Disclaimer: Los personajes de Naruto, así como el universo donde se desarrolla la historia no me pertenecen ni son creaciones mías, todo es obra de Masashi Kishimoto.

El susurro de las cosas rotas

Capítulo 19

Inclemencias

En la pantalla apareció en primer plano la cara de un pequeño Sasuke. Lucía completamente distinto al hombre que conocía hoy en día. Aquel sólo era un niño al que le habían arrebatado la inocencia, obligado a rendir una declaración confusa respecto al asesinato que marcaría el resto de su existencia.

Nerviosa, estuvo a punto de abandonar la sala. Pero, al cabo de un minuto o dos, estaba pendiente de la pantalla. De hecho, la actitud de Sasuke era tan fascinante que, al principio, apenas podía escuchar lo que decía.

El escenario de la entrevista era una de las salas de interrogatorios. Estaba sentado en una silla y, a su lado, Mikoto y Fugaku permanecían como dos estatuas de mármol, con los rostros estoicos y el cuerpo tenso.

La voz de la psicóloga sonaba apagada, y sus preguntas tenían un tono deferente, casi tierno, como si temiera ahuyentar a Sasuke.

Le pidieron que relatara con lujo de detalle los acontecimientos de aquel día en orden cronológico; la vida de un niño de ocho años normalmente se consideraría invariable, sin embargo, cuando un pequeño se veía involucrado en un escabroso accidente como lo era un asesinato las cosas adquirían diferente significado.

Sasuke había aprendido desde los cinco años la importancia de atenerse a lo que se ha dicho antes, por lo tanto, no era de extrañarse que su historia encajara a la perfección con los testimonios de Izumi e Itachi. Cualquiera se atrevería a poner en vela de juicio la veracidad de los mismos, después de todo, los sospechosos no eran más que unos niños, al igual que la víctima.

—Detenlo ya, he visto suficiente por hoy— espoleó Sakura, reclinándose en la silla; la mirada perdida.

—Aun no termina— comentó Shisui en tono conciliador.

El abogado de la familia consideraba prudente otorgarle el contexto de la situación sin maquillaje ni mentiras, después de todo, Sakura tenía un papel importante a la hora del juicio.

—Se que Sasuke e Itachi son inocentes— razonó ella, como si intentase convencerse a si misma de eso.

Itachi despegó la mirada de la pantalla para vislumbrar a su primo, quien, sin problemas interpretó el significado oculto en los ojos del pelinegro percatándose como asentía con la cabeza de manera casi imperceptible.

Sakura estaba especialmente nerviosa. No sólo tenía miedo por su esposo y Sasuke. Todavía estaba afectada por el asesinato de Tamaki, una niña que no había conocido y de la que no tenía idea de su existencia hasta hace algunos días. Cualquiera podría esperar que la pelirosa estuviera más preparada que todos a su alrededor. A esas alturas ya debería saber que la vida continuaba. Incluso la violencia más extrema, al final, se veía reducida a material de un juicio: resma de papel, unas cuantas pruebas, una docena de testigos dudosos y vacilantes.

—Bien, en ese caso debemos discutir otro asunto: hablaremos sobre el juicio— comentó, tomando el informe del caso.

Sakura palideció de golpe y se envaró de forma automática. Todos sus gestos lo expresaban, la actitud artrítica de su propio cuerpo, el tono apagado de su voz. Se esforzaba por mantener la compostura y no le resultaba fácil.

—Cómo bien sabemos, Sakura no rendirá declaración, sin embargo, en mi papel como abogado, es mi deber prepararla para lo que viene— sentenció Shisui con simpleza al tiempo que detenía la grabación.

La mirada de la aludida boicoteó la del azabache y vagó por la sala. Inconscientemente, se posó sobre la pantalla del televisor donde el rostro de Izumi estaba detenido. La miró por un segundo o dos mientras intentaba prestar atención a su alrededor. Los ojos negros, tan similares a los que enloquecían, le parecieron vacíos, lejanos.

—Pensé que mi presencia seria suficiente apoyo moral para mi esposo— recitó con una naturalidad que la sorprendió. Era un comentario mordaz, pero cierto.

—Oh, por supuesto que no— sonrió—. Ambos deben mantener las apariencias, los medios comenzaran a seguirlos con tal de sacar información del caso— explicó mientras bordeaba la oficina hasta sentarse detrás del escritorio—. Si ustedes no sienten que están juntos, el jurado tampoco conseguirá verlo.

Pretender. Shisui Uchiha solicitaba explícitamente que ambos fingieran, proyectar la falsa imagen de un matrimonio feliz, mismo que había finalizado antes de tocar las puertas del primer aniversario.

Ella parecía afectada. Su mano izquierda, con los dedos largos y las uñas nítidas, colgaba del apoyabrazos. Itachi se acercó para tomarle la mano y enlazó sus dedos con los suyos para que ambas manos se transformaran en un punto. Al atisbar el punto de unión, Sakura tuvo un momento de sentimentalismo. Una simple palabra, un gesto, un tono de voz tenían el poder suficiente para hacer florecer muchos recuerdos.

Shisui dejó escapar un suspiro cansino, al borde la originalidad. Extenuado, estrujó los parpados y presionó con dos dedos el puente de la nariz, tal vez procurando no perder el ultimo atisbo de cordura remanente en las profundidades de su mente.

—No lo estoy sintiendo— admitió

La mujer se abrumó un poco cuando notó lo cerca que estaba Itachi. Lo observó por un momento; el suficiente para darse cuenta del intenso cansancio y tristeza proyectados en cada rincón de su faz. Aun así, le pareció extraño el cosquilleo que se abrió paso en su vientre al momento en que Itachi apretó su mano.

—¿Cuál es el punto de todo esto?— quiso saber con mordacidad a la par que se soltaba del traicionero agarre.

La expresión de Shisui se transformó de repente. Miró a la pelirosa sin disimular su inquina y decidió dejar atrás el tono conciliador de la conversación.

—Los dos tienen que estar unidos en la sala— murmuró Shisui, echándole un vistazo fugaz al expediente del caso de Izumi—. Estarán dando testimonios todos los días a cada minuto del juicio. El jurado los observara buscando señales, ¿él es sensible? ¿ella le cree? ¿lo sigue amando?, los estarán analizando constantemente, individualmente y como pareja.

Sakura se removió en su asiento, solivianta. De no haber aceptado la propuesta de matrimonio de Itachi, se habría evitado todo ese embrollo. Jamás cruzó por su mente que, un hombre tan encantador como el Uchiha, guardara un secreto tan pérfido y peligroso como el suicidio de su ex esposa.

La acusación de homicidio contra él era una granada —que inevitablemente los destruiría a todos; sólo quedaban por definir los detalles—, pero la invadió una extraña necesidad de calma.

Lo cierto era que habían hablado muy poco en los últimos días. Por milésima vez le pasó por la cabeza que se encaminaban al divorcio. Pasará lo que pasará con el juicio, Sakura lo dejaría cuando terminará. Tomó esa decisión poco después de saber la verdad. ¿Qué significaba descubar que se había casado con él engañada? ¿Debía sentirse traicionada?

—Shisui, me temo que debo hablar con mi esposo, a solas— aclaró.

