Capítulo 12
Vi el amanecer sentado frente a la ventana de mi cuarto, envuelto en sábanas. El cielo azul que se mezclaba con los rayos del sol me recordó a la mirada de Shaka; una lágrima bajó por mi mejilla. Apoyé la cabeza contra el marco. El aire fresco me entró por la nariz y suspiré entrecortado. Estaba agotado, pero no quería dormir porque siempre encontraba a Shaka en mis sueños.
Me pasé una mano por la frente y me tiré el pelo hacia atrás. Miré mis muñecas. Acaricié las cicatrices. De pronto respirar fue más complicado. Clavé las uñas en mi piel, la arañé. Quería desaparecer las marcas, pensaba que así el dolor se iría. Empezó a salir sangre, pero no me importó. Algunas gotas mancharon las sábanas, mis piernas y cayeron al piso.
Alguien golpeó la puerta. De a poco dejé de perforarme la piel. Mis dedos estaban rojos.
—¿Mu? —se escuchó la voz de Aldebarán del otro lado— ¿Ya estás despierto?
No respondí. Apoyé las manos con las palmas hacia arriba sobre las rodillas. Miré al cielo. Me pregunté por qué todo me hacía pensar en Shaka. El amanecer era triste y hermoso, igual que él.
Aldebarán abrió la puerta.
—Ah... Estás despierto... ¿Querés de-...? M-Mu... ¿Qué te pasó? ¿Por qué estás sangrando?
Miré mis muñecas en silencio.
—No... No pasa nada —dijo mi amigo—. ¡Vendas! ¡V-voy a buscarlas!
Aldebarán salió casi corriendo.
Me cubrí con la palma donde tenía la cicatriz que Shaka me había hecho. Si cerraba los ojos veía claramente su cara llena de lágrimas aquel día y el pecho se me llenaba de dolor. Quería abrazarlo, proteger ese cuerpo pequeño de cualquier cosa que pudiera lastimarlo, pero ya estaba muy lejos y herido. Me costaba creer que ese nene de cara angelical fuese la razón de que olvidara algo tan importante en mi vida por tantos años. Al que tenía enfrente ya no era un nene, aunque seguía siendo un ángel que se escondía tras la máscara de un demonio.
Sacudí las manos al instante en que me di cuenta de que no era producto de mi mente alterada y que Shaka en verdad estaba arrodillado frente a mí. Sus dedos se habían manchado con mi sangre. No entendía cómo brillaba más que el mismísimo sol. Ni el cielo era tan hermoso como sus ojos tristes.
—Te prometí que cuando fuera el santo de Virgo iba a dar mi sangre para que vos no lo hicieras.
Dijo mientras volvía a agarrarme las muñecas.
—No te lastimes más... Con las heridas que te provoqué ya fue demasiado.
Entonces lo odié porque tenía el rostro de un enamorado y la voz suave que decía que me amaba sin ponerlo en las palabras exactas. Quería golpearlo; sentía que podía hacer con mi cuerpo lo que deseara. No era capaz de gritarle que se fuera, mi garganta se cerraba de solo pensarlo. Mirarle los labios me provocaba un sabor agridulce en la boca.
—Mu... sé que no estoy en condiciones de pedirte nada... Pero prometiste que te ibas a hacer fuerte... Me gustaría que lo demostraras ahora.
Apoyó mis manos contra su pecho. El kurta se manchó.
—Quiero ver al hombre fuerte y valiente en el que te convertiste.
Yo también deseaba lo mismo. Durante toda mi vida me entrené para superar y controlar cualquier temor. Pero ahí estaba frente a mi miedo más grande, un par de cielos que amenazaban con derramar lágrimas.
—¡Encontré las vendas! —avisó Aldebarán a la vez que entraba en el cuarto con un botiquín.
Shaka cerró los ojos y se levantó. Mi amigo de Tauro le dio palmadas en la espalda.
—Andá a descansar. ¿Hace cuánto no dormís?
