Capítulo 4
No supe cuánto tiempo había pasado mirando pelusas en el aire iluminadas por los rayos del sol. Al otro lado de la ventana se escuchaba que los demás habitantes del Santuario comenzaban a cumplir sus rutinas. Apenas pude dormir dos horas; me dolían los huesos y el ambiente fresco de la madrugada me parecía excesivo. Me tapé la cabeza con la almohada, como si con esa acción dejara de pensar.
Mi mente estaba dividida en dos bandos: por un lado admitía que Shaka tenía razón, que jamás podríamos dedicar nuestra existencia ni amar a otra persona que no fuera nuestra diosa; esa era la manera en que los santos debíamos vivir. Pero por otra parte, justamente por mi condición de caballero dorado, no podía ignorar el pedido de Athena. Tampoco me esforzaba ya en negar que en verdad quería saber qué se sentía amar a alguien; esa fue la conclusión a la que llegué en la noche de insomnio.
Tiré la almohada al piso y giré hacia la pared.
—Con sentirlo una sola vez es suficiente.
No sabía de quién ni cómo lo haría, pero estaba seguro de mi deseo. No importaba que la otra persona sintiera o no lo mismo; en todo caso lo mantendría en secreto, especialmente al tener en cuenta que una guerra santa podría comenzar en cualquier momento. Mucho menos me iba a preocupar por lo que Shaka o alguno de mis otros compañeros pudiera decirme. Tenía los días contados para encontrar el amor.
—¿Cómo se enamora la gente?
En mis veinte años de vida las veces que presencié el amor en pareja eran contadas con una mano. Desde una edad temprana nos enseñaron que los santos de Athena solo tenían permitido amar a la diosa, un voto mucho más estricto con los que éramos candidatos a caballeros dorados. En caso de que el amor por otra persona fuera tan grande como para querer estar a su lado tendríamos que renunciar a nuestro cargo y al Santuario, en especial si ambas partes de la pareja eran compañeros. Al tener al Patriarca como maestro crecí con esa imposición desde que tuve uso de razón, sin cuestionarla jamás.
Sin embargo, hubo una noche en particular que enterré entre mis recuerdos por mucho tiempo: la primera vez que fui testigo del amor en pareja. Eran más de las doce y había despertado por quinta vez. Frustrado, me senté en la cama y encendí la lámpara sobre la cabecera. Atraje hacia mí un par de libros que estaban en el escritorio, los revisé para decidir con cuál entretenerme hasta que escuché una voz al otro extremo del cuarto:
—¿Vos tampoco podés dormir?
Vi una figura moverse entre las sombras y Shaka terminó por presentarse ante mí para tomar asiento a los pies de la cama.
—Perdoná si te desperté —le dije.
—No llegué a dormir ni una sola vez.
Miré la tapa del libro en mis manos: tenía el dibujo de la luna llena.
—¿Estás nervioso por el examen de mañana? —me preguntó.
—Un poco. ¿Y vos?
—Lo estoy cuando me acuerdo de que el Patriarca va a estar ahí.
Solté una risita.
—Perdón. Si no tuviéramos la misma clase, no pasaría eso.
—No fue tu culpa que compartamos la habilidad de crear ilusiones.
Bajé la mirada con una sonrisa. Pensar que Shaka iba a estar conmigo en el examen del día siguiente me hacía sentir un poco más seguro.
—¿Y si practicamos? —le pregunté.
—¿Ahora?
Asentí con la cabeza. Shaka señaló a Aldebarán que dormía profundamente. Reí bajo y con ayuda de la telequinesis lo tapé con las sábanas que había tirado al piso entre sueños.
—Tuvo examen hoy y quedó agotado —dije—. No creo que vaya a despertarse.
Unos golpes sobre el cristal de la ventana nos llamaron la atención. Me asomé a ver qué había sido y encontré al futuro santo de Escorpio agachado.
—¿Milo, qué pasa?
—Vi que la luz estaba prendida y pasé a saludar.
Se colgó de la ventana para ver al interior del cuarto.
—¿Tampoco pueden dormir?
—Mañana tenemos examen —le expliqué— y estábamos pensando en practicar un poco.
—¿Quieren que les ayude?
Miré a Shaka e hizo gesto como señal de que le daba igual.
—Pero no podemos hacer mucho ruido —le dije a Milo.
—Entonces salgan y vamos a buscar un lugar donde podamos estar.
No teníamos permitido salir tan tarde, pero dar vueltas en la cama y desesperarme por no poder dormir cuando podría practicar para el examen no era algo que quería hacer toda la noche. Tras consultarlo con Shaka decidimos salir. Milo nos ayudó -no era la primera vez que se escapaba- para después llevarnos a uno de los jardines más alejados de los dormitorios.
Caminamos entre los árboles frondosos en busca de un lugar seguro. No llevamos luces ni nada por el estilo. Para ese entonces ya había superado en gran medida el miedo a la oscuridad y aunque no quisiera estaba aterrado, más que nada, de que nos descubrieran.