El aludido se encogió de hombros aparentando inocencia.

—Por supuesto— concedió al mismo tiempo que tomaba la taza de café y abandonaba la sala.

Cuando el pelinegro estuvo lejos del oído, Sakura abandonó su asiento. Estaba demasiado inquieta para permanecer sentada un minuto más. Comenzaba a sentir que se asfixiaba, tenia la impresión de que las paredes comenzaban a achicarse.

Colocó ambas manos en su cadera y dejó escapar el aire contenido en sus pulmones en una sonora bocanada.

—Estás molesta— señaló Itachi, cauto.

—Estoy furiosa— lo corrigió sin inmutarse en ocultar la tirria en sus palabras.

Ella lo miró con reproche antes de continuar.

—¿Cómo pudiste protegerla?— le espetó ella en tono estridente, próximo al alarido—, mejor dicho, ¿cómo pudiste involucrar a Sasuke en esto?

—Fue un accidente, ella no quiso hacerlo— rebatió.

Sakura asintió, impertérrita, aturdida por la decepción, por Itachi, por su falta de honestidad.

—¿Hablas en serio? ¿Ahora consideras que Izumi es inocente?— comenzó a deambular por la sala como una fiera enjaulada—. ¡La ayudaste a ocultar la evidencia!— le recordó, resaltando aquel hecho como si no fuese obvio.

—Sólo estoy abierto a la idea— se encogió de hombros.

—¿Estas abierto a la idea de que tu hermano asesino a Izumi por venganza?— sus palabras eran álgidas, hostiles, tan mortíferas como la hoja de una daga atravesando su pecho.

Itachi la miró con expresión de reproche.

—Claro que no— en sus ojos se vislumbraba un leve atisbo de contrición—. No seas ridícula.

Los resuellos de Sakura, que desde hace algunos minutos se habían tornado en un rito apresurado, se aceleraron aún más y luego se detuvieron de golpe. Ella sabía que lo más sano para ambos era hablar con sinceridad, aún si la confianza se había perdido por completo.

—Itachi, ¿Por qué no me lo contaste antes?

—Porque no tenía importancia. Porque yo nunca he sido así. Yo no soy un asesino.

—Pero no confiabas en que yo lo entendiera así— dijo; el dolor comenzaba a proyectarse en sus hermosos ojos verdes.

—No. Sakura, no es eso— dijo, alzando la voz unas octavas.

—¿Es porque no salió nunca el tema?— inquirió, alternando el peso de una pierna a la otra.

—No— sacudió la cabeza—. Al principio yo no quería que me asociaras con eso. Conforme fue pasando el tiempo, cada vez parecía menos importante. Éramos tan… felices…

—Así que decidiste hacerlo cuando no tenias alternativa.

Ambos recayeron en un silencio consternado; tal como sucedía cada vez que hablaban del tema, aprovecharon la afonía para asimilar el significado de sus respuestas, demasiado atónitos para vociferar palabra, demasiado cansados para continuar con esa lucha de tira y afloja.

—Sakura, no ha cambiado nada. Esto no cambia nada. Soy la misma persona de la que te enamoraste— insistió Itachi al cabo de un rato.

—Vale.— Dirigió la mirada hacia el suelo—. Lo único que puedo decir ahora es que deberías habérmelo dicho antes. Yo tenía derecho a saberlo. Tenía derecho a saber con quien me casaba.

El sonido monocorde de un suspiro cansado se escapó de los pulmones de Itachi. Rendido, se levantó de la silla, procurando acortar la distancia abismal que lo separaba de su esposa.

—Lo sabías. Te casaste conmigo. Todo lo demás es historia. No tenia nada que ver con nosotros.— Insistió.

—Deberías habérmelo dicho y ya. Tenia derecho a saberlo.

—Si te lo hubiera dicho, no te habrías casado conmigo. Para empezar, no habrías salido conmigo.

Sakura lo miro, ofendida. Detestaba que Itachi comenzara a suponer cosas por ella. Desde el inicio había sido así, una serie de suposiciones que acabaron dirigiéndolos al peor momento de sus vidas.

—Nunca me diste esa oportunidad— rebatió.

—Oh, vamos. Las chicas como tú, no se fijan en hombres así— su cabeza se movió ligeramente para acentuar la negación—.Mira, olvidémoslo—concluyó con voz rasposa.

Hubo una pausa, todavía podía haber ido todo bien. En aquel momento todavía hubieran podido sobrevivir y seguir adelante. Pero era demasiado tarde.

—Ahora ya no tiene remedio, Itachi— balbuceo con parsimonia—. Sin embargo, estás a punto de enviar a Sasuke a un terreno peligroso.

—Nunca lo haría— se apresuró a responder.

—Ya lo estas haciendo.— Suspiro—. Tu egoísmo es tan grande que no puedes ver la manera en la que estas destruyendo a tu hermano. Izumi está muerta.

Él la miró con frustración y mareó los ojos para no terminar fulminándola. Ella lo contempló de frente, procurando encontrar una razón para esa obsesiva lealtad. Fue en vano; al igual que como le pasó en los meses, no consiguió dar con la causa.

—Amar a una persona profundamente y hacer todo por ella es humano. Atacar a alguien en un arranque de rabia es humano— pronunció, vedando los pensamientos de su esposo—. Pero matar a una niña a golpes, ocultar la evidencia y obligar a tu hermano a guardar silencio, eso, Itachi…eso es monstruoso.

Lejos de aguardar un instante más por su respuesta, la pelirosa efectuó una mueca de frustración; alcanzó su bolso. Cuando sus pies estuvieron listos para marcharse en cuanto antes de esa abrumadora atmosfera, la voz de Itachi hizo eco en la habitación hasta colarse en sus entrañas.

—Sakura— repitió su nombre en tono adusto—.¿A donde vas?

—Necesito un descanso, ya tuve suficiente de toda esta mierda.


Sakura se detuvo en la entrada, bajo la lluvia, volvió a sacar el móvil del bolsillo y lo miró con odio. Luego lo guardó de nuevo y siguió adelante.

El hospital era un terreno fértil y abandonado para ella, ahora mismo el único refugio donde podría ocultarse tras el drama protagonizado por su esposo y su ominosa familia.

Los hospitales no eran lugares normales de trabajo. Las tiendas y los restaurantes se vaciaban por la noche y cerraban hasta el día siguiente. En una oficina se apagaba una luz detrás de otra hasta que el ultimo trabajar se marchaba dejándola a oscuras. Pero los sanatorios no se vaciaban nunca, jamás cerraban sus puertas. Vibraban con lo que pasaba dentro, palpitaban continuamente, estaban en permanente estado de emergencia. Itachi los encontraba desagradables, pero ante los ojos de Sakura eran fascinantes. Ahí mismo se presenciaban incalculables historias trágicas: vestigios de reconocimiento y cambo, de fervor religioso, de redención, reconciliación y pérdida.

Aún así, Sakura se encontraba en un constante estado de alerta. Después de todo, los medios la habían dado a conocer como la abnegada esposa de Uchiha Itachi, acusado de asesinar a su anterior compañera de vida, Izumi.

