Disclaimer: Los personajes de Naruto, así como el universo donde se desarrolla la historia no me pertenecen ni son creaciones mías, todo es obra de Masashi Kishimoto.
Capítulo 17
Cementerio de secretos
En medio de la oscuridad de aquella noche de invierno, tomaron la carretera comarcal hacia los negros campos que se perdían en los bosques del fondo.
El camino era estrecho y serpenteaba entre sembradíos y manchas arboladas, subiendo y bajando colinas. Itachi conducía lo más rápido que podía, pisando el freno en las curvas inesperada, con la mirada calculadora clavada al frente, en un recorrido que iba sumando kilómetros y kilómetros.
Un silencio sepulcral imperaba entre los dos. La tensión en el ambiente incrementaba a medida que el paisaje citadino quedaba a sus espaldas, dirigiéndose a un destino incierto.
Desde su asiento, vislumbró por el rabillo del ojo el perfil anguloso de Itachi: tenía el entrecejo ligeramente fruncido y los labios contraídos. Su rostro no reflejaba emoción alguna, y eso la ofuscaba.
Mientras la afonía se sobreponía a los inclementes sonidos chirriantes del automóvil, Sakura no podía evitar cuestionarse qué pasaba por la mente de Itachi en esos instantes. Su cerebro, con todo y sus pensamientos, yendo y viendo como rápidos y frenéticos ciempiés. «¿En qué estás pensando, cariño?». El cuestionamiento que repetía a menudo durante su matrimonio, tal vez nunca en voz alta, nunca a la persona que tenia la respuesta. Eran preguntas que se cernían como nubes de tormenta sobre todas las relaciones ¿Qué estas pensando? ¿Qué es lo que sientes? ¿Quién eres? ¿Qué nos hemos hecho el uno al otro?
¿Qué nos haremos?
Las abstracciones de la pelirosa se vieron interrumpidas por la incesante resonancia del celular. Por quinta ocasión, el nombre de Sasuke saltó a la pantalla.
—Deberías contestar— dijo Itachi con serenidad.
—Sólo lo preocuparía— y sin más, apagó el móvil.
De nada serviría hablar con él, poco podría hacer en la caótica situación en la que todos ellos se encontraban inmersos.
El sinuoso camino ascendía lentamente a través del bosque para descender luego hasta una intersección en forma de te sin indicación de ningún tipo. Doblaron a la derecha para subir un poco más.
—No voy a hacerte daño— espetó él de repente.
Quería confiar en su palabra, confiar ciegamente, tal como lo había hecho en el pasado, cuando ella era una ignorante.
—En la posición en la que me encuentro actualmente no puedo hacerlo ¿cierto?— rebatió, frunciendo el ceño tanto como pudo.
Itachi aminoró la marcha.
—Ya te lo dije, no voy a lastimarte— le aseguró; la molestia filtrándose en su modulada voz.
—Si esa es la cuestión ¿por qué demonios me llevas a un sitio en medio de la nada?— quiso saber en un tono estridente, próximo al alarido.
No respondió de inmediato. El camino no tardó en convertirse en poco más que un sendero con lomo herboso en el medio. Rodeaba los árboles y los afloramientos rocosos mientras el coche se bamboleaba y gemía a causa de las piedras y los baches.
—Lo que debemos hablar no puede discutirse en un lugar concurrido— balbuceo con parsimonia.
—¿Acaso vas a confesar un crimen?— preguntó a la defensiva.
Ante la reacción exacerbaba de su esposa, el pelinegro esbozó una sonrisa media; antes de que Sakura pudiera objetar algo más, giró a la izquierda.
—¿Cómo diste con mi paradero?— le urgió ella mientras se removía en su asiento, inquieta.
El Uchiha la miró por el rabillo del ojo con frustración y mareó los ojos para no acabar fulminándola. Ella aguardó en silencio por su respuesta a la vez que procesaba todo lo acontecido en los últimos cuarenta minutos.
—No fue sencillo— admitió—. Me vi en la necesidad de cobrar un antiguo favor. Le pedí a un cliente que revisara tus últimos movimientos en la cuenta bancaria— pronunció, haciendo las pausas necesarias para conferirle a su voz la inflexión de quien cree estar dirigiéndose a un niño pequeño.
Ofendida, la joven aspiró aire para destrabar su garganta, obstaculizada por la ola de emociones que le producía aquella confesión.
—Eso es ilegal— gimió ella.
Itachi torció los labios en una mueca acerba.
—Estaba preocupado por ti— replicó—. No atendías el teléfono y tampoco sabía dónde estabas, temía que algo malo hubiese pasado.
Sakura lo miró sin maquillar su difidencia.
—¿Pensabas que haría lo mismo que Izumi?— suspiró ella.
Las facciones de Itachi se ensombrecieron; sin embargo, no apartó la vista del camino para decir:
—Algo similar.
Si algo quedaba claro era el hecho de que ella nunca sería como Izumi. Itachi la tenía calada hasta el tuétano.
Las señales de alarma se encendieron de nuevo al detener el auto en un risco desolado. De no ser por las luces frontales, la oscuridad reinaría en cada rincón del abandonado mirador.
—Vamos— espetó Itachi sin rastros de cortesía en su voz.
Dubitativa, obedeció. Su cuerpo actuaba de manera autómata. Cada movimiento, cada gesto, todos los detalles de esa catastrófica relación parecían extraídos de un grotesco Deja vú.
Caminó detrás de él, con los ojos esmeralda fijos en la ancha espalda del hombre al que alguna vez amó. Sabía que había elegido ese lugar para amedrentarla, asegurarse de frustrar cualquier intento de escape.
—¿Qué hacemos aquí?— siseó a la par que el inclemente sonido del mar rugía bajo sus pies.
—Ya te lo dije, solamente quiero hablar— se alzó de hombros dando por sentado que sus intenciones eran claras.
—Le arruinaste la vida a tu hermano con tal de proteger a la mujer que amabas— reclamó ella. No iba a ser considerada.
—Sakura, creo que has recibido cierta información errónea— dijo con voz ronca, tratando de no traslucir su molestia—. No me sorprende, teniendo en cuenta la cantidad de rumores que corren por ahí.
—Cuéntame qué sucedió, Itachi. Es tu oportunidad para decir la verdad, ¿en que podría perjudicarte?, porque tú y yo no podemos seguir adelante con esta historia fingida— dijo sin apartar la mirada de aquellos orbes oscuros y vacíos.
Lo único que recibió como respuesta fue un silencio sepulcral.
Sin más remedio, le dio la espalda: era ahora o nunca. Comenzó a caminar en dirección al coche. Ante tal gesto de desobediencia, Itachi la detuvo tomándola del antebrazo, frenando cualquier tentativa de escape que pudiese maquinar en su mente.
