderamente puro, tanto como él.

Estamos cerca de finalizar con la segunda parte de la historia. Dependiendo de los factores, puede que les parezca que va avanzando un poco lento, así que les pediré un poquito de paciencia. Como se los dije, lo que viene es denso y el formato es un poco diferente a lo que hemos leído en los últimos capítulos.

Sin nada más que añadir, me retiro por el momento. Gracias totales por todo el apoyo, los lindos reviews, follows y favorites, y por supuesto, por su enorme paciencia. Les envió a todos muchos besos y abrazos, cuídense mucho y nos leemos pronto.

¡Hasta la próxima! ¡Bye!