Capítulo 3
Me cepillaba el pelo frente al espejo mientras pensaba en la noche pasada. No podía negar que la comida que Shaka había llevado resultó de mucha ayuda. Sin embargo, el desconocer su motivación me tenía inquieto: si había sido una orden, un gesto a voluntad u otra cosa era algo que necesitaba averiguar. A mi parecer no tenía una razón.
Luego de que Shion fuera asesinado y le diera la espalda al Santuario no hablé con ninguno de mis compañeros; apenas le dije a Aldebarán mis intenciones antes de irme. Supuse que el resto me tomaría por traidor, así que no esperaba que después de años me recibieran como a un amigo que se había ido por tanto tiempo, mucho menos Shaka que se había vuelto tan orgulloso. «Tal vez busca la manera de limar cualquier aspereza por el bien del Santuario», suspiré ante esa idea que me pareció la más acertada.
Miré las puntas de mi cabellera; algunas hebras estaban quebradas, pero al pasarle la mano las dejé sin imperfecciones. Agarré la cinta gastada con la que me ataba el pelo y pensé que ya era hora de cambiarla. «No me acuerdo cuándo fue la última vez que lo corté», dije para mis adentros.
Junté todo mi pelo en una cola de caballo alta y al ajustar la tela sentí el cuero cabelludo tirante. Me refregué la zona para calmar el dolor, pero como seguía decidí deshacer el peinado.
—La última vez que lo até así... —Arrugué la frente— No, no lo hice yo...
Durante el entrenamiento para convertirnos en santos a veces no teníamos tiempo de preocuparnos por cosas como ir a cortarnos el pelo. En ocasiones podía ser molesto tenerlo largo, pero aprendimos a lidiar con ello. Aunque la vez que lo creí más inconveniente fue una mañana en que nos encargaron a Shaka, Camus y a mí ir a comprar provisiones a Rodorio.
Nos separamos para dividirnos las tareas y terminar más rápido. Conseguí todo en pocos minutos, solo quedaba reunirme con mis compañeros. Al primero que encontré fue a Shaka quien también había comprado lo que le tocaba.
Teníamos que atravesar la calle principal de la zona comercial para llegar al punto acordado. Había tanta gente que nos dificultaba el paso. Además, como éramos de estatura baja algunas personas nos llevaban por delante. Alguien me empujó y caí en la entrada de una mercería. El contenido de los sacos que llevaba se desparramó por el suelo. Me senté y vi que tenía raspones en las manos y rodillas. Mi compañero se acercó para asegurarse que estuviera bien.
—¿Te lastimaste mucho?
—No pasa nada. No me duele.
Shaka agarró un colgajo de tela de su túnica para limpiarme la cara.
—Tenés tierra.
Escuchamos unos pasos que salían del local. Levantamos la vista y nos encontramos con la dueña.
—¿Qué pasó acá?
Me puse de pie a toda prisa y me disculpé de manera atolondrada:
—P-perdón, me caí. Disculpe por obstruir la entrada. Ya mismo junto todo esto.
Pero antes de que pudiera hacerlo Shaka ya había levantado las cosas y las guardaba en los sacos. La mujer rio; luego me acarició la cabeza, sacó una tela del bolsillo y me limpió las manos.
—Lavate bien cuando llegues a tu casa —me dijo con una sonrisa.
Asentí y me quedé con la cabeza agachada. Entonces la mujer volvió a sacar algo del bolsillo: una cinta color esmeralda con la que me ató el pelo en una colita alta.
—Listo.
—P-pero... no puedo pagarlo.
—Está bien, es un regalo
Ensanchó la sonrisa.
—No todos los días tengo la oportunidad de ver a una nena tan linda como vos.
La cara me empezó a arder, estaba rojo. Intenté articular las palabras, pero no salió nada que se pudiera entender. Llegó un cliente, la mujer debió entrar a la tienda y me dejó con muchas ideas sin decir.
Di media vuelta. Shaka me entregó los sacos que llevaba sin acotar. Comenzó a caminar; entendí que debía seguirlo. Volvimos a entrar en la muchedumbre. Me ofreció su mano y la agarré con fuerza. Tras varios empujones conseguimos salir de la calle principal para alcanzar el punto de encuentro. Camus todavía no había llegado; dejamos las bolsas en el suelo y esperamos en silencio.
Me llevé la mano al pelo. Tomé entre los dedos la cinta y volví a sentir los cachetes arder.
