Capítulo 7
Agradecí que esa noche hubo una lluvia torrencial y que debí ocuparme de los aspirantes a santos que se refugiaron de nuevo en la casa de Aries. De ese modo, Shaka no pasó en ningún momento; tampoco le di importancia puesto que no quería verlo. A la mañana siguiente compartí la primera comida con los aprendices antes de que se fueran a entrenar y otra vez mi niñera brilló por su ausencia.
El silencio no había sido un problema hasta ese día: estaba solo con mis pensamientos y, peor aún, con mis sentimientos. «Soy un estúpido», me repetía a cada rato. El solo imaginar una hebra rubia del santo de Virgo me encolerizaba. «Pero la culpa es mía —me decía luego—. ¿Qué me hizo pensar que Shaka podría entender mi confusión?».
Abandoné mi templo sin avisarle a nadie que ocupara mi lugar y me dirigí al coliseo donde Aioria instruía a los soldados y aprendices. Me senté en las gradas como un espectador más; a pesar de no llevar la armadura de Aries, algunos me reconocieron y saludaron con el debido respeto a mi cargo.
Después de unos minutos mi compañero se percató de mi presencia y preguntó si no quería unirme a la práctica. Dudé al principio por ver cómo habían quedado embarrados los demás, pero hacía mucho que no entrenaba con alguien de mi nivel y en verdad lo necesitaba. Empezamos lento, con algunos golpes al aire y corridas para entrar en calor, luego fuimos con más fuerza.
Aioria era rápido y tardé un poco en acostumbrarme a su ritmo y técnica; una vez que lo hice me resultó sencillo encontrar los puntos débiles en su defensa. A pesar de ser un entrenamiento sentía que era la única forma de liberar toda la frustración que cargaba. Una patada, dos puñetazos, bloqueo. Girar sobre mi eje para que él siguiera el movimiento y perdiera el equilibrio. Más golpes, sudor; en lugar de agotarme sacaba más energía. Aioria se sorprendió y empezó a verse en aprietos, incluso debió recordarme que estábamos en una práctica; con eso fui más delicado, pero enseguida volví a lo de antes.
Cuando le di un golpe en el estómago fue que caí en que me había desquitado con el caballero de Leo que nada tenía que ver.
—¡Aioria, disculpá! ¿Estás bien?
Cubriéndose donde lo había golpeado, intentaba recobrar el aliento y respondió:
—Dame un segundo, ¿sí?
—P-perdón.
—No pasa... nada... No recordaba que tuvieras la mano tan pesada.
—Creo que ya fue suficiente por hoy.
Volví a sentarme. Aioria me acompañó y se ubicó a mi izquierda. Nos quedamos unos segundos sin decir nada, solo mirábamos cómo el resto practicaba.
—Mu, ¿puedo hacerte una pregunta?
Suspiré.
—Si es por lo que pasó ayer, prefiero que te mantengas fuera de eso.
—Es que no fue normal. Siempre te llevaste bien con Shaka. Eran muy unidos. Si no hubiese sido por vos, ¿quién sabe cuánto tiempo habría pasado hasta que alguien se decidiera a hablarle?
No respondí, seguí con la vista en el centro del coliseo donde Shaina de Ofiuco obligaba a un aprendiz a hacer flexiones con varios bloques de concreto sobre la espalda.
—¿Tan grave es como para haberlo golpeado y no querer decirme? ¿No éramos amigos?
—Agradezco tu preocupación, Aioria —dije con calma—. Pero es un asunto entre él y yo nada más.
Mi compañero estiró los brazos detrás de la cabeza e inhaló profundo.
—Siempre hubo una especie de burbuja aparte para ustedes dos. Nadie sabía qué pensaban o hacían, pero todos entendíamos que eran casi como hermanos o... No sé, muy unidos.
—Supongo que ya no puede ser así.
—Hmm... Si vos lo decís... En eso sí que se parecen.
—¿Qué?
—Shaka tampoco quiere decirme nada. Bueno, en él es normal. Pero creo que le duele no poder decirle a la persona con quien más confianza tiene.
Reí bajo.
—¿Qué es tan gracioso?
—No creo que me tenga confianza.
—¿Cómo no? —Se volteó a mirarme de cerca— Mu, sos la persona en quien Shaka más confía y no lo digo por todo lo que pasó cuando todavía éramos aprendices. ¿No le ayudaste a volver con Ikki a la casa de Virgo? Fuiste al primero que llamó.
—Aioria, eso no significa nada. Era el único que podía traer a Ikki de vuelta.
—Era la prueba de que había cambiado y fuiste el primer testigo.
Suspiré y negué con la cabeza ante su insistencia.
—No sé qué buscás con decirme todo esto, Aioria. Pero gracias por mostrar preocupación.
El caballero de Leo bajó la mirada.
—Así lo quiere Athena —dijo con tono dolido.
No podía negar que tenía razón y me sentí peor por la pelea con Shaka. «Estoy yendo en contra de mi deber como santo», pensé y apreté los puños.
El resto del día fue tranquilo. En ningún momento crucé al caballero de Virgo; supuse que seguía molesto. Ni siquiera apareció a la hora en que tendría que haberme llevado la cena como había hecho las noches anteriores -tampoco necesitaba que lo hiciera.
De esa forma pasó una semana, entre prácticas con mis compañeros, enviando indicaciones a Kiki y recibiendo sus reportes todos los días. Gracias a Aldebarán y a Aioria tenía noticias de Shaka, nada muy importante. Fue a través de ellos que se las arregló para continuar con su tarea de asistirme. Al principio ese trato me incomodaba, pero me acostumbré y concluí que ambos compartíamos el sentimiento de no volver a vernos, por lo que esa sería la manera en que nos llevaríamos de ahí en más.
Una tarde Aioria llegó al templo de Aries: habíamos acordado que ese día iba a arreglar la armadura de Pegaso. Sin embargo, antes de pasar al taller nos quedamos sentados en la entrada de la primera casa a conversar; también le expliqué cómo sería el procedimiento, a lo que él se mostró seguro.
—¿Milo va a ofrecer su sangre para la armadura del Cisne? —preguntó.
—Sí, me comunicó su deseo hace dos días —respondí y elevé la vista al cielo—. Lo quiere así por respeto a Camus.
—Claro... Entonces solamente falta la de Andrómeda y los únicos que quedan son Shaka y Aldebarán.
Cerré los ojos e intenté mantener una expresión neutral.
