Disclaimer: Los personajes de Naruto, así como el universo donde se desarrolla la historia no me pertenecen ni son creaciones mías, todo es obra de Masashi Kishimoto.
Capítulo 11
La mujer en el espejo
Pinchó de mala gana con el tenedor el corte de ternera que tenía en el plato.
Sobre la mesa se disponían una serie de platillos meticulosamente seleccionados por la matriarca del hogar. Había ordenado sacar la vajilla de porcelana tradicional, aquella que sólo se utilizaba en ocasiones especiales, y procuró pulir la plata hasta ver sus rostros reflejados en ella.
Esa noche le daba pavor a Sakura. Era el cumpleaños número sesenta y tres de Fugaku. Los placeres de una cena en casa de los Uchiha estaba indisolublemente unidos a la formalidad y los buenos modales. Sentarse a la ancha mesa de caoba del comedor de Mikoto o posarse sobre uno de sus delicados e incómodos sofás requería concentración y esfuerzo. Aunque tal vez ese día, la incomodidad sería buena como distracción.
Por el rabillo del ojo, observó a su esposo perfectamente acicalado para la ocasión. Luego de su visita al hospital, Itachi se convirtió en el tema principal de las conversaciones, aludiendo su aspecto bien parecido y envidiando la "suerte de Sakura" por atrapar a un hombre tan atractivo.
«Vaya suerte la mía», pensó Sakura mientras las notas ahumadas del vino se fundían en su boca. Esa era la forma de hacerlo. Así era como se vivía con un secreto, haciendo caso omiso del profundo dolor que estrujaba su pecho.
Todavía no habían recuperado lo que sea que sustentara su relación. El ambiente estaba repleto de todo lo que callaban, una contrariedad cansina regodeaba a los recién casados.
Sus fanales esmeraldas viajaron del perfil de su marido hasta el rostro etéreo e inexpresivo de Sasuke.
Una semana había transcurrido desde el incidente que acabó delegándolo a una cama de hospital por una noche entera. Desde entonces, la conversación protagonizada por ambos rondaba por su mente como una fiera.
Acercarse a él sería una acción osada. En más de una ocasión se vio tentada a llamarlo o enviarle un mensaje, pero sabía que la rechazaría. A final de cuentas había traicionado su confianza y difícilmente la perdonaría.
—Itachi— llamó Fugaku; su voz uniéndose al motete compuesto por el choque de los cubiertos contra la vajilla—. ¿Cómo estuvo el viaje a Iwagakure?
Se hizo un silencio alrededor de la mesa mientras todos esperaban que dijera algo más. Itachi dejó el tenedor y bebió un buen trago de vino antes de responder:
—Todo marcha a la perfección. La construcción va tal cual lo planeamos— comentó Itachi.
—Tan solo necesitabas aparecer un en ese lugar para tranquilizar a Kurotsuchi— dijo Fugaku.
—No estoy seguro de eso— respondió el mayor de los hermanos Uchiha con un suspiro abatido—. Probablemente deba viajar cada semana hasta que el proyecto esté finalizado.
Ahora fue el turno de Sakura para beber los remanentes de vino tinto de su copa. Tenía los nervios a flor de piel, sentía como si hubiera un montón de hormigas atrapadas en su cabeza.
—Los periodos de separación prolongados nunca son buenos, mucho menos para una pareja de recién casados— comentó Mikoto en un tono crispado—. Tal vez deberían considerar trasladarse a Iwagakure si es necesario.
Sakura le dirigió a Itachi una mirada de advertencia que no contenía ni la cuarta parte de su desaprobación.
—No es tan sencillo, mamá— dijo Itachi sin sonar demasiado cordial—. Sakura ya ha hecho demasiado por mi. No puedo pedirle que abandone sus sueños con tal de ayudarme a perseguir los míos.