Recibió un «estoy bien» como respuesta, o al menos esa fue la impresión que me dio. Las manchas oscuras debajo de sus ojos y la piel más pálida que de costumbre eran prueba de la mentira. Entonces me pregunté cuántas cosas más habría inventado, a quién le mintió además de mí.
Me puse de pie, me acomodé las sábanas y caminé hacia la puerta sin decir nada; ellos tampoco intentaron detenerme. Arrastré los pies mientras me tambaleaba hasta el baño. Puse a llenar la bañera. Tiré las sábanas al piso, busqué champú, jabón y junté agua para comenzar a limpiarme. La piel de los antebrazos me ardió. Me masajeé la cabeza cubierta de espuma. Cuando las lágrimas escaparon sin razón aparente enredé los dedos entre mis mechones y los estiré.
No entendía por qué dolía tanto. Shaka solamente intentó cuidarme, no tuvo otra opción; eso no lo negaba. Pero había algo más que me arrancaba lágrimas, una especie de vacío y a la vez una mezcla de tantas cosas que me tentaba a golpearme la cabeza contra la pared. Los ejercicios de respiración ayudaron a espantar esos pensamientos y terminé de limpiarme. Me envolví el pelo en una toalla para luego meterme a la bañera. A pesar de la tibieza temblaba; me abracé las piernas. Cerré los ojos por varios minutos, estuve a punto de dormirme hasta que la voz de Shaka hizo eco en mi cabeza:
«No me gusta verte llorar por mi culpa. Tu cara... es más bonita cuando sonreís».
Me levanté de golpe. Miré alrededor, estaba solo; el agua que se movía era el único sonido. Miré mis palmas, muñecas y piel llena de heridas. Me sentí el mayor cobarde de todos. No entendía por qué actuaba tan irracional.
—Athena... ¿Era esto lo que deseaba para mí? Si es así, entonces no lo quiero...
Apreté los puños y me mordí un dedo.
—Pero... ¿Por qué una parte de mí sí lo quiere aunque duela tanto?
No perdí más tiempo en el baño que poco logró relajarme. El único rastro de que había pasado alguien más por mi templo estaba en la comida sobre la mesa de la cocina. Preparé té y me obligué a comer. Frente a mí tenía un durazno entero que me sacó el poco apetito.
Volví a mi cuarto. Vi las manchas junto a la ventana. Cambié las sábanas, me vestí y peiné frente al espejo. Era la cara de mis peores momentos. Di gracias de que Kiki no estuviera presente o hubiese tenido que tratar con sus preguntas insistentes; esa vez no tenía una respuesta siquiera. Terminé de hacerme una trenza, luego volví a sentarme frente a la ventana. Por primera vez me pregunté cómo el día podía ser tan brillante si yo me sentía muerto.
Entonces volvieron a agarrarme las manos. Otra vez tenía a Shaka arrodillado frente a mí. Empezó a vendarme los antebrazos en silencio. La luz de la mañana hacía que el azul de sus ojos fuera más hermoso de lo habitual, a pesar de la tristeza que reflejaban. Cuando terminó pasó sus dedos de manera suave sobre las vendas; apenas lo sentía.
Por alguna razón, también le acaricié la mejilla. Su piel pálida seguía siendo una exquisitez al tacto. Él cerró los ojos como si fuera un gato que acepta mimos. Luego me agarró la mano y besó la palma para volver a apoyarla contra su cara. Seguí con las caricias hasta el pelo. Shaka recostó la cabeza sobre mi regazo; de no haber sido porque tenía la armadura puesta habría continuado con los roces hasta su espalda. Se sostuvo de mis caderas. Parecía un nene a punto de quedarse dormido. Me perdí en sus pestañas curvas.
Su belleza era estresante, confusa. Sabía de lo terrible que podía llegar a ser y verlo tan indefenso era hasta gracioso. ¿Con cuántas personas se mostraba así? Yo no era el único que había notado lo hermoso que era, estaba seguro. Ese pensamiento me molestó.
