Capítulo 5

El agua caliente había conseguido aliviar la tensión en mis músculos. Me masajeé los hombros, estiré el cuello; el crujir de las articulaciones fue placentero. Me envolví el pelo en una toalla, apoyé la cabeza en el borde de la bañera y clavé los ojos en el techo. Tenía las mejillas ardientes; me daba la impresión de que así había sido todo el día, cosa que empeoraba cada vez que recordaba mi encuentro con Shaka en la tarde.

Por fortuna no volví a verlo desde ese momento, pero sabía que tarde o temprano iba a aparecer en mi templo para cumplir con su tarea de niñera. No quería que siguiera, no después de haber traído a mi memoria ese hecho tan particular de nuestra infancia. Aunque quisiera respuestas, tenía miedo de enfrentarlo. Prefería aguantar sus golpes o que me sacara uno a uno los sentidos antes de que se riera de mí al darle tanta importancia a algo que hicimos de chicos por curiosidad.

A cada rato volvía a mí la imagen de sus labios junto con la sensación que había tenido, lo que me provocaba cierta nostalgia y excitación. «¿Por qué fue como si mi cuerpo lo pidiera?», me pregunté a mí mismo al pasarme los dedos sobre la boca.

—¿Cómo se sentirá besarlo ahora?

Cerré los ojos, inhalé hondo; la mezcla de miel y loto del agua me endulzó el olfato. Vi a Shaka meterse en la bañera; del susto pegué la espalda contra el reborde. Algunos de sus mechones rubios flotaron, otros se hundieron. Aún de pie pasó las piernas a los costados de mi cuerpo. Tuve su pene enfrente; había comenzado a endurecerse. Levanté el rostro para preguntar qué pretendía, pero la voz no me salió. Él entreabrió los ojos, pasó la lengua por sus labios y se mordió; tragué grueso. Me agarró la cabeza e hice fuerza para evitar que la moviera a su antojo. Entonces deshizo la especie de turbante y mi pelo se desparramó; después tiró la toalla fuera de la bañera. Sin embargo, tener esa parte tan íntima frente a mi cara era demasiado peligroso. Por suerte procedió a descender y ponerse de rodillas.

«Mu», mi nombre escapó a través de sus labios sonrosados y me dio un escalofrío. El agua se movió; el santo de Virgo mostró aún más sus brillos azules y una sonrisa a la vez que recorrió mi pecho con un dedo. Inhalé fuerte. La temperatura subía poco a poco, Shaka acortaba la distancia con mi cara, se relamía. Pasó los brazos a los lados de mi cabeza y me abracé a mí mismo.

«Mu», volvió a nombrarme. Tenía su pecho a centímetros de mi boca, bien cerca, tanto que hasta podía percibir un aroma floreal desprenderse de su piel. Un cosquilleo surgió en la parte baja de mi vientre. Shaka descendió hasta que pude sentir la firmeza de sus glúteos sobre la entrepierna. Intenté moverme, pero la fricción de nuestras pieles me hizo temblar y él suspiró. Mi mandíbula descendió al ver su cara roja.

«Hacelo», dijo. El pecho se me hinchó; quise decir algo, pero mi compañero me lo impidió con su dedo. Bajó hasta mi oreja y susurró: «Besame y tocame como hacen los adultos». Comencé a respirar por la boca, la cara me ardía y el pene me palpitaba debajo del cuerpo de Shaka. Juntó agua, se acarició el torso. Luego se acercó a mi boca.

«Mu, haceme tuyo», tras esas palabras me besó el cuello. Apreté los dientes para evitar gemir. Sus manos descendieron por mi pecho, me lamió la piel.

«Mu», de nuevo dijo mi nombre.

—Shaka...

«Mu», suspiró y movió las caderas. Me retorcí por el hormigueo que me recorrió desde el vientre por la espalda hasta la cabeza.

—Shaka...

«Tocame y besame todo», dijo tirándose el pelo hacia atrás. Lo agarré de los costados hasta colocarlo con las nalgas abiertas sobre mi erección. Tembló tan brusco y gimió tan fuerte que por un momento creí que se había venido solo con eso.

«Mu, por favor», suplicó con la cara roja y la piel ardiente. Moví la cadera; mi pene al frotar contra su cuerpo fue la caricia más exquisita.

«Mu».

—Shaka...

«Mu».

—Shaka...

«Abrí los ojos».

—¿Q-qué?

«Abrilos».

—Shaka...

«No está bien. No así».

Abrí los ojos y me encontré solo entre el vapor del baño con una mano sobre el abdomen y la otra agarrada a mi pene. Levanté los brazos al tiempo que me puse de pie. Mis palpitaciones estaban descontroladas; se sentían mucho más intensas en mi erección.

—¿Qué estaba haciendo? —pregunté al mismo tiempo que pasé las manos por la toalla que envolvía mi pelo.

Me senté de nuevo, abracé mis piernas y esperé a que la hinchazón bajara. «¿Por qué con Shaka? —me cuestioné— De todas las personas, ¡¿por qué justo él?!». Escondí la cara entre mis rodillas. «¿Cómo voy a hacer para verlo ahora? Él no... Él nunca haría algo como eso... ¿O sí?». Sacudí la cabeza de lado a lado.

—Shaka... ¿Habrá sentido lo mismo alguna vez? —pregunté al aire.

Me mojé la cara. Suspiré para luego apoyar la espalda contra el borde de la bañera. La figura de Shaka sentado sobre mí permanecía en mi imaginación. Solo alcanzaba a reconocer su pecho y manos; qué tipo de expresión mostraría en esa situación era un misterio que comenzaba a llamarme.

De pronto me dio un escalofrío. Observé todo a mi alrededor; la superficie del agua vibró levemente. Salí a toda prisa y me vestí.

No llegué a pasar la puerta cuando comenzó a temblar. Estuve a punto de caer; fue difícil mantener el equilibrio. Escuché algo romperse en alguna sala y varios objetos caer, las paredes se sacudieron con violencia. Me sostuve del marco, solo quedó esperar a que pasara. Habrán sido segundos pero parecieron interminables.

El movimiento cesó. Me cercioré de que todo había terminado y fui a buscar mi armadura; debía estar preparado en caso de que hubiera réplicas o comenzar con la misión de rescate. Acomodé las cosas que estaban tiradas y en eso apareció Aldebarán. Salimos a la entrada de mi templo cuya fachada tenía fallas nuevas, además de que un pilar se había caído.

Algunos soldados se acercaron a preguntarnos cómo estábamos o qué debían hacer. Varias construcciones se derrumbaron justo a la hora en que la mayoría de los habitantes del Santuario habían concluido con sus actividades. Les dimos la orden de verificar los daños, si había heridos y demás medidas de seguridad.