En la entrada principal se topó con un pequeño grupo de médicos residentes. Uno de ellos se tomó la libertad de otorgarle una mirada tensa que la pelirosa supo comprender sin la necesidad de atisbarle directamente a los ojos. Los pormenores del caso de Izumi ya se habían esparcido por todo el hospital.

De camino a su consultorio optó por utilizar las escaleras. Se sentía como si la rodeara un halo de luz que le daba un aspecto sospechoso, como si hiciera algo prohibido. La inmensa necesidad de salir de allí cuanto antes la sacudió con brusquedad. Daba la impresión que todo el personal se había sincronizado para dedicarle miradas de odio en perfecta sincronía. Tal vez lo decidieron esa mañana en una de las tantas reuniones celebradas antes del pase de visita.

—En el pasado, cuando tenía trece años, fue sospechoso del asesinato de Tamaki. Su familia consiguió disipar la atención del caso. Eso es privilegio— comentó una de las presentadoras en la televisión. La reapertura del caso de Izumi había generado revuelo en la sociedad—. Aquel fue un asesinato feroz, la cabeza de la niña fue casi licuada, ¿y no se le consideró un peligro para la sociedad? Es obsceno.

Sakura dio un paso al frente con un movimiento tan ruidoso y doloroso como arrancar una tira de velcro. El piso bajo sus pies pareció inclinarse a un lado.

—¿Haruno-san?

Oyó que alguien la llamaba, pero en un dialecto que ella apenas entendía. No se sentía con fuerzas para descifrarlo, de modo que decidió continuar con la marcha en dirección a su consultorio. Pasó junto a la enfermera sin mirarle y no volvió la vista atrás.

Avanzó por el pasillo sin consciencia de ello. No era como cuando caminaba y pensaba al mismo tiempo, sino como un despertar por la noche, comprobar la hora en el despertador y volver a sumirse en la oscuridad. Y así pasar la noche de sobre salto en sobresalto, sin descansar de verdad. Su mente funcionaba a una velocidad vertiginosa, era inútil tratar de pararla.

—¡Sakura!

Sintió una sacudida, una punzada de dolor.

Detuvo el paso al percatarse de la presencia de Ino.

—Estuve llamándote toda la mañana— reclamó la voz de la Yamanaka.

La pelirosa le hubiese fulminado con la mirada si no hubiese estado tan nerviosa.

—Lo lamento, acudí con Itachi a la oficina de Shisui para hablar sobre los pormenores del juicio— replicó con calma: la rubia junto las vejas en un falso gesto de cavilación.

—¿Vas a declarar?— apostilló Ino, siguiendo a su amiga al interior del consultorio.

El ultimo tema que deseaba abordar era todo el drama en el que estaba inmiscuida, sin embargo, Ino era la única persona con la que contaba en el mundo, le había brindado su apoyo en el instante que ella le contó todo sobre la carta de Izumi.

—Mi testimonio no es relevante ¿sabes?— su pose se relajó al llegar al otro extremo del escritorio, casi como si le acabasen de quitar un gran peso de encima—: conocí a Itachi después del suicidio de Izumi.

Cansada, se sentó en la vieja silla giratoria desviando la vista del retrato donde ella e Itachi el día de su boda, se afanó en disipar los pensamientos absurdos que empezaron a rondar por su cabeza.

—Él asegura no haberla asesinado y todo lo referente al caso Tamaki, bueno, dice que sus acciones fueron motivadas por el amor— susurró Sakura, reclinándose en la silla ergonómica; la mirada perdida.

—Eso suena a un montón de porquería— comentó, haciendo uso de ese poder categórico que la caracterizaba como una de las mejores psiquíatras del sanatorio.

—Los locos cometen locuras— replicó Sakura, tardíamente.

—¿Hablas en serio?— indignada, la rubia quedó boquiabierta por la conmoción—. ¿Ahora crees que Itachi es inocente?

—Solo estoy abierta a la idea.

—¿Y estás abierta a la idea de volver con él?

—Claro que no. No seas ridícula— mintió con tanta naturalidad que la sorprendió.

En el silencio que siguió, Sakura no pudo evitar ponerse a pensar en otras cosas. Quería prestar atención, permanecer con Ino. Pero pensar en su situación le resultaba demasiado doloroso.

Oyó el llamado a la puerta, ella permitió el ingreso al inesperado visitante.

—Haruno-san— la saludó con sumo respeto la joven dama bajo el umbral; no recordaba su nombre, pero estaba segura que trabajaba en el área administrativa del hospital—. La directora desea hablar con usted, en privado— aclaró en ipso facto, echando una mirada discreta en dirección a Ino.

«Mierda», dijo la pelirosa para sus adentros. El final había llegado, no con un estallido ni con un sollozo, sino con el dulce anuncio de una afable emisaria.

—Hey, Sakura— la detuvo su amiga, tomándola suavemente de la muñeca—. Sabes que puedes contar conmigo siempre ¿verdad?

La pelirosa hizo un esfuerzo sobrehumano para esbozar una sonrisa. Hacia mucho tiempo que su vida se había visto privada de la algarabía. Toda la felicidad se había transformado en sufrimiento y pena.

—Lo sé, Ino, y te lo agradezco profundamente.

Las palabras quedaron suspendidas en el aire y, más pronto que tarde, la joven administrativa se encargó de escoltarla a la oficina de la directora, tal como ella se lo había encomendado.

Evitó preguntar el motivo de su visita, porque en realidad ya sabía lo que quería. Tenía la absoluta certeza que hablarían de todo el embrollo que suponía ser esposa de un presunto asesino.

La pesada puerta de roble de la directora estaba entreabierta, pero Sakura golpeó suavemente con los nudillos.

—¿Biwako-sama?

—Oh.

La aludida se sobresaltó y casi dio un brinco.

—¿Te ha localizado Taji?

—Estaba en mi consultorio— explicó con voz queda.

—Oh, vale.

Parecía un poco confusa.

—Cierra la puerta, ¿quieres?

Sakura cerró la puerta y se sentó en una de las sillas frente al escritorio. No pudo evitar sentirse como si fuera una niña pequeña y la hubieran llamado al despacho de la directora, aunque nunca se había sentado allí, ni como alumna ni como empleada. Siempre había sido obediente y trabajadora.

Como le pareciera que la mujer dudaba, como si no supiera bien para qué la había llamado, Sakura tomo la palabra, más que nada para echarle una mano.

—Taji mencionó que deseaba discutir un asunto urgente conmigo— le recordó, procurando lucir calmada.

—Lamento mucho la situación en la que te encuentras, Sakura, es terrible lo que ha pasado, ¿cómo estás?

Curiosamente, Biwako Sarutobi no la miraba.

Ella se quedó sorprendida.

—Oh, estoy bien— respondió. No iba a mencionarle los pormenores de la investigación. Shisui les había prohibido a ambos vociferar alguna palabra respecto al caso.

Por primera vez, Biwako la miró a los ojos.

—Esta mañana tuve una llamada con los miembros de la junta directiva, incluyendo consultoría legal— se expresó con cuidado, pronunciando despacio las palabras—.Todos piensan que tu regreso es prematuro— soltó al mismo tiempo que la miraba como si hubiera algo que no entendía.