—Deberíamos volver.
—No seas miedoso, Mu —respondió Milo—. ¿Querés practicar para tu examen o no?
—Sí, pero…
—Aprendé de Shaka que no se quejó ni una vez.
Agaché la cabeza, intimidado. Entonces Shaka me agarró de la mano y sonrió para animarme; le devolví el gesto de la misma manera. Continuamos tras nuestro compañero así, incluso nos ayudábamos mutuamente a no tropezar y caer.
De pronto Milo se detuvo, hizo seña de que guardáramos silencio para acercarnos a ver algo. Nos agazapamos entre las plantas; a metros de distancia había dos enamorados agarrados de las manos: un hombre y una mujer, ambos santos -recordaba haberlos visto algunas veces en entrenamientos. La luz de la luna llena que se metía entre las ramas y hojas de los árboles los iluminaba para que adoptaran un tono plateado sobre sus cuerpos.
—Necesitaba verte —le dijo él.
—Yo también.
—¿Cuándo vas a dejar el campo de entrenamiento para mujeres?
—No puedo. Tengo varias chicas a mi cargo.
Él le besó la mano para después apoyarla sobre su pecho.
—¿Lo sentís?
Ella afirmó con la cabeza.
—El mío está igual.
Entonces procedió a sacarse la máscara y tirarla al suelo. Como estaba de espaldas a nosotros no pudimos verle la cara.
—¡Se sacó la máscara! —exclamó Milo en tono bajo.
Vimos a la pareja abrazarse por varios segundos, sin dejar de declararse su amor. Apreté más fuerte la mano de Shaka que no había soltado en ningún momento, como un reflejo; él reaccionó igual.
—¿No va a matarlo? —preguntó Milo incapaz de apartar los ojos de la escena que teníamos enfrente.
Algo me decía que no debíamos ver eso, pero, al igual que mi compañero, tampoco quería perderme ni un detalle. Tal vez la curiosidad por saber qué haría un santo femenino con un hombre que había visto su cara era más grande. Al mismo tiempo me daba una especie de rechazo mezclado con ternura, un revoltijo en el estómago y calor en los cachetes.
—Están enamorados —dije.
—¿Qué cosa? —preguntó Milo.
—Si un hombre le ve la cara a un santo femenino, ella tiene que matarlo o enamorarse de él —explicó Shaka.
—¿Eso es estar enamorado? Solamente se están abrazando.
Milo parecía esperar otra cosa.
Luego vimos al santo femenino ponerse en puntas de pie para alcanzar los labios del otro que la sostuvo contra su cuerpo. Producto de la impresión, nos hicimos para atrás y alguno soltó un chillido. Enseguida la pareja se separó: él se puso en guardia mientras que ella se apuró a cubrirse la cara con la máscara.
—¿Quién está ahí?
De entre los árboles salió un carnero pastando; se detuvo un momento a ver a los enamorados antes de volver a esconderse y correr.
—Creo que se asustó más que nosotros —dijo el santo femenino.
Se volteó hacia su pareja mientras dejaba caer la máscara al suelo y volvieron a abrazarse con más desesperación que antes. Por nuestra parte nos miramos para comprobar que estuviéramos bien. Entonces descubrimos que Shaka tenía los ojos abiertos, prueba de que había usado su cosmos.
—¿Ese carnero era una ilusión tuya? —le pregunté.
—Fue lo primero que se me ocurrió.
—¡Nos salvaste! —le dijo Milo.
Nos volvimos hacia los enamorados de nuevo. Comenzaron a besarse un poco diferente a la vez anterior. Ella pasó los brazos detrás del cuello de su pareja. Los sonidos producto del contacto entre sus bocas me pareció repulsivo; aun así no podía dejar de ver. Escuché a la voz de Milo decir «Es un beso» y asentí por inercia.
Sus respiraciones empezaron a hacerse más fuertes, como si les faltara el aire, aunque en ningún momento se detuvieron. Él enredó los dedos en la cabellera del santo femenino, a la vez que con la otra mano le recorrió la espalda hasta las caderas, zona que se dedicó a acariciar por varios segundos. Luego apretó uno de sus glúteos; ella dejó escapar a través de los labios algo que me pareció un quejido. Mis ojos se abrieron al máximo y la cara me quemaba.
Una mano me tapó la boca y alguien me levantó del suelo para alejarme de allí a toda velocidad. Traté de zafarme, pero me sostenían bien firme. Cuando me soltaron fue con violencia contra un árbol. No llegué a ponerme de pie y sobre mí cayeron Shaka y Milo. Sin darnos tiempo a reaccionar cada uno recibió un puñetazo que nos hizo volar varios metros.
Con el cuerpo tembloroso llegué a sentarme mientras me sobaba donde había recibido el golpe. Mis compañeros hicieron igual; Milo era el que más se quejaba. Levanté la mirada: Saga y Aioros estaban frente a nosotros y se notaban furiosos. Por la fuerza del ataque supuse que había sido obra del santo de Géminis, que luego preguntó:
—¿Se puede saber qué estaban haciendo?