—Shaka fue el primero en decirme que daría su sangre... con tal de que no tuviera que hacerlo yo —Terminé por arrastrar las palabras.
—Ah...
Dijo y después nada más. Las únicas voces que se escuchaban eran de la gente que pasaba a lo lejos. Quería salir de esa situación, pero si le decía que pasáramos al taller se daría cuenta de que aún quería evitar el tema de Shaka.
—¿Seguís molesto con él?
Evidentemente no iba a escapar de su interrogatorio.
—Solo cuando me acuerdo de lo que pasó.
—Supongo que todavía no me lo vas a decir.
Suspiré antes de responder:
—Perdón, Aioria, pero ya te dije que es algo que nos incumbe a Shaka y a mí nada más.
Se cruzó de brazos.
—Eso mismo dice él.
—¿Entonces por qué insistís?
Noté por la forma en que arrugaba la cara y se rascaba la nuca de que no estaba seguro de lo que iba a decir.
—No sé por qué, pero verlos pelear me recordó a algo que pasó hace mucho.
—¿Qué cosa?
Tenía miedo de descubrir algo que no lograba volver a mi memoria, pero a la vez quería saberlo. Entonces pensé que quizás Shaka no era el único capaz de ayudarme: los demás también podrían tener alguna idea; ellos seguro habían sido testigos de algo.
—Esa vez que mi hermano los encontró llorando en el pasillo de los dormitorios.
—¿E-eh?
—¿No te acordás?
Negué.
—Aioros dijo que estaban llorando y les preguntó si habían peleado, pero no le querían decir qué fue lo que pasó exactamente. Hasta Saga intentó convencerlos de hablar y no hubo caso.
Por alguna razón tenía la imagen de Shaka llorando en el pasillo tal y como Aioria decía, aunque no estaba seguro de que fuera en ese momento en particular.
—Después de eso no comían ni entrenaban juntos, ni siquiera se hablaban. Estuvieron así por varios días. Aunque les preguntáramos qué había pasado no nos decían nada. Mi hermano incluso me pidió que le avisara si veía algo fuera de lo común. Pero al poco tiempo, cuando te fuiste de los dormitorios, volvieron a andar juntos —Suspiró—. No sé qué habrá pasado entre ustedes dos.
Me mordí el labio. «¿Por qué peleamos aquella vez?», me pregunté y llevé una mano a mi sien. Había tanto que necesitaba saber.
—Si no te acordás, no debió ser muy importante —dijo—. Los chicos pelean por cualquier cosa y al rato se amigan.
—¿Por qué Aioros te pidió que lo mantuvieras al tanto sobre lo que pasaba entre Shaka y yo?
—Se lo pidió el Patriarca.
—¿Shion?
—Según lo que me dijo Shaka, en esa época habías empezado con las prácticas para reparar armaduras. Tal vez el Patriarca no quería que te alteraras o que tuvieras algún efecto secundario.
—Puede ser... El maestro le había pedido a Shaka que me ayudara a meditar.
De pronto me dio una puntada y me agarré de la cabeza. Creí escuchar la voz de Shion:
«Mu, te entregué siglos y siglos de la historia de nuestros antepasados y el Santuario. Por favor...».
Aioria apoyó una mano en mi hombro y me llamó:
—¡¿Mu?! ¿Estás bien?
—S-sí... Solamente me duele la cabeza.
—Tenés la cara pálida y estás transpirando —Me tocó la mejilla y el brazo—. Estás frío.
«Sos demasiado joven para sufrir...», la voz de Shion volvió a hacer eco.
—E-estoy bien... No te preocupes.
«Vas a terminar tu entrenamiento en Jamir», escuché decir a mi maestro ausente por última vez.
Comencé a ver doble hasta que se puso todo negro. El cuerpo se me aflojó y perdí la noción de todo; apenas percibí cuando apoyé la frente en el pecho de mi compañero que me sostuvo mientras me llamaba.
Abrí lento los ojos, me sentía tranquilo. Cuando giré a la derecha Shaka estaba en posición de loto. Sus cachetes regordetes y colorados por la sonrisa que se le formó en los labios me parecieron lo más tierno del mundo.
—No hagas trampa, Mu —dijo con voz suave y aniñada.
—¿Qué hora es?
—No sé. Serán las tres tal vez.
—Tengo que ver a mi maestro en la casa de Aries.
—El Patriarca todavía no pasó por acá.
—¿Seguro?
—Sí. Podés comprobarlo vos mismo.
Cerré los ojos y me concentré en reconocer el cosmos de mi maestro: lo encontré en la casa de Escorpio -tal vez le daba alguna indicación a Milo.
—Tenés razón —dije.
Shaka sonrió más amplio.
—¿Ves? Deberías confiar más en mí.
Inflé los cachetes y le pique con un dedo en un costado del tronco. Él se limitó a contraerse.
—Mu, no hagas eso.
—Siento que te estás burlando de mí —dije con un puchero—. No te creas la gran cosa porque mi maestro te pidió que me ayudaras con la meditación.
—Perdón si te di esa impresión. No busco burlarme de vos.
Me crucé de brazos y aparté el rostro. Shaka se acercó a mí para agarrarme del brazo en busca de mi atención.
—Sos mejor que yo en la teletransportación. Ojalá algún día pueda alcanzar la mitad del nivel que tenés.
Volví a picarle con el dedo.
—Me alegra que conozcas tu lugar.
—A veces podés ser muy cruel —dijo mientras se sobaba donde le había tocado.
—Puedo serlo mucho más.
Comencé a hacerle cosquillas. Shaka se retorcía de la risa e intentaba alejarme, pero era en vano. Me encantaba verlo reír y que la cara se le pusiera roja; lo hacía mucho más tierno de lo que era.
Cuando lo dejé tomar un poco de aire aprovechó para devolverme el ataque. Pronto nos encontramos en una guerra de cosquillas en la que ninguno parecía que sería el ganador. Me hizo llorar de la risa; a él también se le escaparon unas lágrimas.
Exhaustos, nos recostamos en la alfombra donde estábamos sentados. Usé el pecho de Shaka que subía y bajaba como almohada; poco a poco su respiración se calmó. Él jugaba con mi pelo y a veces me acariciaba la espalda.
—Puedo escuchar tu corazón —dije—. Late muy fuerte.
—Así lo siento.
—Hace tu-tum, tu-tum. Pero es muy tranquilo. Me recuerda a una nana.
—No te duermas. El Patriarca va a venir enseguida.