Vi a lo lejos, en dirección a Rodorio: estaba a oscuras, salvo por un par de luces que parecían incendios. Mandamos llamar más gente para comenzar a planificar cómo ayudaríamos al pueblo.

En menos de cinco minutos se unieron el resto de nuestros compañeros.

—¿Están todos bien? —preguntó Aioria.

—Sí —respondí—, pero el pueblo no.

—Por lo que vi hubo derrumbes en el Santuario también —dijo Milo.

—¿Qué hacemos ahora, Mu?

Me quedé en blanco unos instantes por la pregunta del santo de Leo. Todos mis compañeros me rodearon a la espera de órdenes; los miré uno a uno. Cuando llegué a Shaka, que no había dicho nada en ningún momento, mi corazón dio un salto y las escenas bochornosas de lo que había hecho en el baño pasaron por mi mente.

—Mu.

La voz de Milo ayudó a devolverme a la realidad.

—Denme un segundo.

Pensé rápido qué hacer para dividirnos las tareas. Aioria y Aldebarán encabezaron un grupo que fue al pueblo directamente. Milo se encargó de patrullar el Santuario para después ir a unirse los otros dos. Shaka se dirigió a la fuente de Athena a asegurarse de que los santos de bronce y los guardias estuvieran bien. Mientras tanto yo me quedé en la casa de Aries a dar las directrices del operativo.

Santos y soldados iban de un lado a otro, algunos se acercaban a entregar sus informes y pedir órdenes. Si la situación en el Santuario era complicada, no quería imaginar cómo sería en el pueblo. Volví a entrar en la casa de Aries. Intenté contactar con el maestro Dohko, cosa que no me resultó difícil, y lo puse al tanto de la situación.

«Dudo que me hablaras solo para informarme los daños por un sismo, Mu».

Efectivamente, había algo más que me preocupaba.

—Las estrellas están inquietas. Pensé que eran ideas mías, pero llevo varias noches mirándolas. Tal vez quieran decir algo.

«¿También te diste cuenta?».

Tragué grueso ante su pregunta que en parte justificaba mi temor.

«El sello de Athena está perdiendo fuerza, Mu, pero todavía tenemos tiempo».

Suspiré aliviado.

«Aun así deben mantenerse en alerta. El Santuario no puede quedar desprotegido. En caso de que algo suceda, sé que vas a tomar la decisión correcta».

—Maestro... ¿Qué quiere decir?

«Mi deber me impide estar con ustedes. Aunque me mantengas al tanto, es más rápido que las decisiones las tomen allí mismo».

—Pero... yo...

«Eras demasiado joven, Mu, pero de haber sido unos años mayor, Shion te habría tenido en cuenta como sucesor, no solo de la armadura de Aries».

Aunque yo mismo no me creyera capaz, me alegró saber cuánto aprecio me tenía mi maestro, a pesar de lo exigente que llegó a ser algunas veces.

«Sé que podés hacerte cargo, Mu. Lo dejo en tus manos».

—Como usted diga, maestro.

Bajé a los pies de mi templo. Entre el barullo y las pisadas escuché una voz infantil llorar. Busqué de dónde provenía hasta que encontré un grupo de cuatro aspirantes, tal vez de la edad de Kiki; tres eran varones, mientras que la única mujer estaba de rodillas en el suelo.

—¡¿Y así querés ser santo de Athena?! —le gritó uno.

Ella intentó levantarse, pero antes de conseguirlo el mismo que le había gritado la pateó; cayó al suelo nuevamente y la máscara terminó a unos metros de distancia. Los tres rieron. Corrí para ponerme en medio y cubrirla con mi capa. Antes de decir algo, Shaina de Ofiuco apareció con una patada que hizo volar al aprendiz que había lanzado el golpe.

—El que debe replantearse la idea de ser santo es otro.

Giró con la intención de retar también a la menor, pero se detuvo al verme. Los otros tres se pararon detrás de ella a las corridas.

—Ayudala con su máscara, por favor —le pedí.

—Sí.

Mientras el santo de plata hacía lo que le pedí hablé con los aprendices:

—Este no es momento para pelear entre camaradas. No importa que sean más grandes o más chicos, hombres o mujeres, todos están acá para servir a Athena, la diosa de la guerra y la justicia.

Los tres bajaron la cabeza.

—Si no entienden eso jamás van a llegar a ser santos.

—Solamente es un raspón —Escuché al santo de Ofiuco decir—. ¿Sabés lo que te espera después?

—¿Ya terminaron? —le pregunté.

—Sí.

Miré a la pequeña que ya tenía la máscara puesta; seguía sentada y se agarraba la pierna: tenía la rodilla raspada. Me puse a su altura para curarle la herida con mi cosmos, lo cual no demoró mucho.

—Listo —le dije con una sonrisa—, ya no tenés porqué llorar.

Ella asintió e hizo una reverencia.

—¡Muchas gracias, señor!

Entonces un soldado se acercó corriendo.

—¡Señorita Shaina! ¡Ya encontramos a todos los chicos!

—¡Eh, más respeto! —le respondió ella.

Le ofrecí ayuda a la joven aspirante para ponerse de pie, luego miré al soldado que acababa de llegar. Él se paró firme con evidente nerviosismo.

—Me disculpo por mi comportamiento, señor.

—Disculpa aceptada. Más importante, ¿por qué estos chicos están solos a esta hora?

—Hoy fue el primer día de entrenamiento mixto para los más jóvenes —me explicó—. Las actividades se retrasaron y estaban volviendo a los dormitorios cuando pasó el temblor. La mayoría corrieron asustados cuando se cortó la luz.

—Para empeorar aún más la situación —dijo Shaina— no hay electricidad ni gas en los dormitorios femeninos y cayó una de las paredes del comedor masculino.

Miré hacia abajo, a la pequeña que se agarraba fuerte de mi capa. Aunque no pudiera verle la cara sabía que estaba asustada; tal vez sus compañeros se sentirían de la misma forma. El lugar más seguro era la sala del Patriarca, pero no era conveniente ir hasta allá.

—Llévenlos a todos a la casa de Aries —les ordené.

—¿Eh?

—¿A la casa de Aries?

Asentí.

—No puedo abandonar mi puesto —les expliqué—. En caso de que tengamos que mandar refuerzos, me voy a quedar con ellos.

Dudaron un segundo y no tardaron más en hacer lo que les pedí. El primer templo se convirtió en el refugio temporal para los más jóvenes del Santuario. Eran treinta aprendices en total, de entre seis y catorce años; solo ocho eran mujeres. Tenía que buscar la manera de mantenerlos calmados; por suerte, mis años con Kiki eran la experiencia que necesitaba.

