CAPÍTULO 13
Duelo de Destinos
Día 31 de la guerra
El rey y sus generales se habían reunido finalmente. Había llegado el momento de discutir los planes para el último encuentro con el enemigo. Y en el que tomarían la última ciudad libre del reino de los vampiros: Lemegethon.
-Y si todo sale bien esta la guerra habrá terminado para el alba. Nuestra última gran victoria- dijo Ragnarok, luego de explicar su nada elaborada estrategia a sus subordinados.
-Excelencia…- elevó su voz la princesa Elyzabeth, a quien para desagrado de varios de los miembros del consejo de guerra del rey, se le había permitido asistir a la junta de los preparativos de la batalla final.
-Con base a este plan sus tropas serán superadas en número de al menos cinco a uno- protestó la princesa.
-… Sí. ¿A qué quieres llegar?- preguntó de forma despreocupada, lo que desconcertó a la vampiresa.
Sabiendo que la princesa no lo entendería ni aunque se lo explicaran, y que por eso mismo el rey no daría mayor explicación, Lord Zen dijo en tono burlón -No se aflija princesa. Su majestad no estará complacido hasta que estemos todos muertos- lo que provocó la risa de todos los dragones presentes, incluido Spike.
-P-pero. ¿Por qué? Si acude a la batalla con toda su fuerza tiene la victoria asegurada. ¿Por qué darle la ventaja a su enemigo?- continuó la princesa.
-Porque si hacemos eso nos estaremos arriesgando a destruir lo poco que queda del espíritu de lucha del ejercito de su padre, princesa- explicó Spike.
-Y no nos podemos dar el lujo de terminar esta guerra con un cese al fuego. Esta guerra terminará tal y como empezó. En una gloriosa contienda hasta la muerte. Del cual le aseguro nosotros los alzaremos victoriosos. Pero de nada valdría haber llegado hasta acá solo para que el enemigo se rinda- explicó la Generala Olakar.
-Si hay algo de lo que realmente deberíamos quejarnos es que no todos nosotros podremos ir a ser parte de dicha última batalla- dijo el General Akuso.
-Algo lamentable en verdad- concluyó Ragnarok.
-¿Y qué pasará si pierden la batalla?- se atrevió a cuestionar la princesa.
-¿¡Pero cómo te atreves a…-
-Agnus ya basta- lo silenció el rey.
-Me conmueve tu preocupación Elyzabeth. En el remoto caso de que mi ejército o en su defecto mi persona caigamos en batalla, el General Akuso asumirá el mando de esta campaña. Y mi Reina se encargará de hacer valer nuestro acuerdo. Así que no tiene de que preocuparse. Si ya no queda nada más que discutir, se levanta la sesión-
Día 33 de la guerra
El día había llegado. O mejor dicho, la Noche. La noche que pondría fin a aquella gloriosa guerra por la que los dragones habían esperado tanto tiempo, y que habían gozado desenfrenadamente desde su inicio.
El ejército de dragones a cargo del General Ryujin avanzaba lentamente rumbo a la ciudad imperial de Dammerung, Lemegeton. Las luces de la gran metrópolis iluminaban el horizonte, mientras los dragones marchaban tranquilamente a pesar del inminente peligro al que pronto estarían expuestos. No solo por tratarse de una lucha a muerte. Sino que esta vez la librarían con una considerable desventaja numérica.
Y no les preocupaba porque participar en esa lucha era precisamente lo que todos y cada uno de ellos deseaban. Era para lo que se habían preparado toda la vida. Cada uno de esos guerreros y guerreras habían sido seleccionados cuidadosamente por el consejo de guerra de Ikaruga. Todos listos y dispuestos a luchar y triunfar o morir en el intento.
-¿Azi?-
-¿Si general?-
-¿Crees que nuestro Rey se encuentre bien?-
-¿Eso qué significa?- preguntó la confundida serpiente.