—Bueno— Mikoto dispuso la servilleta de tela a un lado y entrecerró los ojos hacia su hijo mayor—.Ambos hicieron un juramento cuando se casaron; acompañarse en la alegría y adversidad hasta que la muerte los separe— concluyó, posando sus fanales ébanos sobre las orbes esmeraldas de la pelirosa.
Las dos se miraron. Mikoto con una expresión tan glacial que Sakura se estremeció y se removió en su asiento.
Suficiente estaba haciendo con otorgarle una segunda oportunidad a Itachi, que, en definitiva, no merecía.
—Ambos deberían dejar de pensar tanto en el trabajo y formar una familia— reconvino la pelinegra.
—Aún no es el momento— rebatió con tanta autoridad como le era posible.
—¿Entonces cuando?— quiso saber la mujer.
—No lo sé. Supongo que dentro de unos años. Hacerlo ahora mismo sería irresponsable y precipitado.
Ahora mismo ni siquiera estaba segura de querer formar una familia con Itachi.
—Tiene razón— dijo Sasuke luego de permanecer cerca de una hora en absoluto silencio. Sus perfectos ojos negros recayeron sobre ella, despertando el caos de emociones y sentimientos atrapados en su interior—.Concebir un hijo es incorrecto.
Mikoto puso los ojos en blanco.
—¿Por qué motivo?
Sasuke se limpió con una servilleta un poco de grasa que tenía en la comisura de la boca y trató de reprimir una sonrisa:
—Es una cuestión meramente filosófica.
—Si es así, solo eres un hombre ciego tratando de describir a un elefante— le respondió mientras trataba de atrapar con el tenedor una porción de rácula lo bastante pequeña que, al llevarla a su boca, no dejara caer sobre su barbilla ni una gota del aliño de mostaza dulce, con el consiguiente peligro de que resbalara y fuera a parar a su vestido.
Un repentino ataque de nauseas atacó a Sakura. Fugaku estaba enfurruñado. Mientras Mikoto, haciendo un esfuerzo titánico, se llevaba la copa de vino hasta los labios.
—Aun así, si quieres preguntarme otra razón para catalogar porqué esta mal, diría que todo lo que respecta con esta puta familia— espetó Sasuke imitando el tono de voz modulado de su madre.
—Sasuke— intercedió Fugaku, censurador.
El semblante de Itachi era de aturdida preocupación en contraste con la expresión desatendida de su hermano menor.
—Aquí vamos de nuevo— dijo Mikoto al colmo de la originalidad, evidentemente cansada de la situación.
—Por una maldita vez dejemos de fingir ¿sí?— dijo Sasuke, deleitándose con lo que estaba a punto de desarrollarse ante él—.Sólo puedo sentir lástima por Sakura. Mi querido Onii-san jugó tan bien sus cartas que ni siquiera sabe en qué situación se encuentra.
—Sasuke, cierra la maldita boca de una vez— espetó Itachi con rudeza.
Los ojos de Sakura se abrieron desmesuradamente a causa de la impresión. Su corazón latía como una maquina de vapor; desbocado.
—¡Es suficiente!— deliberó Fugaku con agresividad.
La pelirosa dio un respingo asustado y buscó refugió en algún punto lejano al escrutinio de aquellos ojos negros.
El patriarca a la cabecera de la mesa, cerró los parpados en un ademan cansado, y sin cambiar el tono de voz, volvía a referir al menor de sus hijos.
—El único error que cometí fue sacarte de aquel centro— paladeó sin temor a herir los sentimientos de Sasuke—.Debí dejar que pasaras el resto de tus días encerrado en ese lugar.
Un brillo de odio iluminó la mirada de los dos Uchiha, congelando el tiempo y cortando el aire de todos los presentes.
—Estoy harto de esta mierda— declaró Sasuke sin más.
Los latidos iniciaron un ascenso frenético que la dejó completamente mareada. Tenía sentimientos encontrados en ese instante, pero sabía cuál era su posición en esa discusión.
