Capítulo 2
Esperé a mi discípulo toda la mañana con los materiales listos para empezar a trabajar, pero ya era casi mediodía y no había rastro de él. Hasta ese momento solamente Aldebarán había pasado varias veces con un par de aspirantes a santos que sacaban escombros de alguna de las casas donde hubo peleas con Seiya y los demás.
Recordé que Shaka había visto a mi pupilo con Athena la tarde anterior, así que decidí buscarlo yo mismo. Si bien podía haber ido más rápido por los pasadizos secretos, quería aprovechar para intentar traer memorias de la infancia y fui por el camino principal. Desde mi regreso al Santuario había subido por las doce casas cuatro veces; fuera de los restos de las batallas todo seguía igual a como era antes de mi partida.
Cada templo guardaba recuerdos: las charlas interminables con Aldebarán, los consejos de Saga, los sustos que nos daba Deathmask y las risas que nos sacaba Aioria. Me quedé unos minutos en la casa de Leo para ayudar a mover lo que había quedado de unos pilares que obstruían el camino. Después continué mi marcha.
A medida que subía miraba a la casa de Virgo; era inevitable pensar en lo que habíamos hablado la noche anterior. «Al final resultó ser el menos indicado para tratar ese tema», no podía sacarme la idea de la mente.
Detuve el paso y giré; la vista desde esa altura no dejaba de impresionarme a pesar de los años. Cuando éramos chicos Aioria y yo molestábamos a Shaka porque se negaba abrir los ojos para ver lo que se perdía: la tierra extensa llena de vida y colores que se mezclaba en algún punto indefinido con el cielo. Shaka nunca respondía a las burlas; el no saber qué sentía con ellas me obligaba a ponerle un freno a Aioria cuando parecía pasarse de la raya, solo por las dudas.
Una vez nos sentamos en la entrada del templo de Virgo al atardecer. Shaka estaba envuelto en una túnica blanca que le quedaba enorme. Todavía tenía raspones en la cara que se había hecho mientras entrenábamos, al igual que en las manos que apretaban la tela que lo cubría.
—Si querés saber cómo es, yo te lo puedo describir —le dije.
Desde que Aioria se había ido con su hermano Shaka permaneció en silencio. Ya estaba acostumbrado a que no me mirara, pero que no hablara me hacía poner nervioso -algo que tardé bastante en superar.
—Sé por qué no abrís los ojos —dije—. Prefiero que no lo hagas si no es necesario. Por eso yo-...
—No te preocupes, Mu —me interrumpió.
—Shaka...
—No debe ser muy distinto a los que vi otras veces —dijo con una sonrisa que apenas se notaba.
Antes de eso habían sido muy pocas las oportunidades que tuve de ver sus ojos; casi ni me acordaba de qué color eran o qué tanto brillaban cuando les daba la luz. Por muchos años hasta lo había olvidado. Aunque intentara recordarlo, solo podía imaginarlos sin la seguridad de que fueran como los pintaba mi mente.
Me llevé una mano a la frente: otra vez el dolor. Para aplacarlo llené los pulmones de aire. Sentir el viento chocar con mi cara era refrescante y también calmaba el ardor que comenzaba a sentir producto del sol.
De pronto escuché una voz conocida llamarme:
—¡Maestro Mu!
Me di vuelta enseguida: mi discípulo corría hacia mí con los brazos extendidos. Tropezó antes de poder alcanzarme, pero por suerte llegué a sostenerlo; él se disculpó y dio las gracias mientras reía.
—¿Kiki, dónde estabas? —le pregunté a medida que me ponía a su altura.
—Con la señorita Athena.
—¿Estuviste con ella todo el tiempo?
—Sí. Es que ayer pasó llorando por la casa de Aries. Me preocupé tanto que decidí acompañarla y me quedé con ella para animarla.
Si aún existía una posibilidad mínima de haber imaginado sus lágrimas, se había ido con eso. Sentí un peso gigante sobre el cuerpo y dolor en el pecho. «No era mi intención lastimarla. ¿Cómo podría disculparme?», pensé con los párpados cerrados.
