Capítulo 6
La casa de Aries era un caos. Mientras los aspirantes a santos ordenaban surgió un malentendido entre el mismo grupo de la noche anterior y algunas nenas. Nadie supo explicarme qué había pasado, pero la tensión escaló hasta los golpes.
Estábamos en medio de un interrogatorio cuando reapareció Shaka acompañado de un par de santos de plata y soldados. Les expliqué la situación y ellos dijeron que se harían cargo. El primer templo volvió a estar en silencio luego de que los maestros se llevaron a los aprendices.
—Empiezo a extrañar a Kiki —dije mientras me masajeaba la frente.
—Creo que estás bajo mucho estrés —comentó el santo de Virgo.
—Me gustaría saber cómo hizo mi maestro para soportar más de doscientos años en esto.
—El dueño de un local del pueblo me regaló té —dijo y me mostró un saco pequeño—. No me atreví a rechazarlo. Puedo preparar un poco para que te tranquilices.
—Te estás tomando tu papel de niñera muy en serio —dije con tono burlón.
—Lo hago porque es irritante verte en este estado.
—¿Disculpá?
—Voy a usar tu cocina, si no te importa.
—Pasá —Suspiré.
Shaka dejó la armadura en la entrada de la cocina, yo hice igual; le indiqué dónde encontrar cada cosa y me senté a la mesa. Apoyé la cabeza sobre una mano, guardé silencio; apenas se escuchaba el sonido de los utensilios que Shaka asía en el proceso de preparación del té. Era hipnótico ver su espalda, la cabellera formada por hilos dorados, su figura delgada pero igualmente masculina moverse con cierto toque delicado y gracia.
A pesar de que las mangas del kurta que vestía fueran holgadas, cada vez que flexionaba los brazos se le marcaban aún más los músculos. Se movió el pelo y su cuello quedó descubierto por un instante. La tela blanca se transparentaba un poco, por lo que llegué a notar el tono de su piel y la espalda que se ensanchaba en la parte superior del tronco.
—El entrenamiento dio sus frutos —comenté en tono bajo, sin darme cuenta.
—¿Dijiste algo? —preguntó.
—Ah... N-no, pensaba en voz alta —le respondí.
Dio media vuelta con el té listo, me ofreció una taza y se sentó en la silla frente a mí. Agarré el recipiente con las dos manos para calentarlas. Me llegó el aroma a lavanda a la nariz, soplé y di un sorbo corto; tenía la temperatura justa. «¿Hay algo que Shaka no haga bien?», me pregunté.
La luz del sol que entraba por la ventana y pegaba sobre él hacía que se formara un aura dorada, mucho más intensa que el color de su pelo. Lo encontré tan adorable y hermoso que me estremecí. «¿Por qué me atrae tanto? —pensé— Nunca me había gustado así una persona».
Con la taza en la boca abrió un ojo y preguntó:
—¿Qué?
—¿Eh?
—¿Por qué te me quedaste mirando?
Me dolió el estómago y seguro tenía la cara roja. Traté con todas mis fuerzas de no sonar nervioso.
—Disculpá, no me di cuenta.
—Estás raro.
—¿Raro? ¿Por qué lo decís?
—No es normal que pierdas la calma tan fácil. Además, hace rato que siento tu cosmos muy inestable.
Agaché la cabeza lentamente.
—Mu... —Suspiró— No voy a decirlo, pero seguro sabés lo que estoy pensando.
—No es solo... por eso —respondí.
Shaka curvó una ceja, lo que me dio a entender que continuara la explicación. Tomé un poco de té y dije:
—Tengo muchas cosas en mente y no sé a cuál darle mayor importancia... Siento que... hay tanto que me gustaría hacer y me estoy quedando sin tiempo.
—¿Tiempo para qué?
—Para todo.
Volví a darle un sorbo al té para conseguir valor y continuar:
—Athena desea que vivamos una vida más normal, pero... esto es lo normal para nosotros. Nacimos para ser santos de oro y pasamos nuestra infancia en entrenamientos mortales... No sabría qué hacer si no fuera el caballero de Aries y herrero del Santuario. ¿No te pasa lo mismo?
—Hmmm... Creo que entiendo. Mi vida habría sido muy distinta en la India. Dudo que me hubieran dejado morir, nací en una familia bien acomodada.
—¿En serio? No tenía idea. ¿Seguís en contacto con ellos?
—No, pero sé que mis padres están vivos y que hasta tengo varios hermanos y hermanas. Como primogénito debería haberme hecho cargo de los negocios familiares.
—Tal parece que naciste para lucir el oro —dije con una leve risa. Shaka sonrió cómplice—. Tu destino como santo fue más fuerte.
—Tanto como para que mis padres accedieran a romper mi compromiso.
—¿C-compromiso?
—A pesar de que prácticamente era un bebé, ellos ya habían decidido con qué persona contraería matrimonio.
—M-mirá vos —dije nervioso y sorbí rápido el té; luego forcé una sonrisa—. Seguramente eligieron a alguien que se volvería una mujer muy hermosa.
Shaka cerró un momento los ojos y negó.
—Aunque pueda encontrar hermosa a una mujer, no es como si fuera a sentir algo —dijo.
—Casado y con una fortuna... No serías el Shaka que todos conocen entonces.
—Nada de eso me interesa. Seguramente estaría meditando en un monasterio —Detuvo la taza a mitad de camino—. Ahora que lo pienso mi vida no sería muy diferente.
Volví a mirarlo con una sonrisa.
—La imagen que tenía de vos es muy distinta a como sos ahora. Me hace sentir nostálgico.
Concentrado en un punto inexistente sobre la mesa dijo:
—Fueron muchos años.
—Sí... Creo que me hubiera gustado verte crecer.
—¿Verme crecer?
Asentí.
—De tu yo a los siete años al de ahora hay una diferencia enorme. No puedo imaginar cómo eras a los diez o en la adolescencia.
Shaka se llevó la taza a la boca para luego hablar:
—Eso último no fue hace tanto y no era muy diferente a mi yo actual.
—¿Nos habríamos llevado bien? —pregunté y tomé un poco de té.
—Quién sabe... Pero...
—¿Qué?
Suspiró antes de responder en tono desganado:
—Yo sí pude verte.
Supe enseguida a qué se refería. Aún no tenía idea de qué pensar sobre el hecho de que a Shaka, aquel amigo tan cercano en la niñez, le habían encargado eliminarme; que no lo hiciera tampoco me reconfortaba. «¿Y si recibió un castigo por eso? ¿Qué tal si le provocó algún trauma?», eran cosas que necesitaba descubrir.
—¿Cuándo fue? —pregunté.
—A los catorce años. Ya tenías a tu discípulo. Los seguí por varios días y noches.
—¿Cómo... no me di cuenta?
—Por algo soy un santo de oro.
Mis dedos juguetearon con la taza.
—De casualidad, ¿tuviste contacto con Kiki en algún momento en que no estuve presente?
Shaka me miró fijo.
—¿Por qué pensás eso?
—Un par de veces habló de un santo de oro que preguntaba por mí. Pero supuse que Aries le había contado sobre ustedes. Además, parece tenerte miedo.
—Tu discípulo es muy perceptivo —dijo con una sonrisa de lado—. No me sorprende siendo vos su maestro.
—No respondiste a mi pregunta.
Suspiró con pesadez.
—No le hice nada, ni siquiera le borré los recuerdos. Solamente le pedí que guardara el secreto.
—¿Sin amenazas?
—Me sorprende que me creas capaz de algo así, Mu de Aries. No soy como Deathmask. Además, no iba a dejar al Santuario sin un posible santo y herrero.
—¿Entonces por qué te tiene miedo?