Mandé a que buscaran elementos de cocina para preparar la cena. Mientras esperábamos curé a los que estaban lastimados y los dividí en grupos que se encargarían de preparar la comida y de lavar después. Otro armó las camas improvisadas en la sala más amplia con retratos, esculturas y demás monumentos dedicados a los santos de Aries. Por último, las nenas organizaron su lugar en la biblioteca del templo. Así se creó un ambiente muy agradable con todos ocupados y cooperando sin pelear.

Por mi parte, estaba fascinado de poder contribuir aunque fuera un poco a la formación de futuros soldados y santos de Athena. Algunos me preguntaron si ser un dorado era difícil y qué debían hacer para llegar a tal puesto. Se sorprendieron cuando les dije que había conseguido la armadura a los siete años. Las niñas querían saber, más que nada, si algún día podría existir un santo de oro femenino.

Mientras que en la primera casa todo era risas y voces infantiles de afuera llegaban noticias poco agradables. Ya casi había un número establecido de heridos; por suerte eran escasos los de gravedad que fueron llevados a la fuente de Athena; el resto eran tratados en la enfermería o en el lugar donde se encontraran. Sin embargo, lo que más me preocupaba era Rodorio, a donde ya había enviado seis grupos de refuerzos.

Miré a las estrellas. No se me iba el mal presentimiento que tenía. Recordé las palabras del maestro Dohko y me consolé a mí mismo con la idea de que Shion estaría orgulloso por la manera en que manejaba la situación.

—Maestro, ¿cómo pudo reconstruir el Santuario desde cero? —pregunté al aire con un suspiro.

El viento sopló. Intenté pasar los dedos entre los mechones de mi cabellera; fue cuando recordé que el temblor ocurrió apenas salí de bañarme -más tarde me desenredaría el pelo- y lo que había hecho minutos antes. Solo con eso me subía la temperatura. «¿Cómo pude fantasear así con Shaka de Virgo?», me pregunté y llevé una mano a la boca. Traté de tranquilizarme. Él no tenía por qué enterarse, pero la culpa era enorme.

Giré a la derecha. Tal fue mi sorpresa -y pánico- de encontrar a Shaka subir las escaleras y con los ojos abiertos. Al verme forzó una sonrisa. Intenté devolverle el gesto a pesar de que aún sentía vergüenza, pero estaba aliviado por tenerlo enfrente en esa situación tan tensa.

—¿Dónde estabas? —le pregunté a la vez que me acerqué a él.

—Dijiste que me asegurara que todo estuviera en orden en la fuente de Athena, ¿o me equivoco?

Rodé los ojos. Él continuó:

—Los caballeros de bronce siguen sin cambios. Me quedé a ayudar con los heridos que fueron llegando y después salimos a atender a los que estaban en los alrededores. Tuvimos que sacar unos cuantos de los escombros.

Me mostró la caja que traía en una mano.

—Sobraron vendas y otras cosas, por si las necesitás.

—Ah... Gracias. Pero acá están todos bien.

—¿Todos?

Le hice seña de que entrara a la casa: los chicos se sorprendieron. No faltaron los comentarios al estilo de «¡Otro santo dorado!», «¡Es Shaka de Virgo!» o de los rumores en torno a su persona.

—Pensé que tenías un solo discípulo —me dijo.

—Había que ubicarlos en un lugar seguro.

—Me sorprende verlos tan tranquilos sin necesidad de gritos.

Reí por su comentario.

—Mis métodos de enseñanza son distintos a los que usaban con nosotros.

Una sonrisa se formó en los labios de mi compañero.

—Se nota que es algo que vos harías.

Sentí un leve cosquilleo en el estómago. «Parece que el sismo también ablandó a Shaka de Virgo», me mordí el labio para no dejar escapar la risa que me provocó ese pensamiento. Pero estaba feliz de que por fin me dijera algo agradable.

Entonces escuché una voz aniñada llamarme:

—Señor Mu.

Miré hacia abajo, donde se encontraba la niña a la que había ayudado antes.

—Astra, ¿qué pasa?

—Ya está lista la cena.

—Pueden empezar. Enseguida voy con ustedes.

Astra asintió para luego unirse a las demás aprendices detrás de la cortina que dividía el comedor.

—Se te da bastante bien tratar con chicos —dijo Shaka.

Cerré los ojos y no pude evitar sonreír al recordar a mi pupilo.

—Crie a Kiki desde bebé. Tuve que aprender a la fuerza.

—Hmm... Eso explica por qué lo protegés tanto.

—Fue la única compañía que tuve por mucho tiempo. Somos como una familia.

—¿Y aun así lo vas a exponer a esto?

Respiré profundo antes de responder.

—Soy lo más cercano a una figura paterna que tiene. Siempre le gustó aprender sobre nuestros ancestros. Cuando le expliqué lo que había pasado y mi función como santo dorado se emocionó tanto que me pidió que le enseñara el oficio de herrero del Santuario.

Me agarré la muñeca izquierda.

—Literalmente lo llevamos en la sangre.

Shaka cerró los ojos, lo que consiguió que volviera a su mueca típica inexpresiva. Me lamenté por ello: después de tanto habíamos hablado casi como amigos y de pronto todo volvió a lo de siempre.

Quería estar más tiempo con él, lo creía una necesidad; debía buscar la manera de retenerlo o volver a escucharle la voz al menos.

—No puedo irme del templo —le dije—. Las cosas por acá están más tranquilas, pero en el pueblo es otra historia. ¿Qué vas a hacer?

—¿Al final vos estás a cargo?

Ahí iba de nuevo a enfrentarme. Traté de mantener la calma y le expliqué:

—Me lo pidió el maestro Dohko. Pero como dudo que quieras seguir mis órdenes te doy la libertad de elegir.

No esperé a que respondiera, me uní a los aprendices que ya habían empezado a comer; los más grandes eran los encargados de servir la comida, así que les di una mano para que descansaran. La hora de la cena siempre era el momento más oportuno para relajarse y compartir sin preocuparse por el entrenamiento, algo que no cambiaba ni con los años. Me sentí aliviado de verlos tan tranquilos a pesar de la situación.

Sin embargo, quedé complacido cuando vi a Shaka acercarse para comunicarme su respuesta:

—Me quedo.

Agarré un plato hondo, serví un cucharón colmado de sopa y se lo ofrecí.

—Solamente tiene verduras —le dije.

Noté que la comisura de sus labios apenas se elevó. Con eso ya me daba por satisfecho.