La pelirosa se incorporó un poco en la silla.

—Estoy bien, puedo asegurarlo— rebatió.

La directora negó en silencio. Un rayo del sol se posó en su cabeza con el ángulo justo para destacar la mata de cabello platinado que comenzaba a predominar en su cabello.

—No estás escuchando, Sakura— la censuró—.No va a funcionar para nosotros. No ahora— Biwako apretó los labios y se quedó mirándola. Parecía haberse quedado sin palabras—.Sabes cuanto te apreciamos y cuan agradecidos estamos por todo lo que haz hecho todos estos años.

Sakura sintió como el corazón le golpeaba las costillas con una fuerza descomunal.

—De acuerdo— concedió ella, totalmente perpleja—. Sigo… sin entender.

—Ahora mismo no podemos permitirnos proyectar una imagen errónea a los pacientes.

—Entonces, todos piensan que mi presencia aquí es…— le costaba trabajo finalizar las oraciones. Aquello realmente era un golpe inesperado, la había tomado por sorpresa.

La directora la miraba ahora fijamente y en silencio, como si también hubiera perdido el hilo de la lógica en esta conversación. ¿Cuántos minutos llevaba Sakura en el despacho de Biwako?. El ambiente se tornaba espeso.

—No eres tu, Sakura— Biwako se incorporó en la silla y forzó una tensa sonrisa—. La junta esta preocupada por cualquier asociación negativa, ahora mismo atraviesan por apuros financieros.

Sakura se encogió de hombros y pensó: Bien, pues entonces, yo…

—No es necesariamente permanente— se apresuró a esclarecer en un patético intento por tranquilizarla—. Nadie te esta despidiendo, sólo que no es el momento adecuado, no aún.

—¿Entonces cuando?— quiso saber, ofuscada. Tuvo la impresión de verla a través de una película, como si estuviera al otro lado de un cristal o un metacrilato un poco sucio. Sólo alcanzaba a ver su contorno.

—Quiero que sepas— respondió la directora en voz baja— que realmente lamento que estés pasando por todo esto— la voz le flaqueaba un poco, como si supiera que Sakura ya no la tomaba en serio.

La pelirosa la miró con fijeza, casi se echaba a reír. No entendía nada de lo que la mujer le decía, salvo que era muy, muy malo y que tenía que ver con ella.

—Se acuerdo— contestó, y asintió con la cabeza—. Tomare mis cosas y… me parece buena idea.

No logró darle las gracias. Se levantó y salió del despacho. Ojalá se hubiera podido ahorrar la escena. Pero no podía volver. Se moría de ganas de salir de allí. Necesitaba aire, aire fresco.

Cuando llegó a la entrada principal, notó que su corazón comenzaba a comprimirse. A medida que avanzaba, se percató de sus exhalaciones a sus espaldas, y algo más que al principio no identificó, pero que era igual de ruidoso: el silencio que venia después de un estruendo. Un silencio que le seguía como una ola.

Por fin consiguió llegar al estacionamiento. Los periodistas formaban un semicírculo no muy lejos de la entrada principal.

Agachó la cabeza y se dirigió rápidamente a un extremo, pero los periodistas parecían preparados; no iban a permitir dejarla pasar. Habían formado una suerte de rebaño, y a Sakura le pareció que se habían delegado las tareas de gritar y escuchar a partes iguales.

—Perdonen— se excusó bruscamente—. Déjenme pasar.

Para su sorpresa, la dejaron pasar, porque por algún milagro todavía no se habían dado cuenta de que era diferente de la siguiente medico que salía del hospital, a la también rodearon y gritaron.

«No por mucho tiempo», pensó. Puede que fuese la ultima vez que pasaba desapercibida. Pero de momento la dejaron marchar.

Con las manos temblorosas logró desbloquear el seguro de la puerta del coche. Tan rápido como lo consiguió montó el auto.

En medio de la niebla causada por la irritación y tremenda angustia, salió del estacionamiento sin mirar atrás. Empleó sus escazas fuerzas en no venirse abajo mientras conducía por la avenida principal.


Sakura nunca supo exactamente cómo logró salir de ese sitio aterrador, y cómo llegó a su nuevo apartamento por las horribles callejuelas de la zona Este. En su mente se alternaban la parálisis y el pensamiento acelerado, y ambas cosas le resultaban insoportables. Además, estaba la vergüenza que sentía, ella no acostumbraba a experimentar algo similar.

Introdujo la llave en la cerradura e ingresó de inmediato. Dejó sus cosas en la mesa del recibidor, preguntándose si debía llamar a Itachi. Con él podría lamentarse e incluso, quejarse de todo lo que había sucedido esa tarde.

Fue hasta el escritorio del salón y abrió el cajón de en medio, donde guardaba los papeles de sus cuentas.

Tenía tres millones de yenes, sumando los ingresos por la venta de la casa de su madre y su fondo de pensiones personal. Si dimitía del hospital, podría vivir durante años con cierta comodidad.

Pasó unos minutos analizando gastos, presupuestos para emergencias, coste de alimentos y recibos mensuales en una pequeña hoja de papel, luego se estiró en la silla.

Encendió su ordenador personal y accedió a su cuenta en la página de ofertas de empleo de la Asociación Internacional de Ciencias de la Salud. Lo que había sospechado desde el inicio era cierto. Al menos diez universidades y cinco hospitales estaban interesados en sus servicios. Revisó las ofertas. Profesora numeraria, médico internista en un hospital de Iwagakure, profesora en una universidad privada…

Sonrió. Una propuesta del Hospital General de Kumogakure para trabajar con un consagrado Internista, anónimo, en un equipo de investigación. Marcó esa opción.

Al cabo de quince minutos se recostó en la silla y se frotó la frente con un gesto dramático. Siempre había odiado buscar empleo. Pero no podía desaprovechar su fama momentánea. Era momento de hacerse cargo de su vida y adentrarse en un terreno seguro.

Marcó tres de las quince ofertas como interesantes para examinar con más calma.

—Esto es una estupidez— dijo—. ¿Qué estoy planeando?— Y añadió, dirigiéndose a ese obstinado y secretista yo—:¿Qué demonios pretendes?

Sabía que no podía abandonar a Itachi en un momento tan crucial, sin embargo, no estaba obligada a quedarse. Podría tomar todas sus cosas esa misma tarde y desaparecer del mapa, marcharse a un poblado lejano donde nadie tuviese conocimiento de los Uchiha y sus crímenes, vivir como una ermitaña alejada de la sociedad, con una nueva identidad; nadie se referiría a ella como Uchiha Sakura o la esposa del presunto asesino Uchiha Itachi, simplemente sería Haruno Sakura.

El sonido del móvil desde el fondo de su bolso anunció una remota posibilidad. Sakura se olvidó de todo —de las `repuestas de trabajo, de su dignidad— para tomar el bolso de la mesa y rebuscar en el interior, apartando de lado todo lo que encontraba. La billetera, el cuaderno de notas, los bolígrafos. Tal vez parecía un animal buscando frenéticamente algo de comida. El caso era que no podía evitarlo, aunque hubiera querido.