—Escuchame, Sakura, no voy a lastimarte— dijo entre dientes.
—¡Ya lo estás haciendo!— chilló. Notaba la punta de los dedos incrustándose en su piel.
—Sakura, por favor— suplicó.
En un impulso por liberarse del agarre, rasguñó su rostro. La violencia entre los dos incrementaba de manera alarmante. El miedo que la embargaba en ese instante estaba plenamente justificado, temía que, en cualquier momento, su esposo decidiera asesinarla.
—Creaste una historia que les permitiese a ambos regresar y ser compadecidos por todos sin tener que asumir las responsabilidades de lo que hicieron— exclamó Sakura, asegurándose de establecer una distancia entre los dos.
—Yo no maté a nadie— le aseguró al mismo tiempo que acariciaba la zona afectada.
—Los detectives no opinan lo mismo.
Él sonrió con la misma amabilidad de un asesino y con una mala actuación de fanfarronería, espetó:
—Por supuesto que no, querida. Sin embargo, no sería capaz de hacerte daño.
Sakura sintió como un escalofrió recorría su espalda. Lo miraba con los ojos agrandados, disipando cualquier atisbo de tranquilidad instado entre los dos. Su cuerpo temblaba, no era capaz de tragar nada que no fuera el nudo atascado en su garganta.
Aquello era mentira, puesto que, en diversas ocasiones, Itachi se había encargado de lastimarla con todos esos secretos e invenciones.
Notó una pesadumbre inmensa dentro del pecho . ¿Eso era un ataque al corazón? ¿Era cólera? ¡Así se sentía un corazón partido? ¿Era eso el peso de su responsabilidad?
—Pero ¿Qué demonios pasa contigo?— cuestionó ella, restregándose una mano en el rostro—. Asesinaste a una mujer, una mujer que, supongo, te amaba, y ahora quieres que ocupe su lugar y te ame y te ayude y… no puedo. No puedo hacerlo. No lo haré.
Se volvió hacia Itachi.
Tenía otra vez una expresión vaciá, igual que en el coche, como si le hubieran arrancado algo.
—Ya te dije que yo no la maté— decretó—.Nuestra historia es más complicada de lo que imaginas.
La noche anterior había escuchado el relato desde la perspectiva de Sasuke. Por los detalles, no necesitaba ser un genio para percatarse que, entre los dos, existía un desagrado palpable y bien fundamentado.
Itachi interpretó aquel inter de mutismo como una señal para proseguir con su relato:
—Izumi… ella tuvo una vida tormentosa— la voz de Itachi se alzó por encima de la macabra sinfonía del mar—.Todo comenzó con el suicidio de su hermana cuando tenía diez años. Como sucede en muchos casos, el matrimonio de sus padres no volvió a ser el mismo, así que optaron por separarse. Debido al historial psiquiátrico de su madre, el juez consideró apropiado delegarle el cuidado a su padre, quien poco tiempo después enfermó— Itachi aspiró una bocanada de aire y lo expulsó. Flexionó varias veces el cuello—. Nos conocimos en el instituto. Aún recuerdo con claridad ese día.
El pelinegro se volvió hacia ella y le sonrió con tristeza.
» Poseía una especie de belleza extraña, melancólica. Era como si un aura de tristeza la rodeara, podías apreciarlo en sus ojos, cuando los contemplabas con detenimiento. Era callada, equilibrada y excelente en todo lo que realizaba. Tan pronto se adaptó a la vida escolar, comenzó a ganar popularidad. Todos la admiraban y ella parecía disfrutarlo— con sumo cuidado, Itachi se volvió hacia ella lo suficiente para mostrar el perfil tan pálido como la nieve—. Coincidíamos en el camino de regreso a casa, mas nunca cruzamos palabra. La situación cambio aquel día soleado de mayo. La tarde de ese día, Izumi apareció ante la puerta de nuestra casa, envuelta en llanto, moviendo los labios, clamando en un chillido que llamara a mi madre.
»Papá se encargó de la situación, y cuando menos lo pensamos, Izumi se había instalado en nuestro hogar mientras localizábamos a sus familiares. Vivió con nosotros un año. Estudiábamos juntos y hacíamos todo tipo de actividades uno al lado del otro.
Sakura desvió la mirada. Ahora veía todo con dolorosa claridad.
»No volví a verla hasta diez años más tarde. Ella entraba en la universidad. Mi madre me animó a buscarla, pero no quería hacerlo— tras carraspear, Itachi interrumpió su relato y enmudeció un momento.
—¿Cómo fue que ambos se encontraron de nuevo?— preguntó.
—Por accidente. Yo iba por la calle cuando ella me gritó. Estaba hermosa, cambiada: lucia tranquila, magnifica. Sugirió que tomáramos el almuerzo juntos. Había pasado tanto tiempo desde la ultima vez que nos vimos que solo nos enfocamos en hablar de nuestros intereses mutuos, dejando atrás los recuerdos sobre lo abominables que habían sido las cosas. Yo estaba estudiando Arquitectura; ella, Historia del arte. Estaba tan asombrado de cuánto había cambiado; era aguda, sagaz, se desenvolvía con facilidad, capturando la atención de cualquiera. Así fue como, en cuestión de meses, comenzamos una relación, y en un par de semanas, estábamos comprometidos y viviendo juntos en el pequeño apartamento que ella alquilaba cerca de la universidad.
Hasta el momento, la historia de Itachi coincidía con la de Sasuke, no había nada extraño o fuera de lugar.
—Nuestra relación no era típica. Tenía la impresión de que nuestros cuerpos estuviesen unidos. Si nos separábamos, una peculiar fuerza de atracción volvía a unirnos. Izumi y yo nos hicimos novios de la forma más natural del mundo— un vestigio de tristeza se reflejó en su sonrisa.
Aquel gesto acabó por corroborar las sospechas de Sakura. Durante todo este tiempo, a pesar de los años de su partida y todos los acontecimientos relacionados con ella, Itachi continuaba amando a Izumi con el mismo fervor del primer día. En su vida, ella no tenía cabida. Y si, si, estaban casados, pero su matrimonio se construyó en los cimientos de una mentira, la misma que los perseguiría por el resto de sus vidas. En el mundo de Itachi, ella no era más que un desahogo, una alternativa para evadir la soledad y la culpa acarreada. El amor nunca existió, todo fue una pérfida proyección.
Un recuerdo en particular se abrió paso entre sus pensamientos. Era la segunda ocasión que visitaba el apartamento de Itachi en Amegakure, y como era costumbre, echó un vistazo en la habitación, como si nada. No había mucho que ver, tan solo lo vestigios que indicarían que iban a pasar una noche deliciosamente suntuosa. Sin embargo, junto a la pila de folders amarillos, encontró propaganda de una inmobiliaria. Se trataba de una casa con vista al océano, perfecta para uso familiar.