Aunque Shaka fuera frío no se mostraba indiferente hacia los aprendices. De vez en cuando alguno juntaba valor para hacerle una pregunta y él respondía. Todos estaban fascinados ante su presencia. Incluso me pareció tierno verlo rodeado de chicos que lo miraban con ilusión.

Los minutos pasaron. Algunos aspirantes cayeron rendidos aún con sus platos en las manos. Shaka me ayudó a llevarlos uno a uno a sus camas improvisadas.

—Pensé que no te gustarían los chicos —dije.

Él arropaba a una nena, con cuidado de no mover la tela fina que le cubría la mitad de la cara.

—En el mejor de los casos algunos van a ser santos algún día —respondió—. Es por el bien de Athena y del Santuario.

—Debí suponerlo.

—Perdón si mi respuesta te desilusionó.

Torcí la boca y me dirigí hacia las escaleras. Antes de pisar el primer peldaño giré a ver a Shaka que seguía parado en el mismo lugar. Miraba todo alrededor; por alguna razón me pareció tener a su versión infantil enfrente.

—¿Shaka? —lo llamé— ¿Pasa algo malo?

Bajó la cabeza lentamente y cerró los párpados.

—Me acordé de algo, nada más —respondió.

Solo había estantes llenos de libros que formaban pasillos, cajas con pergaminos y otras escrituras. En un rincón se encontraba el escritorio que usaba en mi época de aprendiz.

Si bien cada casa tenía su propia biblioteca, la de Aries era particularmente rica en contenido desde la era del mito; muchos escritos incluso eran copias de aquellos a los que solo el Patriarca o la mismísima Athena tenían acceso. También estaban los que me correspondía conocer por mi función de herrero. Pero había todo tipo de textos.

—Creo que venías a buscar libros, ¿o me equivoco? —le dije.

—Sí, me trajiste por eso algunas veces —respondió con palabras arrastradas.

Asentí con la cabeza dando por terminada la conversación y regresé con los demás que no habían interrumpido su comida. A pesar de ver las caras sonrientes de los más jóvenes del Santuario tenía una sensación amarga.

Fue durante la cena también que llegaron noticias de Rodorio, aunque no eran alentadoras. Varios edificios habían caído mientras otros corrían peligro de derrumbe. Las operaciones de rescate continuaban y el número de víctimas fatales subía con cada resto de construcción que sacaban. El pánico había nublado la mente de la gente, en especial el miedo a posibles réplicas.

Por primera vez en toda la noche paré a pensar en eso: había temblado una sola vez, solo alrededor del Santuario, si era como me habían informado. Lo que las estrellas intentaban decir y la sensación de que algo no andaba bien tal vez estaban relacionadas.

Cuando todos los aprendices se fueron a dormir, le comenté mis impresiones a Shaka.

—Yo también lo sentí —me dijo.

—Y si el maestro Dohko coincidió, no hay dudas.

—Si solamente fue en esta zona, debe tener algún tipo de mensaje.

—¿Decís que quizá fue una advertencia?

—Es probable. Más ahora que Athena volvió.

Suspiré pesado.

—No sé si sea bueno o malo que justo no esté en el Santuario.

—Si tenemos en cuenta que está con un par de santos y todavía no recupera su poder por completo, sería peor que la encontraran en su mansión de Japón.

—Gracias por intentar animarme.

Me senté contra la pared.

—No te estaba animando.

—Fue sarcasmo.

—Ah... Claro.

Me revolví el pelo.

—¿Debería ir hasta allá? Tendría que salir del Santuario y dejar sin custodia a la primera casa. Tal vez si le pregunto al maestro Dohko me dé una respuesta.

Shaka se sentó a mi lado en la posición de medio loto.

—Veo que te sentís culpable.

—Fue mi culpa que Athena se haya ido —Me crucé de brazos—. No tendría que haberle dicho lo de Seiya.

—Otra vez con eso...

—Todo empezó por eso —le dije a la cara—. Si no se lo hubiera dicho, ella no tendría dudas y estaría acá que es mucho más seguro, y yo no tendría que estar dirigiendo misiones de rescate, ni me sentiría-...

Dejé de hablar tan pronto como me di cuenta de lo que estaba a punto de hacer. Shaka frunció el ceño y volteé el rostro al saber lo que venía.

—Los sentimientos son un obstáculo cuando se es santo de Athena —me dijo.

—A veces olvido que vos no tenés.

—Los tengo. Pero a diferencia de otros yo sí puedo controlarlos. Vos también deberías, sos un guerrero, después de todo. Si la situación lo requiere vas a tener que dejar tus sentimientos humanos para-...

—Prefiero no hacerlo —interrumpí—. Hay otras formas.

—Mu... —dijo en un suspiro— No todos los enemigos van a querer charlar con vos para convencerlos, es en vano.

«¿Matarías a alguien si el Patriarca te lo pidiera?», en mi cabeza escuché mi propia voz hacer esa pregunta que me estrujó el pecho.

—¿Lo hiciste? —pregunté.

—¿Qué cosa?

Lo miré temeroso.

—Matar a alguien.

Shaka ladeó el rostro. Me aterró imaginar la posible respuesta. En mis adentros me dije que él no podría, que seguramente se habría librado de hacer algo como eso, que todavía existía una pizca de bondad en él. «Estaba dispuesto a hacerlo cuando los santos de bronce llegaron a Virgo —pensé—. ¿Por qué sería distinto en otra situación?».

Los segundos corrían y mi compañero no hablaba.

—Shaka... ¿Lo hiciste?

—¿Y vos?

—¿Eh?

—¿Mataste a alguien alguna vez?

Tomé aire.

—No, pero sé que de ser necesario tengo que hacerlo.

Sus ojos azules se clavaron en mí. Pasé saliva e intenté esquivarlo. Entonces me agarró las manos; el contacto tan directo provocó que sintiera calor en todo el cuerpo.

Me miraba los dedos con detenimiento; cada vez los acercaba más a su cara. Por un instante creí que iba a besarlos y dejé de respirar.

—Shaka... —suspiré.

—Tus manos sanan y salvan vidas —dijo—. Las mías... solo provocan dolor.

—¿Entonces...?

Me agarró más fuerte y con la vista en el piso dijo:

—Solo una vez me negué.

Cerré los ojos y solté poco a poco las manos de Shaka. Giré el tronco a un costado para no verlo. «No sé por qué pensé que podría ser diferente», dije por dentro. Fue abrumador incluso imaginar cuántas veces tuvo que hacerlo y en qué circunstancias. Me dio una puntada en el pecho con solo pensar en la imagen de sus manos pequeñas cubiertas de sangre.

«¿Por qué me duele saberlo? —me pregunté— Yo también tengo la obligación de matar si fuera una orden y sé que pronto voy a tener que hacerlo».