Me acurruqué mejor contra su cuerpo. Un olor medio dulce llegó a mi nariz y entonces inhalé fuerte el perfume de mi compañero.
—Flores.
—¿Eh?
—Tenés olor a flores. ¿Por qué?
—Es un secreto.
—¿Un secreto?
—Sí.
—¿Y no me lo podés contar ni a mí?
—Ya no sería secreto entonces.
Me senté dándole la espalda y me abracé las piernas. Él también se incorporó.
—¿Te enojaste?
—Hace un rato dijiste que confiara en vos, pero no parece que confiaras en mí.
—Mu, sos la persona en quien más confío —dijo y apoyó la cabeza en mi hombro—. En realidad no es tan secreto: el Patriarca fue el que me lo enseñó.
—¿Mi maestro?
—Sí. Dijo que es algo que tengo que conocer como futuro santo de Virgo.
Me dolió el estómago al darme cuenta de que mi actitud había sido muy egoísta.
—Si querés, puedo mostrártelo.
—Shaka —Estuvo a punto de levantarse pero lo detuve—, está bien. No es necesario. Perdón.
Agaché la cabeza.
—Es que... me gusta cuando descubro algo nuevo sobre vos... Por eso...
Shaka me agarró una mano e hizo que lo mirara a la cara.
—No creo tener mucho para contarte sobre mí —dijo con una sonrisa—. Pero me hace feliz saber... que tenés ese interés.
Tenía los cachetes calientes y el corazón acelerado. La dulce sonrisa del futuro santo de Virgo me provocaba cosquillas en la panza.
—No creo que hoy pueda mostrarte ese lugar secreto, pero algún día te voy a llevar a verlo.
—¿Estás... seguro? —Asintió— No hagas algo que no querés por mi culpa.
—No pasa nada, Mu. Creo que te va a gustar.
Miró un punto en el piso y la cara se le puso roja.
—Cuando estoy ahí siempre pienso en vos.
No pude más que sonreír por esas palabras y acariciarle la mejilla.
—Yo también pienso mucho en vos, Shaka.
—¿E-en... serio?
—Sí. Sos muy importante para mí.
—P-para mí también... sos la persona más importante.
Me sentí tan feliz y afortunado; no soporté la tentación de abrazarlo con todas mis fuerzas. Él correspondió el gesto un poco tímido, pero con los segundos fue tomando confianza y se animó a estrecharme más entre los brazos.
—Shaka... te quiero.
Su corazón golpeó intenso y acelerado.
–Yo también te quiero, Mu.
Después de eso seguimos hablando sobre diversos temas. Me dio la impresión de que fueron segundos hasta que llegó Shion. Me despedí de Shaka por un rato y fui con mi maestro hasta el primer templo, más específicamente a la biblioteca.
Allí me hizo varias preguntas respecto a lo que me había ordenado estudiar unos días antes. Luego me entregó un pergamino y dijo:
—La siguiente es la armadura de Leo. Mañana vas a poder verla.
—Entendido.
Shion me acarició la cabeza. Una sensación cálida me surgió en el pecho y de allí fue al resto de mi cuerpo.
—¿Cómo te va con la meditación? ¿Shaka te parece un buen compañero para eso?
—¡Sí! Me explica con mucha paciencia y controla que lo haga bien. Es divertido.
Shion sonrió.
—Parece que te gusta pasar tiempo con él.
—Es mi amigo y lo quiero mucho.
—Ya lo creo.
—Aunque me gustaría poder aprender por completo el método para meditar como se debe, así como hace él.
—Shaka lleva toda la vida meditando. No estés tan ansioso. Eso es prueba de que todavía no estás listo para comenzar con las prácticas de reparación.
Volvió a acariciarme el pelo.
—Me alegra que te hayas vuelto más abierto y extrovertido, pero tenés que controlar tu energía, lo que implica también tus emociones y sentimientos, para poder hacer uso de tu cosmos.
—No voy a fallarle, maestro. Le doy mi palabra.
—Estoy seguro de que así será, Mu.
Se levantó del asiento y agarró el casco que había dejado sobre el escritorio.
—Tengo varias cosas por terminar hoy si quiero darte la lección de mañana como se debe. No te quedes hasta muy tarde en el templo y volvé con tus amigos para cenar.
—Como usted diga, maestro.
Volví a mi cuarto al atardecer solo con un cuadernillo donde tomaba apuntes. Ni Shaka ni Aldebarán estaban allí. Abrí la ventana y vi a Aphrodite enterrar algo. Deathmask lo acompañaba a un costado con una pala y se quejaba.
—¿Cómo les puede gustar esto a las rosas? ¡Es asqueroso!
—¿No pensás lo mismo de tu cara cuando te ves al espejo?
—¡¿Qué?! —Amenazó con golpearlo con la pala.
Como estaba en cuclillas, Aphrodite solo tuvo que estirar la mano para empujar la pierna de Deathmask y hacerlo caer. Se me escapó la risa, cosa que hizo al próximo santo de Piscis mirarme con una sonrisa de triunfo.
—¿Qué están haciendo? —pregunté.
—Estoy plantando rosas. Deathmask me debía un favor y me está ayudando.
—¡Ya se me pegó el olor a mierda!
—¡Deathmask, la boca! —lo retó Aphrodite.
—¿Ya me puedo ir?
—No. Ahora traeme aquella bolsa de abono para ponerles a estas.
A Deathmask no le quedó más que obedecer a regañadientes. Aphrodite se levantó y se sacudió las manos.
—¿Vas a plantar un jardín?
—Así es —respondió con una sonrisa— ¿No te parece que no hay nada lindo cuando mirás por la ventana? Espero que las rosas alegren a todos los que las vean.
—Seguro va a quedar muy bonito.
—Ojalá que Athena lo vea algún día y piense lo mismo.
Entonces el viento sopló.
—Si no querés que el cuarto se llene de olor a abono te recomiendo cerrar la ventana.
—Sí.
Sentí el olor a flores que tenía Shaka cuando lo abracé. Los párpados me pesaban tanto que me costaba abrirlos, pero llegué a reconocer la figura de una persona. Me removí entre las sábanas y me tapé los ojos con una mano.
Volví a parpadear hasta que la imagen se aclaró y encontré a Shaka mirándome parado junto a la cama.
—¿Ya estás despierto?
Me senté de golpe, lo que hizo que me mareara. El santo de Virgo me ayudó a recostarme. No entendía por qué estaba ahí, con los ojos abiertos y el olor a flores que había soñado. «¿Habrá sido inducido por él?», me pregunté sin sacarle la vista de encima.