—Pensó que era una nena —dije para mí mismo, pero había llamado la atención de Shaka.
—¿Nnh?
—Lo que dijo la mujer de la mercería.
—¿Qué tiene?
—¡No soy una nena!
—Ya sé, pero no entiendo por qué te molesta tanto. Hasta dijo que sos linda.
La cara me quemó de la vergüenza, me cubrí los ojos con las manos. Fue más por la sorpresa y la incomodidad de experimentar algo nuevo que por las palabras de aquella mujer: era la primera vez que escuchaba a Shaka decir algo semejante.
—Se te ve raro el pelo así —me dijo.
—¿En serio? —Lo miré a través de los dedos.
Afirmó con la cabeza.
—Pero me gusta.
Cerré los dedos para que no pudiera verme ni yo a él. Era raro que Shaka dijera que algo de una persona le gustaba; solamente lo había escuchado cuando se refería a un aspecto de la naturaleza, un sonido u olor agradable. Aunque me incomodara, en el fondo me hizo sentir bien, tanto que me provocó una sensación rara pero agradable en el estómago.
En eso se escucharon unos pasos acercarse a las apuradas y llegó nuestro compañero que faltaba.
—¡Perdón! —dijo Camus— Me costó mucho conseguir algunas cosas.
—¿Ya podemos volver? —preguntó Shaka.
—Sí, ya está todo.
Cada uno cargó las bolsas que le correspondían y emprendimos el viaje de regreso al Santuario. Camus y Shaka iban adelante en silencio. Por mi parte caminaba con la vista al suelo; me daba vergüenza hacer contacto visual con el futuro caballero de Virgo. «Él no es de hablar más de la cuenta —pensé—. Pasamos mucho tiempo juntos y si me dijo eso es porque me considera su amigo y quería animarme, ¿no?». Traté de controlar la sonrisa para que nadie se diera cuenta de mi alegría.
Cuando llegamos a destino fuimos directo a dejar las cosas en la cocina, donde además ayudamos a guardar todo. A pesar de estar ocupado, no lograba distraer mi mente. Deseaba preguntarle a Shaka qué pensaba de mí en realidad, pero no quería incomodarlo y que no respondiera. Quizás solo era idea mía, puesto que con solo verlo se me estrujaba el estómago, lo que hacía a mi corazón acelerarse un poco.
Como nos encargaron mover sacos de papas teníamos tiempo para los dos solos. Quise hablarle varias veces sin encontrar el momento ni palabras correctos para hacer preguntas. Él pareció notar que había algo que me resultaba imposible decirle y comenzó a esquivarme, pero eso solo hacía que mi ansiedad aumentara. «¿Le gustará algo más de mí?», me pregunté.
Por estar tan absorto en mis dudas, sumado a los nervios que me provocaba Shaka con su indiferencia clásica cuando se sentía incómodo, tropecé con mis propios pies, lo empujé y choqué varias veces. Aunque no lo dijera, sabía que su paciencia estaba a punto de alcanzar el límite.
—Mu —me dijo con frialdad la última vez que me caí.
—¿Q-qué? —le respondí con la mirada en el piso.
—Si seguís así te vas a lastimar peor.
Me estiró del brazo para arrastrarme hasta una canilla. Ahí me obligó a lavarme las manos y las rodillas que ya habían dejado manchas rojas en mi ropa. Camus también se acercó a lavarse; aprovechó para preguntar qué había pasado. Shaka no se quedó en silencio.
—La mujer de la mercería no tenía malas intenciones —me dijo Camus.
—Ya sé, pero... —Jugueteé con los dedos y no terminé de responder.
—Me gusta el color de la cinta.
—¿En... serio?
Camus asintió.
—Combina con tus ojos y parece que es muy fresco tener el pelo así.
—S-sí, un poco.
Entonces llegó Aioros para avisarnos que el entrenamiento iba a dar comienzo. Los tres empezamos a seguirlo, pero antes de salir de la cocina Shaka me detuvo.
—Mu, esperá.
Me deshizo el moño que había hecho la mujer de la mercería. Después enredó los dedos en mis mechones para peinarme; lo hizo lento, como si tuviera todo el tiempo del mundo, sin nadie que nos diera órdenes. Juntó todo mi pelo y lo ató con la cinta. Cuando terminó lo miré confundido.
—Lo ajusté para que no se te deshaga.