Por fin lo encontró y lo sacó del bolso como si extrajera una perla de las profundidades. Parpadeó al ver la pantalla, porque en ella parecía el nombre de Itachi. De todas las cosas molestas que podían haber aparecido, esta era la peor de todas.

—Hola— saludó Itachi al otro lado de la línea; su voz sonaba grave, cálida, reconfortante—.¿Cómo estás?

Sakura guardó silencio un instante para meditar. Desconocía realmente lo que su cuerpo experimentaba en esos momentos, había terciado emociones como la furia, el sentimiento de tristeza y algo parecido a la nostalgia en su camino a casa, inclusive lloró de rabia, pero no iba a contárselo, lo último que deseaba era a un Itachi compasivo frente a ella.

—Perdí mi trabajo y me topé con una hora de periodistas ansiosos fuera del hospital, aguardando por mi— enlistó—.¿Cómo crees que estoy?

Siguió un silencio. Por un momento creyó que se había cortado la comunicación, pero se oía un suave zumbido de voces de fondo. Sonaba como la estuviera llamando desde la oficina.

Al cabo de un segundo o dos, dejó escapar un largo y pausado suspiro. Aún cuando la rabia flotaba a su alrededor, consiguió modular su tono de voz.

—Lo lamento, todavía me encuentro alterada— se excusó.

—¿Estás sola ahora mismo?— quiso saber.

Arrugó el entrecejo maquinalmente sin comprender del todo el cuestionamiento de su marido.

—Si, lo estoy— le aseguró en ipso facto—, ningún periodista me siguió al apartamento, si a eso te refieres.

—Bien— sonó aliviado—. Shisui mencionó que no concediéramos ninguna entrevista— le recordó—. Han permanecido afuera de la casa como buitres hambrientos.

Rápidamente, la pelirosa se dirigió hacia la ventana. Quizás se estaba volviendo paranoica. Apartó la cortina un poco y echó un vistazo a la calle principal; a simple vista no había nada fuera de lo común, los niños jugaban en el parque y las personas transitaban tranquilamente por la acera, no había rastro alguno de periodistas ansiosos o reporteros individualistas tratando de asecharla.

—¿Sigues ahí?— preguntó Itachi. Su voz grave todavía la hacia estremecerse.

—Si, te escucho— contestó, ronca. Se aclaró la garganta.

—Tal vez… deberíamos estar juntos— dijo de repente.

Sakura sintió que su columna se ponía rígida. Aquella era una sugerencia no tan a ciegas que habían discutido durante los últimos días. Shisui creía conveniente que ambos procuraran retomar la dinámica marital que habían interrumpido meses atrás. Como era de esperarse, la pelirosa se negó rotundamente, argumentando que no creía necesario mantener las apariencias en un sitio donde nadie podía verlos.

—¿Sakura?

—No creo que sea prudente— consiguió decir luego de recuperar el aliento.

—Entiendo— el tono de decepción no pasó desapercibido para los oídos de Sakura—. ¿Segura qué estarás bien?— insistió.

Un insistente llamado a la puerta capturó su atención.

—Si, lo estaré, no tienes que preocuparte.

Ella murmuró algo más y colgó. Por un momento pensó que iba a derrumbarse, a derrumbarse de verdad. En vez de eso, despacio y con deliberación, se dirigió hacia la puerta.

—¿Sasuke?— murmuró ella, perpleja, al verlo en el pasillo junto a la puerta de su departamento.

El aludido, que llevaba esperándola en el sitio desde hace algunos minutos, alzó el rostro cuando la escuchó.

—¿Qué haces aquí?— la sorpresa en su tono de voz no se vio reflejada en sus facciones. Estaba genuinamente impresionada ante la presencia del Uchiha, tomando en cuenta que habían transcurrido varios días desde su discusión en la mansión Uchiha—. ¿Te pasó algo?

—¿Itachi está aquí?— respondió, echando un vistazo por encima de su hombro al interior del apartamento.

—No.

Sakura se quedó de pie bajo el umbral, analizando las circunstancias. Hasta hace una semana, no quería verla ni en puntura, había dejado en claro su postura y le había hecho saber lo que realmente pensaba del caso. Completamente desorientada, contempló en ambas direcciones del pasillo para asegurarse que nadie escuchase su conversación.

—No es buena idea que estés aquí, no en este momento, alguien puede verte— le respondió cortante.

—Tranquila, fui sumamente precavido al respecto.

Sakura apretó los labios.

Por más que deseara refugiarse en sus brazos, sabía que no era lo correcto. Si le permitía ingresar estaría rindiéndose ante él sin problemas.

Abrió los labios para emitir una negativa, buscando la manera de enviarlo de regreso a casa sin ser tan dura, pero no pudo. No fue capaz de hacerlo porque verlo frente a ella solo le hizo perder el poco juicio que habitaba en su mente.

En silencio, se hizo a un lado para permitirle el ingreso, cerrando la puerta tras de si una vez que el Uchiha se adentró en el recibidor.

—Sasuke, en serio, esto no es buena idea— reiteró.

—Ya lo se— coincidió—, necesitaba hablar contigo— dijo Sasuke mirándola por encima del hombro.

Sakura se mantuvo de pie, expectante, contemplándolo con una ceja arqueada.

—Fui un cretino— admitió Sasuke categóricamente.

—Fuiste más que eso, Sasuke— reconocía ella muy molesta. Soltó entonces un suspiro cansado.

Sus miradas se encontraron por primera vez; había algo en los ojos de Sasuke que la hacia elevar su pulso, trayendo consigo algunos recuerdos que prefería no rememorar justo ahora.

—No pretendo justificar mi actitud, simplemente quiero disculparme— sentó el Uchiha—. Se que te hice daño y eso me carcome por dentro.

Los ojos oscuros de Sasuke se clavaron en los esmeraldas de ella como dos imanes y solo se despegaron cuando Sakura hizo un mohín de desdén con la mirada.

—¿Lo decías en serio? Todo lo que mencionaste aquella noche.

La pelirosa no se dio cuenta que se había quedado sin aire hasta que la ultima palabra brotó de sus labios. Sasuke permaneció quieto, mirándola con atención. Apesumbrado, movió la cabeza ligeramente, agitando los mechones de cabello suelto que caían a los costados de su rostro.

—Por supuesto que no— su voz sonó estrangulada.

Sakura sacudió la cabeza, como saliendo de la ensoñación.

—Ahora que lo dije, creo que puedo marcharme— murmuró, pero antes de que pudiera dar un paso al frente, Sakura lo detuvo, tomándolo del brazo.

—Espera— apretó los labios hasta reducirlos en una fina línea—. Han pasado semanas desde la ultima vez que nos vimos ¿cómo estás?

—Ahora no tengo ganas de hablar del tema— dijo con frialdad mientras que por dentro se desquebrajaba—. ¿Cómo estás tu?

Sakura basculó si contestar o no el cuestionamiento de Sasuke. Por un segundó consideró emular su respuesta. Esa era la frase educada que su madre le había enseñado a decir, en lugar de limitarse a ignorarla. Pero a esas alturas había repetido algo similar tan a menudo y de un modo tan mecánico, que distaba de ser educado.

Ella se encogió de hombros, derrotada.