—Descansá un poco más —dijo y me cubrió con las sábanas.
Volví a sentarme, cosa que le molestó.
—Estuviste inconsciente por casi dos horas. No te atrevas a levantarte.
—¿P-por qué...?
—Aioria me llamó cuando te desmayaste.
—¿Por qué olías a flores?
—¿Qué?
Me agarré la cabeza con ambas manos.
—Mu...
—Olías a flores... como ahora.
Me estiré del pelo, me palpitaban las sienes además del pecho. Shaka cambió su semblante duro a uno afligido.
—¿Volviste a recordar algo? —preguntó.
Asentí con temor. Shaka rodeó mi cabeza con las manos para pegarla contra su cuerpo; a pesar de portar la armadura fue un contacto cálido, quizás porque me transmitió un poco de su cosmos. Acarició con tanta suavidad mis mechones y mejilla que si no hubiese hecho el esfuerzo me habría quedado dormido por la tranquilidad que me transmitía su toque.
—No te sigas forzando a recordar.
—Yo no lo busco —respondí con voz débil—, los recuerdos simplemente llegan y... duelen.
—Ojalá pudiera hacer que no te doliera, pero...
Apoyé una mano sobre la suya.
—¿Acaso es un castigo? ¿Hice algo tan horrible para olvidar todo lo que vivimos?
Shaka se sentó frente a mí. Me agarró de las manos para besarlas con ternura y delicadeza, como si fueran el tesoro más valioso en el mundo. Todo el cuerpo me tembló y mis latidos duplicaron la velocidad.
—No hiciste nada malo, Mu —dijo con tono dolido.
—¿Entonces?
Presionó un poco mis manos, apoyó los labios húmedos sobre mis dedos y los mantuvo así varios segundos. Sus ojos brillantes solo me daban una impresión triste que me apretaba el pecho.
—Yo siempre fui un obstáculo —dijo—, cuando en realidad me hubiera gustado ser quien te abrazara fuerte y gentil.
—Shaka...
—Ese deseo estaba destinado a no cumplirse desde el principio.
—¿A qué te referís?
Suspiró.
—No es solo por ser santo de Athena. Deberías saberlo: tengo que renunciar a todo tipo de apego y eso incluye a lo que sentía por vos.
—¿Lo que sentías...?
Apretó los párpados y volvió a abrirlos para mostrar una cara de dolor.
—Eras la persona más importante para mí, Mu... Pero eso ya no puede ser.
Las palabras fueron un golpe al pecho que paró mis latidos por un instante. La mezcla del perfume de las flores me asfixiaba; era vomitivo. Las mejillas me quemaban como la peor fiebre de la vida. Quería llorar, gritar, romper todo alrededor, pero el cuerpo no me respondía. Lo único que podía hacer era ver cómo Shaka volvía a besar mis manos de forma delicada, mientras que arrugaba la frente y cerraba los ojos. Me hizo pensar en una despedida.
—Perdón, Mu.
Se levantó y salió a toda prisa del cuarto. Lo seguí con la mirada mientras besé mis propias manos donde aún permanecía el calor de sus labios. No demoré demasiado y tiré las sábanas para ir tras él. Debí sostenerme del marco de la puerta a causa del mareo repentino; me detuve unos segundos y estuve a punto de continuar cuando de pronto era otro de mis compañeros el que tenía enfrente.
—Aioria...
—¿Te sentís mejor, Mu?
—¿Y Shaka? —ignoré su pregunta.
—A-acaba de irse.
—Entiendo —suspiré.
Regresé abatido a sentarme en la cama. Sostuve la cabeza con los codos apoyados en mis muslos. Escuché los pasos de Aioria acercarse y detenerse cerca de mí.
—¿Volvieron a pelear? —preguntó.
—No estoy seguro.
—Él estaba muy preocupado por vos.
—No es necesario que intentes animarme, Aioria.
—Siento que es mi deber.
Lo miré para que continuara.
—Shaka puede ser un estúpido, pero también sé que sos lo más valioso que tiene.
—Aioria, me estás avergonzado.
La cara se le puso roja igual que a mí.
—¡P-pero es la verdad! ¡Siempre fue así! —Se rascó la nuca— Los demás a veces decían que ustedes dos... parecían enamorados.
—¿Q-qué?
—¡Era algo que decían los demás! ¡Ni siquiera sé quién empezó el rumor! —Tomó aire— Cuando te desmayaste y Shaka vino a verte... tenía algo, no estoy seguro qué era, pero me produjo la misma sensación cuando los veía juntos de chicos.
Me pasé una mano por el pelo y solté un suspiro largo.
—Yo sí quería a Shaka... y creo que no de la manera en que se quiere a un amigo.
—¿Entonces... era verdad?
—No sé... Solo estoy seguro de que ahora es totalmente diferente. Pero es mejor así. Antes no teníamos las mismas responsabilidades y pensar en ese tipo de cosas es una pérdida de tiempo.
—¿Le preguntaste a Shaka lo que opina al respecto?
—Aioria, estamos hablando de Shaka de Virgo. Debés conocerlo mejor que yo.
—Por eso te digo que le preguntes. Él es muy orgulloso y soberbio, pero no es así cuando se trata de vos, me di cuenta por lo preocupado que estaba.
—¿Qué?
—Preguntale.
—Aioria, no es como si por enamorarnos el uno del otro fuera a ocurrir algo mágico, como que Athena ganara automáticamente todas las guerras santas para siempre.
—No sabrás hasta que no lo intentes.
—*—*—*—
A la noche hacía bastante frío, estaba listo para vigilar un rato desde la entrada al primer templo, pero me quedé mirando por la ventana. Estaba nublado, el viento era demasiado fresco para esa época del año. El Santuario estaba más tranquilo de lo habitual; seguramente la mayoría se encontraba en algún lugar cálido.
Una voz en mi interior me decía que algo no iba bien. «Primero el temblor, ahora este frío. ¿Será otra amenaza?», me pregunté. Sin dejar de pensar en ello me dirigí a la entrada de la casa bajo mi custodia. El viento soplaba cada vez más fuerte y me puso la piel de gallina.
En dirección a Rodorio todo parecía en calma, lo que me dejó más tranquilo. Me senté, entrelacé los dedos y me dediqué a pensar en todo tipo de cosas, que por alguna u otra razón me llevaban al caballero de Virgo.