-¿Qué pasa si el camino secreto al que los guía la princesa para infiltrarse en el castillo en realidad los lleva a una trampa?- inquirió el preocupado general.
-Aunque admiro el valor que mostró la princesa Elyzabeth al presentarse ante nuestro rey, también la considero ampliamente imprudente. Si no es por la benevolencia de nuestro señor ella se habría convertido sin duda en prisionera de guerra. Por eso mismo considero que Elyzabeth tendría que ser excesivamente estúpida para traicionar a nuestro rey luego de atestiguar su buena voluntad- se explicó Azi.
-Eso y que Agnus milagrosamente no la asesinó aún-
-En todo caso ahora no tenemos tiempo para preocuparnos por nuestro rey-
-Claro. Discúlpame pero la verdad es que estoy nervioso. Será la primera vez en que tendré que liderar nuestras fuerzas por mí mismo, en vez de apoyar a su majestad- confesó el dragón verde.
-Lo harás bien Ryujin. No por nada eres el favorito de Ragnarok-
-Y si no, esperemos tener una honorable muerte de guerreros- respondió cómicamente.
-Amén por eso-
Mientras tanto, al otro lado de la ciudad y ocultos bajo la protección de la noche, un puñado de soldados dragón y una princesa vampira se desplazaban sigilosa pero velozmente a través del denso bosque de coníferas que se encontraba a espaldas de Lemegethon.
Hasta el frente de la compañía estaba el mismo Rey Ragnarok seguido del mayor Agnus y el Capitan Spike. Seguidos de un grupo de treinta y cinco soldados, seleccionados personalmente por los dirigentes de aquella operación. Frente a la compañía corría presurosa Elyzabeth. Tan velozmente que daba la impresión de que en vez de estarlos guiando los soldados que venían tras ella se hallaban cazándola para darle muerte. Finalmente luego de la que había sido la carrera más maratónica de su vida, Elyzabeth se detuvo frente a una formación rocosa de enormes proporciones.
-¿Es aquí?- preguntó el emocionado rey.
-Sí excelencia-
Elyzabeth inspeccionó la superficie de las rocas hasta que tocó algo que pareció llamar su interés. Sin voltearse a ver a los dragones, la vampiresa usó su pulgar derecho para perforarse la mano izquierda. Una moderada cantidad de sangre se asomó por el orificio de la carne de la princesa. No era roja como la de los dragones o los ponis. Aquella era más bien púrpura. Pero no un púrpura bello como el de la flor del cardo mariano o las luces de la aurora. Sino un púrpura más obscuro y de aspecto grotesco.
Elyzabeth posó su mano sobre la roca y formó un arco en forma de media luna. Bajo la mancha de sangre se encendieron inscripciones en un brillante azul, y un instante después las rocas se fragmentaron armoniosamente como las piezas de un rompecabezas que es desarmado con cuidado. Finalmente bajo el cúmulo de piedras quedó a la luz de la luna expuesta la entrada a un túnel lo bastante amplio como para que pudieran recorrerlo dos dragones caminando lado a lado.
-El pasaje secreto rumbo al palacio. Originalmente construido para que los miembros de la realeza escaparan en caso de invasión- explicó Elyzabeth.
-Son nueve kilómetros hasta llegar a las bodegas del castillo ¿No?-
-Sí excelencia. Nada más que una gran línea recta-
-Muy bien. Agnus tu ve al frente. Los alcanzaré en un momento-
-¡Todos en formación de una sola fila! ¡Síganme!- gritó Agnus, quien luego entró corriendo por el túnel.
La compañía entró al conducto con perfecta alineación y pronto se pudieron escuchar sus pasos alejarse del lugar en que quedaron Ragnarok y Elyzabeth.
-Aunque la seguridad que tengo puesta en mi victoria es poco menos que absoluta, veo que tienes muchas dudas al respecto. Así como deseos de decirme algo- dijo en un tono casi burlón.