Dicho eso me acarició la espalda con la yema de los dedos -una especie de costumbre que había adoptado- y salió de la cocina. Me llevé la mano al pelo, al nuevo peinado que tenía.
—Apurate.
Shaka me llamó a un par de metros por delante. Yo solo asentí y fuimos juntos al entrenamiento. Desde ese día él fue el encargado de atarme el pelo antes de cada práctica.
Unos pasos hicieron eco por todo el templo. Giré la cabeza de lado a lado, guardé mis pertenencias de aseo personal. Vi mi reflejo una vez más, me di unas palmadas suaves en la cara y salí del cuarto. Entonces escuché a mi pupilo llamarme:
—¡Maestro Mu!
—¿Kiki, a dónde fuiste tan temprano?
—Perdón. Vi que dormía tan profundo que no quise despertarlo para que me acompañara.
Hizo una reverencia. Cerré los ojos y suspiré resignado; no necesitaba una explicación para saber dónde había ido.
—¿Tuviste algún problema en el camino?
—No, todos dormían... o eso creo.
—De todas formas, no vuelvas a salir sin avisar.
—Está bien.
Le revolví el pelo y sonreí.
—¿Ya desayunaste?
—Sí, desayuné con la señorita Athena —Abrió los ojos exagerado y dio un aplauso—. ¡Cierto!
—¿Qué pasa?
—La señorita Athena dijo que va a venir a hablar con usted.
Enterarme de que pronto recibiría la visita de nuestra diosa me alteró los nervios. No la había vuelto a ver desde la charla que tuvimos en la fuente; aún no me disculpaba. Tampoco quería hacerla sentir peor o enojarla, por lo que me aseguré de que todo estuviera en orden en la casa. Kiki me dio una mano con la limpieza. Terminamos al mediodía. Ya con mi armadura puesta me dediqué a esperar.
Cuando Athena arribó a la casa de Aries lo hizo acompañada de mis compañeros dorados. Se paró delante de todos, rodilla al piso esperamos por sus palabras -Kiki permaneció detrás de mí en la misma posición. Entonces la diosa procedió a informarnos sobre su regreso a Japón esa misma tarde. Nos miramos entre nosotros; sin la necesidad de usar las palabras sabíamos que estábamos de acuerdo en algo: no era el momento más oportuno para que dejara el Santuario.
—Confío en que continuarán con sus labores y seguirán las directivas del caballero de Libra.
—Con todo respeto, mi señora —decidí hablar—, pero abandonar el Santuario en esta situación...
—Tengo asuntos que resolver en Japón —dijo sin levantar el tono pero segura de sus palabras—. Creo que todos tenemos asuntos sin resolver, Mu.
Sus ojos brillantes y firmes me obligaron a agachar la cabeza.
—Pero su seguridad está en riesgo —dijo Aioria.
—Los demás santos de bronce van a acompañarme. Cuando haya terminado con lo que tengo que hacer, voy a volver con todos.
Al vernos incapaces de hacerla cambiar de parecer guardamos silencio. Ella esperó unos segundos en los que ninguno se atrevió a nada. Luego continuó:
—Como ya dije: el santo de Libra está al mando ahora. Sin embargo, tengo tareas específicas para cada uno que me gustaría que cumplan.
Milo quedó a cargo de la de la vigilancia general del Santuario, lo que incluía patrullaje y dirección de los guardias. Para Shaka la tarea era similar, aunque se centró en la fuente donde los santos de bronce se recuperaban. Al dar esa orden Athena trató de controlar la expresión de amargura, por lo que comprendí que sus sentimientos aún la agobiaban. Luego continuó con el resto: Aioria iba a dirigir los entrenamientos de los aprendices y los soldados, Aldebarán controlaría las reparaciones y quedaría como apoyo de las doce casas, mientras que a mí me tocó continuar con las armaduras, mantener al maestro Dohko al tanto y protección del primer templo sin alejarme.
Una vez que terminó de darnos las indicaciones ya podíamos ir a encargarnos de todo.
—Shaka, Mu —nos llamó—, esperen un momento.
Los demás caminaron lento a la salida sin dejar de mirarnos con curiosidad. Kiki me agarró la mano y sonreí a la vez que le acaricié la cabeza. Cuando el resto abandonó el templo Athena habló:
—Tengo pedidos especiales para ustedes.
Los dos asentimos.