—Me gustás desde la primera vez que sentí tu cosmos, el día que llegué de la India.
Con esas palabras inesperadas me sacó de la ensoñación en la que estaba.
—El Patriarca Shion me llevaba en un recorrido por sus aposentos cuando me dijo que pronto te iba a conocer... Y verte entrar de su mano al coliseo aquella mañana me hizo olvidar de quién era por un instante.
»Me atreví a abrir un ojo para encontrar tu cara pálida del miedo, parecías enfermo. Sabía que seguramente escondías un poder inmenso y a pesar de eso nació en mí el deseo de protegerte, de hacer hasta lo imposible por tener tu sonrisa, de jamás perder tu mirada verde que me llevaba a un recuerdo cálido. Pero nunca te giraste a verme. Quería que te voltearas, que preguntaras si me gustaría practicar con vos y no lo hiciste. Podría haberlo hecho yo, pero estaba paralizado.
»Durante el entrenamiento no perdía oportunidad para mirarte. Pensé que tu habilidad y forma de pelear eran lo que tanto llamaban mi atención, pero era otra cosa, algo que no entendía. Medité sobre eso el resto del día sin encontrar una respuesta. Hasta que finalmente a la noche se presentó el momento para los dos.
»Tu presencia perturbó mi meditación, no fue necesario que hablaras. Nunca me había pasado algo semejante.
—Tu cama es esa —Fue lo primero que te dije.
»Me hacías sentir incómodo. No quería que te acercaras, aunque tu cosmos me sabía el más cálido de todos. Pocas habían sido las personas que tuvieron gestos amigables conmigo desde mi llegada al Santuario, pero vos fuiste el más dulce de todos. No entendía cómo alguien así podría ser un santo de Athena, un soldado que se enfrentaría a dioses en batallas sangrientas. Me tenías tan confundido y no te traté de la mejor manera.
—¿Querés practicar conmigo mañana?
»Cuando por fin me hiciste esa pregunta no podía creerlo. Me provocabas tantas emociones que nunca había experimentado. Preocupado, consulté con mi maestro al respecto y me respondió que dejara fluir todo eso, que algún día iba a entender y entonces tomaría una decisión. Pero era difícil. Mientras más tiempo pasábamos juntos el deseo de tenerte conmigo aumentaba. No me gustaba verte con otras personas. Aunque sabía que estaba mal sentirme así no podía evitarlo. Eras el único que parecía preocuparse por mí.
»Una vez durante un descanso, de casualidad pasaba por la ventana del pasillo que daba fuera de los dormitorios. Escuché a alguien decir mi nombre, así que me asomé a ver: nuestros compañeros te tenían casi acorralado, se te notaba incómodo.
—Nunca abre los ojos —dijo Aioria—, no habla, pasa horas sentado sin hacer nada...
—Shaka es raro, Mu. ¿Cómo podés ser su amigo?
—No es... raro.
—¡Ni siquiera juega con nosotros! ¡¿Así quiere ser nuestro compañero?!
—Todos en el dormitorio le tienen miedo.
—Aunque creo que Milo y Aioria exageran —dijo Camus—, Shaka no es muy sociable. Debés ser el único que le cae bien.
—E-eso es mentira... Aldebarán también es su amigo... ¿O no?
—Tal vez es tímido.
—¿Ven?
—Vos también lo sos y de todas formas sí te juntás con nosotros, pero Shaka siempre se va cuando empieza el descanso. No creo que podamos llevarnos bien así. No es buen compañero.
—Aioria...
—Ya pasaron casi dos meses y ni siquiera le vimos los ojos —dijo Milo—. Nunca nos dijo por qué lo hace. Eso significa que no confía en nosotros.
—Si cuando seamos santos de oro sigue así, va a ser difícil que podamos trabajar con él.
—Camus... Aldebarán, ¿vos opinás lo mismo?
—Eh... B-bueno... En parte sí. ¡Pero puede cambiar! Algún día va a ser nuestro amigo.