-Tenía miedo de que si lo volvía a cuestionar en frente del mayor Agnus, este me mataría-
-Pues ya se ha ido. ¿Qué deseabas decirme?-
-Solo quiero saber… ¿Por qué, excelencia?- inquirió la princesa llena de angustia. Como si aquella incertidumbre le estuviera carcomiendo el alma.
Ragnarok miró a la princesa con la expresión que usa un padre al ver a su niña confundida por algo que no entenderá por más que se le explique. Es decir: Una conmovida sonrisa.
-Tardaría demasiado en explicártelo Elyzabeth. Y aunque logre explicártelo todo, es muy probable que no lo entiendas. A veces aún me sorprende que mi propia esposa logre entenderlo- explicó calmadamente.
-Sabe bien que esta podría ser la última vez que nos veamos. Pensé que teniendo eso en consideración, estaría dispuesto a responder las preguntas que antes se negó a responder-
-Pensaste mal. Pues aunque tuviera la voluntad, ya no hay tiempo- dijo mirando hacia el túnel que lo guiaría hacia su destino.
La princesa bajó la mirada y el rey lo tomó como su señal para retirarse. Así que desvió su cuerpo hacia el pasaje secreto con intenciones de entrar en él y seguir a sus camaradas. No había dado ni tres pasos cuando la princesa lo interrumpió.
-Excelencia sé que no puedo pedirle que no mate a mi padre. ¿Pero podría pedirle al menos que le conceda una muerte que no sea… Muy dolorosa?-
Ragnarok sonrió por la inocente pregunta.
-Eso va a depender completamente de tu padre-
Reanudó su andar -Hasta pronto Elyzabeth. Ha sido un gusto conocerte-.
Ragnarok se desvaneció hacia el interior del obscuro pasaje, el cual iluminó con el uso de una flama que encendió en la palma de su mano derecha. Elyzabeth quedó sola en aquel obscuro bosque, con ambas manos entrelazadas delante de ella.
-Buena suerte excelencia- susurró la princesa.
Para cuando Ragnarok alcanzó a sus camaradas estos ya se habían detenido al final del túnel.
-¿Qué tenemos?- preguntó Ragnarok al llegar hasta el frente de la formación.
Murakumo se encontraba frente al muro que daba fin al túnel sentado en posición de loto y con los ojos cerrados.
-Tras este muro no hay nadie esperándonos, mi rey. El castillo está repleto de presencias poderosas dispersas en varios grupos. Aunque una parecencia con un poder mayor a todas las demás se haya sola en algún lugar de lo que imagino son los niveles superiores-
-Buen trabajo soldado-
-Gracias majestad-
Ragnarok se dio vuelta para poder ver a sus soldados a la cara.
-Lamento decirles que no preparé ningún discurso inspirador para esta ocasión pues no creí que haría falta. Todos aquí saben qué y por qué han venido. Que es lo mismo que quiero que hagan. Limpien el castillo de arriba abajo. Si encuentran algo en su camino y ese algo es capaz de respirar y combatir, lo quiero fuera de este mundo. Y si la Voluntad del Universo nos sonríe, los veré a todos al amanecer-
Se volteó a su subordinado de más confianza que lo miraba con aquella mirada rígida e implacable por la que siempre había sido conocido.
-Vuela el muro Agnus-
El dragón negro llevó su mano izquierda a la pared y aplicado su peso un instante sobre la misma, como si hubiera empujado a alguien o algo, el muro reventó en miles de pedazos. El elemento sorpresa totalmente echado a la basura. Los dragones entraron al castillo y notaron que estaban en la bodega de vinos y licores. Inmediatamente buscaron una ruta hacia el castillo. Apenas salieron de la bodega para entrar a la cocina y los dragones fueron recibidos por los protectores del castillo. Al instante la atmósfera se llenó de fuego, truenos y sangre.