Desde su asiento, atisbó a Sasuke ponerse de pie y salir del comedor como alma que lleva el diablo.
—Sólo fue una rabieta, ya se le pasará— masculló Mikoto como si se tratara de tal cosa.
Para la sorpresa de Sakura, la cena se reanudó sin más dilaciones.
Incapaz de ingerir un bocado más, estrujó las manos a los costados de su asiento y mantuvo la mirada fija en la brillante superficie de madera delante de ella, realizando un esfuerzo sobrehumano para contener el impulso de salir corriendo detrás de Sasuke.
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Sakura sabía que a aquella noche inusual le seguiría un día horroroso, y que, cuando ambos llegaran a casa, se sentiría fatal procurando parecer indiferente ante la caótica coyuntura.
Marcharon en la lenta noche de octubre, zumbando por la autopista interestatal, bordeando los opulentos suburbios, tomando con cuidado las curvas sin disminuir la velocidad, recorriendo largas cuestas y declives junto a los campos cultivados, mientras que la luna a sus espaldas, arrancaba destellos argénteos de las ventanas de las casas y los pastos crecidos y extensos.
Se mantuvo en silencio desde el comienzo del trayecto. Estaba lo suficientemente molesta para dirigirle la palabra a Itachi, y no por qué aún no olvidara todo el embrollo de Izumi, sino por su nula intervención en la discusión entre Sasuke y su padre.
—Respecto a lo que presenciaste hoy…— comenzó a decir Itachi, realizando una pausa para escoger las palabras apropiadas que lo ayudaran a mitigar la dureza del asunto—. Lo lamento.
—No tienes que disculparte. Todo está más claro que el agua— manifestó Sakura, y le sorprendió el aplomo con el que lo dijo.
El azabache tomó con fuerza el volante hasta tornar sus nudillos blancos; estrujó la mandíbula y mantuvo la mirada al frente, evitando captarla por el rabillo del ojo.
La cena se había ido al traste. Los dos se habían ido al traste. En ocasiones, Sakura se preguntaba si querría matarla y acabar con todo, librarse de la rémora que lo ahogaba, al igual que Izumi.
—Quizá deberíamos asegurarnos de que Sasuke se encuentre bien— sugirió en voz baja.
—No es necesario— profirió a lo bruto.
—¿Cómo puedes estar tan seguro?— apretó los puños sobre su regazo y prensó los dientes. Detestaba cuando Itachi se cerraba de banda a sus comentarios, en especial cuando se trataba de Sasuke.
—Es mi hermano menor, Sakura, lo conozco— dijo con ese tono tan categórico que la pelirosa había llegado a detestar—. Es otro de los intentos de Sasuke para llamar la atención.
—No está tratando de llamar su atención, todo lo que dijo sonó sincero.
Al colmo de la paciencia, Itachi frenó en seco en medio de la carretera. Era un acto osado, irresponsable y estúpido de su parte.
El silencio sepulcral instaurado entre los dos era peor. Sentía nauseas. Temblaba. Habían tenido una discusión similar dos noches atrás, cuando ella se negó rotundamente a dormir con él en la habitación principal, y otra cuatro días atrás; se encontraba en su estudio en el instante en que Itachi abrió la puerta, el cálido abrazo y el apasionado beso que vino después la tomó por sorpresa. La intensidad del momento la llevó a olvidar por un santiamén los problemas que los aquejaban; en un abrir y cerrar de ojos se encontró a si misma sobre su regazo, respondiendo con ímpetu a cada caricia propinada por su esposo. Volvía en si cuando él se adentró en su cuerpo, poco a poco el placer se diluyó en agonía al vislumbrar el rostro de Sasuke, tal como se proyectaba en sus sueños.
—¿Ahora lo defiendes?— habló con calma profesional, aunque estaba lívido.
—Intentó resaltar lo obvio. Tú hermano no se encuentra bien, necesita ayuda.