»Bajaste la cabeza y diste media vuelta para irte.
—¿Mu, a dónde vas? ¡Vamos a jugar!
—¡No te enojes! Llamá a Shaka y preguntale si quiere jugar... Pero si dice que no ya fue.
—Déjenlo... No lo culpo si ya no quiere jugar con nosotros.
»Lo que dijeron no me había dolido, pero sí me molestó, más que nada, porque parecías triste. No voy a negar que tenía ganas de golpear a Aioria y Milo que habían sido los peores, aunque sabía que si lo hacía existía la posibilidad de que te enojaras conmigo.
Shaka levantó la cabeza para mirarme a los ojos; los suyos brillaban igual que cuando éramos chicos.
—¿Te acordás lo pasó después? —preguntó.
Si ignoraba la tristeza de sus dos cielos podía ver con claridad que seguían siendo los mismos. El Shaka que alguna vez amé todavía estaba ahí.
—Hicimos un barrilete —dije con voz débil.
Él asintió con una sonrisa y volvió a apoyar la cabeza sobre mis muslos.
—Al día siguiente todos querían jugar con nosotros... Después de eso empezaron a tenerme en cuenta... De no haber sido por vos, quizás ni siquiera me habría convertido en el santo de Virgo.
Pasé los dedos entre sus mechones.
—Era tu destino —le dije.
—Eso lo entendí cuando me di cuenta de que solo así podría protegerte —respondió.
—Y fue el error más grande que cometiste.
Por la cara que puso supe que había tocado una herida muy profunda. Shaka trató de sonreír.
—¿Sabés qué es gracioso? —preguntó— Que no me arrepiento de nada... Lo volvería a hacer con tal de verte feliz.
—¿Por qué pensás que sería feliz de esa forma?
—Mu, estabas sufriendo... Todos los días te veía con más y más cicatrices porque no conseguías dominar la técnica para dar tu sangre.
Poco a poco agachó la cabeza y ocultó el rostro detrás del flequillo.
—Fue mi culpa... Si nunca te hubiera dicho nada... o si no hubiese... sugerido lo del beso...
La voz a punto de quebrarse con la que habló me provocó querer abrazarlo, besarlo hasta quedar sin aire. Aun en ese estado lo encontraba hermoso. De manera delicada lo agarré del mentón para hacer que me mirara. Todo en él temblaba y solo consiguió que mi deseo aumentara. Poco a poco me acerqué a sus labios; Shaka no sacaba los ojos de los míos.
No fue un roce ni un beso como me hubiera gustado. Tampoco había sido suficiente. Shaka comenzó a agitarse. Le acaricié los labios con el pulgar y entrecerró los ojos. Entonces volví a besarlo con más ganas, pero sin perder la delicadeza. No entendía cómo era posible que siempre tuviera un sabor dulce tan adictivo que me hacía querer morderlo. Él estaba más tímido de lo normal; pensé que tenía miedo. Yo también estaba asustado: no quería dejarlo ir y al mismo tiempo me lastimaba tenerlo cerca.
Las caricias por fin se hicieron presentes cuando Shaka volvió a poner las manos en mis caderas. Movía los dedos con sutileza al tiempo que se acercaba a la parte baja de mi espalda. Un cosquilleo se originó en mi abdomen y de manera lenta se extendió hacia el resto de mi cuerpo. Un sinfín de ideas encontradas luchaban en mi cabeza: quería parar, pero el toque disimulado del caballero de Virgo en mis glúteos me provocaba gritar por dentro que necesitaba más.
Shaka se levantó sin dejar de besarme y apoyó una rodilla en el colchón. Me hice hacia atrás para mayor comodidad, entrelacé los dedos rodeándole la nuca. Me mordió el labio con suavidad, suspiré. Entonces presionó con la lengua para entrar en mi boca. Fue una sensación asfixiante y a la vez exquisita. Lo atraje más hacia mí, quedamos casi recostados en la cama; él me abrazó fuerte. Apenas podía tomar aire, me sentía mareado, pero no iba a detenerme. El golpeteo en mi pecho descendía cada vez más y con rapidez.