—Shaka, eso que hablamos antes —El santo de Virgo dio un paso atrás y separó los labios al escuchar esas palabras, pero no dijo nada— sigue en pie.
Shaka se limitó a bajar la cabeza. Apretó los puños, le temblaban de manera leve.
—Como usted ordene.
Luego Athena se dirigió a mí, lo que provocó que mi pulso se acelerara. Sin embargo, me relajé un poco cuando la diosa sonrió.
—Mu, más que una tarea, tengo un favor que pedirte... Mejor dicho, dos favores.
—¿Favores?
Athena asintió.
—Dadas las circunstancias tenés demasiadas obligaciones con las armaduras, la casa de Aries, ser el contacto con Dohko, la preparación de Kiki y lo próximo que te voy a pedir.
Miró a mi discípulo y pareció alegrarse.
—Por eso me gustaría pedirte permiso para llevar a Kiki a Japón.
—¿Qué? —preguntamos mi pupilo y yo al unísono.
—Como sos su maestro creí que sería correcto pedirte permiso para que practique con los demás santos de bronce en Japón. De esa manera no va a interrumpir su entrenamiento y vas a poder enfocarte en las tareas del Santuario.
Si bien no sería la primera vez que Kiki estaría en Japón sin mí, quería aprovechar al máximo la estancia en el Santuario para entrenarlo y que conociera el lugar que algún día tendría que proteger como mi reemplazo. Sin embargo, supuse que el ambiente en el que estaría sería muy diferente al del coliseo, por lo que no tendría que preocuparme de su seguridad. Además, si compartía más tiempo con Athena mientras ella aún tuviera conflictos con su lado humano, tal vez mi pupilo aprendería más sobre el lado femenino de la humanidad que podría serle útil algún día.
Me puse a la altura de mi discípulo con las manos sobre sus hombros y le pregunté:
—Kiki, ¿qué te parece? ¿Creés que vas a poder entrenar con los demás caballeros de Athena?
Se masajeó la nuca.
—¿Cree que ya pueda hacerlo, maestro?
—Con lo que te enseñé vas a poder defenderte.
Kiki hizo una mueca.
—No te preocupes —le dijo Athena con una sonrisa—. Dudo que los demás quieran tener problemas con Mu, así que van a ser muy cuidadosos.
Terminó con una risita que contagió a mi discípulo.
—¡Entonces acepto! —dijo lleno de energía.
Athena sonrió con ternura.
—Andá a preparar tus cosas y nos vemos en la entrada.
—¡Sí, señora!
Kiki corrió alegre a su cuarto. Me levanté; supuse que su primer pedido era para que mi pupilo no estuviera presente cuando me diera la siguiente orden. Entonces esperé a que la diosa continuara con lo que tenía para decirme.
—Perdoná, Mu. Llevarme a Kiki significa que tu trabajo con las armaduras va a tomarte más tiempo sin un asistente.
—No tiene por qué disculparse, mi señora —dije con una reverencia—. Al contrario, debería agradecerle por esta oportunidad que le da a mi discípulo.
—Sé que es muy importante preparar a un próximo santo, en especial a uno con el potencial de un dorado, pero aprovechá estos momentos de paz para centrarte en las armaduras de tus compañeros y la protección de la primera casa.
—Sí, mi señora.
—Cualquier cosa que necesites fuera de Aries podés pedirle a Shaka.
Parpadeé un par de veces.
—¿Disculpe?
—Es parte de sus tareas especiales: asegurarse de que el santo de la primera casa se alimente y descanse como corresponde.
Miré a Shaka en la espera de alguna negativa, pero él estaba parado con los ojos cerrados e inmutable. «¿Habrá sido por eso lo de anoche?», me pregunté.
—Ya podés retirarte, Shaka —le dijo Athena.
—Sí. Con permiso.
Una reverencia y el santo de Virgo se marchó sin decir más. Entre las incógnitas que bombardearon mi mente esperé a que mi compañero estuviera afuera para que no escuchara nada de lo que tenía pensado decirle a la diosa.
—Mi señora, agradezco su preocupación, pero... no creo que Shaka de Virgo...
—Él ya aceptó.
—P-pero...
Athena sonrió.
—Ustedes son amigos, ¿no?
—Bueno... Cuando éramos chicos lo éramos, pero no creo que pueda decirse lo mismo ahora.
—Entonces va a ser como en los viejos tiempos.
Cerré los ojos y dejé ir un suspiro.