Traté de no hacer contacto visual con él e instintivamente busqué a Shaka; estaba a pocos metros aún con la mano donde Saga lo había golpeado. Me sentí culpable de haberlo convencido de seguir a Milo y meterlo en esa situación.
—Saben que está prohibido salir a esta hora —dijo Aioros de brazos cruzados.
Saga agarró a Milo de la ropa y lo levantó del suelo.
—Dudo mucho que haya sido idea de Mu o Shaka. Seguro fuiste vos.
Milo se removía tratando de zafarse.
—¡Soltame!
Sin mediar palabras Saga volvió a golpearlo.
—Respondé: ¿fue tu idea?
—N-no… te importa.
Cerré los ojos. El sonido de golpes y los quejidos de Milo me aterraron tanto que me tapé los oídos, aunque era en vano. No importaba cuántas veces Saga volviera a preguntarle, él se negaba a responder.
—Basta, Saga.
Cuando escuché la voz de Aioros me animé a mirar de nuevo. Saga bufó y tiró a Milo contra un árbol. Sin dudarlo me acerqué a comprobar su estado: tenía sangre en la nariz y se retorcía del dolor. Le acaricié la espalda para darle un poco de alivio.
—Ustedes dos me decepcionan —dijo Saga en referencia a Shaka y a mí.
No me atreví a hacerle frente. Escuché sus pisadas sobre el pasto. De reojo lo vi parado frente a Shaka, sentí frío en la nuca. Lo agarró del pelo y lo obligó a levantar la cara.
—¿Por qué abriste los ojos?
Shaka permaneció quieto.
—¿Vos tampoco vas a responder?
Saga elevó el puño. Me dio un dolor muy fuerte en el pecho, a la vez que sentí calor, fuego. «No lo hagas —pensé ya que la voz no me salía—. No lo toques». Aunque las piernas me temblaran me levanté. «No lo lastimes», seguía sin poder hablar. Di el primer paso y corrí con el corazón acelerado como nunca. «Si llegás a ponerle un solo dedo encima… yo… yo...», abrí la boca, pero no salieron las palabras. Shaka veía inmutable la mano que iba a darle el castigo. «¿Por qué? —me pregunté— ¿Por qué tuve que prender la luz y aceptar la invitación de Milo? Tal vez si hubiese sido yo solo ahora mismo yo sería quien reciba el golpe».
Aioros dijo algo, o quizá fue la impresión que me dio cuando reaccionó ante la intención de Saga. «No creo poder ganarle —pensé—, pero si es por Shaka voy a hacer cualquier cosa con tal de protegerlo». Escuché a Milo decir mi nombre. En ningún momento le saqué la mirada de encima al puño del santo de Géminis. «¡No voy a dejar que nadie lastime a Shaka!», exclamé en mis adentros. Pegué un salto para colgarme del codo de Saga y obligarlo a bajar el brazo.
—¡Fue mi culpa! —Le apreté con más fuerza— Yo tuve la idea de practicar para el examen. Milo solamente iba a ayudar y convencí a Shaka de salir para no despertar a Aldebarán.
Lo miré a los ojos buscando una señal minúscula de piedad.
—Si querés pegarme, hacelo…— le supliqué con la visita borrosa— Pero, por favor, no lastimes a Shaka.
No pude sostener la mirada por más tiempo. Agaché la cabeza y algunas lágrimas se me escaparon. Entonces sentí la mano de Saga acariciarme el pelo. Levanté la cara y encontré una expresión más serena. Lo solté de a poco; el cuerpo entero me temblaba: no podía creer que había enfrentado a Saga. Él me dio la espalda, pasó a un lado de Aioros y siguió caminando. No soporté más mi propio peso, caí de rodillas al suelo con la respiración agitada.
Aioros suspiró. Se acercó a mí para ofrecerme la mano y ayudar a levantarme, acción que repitió con los demás.
—Después del desayuno se van a enterar cuál es su castigo.
Con ese aviso lo seguimos en fila para dejar el bosque. Saga nos había esperado; él se puso atrás de todo mientras que Aioros iba primero. Nadie quería decir nada por miedo a empeorar las cosas. Un par de veces tuve que secarme las lágrimas.
De pronto Aioros se detuvo y giró hacia nosotros para preguntar:
—¿Llegaron a verle la cara al santo femenino?
A pesar de la sorpresa los tres negamos. Por toda la conmoción me había olvidado de ese asunto.
—Bueno, un problema menos.
Sin embargo, eso había despertado de nuevo la curiosidad de Milo, como si no hubiera recibido una paliza hacía unos minutos.
—¿Es verdad que están enamorados y por eso ella no lo mató?
Aioros miró a Saga que volteó la cara. Se rascó la nuca y con una sonrisa que denotaba incomodidad intentó responder:
—Si ella misma se sacó la máscara significa que lo ama y no es necesario matarlo.
—¿Por eso se besaban y abrazaban? —Milo volvió a preguntar.
Aioros se veía cada vez más nervioso; de igual manera asintió.