Lo que había hablado con Aioria en la tarde dejó un efecto. «Si Shaka no tuviera dudas, no se negaría tanto. Pero solo parece estar seguro de que lo mejor es estar lejos», pensé y una lágrima se me escapó del ojo izquierdo. «Si lo entiendo, ¿por qué me duele? ¿Por qué quiero insistirle?».
—Athena, —dije al cielo— ¿podré con esto entender cómo se siente?
Pensé que si tan solo no me hubiera involucrado en lo que la diosa sentía, ella seguiría en el Santuario, nunca me habría hecho la pregunta que desencadenó todo, ni dado la orden de buscar el amor. Tampoco habría estado en la entrada de Aries, sentado en medio del frío con un dolor en el pecho que empeoraba cada vez que cerraba los ojos y veía la figura del santo de Virgo.
Ya no había marcha atrás: tenía que enfrentar a Shaka por última vez como había dicho Aioria y tomar una decisión, aun si eso significaba quedarme con ese sentimiento que crecía a cada segundo sin ser correspondido. Necesitaba sacarlo, expresarlo de alguna forma y que llegara a Shaka.
«En lugar de decir que me rindo
es mejor que cuente todo lo que puedo hacer
Hay cosas que me hacen caer y pienso en dar marcha atrás
Y aun así, aun así, ya he tomado una decisión
Lo que puedo hacer por ti,
quizás nada me detenga de hacerlo
Todavía así quiero tocarlo:
en lugar de tristeza, tu calor
Aunque sea de a poco, ¿podré acercarme?
Los fragmentos de mis sueños, la persona que amo,
la forma del amor que imaginé,
siempre, siempre los seguiré buscando».
Enjugué las lágrimas y mordí mi labio para que no se escapara el sollozo que quería salir con fuerza. El nudo en la garganta me asfixiaba, estaba débil; quería encerrarme en mi habitación y que todo pasara, hacer de cuenta que los sentimientos no me dolían ni me hacían confundir. Pero dentro de mí repetía que era un santo de Athena, que no podía darme el gusto de escapar ni siquiera de eso; aunque no me gustara, de ser necesario mi deber era luchar incluso si significaba hacerlo contra un compañero, a pesar de que en esa situación sería de una manera que jamás había imaginado.
El viento me hizo tiritar, pero lo que casi me dejó helado fue la voz que habló a mis espaldas:
—Es la primera vez que te escucho cantar.
Shaka se paró a un costado. Estaba tan cansado que el cuerpo no me respondió para huir. Lo miré de reojo sin dejar de temblar. Tragué grueso y aclaré la garganta para evitar que quedaran rastros de mi debilidad.
—Pensé que no querías verme —dije.
—No vengo para tratar temas personales.
—Ah...
—Este frío no es normal.
—Pensé lo mismo, pero hasta ahora no vi nada fuera de lo común.
Curvó una ceja.
—¿Por qué temblás?
—Es una reacción al frío —le respondí algo cortante.
—Imaginé que estarías acostumbrado. Además, con la armadura puesta deberías soportarlo.
Con las pocas fuerzas que me restaban me levanté en dirección al interior de mi templo; comprendí que necesitaba un poco más de tiempo para enfrentarlo. Sin embargo, el agarre de Shaka no me dejó continuar. Lo miré mal e intenté hacer que me soltara, pero él solo aumentó la fuerza.
—Shaka, dejame.
—Por eso te dije que no pensaras más en cosas como los sentimientos. Estás perdiendo el control.
—¿Creés que me gusta estar así?
—¿Entonces por qué insistís?
—No busco nada —Lo agarré de la muñeca y así lo obligué a soltarme—. ¿No serás vos el que provoca todo esto?
—¿Q-qué?
—¿Tengo razón?
—¿Por qué querría hacerte pensar en ese tipo de cosas?
—Tal vez porque no aceptás tus propios sentimientos.
—¿Ah?
Apoyé una mano en su pecho.
—Tu alma llora cuando hablamos de esto.
Dio un paso atrás con cara de espanto.
—¿A qué le tenés miedo?
—Mu de Aries, no es gracioso.
—Estoy hablando en serio.
Shaka giró para volver a su templo, pero fui más rápido y logré frenarlo con un muro de cristal.
—¿Otra vez con lo mismo?
—¿Lo que dijiste esta tarde... es verdad?
—¿Qué? —preguntó mientras volvía a mirarme.
—Lo que sentías... por mí.
El calor de mi cuerpo me permitió hacerle frente al viento frío que movió nuestras cabelleras. El bombeo de mi pecho lo sentía hasta en las orejas. Shaka no reaccionaba, ni siquiera una mueca hacía. Tomé aire y cerré los ojos; apreté los puños decidido a seguir:
—Si lo que recuerdo es cierto... yo... yo te quería... y vos estabas enterado.
Su respuesta fue el silencio; seguía inmóvil a excepción de su pelo y capa. Me mordí el labio antes de continuar:
—¿Por qué olvidé algo tan importante como mis sentimientos por vos?
Su falta de reacciones me estaba colmando la paciencia. Tuve que hacer un esfuerzo enorme para no lanzarme sobre él y golpearlo.
—Shaka-...
—¿Qué sentís ahora? —preguntó de pronto.
—¿Qué?
—¿Todavía sentís eso?
Bajé la mirada. Él me atraía cada vez más, como si mi cuerpo y alma me llevaran siempre en su dirección, ya no tenía dudas de eso, pero no estaba seguro de que fuera un sentimiento especial, similar al que le guardaba cuando éramos aprendices.
—No sé.
—Entonces no tiene sentido. ¿Para qué querés saber si lo que te dije es verdad... si ya ninguno siente lo mismo?
—No sonaste muy convencido.
—Pero lo estoy —dijo con firmeza—. Me llevó años hasta que lo conseguí y pude salir adelante. En cambio, vos seguís pensando en cosas que hicimos y dijimos cuando apenas sabíamos leer y escribir. ¿Cómo íbamos a entender el valor de esas palabras? Ni siquiera puedo imaginarme diciéndolas ahora.
Me dolió el pecho. Sentí impotencia al no poder reaccionar y golpearlo por su trato. Aunque tampoco quería hacerlo de nuevo: no iba a conseguir nada de esa manera. Sin embargo, tenía que encontrar la manera de obligarlo a que dejara de jugar conmigo.
—¿Y lo contrario? —le pregunté.
—¿Qué?
—¿Podés decirme que me odiás? Porque eso es lo que parece.