—¿Quién no lo tiene?
—Buen punto.
Shaka sorbió el té antes de volver a hablar:
—Todavía me acuerdo la impresión que tuve la primera vez que te vi con él. Aunque se notaba que eras un poco inmaduro en algunos aspectos.
—¿Como cuáles? —pregunté con el ceño levemente fruncido.
—Lo normal para catorce años.
—¿Lo normal? ¿Qué tanto viste?
Miró hacia un costado en silencio.
—Shaka... ¿Qué me viste hacer?
—No te preocupes: no tenés nada que no haya visto antes.
La temperatura me subió con rapidez.
—¿A qué... te referís?
Cerró los ojos; su expresión era seria. Para empeorarlo aún más volvieron algunos fragmentos de la fantasía del día anterior. Me crucé de piernas disimuladamente cuando sentí que comenzaba a ponerme duro.
—Shaka...
—Mu, somos hombres —dijo—. Nuestros cuerpos no son tan diferentes. Además, cuando éramos chicos nos bañábamos junto a nuestros otros compañeros.
—Ci-cierto... Pero...
—No te vi hacer nada de lo que debas avergonzarte. Y en caso de que lo hubieras hecho, habría entendido que eran cosas típicas de la edad.
Aparté el rostro muerto de vergüenza. Nunca pensé que hablaría sobre esos temas con el santo de Virgo que parecía hacerle honor a su constelación en todo sentido.
—Supongo que son cosas que vos nunca experimentaste —le dije aún con la cara hacia el costado—. ¿O sí?
Shaka no respondió, solo se levantó y fue a lavar la taza. Yo abrí los ojos a más no poder. Me pareció increíble tan solo considerar que el hombre más cercano a un dios tuviera un ápice de mundanidad. «¡Shaka no debe haber tenido ni una polución nocturna! —pensé— Ni hablar de masturbarse o sentir deseo por alguien».
Mi imaginación voló. Él no solía mostrar demasiadas emociones, lo normal era verlo con el entrecejo arrugado, una sonrisa ladina y muy de vez en cuando una sincera; así que me resultaba difícil recrear su cara de placer o cómo le sonaría la voz. Si bien conocía su cuerpo, con veinte años debía ser muy diferente a lo que recordaba. Qué tipo de caricias o cuán intenso le gustaría que lo tocaran era un misterio.
Me mordí el labio al tratar de imaginarlo retorcerse y agarrarse de las sábanas con la cara roja, a medida que suspiraba mi nombre. Apreté más las piernas. «¿Y por qué conmigo? —me pregunté— No deben interesarle esas cosas y mucho menos con alguien como yo». Sentí culpa al compararme con él y darme cuenta de lo diferentes que éramos. Tener esas fantasías había sido como manchar una imagen sagrada.
El caballero de Virgo caminó hacia la salida en silencio. Yo me quedé quieto, con la taza todavía humeante entre las manos.
—No te juzgo, Mu —dijo a mis espaldas—. Yo también hice cosas de las que me avergüenzo.
Lo último que escuché de él fueron sus pasos alejándose. Me recosté sobre la mesa con la cabeza oculta entre los brazos. Mi corazón latía descontrolado haciendo tal presión que incluso creí que dejaría de respirar al no soportarlo. «¿Por qué me siento tan atraído hacia él?», me pregunté y pegué la frente a la madera.
Estuve varios minutos tratando de controlar mi mente para regresar a mis labores. Fui al taller donde estaban las armaduras de bronce, cada una en su caja correspondiente. Busqué las herramientas y materiales que iba a necesitar, los dejé sobre la mesa en el centro del cuarto.
Antes de que pudiera sacar a Pegaso sentí que el maestro Dohko intentaba comunicarse conmigo.
«¿Cómo están las cosas ahí, Mu?».
—No puedo decirle que mejor, maestro, pero al menos todo está más tranquilo.
«Excepto por vos».
A pesar de la distancia se había dado cuenta.
—Las armaduras de bronce están sin vida. Me va a llevar más tiempo del previsto arreglarlas.
«¿Pensás hacerte cargo vos solo?».
—Es mi deber como el herrero.
«Seguís siendo un humano, Mu, y el único que conoce el arte de la reparación de las armaduras. No deberías arriesgarte tanto».
—No se preocupe, maestro. No sería la primera vez que use mi propia sangre.
«Shion era bastante estricto en ese sentido, pero estoy seguro de que no le gustaría que te pusieras al límite de tus capacidades en un momento como este».
Me pasé una mano por la frente y suspiré.
—Disculpe, maestro, pero últimamente hay demasiadas cosas que no me permiten pensar con claridad.
«Sos muy maduro para tu edad, Mu, pero es normal tener dudas. Hasta Shion y yo dudamos muchas veces. Aunque él no esté podés consultar conmigo y voy a tratar de asistirte».
Sonreí un poco más aliviado.
—Muchas gracias, maestro.
«Me sorprende que no hayas pedido ayuda a nadie, siendo que podés encontrar santos muy fácilmente donde estás».
—Podrá sonar tonto, pero... no quería molestar a mis compañeros con esto, especialmente después de lo que pasó en las doce casas.
«Estoy seguro de que lo van a entender, más si sos vos quien se los pide».
Respiré hondo.
—Lo voy a intentar.
«Recordá que ya no estás solo, Mu. Y aunque no estén todos tenés a tus compañeros de vuelta».
—Sí.
«Además, sigo siendo el santo de Libra y estoy dispuesto a ayudarte. Así que traé tus herramientas para que puedas trabajar».
—¿Qué...?
«Vos también sos maestro, por lo que seguro comprenderás».
Miré la caja de Pandora donde se encontraba la armadura del Dragón, luego los brazaletes dorados que cubrían mis antebrazos con vendajes.
—Lo entiendo. Voy a ir cuando hayan vuelto los demás.
«Te espero».
Guardé los materiales que ya tenía al alcance en una caja especial para transportarlos y los dejé en la entrada de mi templo junto a la armadura de Shiryu.
Alrededor de las diez llegó el resto de mis compañeros después de haber pasado toda la noche en Rodorio. Ellos fueron los que encontraron la mayoría de los cuerpos sin vida entre los escombros y se notaba que les había afectado -a pesar de ser guerreros entrenados para matar de ser necesario, era muy diferente cuando se trataba de inocentes. Les indiqué que fueran a descansar, ya que las actividades se retomarían por la tarde en la medida de lo posible.
Estaba listo para irme cuando recordé cierto detalle: mi niñera personal. Había comenzado a hartarme tener que informarle sobre cada paso que daba, además de cómo alteraba mis emociones de solo pensar en él; no quería verlo por un rato, pero era poco conveniente irme sin avisarle. Sabía que no se encontraba en su templo y no estaba seguro de dejar el mío solo para ir a buscarlo. Mandé a un soldado que pasaba cerca a que fuera por él.
Quince minutos después Shaka apareció por las escaleras de la primera casa.
—No era necesario que mandaras a alguien a buscarme —Fue lo primero que me dijo.
La cara empezó a arderme porque sabía que tenía razón. «¿Por qué no lo llamé con telepatía?», me pregunté a mí mismo mientras intentaba mantener la compostura.
—¿Qué se te ofrece? —preguntó con su indiferencia típica.
—Tengo que ir con el maestro Dohko. Los demás llegaron hace un rato y están descansando. Necesito que alguien vigile las doce casas.
Señaló detrás de mí.
—¿Por qué está la armadura del Dragón ahí?
—El maestro me va a ayudar a arreglarla.
—Ah, cierto.
—¿Qué?
Negó con la cabeza.
—No quiero hacerlo esperar más. Tengo que irme ahora mismo.