Itachi torció los labios en una mueca acerba. La miró con frustración y mareó los ojos para no acabar fulminándola.
—Ahora los dos son víctimas en esta historia— sonrió amargamente.
—Tal vez lo somos— le espetó ella en un tono estridente, próximo al alarido—. No sé que fue lo que sucedió con Sasuke, pero al menos tengo la certeza de que yo lo soy.
Itachi resopló, lanzándole una mirada irritada y dijo:
—Ya te lo conté todo, Sakura ¿Qué más quieres? Izumi quedó en el pasado.
—¿Realmente crees en lo que dices?— procuró mantenerse impasible; no quería mostrarle cuánto daño le estaba haciendo—.¿Eso te recitas en las noches para dormir tranquilo?
Él le dedico un locuaz atisbo atestado de resentimiento.
—¿Estás acusándome de algo en particular?
—No ¿o tienes algo que confesar?
Itachi devolvió la mirada al desolado camino.
«Al menos tiene la decencia de ruborizarse y no mirarme a los ojos», pensó.
—No quiero hablar más del tema.
Sin más dilaciones, Itachi reanudó la marcha.
Aquello se sentía como si le propinaran un puñetazo en el estómago en cierto modo.
La conversación fluctuaba en la mente de Sakura. Sin míralo ni de soslayo, recargó la cabeza contra el cristal. Pasó el resto del trayecto con la vista fija en la carretera y el corazón anclado por el despecho y la decepción.
El alma se le cayó a los pies cuando su marido enfiló el auto a la larga y pomposa casa que había construido para otra mujer. El sitio que la hacia sentir como una intrusa.
Al bajarse del coche, cruzó el camino para coches hasta alcanzar la puerta principal; con las manos temblorosas, tanteó la llave en la cerradura y penetró en el recibidor, seguida de cerca por Itachi.
Lanzó el bolso al suelo y se despojó de los incómodos zapatos de tacón alto. Necesitaba dormir. Dormir de verdad. Estaba cansada, tanto emocional como físicamente; pero las imágenes se proyectaban ante ella cada vez que cerraba los ojos; la lamentable tristeza de Sasuke en aquella cama de hospital; Izumi envuelta en llanto. Volvió a sentir náuseas.
—Me voy a la cama— anunció.
—Aún no hemos terminado esta conversación— la tomó del antebrazo, con la suficiente fuerza para frenar todos sus intentos de escapar de ahí.
—Ya lo hicimos— masculló, haciendo un esfuerzo titánico por no sonar destrozada a la par que le abofeteaba la mano para romper cualquier contacto.
Tan rápido como sus piernas se lo permitieron, subió uno a uno los peldaños en dirección a la segunda planta. Podía notar esa transformación. Como un olor o un cambio en la carga eléctrica del aire. Tenía que ver con el porte de los hombros y la mirada inexpresiva y brillante de él y la sequedad en la garganta de ella.
—Sakura.
La aludida se detuvo en seco, sintiendo los vellos de la nunca erizarse. Su nombre reverbero entre las paredes por un par de agonizantes segundos, simulando el sonido de un trueno atravesando el cielo a toda velocidad hasta ahogar su respiración en una corta y descompuesta bocanada de aire.
Giró la mirada hasta caer de nuevo en la profundidad de aquel par de ojos ónix. Jamás la había llamado de esa forma tan autoritaria y cruda. Nunca recibió una mirada tan opresiva. Jamás consiguió hacerla retroceder con un deje de miedo en sus pies.
—¿Por qué demonios te empeñas en defender a Sasuke? ¿Acaso hay algo entre ustedes dos de lo que debería estar enterado?
No se necesitaba ser un erudito para entender lo que Itachi sugería. Algo así no era sencillo de ocultar. Si lo había notado, no se lo hizo saber; simplemente, se limitó a ignorar la interacción entre los dos.
—¿Podemos hablar de esto después? Estoy agotada— dijo, buscando fuerzas para mirar a su esposo a los ojos.