—¿Todos los enamorados hacen lo mismo?
—N-no sé mucho de esas cosas, pero creo que sí.
—¿Por qué?
—Porque… les gusta —respondió con la cara roja.
—¿Y dos santos hombres también lo hacen? ¿O dos mujeres?
—Cre-creo que sí, pero… es mejor que no lo hagan.
—¿Por qué?
—Porque son cosas que hace la gente más grande que se ama.
Todos miramos a Saga cuando dijo eso.
—Lo van a entender cuando crezcan.
—Cierto —dijo Aioros—. Ustedes no tienen que pensar en esas cosas ahora. Concéntrense en conseguir las armaduras doradas que es más importante.
Dicho eso no se volvió a tocar el tema; seguimos hasta llegar a los dormitorios. Aioros le curó las heridas a Milo. Más tarde Saga se aseguró de que entráramos a nuestros cuartos; no dejó de recordarnos que íbamos a ser castigados.
Shaka prendió su luz. Aldebarán seguía dormido; otra vez había tirado las sábanas. Lo tapé y me senté en mi cama, cabizbajo entre la penumbra. El colchón se hundió a mi lado por el peso de Shaka. Me mordí el labio cuando sentí que iba a llorar.
—Perdoná —le dije—. No tendría que haber dicho… lo de ir a practicar.
—Tus intenciones no eran malas, Mu.
No pude contener más las lágrimas.
—Pero… lo que le pasó a Milo… Saga pudo haberte hecho lo mismo.
—Milo no sabe cerrar la boca cuando lo necesita.
Pasó una mano por detrás de mi espalda para acariciarme como siempre hacía cuando quería tranquilizarme; con la otra intentó limpiarme la cara.
—Enfrentaste a Saga para defenderme. Eso fue muy valiente.
—Ahora nos van a castigar.
—Es lo justo. No podemos hacer nada.
Por más que Shaka intentara animarme, no conseguía borrar la pena que sentía. Dejó que apoyara la cabeza entre su hombro y cuello para que soltara todas las lágrimas que quisiera.
—Hubiese sido peor que los atraparan y no estar con vos —dijo—. Eso no me lo habría perdonado.
Me alejó un poco para secarme la cara con los dedos, pero no lograba controlar mi llanto. Decía que todo iba a estar bien, que no me preocupara por el castigo y descansara para el examen. Sus palabras y gestos tan dulces me hacían doler más el pecho; tampoco entendía cómo no estaba enojado conmigo.
Entonces sentí sus labios sobre mi párpado izquierdo. Dejé de gimotear al instante. Él sonrió y me acarició la mejilla. Su expresión era tan tierna que me conmovió hasta soltar un par de lágrimas más. Al hacerlo Shaka volvió a darme un beso, aunque en el cachete derecho casi a la altura de la mandíbula. Luego pasó al otro lado donde siguió el rastro húmedo hasta terminar en mi ojo.
—Shaka… —susurré su nombre.
—Una vez vi a una mujer hacer eso con su hijo que lloraba porque se había lastimado, para que se sintiera mejor.
Me llevé los dedos justo donde me había besado.
—¿Estás mejor?
Asentí mientras se me formaba una sonrisa. Shaka me agarró la cara con suavidad y me dio un beso en la frente. Los latidos aumentaron en frecuencia, un cosquilleo agradable en el estómago; los ojos azules de mi amigo que brillaban me parecieron los más hermosos que había visto en mi existencia tan corta. Un impulso nacido de lo más profundo de mi ser me obligó a llevar una mano temblorosa hacia su cara. Ya se le había comenzado a hinchar donde Saga lo golpeó más temprano. Su piel era suave y cálida. No me bastó con sentirla con los dedos: sin pensarlo demasiado lo besé como él había hecho conmigo.
Sus ojos más abiertos de lo normal y el contacto entre su piel y mis labios me hicieron sentir calor por todo el cuerpo, como si hubiera descubierto el juego más divertido del mundo. Repetí la acción una, dos y varias veces; no me parecía suficiente.
Shaka bajó la mirada de a poco. Me detuve al notar que parecía incómodo.
—¿No te gusta?
—S-sí me gusta, Mu —respondió con la voz temblorosa—. Es que… lo que dijo Saga…
Aparté rápido las manos de la cara de mi amigo. Me dio la impresión de que en cualquier momento Saga iba a entrar para castigarnos por lo que habíamos hecho a pesar de su advertencia.
—P-pero es distinto —dije desesperado—. Vos dijiste… que una madre hizo eso con su hijo para que dejara de llorar.
Apretó los puños. Tenía la cara roja.
—Vi… a una pareja de enamorados hacer algo parecido —respondió avergonzado.
—¿Antes… del bosque?
—S-sí, en el viaje desde la India. También era de noche… Los vi por una ventana abierta… Pero ellos… n-no estaban vestidos.
—¿Q-qué? ¿Por qué?
—Me dio vergüenza preguntarle al monje que me acompañaba. Sentí… que no tendría que haberlo visto. La mujer gritaba mucho, pero decía que le gustaba.