«¿Vas a comprar está casa?», le preguntó con disimulada curiosidad.
«Probablemente», respondió él sirviéndole champan.
«¿Tienes hijos?», No preguntó si tenía esposa. No había anillo en su dedo anular. No llevaba.
«No, pero me gustaría tenerlos algún día», dijo.
En su cara, vislumbró la tristeza, un anhelo desesperado, había creído con toda su estúpida ingenuidad que estaba herido, con el corazón partido. Buscaba desesperadamente la mujer ideal para crear una familia y, cuando él esbozo aquella sonrisa devastadora al alargarle la copa de champan, puede que ella fuese lo bastante imbécil para creer que ella podía ser esa mujer.
Acto seguido ocurrieron cosas más raras.
—¿Qué sucedió después?— indagó, aunque en esos instantes, nada se le antojaba más que regresar el tiempo atrás y jamás haberse inmiscuido en la vida de Itachi.
—Nuestro matrimonio fue una farsa— espetó—. Izumi era un ser corrompido, estaba condenada. Jamás conoció la paz, y fue por eso que buscó una salida.
Sakura continuó de pie en medio de la nada, abrazándose a si misma en un intento de generar calor, mirándole estupefacta.
Una ráfaga de viento los azotó. El pecho de la pelirosa se llenó con el aroma del mar y el bosque. El frio de la noche rozó la piel desnuda de sus mejillas, erizándole los vellos de la nuca. Cada fibra de su cuerpo ardía en una infinidad de emociones incontrolables. La presión en la base del cráneo se extendía hacia su espina dorsal, manteniéndola rígida. Dentro de ella fluctuaban tantas sensaciones que era incapaz de reparar solo en una.
—¿Estás tratando de justificarte?— increpó ella al cabo de unos minutos en silencio.
—Estoy diciendo la verdad— apuntó Itachi en un susurro—. Izumi acabó con su vida porque no pudo soportarlo, todo fue demasiado para ella.
Volvió la mirada hacia el azabache.
No sabía qué pensar, qué decir o qué hacer. Necesitaba una perspectiva, analizar lo relatado por su marido con detenimiento.
De la nada, el Uchiha caminó la distancia que los separaba, acercándose tanto a ella que pudo oler el característico aroma de su loción. En un acto reflejo, la sostuvo de los brazos y, en contra de su voluntad, la atrajo más hacia él. Sus miradas permanecían ahí, fijas uno en el otro.
—Jamás lastimaría a las personas que amo— atestó en un balbuceo equilibrado.
—Eso es mentira, y tú lo sabes— siseó ella—. Le hiciste daño a esa familia al no decir la verdad, a tu hermano por incriminarlo…— se detuvo un instante; la furia oprimía su garganta con fuerza, estrujando el nudo atascado en la tráquea—, y a mi por ocultarme la verdad.
Se alejó de él con la misma fuerza de un huracán. No soportaba que la tocara. Aquel tacto, antes bien recibido y anhelado, ahora suponía una tortura, al igual que todo lo referente a su marido.
Un suspiro cansino escapó de los labios del Uchiha.
—Necesito tu ayuda, Sakura— dijo avanzando hacia ella.
La risa amarga de la aludida rasgó el aire.
—No estamos en esto juntos— se encargó de recordarle—. Te acusan de un delito que pudiste cometer o no.
La furia recorría cada nervio de su ser. Estaba cansada de esa situación. La relación de Itachi con Izumi era una tira de Möbius enferma y jodidamente tóxica. Ambos se complementaban mutuamente de la manera más sucia y desagradable posible. En realidad, no la amaba a ella, todo había sido parte de un maquinado plan que llevaba más de una década en marcha.
—Lo que tuvimos es demasiado grande para deshacerlo así.
Sakura le dedicó una locuaz mirada de odio.
—Pero conseguiste eso ¿no es así?— replicó, haciéndose eco de la indignación de Itachi. Con la mirada esmeralda fija en los orbes negros, espetó—: Cualquier cosa que sienta por ti ya no importa, porque mi mente domina mi corazón. Sabes que es así. Y aunque no seas un asesino, ya no eres mi marido, nunca lo serás.
Itachi no dijo nada. Utilizaba todas sus energías para inmovilizar sus manos. Tenía los ojos anegados en lagrimas. Estaba temblando.
Sakura había dado en el clavo.
Contempló por la ventana la danza de luces de la ciudad. Desde ese punto era posible vislumbrar los grises suburbios de almacenes y fabricas, monótonos sucios y productivos.
Subió la ligera pendiente hasta adentrarse en el bullicioso barrio colmado de edificios medianos y abundantes comercios. La gente transitaba tranquilamente por la calle, aún cuando los primeros vestigios del invierno comenzaban a hacerse presentes y el rumor de la media noche imperaba.
Enterrarse a si misma en Sasuke era la única vía de acción que se le ocurría a Sakura en esos momentos. La confusión bloqueaba cualquier otra opción. Por un instante pensó en doblar en el siguiente retorno y recluirse en el apartamento que había alquilado días atrás, tal vez bebería una botella entera de sake y dormiría hasta el medio día, sin embargo, la mera idea de enfrentarse a la soledad removía sus entrañas, apretando el nudo prieto atascado en su garganta.
Con la mirada clavada en el frente, contemplaba los resueltos movimientos de los limpiaparabrisas, representando las interminables oscilaciones de su mente. Confusión. Claridad. Confusión. Claridad.
—Se que lo arruine. No voy a pedirte que cargues tu también con esto, si no puedes— la cogió de la mano y la apretó—.Enfrentare yo mismo las consecuencias, pero puedo asegurarte que no la maté.
En ese instante, los fanales esmeraldas de la pelirosa recayeron en las manos de su marido. Manos capaces. Manos crueles. Era un hombre rodeado de mentiras, dispuesto a arrastrarla a ese ilusión que él mismo había erguido para ocultar la muerte de su esposa y negar la realidad, las consecuencias de sus actos.
—¿Estás dispuesto a decir toda la verdad frente al juez?— preguntó ella.
—No estoy seguro.
Retiró la mano con una repentina sensación de asco y se apartó.
—¿Por qué has esperado tanto? ¿Por qué no dijiste la verdad incluso cuando sucedió aquel incidente?
Él levantó las manos y la miró con gesto afligido y suplicante.
—No sé responder a eso, Sakura. He tratado de explicarlo. Lo siento…
—¿No te das cuenta de lo que estás haciendo? ¿Quieres que yo tome la decisión? Ya no tiene nada que ver contigo— recordó la conversación de Sasuke la noche anterior y sintió un escalofrió.