—Entonces es cierto ¿no?
Ante la insinuación de una aventura con Sasuke, la pelirosa se sintió nuevamente indignada. Resopló con fuerza, conteniendo la retahíla de insultos que se moría por gritarle.
—¿Cómo se te ocurre si quiera pensar eso?— indagó, ofendida.
—Está claro que no confiamos el uno en el otro.
—Así parece ser— desafiante, sostuvo la inclemente mirada del hombre al que una vez creyó amar—. Quizá, deberíamos considerar separarnos, esta vez definitivamente.
—Si, deberíamos— concedió.
Los ojos de Itachi se clavaron en los verdes de ella como dos afiladas espadas y solo se despegaron cuando la rodeó con cuidado.
Lo vio subir con paso inestable las escaleras, como si ella no estuviera ahí. Lo escuchó cada vez más lejos hasta que cierra una puerta.
Contempló su reflejo en una de las ventanas al mismo tiempo que se preguntaba ¿Por qué su vida no era como ella esperaba que fuera, como habría querido? ¿Por qué no era capaz de dejar el pasado atrás?
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El rostro etéreo y pérfido de Izumi se proyectó ante ella; los ojos vacíos la avistaban con una invoca queda, disimulada. Por sus antebrazos resbalaba un hilillo de líquido carmín; las gotas derramadas mezcladas con el agua, haciéndola parecer como si estuviera recostada sobre un lecho de rosas.
—Robaste mi lugar— la escuchó susurrar a sus espaldas.
Intentó responder, pero sus cuerdas vocales se encontraban inutilizadas. Un escalofrío recorrió su espalda al notar el tacto de los huesos dedos sobre su nuca.
Aquella mañana, se despertó llorando y con un nudo en la garganta. En su vida, el llanto no era nada excepcional: las lágrimas la acompañaban todas las noches desde que supo la verdad, o al menos, parte de ella. ¿Desde cuándo? ¿Desde que leyó la carta? ¿O fue después de la charla?
Se enderezó en la cama apoyándose en un codo. Secó sus ojos con la sábana mientras busca su móvil a tientas y, al no encontrarlo, recordó de pronto dónde estaba. Lo recordaba todo, lo que sucedió la noche anterior, la velada, aquella discusión… Recordó inmediatamente que tenía que irse, salir de esa casa. Levantarse y marcharse, pero permaneció ahí, clavada en la cama, incapaz de realizar un esfuerzo mínimo. Agotada.
Dio una vuelta sobre el lecho, hasta fijar los ojos en la pared.
—¿Te encuentras bien?
Itachi estaba en la puerta de la habitación. Llevaba la ropa de ir a trabajar, aunque se había quitado la chaqueta y arremangado las mangas de la camisa por encima de los codos.
—Si, estoy bien— dijo, ausente.
Miró su rostro apuesto y preocupado. Aquella era la primera vez que discutían de esa forma. Su esposo jamás la había acusado de hacer algo tan bajo, pero lo sugirió la noche anterior.
—Escuche gritos, sólo quería…— se interrumpió a si mismo, sopesando si debería continuar o no con la oración—.Vale, bien. Llámame si necesitas algo.
Sakura estuvo a punto de reír.
—De acuerdo— masculló.
Itachi se fue y Sakura cerró los ojos. ¿Se sentiría humillado si lo abandonaba de verdad? Nunca se lo había tomado tan en serio. Para ella todo se reducía a tomar la decisión de abandonarlo, quedarse o irse, como si ahí acabara todo.
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Al apearse del coche el mal tiempo la engulló. Se arrebujó el abrigo, pero seguía teniendo frio y estaba empapada. Inclinó el cuerpo contra el vendaval y descubrió con sorpresa que el viento y lluvia que le daban en la cara no importaban.