Giré sobre mis pies para dirigirme donde se encontraban las cajas que debía llevar.
—¿Necesitás ayuda? —me preguntó Shaka.
—No, gracias. Prefiero que te quedes acá.
El viento sopló fuerte y mi pelo se desparramó en el aire. La cinta que lo ataba salió volando sin que pudiera ver a dónde. Chasqueé la lengua. No le di mayor importancia, agarré una correa de la caja de Pandora justo cuando escuché el sonido de una tela desgarrarse.
Miré a Shaka con un pedazo de su capa en la mano. Se acercó a mí y me ató el pelo. Tenía una sonrisa que apenas se notaba.
—¿Por qué...? —No podía siquiera formular la pregunta por completo.
—No tenía otra cosa al alcance —respondió.
Con un cosquilleo en el estómago y los latidos acelerados continué lo que hacía para no mirarlo. Me cargué la caja de Pandora en los hombros, tomé las herramientas, respiré para calmarme. Shaka no se había movido.
—Gracias, no tenías que hacerlo —le dije con la vista en el piso.
—Athena dijo que te ayudara en lo que necesites.
De pronto esas sensaciones agradables se esfumaron. Traté con todas mis fuerzas de no mostrar una cara molesta. Apreté los dientes, sonreí por obligación y asentí con la cabeza.
—Me voy. Te dejo a cargo el templo de Aries mientras tanto.
—Que te vaya bien.
Abandoné el Santuario a toda prisa sin mirar atrás. Me hartaba que las palabras de Shaka me afectaran tanto: podían hacerme la persona más feliz y a los pocos segundos la más miserable de todas. Necesitaba despejarme, recobrar energías para seguir enfrentándolo.
Aproveché para dar una vuelta por el pueblo y ver con mis propios ojos cómo había quedado. Todavía se encontraban algunos soldados que asistían a la gente; yo hice lo mismo con un par de personas heridas que me crucé en el camino. Los dueños de una panadería estaban tan agradecidos por haber ayudado a su hijo que me regalaron una bolsa de bizcochos.
Decidí no perder más tiempo y teletransportarme donde el maestro Dohko. En un parpadeo escuché el agua caer y golpear con fuerza. A pocos metros por delante se encontraba sentado el caballero de Libra como era de costumbre; a su lado, la joven que había criado como su hija. Ella sonrió al verme, le devolví el gesto y me acerqué.
—Disculpe el retraso, maestro.
—Ah, Mu —dijo a medida que se giraba a verme sonriente—. Me alegro de verte.
—Lo mismo digo.
Dejé la caja de Pandora en el piso y la de mis herramientas a un costado.
—Antes de que empieces a trabajar, vení y sentate un momento —me dijo el maestro.
—¿Eh?
—Hay cosas de las que tenemos que conversar. Shunrei —se dirigió a la joven—, ¿podrías preparar un poco de té?
—Con mucho gusto, maestro.
Antes de que se alejara le entregué los bizcochos que había recibido como regalo. Luego me senté con el maestro frente a la enorme cascada que vigilaba.
—¿Ya pudiste adaptarte a la vida en el Santuario? —me preguntó.
—De a poco lo voy consiguiendo. Algunas cosas están muy cambiadas.
—No tengo dudas de eso —dijo con una risa, cosa que tuvo el mismo efecto en mí—. Debés estar feliz de haberte encontrado con tus compañeros de nuevo.
Tuve un choque de emociones que seguramente se reflejó en mi cara ya que el maestro asintió como si hubiera entendido algo.
—¿Tus preocupaciones tienen que ver con eso?
No percibí esa pregunta como tal. Estaba obligado a responder a lo evidente.
—En parte sí.
—¿Hay algo en lo que pueda ayudarte?
—Agradezco su preocupación, maestro, pero ni yo entiendo lo que me pasa.
—Hmm... —Esbozó una sonrisa— ¿De quién se trata?
—¿Disculpe?
—El compañero con el que tenés problemas.
En ese momento se me revolvió el estómago.
—N-no es que... ¿Cómo decirlo? Tal vez...
—No es normal verte nervioso. ¿Tan grave es?
Suspiré en un intento por tranquilizarme.
—Athena quiere que nos unamos más como grupo.
—Sí, estaba enterado de eso. Incluso lo discutió conmigo. ¿Te siguen viendo como un traidor?
—No, todos me recibieron de la mejor manera —Bajé la mirada—. El problema es que... de alguna forma Athena se enteró de mi amistad con Shaka de Virgo cuando éramos más chicos.
—¿Shaka? —preguntó con mucho interés.
—Sí. Ella cree que debería empezar por amigarme con él, pero... chocamos demasiado. Y lo peor es que le dejó la tarea de asistirme en lo que necesite.
El maestro cerró los ojos con una expresión seria.
—Aunque no haya estado ahí para verlo, sé por parte de Shion que ustedes eran muy unidos.
—Éramos amigos, pero él... Tal vez siga molesto por no haber cumplido con la promesa.
—¿Qué promesa?
—Según sus palabras, el día que nos despedimos prometimos que volveríamos a encontrarnos en un año, pero no pude cumplir por todo lo que sucedió con mi maestro y Saga.
Miré al arcoíris que se formaba frente a la cascada.
—No recuerdo haber hecho otra cosa para molestarlo.
«A menos que haya sido el beso», pensé, pero no podía mencionárselo al maestro.
—Tal vez lo hace para protegerse a sí mismo —dijo.
—¿Protegerse?
—Debe haberle dolido que no cumplieras la promesa que le hiciste sin darle una explicación. Después de todo eras su amigo y le importabas. Seguramente no quiera volver a sentirse así.
—Pero ya se lo expliqué y dijo que lo entiende.
—Tenés que darle tiempo. Fueron muchos años de separación. Es una herida muy grande para que sane tan pronto.
—¿No hay una forma de acelerar el proceso?
—Si le demostrás que te importa, quizás se sienta más seguro con vos, pero que no te sorprendan sus intentos por alejarte. El dolor causado por un enemigo es esperable, no así el que provoca un ser querido, sea intencional o no.
Agaché la cabeza y me llevé una mano al pecho. «Yo no quería lastimarlo, él era muy importante para mí. Era mi amigo después de todo», pensé y apreté los párpados.
—El amor en todas sus formas es algo que deseamos a pesar de que venga acompañado por el dolor —dijo el maestro.
Lo miré con atención esperando a que continuara.
—Cuando Shion murió sentí una tristeza enorme. Fue mi amigo por siglos y al no contar más con él quedó un vacío. Pero aprendí a vivir con su ausencia y recuerdo, además de mi deber con Athena. ¿No te pasó lo mismo?
—Sí. También fue difícil para mí seguir sin el maestro. Gracias a usted y a Kiki fue más sencillo.
—Me da gusto escucharlo. Pero ahora pensá cómo debió sentirse Shaka cuando no supo nada de vos. Eras la persona más importante para él y en el Santuario no había nadie que le ayudara a superar tu ausencia.
Me pasé una mano por la cara.
—¿Será eso? Tal vez le recuerde a la vez que falló en una misión.
—¿Qué misión? —preguntó.
—Hace unos seis años Saga le encargó asesinarme, pero no lo hizo... porque... seguía viéndome como su amigo.
El maestro hizo una pausa en la que solo el sonido del agua fue lo que se escuchó.
—¿Eso fue lo que te dijo?
—Sí... Fui la única persona a la que se negó a matar.
—Ciertamente, el amor que Shaka te tenía era muy grande para haber ido en contra de las órdenes de Saga.
—Los sentimientos son una carga para los santos de Athena —dije.
—¿Qué?