De pronto mi compañero habló:

—Me habían mandado a buscarte.

La voz de Shaka me hizo temblar. Lo miré de reojo: seguía con la cabeza agachada. Volteé por completo mientras separaba cada vez más los párpados. El cuerpo me temblaba tanto que no lo controlaba. Arrugué la frente, me mordí el labio y me reproché por haber preguntado.

Inhalé y exhalé con calma. Entonces pregunté:

—¿Saga te mandó a buscarme?

Asintió levemente.

—Te encontré en un pueblo cercano a Jamir y te vigilé por varios días... pero... la misión falló.

—¿Fallaste... en una misión?

Apretó los puños.

—No pude hacerlo.

—¿Matarme?

Se llevó una mano a la frente con una expresión de dolor.

—¿Fallaste porque no me mataste? ¿P-por qué no lo hiciste?

—Mu, no sigas.

—Pero... Shaka...

—No pude hacerlo. Eso fue lo que pasó

—¿Por qué?

«Me duele ver el primer templo vacío», su voz inmadura hizo eco en mi mente.

—¿Por qué? —repetí.

«Te extraño», volví a escuchar.

—Shaka...

—Fuiste... mi primer amigo —respondió mirándome fijo.

Una sensación fría me bajó desde la nuca. Jamás había visto tanta tristeza en la cara de Shaka. Un impulso quería llevarme a abrazarlo y consolarlo, pero una parte de mí creía que lo mejor era alejarme.

«¿En serio... fui tan importante en la vida de Shaka de Virgo?»; eso me parecía irreal.

De pronto tuve la impresión de que me olvidaba algo, o mejor dicho de que me faltaba algo valioso. Me masajeé la frente, como si así pusiera a trabajar mi memoria. «¿Qué es este vacío? —me pregunté— ¿Por qué quiero llorar?».

Me costaba respirar, tenía un dolor insoportable en el pecho. Las lágrimas se acumularon y Shaka se apresuró a enjugarlas cuando cayeron.

—Mis sentimientos me hicieron fallar en una misión —dijo en tono entre dolido y dulce—. No quiero que te pase lo mismo... en un momento que podría costarte la vida.

A pesar del temblor lo agarré fuerte de la muñeca.

—Mu...

—¿Por qué no me hablaste? —pregunté sin mirarlo— Si me lo hubieras dicho, habría intentado ayudarte.

Shaka hizo fuerza para que lo soltara; ni siquiera traté de evitarlo. Luego apoyó la mano en mi hombro y se puso de pie. Lo miré, pero él me esquivaba.

—¿No habías dicho más temprano que no te sentías bien? Andá a descansar. Yo te cubro.

Dicho eso caminó hacia salida.

Parpadeé un par de veces y me froté los ojos. Fue por un instante, pero pude ver que su alma lloraba, igual que la mía.

—¿Habrá sido... aquella vez?

Era una noche a mediados de primavera, mucho más fresca de lo habitual. Puse el último cubrecama, después dejé las almohadas en la cabecera. Volteé hacia el rincón donde dejaba la caja de Pandora. Kiki siempre se sentaba a hablarle a Aries antes de dormir -no dudaba que se entendieran.

—Kiki, ya es tarde.

—Cheñor Mu, quiero escuchar la historia del guededo amigo de Aries.

Me acerqué a él para cargarlo en brazos.

—Mañana y cuando sea de día podés pedirle que te la cuente. Ahora hay que dormir.

—¿Conoce la historia?

—Sí, las conozco todas.

Lo arropé y me quedé sentado a su lado para contestar las preguntas que se le ocurrían en el momento.

—¿Me puede contar la historia del guededo que dijo Aries?

—Si Aries decidió contártela, lo va a hacer. Nunca rompe sus promesas.

—Dijo que hubo muchos guededos a los que protegió. ¿Usted conoce todas sus historias?

—Sí, pero él las cuenta mejor.

—¿Usted también es un guededo de Aries?

Asentí con una sonrisa.

—¡¿En sedio?! ¿Pod eso entrena todos los días?

—Sí.

—¿Y pod qué nunca usa a Aries?

—Las armaduras no son para jugar.

—¿Cómo se convirtió en un guededo?

Sonreí y negué; cuando Kiki se ponía en modo curioso nada lo detenía.

—Si te cuento la historia, ¿me prometés que te vas a dormir?

—¡Chi!

Cerré la mano unos segundos y al abrirla solté una cantidad pequeña de polvo estelar. Poco a poco se dibujaron figuras en el aire que acompañaron el relato.

—Hace muchos, muchos años Poseidón, el dios de los mares, intentó conquistar el mundo. La única que pudo hacerle frente fue Athena, la diosa de la guerra y la justicia. Sin embargo, el ejército de Poseidón era más fuerte y avanzó muy rápido sobre la tierra.

—¡No!

—El ejército de Athena estuvo a punto de desaparecer; solamente quedaban soldados jóvenes. Por eso, como última estrategia, buscó la ayuda de la gente del continente Mu.

—¿Mu? —preguntó mirándome y luego a la ilusión donde había figuras con rasgos que le resultaron familiares.

—Sí. Nosotros venimos de ese lugar. Nuestro pueblo era conocido por tener a los mejores alquimistas y herreros de todo el mundo. Athena les pidió que crearan armaduras que protegieran a sus soldados. En total se hicieron ochenta y ocho, cada una representa a una constelación que protege a quien la use. Así nacieron los santos de Athena.

—Guau... —dijo con brillo en los ojos— ¿Y qué pasó con Poseidón?

—El ejército de Athena fue más fuerte y le ganó.

—¡Chiii!

Su reacción al aplaudir con los cachetes colorados fue tan adorable que solo pude reír.

—¿Y después qué pasó?

—Athena y sus santos volvieron al Santuario, donde siguieron entrenando para estar listos por si debían proteger al mundo de nuevo.

—Ohhhh... Pero... Todavía no dijo cómo se volvió un... ¿santo de Athena?

—Todas las personas nacen bajo la protección de una constelación, pero muy pocas son elegidas por las estrellas para convertirse en santos. Aries me eligió a mí y un día el Patriarca Shion fue a buscarme para que empezara el entrenamiento.

—¿Qué es un patriarca?

—El Patriarca es quien dirige a los santos de Athena. El maestro Shion también era de nuestro pueblo, fue santo de Aries y me enseñó a arreglar las armaduras.

Ambos miramos a la figura de Shion que se formó por el polvo de estrellas.

—¿Y dónde está ahora?

—Él... murió hace unos años.

Kiki puso cara triste y le acaricié la cabeza.