Hice una pausa con la esperanza de que negara lo que había preguntado. Su voz no salía y comencé a respirar más rápido. Tenía miedo de decir o hacer algo que delatara mi debilidad por el santo que tenía enfrente. Sin embargo, supuse que él ya pensaba eso y decidí continuar.
—Admito que... me alegré cuando empezaste a mostrarte amable conmigo al llevarme la cena y el desayuno... Pero cuando descubrí que lo hacías por orden de Athena no me gustó.
Ya no sabía si temblaba del frío, de la impotencia o del dolor que me provocaba estar tan cerca y al mismo tiempo tan lejos del caballero de Virgo. Pero estaba seguro de que si continuaba me iba a quebrar en cualquier momento e intentaba convencerme de que Shaka me había visto peor muchas otras veces.
—Tu actitud de ahora... No sé qué pensar —Me llevé una mano a la cabeza—. Estoy tan confundido...
Entonces Shaka dio media vuelta para evitarme. El cuerpo entero me dolía y creí que estaba a punto de romperme por completo. No me quedaba nada más de dignidad.
—Shaka, no te pido que vuelvas a sentir algo por mí... Solamente te pido... que me ayudes a entender.
Noté que apretó más fuerte los puños; ya casi lo tenía acorralado pero a costa de mi dolor. Si me gritaba, golpeaba o si incluso intentaba matarme no me importó.
—Por favor, Shaka, si en serio alguna vez me quisiste, lo vas a hacer... ¿O será que... es verdad que me odiás?
Entonces giró hacia mí y en un movimiento rápido que me hizo retroceder atrapó mi cara. Sus ojos se fijaron en los míos; temblaban al igual que sus manos. Tenía un tono rojizo en los cachetes. De la boca escapaba su aliento blanco que chocaba con el mío.
—Basta, Mu... Si seguís... voy a cometer una locura.
La manera en que habló, casi un susurro, sonó tan sensual y excitante que me hizo ceder. Mi cuerpo estaba flojo, no respondía: quería algo que solo Shaka podía darme.
—Hacelo —dije sin más.
—¿Qué?
—Hacé lo que quieras conmigo.
—Mu...
Cerré los ojos y me concentré en mantener el equilibrio.
—Shaka... los dos queremos esto.
Sentí el aire caliente salir de su boca y pegar contra mi oreja. Me estremeció tanto que hasta se me escapó un suspiro.
—No te odio, Mu.
Nos cubrió con la capa de su armadura para luego besarme. De pronto ya nada dolía ni sentía frío; lo único que existía eran los labios de Shaka y el calor que surgía de ese contacto. Las manos me temblaban. Toqué su cara con las yemas de los dedos; esa piel tan suave y cálida me recordó a la de un bebé.
Se abrió paso a través de mi pelo, presionó un poco para asegurarse de que no escaparía; no era necesario tampoco puesto que me encontraba en la misma situación. Quería abrazarlo, enredar los dedos entre sus mechones dorados, probar cuanto pudiera de su boca, sentir el calor que se desprendía de su cuerpo. Las ideas con las que en varias ocasiones había luchado por alejar y que tantas veces le ganaron a mi imaginación, de repente, eran las más atractivas si Shaka estaba presente.
Al separarnos para respirar ambos estábamos agitados, ruborizados y con ojos brillantes.
—¿Cómo aprendiste a besar así? —le pregunté mientras trataba de recuperar el aliento.
—Sos el único al que besé en toda la vida —dijo para luego volver a atrapar mis labios—. Tal vez sea el efecto que tenés en mí.
—¿Debería creerte?
—Es lo único que quiero que me creas —se detuvo un momento para dedicarme una sonrisa entre feliz y seductora—. Eso y cuando te digo... que sos el hombre más hermoso de todos.
—Shaka...
Volvimos a acortar la distancia cuando una sensación poderosa y desconocida nos recorrió por el cuerpo y nos devolvió a la realidad.
—¿Sentiste eso? —preguntó.
—Vino de la fuente de Athena. ¡Los santos de bronce!
Bajamos enseguida por las escaleras, pero al llegar a la base Shaka me detuvo.
—No, quedate acá.
—Pero-...
—Soy el encargado de vigilar la fuente y vos el guardián de la primera casa.
Suspiré y asentí.
—Cualquier cosa avisame.
Shaka sonrió para entonces dirigirse a la fuente de Athena.
Regresé a la entrada de mi templo y me quedé parado con la vista en la dirección por donde había ido el santo de Virgo. Me toqué los labios; sentí un revoltijo en el estómago pero fue agradable, tanto que me calentó todo el cuerpo.
«¿Qué fue eso?», escuché a Aioria preguntar por telepatía.
«Vino de la fuente de Athena», luego siguió Milo.
—Shaka ya está en camino —respondí.
«¿Está todo bien?», preguntó Aldebarán.
—No estoy seguro, pero tenemos que estar alertas.
«Voy a mandar a reforzar la guardia», dijo Milo.
—Buena idea. Aioria, andá a patrullar, por favor.
«Entendido».
—Aldebarán, voy a necesitar que seas el segundo refuerzo en caso de que falle.
«No creo que eso vaya a pasar, pero yo me encargo de la segunda casa».
—Gracias.
Los minutos corrían y pronto noté cómo la noche se había vuelto más movida; se escuchaban pasos, voces y el sonido metálico de las armaduras. La temperatura había comenzado a subir, por lo que supuse que Shaka se habría encargado del asunto. «Está tardando», pensé sin dejar de mirar en dirección a la fuente. Reí por esa idea: «¿Por qué me preocupo por él? Es un santo de oro después de todo».
Caminé de un lado a otro. A pesar de que ya no hubiera un peligro aparente la espera se hacía cada vez más angustiante. «Dijo que me iba a avisar en caso de necesitar ayuda. Incluso Milo y Aioria podrían estar con él», me dije a mí mismo para tranquilizarme. Sentí un sabor amargo y presión en el pecho. Me revolví el pelo.
—¿Por qué me pongo así por él? No tiene sentido —dije al aire.
Entonces escuché pasos subir por las escaleras y en cuestión de segundos el caballero de Virgo apareció. Nunca había sentido tanto alivio en toda la vida.
—Shaka —caminé hacia él—. ¿Estás bien? ¿Qué le pasó a tu armadura? —pregunté al ver que tenía restos de hielo.
—Tengo una buena y una mala noticia.
—¿Qué?
—Al parecer Asgard y el Santuario están enfrentados ahora.