—He tenido mejores días.

Sasuke hizo una mueca de gracia a la par que sacudía la cabeza.

—Lamento que estés inmersa en todo este asunto, de todos nosotros eres la que menos lo merece— susurró Sasuke.

Sakura se cohibió en su lugar, mas nunca apartó la mirada de sus ojos. Buscó la manera de cambiar el tema, el posible asesinato de Izumi había consumido todas las esferas de su vida hasta destrozarla, por lo tanto, no era de extrañarse que en los últimos días el principal tópico de conversación fuese la presunción de inocencia de su marido y la relación con su ex esposa.

Por primera vez, la mujer reparó en el aspecto andrajoso de Sasuke. Con esos jeans desgastados, la holgada sudadera de algodón negra y las zapatillas deportivas aparentaba ser un adicto a las drogas. Las marcas cerúleas bajo sus ojos delataban la falta de descanso, como si hubiese permanecido más de setenta y dos horas en vela. Estaba, determinó Sakura tras su rápido escrutinio, derruido.

—¿Has dormido?— preguntó Sakura a la par que lo miraba, insegura, mientras él dejaba caer su cuerpo sobre el amplio sofá.

—No, no puedo hacerlo— confesó en un suspiro—. Además, los antidepresivos no parecen cumplir su trabajo.

A pesar de ser consiente del efecto que causaba la cercanía de Sasuke en ella, la pelirosa optó por postrarse a su lado, cautelosa.

Detestaba verlo inmerso en una situación tan deplorable. Las acciones de Izumi e Itachi lo habían orillado a convertirse en un ser consumido por el rencor y la culpa. Deseaba abrazarlo, atraerlo hacia su cuerpo mientras acariciaba su espalda y susurraba en su oído que todo estaría bien, aunque eso fuese una vil mentira, necesitaba hacerle saber que, por una vez en su vida no estaba solo.

Pero no lo hizo.

En su lugar mantuvo las manos sobre su regazo, realizando un esfuerzo sobrehumano para contener los impulsos de tocarlo.

—Realmente lo siento, Sasuke— su voz sonó suave. Tragó saliva intentando reprimir un nudo de emoción que no podía definir o explicar fácilmente.

Una vez más, ambos se comportaban como dos completos desconocidos frente al otro, sin saber que decir o cómo actuar.

No había hablado con Sasuke sobre los acontecimientos del día. No quería preocuparlo sobre esas cosas, estaba segura que se alteraría con solo mencionar lo sucedido en el hospital.

—¿Estás nervioso?— sus ojos verdes encontraron los azabaches de él, suplicantes.

—Si— convino con una sonrisa amarga.

Los dos permanecieron en absoluto silencio durante un minuto o dos, intentando asimilar la tensión que los apartaba.

Lo que habían hecho estaba mal en muchos sentidos y ambos eran conscientes de ello, no obstante, si alguien llegara a cuestionarlos por sus actos, tanto Sasuke como Sakura disiparían todo remordimiento y asentirían, sin tapujos, que volverían a hacerlo.

—Será mejor que me vaya— anunció mientras se ponía de pie—.No quiero causarte más problemas.

Como una autómata, siguió sus pasos hasta llegar a la puerta.

—¿Seguro que estarás bien?— susurró, notando el incremento masivo de la tensión en su cuello.

Sasuke asintió con la cabeza una vez, formando una sonrisa ladeada.

—Si, no te preocupes.

Sus labios se apartaron para decir algo más; las palabras se le atascaron el garganta. Inconscientemente, acunó su rostro en un gesto de absoluta devoción, sintiendo la tersidad de sus mejillas bajo la yema de sus dedos. Él la contemplo boquiabierto, conmocionado por la repentina muestra de afecto.

Lejos de rechazarla, llevó una mano hasta el cuello de Sakura, apartando gentilmente el cabello rosado para luego elevar su rostro y aproximarse hasta los enrojecidos labios de la pelirosa. Degustó su cercanía como un hombre que se encuentra en medió del desierto y encuentra un oasis.

Había olvidado la ultima vez que estuvo tan cerca de Sasuke. No sabía lo mucho que lo echaba de menos, era tanta la desesperación que la embargaba que fue hasta el punto de arriesgarse a besarlo en la intimidad de su apartamento.

De repente los temas que agobiaban comenzaron a disiparse entre una bruma de pensamientos delirantes. Los movimientos sobre los labios de Sasuke se tornaron más insistentes hasta apegarse a su cuerpo con una fuerza descomunal.

—Sakura…— lo escuchó balbucear.

La aludida estaba consciente de que aquello era demasiado peligroso, pero realmente necesitaba escapar de la realidad, rendirse ante el imprudente capricho de entregarse a Sasuke una vez más.

—Quedate— le ordenó, trazando un recorrido de besos por la longitud de su cuello—, no quiero estar sola esta noche.

Eso fue suficiente aliciente para Sasuke, quien, destrozando cualquier mecanismo de autocontrol, la atrajo hacia así para acortar la distancia que los separaba con un demandante beso.


Al día siguiente, Shisui permaneció con Itachi y ella en la penumbra del estacionamiento de los tribunales de justicia de la ciudad, mientras se blindaban contra los reporteros congregados en la puerta principal de las instalaciones, justo al final de la calle.

Shisui echó una mirada al final de la calle donde los periodistas ganduleaban y charlaban, como una manado de lobos husmeando, en busca de algo que hacer.

—Bien— dijo—. Itachi, tu ya has pasado por esto. Sakura, esto será nuevo para ti. De manera que voy a leerles la cartilla a los dos.

Extendió la mano para tocar la mana de Sakura. El sobre salto doble del día anterior, su recesión del hospital y el acoso de los medios, la había dejado destrozada.

—A partir de ahora, desde el momento en que lleguemos al tribunal hasta que regresen a sus respectivos hogares, no quiero que expresen nada. Ninguna emoción. Siempre una expresión estoica. ¿Entendido?

Sakura no contestó. Parecía aturdida.

—Cualquier expresión, cualquier reacción, cualquier destello de emoción será interpretado en contra suya. Si sonríen dirán que no se toman en serio el proceso. Si ponen mala cara, dirán que son hoscos, que no se arrepienten de nada y les ofende que los lleven a juicio. Si lloran dirán que solo están fingiendo.

Sakura dejó escapar un suspiro. Aquello era más complicado de lo que imaginaba. Lucir como una esposa abnegada requeriría más esfuerzo del que había previsto.

—Vale— dijo ella, menos segura de sí misma.

—No contesten ninguna pregunta. En televisión sólo importan las imágenes; es imposible saber si escuchan la pregunta que les han planteado o los gritos. Deben recordar que, desde el punto de vista de la gente, de todo el mundo, Itachi es culpable. Todos lo son. Lo único que buscan es algo que lo confirme. Cualquier insignificancia bastara para hacerlo.

—Es un poco tarde para preocuparnos por nuestra imagen pública, ¿no lo crees?

Aquella mañana el periódico había publicado un titular en primera pagina: Afamado arquitecto Uchiha Itachi acusado de asesinar a su ex esposa. En la portada del tabloide aparecía una efigie de Izumi que debían de haber sacado de la web. El pie de foto era un juego de palabras: «Heredero Uchiha acusado de encubrimiento».