—Lo repite todo el tiempo... Por momentos creo que tiene razón.
El santo de Libra negó con la cabeza.
—Mu, me sorprende que no te hayas dado cuenta.
—¿De qué, maestro?
—Él mismo te está diciendo cuánto le duelen los sentimientos.
Abrí los ojos lo más que pude. El corazón me latió con fuerza.
—P-pero... ¿Por qué serían un problema para él?
—Es normal tener miedo ante algo que no podemos controlar.
—N-no lo entiendo.
—¿O no lo querés hacer?
Tragué grueso y me masajeé el cuello.
—Es imposible —dije en voz baja—. Shaka no... no tiene sentimientos.
—Todo el mundo los tiene, Mu —dijo riendo.
Ya no soportaba el dolor del pecho y empecé a respirar con dificultad. Enredé los dedos en mi pelo para estirarlo. La mínima posibilidad de que el santo de Virgo tuviera sentimientos por mí más allá de la amistad era la estupidez más grande que se me había ocurrido en toda la vida.
—No puede ser eso. ¿Por qué Shaka sentiría... algo así?
—Parece que ya lo entendiste.
—¿Qué debería hacer, maestro? —pregunté con la voz temblorosa.
—No puedo decirte que hagas algo en particular. Es un asunto que deben resolver entre ustedes.
—Pero somos Santos de Athena. Solamente debemos amar a nuestra diosa.
—Amar a Athena significa aceptar y defenderla para que proteja a la humanidad —dijo—. Es justamente el amor lo que nos mueve a los santos. No podemos abandonar los sentimientos, pero sí aprender a vivir con ellos a nuestro favor.
Suspiró con una sonrisa.
—No importa que sean unos prodigios, todavía son jóvenes inexpertos en ciertas áreas. Mientras sus deseos no se interpongan con su deber no veo problema en que se guíen por el corazón. Nadie sabe cuánto tiempo nos queda.
Hubo una especie de explosión en mi interior. De pronto todo parecía más brillante, mi cuerpo estaba más ligero y en mi mente solo encontraba a Shaka. Lo que me había propuesto a buscar estuvo siempre frente a mí. Pero entonces recordé lo que me dijo hacía poco:
«No importa cuánto ames a otra persona, es imposible, Mu».
Solté un suspiro largo.
—Esto va a ser complicado.
El maestro Dohko rio.
—Nadie dijo que amar fuera sencillo, Mu.
—*—*—*—
Regresé al Santuario en la tarde. Me sorprendí de no ver a Shaka como guardia del primer templo, pero Aldebarán se había hecho cargo. Dejé la armadura del Dragón en el taller junto a las demás. Sonreí satisfecho por el trabajo terminado y las horas que había pasado con el maestro Dohko.
Inhalé hondo. Mi corazón seguía acelerado pero ya no me incomodaba. Por el contrario, sentía alivio y estaba entusiasmado al mismo tiempo «Tal vez lo que voy a hacer sea una locura, pero tengo que asegurarme», pensé. Me puse la armadura, le pedí a mi amigo que me cubriera un rato más y luego me dirigí al sexto templo por los pasadizos secretos.
En la entrada estaba Virgo sola. La examiné con cuidado, pero no tenía ningún daño importante aparte de unos raspones.
—¿Por qué estás acá, Virgo?
—Le gusta tomar sol.
Me sobresalté al escuchar la voz de Shaka retumbar entre las paredes del templo. Miré hacia adentro: él se acercaba con los ojos cerrados a paso lento; al salir su pelo se meció con el viento. Las cosquillas en el estómago me provocaron sonreír; no pude ocultar mi alegría.
—¿Qué se te ofrece? —preguntó.
—Ah... N-no... Solamente vine para avisarte que volví.
—¿Otra vez? Podés hablarme por telepatía.
Me culpé internamente por mi torpeza.
—Sí, pero me gusta más de esta forma.
Volví a mirar la armadura.
—Se la nota muy feliz —dije.
—Debe ser por el sol.
—Sí, eso le gusta. Cuando no era necesario usarla dejaba a Aries junto a la ventana más grande de la pagoda para que le diera la luz natural. Así mantenía el buen humor.
Me detuve un momento a ver a mi compañero con curiosidad.
—¿Cómo sabés que necesita tomar sol? No es algo que se mencione en los entrenamientos.
Shaka agachó la cabeza y permaneció callado unos segundos.
—Me lo dijiste hace mucho.
Noté cierto toque de tristeza en su voz. Por más que intentara no conseguía recordar cuándo le hablé de cosas que solo se enseña al herrero del Santuario. Poco a poco comencé a tener dolor de cabeza.
—¿Cómo te fue con el maestro? —me preguntó de pronto.
Su pregunta hizo que abandonara los intentos por recordar.
—Todo salió bien. La armadura del Dragón ya está como nueva.
—¿Y las demás?
—Bueno... Creo que voy a necesitar más ayuda.
—¿Nnh?
Me masajeé la nuca.
—¿Podrías acompañarme al primer templo? De paso puedo curarle los raspones a Virgo.
Shaka no se negó. Bajamos hasta la casa de Aries en completo silencio; no me molestó ya que tampoco tenía idea de qué decirle y lo que quería hablar con él era mejor que nadie lo escuchara. De todos modos aproveché la ocasión para apreciar su perfil: cada vez me daba más la impresión de ser una obra de arte con sus labios carnosos y pestañas largas.
Invité a mi compañero a pasar al taller. Se quitó la armadura para que pudiera darle los pocos arreglos que necesitaba. Él vio todo el proceso sin hacer preguntas. Terminé en pocos minutos.
—Se siente diferente —comentó mirando cada detalle—, más cálida.
—Son los restos de mi cosmos que usé para tratarla. Se va a ir en un rato.
—Eso explica esta sensación.
Volteé el rostro hacia un costado para que no se diera cuenta del efecto que habían tenido sus palabras en mis labios y mejillas.
—¿Pensás arreglar las de bronce ahora?
Carraspeé la garganta y volví a mirarlo.
—Sobre eso quería hablarte.
Inclinó la cabeza un poco hacia el costado. Suspiré y me senté en el taburete junto al escritorio para comenzar la explicación.
—Las armaduras de bronce están muertas y necesitan sangre para que vuelvan a vivir.
Me saqué el brazal derecho para luego hacer lo mismo con el vendaje y las cicatrices quedaron descubiertas. Shaka abrió la boca apenas unos milímetros.
—La mayoría son de cuando mi maestro me enseñó la técnica de reparación. Creo que debés acordarte. Una vez fuiste con Aldebarán a verme mientras me recuperaba en los aposentos del Patriarca.
Percibí un toque de tristeza en el cosmos de Shaka apenas terminé de decir eso. Su semblante no había cambiado, pero había algo en su interior que le inquietaba.
—Lo recuerdo... pero no nos dijiste por qué estabas ahí.
—Una parte de las prácticas consistía en acostumbrarme a dar sangre sin perder el conocimiento. Llegué a reparar una sola armadura por mi cuenta estando Shion con vida. Después de eso arreglé muy pocas que encontré abandonadas en Jamir —Cerré los párpados con dolor—. Dar mi propia sangre no es lo más conveniente. La última vez que lo hice casi maté a Kiki del susto.
Abrí los ojos de golpe cuando sentí las yemas de los dedos de Shaka sobre mi piel; delineaba cada una de las cicatrices con delicadeza. El cuerpo entero me tembló por tenerlo tan cerca y las caricias tan suaves. Quizás la cara se me puso roja.
—Mi obligación es asegurarme de que no te pase nada malo —dijo con seriedad—. Si necesitás sangre usá la mía.
—Shaka...