—Fue muy difícil, pero pude pasar el entrenamiento y Aries me aceptó.

—¿Y los demás?

—¿Los demás santos? —Kiki asintió— La mayoría están en el Santuario.

En el aire pasaron una por una las imágenes que recordaba de mis compañeros. A pesar de estar en contacto con Aldebarán, había momentos en que las memorias que tenía dolían más de la cuenta.

—¿Por qué no está con ellos?

Suspiré antes de responder con la mejor sonrisa que pude fingir.

—Mi misión es estar en Jamir hasta que el maestro Dohko diga que puedo volver.

—Pero sus amigos vienen a visitarlo.

—Algunos intentan venir, pero... es mejor que no lo hagan.

En el aire el polvo estelar dibujó la imagen de Shaka con su armadura. Hacía siete años que no lo veía; lo poco que sabía de él era gracias a mi amigo de Tauro. Al parecer se había vuelto más serio y uno de los favoritos del Patriarca falso. Mientras nadie lo molestara era bastante tranquilo, así que se llevaba bien con Aldebarán y Camus, pero chocaba mucho con Aioria.

—Shaka...

Su nombre escapó de mi boca con mucho dolor. Él y Aldebarán eran mis amigos más cercanos. Nunca quise preguntarle al santo de Tauro qué pensaba Shaka sobre mi partida: tenía mucho miedo de descubrir que me considerase un traidor como la mayoría.

—Cheñor Mu.

La voz de Kiki me devolvió a la realidad.

—¿Qué pasa?

Estuvo a punto de decir algo, pero se arrepintió.

—Ya hay que dormir.

—Tenés razón.

Un movimiento leve con la mano y la figura del santo de Virgo se desvaneció. Acomodé la almohada de Kiki y apagué la lámpara sobre la mesa de noche para luego meterme en mi cama. Con la poca luz que pasaba a través de las cortinas observé a mi pupilo hasta que se durmió. Aunque yo también lo intenté no tenía sueño.

Me levanté y puse un abrigo. Caminé hasta la caja de Pandora; pasé los dedos sobre ella para asegurarme de que no tuviera ni un solo rastro de polvo. Luego corrí las cortinas: el cielo estaba despejado.

Aries me preguntó si veía algo raro en las estrellas.

—Algunas... parecen tristes. ¿Vos lo estás?... ¿Por qué?... Yo estoy bien... Lo de hace un rato... Es normal extrañar a los amigos. ¿Vos no extrañás a Tauro y Libra también?

Dijo que volviera a ver al cielo.

—¿Virgo? ¿La extrañás?... Sí, es muy dulce con todos... ¿Eh? ¿Qué tiene que ver Shaka?... Bueno, no sé si sigamos siendo amigos. Él apoya a Saga; no me sorprende, la verdad... No, no lo odio. No puedo hacerle frente yo solo... ¿Qué? Pero hace mucho frío... Está bien, voy a preguntarle a Aldebarán.

Abrí el ventanal con el mayor de los cuidados para no despertar a Kiki. Una vez afuera me acomodé el abrigo mientras la brisa mecía mi pelo. Caminé hacia el parapeto con la mirada en las estrellas. Me llevó varios segundos encontrar la constelación de Virgo, pero cuando lo hice entendí la preocupación de Aries.

—Shaka... ¿qué es lo que tanto te duele?

Cerré los ojos y con mucha cautela busqué el cosmos del santo de Virgo. Estaba en el Santuario; al parecer meditaba aunque le resultaba complicado despejar la mente. La tentación de hablarle fue grande, pero pude controlarla. En su lugar me dirigí a mi amigo de Tauro.

—Aldebarán.

«Mu... Por fin».

—Disculpá. Estuve ocupado con el entrenamiento de Kiki.

«¿Cómo le está yendo?».

—Me gustaría decir que bien, pero últimamente tiene miedo de usar la telequinesis.

«¿En serio?».

—Sí. ¿Habré hecho algo mal? El maestro Dohko me dijo que a esa edad es normal jugar usando la telequinesis. Estoy seguro de que yo también lo hacía, pero Kiki...

«No se puede generalizar».

—Es verdad —dije con un suspiro—. Espero que se le pase pronto.

«¿Ya decidiste aceptarlo como tu discípulo?».

—No estoy seguro, pero...

Elevé la mirada y enseguida encontré la constelación de Aries.

—Todo indica que las estrellas lo eligieron para que sea mi sucesor.

«¿Qué? ¿Tan pronto?».

—Athena volvió a la Tierra, ¿no? Si llegara a pasarme algo que me impida seguir como el santo de Aries, tiene que haber alguien que sea mi sucesor.

«Entonces... ¿Vas a volver?».

—Todavía no.

«Alguien podría ir a buscarte para intentar matarte... otra vez».

—Es verdad, pero por algo soy un santo de Athena. Ella en persona es la única que puede sacarme mi título.

«Parece que cada día que pasa te hacés más fuerte. Eso me alegra».

—Seguramente es lo mismo con vos.

Aldebarán rio a la vez que me abracé a mí mismo.

—Cambiando de tema... ¿Cómo está Shaka?

Mi amigo guardó silencio unos segundos.

«¿Por qué lo preguntás tan de golpe?».

—Aries insistió en que viera cómo está Virgo. Parecía bastante preocupado por ella.

«Y supongo que vos lo estás por Shaka, ¿no?».

—Es normal preocuparse por los amigos... Aunque no sé si lo sigamos siendo.

«Ustedes dos parecen estar conectados —dijo con un tono bajo—. Hoy hablé con él un rato y... me comentó que el Patriarca tal vez no vuelva a llamarte».

—¿Q-qué? Es decir... ¿Ya no van a mandar a nadie por mi cabeza?

«Al menos por un tiempo. Pronto van a llegar aprendices nuevos y alguno de ellos podría conseguir la armadura de Pegaso».

—Pegaso... Fue la primera armadura que arreglé. Espero poder conocer al santo que la lleve.

«Volviendo a tu pregunta de antes... Tenés motivos para estar preocupado por Shaka».

—¿P-por qué?

«Hace poco volvió de una misión que no resultó tan sencilla como creía».

—¿Cómo...?

«Él está bien, no tiene ninguna herida... Bueno, que se pueda ver. Hace días que no sale de su templo».

Me apoyé en el parapeto y suspiré.

«¿Te gustaría verlo?», me preguntó Aldebarán.

—No sé si sea lo más indicado... ¿Qué pasaría si... intenta matarme o algo?

«No creo que lo haga... Pero...».

—¿Qué?

«Tal vez tengas razón. Habría que darle un poco de tiempo y saber qué piensa antes de que puedan verse».

—Quizá sea lo mejor.