Lo que Shaka me contaba me hizo surgir muchas más dudas de las que tenía.
—Saga dijo que eso hace la gente grande cuando se enamora… Pero si es tan feo para hacer gritar a una mujer, ¿por qué les gusta?
—No sé.
Jugueteé con mis dedos mientras recorrí el cuarto con la vista. Tragué grueso para luego hacerle una confesión importante a mi amigo:
—Me gustaron tus besos.
—A mí también… me gustaron los tuyos —dijo con los párpados apretados.
—P-por ahí lo que ellos hicieron era otro tipo de beso.
—¿Cómo?
—Los santos en el bosque… se besaron en la boca… creo.
—La pareja que yo vi… también.
—¿Será más divertido así?
—No sé.
Moví las piernas que colgaban a pocos centímetros del piso. En algún momento Aldebarán había vuelto a destaparse. Me mordí el labio, después me pasé los dedos para secar el exceso de saliva que me había quedado. La escena que habíamos visto en el bosque aún estaba muy fresca en mi memoria. «Cuando sea grande, ¿voy a saber por qué les divierte tanto esas cosas?», pensé sin dejar de acariciar mis propios labios.
—Mu…
Miré al costado. Shaka mantenía la cabeza agachada; con una mano se agarró de las sábanas.
—¿Querés… intentarlo?
—¿Un beso… en la boca?
Asintió con miedo. Por alguna razón sentí la cara arder.
—¿No te importa… lo que dijo Saga? —pregunté.
—Sí… Pero… —me miró a los ojos. Los cachetes colorados le dieron un toque más tierno de lo normal— ¿Vos no querés saber qué se siente?
El corazón dio un golpe contra mi pecho.
—Sí quiero, pero… ¿Y si Saga o Aioros se entera?
—Yo no les voy a decir. ¿Y vos?
—Nunca.
Miramos a Aldebarán que seguía en un sueño profundo. Shaka bajó la intensidad de su lámpara, lo suficiente para poder distinguirnos entre sombras. Las pulsaciones eran tan fuertes que llegué a sentirlas atrás de las orejas: me emocionaba hacer «algo para grandes».
Busqué a mi compañero con las manos; él hizo lo mismo y nos encontramos en el aire. Le recorrí el brazo hasta el hombro, de allí me guie por memoria hasta su cara. Shaka fue más rápido -imaginé que por estar acostumbrado a andar con los ojos cerrados- y me tomó de la mandíbula, siempre con cuidado, como si temiera romperme. Las yemas de sus dedos rozaron mis labios; tal vez por instinto los escondí hacia el interior de mi boca.
—Mu, ¿tenés miedo?
Su voz sonó delicada y más aniñada de lo habitual.
—Un poco. Pero ya lo decidí.
—¿Estás listo?
—Sí. ¿Y vos?
—También.
Me incliné hacia adelante. Mientras más nos acercábamos podía percibir mejor las facciones de su cara; me relamí los labios y pude ver claramente los suyos. Hice la mueca típica de beso, cerré los ojos, pero antes de contactar con su boca nuestras narices se chocaron.
—Auch.
Ambos reímos y nos sobamos la nariz.
—Es más complicado de lo que parece —dije.
—Sí… Tal vez si inclinamos un poco la cabeza…
—A ver…
Con la nueva posición volvimos a acercarnos y por fin nuestros labios se tocaron. Fue tan rápido que por un instante creí que no había pasado. Nos quedamos en silencio, analizamos lo que acababa de ocurrir. Aún había rastros de la emoción por lo desconocido en mi estómago y pecho, pero esas sensaciones se fueron de a poco.
—¿Eso era? —pregunté.
—Creo que sí.
—¿Sentís algo diferente?
—No.
—Yo tampoco.
—¿Lo hicimos bien?
—No sé —Hice una pausa—. ¿Lo intentamos de nuevo?
—B-bueno.
Posicionados como habíamos hecho hacía instantes comenzamos a acortar la distancia. En el trayecto humedecí mis labios centímetros antes de encontrar los suyos. Fue un contacto fresco al principio. Aunque duró tres segundos llegué a percibir que los labios de Shaka eran más carnosos que los míos.
—¿Y ahora? —me preguntó.
—Creo que fue distinto.
—Sí.
Volvimos a repetirlo unas cinco veces hasta que descubrimos que si cerrábamos los ojos las sensaciones eran más agradables. Intercalamos besos largos con cortos. Si veía que duraban demasiado empezaba a sentir algo de miedo. Quise preguntarle a Shaka si le pasaba lo mismo, pero no me animé. Nos reíamos cuando nuestras bocas se separaban y hacían un sonido chistoso; fue sorprendente saber que podíamos besarnos incluso si sonreíamos.