—¿Maestro, está bien?
La voz de Kiki me hizo reaccionar.
—Sí.
Le sonreí para dejarlo tranquilo.
—Más importante: ¿cómo está Athena ahora?
—Está mejor. Todavía se nota un poco triste, pero al menos ya no llora.
—¿Y dónde está?
—Supongo que en la casa de Virgo.
—¿Virgo?
Kiki afirmó con la cabeza y siguió:
—Fuimos a ver cómo están yendo los arreglos en las casas que los necesitan. Cuando llegamos a la de Virgo me di cuenta de que ya había pasado mucho tiempo sin verlo y vine a buscarlo.
Suspiré con pesadez.
—Kiki, no podés andar paseando por las doce casas como si nada. Algún guardián podría no dejarte pasar y ya viste cómo terminaron Seiya y los demás.
—Sí... ¡Pero si voy con la señorita Athena o con usted no va a pasar nada! —dijo animado.
—Con Aldebarán y Aioria no creo que haya problema. Milo... Si le pedís permiso seguramente te deje pasar.
Dirigí la vista a la entrada del templo de Virgo. Me sentí un poco mal por no tener nada positivo que decir sobre Shaka: él había sido uno de los peores con los santos de bronce. Aunque Kiki había sido testigo, de cierta forma, de que mi compañero podía dejar de creerse un dios y pedir ayuda cuando la necesitara; un rastro de humanidad todavía le quedaba. Así que supuse que tendría que hablar con él para explicarle que mi pupilo solamente era un nene curioso como cualquier otro.
—El señor Shaka da mucho miedo.
—¿Eh? —Lo miré confundido.
—Es muy serio y el ambiente se siente muy pesado en su casa.
Kiki siempre trataba de demostrar que era valiente, así que el hecho de admitir que Shaka lo había asustado me pareció muy tierno.
—Sí, puede asustar un poco —le dije con una risa suave.
—Si la señorita Athena no hubiera estado conmigo, no sé qué habría hecho. Por eso también quise salir lo más rápido posible de ahí e ir a buscarlo.
Le pasé la mano por el pelo.
—Si te quedás en la casa de Aries vas a estar bien. Shaka no es de salir mucho.
Mi pupilo asintió y me puse de pie.
—Bueno, no más paseos por el Santuario. Acordate por qué te traje.
—Para aprender más sobre cómo arreglar armaduras y la vida de los santos de Athena.
—Hay que arreglar las de bronce y varias de plata. Tenemos bastante para entretenernos.
—¿Puedo ver de nuevo cómo arregla las de Seiya y Shiryu? —preguntó con ojos brillantes.
—Claro. Vamos a tener que trabajar toda la noche también. Pero si lo necesitás, podés dormir una siesta.
—¡Sí!
Kiki saltó de alegría y empezó a correr alrededor mío. Su reacción, además de hacerme reír, me dio mucha más energía. «¿Yo también habré tenido ese brillo en los ojos cuando mi maestro me enseñaba?», pensé al ver la cara de felicidad de mi discípulo. Aunque fuera bastante hiperactivo, aprendía con rapidez y siempre estaba atento a las lecciones; se notaba que le gustaba el arte de nuestros antepasados.
De la nada Kiki se apuró a esconderse entre mis piernas y se cubrió con la capa de mi armadura. Comprendí cuál era el motivo de tal reacción cuando vi al frente: Shaka bajaba en nuestra dirección. Con cada paso del santo de Virgo mi pupilo se aferraba más fuerte a mí.
—Kiki, no tengas miedo. No va a pasar nada —le dije.
A pesar de eso negó con la cabeza, aterrado como si hubiera visto algo salido de su peor pesadilla. Le revolví el pelo y solté un suspiro.
Una nueva puntada me obligó a cerrar los párpados y pasarme una mano por la frente. Por suerte el dolor se esfumó rápido. Luego vi a mi compañero que ya se encontraba a pocos metros.