—¿Cheñor Mu?

Me volteé enseguida al escuchar la voz de mi pupilo. Apenas se asomaba por el ventanal y se secaba las lágrimas.

—Aldebarán, tengo que volver.

«Está bien. Espero tener noticias tuyas pronto».

—Así será.

Me despedí de mi amigo y regresé con Kiki. Me puse a su altura para limpiarle la cara con mi manga

—¿Qué pasó?

—Pensé que se había ido lejos.

Sonreí y después lo levanté. Con una mano cargada de mi cosmos le acaricié la espalda.

—Nunca me iría sin vos.

—¿Y si viene su amigo?

—¿Mi amigo?

—Él lo extraña mucho y está muy tiste.

—Kiki, ¿de qué amigo estás hablando?

—El de la armadura de oro.

—Todos tienen armadura de oro.

—¿No va a ir a verlo?

Suspiré. Entré en el cuarto y cerré el ventanal. Volví a arropar a Kiki, luego me acosté en mi cama.

—Cheñor Mu.

—Ya es muy tarde, Kiki. Tenemos que dormir.

—Pero-...

—Empezamos a entrenar muy temprano —dije en un tono más serio—. Hay que descansar bien.

Con eso mi pupilo no volvió a hablar.

Pasó un rato en el que solo se escucharon el viento y el crujir de la cama cada vez que cambiaba de posición. La caja de Pandora resplandecía a un lado del ventanal. Me tapé la cabeza con la almohada para no verla, pero aun así lo que Aries me había dicho, sumado a las palabras de Kiki, se repetía en mi mente.

Con presión en el pecho y un nudo en la garganta escapó la primera lágrima de la noche. Giré sobre el colchón para darle la espalda a mi pupilo, que en todo caso no fuera testigo de mi debilidad.

—Quiero volver... pero...

Tuve que taparme la boca cuando imaginé varias escenas de Saga al asesinar a mi maestro; o lo que me haría cualquiera de mis compañeros si me encontrara. El llanto empeoró al recordar el día en que escapé del Santuario frente a Aphrodite que fingió creer la mentira que le dije. Ni siquiera podía alegrarme de haber visto a Camus poco tiempo después de que fuera Siberia para preparar a su primer alumno; aunque prometió no decir nada me sentí mal de haberlo involucrado en mis asuntos.

Finalmente pensé en Shaka y debí cubrirme la cara con la almohada para que los sollozos no despertaran a Kiki. «¿Podrás perdonarme por no estar con vos cuando más necesitás a un amigo? —me pregunté— Por favor, no dejes que la maldad de Saga te controle a vos también. Te prometo... Te prometo que voy a hacer todo lo que esté a mi alcance para que ya nada te duela».

Apreté con fuerza el puño y susurré:

—Athena, por favor, que este polvo de estrellas llegue hasta mi amigo para que lo proteja siempre.

Soplé y las partículas doradas se desparramaron hasta que les perdí el rastro. Volví a soltar un par de lágrimas, pero traté de convencerme que tarde o temprano regresaría al Santuario y Shaka estaría feliz de nuevo.

Abrí los ojos, tenía las pestañas húmedas; estaba en mi cama. El sol y el canto de los pájaros entraban por la ventana. Giré a la derecha, en un rincón estaba mi armadura. Me senté de golpe: no recordaba siquiera haberme ido a dormir.

Salí corriendo de mi cuarto, hasta la sala principal donde se encontraban los aspirantes a santos. Al verme me saludaron a coro. Un par se me acercó para ofrecerme una taza de té y tostadas; caí en cuenta de que era hora del desayuno.

—¿Quien está a cargo? —pregunté.

—El señor Shaka.

—¿Q-qué? ¿Shaka?

Lo busqué con la mirada, pero no lo encontré.

—¿Dónde está?

—Dijo que iba a vigilar desde la entrada del templo.

Caminé apurado mientras recordaba poco a poco lo que habíamos hablado la noche anterior. La sensación asfixiante de saber lo que fue obligado a hacer me llenó la boca de amargura. «No quiero que se siga culpando por algo que no pudo controlar», pensé con una puntada en el pecho.

Shaka estaba sentado en la posición de loto; un aura dorada contorneaba su figura. Ver su espalda y de fondo el pueblo que se extendía hasta donde el mar se mezclaba con el cielo provocó que mi corazón se acelerara. Era imponente.

Me acerqué despacio, no quería interrumpir su meditación. El viento sopló su pelo que brilló con los rayos del sol.

—Buen día —me saludó sin abrir los ojos.

—B-buen día.

Me senté a su lado y apoyé el plato con tostadas sobre mis muslos.

—¿Vos... te hiciste cargo de todo?

—Te lo había dicho: el dorado impone respeto —Sonrió con satisfacción, cosa que tuvo un efecto similar en mí—. ¿Pudiste descansar? —preguntó.

—Sí. ¿Vos me...?

—Te encontré dormido en el piso.

—Ah... Gracias.

Con la vista al frente le di el primer sorbo al té. Por primera vez y con la luz diurna fui testigo de los destrozos provocados por el temblor de la noche pasada. Todo estaba en calma, apenas se escuchaban voces mezcladas con el ruido de herramientas. «¿Habrán servido de algo mis indicaciones?», me pregunté con la mirada en dirección a Rodorio.

—Athena ya sabe lo que pasó.

La voz de Shaka me sacó de mis pensamientos.

—¿En serio?

Asintió.

—Dijo que su fundación va a enviar ayuda para el pueblo.

—Qué bueno.

—El número de víctimas fatales es de veintisiete, pero tal vez aumente. No hubo ni una en el Santuario.

Suspiré y agaché la cabeza. Shaka me acarició la espalda como acostumbraba. Me estremecí por el contacto repentino, pero agradecía su intención.

—Hay cosas que están más allá de nuestro control, Mu.

—Creo que en el fondo esperaba que mi vuelta al Santuario no estuviera rodeada de tantas muertes —dije.

—La vida es algo momentáneo.

—Agradezco que intentes animarme, Shaka, pero es muy temprano para tratar eso.

Apartó la mano de mi espalda y volvió a adoptar el mudra dhyana. Supuse que no le habían gustado mis palabras, por lo que aclaré enseguida:

—No lo dije para que te ofendieras.

—No me ofendiste —El viento jugó con los mechones rubios que caían sobre su cara—. Solamente me acordé de algo.

El tono bajo en que habló me dio a entender que no era un recuerdo placentero. Entonces las memorias de la noche pasada aparecieron de nuevo, pero debido a la reacción de Shaka opté por no volver a tocar ese tema.