—¿Asgard? Pero si ellos... ¿Cómo?
Negó ante las preguntas que no llegué a completar.
—¿Y la buena noticia?
—No quiso que le ayudara a subir.
—¿Eh?
En ese instante Ikki acababa de poner un pie en el último escalón. Era evidente que aún no se recuperaba del todo, pero no quería mostrarse débil.
—Llegué justo a tiempo —dijo Shaka—. Es el único que se despertó.
—No me sorprende que haya sido él.
—Solamente vengo por la armadura del Fénix —dijo Ikki—. No pienso quedarme en este lugar.
—¿No te parece que deberías mostrar un poco de respeto hacia las personas que te salvaron la vida?
—Shaka.
Le hice señas de que dejara de hablar, cosa que no le pareció gracioso. Luego le dijo a Ikki:
—Mu está a cargo ahora, así que comportate si no querés que te mande a otra dimensión porque no voy a poder salvarte entonces.
—No creo que hagan falta tus amenazas, Shaka —le dije para después dirigirme a Ikki—. Si solamente venís por tu armadura, entiendo que pensás irte, ¿o me equivoco?
—Estás en lo correcto —respondió.
—¿Y qué pensás hacer con tus hermanos? ¿Vas a abandonarlos?
—No puedo hacer nada por ellos ahora. Es mejor que se queden acá.
—Bien... Shaka, ¿podrías traer la armadura del Fénix?
Sin decir nada obedeció. Mientras Shaka se encargaba de eso le hice un par de preguntas más a Ikki para asegurarme de que estuviera en condiciones de marcharse, aunque sabía que no tenía sentido tratar de convencerlo de lo contrario. Una vez que tuvo lo que buscaba ya estaba listo para irse.
—Ikki —le dije—, sos un santo de Athena, así que no dudes en volver en caso de que lo necesites. Siempre vas a ser bienvenido en el Santuario.
Solo se limitó a asentir y decir:
—Dejo a Shun en sus manos.
—No te preocupes. Nosotros nos encargamos.
Nos dirigió una última mirada que interpreté como su forma de agradecer y demostrar que nos confiaba lo más valioso que tenía; luego dio media vuelta para alejarse hasta que su figura se mezcló con la noche.
—¿Habrá sido buena idea dejarlo ir en esa condición? —pregunté.
—Es un chico fuerte, seguro va a estar bien.
Miré a Shaka y sonreí.
—Debés ser de los pocos que lo entiende.
Mi compañero no dijo nada, solo se limitó a dibujar una sonrisa pequeña.
Volví a ver los restos de hielo en su armadura; a pesar de los minutos no se habían derretido. Intenté tocarlos, pero apenas los rocé y la piel me quedó ardiendo.
—Pobre Virgo —dije y concentré mi cosmos en la palma para derretir el hielo—. Voy a tener que encargarme de ella de nuevo.
Shaka mantenía los ojos y boca cerrados. Cuando ya no quedaron más restos lo miré y pregunté:
—¿Vos estás bien?
—¿Por qué no lo estaría?
Su respuesta me hizo suspirar algo decepcionado.
—Olvidé que estaba tratando con Shaka de Virgo.
—No parecés feliz por eso.
Me masajeé el cuello y respondí con la vista hacia un costado:
—Nada logra ablandarte.
Shaka agachó levemente la cabeza. Estuvimos segundos largos sin decir nada, rodeados solo por los sonidos de la naturaleza nocturna del Santuario, un silencio interrumpido únicamente por algún insecto y la brisa. Creí que todo el esfuerzo que había hecho fue para nada, que de nuevo iba a alejarme del caballero parado frente a mí y me dio miedo que fuera de manera definitiva.
—Mu, lo que pasó hace un rato-...
—Está bien —dije apresurado—. No es necesario que lo expliques si es que te pone incómodo.
—Pero... ¿Y vos?
—No pasa nada. No estoy molesto —Con mucho esfuerzo logré sonreír—. Tampoco fue nuestro primer beso... Ni siquiera tiene por qué tener un significado o algo así.
—Mu...
Shaka abrió los ojos tristes y me reproché por lo que había dicho. Estiró la mano hacia mí; solo lo miré, estático, hasta que me rozó la piel y di un paso atrás. Enseguida me arrepentí también de eso.
—P-perdoná —dije—. Yo... no era mi intención llevarte hasta ese límite.
Tragué grueso y cerré los ojos para pensar las palabras que iba a decir.
—Pero... no mentía cuando dije que... era lo que quería.
Me cubrí la boca, la cara me ardía. Shaka no respondió; tenía la mirada puesta en el piso. A pesar de la vergüenza que sentía no podía seguir callado.
—Una vez dijiste que, a pesar de todo, somos humanos y tenemos necesidades —Tomé aire a la par que afilé la mirada—. No sé qué pensarás al respecto, pero yo... también tengo necesidades como hombre.
Shaka levantó la cara; sus ojos parecían a punto de salirse de su órbita. Le temblaba la mandíbula, incapaz de hacer sonar su voz. Me adelanté dos pasos, hice a un lado su flequillo al acariciarle la frente, después la mejilla.
—No te preocupes —le dije con una sonrisa y sin despegar la mano de su cara—, no voy a pedirte ni espero nada más. Con lo que ya pasó me doy por satisfecho.
Pasé suave los dedos por sus labios entreabiertos. Shaka tiritaba.
—Sos hermoso —dije.
Él apretó los párpados y la cara se le puso roja. El golpeteo en mi pecho regresó junto con el deseo de abrazarlo.
—Shaka...
—No... deberías sentir... esto —dijo entrecortado.
—¿Qué?
—No deberías... y yo tampoco.
Agarró mi mano con las suyas temblorosas y la besó desesperado. Con la que me quedaba libre le acaricié la cabeza. Entonces me miró, aún con los labios pegados a mis dedos, y me dio la impresión de estar frente a un nene al que debía proteger y al hombre que necesitaba amar.
Lo obligué a separarse de mi mano para arrastrarlo detrás de un pilar, donde lo acorralé y besé. Él se aferró a mi cuello al mismo tiempo que me buscó con su lengua. Con las manos sobre su cintura lo acerqué más a mi cuerpo; las armaduras nos dificultaban tocarnos como queríamos, pero eso lo hacía más emocionante. Por fin me sentía lleno, sin dudas: había encontrado lo que tanto deseaba y que Athena quería para mí.