Mi mano buscó la suya y entrelazamos los dedos. Con los ojos cerrados nos dimos el beso más largo, de unos diez segundos. El aire que salía por la nariz de Shaka chocaba con mi cara. Se me aceleró el pulso cuando caí en cuenta de que era la primera vez estábamos tan cerca, de una manera que, a pesar de nuestra edad, entendíamos como íntima y especial; que fuera algo exclusivo para los mayores lo hizo más emocionante. Lo mejor de todo fue saber que sería nuestro secreto más grande.
Sonreí leve en medio del beso ante el pensamiento de que era el único que había probado los labios de Shaka: la idea infantil de que sería así para siempre, sin tener en claro por completo el valor de los besos que nos dimos esa noche, me provocó una especie de burbujeo en la panza que se expandía a cada instante hacia el resto de mi cuerpo y se concentraba especialmente en mis mejillas.
Nos separamos de forma lenta, sin soltarnos las manos. No dejaba de sonreír; estaba feliz.
—Fue divertido —dije.
—A mí también me gustó.
—Pero no podemos decirle a nadie.
—Ya sé.
Le acaricié los labios que formaron una sonrisa.
—¿Podemos repetirlo cuando seamos grandes?
Shaka soltó una risita.
—Sí, Mu, podemos.
Fruncí la cara y me removí entre las sábanas con una pregunta en mente: «¿Qué fue eso?». El brillo me cegó unos instantes, parpadeé hasta que pude acostumbrarme; me había quedado dormido. Llevé una mano al pecho para sentir mejor los latidos acelerados, la otra a la frente. Enredé los dedos en mi pelo al tiempo que me relamí; se había sentido muy real.
Escuché pasos acompañados de un cosmos familiar; de no ser porque reconocí enseguida que se trataba del santo de Escorpio me habría escondido debajo de la cama.
—¿Mu? —me llamó— ¿Ya estás despierto?
Apoyé los pies en el piso frío y permanecí sentado. Milo se paró en la puerta, golpeó a pesar de que estaba abierto.
—Por fin, Mu. Son casi las diez.
Suspiré.
—No dormí bien anoche.
Estiré el cuello a un costado con la intención de hacerlo sonar; cuando lo conseguí repetí la acción para el lado opuesto.
—Podés ir tranquilo con las armaduras —me dijo Milo—, total los de bronce siguen dormidos.
—Ah, cierto.
—¿Qué?
—Tengo que hablar con el maestro Dohko —Me levanté apurado, di un paso y todo se puso negro— para… avisarle…
El cuerpo no me respondió; si no hubiese sido por Milo habría caído al piso.
—Primero tenés que comer algo. Con el agotamiento no vas a aguantar ni medio día de trabajo. Dale: Shaka te dejó el desayuno.
Abrí los ojos de par en par al escuchar ese nombre. Mi compañero arqueó una ceja.
—¿Qué te pasa?
—N-no… Nada.
Milo no preguntó más y se limitó a ayudarme para llegar a la cocina. Sobre la mesa había pan, mermelada, cereales y una manzana. Shaka lo había vuelto a hacer. Sin embargo, no me emocionaba en lo más mínimo: la esperanza de que lo hacía para amigarnos se había esfumado al enterarme de que eran órdenes de Athena. Además, a ese malestar se le sumó el recuerdo de aquella noche que olvidé por tantos años. «¿En serio pasó eso? ¿Shaka y yo tuvimos nuestro primer beso juntos?», me pregunté mientras acariciaba mis labios con disimulo.
—Parece que algo te molesta.
Milo dejó una taza de té frente a mí y una jarra con leche.
—Ah, gracias… Disculpá la molestia.
—Es lo que tengo que hacer si quiero que retomes tu puesto de guardia.
Su comentario me hizo reír. Agarré la taza con las dos manos y di un sorbo; la calidez se expandió rápido hacia mis brazos y piernas. Milo se sentó en la silla de frente a mí.
—¿Qué es lo que te molesta?
—¿Por qué creés que estoy molesto?
—Por tu cara. No sé si querés llorar, estornudar o mandar a alguien al carajo.
—Bueno… un poco de eso último tal vez… —dije más para mí mismo.
—¿Ah?
Negué con la cabeza y volví a tomar otro poco de té. Dejé la taza en la mesa, sin soltarla. Observé con detalle al desayuno que Shaka había dejado; con especial atención sobre la manzana procedí a hablar:
—¿Athena te dijo algo antes de irse?
—¿Como qué?
—Como vivir la vida de la manera que quieras o algo así.
—Ah, sí —Estiró los brazos sobre la cabeza—. Pero pasé tanto tiempo en el Santuario que no tengo idea de qué podría hacer.
—Me pasa igual.
—Al menos vos pudiste vivir fuera de acá por muchos años.
—Con el riesgo de que me encontraran para matarme y medio Santuario al tanto de mi existencia por ser el único capaz de arreglar las armaduras. No fueron las vacaciones soñadas.
Milo rio por mi tono sarcástico. Por alguna razón él tenía facilidad para que esa clase de comentarios salieran de mí; al menos mi compañero de Escorpio sí entendía las bromas.