—Ahora más que nunca es necesario que todos se lleven bien —dijo Athena—. Ya tienen lazos que los une, solamente hay que reforzar esa unión y lo mejor es hacerlo de a poco.
Asentí sin mirarla. Aceptaba que tenía razón y que no iba a ser sencillo lograr la unidad que tanto nos había costado hacía trece años. Comenzar por Shaka era la mejor opción. «Si me gané su confianza una vez, ¿qué me impide hacerlo de nuevo?», me pregunté.
—En cuanto al otro favor que quiero pedirte —Athena volvió a hablar—, es mejor que sea privado.
No pude esconder mi expresión de sorpresa. La diosa arrugó la frente con una sonrisa triste. El peso que había sentido en los hombros desde nuestra última conversación regresó.
—Lo que me dijiste la otra vez... Sé que lo hiciste porque te preocupa que no pueda cumplir mi rol como Athena, especialmente con tantos sacrificios que se dieron para que llegara hasta acá.
Tragué grueso.
—No era mi intención ofenderla.
Athena negó.
—No me ofendiste, Mu. Te agradezco que me ayudes a encontrar el camino que debo seguir. Espero encontrarlo pronto —terminó de decir con un suspiro.
Luego clavó los ojos sobre los míos. Un cosquilleo que me recorrió por la columna me obligó a sacudir el cuerpo de forma leve e involuntaria.
—El último favor que quiero pedirte... más bien es una orden.
—¿D-de qué se trata?
Me agarró fuerte de las manos. Con la expresión más seria que nunca me dijo:
—El día que encuentres el amor, no lo dejes ir.
Sentí las palabras de Athena como un golpe contra el pecho que hizo latir más intenso a mi corazón. La mente se me puso en blanco por un instante y de pronto nuevas preguntas se agolparon. Mis ojos bailaban en sus órbitas, incapaces de hallar las palabras acertadas para pronunciar.
—Mi advenimiento es la señal de que se aproxima una guerra santa —habló Athena—. Nadie sabe qué vaya a pasar. Ya se perdieron muchas vidas.
Se mordió el labio y me sostuvo las manos con más fuerza.
—Dedicaste muchos años a prepararte para dejarlo todo en una batalla de ser necesario, por el bien de una humanidad que no conocés por completo.
Se detuvo a tomar aire.
—No importa que seas un santo de Athena. Primero sos un ser humano y quiero que conozcas lo que se siente amar a alguien de una manera diferente.
—A-Athena... Yo... no...
—No reprimas sentimientos que no podés controlar.
—Pero soy el santo de Aries —susurré.
—Y yo soy Athena —dijo firme—. No importa de quién, cuándo ni cómo te enamores, tenés mi bendición para que vivas ese amor.
Cerré los ojos para evitar su mirada insistente. Estaba acorralado, no solo por su orden, sino también por las circunstancias. A pesar de contar con la bendición de Athena, me veía obligado a cumplir con mis deberes como caballero de oro. Nunca había renegado por mi destino y agradecía que la diosa quisiera que viviera algo semejante a un humano promedio. Sin embargo, pensar en tener un interés romántico cuando se acercaba una guerra en la que quizá tuviera que dejar la vida me producía cierto dolor.
—Mu.
La voz de Athena me sacó de mis pensamientos. Esperaba una respuesta de mí. «No creo poder cumplir con su deseo, pero al menos debería dejarla tranquila», pensé para después hacer una reverencia.
—Como usted diga, mi señora.
Fue como si la expresión de alivio y felicidad de Athena rompieran el sello que habían mantenido a mis sentimientos dormidos toda la vida.
—*—*—*—
Antes de que Kiki se fuera le di la tarea de animar a nuestra diosa en caso de verla decaída y aprovechar al máximo las prácticas con los santos de bronce. Con su partida la primera casa quedó en silencio absoluto. Sin embargo, en mi mente no había más que bullicio: no dejaba de preguntarme cómo haría para complacer a Athena con el asunto de mis sentimientos. Me repetía a mí mismo que no era necesario obligarme a experimentar el amor, que en caso de que ocurriera se daría por sí solo. Además, no iba a poder encontrarlo si no me estaba permitido abandonar mi puesto.
Me senté a meditar en la entrada de la casa de Aries, pero no hacía más que llenarme de dudas. A lo lejos se escuchaba la voz de Aioria que daba órdenes. Pensé que lo mejor sería retomar la reparación de las armaduras que me faltaban, pero tenía el cuerpo exhausto, sin mencionar que no estaba motivado.