Se dirigió hacia el sur en dirección contraria a los edificios corporativos del vecindario, bajó por otra calle estrecha, repleta de puestos de venta de revistas, tiendas de comestibles y pequeños restaurantes que siempre le habían gustado, donde podía comer una estupenda sopa de miso sentada en un taburete con una cesta de caramelos de menta junto a la caja registradora. Todos a su alrededor luchaban contra el viento. Una pareja que salía de un restaurante cercano dio un grito de sorpresa y volvieron a refugiarse dentro del establecimiento rápidamente para abrocharse los abrigos. Había pasado un tiempo desde la última vez que estuvo en un restaurante; las citas con Itachi transcurrían en su lujoso apartamento en Amegakure o el discreto piso que compartía con Ino. Tenía la impresión de que, su nuevo novio, intentaba mantenerla oculta ante los ojos del mundo. En aquel entonces no rechistó. No necesitaba la típica rutina de pareja, con una buena cena preparada casa y una botella de vino basta para ella, sin embargo, ahora que conocía toda la verdad, llegó a la conclusión de que Itachi procuraba esconderla, no porque sintiera pena, sino porque alguna persona podría sacar a flote la ausencia de Izumi, y eso sería insoportable para él.
Llevó la mano helada a la mejilla para secarse. No lloraba, sólo que… no pasaba un buen momento. No era ningún delito, y sobre todo era asunto suyo, de nadie más.
La lluvia golpeaba en el pavimento y saltaba, mojaba desde arriba y desde abajo. Unos pasos más adelante se ubicaba el edificio de apartamentos donde vivía Sasuke, un bloque industrial para dar alojamiento a unos cuantos inquilinos.
Apretó el paso y cruzó el estacionamiento principal. Al cruzar las puertas de cristal, sentía como si la rodeara un halo de luz que le daba un aspecto sospechoso, como si hiciera algo prohibido. Sólo deseaba salir de allí cuanto antes. Aún tenía tiempo para hacerlo, podría escapar sin que nadie sospechara que le había pasado algo malo esa mañana, algo que tal vez sería muy malo en su vida. Pero en lugar de alejarse, lo que hizo fue dar media vuelta de repente, sin pensar, como siguiendo una coreografía o marcha militar, subió las escaleras de madera vieja que conectaban la primera planta con el segundo piso del edificio.
Con las manos temblorosas y entumecidas por el frío, llamó dos veces a la puerta.
Cuando Sasuke la recibió, olía a tabaco y sueño. Pelo revuelto, boxers, una camisa negra. No sonreía. El lugar parecía una nevera. Podía sentir el aire helado desde donde ella se encontraba.
—¿Qué haces aquí?— prese a que la sorpresa de su tono no se vio reflejada en sus facciones, Sakura detectó, el imperceptible ceño en su frente cuando arrugó la nariz.
—Necesitaba verte— respondió ella, respirando profundo—. Hablar contigo— estaba helada y sus dientes castañeaban.
Tras unos cuantos segundos de cavilación, y dejando escapar un suspiro resignado, Sasuke tragó grueso y dijo:
—Espera un minuto.
La pelirosa aguardó paciente en el pasillo, al mismo tiempo que escuchaba el andar pesaroso del Uchiha al otro lado del muro.
—Adelante— se hizo a un lado para permitirle ingresar.
Aun con las piernas trémulas, consiguió adentrarse en la pequeña estancia. Por el rabillo del ojo lo atisbó cerrar la ventana y apagar una luz.
—¿Qué haces aquí?— volvió a preguntar sin tintes de cortesía en la voz.
Sakura frunció el entrecejo.
—Ya te lo dije— espetó, esforzándose en ignorar la hostilidad que irradiaba el azabache—. Necesitaba asegurarme que…
—¿Qué no me hubiera suicidado?— le interrumpió, sin apartar su intensa mirada a la par que una sonrisa sarcástica elevaba la comisura de sus labios—.Tranquila, no voy hacerlo. Lo de la otra vez sólo fue un descuido de mi parte.