—Si tu no quieres, no. Intentaba facilitarte las cosas.
—¿No ves que lo estás convirtiendo en mi problema?— gritó Sakura. La cólera estaba dando paso a una gran oleada de desesperación. La disposición de Itachi a confesar no cambiaba la situación. En absoluto. Ella ya era responsable. Se hizo responsable desde el momento en que caminó al altar.
La lluvia cesó cuando enfiló la calle principal. Estaba atestada de coches, pero había un espacio aguardando por ella cerca del edificio de Sasuke, como si lo hubiera reservado.
Quitó la llave del contacto.
Sintió una pesadumbre inmensa dentro del pecho. ¿Era eso un ataque al corazón? ¿era eso cólera? ¿así se sentía un corazón partido? ¿era eso el peso de su responsabilidad?
Indispuesta a continuar torturándose con sus pensamientos, se apeó del coche. El gélido aire de la media noche acarició sus mejillas
Se arrebujó el abrigo hasta el cuello y, con las manos en los bolsillos, caminó por la resbalosa acera hasta alcanzar la entrada principal del apartamento. En el vestíbulo reinaba el silencio. Detrás del mostrador se encontraba el guardia de aspecto cansado con los ojos y la atención fija en el ejemplar del periódico matutino.
Sakura lo saludó en voz baja y entró en el ascensor. Mientras la puerta se cerraba tuvo un instante de pánico y se preguntó qué demonios estaba haciendo. Lo último que necesitaba en medio de ese lío era una implicación emocional. Cerró los ojos, inspiró profundamente y se resignó a las próximas horas; que pasase lo que tuviera que pasar.
Cuando llegó al tercer piso, apoyó las palmas de las manos contra la pared y se sintió como si le faltara algo.
Quizá debería regresar a casa, tomar una larga ducha y recostarse. No serviría de mucho, tantas cosas que habían sucedido en tan breve lapso de tiempo no daba para reparar en ellas, pero si para ser una crueldad.
Dio media vuelta para dirigirse al ascensor.
—¡Sakura!
La puerta del apartamento se abrió de golpe.
Sasuke llevaba una sudadera gris y unos vaqueros. Tenía un aspecto cálido y delicioso, a pesar de la preocupación trazada en su faz.
—Lamento aparecer tan tarde— se disculpó ella. En realidad, no sabía qué decir. Él la había llamado en cuatro ocasiones en el transcurso de la noche—.Sucedió algo en el hospital y yo…realmente lo siento— dijo triste.
Sasuke puso su mano cálida en la fría de ella y tiró ligeramente hasta atraerla a su cuerpo, envolviéndola en esa calidez que tanto anhelaba.
—Estaba preocupado— murmuró contra su coronilla; instintivamente, ella le rodeó la cintura con ambos brazos, aferrándose a él, como si nunca deseara apartarse de su lado.
—Lo se, y lo lamento, fui desconsiderada al no responder— susurró.
No iba a contarle a Sasuke que la ausencia de replica estaba completamente ligada a su hermano mayor. Si bien, lo que ambos habían discutido lo implicaba a él, lo mejor era ocultarlo hasta que la propia culpa y remordimiento se lo permitiesen.
—¿Te encuentras bien?— preguntó a la par que acunaba su rostro—. Estás pálida— señaló.
Sus miradas se cruzaron. El rosto del azabache, tan querido y familiar para ella al cabo de todos esos meses, le pareció extraño de repente. Se había ruborizado. Ambos lo habían hecho. Se le hundió el estómago como si estuviera en una montaña rusa.
—Sólo estoy un poco cansada, es todo— dijo, procurando ocultar el temblor en su tono de voz.
—Mira— propuso Sasuke—. Voy a darte ropa, puedes tomar una ducha caliente mientras preparo algo de sopa de miso.
Una sonrisa trémula estiró la comisura de sus labios. Aquel plan parecía fascinate, justo lo que necesitaba para olvidarse de sus problemas y sentirse como en casa.
Sin decir una palabra más, ambos se adentraron en la intimidad del apartamento. Tal como lo había sugerido, lo primero que hizo fue resguardarse en el baño. Se despojó de toda la ropa e ingresó a la ducha. El agua caliente le escocia la piel, el lienzo níveo comenzaba a tornarse rojizo ante las inclemencias de la temperatura, mas no era doloroso. Tenía la impresión que la mezcla de agua y jabón arrastrarían sus penas, se llevarían sus pecados.
Cuando terminó, en la cama encontró la muda de ropa limpia prometida por el Uchiha. Colocó la ropa sucia en el canasto y se vistió con los pantalones de chándal y la sudadera de capucha. La muda que le había dado olía a Sasuke.
—Eres mi esposa— espetó Itachi en un arranque de posesión mezquina.
—No, Itachi— notó que la rabia se apoderaba de él con un estremecimiento—. ¿Por qué quieres siquiera seguir conmigo? No estoy a la altura. Tú mismo lo dijiste aquella noche en el vivero.
—Eso es una mentira— rebatió.
—Admítelo, no éramos nosotros mismos cuando nos enamoramos y cuando pasamos a serlo… fuimos veneno. Me arrastraste al plan más sucio y desagradable posible. En realidad, no me amas, Itachi. Ni siquiera te gusto. Divorciate de mi. Divorciate e intentemos ser felices.
—No me voy a divorciar de ti, Sakura. No lo hare.
Sakura sintió como la furia hervía su sangre.
—No quiero estar casada con un hombre como tú. Quiero estar con una persona normal
—¿Y crees que Sasuke es una persona normal?— preguntó con malicia.
—No digas eso— suplicó ella cerrando los puños.
—¿Acaso crees que él no es tan culpable como yo?— dijo en tono de voz más condescendiente, como si estuviera hablando con un cachorro—.¿Acaso crees que él no asesinó a Izumi? ¿Después de todo lo que paso?
—Cállate, Itachi.
—Piensa, Sakura, sabes que tengo razón Incluso si consiguieras encontrar a un hombre agradable, normal y corriente, estarías pensando en mi todos los días.
—No lo haría.
Con aquellas palabras rondando por su mente, caminó descalza hasta el pasillo y permaneció allí escuchando, hundiendo los pies en la mullida oquita, mientras intentaba decidir si estaba preparada para unirse a Sasuke.
—¿Crees que alguna vez podrás volver a ser una mujer normal?— le preguntó Itachi, mirándola fijamente a los ojos, los cuales los tenia anegados en lágrimas.
Se quedó junto a la pared, observando al pelinegro. Se había remangado las mangas de la sudadera, dejando al descubierto la extensión de piel de sus antebrazos.