Miré el plato con tostadas sobre mi regazo; agarré una y comí. El viento trajo consigo una sensación fría al chocar con la piel, pero cálida gracias a la presencia a mi lado. Le di un sorbo al té y a medida que el calor bajaba por mi pecho los golpes de mi corazón se hicieron más notorios.

—Esta no es la primera vez que estamos así, ¿no? —pregunté.

Shaka se mantuvo en silencio unos segundos.

—Tal vez hace mucho tiempo compartimos un momento como este.

Llené los pulmones al máximo. Miré a mi compañero; su perfil conservaba pocos rasgos de la infancia. «¿Cuántas veces lo habré visto?», pensé con los latidos en aumento. Me gustaba la sensación, pero era dolorosa cuando regresaban las imágenes de la noche de nuestro primer beso, o cuando me encontraba incapaz de volver a mi memoria el día que nos separamos. Los recuerdos fragmentados tampoco me daban alivio.

Me incliné hacia adelante, para poder verle mejor la cara.

—Shaka...

—¿Nnh?

—Hay algo... que no puedo recordar.

Su nuez de Adán tembló. Percibí cierto nerviosismo en su cosmos -algo para nada habitual.

—¿Por qué pensás que pueda ayudarte a recordarlo?

—Porque tiene que ver con vos.

Me di cuenta de la presión que hacía con sus pulgares, yema contra yema. Aun así decidí continuar.

—¿Qué fue lo último que te dije cuando nos separamos hace trece años?

Su labio inferior hizo un leve movimiento sin abrirse. Agarré con las dos manos la taza que ya empezaba a perder temperatura. Shaka tardaba demasiado; tal vez se sentía presionado por mi mirada insistente.

—«Nos vemos en un año» —habló de pronto.

—¿Eh?

—Eso fue lo último que me dijiste.

El viento sopló más frío y fuerte. Las puntas de mi cabellera llegaron hasta su cara. Él se las quitó con tranquilidad y enredó los dedos.

—Perdón —le dije.

—No me molesta.

—Me refiero... a la promesa que no pude cumplir.

Shaka negó con una sonrisa serena.

—Me molestó que no cumplieras tu parte... Pero entiendo tus razones... aunque al principio me costó.

Estiré mi mano temblorosa para acariciarle la mejilla. Realmente no sé por qué lo hice, tanto él como yo estábamos sorprendidos; incluso abrió los ojos. Poco a poco su cara adquirió un tono colorado. Me impresionó de buena forma que todavía tuviera esos gestos tan tiernos.

—Disculpá por haberte abandonado tantos años —le dije con tono suave, como si hablara con un nene.

—¿Q-qué...?

—Para mí también fue difícil al pensar que nunca más iba a verte y que quizás me consideraras un traidor —Suspiré y dejé de acariciarlo—. No sé cuánto tiempo nos quede, pero me alegra que al menos pudiera ver una vez más a mis amigos tan queridos.

Su cara tomó más color; sumado a esos dos cielos brillantes y boca de durazno entreabierta, su expresión me supo, en simples palabras, hermosa; semejante a esas pinturas de ángeles.

—Yo tampoco podría matarte —dije—; ni aunque la mismísima Athena me lo pidiera.

Apoyé una mano sobre las suyas y las apreté. Me acerqué más a su cara; le temblaba el labio. De golpe un deseo ardiente de abrazarlo y besarlo nació de lo más profundo de mi alma.

—Mu...

Quizás él lo notó, por lo que debí controlarme y completar la idea anterior.

—Haría cualquier cosa con tal de evitarlo.

Shaka agachó la mirada, hizo fuerza con los puños y se puso de pie, sin que pudiera verle la cara.

—Perdón, Mu.

Bajó a toda prisa las escaleras.

—¡Sha-Shaka!

—Todavía no fui a la fuente. No puedo dejar de hacer lo que Athena me mandó.

Me quedé sentado. Incluso cuando dejé de verlo tenía el corazón acelerado. A cada instante Shaka de Virgo se convertía en mi interés más grande.

NOTAS FINALES

Y así termina el capítulo de hoy.

¿Qué les pareció?

Fue bastante tranquilo, a comparación del anterior y de los siguientes XD

Pero creo que ya empieza a mostrarse un poco más por qué Shaka es como es.

Y ahora mis comentarios; voy a tratar de ir en orden...

La escena del baño fue rara de escribir, aunque no es la primera vez que escribo algo así (de hecho, es la segunda que escribo para este fanfic; la otra va a venir más adelante).

No quería que fuera demasiado porque recién está despertando la atracción de Mu por Shaka. Pero así empiezan las cosas calientes entre estos dos ;)

Pronto vamos a ver un "beso de verdad".

La idea del sismo es básicamente porque está por empezar una guerra entre dioses; sus amenazas deben ser potentes y me pareció una buena estrategia para debilitar aún más el ejército de Athena, además de ser otra excusa para no sacar a Mu del Santuario (aunque en el siguiente capítulo va a salir lol) y que busque a Shaka como una especie de apoyo incluso cuando se siente culpable de lo que hizo en el baño...

Pensé en incluir un dios menor para darle un poco más de acción, hasta me puse a jugar Age of Mythology (cosa que no me molestó) para sacar ideas, pero me iba a hacer mucho lío XD Así que básicamente quedó como una amenaza de Poseidón, aunque no se lo nombre.

Tal vez fue el momento en que Saori rechazó a Julian XDDDDDDDDDDDDD Ok, no, pero re daría XDDDDDDDDDD (lo anoto para otra cosa, por las dudas).

Un detalle que me gustó agregar fue que evitaran verle las caras a las nenas, como muestra de respeto incluso con la diferencia de edad y de posición. Creo que después de lo que pasaron en su infancia se tomaron muy en serio la ley de las máscaras XD

Me hubiese gustado ahondar más en Mu interactuando con los aprendices, pero el capítulo iba a ser eterno y sin sentido (no veía ni la manera de que fuera para desarrollar al personaje, pero bueh).

No creo que Shaka odie a los nenes, ni que les tenga rechazo; simplemente lo veo como que no conecta con ellos (y que él mismo es una especie de nene grande XDDDDD). Y sí: le pareció muy tierno ver que Mu fuera dulce con ellos (hashtag Mu el futuro padre de mis hijos, pensó (?)).

La biblioteca de Aries... La cantidad de cosas que van a pasar ahí...

Me costó hacer el resumen de la historia que contó Mu y que fuera simple, como algo que se le podría contar a alguien de dos años DX

Kiki sabe muchas cosas.

Creo que no hay mucho más para agregar.

La mayoría de las cosas se van a empezar a explicar en el capítulo que viene.

Y eso fue todo por hoy.

Nos leeremos.

Cuídense.