Apoyé la mano sobre la suya que no me soltaba. Ese contacto hizo que el golpeteo en mi pecho, el cosquilleo en el estómago y el calor por todo mi ser aumentaran. El santo frente a mí me pareció la criatura más deslumbrante y hermosa de todas. «¿Shaka siempre fue tan atractivo?», pensé con la mirada en sus labios carnosos y brillantes. Quise escapar cuando me di cuenta de que quería probarlos y que él me gustaba cada vez más.
—¿Mu, estás acá?
De pronto la voz de Aioria se escuchó fuera del taller. Pegué un salto de donde estaba sentado y solté a Shaka al mismo tiempo. El santo de Leo entró acompañado por el de Escorpio.
—¿Qué te pasó? —preguntó al ver mis cicatrices.
—¿Cómo te hiciste eso? No creo que tengas esas tendencias, ¿o sí?
—No seas tonto, Milo —dijo Aioria—. Mu es de mente fuerte como para hacer esas cosas... ¿No?
—Eh... Mejor les explico.
Ellos también estuvieron de acuerdo en que darían sangre para reanimar a las armaduras de bronce. Al menos ya me había sacado un peso de encima. Quedamos en que lo mejor era ir de una en una para que tuvieran tiempo de recuperarse y no dejaríamos tan desprotegidas las doce casas.
—Ah, sobre lo que venía a preguntarte —dijo Aioria—, ¿qué vamos a hacer con los aprendices varones? Parece que va a llover a la hora de la cena.
Me crucé de brazos a pensar.
—Supongo que pueden traerlos de nuevo esta noche. Mientras tanto deberíamos pensar en alguna solución temporal. ¿Y las demás residencias?
—Se están organizando de a poco —respondió Milo—. No todas las casas están equipadas para albergar a tanta gente.
—Tampoco podemos ubicar a los chicos con cualquier soldado —Pensé en voz alta—. Vean si algunos tienen hermanos mayores. Si no son muy grandes y tienen hermanas podrían ir con ellas. Los maestros con alumnos asignados que les hagan lugar en sus viviendas.
—Entendido —dijeron los dos y salieron.
Shaka que había estado en silencio detrás de mí se paró a mi lado con una sonrisa de costado.
—No podía esperar menos del discípulo del Patriarca Shion.
—¿Q-qué?
—No me sorprendería que ocuparas ese lugar algún día.
—¿Intentás... ser gracioso?
—Lo digo muy en serio.
Bajé la mirada con la cara roja.
—Por ahora prefiero ser el santo de Aries. Fue para lo que me entrené.
—No seas tan modesto.
Suspiré.
—Gracias por esa confianza —dije con una sonrisa.
—Alguien debe tenerla por vos.
—Sin dudas tenés demasiada —dije al mismo tiempo que negué con la cabeza.
—No hay razón para desconfiar de mis habilidades. Si llegara a pensar en la derrota, me preocuparía tanto por ello que no actuaría al máximo de mis capacidades.
—Entiendo lo que decís. Pero debés temerle a algo como todos los demás.
—No se me ocurre nada.
—¿Seguro?
Lo miré desconfiado. Él curvó una ceja para luego suspirar.
—Creo que sí hay algo.
—¿Qué es?
—Prefiero mantenerlo en secreto.
—Supongo que ya no me considerás tu amigo para contarme tu secreto. Antes no eras así.
—¿A qué... te referís?
—Cuando éramos chicos solamente dejabas que yo te viera llorar, como la vez del pan con té frío.
Shaka abrió los ojos de golpe.
—¿Q-qué?
Volví al escritorio donde había dejado la venda y el brazal. El santo de Virgo me miraba colocarme el vendaje en silencio.
—Teníamos seis años —le dije—, es normal llorar por cualquier cosa a esa edad. Incluso si lo hicieras ahora, no te juzgaría. Sos un ser humano y, como vos mismo dijiste, tenés sentimientos.
—Solamente son-...
—Un obstáculo. Sí, ya sé lo que pensás de eso.
Terminé de vendarme y lo miré a la cara. Él cerró los ojos; se notaba que estaba nervioso.
—Así como te prometí que no le iba a decir a nadie cada vez que lloraras, no tenés por qué esconder tus sentimientos conmigo ahora —Le sonreí—. ¿No es que los amigos están para eso?
Shaka frunció el ceño. Me puse el brazal y caminé a un lado de mi compañero con la intención de salir del taller.
—Eso es lo que Athena quiere —le dije sin voltear a verlo.
Guardé silencio unos segundos; Shaka no respondía. Pensé que ya había sido suficiente presión, entonces cambié el tema:
—Voy a ver cómo está el comedor de los aprendices... ¿Te gustaría acompañarme?
—¿No podés ir sin tu niñera?
Me di la vuelta, asombrado. No pude aguantar la risa mucho más.
—Que intentes hacer chistes es una buena señal.
Shaka aceptó acompañarme. En el camino habló muy poco, lo suficiente para responder a mis preguntas irrelevantes. Se lo notaba más tranquilo, como era la costumbre -una vez más Shaka de Virgo tenía el control de la situación. En cambio yo me moría de los nervios: con cada segundo que pasaba en su presencia, frente a su porte tan galante y delicado, crecía una sensación extraña pero familiar en mi interior. «¿Será verdad que yo... le gustaba? —me pregunté— No, quizás era otra cosa». Me repetía una y otra vez que no habría ningún problema si lo que había pensado no resultaba ser cierto, después de todo jamás tuvimos algo demasiado serio y estaría bien si nunca llegábamos a tal punto.
En los dormitorios de los aprendices aún estaban limpiando los escombros del comedor; muy poco quedaba de lo que recordaba de mi tiempo en ese lugar. Me separé un momento de Shaka para atender a las consultas de los soldados encargados de la reconstrucción. Terminé con eso y fui a buscarlo; por suerte no estaba lejos: lo encontré en el pasillo que conducía a los cuartos, parado frente a una puerta abierta que reconocí al instante.
—Esta era la nuestra —le dije una vez que llegué a su lado.
—Sí.
Entré a la habitación. Había cambiado bastante desde aquel entonces: más camas, el color de las paredes no sabía si era beige o simplemente un blanco muy sucio y el vidrio de la ventana estaba roto en una esquina.
—Si antes me parecía chica, ahora mucho más —dije mientras observaba a mi alrededor.
Mi compañero no se había movido. Señalé el piso en el centro del cuarto.
—Vos estabas sentado acá la primera vez que hablamos.
—¿Te acordás... de eso?
Asentí.
—En ese momento pensé que ibas a golpearme o algo.
—¿Ah?
—Que no hablaras ni abrieras los ojos intimidaba bastante.
Caminé hacia la ventana desde donde podía verse un jardín de rosas.
—¿Siempre estuvo ahí? —pregunté.
—Aphrodite lo plantó hace años. Él mismo se encargaba de regarlas todos los días.
—¿Y quién las cuida ahora?
Shaka negó con la cabeza.
—Sería una lástima que se marchitaran —dije—. Aphrodite les dedicó tanto tiempo...
Suspiré, pasé la vista por cada rincón del cuarto otra vez. Donde solía estar mi cama se encontraba una litera. «Este lugar guarda tantos secretos», pensé al poner una mano sobre la pared. El recuerdo de la noche de mi primer beso con Shaka regresó. Me pregunté si él también lo recordaría y, en caso de que lo hiciera, qué pensaría. «¿Será verdad lo que me dijo el maestro Dohko? ¿Qué voy a hacer si resulta serlo?», necesitaba asegurarme para estar tranquilo con mis propios sentimientos.
Me volteé hacia la ventana de nuevo y tomé aire.
—Shaka.
—¿Nnh?