—Buen día, Shaka —le saludé.
—Ya es mediodía, Mu —respondió.
—Con un «hola» me conformaba —dije con la boca torcida.
Shaka entreabrió los ojos y fijó la mirada en Kiki que se cubrió la cara con mi capa.
—Encontraste a tu discípulo.
—Sí, le estuvo haciendo compañía a Athena. Aunque creo que ya lo habías visto.
—Me enteré de que es ariano como vos. ¿Vas a entrenarlo para que sea tu sucesor?
Intercambiamos miradas con Kiki. Él abrió tanto los ojos como la boca. Apretó tan fuerte la tela que comencé a sentirla tirante. Le di unas palmaditas en el hombro y sonreí para tranquilizarlo.
—Por ahora se prepara como herrero del Santuario —le dije a Shaka—, pero cuando sea mayor voy a enseñarle más sobre nuestra constelación.
—Si fuera vos me apuraría un poco.
Tras decir eso continuó caminando. Lo seguí con los ojos, a la vez que pensaba si era oportuno responderle, pero preferí no hacerlo, mucho menos con mi discípulo asustado. Fue recién cuando Shaka estuvo bastante lejos como para escucharnos que Kiki dejó de esconderse. Toda la emoción que tenía hacía unos instantes se había olvidado. Dio unos pasos adelante y miró en la dirección de Shaka.
—Maestro Mu —dijo con la voz apagada—, ¿alguien como yo... puede llegar a ser un santo de Athena?
La manera en que arrastró las palabras daba cuenta de que Shaka lo había intimidado más de lo que hubiera querido. Me acerqué a él de manera lenta, me arrodillé y lo agarré de los hombros para voltearlo. Tenía la nariz roja, como si aguantara las ganas de llorar. Le acaricié una mejilla y dije:
—Cada uno va a su ritmo.
—Pero usted ya era santo de oro a mi edad.
—Solamente tuve suerte.
—¿Suerte?
Asentí.
—Mi maestro Shion era el Patriarca, ya no podía ocupar el lugar del santo de Aries. Por eso me entrenó como su reemplazo.
Kiki evitaba verme a la cara; mantenía los labios fruncidos y los hombros caídos.
—Shion también empezó desde abajo. Tuvo que esforzarse mucho, ¡pero mirá hasta dónde llegó!
Me puse de pie al mismo tiempo que levanté a Kiki del suelo. Le brillaron los ojos y los cachetes adoptaron un tono rojizo muy leve. Con una risa le dije:
—Además, no creo que te guste entrenar como yo tuve que hacerlo.
Lo tiré hacia arriba.
—¡Maestro!
Al principio se sorprendió, pero enseguida comenzó a reír. Cuando alcanzó la altura máxima acomodó el cuerpo para caer de espalda. A unos pocos metros del suelo lo atrapé usando telequinesis hasta tomarlo entre los brazos. Su cara risueña regresó y lo dejé que pusiera los pies sobre la tierra.
—¡Hacía mucho que no jugábamos así! —dijo casi en un grito que me causó mucha gracia.
—Dejó de ser divertido cuando aprendiste a controlar la teletransportación.
—¿Puede hacerlo otra vez? —preguntó con los ojos enormes.
—Más tarde. Ahora tenemos trabajo.
Le ofrecí la mano y él no tardó en aceptar; empezamos a bajar. Mientras estábamos en eso le conté cosas que solíamos hacer cuando era más chico, los juegos, las primeras lecciones, la comida que rechazaba. Más que nada le encantaba la anécdota del día en que nos conocimos, una historia que siempre le recordaba en su cumpleaños. Por un instante me impresionó darme cuenta de que Kiki estaba creciendo y que si lo guiaba por el camino correcto también llegaría a ser un santo de Athena. «Espero poder verlo cuando ese día llegue», pensé y no pude evitar sonreír.