—Saga podía tener sus problemas —Señaló la cabeza—, pero no era tonto. ¿Qué iba a hacer sin el herrero del Santuario?
De pronto percibí un aire melancólico en su expresión.
—Él te tenía cariño.
—¿Eh?
—Eras uno de sus favoritos cuando entrenábamos. Aparte de Aioros, eras el único que podía ablandarlo.
—¿Como… en la noche del bosque?
Milo me miró con la nariz arrugada. Sus ojos fueron de un lado a otro, señal de que intentaba recordar. Tragué grueso y apreté la taza ante su silencio.
—¡Ahh! ¡La noche del bosque! ¡Sí! —Se carcajeó— ¡Ay, Mu! De todo lo que vivimos, ¿solamente te acordás eso?
—Justo… me vino a la mente.
—Ah, sí. Esa noche Saga asustó bastante. Siempre tuvo la mano pesada.
—Y vos lo desafiabas.
—¿Y vos? Lo frenaste justo cuando iba a golpear a Shaka.
De nuevo ese nombre. Me dio una puntada en el pecho que debí disimular con otro sorbo.
—Ya pasó tanto de eso —dijo con un suspiro al que le siguió la risa—. Tal vez fue ahí que entramos en la pubertad.
Sonreí, negué con la cabeza y dije:
—Éramos muy chicos.
—De alguna forma teníamos que descubrirlo.
—¿A los siete años?
—Pudo ser peor.
Si el recuerdo que tenía era fiel a los hechos, Shaka había tenido una experiencia traumática. Me pregunté qué haría si llegara a pasarle algo semejante a Kiki y sacudí la cabeza de la impresión.
—Perdimos a tantos compañeros —dijo Milo con la mirada en un punto invisible de la mesa.
No se me ocurrió nada que responder. Por más que no fuera amigos de todos, una vida como camaradas no podía superarse en una semana. El santo de Escorpio se puso de pie y trató de mostrarse fuerte con una sonrisa.
—Me alegra que todavía tengas a Aldebarán y a Shaka con vos, Mu.
Bajé la mirada.
—Creo que tengo suerte.
—*—*—*—
Más tarde le pedí a Aldebarán que custodiara mi templo mientras llevaba las armaduras de plata a la sala del Patriarca. Eran varias, por lo que debía hacer más de un viaje. Para ahorrar tiempo decidí ir por los pasadizos secretos; el inconveniente fue que después de tantos años no recordaba qué camino seguir. En el primer viaje llegué a la casa de Cáncer, a la vuelta salí en Escorpio, al segundo terminé en Libra y volví directo a Tauro. Perdí toda la tarde.
Era la última vez que tenía que subir; por suerte recordaba por dónde había pasado y logré ir más rápido. Sin embargo, el problema llegó cuando reconocí el atajo a la sexta casa, ese que tantas veces había tomado antes de dejar el Santuario. Las piedras que marcaban la entrada al pasadizo oculto entre la naturaleza seguían intactas. Incluso al costado de un hueco a nivel del suelo, igual a tantos otros, había una marca con el símbolo de Aries.
Me acerqué a verlo mejor, parecía recién hecho. Había sido obra de Shaka poco antes de ser reconocidos como santos de oro, para que encontrara enseguida el camino a su templo. Me pareció increíble cómo pudo soportar el paso del tiempo y sonreí por el recuerdo.
«¿Podemos repetirlo cuando seamos grandes?».
Entonces volvieron las imágenes de la noche en que Shaka y yo nos besamos. Me cubrí la boca.
—¿Cómo pude olvidarme? —pregunté al aire.
—¿Qué olvidaste, Mu de Aries?
Retrocedí en un salto. Del pasadizo salió Shaka con la armadura puesta y los ojos cerrados. Mi cuerpo comenzó a aflojarse, traté con todas mis fuerzas de mantenerme erguido. El santo de Virgo dio tres pasos al frente, lo que provocó que se me revolviera el estómago.
—¿Volviste a perderte? —preguntó.
—¿Q-qué?
—Aldebarán me dijo que ibas a llevar las armaduras de plata a la sala del Patriarca.
—S-sí… En eso estoy.
Me quejé en mi mente por haber dejado que la voz saliera temblorosa.
—¿Ya te olvidaste el camino? Antes pasabas seguido por acá.
Tragué saliva.
—Fue hace mucho.
Di un paso atrás y apreté las correas de la caja de Pandora que cargaba. Shaka levantó una ceja.
—¿Por qué estás tan nervioso?
Abrí los ojos de forma exagerada.
—N-no… Hoy no me siento muy bien. Por eso quiero terminar rápido para ir a descansar.
Caminé torpe con la intención de alejarme, pero Shaka fue rápido y me detuvo con una mano en el hombro. La poca distancia entre ambos hizo que fuera más difícil ocultar el temblor de mi cuerpo. Mis ojos se clavaron en sus labios, como una clase de hechizo; no supe cómo pude entenderle cuando habló:
—Puedo llevarla por vos.
Negué con la cabeza.