Sakura tragó grueso. Sabía que esa actitud despreocupada y hostil no era nada más que un mecanismo de autoprotección. Bajo esa fachada estoica se escondía un joven herido, demasiado temeroso para expresar sus sentimientos.
—No atendiste mis llamadas— acusó, procurando ocultar el tinte de reproche que ornamentaba sus palabras—. Tampoco respondiste a los mensajes.
—¿Itachi te envió?— bramó entre dientes aun con los ojos ébanos fijos en ella.
—¿Qué? Por supuesto que no.
—Entonces él no sabe que estas aquí— su frente se arrugó y los músculos de sus hombros se contrajeron a la par. Más allá de una pregunta, realizaba una afirmación
—No.
No era la primera vez que vislumbraba a Sasuke de esa forma, demostrando su autoritarismo con una postura rígida y una mueca mortalmente seria en el rostro, casi pétrea. Pero esta ocasión era diferente. Irradiaba un aire de tensión tan puro que desde la distancia podía ver la forma en que estrujaba las mandíbulas y apretaba los puños a los costados. Lucía enojado, cómo un animal a punto de atacar.
—Ya comprobaste que sigo vivo, así que puedes marcharte.
—Corta esa mierda de una vez— dijo, frustrada—. No me iré a ningún lado, necesitamos hablar.
—No te confundas, Sakura, tu y yo no tenemos nada de que hablar— escupió; las palabras eran como veneno en la punta de la lengua.
—Deja de actuar como si nada de esto te importara— ratificó ella—.Se que en el fondo lo haces.
Sasuke tensó el gesto y sus ojos se rasgaron en un gesto maquinal.
Paso a paso, se aproximó a ella hasta tornar la distancia entre sus cuerpos inexistente. En un acto reflejo, Sakura retrocedió; dio un respingo asustado cuando su espalda chocó contra la puerta. Estaba atrapada. Sintió el piso bajo sus pies tambalearse. Ahogada, boqueó en un intento por absorber aire, pero sus pulmones no le respondieron.
Llevó una mano hasta el pecho de Sasuke, notando el latir acompasado de su corazón bajo la yema de sus dedos ¿Cómo podía estar tan tranquilo en un momento así?
—¿Crees que me conoces?— cuestionó en un murmullo. El aliento cálido roció su cuello.
Su cuerpo se estremeció, pero no fue a causa del frio o la debilidad, era más bien como la vibración de una cuerda tensa, una fuerte sacudida.
Armándose de valor y, utilizando hasta el último resquicio de fuerzas remanente en ella, elevó la mirada hasta encontrar la inclemente negrura de los orbes negros del azabache.
—Puedo verlo en tus ojos…— contestó—, lo percibí aquella noche en el hospital— volvió a insistir. Sintió la sangre precipitarse a su rostro, acalorándole las mejillas—. Cualquier cosa que hayas hecho en el pasado, quien quiera que seas, te ayudare. Estamos juntos por una razón.
Tras la sincera declaración, el corazón de Sakura estaba desbocado; el pulso latiéndole frenético detrás de las orejas.
Sasuke se inclinó ligeramente hacia el frente; los labios alcanzaban a rozarle la oreja, provocando que un escalofrió le recorriera toda la extensión de la columna vertebral. Respiraba con dificultad. Estar tan cerca de él hacía que todo a su alrededor diera vueltas. Se sentía mareada, un nudo estrujándole la boca del estómago.
—Eres tan ingenua. No sabes en lo que te estás metiendo— fueron sus palabras, frías y cortantes, como la hoja afilada de una katana.
Se alejó de ella sin más.
Agradeció el soporte que la puerta le brindaba, porque, de no haber sido por eso, sus piernas temblorosas la habrían delegado al suelo. El corazón le golpeaba las costillas, latía sobre su piel, bajo la garganta.
—Deberías marcharte ya— afirmó Sasuke a secas.