Sakura tenía parte de razón: después de aquello, poner cara de póker al entrar en el tribunal parecía un tanto inadecuado y tardío.

Shisui se limitó a encogerse de hombros. Las nomas eran incuestionables. Como si las hubiera escrito el mismo dios en una tabla de piedra. Shisui dijo con su pose tranquila y sensata:

—Haremos lo que podamos con lo que tenemos.

Se desplazaron por la acera con paso apresurado. El representante legal de la familia Uchiha lideraba la caravana, pasando a través de la turba de representantes de la prensa que aguardaba por ellos frente al tribunal.

Instintivamente, Itachi entrelazó su mano con la de ella; notó un escalofrió recorrerle el cuerpo al entrar en contacto con su marido. Había pasado tanto tiempo desde la última vez que ambos mostraron un gesto de cariño.

Tal como se los indicó Shisui, ninguno mostró la menor emoción, no contestaron preguntas, fingieron no escuchar los cuestionamientos que les gritaban a poca distancia. A medida que subían los peldaños, los periodistas continuaron vociferándolas de todos modos. Los micrófonos se erizaban a su alrededor e increpaban. «¿Cómo están?». «¿Algo que decir a la familia de la victima?». «¿Uchiha Itachi es responsable?». «Lo único que queremos es escuchar su versión de los hechos».

Tan pronto como alcanzaron las puertas del edificio, los Uchiha se precipitaron al interior, cruzando el vestíbulo. La prensa estaba prohibida allí.

En el control de seguridad, la gente se apartó para dejarlos pasar. Era la primera vez que Sakura acudía a ese sitio, los alguaciles hicieron un gesto displicente, y examinaron los anillos que había dispuesto en la canasta antes cruzar por el detector de metales.

Una vez en el ascensor, los tres quedaron solos brevemente. Mientras subían al quinto piso, donde estaba la sala de la audiencia, Itachi aferró el agarre a la mano de Sakura, separando sus dedos a tientas para acoplarla a la suya. En el rostro de la pelirosa apareció una expresión de desagrado; pestañeó y apretó los labios. Fue algo casi imperceptible, un micro movimiento, pero no pasó desapercibido ante la mirada vigilante del azabache, por lo que le soltó la mano. Las puertas del ascensor temblaron mientras la caja metálica continuaba con su camino. Shisui, discreto, no apartó la vista del panel de botones.

Las puertas traquetearon cuando se abrieron y avanzaron a través del abarrotado pasillo hasta la sala 5A, aguardaron en el banco que había en el centro, hasta que se viera su caso.

Sakura paseó la mirada por la estancia; la mayoría de los rostros de los presentes le parecía desconocida. No muy lejos de donde se encontraba, vislumbró a Mikoto y Fugaku de pie cerca de la entrada, ambos portaban una máscara de severo estoicismo, tan mortalmente serios que lucían como dos estatuas.

Así mismo, los detectives encargados del caso charlaban amenamente, ataviados en elegantes trajes, luciendo completamente distintos a los agentes que la habían arrastrado a la sala de interrogatorios semanas atrás.

Al cabo de quince minutos de espera, ingresaron a la sala de audiencias.

Sakura se situó detrás del banquillo del acusado, desde ese punto solo era capaz de apreciar la espalda de Itachi, pero con eso le bastaba, después de todo, ella era una espectadora y nada más.

La sala tenía una tribuna extra para dar cabida a jurados numerosos, y aquella mañana habían instalado en dicha tribuna una cámara de televisión para filmar el vídeo que compartirían todas las cadenas locales en los próximos días.

Mientras esperaban, la cámara mantuvo el objetivo apuntando en dirección a ellos. Permanecieron con las máscaras inexpresivas propias de los acusados, mas no dijeron nada, apenas pestañearon. No era sencillo que los observaran durante tanto rato.

Inquieta, Sakura comenzó a fijarse en pequeños detalles, como hacia cuando se veía inmersa durante las pausas largas. Sus ojos buscaron a la única persona que deseaba ver en ese momento. Cuando la expresión denodada de Sasuke invadió sus pupilas, experimento un cosquilleo descomunal por todo su cuerpo y la respiración se le cortó de golpe.

Pocos minutos después irrumpió con su toga negra el juez de la primera comparecencia. El Juez Shimura era un juez terrible, a ellos no les convenía. El deber de Danzō era hacer que todo fluyera a su hora. Los abogados lo despreciaban por su severidad.

Ocupó el estrado poco antes de las diez de la mañana. Todo el mundo se levanto al oír la familiar cantinela de uno de los guardias: «Atención, la Corte Suprema del condado abre sesión. Todo el que tenga algo que declarar ante este tribunal que se acerque será escuchado».

—Sumario número cero nueve guión cero seis cero siete, el condado contra Uchiha Itachi, por una acusación de homicidio en primer grado— recitó Shimura desde lo alto de la tribuna, con la mirada fija en el expediente dispuesto en su lugar.

Desde su asiento, Itachi permaneció serio. Era la segunda vez que se encontraba inmerso en una situación tan desagradable como esa, otra vez en condición de acusado.

—Representante del estado— llamó el implacable juez.

Kurenai Yūhi se puso de pie frente a la mesa del demandante. Pasó la palma de la mano a lo largo de su falda y dirigió la mirada hacia el juez.

—Señoría— empezó con pesar—, éste es un caso atroz. A pesar de todo lo que han escuchado y las preposiciones, esto es peor de lo que imaginamos— se paseó por la sala con una seguridad indiscutible, sin dudarlo, se plantó frente a los miembros del jurado—. La evidencia probara que luego de la desaparición de su esposa, Uchiha Itachi acudió a la cabaña donde Izumi se refugiaba aquella noche del trece de julio. Tras mantener una conversación, la asesinó violenta y salvajemente, para huir de ahí y regresar a su hogar.

Los presentes permanecían en absoluto e imperturbable silencio, escuchando con detenimiento el discurso de la aclamada abogada.

—Localizaron el cuerpo de Izumi cinco días después. Tenía un impacto de proyectil en la sien izquierda— indicó—.El médico forense estableció que fue un revolver con numeración única. Un arma que desapareció por arte de magia.

Kurenai prosiguió exponiendo los hechos del caso, que conocía todo el mundo y que aun generaban sensación, mismos detalles que habían emitido en los noticieros durante las ultimas veinticuatro horas, repetidos y mínimamente embellecidos para una multitud armada con horcas y antorchas al otro lado de la cámara.

Tras finalizar con la introducción, Shisui se situó frente al tribunal. Ajustó su corbata y carraspeó un poco para aclararse la garganta.

Al igual que Kurenai, dirigió su atención hacia los miembros del jurado y, a la par, encendió la pequeña pantalla donde apareció una linda fotografía de Izumi.

—Izumi era una mujer brillante y hermosa— comenzó a decir con voz grave, clavando la mirada oscura en algunos miembros del jurado—. Cuando cosas malas le pasan a la gente es natural que demandemos respuestas, conclusión y condena. Evidentemente, mi cliente es la única opción— señaló a Itachi—.Lo que me lleva a señalar las limitaciones de la investigación. No fue descuidada ni negligente, sino especial e intencionalmente restringida porque las pruebas contra los demás sospechosos comprometerían el único chance para una condena.