Aún le costaba imaginar que Sasuke estuviese involucrado en la muerte de Izumi. Según el argumento de Itachi, su hermano menor poseía todos los motivos posibles para llevar a cabo el asesinato, a fin y al cabo, su difunta esposa se las apañó para arruinarle la existencia. No sería una sorpresa ni siquiera para el juez y los miembros del jurado, que el Uchiha, en venganza, decidiese acabar con la vida de aquella mujer.
Aquella cavilación la dejó completamente fría.
Sasuke vertió los hongos y el tofu en la olla y se lamió algo de la muñeca. Parecía victorioso, en calma. Si lo estrechaba entre sus brazos, olería a cigarrillos y loción.
Cuando se percató de que estaba allí, acechando, con los pantalones holgados, Sasuke se apoyó contra la encimera de la cocina y dijo:
—Toma asiento, la sopa estará lista en un minuto.
La bilis y nostalgia se abrieron paso a través de su garganta.
Se sentó a la mesa y Sasuke sacó un par de cuencos de sopa de miso.
Mientras comían, los dos charlaron de los distintos acontecimientos de su día sin resaltar alguna eventualidad en particular. Sakura omitió por completo la charla con los policías investigadores y el encuentro con Itachi, nada se le antojaba menos que traer a flote temas delicados, un acto egoísta, por supuesto, pero sumamente necesario.
Al finalizar, los dos pasaron a la sala. Pese al cansancio que experimentaba horas atrás, en algún punto entre estar medio dormida y medio despierta, Sakura se encontró en los brazos de Sasuke; su boca recorriendo cada centímetro de piel expuesta.
—Eres tan suave— suspiró contra su cuello, alzando lenta y tortuosamente la holgada sudadera.
La pelirosa tiró con impaciencia de la prenda superior, despegando la tela de su torso; en un acto reflejo, Sasuke sacó los brazos, permitiéndole a ella pasar las palmas de las manos por su pecho desnudo, los brazos, la espalda. Acarició con premura su abdomen, el cual daba la impresión de haber sido cincelado por algún escultor, las yemas de sus dedos deslizándose por debajo del cinturón.
Él siseó, y sin pensarlo demasiado, atrapó sus labios en otro insistente beso, acallando el gemido que se arrastró por su garganta al notar el tacto sobre su erección contenida.
—Sakura— respiró, apretando los dientes contra su garganta—.Sakura, joder— la tomó por la muñeca inmovilizándola por encima de su cabeza en un puño.
El errático proceder de la pelirosa era extraño.
—Mi turno— masculló.
Pasó la mano libre por su frente, poco a poco bajó por la garganta, su pecho, hasta su estomago, despojándola de los pantalones, obligándola a separar los muslos.
—Quédate quieta— ordenó. Sus dedos danzaron en la parte interior de aquellos muslos de porcelana; ella se arqueó, elevando un poco las caderas.
Un sonido estrangulado escapó de las profundidades de su garganta cuando Sasuke trazó la forma de sus labios capturando la humedad acumulada.
—Sasuke— el nombre rodó por sus rojizos e hinchados labios.
—Estas mojada— murmuro—, pero no lo suficiente.
Ahuecó su tobillo a la par que acariciaba su pierna hasta regresar a su muslo, tomándose el tiempo que consideraba necesario para admirarla, deleitándose con cada centímetro de piel recién expuesto.
—Sasuke, necesito…— gimió ella, envolviendo las largas piernas alrededor de él, las uñas clavándose en su espalda.
Empujó el pulgar hacia arriba, buscando. Sin mayor impedimento, depositó un beso en el pequeño botón de nervios que coronaba su intimidad; un grito ahogado rasgó la afonía de la noche, a la par que él Uchiha delineaba círculos sobre su clítoris.
—Sasuke, por favor— suplicó.
El aludido succionaba con habilidad, como si hubiese pasado una vida entera tratando de memorizar todo lo que a ella le gustaba, sabía, exactamente, cuánta presión ejercer, qué sitio tocar, dónde colocar los dedos.
Arrastró su lengua entre los labios terciopelo, escudriñándola inquieto hasta localizar, una vez más el clítoris, rodeándolo con facilidad una vez que lo hizo.
Al igual que su mente, el cuerpo de Sakura se fracturó; con un violento estremecimiento degustó las mieles del nirvana, sometiéndose a la intensidad del abrasador orgasmo que tanto anhelaba.
—Aún estás sensible— desperdigó unos cuantos besos por la extensión de sus muslos—. ¿Segura que quieres hacerlo?— preguntó, buscando consentimiento.
Sakura asintió con un lánguido movimiento de cabeza. No podía abrir los ojos del todo, estaba demasiado cansada para hacerlo, pero quería continuar.
Sasuke respiró con urgencia. Sin necesidad de decirlo, la pelirosa enredó las piernas a su alrededor, empalándose sobre él sin poder hacer nada. Con un gruñido, la tomó por las caderas, enterrándose profundamente; Sakura estaba húmeda, el calor insoportable lo rodeaba.
Continuó apretándose contra él hasta establecer un ritmo suave, tenía la respiración entrecortada, su placer iba en aumento.
—Sakura, espera— intentó detenerla—. Estoy intentando de ser gentil— espetó.
—No lo hagas— con un movimiento fino lo obligó a cambiar de posiciones. Con las piernas temblorosas se situó encima de él, deslizándolo dentro de su cuerpo—. No quiero que sea lento— echó la cabeza hacia atrás—. No quiero que seas gentil.
Apoyó las palmas de las manos contra su pecho al mismo tiempo que lo montaba con rudeza, buscando con avidez su propio placer.
Sasuke le permitió controlar la situación. Desde esa posición no tenía ningún motivo para reclamar, sin embargo, se había percatado que, durante todo el encuentro, ella evitaba mirarlo.
Serpenteó por la extensión de su abdomen hasta presionar la punta de los dedos entre sus piernas, arrastrando el clítoris con cada movimiento de caderas.
Ella gimió, sus movimientos tornándose más rápidos y, demonios, no pudo contenerse más. El Uchiha se inclinó hacia adelante, derrumbándose contra su pecho, rompiendo el control.
Un grito de satisfacción brotó de las profundidades de su garganta al alcanzar, por segunda ocasión, el orgasmo.
Durante un segundo o dos, ninguno de los dos recitó palabra.
Mientras yacían tendidos en el sofá, Sasuke acarició su espalda con dulzura, procurando calmar los pequeños temblores que sacudían el cuerpo de la pelirosa.
—¿Estás bien?— quiso saber.
Sakura lo contempló; su mirada reflejaba el insulto, pero en su mayoría solo se vislumbraba el cansancio.