—¿Podrías pasar y cerrar la puerta? Hay algo... que quiero hablar con vos y no me gustaría que alguien escuchara.
Los pasos del santo de Virgo dentro de la habitación y luego el sonido de la puerta al cerrarse y retumbar en el cuarto me hicieron estremecer. Me costó pasar saliva por el nudo que se me había formado en la garganta. Di gracias a Athena de que no hubiera un reloj o su segundero me habría enloquecido más que el silencio en el que quedamos. Por un instante creí que había sido víctima del Tenbu Hōrin y perdido el oído, pero un martilleo a la lejanía más el trinar de los pájaros me convencieron de lo contrario.
—Hablé con el maestro Dohko sobre las intenciones de Athena —Comencé por decir—. Él ya estaba al tanto de su deseo para que los caballeros dorados seamos más unidos.
Hice una pausa para tranquilizarme, pero poco y nada sirvió. Aun así continué:
—Puede que te sea difícil verme de nuevo como tu amigo... Yo tampoco entiendo del todo lo que siento cuando estoy con vos.
Me mordí el labio por lo que acababa de decir. «¡Qué bien, Mu, haciendo el ridículo frente al hombre más cercano a los dioses!», me reproché. Recién había comenzado, aún podía salvar la situación. Con la vista en el cielo busqué el coraje para no rendirme.
—Lo que te dije hace un rato es en serio: podés confiar en mí. Ya no pienso irme y dejarte solo otra vez.
Me temblaban las piernas. «Va a pensar cualquier cosa de mí ahora. ¿Qué hago si jamás me vio de esa manera?», me pregunté. Nunca había tenido tanto miedo de enfrentar a alguien; ni siquiera podía mirarlo a la cara.
—¿Por qué me estás diciendo todo esto?
Finalmente escuché su voz. Sin embargo, el alivio duró poco puesto que necesitaba preguntar más. Hice fuerza con los puños y tomé una bocanada de aire.
—Shaka... ¿Cómo fue tu primer beso?
Creí que me desmayaría ahí mismo, que por un instante el corazón dejó de latirme, pero todo seguía igual. Me dolió el estómago. Sentí ganas de llorar de felicidad porque pude preguntarle eso que tanto me había inquietado y del miedo que me provocaba su rechazo.
—¿Cómo se te ocurre preguntarme algo así, Mu de Aries?
Su voz sonó más dura y grave, tanto que me hizo estremecer de terror y algo de placer culposo.
Poco a poco giré en su dirección. Tenía los ojos abiertos, la cara roja y el entrecejo arrugado. Le resté importancia a su enojo y pregunté:
—¿Es verdad?
—¿Qué...?
—¿Tuvimos nuestro primer beso juntos?
Shaka dio un paso hacia atrás y separó los labios a medida que abría aún más los ojos. El rubor en su cara se borró para quedar un tono pálido.
Agaché la cabeza.
—Por tu expresión debo suponer que es verdad.
—N-no... No sé de qué estás hablando. ¿Besarnos, vos y yo? ¡Por favor, Mu! ¡Somos santos dorados de Athena, no tenemos tiempo para esas cosas!
—Con un «no» era suficiente. —Sonreí triste— ¿Tan repulsivo soy para que te pongas así?
Suavizó un poco su cara de molestia.
—¿Qué esperabas, Mu? ¿Acaso pensaste que me pondría feliz saber que recordaste eso?
Lo miré con preocupación.
—Yo no dije nada de un recuerdo.
El santo de Virgo se tapó la boca.
—Shaka...
—¡No pasó nada, ¿está bien?! —Levantó el tono y se puso rojo— Éramos chicos y no entendíamos lo que hacíamos. ¡Pero quedó ahí! Seguimos siendo amigos hasta que cada uno se fue a entrenar por su cuenta y no volvimos a repetirlo.
—¿Por qué te alterás tanto?
—¡Porque no deberías pensar en esas cosas! Se acerca una nueva guerra, el Santuario podría ser destruido, Athena podría morir y con ella desaparecer toda la humanidad ¡¿y vos te preocupás por un beso que nos dimos a los siete años?!
—¿No significó nada para vos?
—¿Qué?
—Ese beso... ¿Por qué lo hiciste?
—¿Creés que me voy a acordar? No tengo idea de lo que pensaba. Tal vez fue por imitar algo que vi o... ¡No sé, Mu, ni me interesa!
—Pero-...
—¡Basta, Mu de Aries! No me obligues a lastimarte y desobedecer a Athena. No quiero volver a hablar de esto, ¿te quedó claro?
Giró hacia la puerta, pero me adelanté a detenerlo.
—¡Crystal wall!
Shaka se volteó lento a verme.
—Sacá el muro.
Negué.
—Mu, te lo pido por las buenas: sacá el muro.
—¿Y si no lo hago, qué? —me crucé de brazos— ¿Pensás matarme?
—No me tientes.
—¿Estás seguro de querer intentarlo? —Lo miré de manera retadora— Dudaste una vez en matarme. ¿Habrá sido porque recordaste nuestro beso?
La cara del caballero de Virgo se puso mucho más roja de lo que ya estaba y los ojos le brillaron. Sabía que estaba siendo cruel con él, así que debía buscar la manera de hacerlo relajar.
—Solamente quiero entender por qué no había recordado eso hasta ayer —dije—. Tengo la impresión de que olvidé muchas cosas.
—¿Por qué pensás que yo tengo algo que ver? Fue solo un recuerdo de algo en particular que no volvió a repetirse.
—¿Puedo confiar en que así fue?
Su nuez de Adán tembló.
—¿Cómo puedo estar seguro de tus palabras si hay cosas que me dicen que viví y no recuerdo?
—Si no lo hacés es por algo y no deberías insistir.
—Pero... en las memorias que recuperé... en todas estás vos.
Miré mis manos.
—La primera vez que hablamos, la noche en que prometimos secarnos las lágrimas el uno al otro... nuestro primer beso... —Cerré los párpados con fuerza— ¡Ni siquiera me acuerdo la promesa que hicimos hace trece años!
Me agarré la cabeza en el momento en que sentí la peor puntada de la vida. Frente a mí pasaban imágenes de Shaka feliz, triste, de algún juego, un amanecer a su lado, un abrazo. Nada tenía sentido, ninguna correspondía a una secuencia.
Sus ojos azules, sonrisa y labios. La luz de una vela, los libros que estudié, los besos de Shaka, sus lágrimas, mis amigos tristes, las manos arrugadas de mi maestro, la armadura de Aries. De pronto Kiki a mi lado, Shaka con sangre en la cara y su voz diciendo que me quería.
No aguanté más el dolor. Me arrodillé y apoyé los codos en el piso sin soltarme la cabeza.
—¡Mu!
Shaka me agarró de los hombros para sacudirme.
—¡Mu! ¡¿Qué te pasa?!
Me obligó a levantar el tronco y sostuvo con una mano en la espalda mientras que con la otra me daba golpes suaves en la cara. Sus llamados se mezclaban con su voz infantil, al igual que la expresión preocupada que tenía entonces lo hacía con un rostro y labios sonrosados que hicieron vibrar todo mi cuerpo. De esa forma el dolor comenzó a irse.
—¡Reaccioná, Mu!
—Nnh... Sha-... Shaka...
Él suspiró aliviado.
—Ya estás bien —me dijo con dulzura—. No pasa nada.
Lo miré a los ojos, intenté controlar la respiración. Él sonrió y mi corazón dio un golpe fuerte. Sin dudarlo me aferré a su cuerpo con los brazos alrededor de su cuello.
—Siempre estuviste conmigo —dije con la voz débil—. ¿Pero por qué hay cosas que no me acuerdo?