La pelirosa quiso hablar, pero sus cuerdas vocales estaban completamente inutilizadas de todos modos. Hizo un gesto de abrumada negación con la cabeza y se alejó de él, abandonando de una vez por todas el apartamento.
Nunca supo exactamente cómo logró salir d ese lugar, y cómo llegó a su coche unas cuantas cuadras adelante. ¿Qué impulsaba sus piernas? ¿Qué le impidió mirar en los escaparates para verse reflejada, para ver a aquella mujer muerta de frio? En su mente se alternaban la parálisis y el pensamiento acelerado, y ambas cosas le resultaban insoportables.
Con las manos trémulas, rebuscó en los bolsillos de su chaqueta las llaves del coche. Estaba tan alterada que no era capaz de sosegar sus emociones, las cuales se encontraban a tope.
—¿Haruno Sakura?— preguntó una voz detrás de ella.
Levantó la mirada bajo la lluvia y se encontró con la cara de una mujer muy guapa de unos treinta y tantos años, a la que no recordaba haber visto en su vida.
—Disculpa ¿nos conocemos— dijo Sakura, intentando ocultar su sorpresa.
La mujer rió.
—No. Me llamo Uzuki Yūgao. Soy periodista del Konoha Shimbun.
Ambas se dieron la mano. Yūgao le dijo:
—¿Conoces algo respecto al caso de Uchiha Izumi?
Sakura frunció el ceño.
Al no obtener respuesta, sacó del bolso una fotocopia del periódico donde trabajaba, fechado el día 1 de diciembre. El artículo hablaba sobre la desaparición de la joven, así como la localización de su cuerpo en la cabaña y la posible implicación de Itachi en el supuesto crimen.
—¿Adónde pretendes llegar con esto?— preguntó Sakura.
—Eres la nueva esposa de Uchiha Itachi ¿cierto?
Una vez más, la pelirosa le confirió un mutismo como respuesta.
—Supongo que debes tener muchas preguntas al respecto.
Al principio creyó que se trataba de una broma de mal gusto, antes de advertir que Yūgao iba muy en serio.
—¿Está usted investigando por su cuenta?— quiso saber.
—En cierto modo.
—¿En cierto modo?— replicó—. Debe ser una puta broma— concluyó al cabo de unos segundos. Necesitaba marcharse de ahí en cuanto antes.
—Toma mi tarjeta— le solicitó, frenando cualquier tentativa de Sakura de marcharse de ahí—.Estoy dispuesta a compartir contigo todo lo que sé. Tal vez podamos tomar una taza de café o una botella de sake si lo deseas.
La campana de cristal se estrelló contra el suelo, dejando escapar su aire venenoso. Doce palabras bastaron. Sakura las contó más tarde. Las repasó una y otra vez , las reordenó intentando que no parecieran anunciar un cataclismo, el final de una etapa, el final de una vida. Pero no lo consiguió. Estas fueron las palabras de Yūgao.
—¿Sabes que tu esposo es el responsable de la muerte de Izumi?
Continuará
N/A: ¿Cómo están, gente bonita? Espero que se encuentren de maravilla y la estén pasando muy bien.
Nuevamente les traigo un capítulo de está caótica historia. Como verán, es algo corto en contraste con los últimos dos.
Me gustaría aclara algunos puntos de la historia, pero lo hare en el siguiente capítulo, les aseguro que se vienen fuertes revelaciones y todo será una cadena de reacciones.
Como siempre, les agradezco por todo el apoyo que mi brindan, ya sea añadiendo esta historia a favoritos, dando follow, o dejando un review. Leo todos y cada uno de los comentarios que me dejan , estoy atenta a sus palabras…¡gracias infinitas!
Sin nada más que añadir, esto es todo por el día de hoy. Espero que el capítulo haya sido de su agrado. Les mando un fuerte abrazo donde quiera que se encuentren ¡cuídense mucho! ¡nos leemos pronto! Bye, bye :2