Poco a poco y con besos cortos nos fuimos separando. A pesar de todo lo que habíamos hecho aún podíamos mostrarnos tímidos. Con las frentes juntas mientras nos acariciábamos, metidos en la mirada ajena, permanecimos en silencio. Por momentos me fijaba en su boca: quería volver a probarla y que también me abrazara.
—Siempre fuiste vos —dije.
—¿Qué?
—La respuesta que debía darle a Athena.
Cerró los ojos y se apartó unos centímetros. Su expresión dejó de ser dulce para volver a la que siempre ofrecía. Me agarró la mano y empezó a caminar conmigo a rastras.
—Vamos, Mu.
—¿A dónde?
—A tu cuarto.
Me detuve de golpe. Shaka volteó hacia mí.
—¿Para qué... querés...?
No era capaz de terminar la pregunta siquiera. Estaba seguro de que mi cara había pasado por distintas tonalidades de rojo hasta llegar al más intenso.
—Yo también tengo una necesidad —dijo serio.
—¿No podemos tratarlo acá afuera?
—Mu... Creeme cuando te digo... que tengo mucho más miedo que vos por lo que voy a hacer.
—¡Entonces no lo hagas!
Negó con la cabeza.
—Ya no puedo soportarlo más.
Volvió a obligarme a seguirle el paso. Cada vez nos acercábamos más a mi habitación y no sabía qué esperar. Era verdad cuando le dije que con besarlo había sido suficiente. No me creía capaz de llevar las cosas a otro nivel; apenas acababa de aceptar mis propios sentimientos.
Llegamos, Shaka cerró la puerta con telequinesis y se quedó parado en medio del cuarto.
—Sacate la armadura, por favor.
—¿Qué?
—Por favor —volvió a pedir
Sin objetar dejé a Aries en un rincón. A pesar de aún estar vestido y que él tuviera los ojos cerrados sentía que había quedado desnudo por completo.
—Es mejor que te sientes.
Dijo y señaló a la cama. Quise preguntarle qué pensaba hacer, pero la voz no me salía. Hice lo que me pidió; él se sentó a mi lado para agarrar mi mano izquierda y comenzó a sacarme el vendaje.
—Estás temblando —dijo.
—Y vos igual.
Aunque se le dificultó consiguió dejar mi antebrazo al descubierto, lleno de cicatrices que recorrió con los dedos a excepción de la más grande. Su gesto me pareció tierno y a la vez me dio vergüenza por haber esquivado aquella marca horrible.
—Es peor de lo que recordaba.
Intenté hacer que me soltara, pero me agarró más fuerte.
—No mires, por favor —le pedí—. Si no te gusta puedo volver a ocultarla.
—Vi gente enferma, desnutrida, desfigurada, mutilada y despedazada... pero nada se compara con esto.
Nunca me habían gustado mis cicatrices, en especial esa, y aunque fuera normal tenerlas por mi condición de guerrero y función en el arreglo de las armaduras, sabía que no a mucha gente les parecerían agradables a la vista. Descubrir que Shaka también la aborrecía estuvo a punto de quebrarme.
—No mires más, por favor... Sé que es horrible. Me la hice en una práctica que salió mal y desde ese día las oculto para que no pase esto.
—No, Mu —dijo sin sacarle los ojos de encima a la cicatriz—. No fue así cómo te la hiciste.
—¿Eh?
Posó los labios sobre mi piel arrugada y levantada que ardió al instante.
—No es la prueba de algo que salió mal.
Clavó tan fuerte los dedos que creí que me rompería los huesos. Apretó los dientes y sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Tuve que hacerlo para que te convirtieras en el santo de Aries.
—¿Qué?
Me miró a la cara; por la suya caían lágrimas gruesas que terminaban en mi piel. Entonces se acercó más hasta darme un beso corto.
—Te amo, Mu.
Esas palabras que nunca había escuchado, más que llenarme de alegría, las sentí como un golpe.
—Siempre te amé y sé que llegaste a sentir lo mismo por mí... Pero... no podía obligarte a elegir entre amar a Athena o amarme a mí.
—Shaka... ¿Qué decís?
Concentró su cosmos en la punta de los dedos, los acercó a mi cicatriz y dijo:
—Tus recuerdos siempre estuvieron con vos... pero algo los hizo despertar.
La piel me quemaba; la sensación me subió por el brazo hasta llegar en forma de puntada a mi cabeza. Me retorcí de dolor. Vi a Shaka hacer un corte y de la marca salió sangre. Lo último que llegué a percibir fueron los brazos del santo de Virgo alrededor de mi cuerpo y su voz diciendo «perdón por haberme enamorado de vos».
—NOTAS FINALES—
Y hasta acá este capítulo.
¿Qué les pareció?
Cuando lo escribí tenía la impresión de que era larguísimo, pero cuando me puse a revisarlo me pareció todo lo contrario.
Espero que haya sido de su agrado y no se aburrieran.
Ahora sí, mis comentarios.
Creo que es bastante común de los arianos hacer cosas y arrepentirnos al rato; eso es lo que le pasó a Mu XD Ya tiene en claro sus sentimientos por Shaka, pero le da miedo salir lastimado, así que sigue con la guardia alta.
El pobre Aioria pensaba que Mu iba a ser suave porque era un entrenamiento; se le fue la mano. Es obvio que todos deben pegar fuerte, pero por alguna razón me imagino que nadie se lo esperaría de Mu XD
Al corregir el capítulo me di cuenta de que aunque Shion no salga mucho se lo nombra seguido. A partir del capítulo que viene va a aparecer más.
Honestamente, la parte en que Shaka le dice a Mu que sí tenía sentimientos por él cuando eran chicos no fue algo que tuviera planeado, el texto me llevó a eso y me gustó. La verdadera confesión iba a ser la que salió al final.
El beso en la entrada de Aries en un principio iba a ser en las escaleras camino a Virgo. Lo de la capa iba a pasar tal cual, como para que nadie los viera (porque no es nada evidente lo que estaban haciendo, ajam).
¿Ahora entienden por qué Shaka se negaba tanto a confesar sus sentimientos por Mu? En los próximos capítulos se va a explicar mucho mejor.
Y por fin empezaron a despertar los de bronce XD Van a tener una participación muy chica más adelante.
Varias personas ya me dijeron que les gustaría un capítulo desde el punto de vista de Shaka. Eso lo tengo pensado desde hace mucho. Es más: hasta vamos a ver el punto de vista de Shion... más o menos en el capítulo 12 lol (ya lo tengo por la mitad).
En un rato subo el capítulo 8.