—Tal vez sea mejor que no lo hagas.
—Pero, Shaka... quiero hacerlo. Quiero saber por qué fuiste tan importante para mí.
Shaka correspondió al abrazo con fuerza a la vez que enredó los dedos en mi pelo.
—No sigas, Mu. No te hace bien.
—¿No te molesta que no pueda recordar los momentos que pasamos juntos?
—Es una tontería preocuparse por el pasado. Ya está muy lejos y no va a volver.
—¿Y si me dijiste algo importante?
—Si lo olvidaste entonces no importaba.
Me separé lentamente de él, pero dejé las manos sobre sus hombros. Nos mirábamos a los ojos; los suyos brillaban y con el rubor leve en su cara le daban un aspecto angelical. Pasé mi pulgar sobre su labio inferior. «¿Por qué tengo la sensación de que los probé en más de una ocasión?», me pregunté, mientras que él parpadeaba confundido.
—Ya crecimos, Shaka.
—¿Q-qué?
—Cuando nos besamos por primera vez dijiste que podríamos repetirlo cuando fuéramos grandes.
—Pero... no sabíamos lo que significaba.
—Ahora sí sabemos.
Me alejó un poco más con una mano sobre mi pecho y una sonrisa pequeña en el rostro.
—No estoy tan seguro.
Se puso de pie y me ofreció una mano para ayudarme. No quería verlo, por lo que tampoco acepté su propuesta; me levanté por mis propios medios.
—Mu, por favor, no te ofendas. Para ser honesto, me parecés un hombre muy atractivo, fuerte y dulce. Es decir, incluso me ayudaste después de lo que les hice a los caballeros de bronce. Sos... la persona más hermosa que conozco.
Me agarró del mentón para que lo mirara. Su expresión era cálida, pero no iba a dejar que se saliera con la suya.
—Tenés muchas cualidades que me gustan. Si no fuera por nuestra condición de santos, yo... No sé... Tal vez lo consideraría —Suspiró—. Pero, como ya te dije, no se nos permite enamorarnos.
—¿Y cuándo dije que estuviera enamorado de vos?
—¿E-eh?
Aparté su mano.
—A veces dudo que seas un iluminado. Sos demasiado soberbio para mi gusto.
—Ha-hace un momento parecías querer...
—¿Pensaste que tenía esa clase de sentimientos y quería besarte? Shaka, somos adultos. Aunque debamos llevar formas de vida diferentes al promedio, podemos sentir atracción sin involucrarnos sentimentalmente.
—Es decir que... ¿te atraigo de una manera sexual?
Cerré los ojos para mantener la compostura.
—Lamento si te decepcioné, pero soy humano y tengo esa clase de necesidades.
Shaka apretó los labios y frunció el ceño; el ofendido terminó por ser él. «Maestro Dohko, no estoy tan seguro de lo que dijo», pensé y caminé hasta la puerta. La abrí, pero se cerró de golpe. Me volteé a ver a mi compañero, no pude decirle nada: me empujó contra la pared y levantó la mano abierta.
Me paralicé con la mirada en su palma. Mi corazón bombeaba enloquecido. Supe que debía protegerme o contraatacar, pero el cuerpo no respondió. En los cristales azules de Shaka estaba mi imagen de espanto. Le temblaba el entrecejo y flexionó los dedos. Su cosmos se había revuelto con las emociones que intentaba controlar.
Poco a poco el brillo regresó a su mirada. Dio un paso atrás, boquiabierto y tembloroso. Se cubrió el rostro con ambas manos, se frotó; luego estiró el flequillo.
—No puedo... No quiero...
Apretó los dientes, movió la cabeza de lado a lado. Se inclinó hacia adelante y murmuró algo que no entendí. Luego volvió a incorporarse, sin descubrir la cara. Era la primera vez que lo veía en tal estado, o al menos eso creí.
Con mucho cuidado lo agarré de las muñecas para que no continuara. Tenía la expresión del Shaka adorable e indefenso que recordaba. Le sonreí; no quería que tuviera miedo. Acaricié su mejilla y un suspiro de sorpresa sonó entre los labios sonrosados que tanto me gustaban.
Lo abracé de manera lenta, con temor a que me rechazara. Esperé unos segundos y al no ver negativa alguna lo sujeté con más confianza. Shaka temblaba, respiraba acelerado. Elevé el cosmos para darle mayor calidez. Pronto sentí que comenzaba a relajarse.
Acaricié su cabeza y él la apoyó contra la mía. Cerré los ojos, suspiré.
—Disculpá —le dije—. No quería llevarte a ese extremo.
Shaka se apartó un poco. Su mirada esquiva se tambaleaba en sus órbitas. Apoyó la frente en mi pecho y yo una mano en su espalda. «Tendría que haber pensado más en sus sentimientos —me dije—. Si en verdad alguna vez me vio como a alguien especial, es normal que crea que estoy jugando».
Entonces fue él quien comenzó otro abrazo. Me llevó contra la pared y descansó con la frente en el espacio diminuto que había entre el cuerno de Aries y mi cuello. Aunque él también tuviera la armadura le acaricié la espalda; luego lo rodeé fuerte con los brazos. Miré todo lo que nos circundaba y sonreí al darme cuenta de que habían sido esas mismas cuatro paredes las testigos del sentimiento tan raro que nació entre los dos.
Me pregunté qué habría pasado si nunca me hubiese ido del Santuario. Por alguna razón no me pareció disparatada la idea de estar junto a Shaka. De hecho, me emocionó pensarlo y muy en el fondo deseaba que no fuera demasiado tarde para conseguirlo.
El cosmos de Shaka empezó a arder con emociones que nunca había percibido en él; no era ira o tristeza, más bien algo que me hizo temblar y enseguida me vinieron a la mente fragmentos de la fantasía del día anterior. Percibí un aroma ligero a coco y flores. Del cuerpo del santo de Virgo se desprendía una sensación ardiente que pronto se extendió por mi piel.
Shaka deshizo el abrazo, pero no me dejó ir. Pegó su mejilla caliente a la mía y su aliento dio contra mi oreja. Tanteé la pared como un instinto en busca de algo que me sirviera de defensa, pero no había nada. Su cosmos se había llenado de pensamientos impropios para alguien como él. Lo que más me aterró fue que mi interior estaba igual: quería besarlo, pero estaba mal, que me tocara y yo a él, necesitaba conocer su cuerpo en profundidad, incluso si después nos castigaban.
Parpadeé y de golpe sentí su frente en contacto con la mía. Tenía la cara roja. Sus ojos estaban fijos en mis labios; él entreabrió los suyos. Me palpitaba hasta las sienes.
—Tenías razón.
Habló con un tono tan ronco que debí esforzarme para contener un suspiro.
—Ya crecimos... y ahora sentimos cosas que antes no.
Bajó hasta mi cuello e inhaló.
—¿Qué hacés? —pregunté en un jadeo.
Metió una pierna entre las mías.
—¿Qué pensás hacer?
Se acercó cada vez más a mi cara hasta que me rozó los labios. Un cosquilleo me recorrió la columna y me pegué más a la pared. Luego me besó en el ángulo de la mandíbula.
—Shaka...
—Mu —susurró en mi oído—, ¿querés que te saque los sentidos o que los altere?
Volteé la cara hacia un costado y él aprovechó para besarme el cuello. Cerré fuerte los ojos.
—¿Por qué no te defendés?
—¿Q-qué?
—Podés detenerme fácilmente y no lo hacés —Sonrió de lado—. ¿Será que querés que siga?