Los dragones se abrieron paso entre los (dada la situación) estrechos pasillos del castillo. Agnus iba hasta el frente de la formación abriendo camino, además de designar soldados para tomar rutas alternas al resto de la compañía cada que esta se topaba con una bifurcación en el camino. Ragnarok iba hasta la parte trasera de la formación. Pues había decidido que ese día no se mancharía las manos con la sangre de nadie que no fuera el rey de los vampiros.
Después de un rato la compañía llegó a un vestíbulo con un par de escaleras en espiral hacia el segundo y tercer piso. Y en el tercer piso una escalera única hacia un nivel más.
-Agnus- lo llamó el rey.
-Toma un equipo y limpien el tercer nivel. Spike, tú y tu equipo tomen el segundo nivel. Yo voy a ir hasta arriba-
-¿Va ir usted solo señor?- inquirió Spike.
-Es mi destino- dijo ya sin voltear a ver a nadie.
Fuera de los muros del castillo se podía escuchar el estruendo de la guerra. A través de las ventanas se podía observar la feroz contienda en las afueras de la ciudad.
-Si alguno desea salir del castillo y unirse a la batalla afuera es libre de hacerlo. De todos modos no olviden que de una forma u otra esta guerra termina hoy- murmuró Ragnarok, quien ya se encontraba lejos del grupo.
Pero nadie salió del castillo. Agnus tomó a sus dragones, Spike a los suyos, y cada quien marchó por su lado. En su caino Ragnarok no encontró más resistencia. Sabía que lo observaban y que más de algún guardia, vampiro o demonio, pero ninguno salía a su encuentro. Tampoco lo seguían esperando el momento de atacarlo o superarlo en número. Pareciera que el rey Mefisto estuviese esperando aquel duelo tanto como el propio Ragnarok.
Los equipos de Agnus y Spike no tardaron en dispersarse por sus niveles asignados.
Spike lazó una estocada que perforó el estómago de su adversario, quien cayó de rodillas a causa del dolor. En un rápido movimiento, Spike extrajo su espada y le cortó la cabeza de un tajo. A sus espaldas a tiempo para ver como a uno de sus subordinados le rociaban encima con un líquido purulento de color verde que al tacto le quemaba la piel y los huesos como si estos fueran de arena golpeados por una fuerte ola. Habiendo realizado su ataque el monstruo, que tenía forma de una babosa de mar, se volteó hacia Murakumo.
El hechicero se apretó ambos puños y recogió los brazos para que sus puños quedaran cerca de la cintura, donde comenzaron a llenarse de luz.
-Y los impuros arderán en el abismo…- murmuró antes de lanzar sus puños hacia el frente, disparando una centella de luz que travesó al monstruo como un arpón.
Spike saltó desde donde estaba y clavó su espada en el lomo de la criatura. Saltó hacia el frente si soltar ni extraer su espada, haciendo que esta dividiera la cabeza del grotesco ser en dos. La enorme figura cayó flácida al suelo, mientras que Murakumo se acercó al soldado herido. O mejor dicho, lo que quedaba de este.
-Carajo… Va a doler mañana…- se quejaba el soldado cuyo cuerpo ya no poseía piernas, cola alas o brazo izquierdo reconocibles. Y en su lugar solo había una pasta de hueso y sangre que de alguna forma permanecía adherida al resto del cuerpo.
-¿Puedes ayudarlo?- preguntó Spike a su compañero.
-Me temo que no-
-Está bien Capitán. Si mi momento ha llegado, no podría haber pedido uno mejor que estar al lado de mis hermanos en armas-
-Fue un honor pelear a su lado soldado- dijo Spike.
El dragón sonrió y tras un suspiró, se marchó de aquel mundo. Antes de que el soldado y el hechicero pudieran decir algo, escucharon u estruendo al fondo del pasillo. Sin más remedio, ambos se pusieron en marcha. Llegaron al final del pasillo donde los esperaba una doble puerta de madera. Al otro lado se encontraron en un pasillo que compartía techo con un gran salón de baile que comenzaba en el primer piso. Sin tiempo para apreciar la arquitectura o la decoración del lugar, ambos dragones miraron hacia el nivel inferior. Sobre el piso yacían cinco cadáveres. Cada uno con su propio estanque de sangre derramada. Cuatro eran dragones y uno más era un vampiro.