Sentí pisadas a mis espaldas y al voltearme encontré a mi compañero de Tauro.
—Aldebarán.
—Mu. ¿Qué pasa?
—¿No se supone que eso deba preguntarlo yo al verte por acá?
—Ya terminé la primera ronda. Más tarde tengo que ir a ver los resultados de hoy.
—Ah...
—¿Y a vos qué te pasa? Tenés cara rara.
Suspiré y apoyé los codos sobre mis muslos. De pronto me cuestioné cómo no había hablado aquello que tanto me inquietaba con Aldebarán antes que con Shaka; en cuanto al tema de los sentimientos él estaba más ducho que aquel con delirios divinos.
—Pensaba en algo que me dijo Athena antes de irse —respondí por fin.
—¿Lo de vivir como los humanos que somos mientras podamos?
Le dediqué una expresión confundida.
—¿Qué?
—Creo que nos lo dijo a todos, o al menos sé que a Aioria y a Milo se los dijo. Por tu estado debo suponer que a Shaka y a vos también.
Dejó escapar una risotada. Luego se sentó a mi lado y se cruzó de brazos.
—No sé cuánto podamos hacer con las órdenes que nos dejó, pero agradezco su consideración.
—Sí.
—Admito que me desconcertó bastante. No tengo idea de qué podría hacer para experimentar la vida como un humano haría normalmente. Así que entiendo cómo te sentís.
—Gracias.
Si bien me reconfortaba en parte que Athena les había dicho a mis compañeros que podrían tener más libertad, las palabras que usó conmigo fueron otras. Aunque quedaba implícito que podrían vivir un romance si así lo desearan, a mí me lo había impuesto. «¿Será una especie de castigo divino?», reí bajo por esa idea.
—Mu de Aries.
La voz de Shaka me dio escalofríos. Miré al frente y lo vi subir las escaleras a mi templo.
—¿Ya comiste? —preguntó a tres escalones de distancia.
—To-todavía no.
Noté que le tembló una ceja, señal de molestia.
—P-pero voy a tomar el té con Aldebarán —Señalé a mi amigo—. Solamente nos quedamos conversando un momento.
La verdad era que me irritó tener que darle explicaciones por lo que hacía o no. Sin embargo, ir en su contra no me pareció buena idea.
—¿Necesitás algo?
Aunque fuera una pregunta que dicha por cualquier otra persona sonaría como signo de preocupación, el tono indiferente de Shaka hizo ver su tarea de ocuparse de mí como algo engorroso. Por mi parte solo podía ignorarlo.
—No, gracias. Estoy bien.
Él asintió y retomó el paso.
—Voy a estar en mi templo. Tengo cosas que hacer hasta el cambio de guardia.
—Entendido.
Las pisadas de Shaka se alejaron. Aldebarán se volteó a verlo mientras que yo permanecí inmóvil. Segundos más tarde mi vecino volvió a mí.
—¿Qué fue eso? —preguntó.
—Órdenes de Athena —Me limité a responder.
—¿Shaka de Virgo es tu niñera? —dijo en tono de burla.
—Algo así.
Mi amigo no contuvo la risa que resonó hasta dentro del templo. La temperatura se concentró en mi cara que comenzó a arder. Resoplé y crucé los brazos.
—¿Quién diría que Mu de Aries iba a necesitar a alguien que lo cuidara? —dijo sin dejar de reír.
—Según Athena es para que nos volvamos más unidos —le expliqué con los dientes apretados.
Aldebarán suspiró para cortar la risa. Luego me dio unas palmadas en el hombro.
—Si Athena lo dijo no hay nada que hacerle.
Apartó la mano de forma lenta y bajó la mirada con una sonrisa que me supo melancólica.
—Va a ser como cuando éramos chicos. Siempre andaban juntos.
Me mordí el labio mientras enredaba un mechón de mi cabellera entre los dedos.
En la mayoría de mis recuerdos Aldebarán y Shaka eran los más presentes, ya fuera en prácticas o en momentos de ocio. Mi amigo de Tauro seguía igual, bastante más alto, pero el otro, en cambio, parecía una persona totalmente distinta. En nuestra niñez Shaka sonreía bastante cuando entraba en confianza, nunca dejaba de ayudar a quien lo necesitara e irradiaba tranquilidad; un buda en miniatura. Siempre fue consciente de lo que podía llegar a hacer con su cosmos, por lo que era muy cuidadoso y humilde, a pesar de sus comentarios que podían ser malinterpretados -el ser directo ya era una de sus características desde edad temprana.