Él sonrió. Le apartó el cabello del rostro húmedo y sonrojado.
—Fue una pregunta estúpida— admitió.
Convulsa, se apartó de él sintiéndose extrañamente vacía.
Los dos permanecieron juntos, uno a lado del otro; el sonido de sus respiraciones entrecortadas llenaba la habitación, alzándose por encima del ruido de los coches y bullicio nocturno del exterior.
En aquel momento quiso besarlo, tal como lo había besado la primera vez; entrechocando sus labios, con a cara ladeada frente a la de ella, haciéndole cosquillas con la yema de los dedos, un beso húmedo, intenso mientras se afanaba en no pensar nada más que en las caricias compartidas, porque habría sido peligroso pensar en cualquier cosa al margen de lo agradable que resultaba. Lo único que le impidió hacerlo no fue lo mal que hubiese estado — su relación era incorrecta de muchas maneras—, sino que ahora todo resultaba peligroso y confuso.
Y porque Itachi estaba allí. Al fin, Itachi volvía a estar allí; aquella voz que se había alojado en su oído durante las ultimas horas, la voz de su esposo.
—Dos investigadores acudieron esta mañana al hospital para charlar conmigo— dijo al fin, con mas urgencia de la que pretendía, sintiéndose como si estuviera sosteniendo un techo a punto de derrumbarse.
El Uchiha mantuvo la vista al frente, en algún punto desconocido en el espacio y tiempo; lucía meditabundo, e incluso, asustado.
—Lo sé.
Impresionada, Sakura parpadeó no sólo una vez, sino en tres ocasiones. Si Sasuke estaba molesto no lo había demostrado, permanecía absorto en un estado de extraña serenidad casi enfermiza.
—¿Cómo…?— titubeó.
—Estuvieron aquí hace unas horas— la interrumpió—. Me escoltaron a la comisaria para llevar a cabo un interrogatorio.
—Yo, realmente no lo sabía— susurró; su voz sonó estrangulada. Sintió nauseas al recordar las avasalladoras preguntas de los detectives.
Estudió a Sasuke como si de una criatura exótica se tratara. Después de la reveladora charla, ella pensó que el hecho de reabrir el caso quien se vería más satisfecho sería él, pero al toparse con su rostro apacible sólo halló duda y un ligero tinte de contrariedad.
El Uchiha se giró hacia ella y pasó un dedo por el contorno de su mandíbula.
—Lo lamento— murmuró sonando genuinamente afligido.
—¿Por qué te disculpas?— preguntó ella, confundida.
En su faz era posible atisbar el dolor contenido en sus orbes negros. Estaba asustado, pero no iba a admitirlo.
—Por arrastrarte a este infierno— continuó—. No deberías estar involucrada en esto.
Un nudo le estrujó la garganta.
—Nada de esto es culpa tuya, Sasuke— dijo Sakura, apoyando la mejilla contra su hombro.
Continuaron sentados en silencio, iluminados por el resplandor del televisor.
Ella permitió que sus ojos se cerrasen. «Nada de esto es tu culpa», recitó para sus adentros.
—Lograremos venderla a un buen precio— espetó la elegante agente de bienes raíces mientras deambulaba por la sala.
El sitio estaba completamente vacío, a excepción de unas cuantas cajas dispersas en la geografía del lugar. Dentro de poco colgarían el cartel que anunciaba la venta del apartamento. Con el mercado en alza, conseguiría una buena remuneración.
Estaba cansada de distribuir cosas, apartando esto y aquello para ella misma, preparando bolsas para la beneficencia y otras para la basura.
—¿Cuánto tiempo tardará?— cuestionó, esperando no sonar desesperada.
—Podría tomar unas cuantas semanas, pero lo dudo— contestó la afable dama con una sonrisa perfectamente ensayada, falsa—. Es una joya, tanto por la ubicación como por el estado del inmueble. Muchas familias hoy en día buscan espacios reducidos, céntricos. Este apartamento es perfecto.
Sakura volvió la cabeza para admirar la belleza del ocaso enmarcada por el enorme ventanal de la sala. Aspiró los aromas del polvo y la humedad y sintió una inmensa nostalgia, como si ya hubiera tomado una decisión.
Podría mudarse a un sitio nuevo, empezar desde cero con su reputación intacta. Ahora todo se había vuelto demasiado complicado. Cuando los pormenores del caso salieran a la luz, probablemente la gente pensaría que ella había orillado a Izumi a tomar esa decisión. La única solución era irse. Era lo que había que hacer. Lo mejor para todos.
Como si la mujer fuese capaz de leer su inquietud, se aproximo a ella, dejando caer una mano sobre su hombro.
—No tiene nada de qué preocuparse— la aseguró, estrujando ligeramente la zona—.Su patrimonio esta en buenas manos.
Sakura asintió. Sabía que sus decisiones eran precipitadas. Sin embargo, algo en su interior le decía que debía escapar cuanto antes de la tormenta.
—Gracias— dijo. Detestaba las miradas compasivas que la gente le dedicaba. Por un instante, en medio de todo el caos, deseo estar sola.
La reunión llegó a su fin pocos minutos después. Se detuvo en medio de la sala y se mordió el pulgar. No importaba cuantas veces se dijese a si misma que tenía que recuperarse de una vez y seguir su camino. Continuaba perdiéndose en un laberinto de asociaciones, sendas emocionales que conducían a una infelicidad más profunda. Escapar de Konoha era una vuelta a una trayectoria personal, su propia y nueva senda, apacible y solida.
El timbre del teléfono sonó armoniosamente. Con pesadez, caminó hasta el vestíbulo para averiguar qué sucedía. Probablemente se trataba del furgón de la mudanza o algo relacionado.
—¿Sí?— contestó, procurando disimular el hastió.
—Buenas tardes, Haruno-san. Dos hombres la buscan en la recepción, al parecer son detectives.
Sakura parpadeó durante un par de segundos.
—Estaré abajo en un minuto, gracias.
Con las manos temblorosas y los nervios a flor de piel, cogió el abrigo del perchero y abandonó el apartamento.
Mientras descendía por el elevador, evitó a toda costa vislumbrar su reflejo en las pulidas paredes metálicas; estaba nerviosa, y con justa razón. La visita de los detectives suponía un mal presagio.
Tan rápido como las puertas se abrieron, se precipitó al exterior, ignorando las miradas insistentes de los inquilinos a su alrededor.
—Gracias por venir— recitó Kakashi con voz adusta—.¿Podemos hablar en un lugar más privado?
Dubitativa, intercaló la mirada entre los dos detectives. La idea de que ambos expurgaran su vida le removía las entrañas.
—¿Vamos a la oficina?— sugirió Genma.