«Si fuera vos me apuraría un poco», me preció escuchar de nuevo las palabras de Shaka.
Si bien era cierto que Kiki no estaba listo aún, no era necesario decirlo de esa manera para que se sintiera mal. No tenía problema en que cuestionara mis capacidades como maestro, pero mi pupilo era un nene y no importaba que nosotros también lo fuimos cuando comenzamos a prepararnos para servir a Athena. Lo que menos deseaba era que Kiki pasara por lo mismo que yo; si podía evitarlo haría todo lo que estuviera a mi alcance. Shaka solo sería un obstáculo más a superar.
—Es un dolor de cabeza —dije en tono bajo.
Cuando éramos chicos también hacía ese tipo de comentarios; todos lo tomábamos como un reto para mejorar y reírnos de lo orgullosos que podían ser Milo y Aioria. Pero, con el tiempo, cuando estábamos solos, Shaka comenzó a abandonar esa máscara para mostrar el lado tierno que tenía. Varias veces había sido testigo de ello, en especial luego de los entrenamientos físicos que nos dejaban agotados tanto en cuerpo como en espíritu. Nadie quería que los demás supieran de las lágrimas derramadas junto a los «quiero irme, no quiero ser un santo».
Una noche antes de cenar me quedé en la habitación que compartía con Aldebarán y Shaka. Él volvió a los pocos minutos de que nos llamaran cuando se dio cuenta de que no estaba en el comedor; me encontró en mi cama, tapado con las sábanas hasta la cabeza.
Se sentó a los pies y guardó silencio. No quería que me viera en ese estado: intenté hacerle creer que estaba dormido. Me cubrí la boca con las manos para que no percibiera mi llanto, aunque el temblor de mi cuerpo me delataba.
—Sos muy fuerte, Mu.
Cuando escuché esas palabras me mordí el labio para que no se me escapara ni un sollozo.
—Hoy Saga fue muy bruto —continuó—. A mí también me duele todo.
Agarré más fuerte las sábanas. Dos gotas gruesas me salieron de los ojos. Sabía que si abría la boca se iba a dar cuenta de lo que me pasaba; aunque seguramente ya lo sabía.
Estuvo tan callado y silencioso por minutos que pensé que se había ido o puesto a meditar. Sin embargo, de pronto sentí cómo se escabullía entre las sábanas para acostarse a mi lado; incluso apoyó la cabeza en la almohada. Estaba acorralado: ya podía ver cómo el resto se burlaba de mí cuando se enteraran de que estuve llorando.
—Mu.
Me dio escalofríos cuando me tocó la espalda con un dedo. De manera instantánea me enrosqué más con las sábanas y pegué la frente contra la pared.
—¿Estás llorando?
Tragué grueso; creí que se me desgarraría la garganta de lo complicado que había resultado.
—Mu.
Volvió a picarme la espalda y le respondí con un manotazo para alejarlo sin mirar.
—Dejame en paz —Traté de no levantar el tono.
—¿Por qué llorás?
—Dejame en paz, te dije.
Shaka apoyó las manos en mi espalda. Dejé de respirar, pero las ganas de llorar no me permitieron aguantar demasiado. Tosí y las lágrimas volvieron a salir. Me encorvé, abracé mis piernas; ya no podía controlar los espasmos. El aire apenas llegaba a mis pulmones y volvía a salir con violencia. De mi boca solo escapaban alaridos que lastimaban por dentro. Me ardía la cara, los ojos dolían y el corazón latía fuerte.
—¡No puedo! —sollocé.
—Sí podés —me respondió Shaka con tono tranquilo.
—No... No puedo... Y Shion... Mi maestro se... se va a enojar cuando vea que no puedo pasar el ejercicio de Saga.
Shaka me acarició la espalda con las yemas de los dedos. Al principio me sorprendió tanto que intenté alejarme, aunque la pared me lo impidió. No podía escapar y me resigné. Más que caricias, los toques de Shaka parecían roces; los movimientos circulares sobre mi ropa poco a poco comenzaron a sentirse como cosquillas leves, de esas que son agradables pero que no llegan a hacerlo a uno reír.