Cuando por fin me hundí en el colchón Shaka bajó hasta mi cuello. Giré la cabeza de lado y apreté los puños, estirándole algunos mechones en el proceso. Él me lamía la piel y apretaba de forma que no dolía. Comencé a jadear en tono bajo cuando las caricias fueron desde mi pecho al abdomen. No imaginaba que Shaka supiera cómo dar esa clase de placer. Me causó gracia pensar que el instinto se encontraba incluso en alguien como él. Me pregunté hasta dónde llegaría y el pantalón empezaba a ajustarme.
Shaka se alejó de mi cuello. Pronto las caricias se detuvieron aunque sus manos quedaron sobre mi pecho que subía y bajaba. Me atreví a abrir los párpados. Shaka tenía la cara roja y la mirada vacía. Toda la emoción comenzó a desvanecerse poco a poco. Me apoyé con los codos en el colchón; él no se movió. De pronto comenzó a hacer frío.
Shaka cerró los ojos y bajó de la cama en silencio. Se acomodó el pelo, luego giró hacia la puerta. Antes de que pudiera atravesarla la cerré de un portazo con la vista en el techo. Él ni siquiera se quejó. Las partículas que flotaban en el aire me hicieron desconectar de la realidad unos instantes.
Me senté con los pies en el piso y los codos sobre los muslos. Shaka permanecía inmóvil. El sabor dulce de sus besos se había ido para dar lugar a uno amargo. Me pasé la mano por la frente. Miré por la ventana; en el cielo había una sola nube muy blanca.
—La vez que Shion nos encontró en la biblioteca... —hablé sin darme cuenta— ¿Qué te dijo?
Él permaneció callado en el lugar. Por más que doliera necesitaba saber su parte de la historia, nuestra historia. Ya me hacía a la idea de que Shion lo había retado o amenazado de alguna forma: sin dudas tuvo que haber sido algo bastante convincente o muy serio para que Shaka decidiera el resto de nuestras vidas. El corazón expectante me latía demasiado fuerte.
—Nunca tuve tanto miedo como ese día —dijo sin voltear a verme.
Cerré los puños. Entonces deseé volver el tiempo atrás, esa tarde en que Shion nos descubrió, y hacer cualquier otra cosa que me permitiera seguir junto a Shaka. Me parecía revivir esa escena como un espectador. Tantas opciones y ninguna se me ocurrió en el momento adecuado.
Shaka caminó lento hacia la ventana. Su perfil iluminado era una delicia: delicado y masculino a la vez, sin imperfecciones más que la cicatriz diminuta en el costado del ojo. Me perdí unos segundos en la curva de sus pestañas.
—Llegué a Virgo temblando y desorientado —continuó—. Ni siquiera podía sentarme a meditar. Cerraba los ojos y veía al Patriarca frente a mí, enorme, listo para aplastarme.
»Caminé por todo el templo, me repetía que solamente tenía que decirle la verdad, no importaba si me costaba la armadura de oro. Lo único que deseaba era que no estuviera siendo demasiado cruel con vos. No me habría perdonado a mí mismo si ese encuentro en la biblioteca resultaba ser el último.
»Cuando por fin pude sentarme y permanecer en un solo lugar pensé en qué y cómo le diría todo al Patriarca. Él me había dado la tarea de ayudar a su discípulo en un área que dominaba a la perfección, pero lo arruiné al dejarme vencer por los sentimientos. Tenía que ser muy cuidadoso con las palabras.
»De pronto sentí un cosmos imponente parado delante de mí. No tuve que abrir los ojos para saber que era él. Hice una reverencia tratando de no caerme por cómo me temblaban las piernas. Lo poco que había planeado decirle se me fue de la mente.
—Shaka, acompañame.