—¿A la comisaria?— respondió sorprendida—. ¿Van a arrestarme?
Kakashi sonrió.
—¿Por qué habríamos de hacerlo?— arqueó una delgada ceja, permitiéndole entrever la delgada cicatriz que surcaba el párpado hasta coronar el pómulo.
—Sólo queremos más información. Sería más fácil hablar allá— agregó el castaño.
Sin más remedio, accedió. Estaba exhausta. Así que se dejó llevar. Permitió que ambos recurrieran a sus desgastados modales y le abrieran la puerta del coche, como si fuera una delincuente.
El trayecto lo realizaron en profundo y absoluto silencio, con la estación de música clásica proveniente de la radio de fondo .
Pensó en llamar a Sasuke, pero sería una terrible idea.
La Comisaría de Policía se ubicaba al otro extremo de la ciudad. Se trataba de un edificio discreto, sin detalles que resaltar, la arquitectura era monótona y aburrida, perfecta para un sitio como ese. Entraron y recorrieron rápidamente un pasillo que llevaba a un cuartito de reuniones. Para tornar la situación más surrealista, el detective Hatake le ofreció a Sakura un café. Ella casi sonrió cuando se negó.
Prefería beber una botella completa de sake, estuvo a punto de vociferarlo, pero en realidad tampoco quería beber.
—¿Necesito un abogado?— preguntó al cabo de un largo minuto en mutismo.
Los investigadores se miraron.
—Me atrevo a decir que no es necesario— respondió el detective Shiranui, sonriente.
—Probablemente desee llamar a su esposo— intervino de repente el peliblanco.
¿A qué venia eso? Por supuesto que no iba a llamar a Itachi. Sakura lo miró con expresión grave.
—No— se negó.
Los dos escribían. El castaño tomaba notas en un bloc desgastado y el otro rellenaba un formulario. De sus vasos de café se elevaba una columna de vapor.
—Supongo que esto debe ser muy difícil para usted— aventuró el detective Hatake con un gesto de asentimiento y la expresión amable y evasiva.
—No tengo la menor idea de a qué se refieren con esto— repuso la pelirosa, mirando alternativamente a uno y a otro policía—. Apenas sabía de la existencia de Uchiha Izumi. Lamento mucho lo qué sucedió con ella. Es terrible.
Los hombres se miraron. Sakura notó el silencioso diálogo establecido entre ellos. No estaban de acuerdo.
Genma se inclinó hacia delante, apoyó los codos sobre la mesa y preguntó:
—Señora Uchiha— musitó.
—Haruno— lo corrigió de inmediato, irritada—. Haruno Sakura.
El detective esbozó una sonrisa media.
—Una disculpa, señora Haruno— dijo—.¿Ha escuchado algo del caso Muranaka?
La aludida se quedó sin habla. Sacudió la cabeza, intentando entender.
—Pensé que esto se trataba de Uchiha Izumi.
—Así es— confirmó Kakashi muy serio—. Se trata de Izumi Uchiha. Lo preguntaré de nuevo: ¿sabe algo del caso Muranaka?
Ella permaneció en su asiento, helada.
Luego de la conversación con Sasuke, su cerebro se encargó de traer a flote una serie de recuerdos reprimidos o, mejor dicho, intranscendentes.
El caso de Muranaka Tamaki paralizó a la Nación entera una década atrás.
A su mente arribó el recuerdo de una clase en particular: medicina forense. Tamaki era una niña que, de no haber muerto, probablemente tendría su edad y estaría compartiendo clases con ella.
Los reportes compartidos por la policía y el departamento de investigaciones indicaban que había sufrido un traumatismo craneoencefálico, el arma con el que fue golpeada era una rama; su asesino le asestó un golpe en la sien derecha, matándola al instante.
Encontraron su cuerpo semienterrado en el bosque, unos cuantos días después de emitir la ficha de búsqueda.
—No entiendo cómo el caso de Muranaka Tamaki pueda estar relacionado con el de Uchiha Izumi— mintió.
Una sucesión de circunstancias concretas, en un orden concreto, encausaban en acontecimientos maravillosos que determinaban la felicidad de algunas personas para el resto de su existencia. A veces, otra serie de hechos desafortunados acontecidos en su propio orden, tornaban la vida de otras personas en un infierno, o se veía irremediablemente interrumpida por la muerte, o ambas cosas, tales hechos en distintos grados.
Gracias a Sasuke, era de su conocimiento que tanto los hermanos Uchiha como la esposa de Itachi, estaban involucrados en la muerte de Tamaki.
—Oh, están más entrelazados de lo que usted imagina— replicó el detective Hatake—. Nos tomo un tiempo averiguarlo. Supongo que su esposo debió mencionar algo respecto a su pasado.
Los policías la miraron muy serios. Genma frunció los labios, inclinó la cabeza. La luz fluorescente se reflejó en su rostro.
—La familia Uchiha no es extraña para nosotros. Anteriormente se han visto involucrados con unos cuantos problemas legales.
Explicó con un tono como si no quisiera pasarse de la raya. Había en su conjetura un ápice de lástima y crueldad al mismo tiempo. Una mezcla tan corrosiva que Sakura se encogió de hombros como si la hubieran pinchado. Los detectives la miraban fijamente, esperando su respuesta.
—Eso no es posible— respondió, reuniendo toda la autoridad de la que fue capaz—, quiero decir, no lo sabía.
Kakashi se recostó en la silla. Permaneció un largo rato así, mirándola como si quisiera desentrañar información codificada. Luego tomó una decisión.
Cansado, Genma se puso de pie para alcanzar una enorme caja dispuesta en el fondo del cuarto de interrogatorios. Colocó la caja sobre la mesa, le quitó la tapa y la puso en la silla junto a él. De allí sacó un expediente. No era muy grueso.
Cuando Kakashi abrió, Sakura vio con sorpresa las fotografías de los pequeños hermanos Uchiha. No podía creer lo que veía.
—Señora Haruno— intervino Shiranui—, puede que no esté al corriente de la participación de su marido en la desaparición y asesinato de Muranaka Tamaki.
Kakashi levantó el papel y lo observó atentamente, mientras Sakura contemplaba la foto de Sasuke.
—De acuerdo con las investigaciones previas, los hermanos Uchiha, junto con Izumi Reizei, de soltera, Uchiha de casada, fueron los responsables de tan lamentable suceso.
—¿No sabía nada de esto?— pregunto el peliblanco.
«No digas nada— le advirtió una vocecita en su interior—. No les des nada que puedan usar para empeorar la situación». Hizo un gesto negativo.
—No tenía noción— consiguió responder.
—Es una lástima— Kakashi se encogió de hombros.
—Me gustaría acabar con esto ahora— exigió a los policías.