—Vas a ver que mañana lo pasás —dijo con la voz más clara y dulce que haya escuchado en un nene.
—Pero —le respondí a la vez que intentaba tomar aire— Shion... Él espera... que sea el santo de Aries.
—Y lo vas a ser.
—¿Y si la armadura me rechaza al final porque no soy fuerte?
—Si estás acá es porque sos el indicado.
Apoyó las palmas en mi espalda: una calidez empezó a expandirse de forma lenta y constante. No supe identificar si era su cosmos o algo más; quizás hasta magia, pensé. Esa sensación me llegó al pecho, lo que hizo que empezara a calmar tanto los latidos como la respiración. Pasados unos minutos sentía el cuerpo más ligero. Ya no lloraba, aunque no se me iba el ardor de la cara.
El colchón se hundió hacia el lado de Shaka. Lo miré por sobre el hombro: se había sentado con los pies en el piso.
—Ahora vuelvo —dijo y se levantó.
Giré para después sentarme. Él llegó hasta la puerta, estuvo a punto de abrir y le pregunté:
—¿A dónde vas?
—Voy a buscar algo. Esperame acá.
Shaka se fue y cerró la puerta. Suspiré, me acosté con la vista al techo. Llevé la mano a la frente: me dolía la cabeza, quería vomitar y llorar aunque ya no tuviera fuerzas. La sensación de los dedos de Shaka en mi espalda no se borraba, era como si aún me acariciara para calmarme.
No podía mantener los ojos abiertos; por momentos se me nublaba la vista. Me alejaba cada vez más de la realidad que ya ni reconocía mis brazos y piernas como propios. El cansancio dio paso a la distención. Mi pecho subía y bajaba en un ritmo regular y sereno. Un poco de luz pudo penetrar a través de mis pestañas que se cerraban las unas sobre las otras. Antes de que todo se volviera oscuro solo pude pensar en un nombre: Shaka.
El sonido de la puerta al cerrarse me sobresaltó. Me senté en la cama con las pulsaciones por el cielo. Mi compañero había vuelto con una canasta pequeña en una mano, un balde en la otra y una toalla alrededor del cuello. Resopló para sacarse parte del flequillo de la cara; sonrió. Llegó al costado de la cama, dejó el balde en el piso para entonces sentarse de frente a mí.
—Te traje la cena.
Me mostró el contenido de la canasta: dos panes, un poco de queso y dos tazas con té que parecía frío.
—Fue lo único que pude conseguir sin que me descubrieran.
—¿Q-qué? No, Shaka. ¡Esto está más que bien!
Los cachetes me ardían a más no poder.
—Perdoná —le dije sin mirarlo.
Shaka dejó la canasta sobre la cama, agarró la toalla y la metió en el balde. Después la estrujó para sacarle el agua. Con mucha delicadeza empezó a limpiarme la cara. Por instinto retrocedí y le pregunté:
—¿Qué hacés?
—Tenés la cara sucia y los ojos hinchados.
«¿Cómo sabés? Si en ningún momento abriste los tuyos», quise hacerle esa pregunta, pero al final desistí.
Volvió a darme toques suaves con la toalla húmeda. Estaba tan fresca que alivió bastante el ardor de mi piel. Shaka ni siquiera necesitaba abrir los ojos, se guiaba con los dedos para recorrer mi cara. Sus yemas también estaban frías a comparación de mis cachetes y párpados. Repitió la acción de sumergir la toalla dos veces más para luego dejarla un rato sobre mis ojos.
—Siguen hinchados —dijo mientras apenas apoyaba las puntas de los dedos en mis párpados.
—No importa.
Tiró la toalla dentro del balde y se sentó sobre el colchón. En el medio quedó la canasta con comida.
—Seguro tenés hambre —dijo.