Una parte de mí se lamentaba por haber dejado el Santuario y con ello a Shaka, pero de no haberlo hecho quizá no habríamos traído de vuelta a Athena. «¿Qué fue lo último que le dije antes de separarnos?», me pregunté a la vez que me pasé una mano por la frente.
—*—*—*—
Aldebarán se quedó conmigo hasta el atardecer. Haber pasado un rato con mi amigo después de años me relajó bastante, al menos hasta que retomé mis actividades. Me reproché a mí mismo no haber terminado aún con las armaduras de plata que no necesitaban tanto esfuerzo de mi parte, pero con el estado en que se encontraba mi mente cada una me llevó dos horas.
Cuando por fin me digné a comenzar con las de bronce confirmé lo que más temía: todas excepto la de Fénix estaban muertas. Miré mis antebrazos vendados. Si hubiese sido una sola armadura la que necesitara sangre, no habría dudado en dar la mía, por más que la reparación me llevara más tiempo.
Dejé las herramientas y fui a tomar un baño con la idea de despejarme. El peso de ser el único capaz de arreglar las armaduras muertas se sumó al que ya tenía con las dudas impuestas por la diosa. «¿Por qué ahora me preocupo tanto por ese tipo de sentimientos?», dije antes de sumergirme en el agua.
De pronto percibí el cosmos de Shaka. Miré hacia la puerta que había dejado abierta y esperé a que mi compañero llamara o algo, pero no pasó nada. Unos segundos después su presencia desapareció.
Abandoné el agua, me sequé lo más rápido que pude y me cubrí con una bata para después salir del baño. Shaka se había ido, no sin antes dejar una canasta con comida sobre la mesa. «Se está tomando muy en serio la tarea que le dejó Athena. ¿Tantas ganas tiene de enmendarse?», reí por esa idea mientras revisaba lo que iba a ser mi cena.
Después de vestirme y comer me senté frente a la ventana con la intención de peinarme; dejé el peine y la cinta para atarme el pelo sobre el escritorio junto a la abertura. El cielo estaba despejado, las estrellas parecían más brillantes que de costumbre.
Me tiré el palo hacia atrás para que el agua chorreara. Apoyé el cuerpo contra el respaldo de la silla, cerré los ojos y me dediqué a buscar la solución al inconveniente de las armaduras: no quería importunar a mis compañeros, puesto que era lo único que podía hacer realmente para ayudar al Santuario -quizá yo también quería remendar el haber estado ausente por tantos años. De vez en cuando las palabras de Athena se colaban entre los pensamientos.
Recordé la canción que la diosa cantaba mientras marchaba a través de las doce casas hasta la fuente. Con la vista en el firmamento abrí los labios y escapó mi voz:
«En lugar de lágrimas, una canción tierna
En lugar de tristeza, tu calor».
Apreté los párpados cuando sentí presión en el pecho; me llevé una mano a esa zona. «¿Duele por nunca haber sentido esa clase de amor que Athena quiere para mí o por el miedo de no llegar a conocerlo jamás?», me pregunté mientras me masajeaba. De pronto caí en cuenta de que si en verdad quería descubrirlo tenía muy poco tiempo y se formó un nudo en mi garganta.
Entonces alguien atrapó mi pelo en una especie de tela; me estremecí tanto que pegué un salto del asiento. Shaka estaba parado como si nada, con los ojos cerrados y una toalla en las manos. No supe descifrar qué fue lo que más me sorprendió en ese momento, si el gesto que había tenido o que por primera vez desde nuestro reencuentro vestía ropa más simple, aunque acorde a su lugar de origen.
—Estabas mojando el piso.
Suspiré profundo.
—Disculpá —le dije—. No me di cuenta de cuándo llegaste.
Shaka negó con la cabeza y me hizo señas para que volviera a sentarme, a lo que no me opuse. Volvió a agarrarme el pelo con la toalla para secarlo. De a poco me acostumbré al silencio entre los dos, como cuando recién empezábamos a tratarnos.
Dejó la toalla en el escritorio y agarró el peine para desenredar mis mechones. Lo hizo con tanta delicadeza que parecía que los nudos se deshacían con una sola pasada. Luego procedió a trenzarme el pelo. Sus dedos entre mis hebras me dieron un cosquilleo que no sentía en años.