El afortunado sino de los abogados defensores era ver la bondad en la gente. No importaba lo perverso o incomprensible que fuese el crimen, ni lo abrumadora que fuese la evidencia de culpabilidad, el abogado defensor nunca olvidaba que su cliente era un ser humano como todos los demás.

—Mi cliente se encontró con ella la mañana del trece de julio para encontrar una resolución a sus problemas. Hizo el amor con ella, el ADN de su semen en la escena del crimen, las huellas dactilares y la relación que lo unía a su esposa les garantizó a los investigadores una duda razonable ante cualquier otro acusado, así que no buscaron otra posibilidad.

Las entrañas se le removieron al escuchar la declaración de Shisui. Cuánto más tiempo pasaba, Sakura continuaba descubriendo pequeños vestigios, diminutos secretos y fragmentos de verdades a medias que Itachi se había empeñado en ocultar a la perfección. Quería enterrar el pasado. Quería deshacerse de Izumi. Quería borrar los recuerdos y empezar desde cero.

—Es el único al que pueden acusar— prosiguió Shisui—. ¿Podemos asegurar que Uchiha Itachi es un asesino? No. ¿Por qué?, ¿por la relación que mantenía con la victima? Todos alrededor de Izumi sabían de los trastornos psiquiátricos que la acosaban desde la adolescencia y los problemas que atravesaba. Sin embargo, Itachi es al único que pueden encerrar, así que, ante sus ojos fue él— levantó la mirada en un gesto dramático y posó la mirada en la cámara—. Pues no lo es.

Sakura se sentía muy desgraciada en ese lugar. Como esposa del acusado estaba condenada a peculiar un purgatorio en esos juicios. Se esperaba de ella que asistiera, pero permaneciera callada. Estaba implicada en el crimen de Itachi, como víctima y perpetradora indirecta a la vez. Los demás la compadecían porque ella no había hecho nada malo. Simplemente tuvo la mala suerte de casarse con un completo desconocido.

Extenuada, dirigió su rápido andar por el amplio pasillo. El juez había conferido un ínterin de treinta minutos, por lo que, tan rápido como se anunció, Sakura no demoró en abandonar la sala en busca de soledad.

Nunca supo exactamente cómo logró salir de ese sitio aterrador ¿qué impulsaba sus piernas? ¿Qué le impidió mirar en pequeños destellos para verse reflejada, para ver a aquella mujer muerta de frío? En su mente se alternaban la furia y el pensamiento acelerado.

Se detuvo en medio del pasillo al tener vestigio de Sasuke. Él se esforzaba por no verla, pero cuando sus verdaderos impulsos se impusieron a sus pobres intentos de ignorarla, Sakura se ruborizó hasta las puntas del pelo al sentir la intensidad de su mirada; las piernas, más trémulas que nunca, cedieron un poco. Rápidamente comprendió lo que esa mirada significaba, necesitaba hablar con ella un instante.

Sin pensar demasiado en las consecuencias de sus actos, continuó caminando hasta desaparecer de la vista de los asistentes del juicio; buscó refugio en el rellano de las escaleras de emergencia. No transcurrió mucho tiempo para que Sasuke se uniera a ella.

En un acto reflejo, el Uchiha le dio un abrazo. La atrajo hacia si, la apretó y después dio un paso atrás para poder contemplarla.

—¿Cómo estás?— quiso saber a la par que tomaba un mechón rosa entre sus dedos.

—Nerviosa— se encogió de hombros.

Sasuke arrugó el entrecejo.

—Sólo es el comienzo.

El tono de advertencia en sus palabras no pasó desapercibido ante los oídios de la sagaz pelirosa. Desde que su esposo fue acusado de asesinar a su esposa, la gente no había parado de hostigarla con ese tipo de comentarios. Podría decirse que ya estaba harta.

Una extraña y repentina sensación de culpa la sacudió violentamente al percatarse del linde entre ella y Sasuke.

Era una hipócrita. Una infiel. Tenía la capacidad y desfachatez de actuar como si nada frente a su marido, cuando horas atrás, su cuñado había estado entre sus piernas, ayudándola a alcanzar el orgasmo con una mezcla de lengua y dedos.

Desechó aquel pensamiento.

—Deberíamos volver— sugirió, pendiente de cualquier gesto que los pusiera en evidencia.

Sasuke se mostró de acuerdo con ella, aquel no era el momento ni el lugar para dar muestras de afecto.

—Sakura— escuchó una voz a sus espaldas.

La aludida palideció de golpe. Había sido torpe, descuidada. Tan rápido como resonó su nombre entre las paredes, se apartó de Sasuke; giro sobre sus tobillos para encarar a Itachi.

Con las manos en los bolsillos y un imperceptible rictus de tensión en el rostro, el peso de la mirada acusatoria y herida de Itachi recayó sobre.

—Es hora de regresar, la sesión se reanudará pronto— su esfuerzo por mostrar indiferencia se vio frustrado cuando una nota de desdén se dejo oir en sus palabras.

Sin decir una palabra, Sasuke pasó de largo, dejándolos solos.

Itachi le ofreció la mano izquierda; ella la analizó durante un segundo o dos, reparando en la alianza de bodas dispuesta en el dedo anular, la prueba irrefutable de su amor, de un juramento inquebrantable.

Itachi era un hombre que había descubierto que su esposa planeando abandonarlo. Un hombre herido. Un hombre traicionado. Un hombre enfadado. Pero simplemente un hombre.

—Itachi…— murmuró ella, buscando la manera de justificarse.

—Ahora no es el momento, Sakura— dijo Itachi.

Ella no supo precisar si se refería a la conversación que pretendía mantener o a las interacciones con Sasuke, al cabo de unos segundos dedujo que se trataba de ambas.

Lejos de discutir, volvió a entrelazar su mano con la de su esposo, tal como lo había hecho esa mañana en el trayecto al tribunal, tal como lo había hecho en su camino al altar.

Continuara


N/A: ¡Hola, hola! Espero que hayan pasado felices fiestas y su comienzo de año haya sido espectacular.

Después de un largo rato de espera, traigo la continuación de este fic que esta llegando a su fin. Así es, tal como lo leyeron, ¡El susurro de las cosas rotas se adentra a sus capítulos finales!

Por un instante consideré actualizar hasta tener todos los capítulos, sin embargo, una vez que concluí este episodio opté por postearlo en compensación a tantos meses sin actualización.

No daré detalles de lo que sucederá próximamente, pero puedo decir que esta cargado de mucho drama, así que, agárrense de sus asientos y prepárense para continuar en esta montaña rusa en camino a la resolución.

Sin nada más que decir, espero hayan disfrutado de la lectura, como se habrán dado cuenta, este capítulo es uno de los más extensos del fic.

Mil gracias por su constante apoyo 3 en verdad, ustedes me motivan a seguir.

Espero leerlos pronto ¡cuídense mucho! Les envió un fuerte abrazo donde quiera que se encuentren, feliz inicio de semana :3

¡Nos leemos hasta la próxima!