—Y vos también —Agaché la cabeza—. Perdoná. Por mi culpa te perdiste la cena.
—No pasa nada. Estoy acostumbrado a saltarme comidas.
Agarró la canasta con ambas manos y me la extendió. Pero lo que más me sorprendió fue verlo abrir los ojos: eran tan azules y brillaban como si fueran el mismísimo cielo con un sol propio. Mi corazón latió emocionado al igual que la primera vez que los había visto.
—Si querés también podés quedarte con el pan que era para mí —dijo.
—Shaka... ¿Por qué...?
—¿Nnh?
—Tus ojos... ¿Por qué los abriste?
Dejó la canasta sobre el colchón, sacó un pan y me lo ofreció con una sonrisa entre tímida y amarga.
—Si estoy con vos, no necesito acumular cosmos. Además... te mentiría si dijera que no quería abrirlos antes.
Me agarró de la muñeca y me obligó a aceptar el pan. Lo acerqué a mi boca, pero no me atreví a morderlo. La mirada de Shaka estaba entretenida en un punto invisible sobre las sábanas.
—¿Por qué no los abriste antes?
Su sonrisa se volvió más amarga mientras hizo fuerza con los puños. Sin cambiar la postura dijo:
—Porque aquella vez vos no quisiste verme cuando lloraba.
Enseguida supe que se refería a una noche en la que me quedé leyendo y escuché lo que parecía ser su voz que lloraba sobre la cama. Le pregunté si estaba bien, a lo que respondió que solamente recitaba un mantra antes de dormir. Entendí que era una excusa y no tenía que meterme.
—¿Vos lo sabías, no, Mu?
Asentí levemente con temor a cruzarme con esos dos círculos azules que tenía; aunque era más por la vergüenza que quería evitarle sentir porque había presenciado su momento de debilidad.
Le di el primer bocado al pan que todavía estaba tibio. Shaka agarró una taza y tomó un poco de té. Puso cara de desagrado -tal vez no era lo que esperaba-, volvió a sonreír, aunque en sus ojos se notaba que algo le dolía. De nuevo sentí presión en el pecho, los ojos se me vidriaron; por el nudo que tenía en la garganta me resultó muy difícil tragar. Enseguida cayeron las lágrimas. Shaka dejó la taza dentro de la canasta y se apuró a limpiarme la cara con los dedos.
—No llores, Mu.
Le di otra mordida al pan, mastiqué con la boca abierta para poder tomar aire al mismo tiempo. Shaka me sacó el pelo de la cara. Seguía con los ojos abiertos que también empezaron a humedecerse.
—No llores —repitió— o yo también...
Sonreí sin dejar de llorar y dije:
—Es el pan más rico que comí en mi vida... aunque está un poco salado.
Shaka abrió más los ojos junto con los labios. Se apartó de mí y se sentó con cara hacia la puerta.
—Mañana no podemos perdernos la cena —dijo con la voz hecha un hilo.
Sin haberlo hablado, Shaka y yo habíamos llegado al acuerdo en que uno secaría las lágrimas del otro en secreto.
—¿Eso pasó en serio? —pregunté al aire.
—¿Maestro?
La voz de Kiki me sacó de mis recuerdos. Se notaba preocupado.
—Me acordé de algo. No pasa nada.
Seguimos bajando hacia la primera casa. Sin embargo, con cada escalón venían a mí más escenas pasadas semejantes a aquella noche. Fue entonces que entendí algo: ese tipo de situaciones se repitieron tantas veces como fue necesario para que dejara de dolernos, pero habían quedado bien grabadas en nuestro interior que nunca lo olvidaríamos. O al menos yo lo creí. Por eso desde el día en que me comprometí a ser el maestro de Kiki decidí que no iba a permitir que pasara por lo mismo.
—*—*—*—
Poco antes de la medianoche mi discípulo se retiró a descansar. Estuvimos desde la tarde con la reparación de las armaduras; por suerte nos quedaban dos de plata y luego ya podríamos dedicarnos a las de bronce. Esas eran las que más me preocupaban: tenían demasiados daños. Si resultaba ser como temía, me iba a costar bastante arreglarlas.