Hacia el extremo sur del salón, arado frente a los restos de uno de los dragones, estaba una figura de capa negra y armadura gris. Cubría su cabeza y rostro con un yelmo redondo con espacio para las grandes orejas y un largo cuerno en la frente. Y para la visión tenía dos finas y largas aperturas de las cuales se escapaba una bruma roja. A decir verdad ninguno de los dos dragones sabía de qué clase de criatura se trataba. Se erguía en dos pies, pero era muy pequeña para ser un soldado, no tenía alas y sus rodillas estaban invertidas. Pero había algo en que podían estar de acuerdo.
-Es una bruja muy poderosa- dijo Murakumo.
Spike asintió con la cabeza y saltó desde donde estaba hacia el piso inferior. Murakumo lo siguió un instante después. La bruja se giró a su encuentro, pero no dijo nada.
-Yo atacaré de frente. Tú intenta flanquearla- susurró Spike.
-Bien-
Murakumo corrió hasta el extremo este del salón. La bruja ni siquiera lo volteó a ver. Spike posó la punta de su espada contra el suelo y comenzó a correr hacia su oponente. Spike detuvo su carrera para girar sobre sí mismo y al volverse de frente hacia su adversaria le escupió una llamarada con todas sus fuerzas. La bruja hizo un veloz gesto con ambos brazos y antes de que el proyectil de fuego pudiera alcanzarla, se abrió un portal azul que se tragó la flama completa sin dejar rastro. Un segundo movimiento de manos y brazos hizo aparecer un segundo portal a espaldas de Spike. Antes de que este pudiera advertir el peligro, el portal le escupió encima con su propio fuego.
-¡Spike!- gritó al ver a su compañero azotar contra el piso por el golpe de su propio fuego.
La bruja se giró hacia él formando una equis con los brazos que luego partió al extenderlos tanto como pudo, y frente a ella se desató una tempestad de relámpagos. Murakumo en vez de apartarse, movió ambas manos hacia el frente como si fuese un portero dispuesto a atrapar un balón. Y como si fuesen para rayos, sus puños absorbieron todos los impactos de los relámpagos cuya energía envolvió al hechicero formando un manto de luz y truenos. Acto seguido, Murakumo revirtió el ataque de regreso a su dueña, pero en forma de u rayo único a gran velocidad.
Esta vez en lugar de usar otro portal, la bruja dio un enorme salto para evitar el ataque. El salto fue lo bastante fuerte como para llevarla hasta el techo des del cual arrojó lo que solo podría ser descrito como una bola de nieve. Bastante sabio como para no retar a la suerte, Murakumo retrocedió y cuando la bola de nieve impactó contra el suelo, estalló en un enorme bloque de hielo con enormes punzas que cortaron los costados del dragón. Antes de que este pudiera cortarlos o derretirlos, toda la masa de hielo se precipitó contra él como si fuera un toro enfurecido, aplastándolo contra el muro que cedió en un instante.
Parada donde el bloque había brotado hace unos instantes, la bruja se llevó ambas manos al rostro como si tratara de calentarlas con su aliento. Las manos que habían acudido vacías hacia su rostro se alejaron en posesión de un orbe rojo no más grande que una pelota de golf. Le dio una mirada de satisfacción y lo arrojó en dirección a los restos destruidos del bloque de hielo, con el mismo gesto de diversión que usa un niño al arrojar rocas al río. Al hacer contacto con la superficie, el orbe rojo liberó una explosión que levantó polvo en todo el salón de baile. Aunque a ella no pareció importarle, seguramente gracias a su yelmo.