—Sin un Patriarca y con Athena lejos, el herrero es el único que sabe dónde guardar las armaduras sin dueño.
La expresión seria de Shaka pareció endurecerse cuando abrió los ojos poco a poco. Volteé el rostro para evitarlos; era necesario que me mantuviera firme.
—¿Ni siquiera yo puedo saberlo? —preguntó con la voz un poco ronca.
Suspiré hondo.
—Shaka, no tengo tiempo para discutir con vos.
—Nunca le conté a nadie tus secretos.
—Y te lo agradezco, pero esta es una regla del Santuario.
—¿Ahora sí vas a seguir las reglas? —preguntó con la sonrisa de costado.
Lo miré de reojo. Supuse que entendió lo desagradable de su comentario porque sacó la mano de mi hombro.
—Solamente intentaba ayudarte.
—Sé que lo hacés porque Athena te dio la orden y que preferirías algo más productivo antes que ser niñera de un traidor.
La expresión de Shaka se suavizó, aunque mantuvo la frente arrugada.
—Nunca pensé que fueras un traidor.
Lo miré incrédulo.
—¿Qué?
Shaka bajó la mirada con semblante amargo; aun así sus ojos no perdían el brillo que me llevaba al tiempo en que éramos inseparables.
—Sé que podés pensar las cosas incluso más que yo y también considerás los sentimientos de los demás.
Hizo una pausa para hallar las palabras.
—Supuse que tendrías una razón importante para haberte ido con la armadura de Aries sin decirle a nadie… o eso pensé.
El tono dolido de su voz fue como haber recibido una paliza. De pronto me dio la impresión de tener al Shaka del pasado que lloraba después de los primeros entrenamientos.
Con el cuerpo más relajado, llevé una mano al pecho de su armadura, cosa que le llamó la atención, más al concentrar cosmos en mi palma; algo que solía hacer para tranquilizar a Kiki cuando era más chico. Suspiré e intenté sonreír.
—El día que abandoné el Santuario me crucé con Aldebarán de casualidad y le dije lo que pensaba hacer, sin entrar en detalle. Confié en él porque era mi amigo. Por eso le pedí que se quedara para custodiar mi templo y me informara sobre lo que pasaba.
Apoyé la mano libre en su cabeza.
—Puse en riesgo la vida de un amigo. No quería hacer lo mismo con otro.
Shaka cerró los ojos. No daba señal de estar molesto ni feliz. Aproveché el momento para grabar en mi memoria cada detalle de su cara. Su piel estaba impecable, apenas se notaba una cicatriz pequeña al costado de su ojo izquierdo producto de alguna pelea. Las pestañas largas le daban un toque delicado, casi femenino; si no hubiese sido porque lo conocía, habría llegado a confundirlo con una chica.
Por último, sus labios carnosos, esos que había probado en un juego inocente, de un color entre rosado y durazno. Se veían húmedos, como si les hubiera puesto una especie de bálsamo. No entendía por qué había olvidado la noche en que nos besamos, algo tan importante; unos labios así dejarían una marca imborrable. «¿Él también lo olvidó?», apreté los dientes al pensar en esa posibilidad.
Shaka separó apenas los labios, dejando una abertura de pocos milímetros. Tuve miedo de mí mismo cuando sentí el deseo de probarlos; sin usar palabras, era como si me invitara a seguir un instinto. Retrocedí y rompí el contacto. Cabizbajo, agarré fuerte las correas de la caja.
—Tengo… que ir a guardar esto.
Retomé la marcha sin mirar atrás; sabía que si lo hacía era capaz de cometer una locura.
—Mu.
Sin embargo, mis pies se clavaron al suelo cuando Shaka me llamó. No lo miré, no quería saber qué expresión tenía. Solo con su voz ya me hacía confundir.
—Más tarde te voy a llevar la cena.
Apreté los puños y asentí. Esperé que Shaka dijera algo más; quería escucharlo de nuevo, pero no me dio el gusto. Respiré hondo y volví a caminar para continuar con mis obligaciones.
—NOTAS FINALES—
Hasta acá llega este capítulo.
¿Qué les pareció?
Lo que más me preocupaba era el tema del beso. O sea, tienen alrededor de 6-7 años; como que a esa edad y en el contexto en que vivían (prácticamente bajo entrenamiento militar) no debían tener mucha idea de esas cosas. Quise hacerlo inocente, pero cargado de toda la emoción que sintió el personaje en ese momento.
Sobre el "trauma" de Shaka voy a volver más adelante, aunque es uno de los motivos por los que se muestra tan negado a eso de enamorarse XD Y si recuerda o no el beso con Mu... eso no puedo decirlo ahora XD
El momento en que Saga está por golpear a Shaka me tomó meses. Hacía mucho que no escribía una desaceleración (es dar la impresión de que todo pasa en "cámara lenta", por decirlo de alguna forma) y ya de por sí no soy buena para manejarlas. Ahora quiero escribir algo más así XD
Ya saben que pueden seguirme en mis redes sociales (últimamente paso mucho tiempo en Instagram).
Cuídense.