Bajé la mirada. Me ardía la cara y mi entrepierna empezó a palpitar; me aterró ver que el muslo de Shaka estaba tan cerca de esa zona. Puse las manos sobre su pecho, pero no pude hacer fuerza para empujarlo. «¿Por qué quiero? —me pregunté— No es como cuando éramos chicos, ahora es en serio».
No solo mi carne lo pedía. Había una voz muy dentro de mí que insistía en que así debió ser siempre: el santo de Virgo era a quien necesitaba. Quería gritar cuánto deseaba algo que nunca me había interesado, pero que por fin él logró despertar y hacía que mi cosmos se elevara con un ardor que me quemaba hasta el alma.
Shaka me acarició la mejilla con suavidad y me dio un cosquilleo en el estómago. Haber cruzado miradas fue el peor error: no estoy seguro de si hice algún movimiento o si realmente le dije «hacelo», como pensaba muy en el fondo, pero reconoció mi debilidad. Posó los labios sobre los míos y las piernas me temblaron aún más. Shaka tenía los ojos cerrados, su respiración daba contra mi piel; yo no me animaba ni a eso.
Abrió los párpados y sonrió.
—Dulce, como lo recordaba.
No llegué a pensar siquiera qué responderle cuando volvió a besarme con más ganas. La manera en que se movía y presionaba para profundizar el contacto me hizo preguntar cómo aprendió eso; no se parecía en nada a los besos que nos dimos en nuestra niñez. «Entonces... esta es la clase de beso que le gusta a los adultos», pensé.
Redujo aún más la distancia entre nuestros cuerpos; prácticamente quedó recostado sobre mí y agradecí tener puesta la armadura que disimulaba mi erección naciente. Atrapé su cara entre las manos para permitirle acceder a mi boca, cosa que no tardó en hacer. Era una sensación nueva y a la vez tan familiar que mis nervios respondieron bien, a pesar de la impresión que me dio el contacto con su lengua; la temperatura subió y ya no sentía las piernas por la mezcla de felicidad, placer y deseo de continuar.
Me aferré a su cuerpo. Él suspiró entre nuestros labios y me puse más duro en la entrepierna. Deseé que Shaka subiera aún más el muslo, pero enseguida me avergoncé. «Él nunca llegaría hasta ese límite —pensé—. Pero... podría llevarlo». Nunca había odiado tanto una armadura hasta ese momento en que quise tocar y conocer mejor ciertas partes del hombre más cercano a un dios.
Cuando la unión fue sofocante nos separamos. El santo de Virgo me miraba a los ojos y limpió el resto de saliva que había en la comisura de mis labios. Después se relamió; sentí una puntada en el pene. «¿Ahora qué hago? No puedo salir así», pensé.
Shaka retrocedió con el dorso de la mano cubriéndole la boca. Tenía la cara roja, pero se notaba que la culpa comenzaba a calarle.
—No quiero hacerlo de nuevo —dijo.
Abrió la puerta y salió del cuarto. Parpadeé un par de veces hasta que reaccioné para ir tras él.
—¡Shaka, esperá!
Me costaba caminar por la erección que se me había formado. Aun así no podía dejarlo escapar. Antes de que saliera del edificio logré alcanzarlo y lo agarré del brazo.
—¡Esperá!
Dejó de moverse y evitó mirarme.
—¿Por qué hiciste eso? —le pregunté.
—¿No era lo que querías, lo que necesitabas?
—P-pero...
Sacudió la mano para que lo soltara.
—A ver si ahora dejás de pensar en estupideces como besos y sentimientos y te concentrás en tus obligaciones como santo. ¿O tengo que recordarte tu incumplimiento ante el Santuario por trece años?
—¿Qué...?
—Ya crecimos, Mu. No me importa lo que te dije aquella noche o cualquier otro día. Soy el santo dorado de Virgo y es lo único que me interesa. Lo demás son solo obstáculos... vos inclusive.
Shaka se alejó. Me había convertido en el imbécil más grande de todos porque al final él se salió con la suya. El calor que nació en mi interior era distinto al que surgió por culpa de su beso.
Caminé decidido tras él. No me importó que hubiera soldados y santos alrededor ocupados en sus labores que pudieran vernos. Me teletransporté unos metros para cortarle el paso a Shaka. Cuando estuve frente a él abrió los ojos por la sorpresa y le di un puñetazo en la cara con todas mis fuerzas. El caballero de virgo voló por los aires hasta dar contra una pared que se resquebrajó y terminó abriéndose por el choque.
—¡¿Dos santos de oro están peleando?!
—¡¿No son Mu de Aries y Shaka de Virgo?!
—¡Mu, Shaka! —llamó Aioria— ¡¿Qué hacen?!
—¡No es buen momento para que empiecen una batalla de mil días! —dijo Milo.
Shaka se incorporó algo aturdido entre los escombros. El caballero de Leo fue hacia él.
—¿Estás bien? —le preguntó.
Shaka solamente se tocó la cara y movió la mandíbula. Aioria le hizo señas a Milo que se aproximó para cuestionarme.
—¿Qué pasó, Mu?
—Por favor, Milo, no te metas en esto.
Me soné los dedos mientras miraba al guardián de la sexta casa sacarse restos de pared que le quedaron en el pelo. Aioria le hacía preguntas que no respondía.
—¿Pensás pelear con Shaka? ¡Podrían terminar muertos los dos!
—No pienso rebajarme a su nivel.
Fue lo último que dije y a pesar de los llamados de Milo decidí regresar a mi templo. Todos me miraban con miedo y se apartaban del camino sin decir nada. En la entrada de Aries Aldebarán se apresuró a recibirme.
—¡Mu! ¿Qué pasó? Sentí tu cosmos de golpe.
Terminé de subir las escaleras, pasé a un lado de mi amigo y respondí sin detenerme:
—Me cansé de mi niñera.
—¿Qué hiciste?
—Solamente lo puse en su lugar.
—Pero, Mu... Shaka... está...
—Tengo cosas más importantes que hacer que ocuparme de él —respondí en tono alto ya dentro del templo—. Aldebarán, perdón por las molestias. Podés volver a Tauro si así lo deseás.
No esperé a que mi amigo respondiera; seguí caminando hasta llegar a mis aposentos. Cerré la puerta, me quité la armadura y me tiré en la cama boca arriba. Agarré la almohada para cubrirme la cabeza a la vez que la vista se me nubló.
—Perdón, Athena, pero no puedo aceptar este sentimiento.
—NOTAS FINALES—
Y hasta acá llega este capítulo.
¿Qué les pareció?
Mu sigue bastante confundido por haber tenido esa fantasía con Shaka y recordar el beso que se dieron de chicos. Lo suyo pasa mucho por lo corporal, pero gracias a Dohko se da cuenta de que también va por otro lado, como era al principio, bah. De todas formas sigue muy negado.
Más o menos se aclaró lo de Kiki, pero no del todo. Ya van a tener una explicación completa de eso y sobre lo que Shaka vio en su tiempo de espía en Jamir.
Sobre la familia de Shaka: quise darles un trasfondo más completo a los personajes, así que básicamente traté de imaginar cómo podrían haber sido sus vidas antes del Santuario. De hecho, también pensé algo para Aphrodite, Deathmask y Camus. Lo más probable es que algún día haga algo con todo eso.
Y los besos... Shaka sí recordaba el primero, es obvio. Y el que se dieron en este capítulo... Cambié varias partes porque no me convencía; es más: al principio parecía que Shaka forzaba a Mu, siendo que él lo quería, y no me gustaba.
Dentro de todo creo que quedó muy raro, pero es lo que buscaba.
¡Y por fin Mu le dio el golpe! Aunque pienso que se lo merecía a medias XD
No tengo más para comentar.
En un rato subo los capítulos 7 y 8.