De pronto notó como lago se acercaba a ella cortando el aire. Era la espada de Spike que giraba como las aspas de una turbina, lista para cortarle la cabeza. Sin tiempo para lanzar un hechizo la bruja arqueó la espalda hacia atrás para esquivar el golpe. Lo consiguió y se reincorporó rápidamente, pues sabía que a ese ataque le seguiría otro. Tuvo razón pues al quedar nuevamente erguida la nube de polvo frente a ella se partió como si le abriera el paso a algo o alguien, e inmediatamente después la bruja sintió como si se impactara de frente contra un tren en movimiento y salió disparada hasta el otro extremo del salón donde su figura quedó estampada.
-¡Murakumo!- gritó Spike, acercándose al agujero que habían dejado los ataques de la bruja.
Pero antes de poder alcanzar el ángulo para ver si su amigo seguía con vida, la bruja forcejeó para liberarse de los muros del castillo y cayó de regreso al suelo. Spike tomó aire y le lanzó una marea de llamas. La bruja se posó de rodillas y esta vez sin mover los brazos o las manos, hizo aparecer un escudo mágico en forma de esfera que la protegió de las llamas. Ninguno se movió de su posición cuando las llamas se extinguieron y el escudo se disipó.
-Spike?- es escuchó la adolorida voz del dragón hechicero.
-¿Estás bien Kumo?-
-No… No siento mis piernas-
un momento-
-Ajá…-
Spike llamó su espada de regreso a él mientras la bruja se ponía de pié y se tronaba el cuello. Spike comenzó entonces a percibir el aroma de su adversario. Y se sorprendió al comprobar que no solo no era ni remotamente igual de fétido que el resto de demonios que había combatido hasta ahora, sino que además era un aroma que le resultada vagamente familiar.
-Eso sí que no lo vi venir. No habría esperado menos del ilustre Impulso Espectral- dijo la bruja, en un tono casi burlón.
Spike no respondió. Se mantuvo estoico analizando los movimientos de su oponente mientras intentaba descifrar dónde había percibido su aroma.
-¿No me respondes? Creí que eras más educado. Recuerdo, que eras más educado-
-¿Nos conocemos?- dijo Spike, tratando de disimular su confusión.
-¡Ha!- gritó la bruja como si se hubiera pinchado el dedo con u alfiler.
-¿No me recuerdas Spike? ¡Me rompes el corazón!- dijo con exagerada melancolía –Aunque pensándolo bien ¿Cómo culparte? Fue hace tanto tiempo y ambos éramos tan pero tan diferentes de lo que somos ahora. Pero yo te recuerdo. Y recuerdo aún mejor a tu esposa. Después de todo, gracias a ella me convertí en esto- su voz adquirió un tono más siniestro al terminar la oración.
Se llevó ambas manos a la cabeza y se liberó de su yelmo. Su cabello blanco era lacio y parte de este cubría parcialmente su ojo derecho el cual era de color morado. Su ojo izquierdo a plena vista era muy diferente. La esclerótica era de color negro, el iris de un azul cerúleo y la pupila era como una mancha de pintura que se extendía por todo el ojo como una tela de araña color roja. Su piel pálida y sus orejas puntiagudas hacían evidentes a la vista el proceso de vaporización por el que había pasado.
-¿No me das un beso? Hasta donde sé sigues soltero- murmuró seductoramente, llevándose las manos a la cintura.
En efecto. Era muy, muy diferente de cómo la recordaba, pero Spike no podría confundirla aunque quisiera. Bastaba con verle esa mirada burlona. Esa sonrisa prepotente.
-Trixie…-
Inspirado afectuosamente en la canción "Duel of fates" de John Williams.
¿Cómo han estado? Tanto tiempo. Parecía que ya no nos volveríamos a ver ¿He? Pues que viene estar de vuelta. Originalmente este iba a ser un capítulo mucho más largo, pero luego me puse a pensar que quizás llegaría a ser demasiado largo. Y ya he tenido a mis lectores esperando mucho tiempo.
Espero no tardar tanto en el próximo capítulo. Y sí Trixie volvió. Díganme que no lo vieron venir, muajaja!