—Eso es imposible.
—¿Seguros que no necesito un abogado?
—Señora Haruno— replicó Genma enfadado—.¿Para qué quiere un abogado? ¿Está usted ocultando algo que nosotros desconozcamos? Porque, en ese caso, necesitará un abogado muy bueno.
Sakura notó que le ardían las mejillas, la garganta. Pero no lloraba, no iba a romperse en llanto frente a ellos.
—De modo que perdone que se lo pregunte, señora Haruno. Me enfadaré de verdad si continúa diciéndome que no sabe nada respecto a estos temas, que todo es un error y que su marido y cuñado son inocentes. No sé lo que piensa hacer a continuación, pero ya se lo dije: no los proteja. No seria una decisión… ¿Cómo decirlo?, inteligente. Desconozco si usted es buena en su trabajo, pero yo soy muy bueno con el mío, y encontraré a los responsables de la muerte de Tamaki e Izumi. De modo que, si sabe usted algo, este sería el momento apropiado para decirlo— recitó Kakashi en tono monótono.
Sin embargo, la pelirosa guardó silencio, porque tenía el alma en vilo y la boca llena de aire; ya nada la sostenía, estaba cayendo y cayendo. Nada amortiguaría la caída.
Debió pasar alrededor de dos horas en salir. O tal vez tres, no sabía con exactitud, pero cuando salió a la calle, la oscuridad de la noche recubría cada rincón visible desde el exterior de la Comisaría.
Notó el frio adormecedor de Noviembre y el sueño de la hipotermia. En otro momento le habría preocupado, pero ese día no le importaba en absoluto.
Los detectives no se ofrecieron a acompañarla a casa, y de haberlo hecho, ella se habría negado rotundamente. No podía esperar a salir de allí, de ese horrible lugar con la sala de espera rebosante de personas desgraciadas.
Absorta en sus pasamientos, caminó cabizbaja por la calle principal. La estación de tren más cercana se ubicaba a siete cuadras al sur, probablemente su servicio estaría suspendido, pero eso tampoco la perturbaba. No lograba quitarse de la cabeza la idea de que la gente a su alrededor captaban algo en ella que no era capaz de ver. Se ponía enferma sólo de pensarlo.
Cuando llegó a la esquina, comprendió que no podría seguir haciendo las cosas normales de su vida. Giró hacia el sur y caminó a paso rápido por la lóbrega arboleda. El viento helado le azotaba las mejillas y la desolación aullaba junto a ella.
El móvil confinado en el bolsillo de su abrigo comenzó a retorcerse entre vibraciones y el molesto tono de llamada.
Lo primero que saltó a la vista fue el nombre de Ino reflejado en la pantalla. No le importaba contarle la verdad a su mejor amiga. Podría haberle explicado sus problemas y aliviar así su carga de preocupación, pero el instinto de mentirle había sido una reacción puramente instintiva, debía guardarse todo el veneno para ella.
—¡Por fin respondes!— bramó la rubia al otro lado de la línea. Aquella reacción tan abrupta se le antojó maternal—.¿Dónde demonios estás, Sakura? He intentado localizarte desde hace dos horas.
—Estaba en la Comisaría— respondió extrañamente calmada; su voz resonó ajena, demasiado calmada para la situación en la que se encontraba.
—¿Por qué? ¿sucedió algo malo?— cuestionó la mujer, insistente.
Sakura frenó en la paso en medio de la calle desolada.
—Querían que respondiera unas cuantas preguntas relacionadas con Itachi y su familia— explicó sin ahondar en detalles.
—¿Por qué los acompañaste?
—Porque era la forma más directa de saber qué pasa.
—Esto es muy mala idea, Sakura. Debiste llamar a un abogado— dijo a bocajarro.
La pelirosa cerró los ojos y soltó un suspiro; el aliento condensándose en la fría brisa que rodeaba el ambiente.
—Ino— murmuró suplicante—. Te llamo después ¿está bien?— lejos de otorgarle el tiempo suficiente para emitir una replica, cortó la llamada de tajo.
Subió corriendo colina arriba y pasó por delante del lugar donde los trenes emergían al exterior. Y como si lo hubiera pedido, un coche se materializó a su lado en cuanto llegó a la esquina de la calle. Sakura se apresuró a su encuentro.
—Hola— dijo sin aliento—. Gracias por venir— se encogió de hombros.
Desde el asiento del conductor, Mikoto le dedicó una mirada adusta.
—Es lo menos que podía hacer ¿te encuentras bien?
El repentino gesto de consternación le resultó extraño, pero genuino. Pese a la relación que compartía con su suegra, Sakura no sabía a quien acudir. Así que recurrió a la ultima alternativa.
—Si, lo estoy— respondió.
—En ese caso será mejor que subas, hace frío y debemos marcharnos.
Sakura empleó sus escasas fueras para no venirse abajo mientras iba en el asiento del copiloto con una persona a la que no conocía muy bien, rumbo a un destino incierto para un propósito desconocido.
Continuará
N/A: ¡Hola, hola, gente bonita! Me alegra estar de regreso con ustedes. Se que les he obligado a permanecer en suspenso durante largo rato (y me siento terrible por ello), pero aquí estoy de nuevo, con una actualización para compensar el tiempo de espera.
Más allá de otorgarles excusas absurdas, me gustaría abordar algunos puntos de la historia:
A partir de este punto, los capítulos serán más extensos. Realicé algunas modificaciones y, si mal no recuerdo, estamos a siete capítulos para concluir el fic.
Mantener el hilo de suspenso supone un trabajo enorme, pero puedo asegurarles que todavía quedan algunos misterios por resolver, preguntas por responder y mucho drama por afrontar.
Así mismo, créanme que ha sido TODO un trabajo plasmar la dinámica de la relación ItaSaku y SasuSaku. Como podrán darse cuenta, son una contraparte, pero cada una con sus fallas. Lo único que puedo decir al respecto es que no esperen un final feliz, sino apropiado. La historia gira en torno a Sakura y su desarrollo como persona al verse inmersa en una situación indeseada.
Sin nada más que añadir, y como siempre lo digo, muchísimas gracias por dedicar unos cuantos minutos de su valioso tiempo para leer este rebuscado y dramático fic. Así mismo, mil gracias por añadir a sus favoritos y dejar un bonito review. Permanezco atenta a sus comentarios y, como saben, siempre son bien recibidos.
¡Cuídense mucho! Espero leernos pronto. Ojalá hayan disfrutado tanto de la lectura como yo al escribir el capítulo.
¡Saludos! ¡Les envío un fuerte abrazo donde quiera que se encuentren!
¡Hasta la próxima! ¡Bye!
Shekb ma Shieraki anni