—¿Hace cuánto no hacía esto?
De la nada decidió hablar con un tono tan suave que me relajó. Tardé unos segundos en hallar una respuesta.
—Creo que desde la vez que nos entregaron las armaduras.
—¿Y lo atás de esa forma desde ese día?
—Es complicado hacerlo uno mismo, más si está húmedo.
—Es pesado.
—Parece que tenés algo de práctica. ¿Vos también te lo atás?
—A veces.
—No recuerdo haberte visto más que con el pelo suelto.
—Encuentro poco práctico atarlo, pero es conveniente para que no se maltrate tanto.
—¿Shaka de Virgo cuida tanto su pelo? —le pregunté en burla— No te imagino bajando al pueblo por champú y cremas para el cabello.
—Un santo de Athena tiene que cuidar su aspecto y estar presentable.
Me crucé de brazos con los ojos cerrados.
—Llevo poco tiempo en el Santuario, pero escuché a varias doncellas suspirar por algunos caballeros —le dije sin perder el tono de burla.
—Si era por vos, no lo dudo.
Sentí la cara caliente. Shaka nunca había captado las bromas y seguía sin hacerlo.
—N-no lo decía por mí.
—Lo tomo como un cumplido.
—Tampoco era... Ah, nada.
Agarró la cinta desgastada, listo para darle las vueltas finales a la trenza.
—No solo las doncellas suspiran por los caballeros —dijo.
—¿Eh?
—Por suerte el dorado impone respeto.
Ajustó el nudo y dejó que mi pelo colgara. Después apoyó las manos sobre mis hombros; las tenía húmedas y frías por haberme peinado. No supe cómo reaccionar. Ni siquiera me atrevía a respirar por temor a que él notara mi nerviosismo. Quería pedirle que se alejara, pero si lo decía podía molestarse. Cerré los ojos con fuerza cuando me di cuenta de que comenzaba a temblar.
Entonces Shaka clavó los dedos en mis hombros y solté un quejido.
—Estás muy tenso —dijo para continuar el masaje.
—¿Podrías... ser más delicado?
—Y vos podrías dejar de pensar en eso que te impide cumplir con tus obligaciones.
—¿Q-qué?
Volvió a clavarme los dedos y me aguanté el dolor.
—Seguís pensando en lo que te dijo Athena.
—N-no... ¿Por qué... seguiría con eso?
—Te conozco, Mu. Sos muy sentimental.
—¿Tan... seguro estás?
Poco a poco dejó de usar tanta fuerza para masajearme. Esperé que respondiera, pero hizo lo contrario:
—¿Te dijo que no reprimas tus sentimientos en caso de enamorarte?
—¿Cómo... sabés?
No respondió ni aunque le di varios segundos para que lo hiciera.
—¿A vos te dijo lo mismo?
Apartó sus manos de mi cuerpo y giré lentamente para encontrarme con sus ojos abiertos. «¿Siempre fueron tan azules?», pensé a la vez que un cosquilleo me recorrió de pies a cabeza.
Shaka afiló la mirada.
—Somos santos de Athena —dijo en tono frío—. No se nos permite amar a nadie más que a nuestra diosa.
Quise responder que lo sabía, que toda mi vida tuve en claro ese voto que cumplí cada día sin falta. Pero la necesidad de explicarle lo que la mismísima Athena me había ordenado y cuán confundido estaba hacía que las palabras se atropellaran las unas con las otras, sin llegar a mi garganta. Su mirada fija no me lo dejaba más fácil tampoco; ya no me creía capaz de controlar mi propio cuerpo.
Shaka dio media vuelta hacia la puerta. Cada paso fue como un golpe contra la realidad. Antes de salir se detuvo y sin verme dijo:
—Nuestro destino nos impide enamorarnos.
El dolor en mi pecho comenzó a asfixiarme. La figura de Shaka enmarcada por la puerta se veía cada vez más lejos.
—No importa cuánto ames a otra persona, es imposible, Mu.
Tras arrastrar esas últimas palabras me dejó solo.
—NOTAS FINALES—
Hasta acá llega este capítulo.
¿Qué les pareció?
Como siempre les recuerdo que pueden seguirme en mis redes sociales para ver más contenido de esta pareja (y spoilers de portadas y esas cosas).
Nos seguiremos leyendo.
Cuídense.