Dejé las herramientas a un lado, me limpié la transpiración de la frente mientras soltaba un suspiro; estiré los brazos por detrás de la cabeza. Luego fui a lavarme y cambiarme los vendajes sucios. «Parece que voy a tener heridas nuevas», pensé al ver mis cicatrices. Me detuve a acariciar con un dedo la más grande, en mi antebrazo izquierdo. Entonces sentí un poder conocido, por lo que me apuré para terminar con eso.
Regresé a la sala donde trabajaba y ahí estaba Shaka de espectador. Me acerqué a él; no necesité llamarle para captar su atención.
—¿Te falta mucho? —preguntó sin sacarle «la vista» a la armadura que tenía enfrente.
—Me faltan dos de plata y después las de bronce.
Dejó escapar una risa muy pequeña.
—Perdoná por darte más trabajo.
Torcí la sonrisa.
—No es mucho, la verdad.
—Son tiempos de guerra. Vas a tener más que esto.
—Sí —respondí en un suspiro.
Shaka revisó el lugar con la mirada, a su modo, claro.
—¿Y tu discípulo?
—Ya es tarde. Lo mandé a dormir.
Volteó el rostro hacia mí con una sonrisa burlona.
—Parece que lo consentís bastante.
Me crucé de brazos.
—¿Y tenés un problema con eso?
—Si tu intención es que sea el próximo santo de Aries, no deberías protegerlo tanto.
—Mi discípulo, mis métodos.
Shaka levantó una ceja.
—Me disculpo si te ofendí. Es que...
—¿Qué?
—¿Estás seguro de que querés eso para él?
—¿Eh?
—Sos del tipo de persona que evita las peleas a toda costa y que haría todo lo posible para que nadie tenga que pasar por el procedimiento para ser un santo.
Apoyé el peso sobre la pierna izquierda.
—¿Por qué siento que desde que llegué me convertí en objeto de tus burlas?
—No me burlo, Mu. Perdoná si te hice creer eso.
Por fin se volteó de frente a mí para mostrarme lo que tenía en la mano. Dejé que los brazos me colgaran al costado del cuerpo. «¿Cómo no me di cuenta?», me pregunté sin quitarle la mirada a la canasta que Shaka sostenía; supuse que fue porque la ocultó con su capa que no la había visto.
—Hasta que tu discípulo no esté listo, sos el único hombre en el mundo capaz de arreglar las armaduras. No podemos permitirnos una baja tan importante en este momento.
El cuerpo no me respondía. Abrí la boca, pero ni un sonido salió de ella. Shaka caminó hasta mí, me agarró la muñeca y dejó la manija de la canasta en mi mano que él mismo se encargó de cerrar. Luego me tocó la espalda con la yema de los dedos; dibujó círculos invisibles sobre la tela de mi ropa. Un cosquilleo me recorrió de pies a cabeza.
—Seguimos siendo humanos y tenemos necesidades que resolver.
Terminó de decir eso, me dio unas palmadas y salió. Tenía un temblor leve en las piernas. Miré la canasta que sostenía. Giré sobre mis pies para seguir a Shaka, pero me detuve a los pocos pasos cuando me di cuenta de que no encontraba palabras ni razones para retenerlo.
Me refregué la frente y parpadeé un par de veces. A lo lejos se perdió la figura del caballero de Virgo.
—NOTAS FINALES—
Y hasta acá el capítulo de hoy.
¿Qué les pareció?
En el fondo Mu tiene muchas ganas de golpear a Shaka (y en algún momento se va a dar el gusto de hacerlo :D).
De chiquito Shaka era una ternurita.
Ya veremos cómo se desarrolla esta relación.
Creo que este es el capítulo más corto de todo el fanfic por el momento.
Espero que cuando lleguen los siguientes no se aburran de lo largos que son.
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Cuídense.