»Fue lo único que dijo antes de darme la espalda y caminar. Lo seguí desconfiado a la par que buscaba las palabras de disculpa. Me metí tanto de lleno en mis pensamientos que si no hubiese frenado el paso habría pisado sus ropas. Inmóvil abrió la puerta del jardín y varios pétalos volaron dentro del templo. El Patriarca siguió caminando y fui detrás, todavía sin una defensa clara.
»Cuando se sentó en una roca me detuve a varios pasos de distancia. Después de acomodarse la túnica se sacó el casco y lo dejó a un costado. Era la primera vez que le veía la cara, no estaba seguro de si era correcto; fue uno de los pocos momentos en que mantener los ojos cerrados fue tan difícil. Verle los mechones flotar en la brisa es algo que nunca voy a olvidar; por un instante incluso me hizo olvidar lo asustado que estaba.
»El Patriarca suspiró y dijo:
—Shaka, no tengas miedo. Ya me esperaba algo así.
»Me hinqué tratando de no llorar ni demostrar mi debilidad infantil.
—Me disculpo por mi comportamiento —dije—. Tal vez no sea suficiente por haber roto una regla tan importante, pero voy a aceptar cualquier castigo, incluso si es necesario dejar el Santuario.
—Jamás permitiría que un santo con tanto potencial se fuera —respondió.
—Quizás yo no sea el más indicado.
—Estás siendo demasiado cruel con vos mismo... Shaka, apenas tenés siete años. ¿Sabés cuántas veces vas a cometer errores en toda la vida?
—P-pero...
—Aunque ya entiendas muchas cosas del ser humano, hay otras que las vas a comprender cuando las vivas.
»Me hizo señas con una mano para que me acercara y obedecí de inmediato. Cuando sentí las caricias en mi cabeza abrí los ojos. Entonces vi mejor la cara del Patriarca: no estaba enojado, aunque en la mirada se notaba la preocupación.
—Confieso que tenía la esperanza de que siguieras las enseñanzas que recibiste y tu interés por Mu no se manifestara de esa manera.
»Bajé la cabeza y apreté los labios. La vergüenza era una tortura.
—Como ya dije, solamente tenés siete años y mucho tiempo para decidir el camino que quieras seguir... Lo único que me preocupa es que los sentimientos se vuelvan un obstáculo.
»Lo del tiempo lo entendí desde el principio, pero haber escuchado de la boca del Patriarca que los sentimientos por vos me traerían problemas era enfrentar lo que siempre traté de ignorar. En ningún momento dudé que fueras la persona más importante para mí, solo tuve miedo cuando me pareció que ya no podría vivir sin vos; después de que me correspondieras dejé de tener dudas. Sin embargo, ahí estaban otra vez las inseguridades, servidas por la máxima autoridad, tu maestro.
—No sé si entendés el significado de lo hiciste con Mu —dijo.
»Me ardía la cara pero intenté responder:
—Es lo que hace... la gente cuando se enamora.
—¿Eso es lo que sentís por Mu?
»Los ojos se me llenaron de lágrimas que se desbordaron antes de poder hacer algo para evitarlo. El Patriarca volvió a acariciarme el pelo y apoyó la otra mano sobre mi pecho para darle calor. Entonces habló:
—Los dos sabemos la respuesta. No tengas miedo de decirlo en voz alta.
»Me sequé las lágrimas y respiré hondo.
—Estoy... Estoy enamorado de Mu.
»El Patriarca cerró los ojos y asintió. Se notaba más tranquilo, cosa que provocó lo mismo en mí, aunque las piernas no dejaban de temblarme.
—Shaka, está bien que sientas eso por Mu, pero ya no es necesario que hagan ese tipo de cosas. No solo es contra las reglas del Santuario, sino que son muy chicos.
»Entendía que lo mejor era esperar a pasar la adolescencia como lo había escuchado decirle al maestro Dohko, aunque no supiera qué era eso. Pero de igual manera no quería separarme de vos, que pasara algo y te hiciera perder la dulzura con la que me tratabas. Pensé que al menos podría permanecer a tu lado y demostrarte cuánto me importabas de otro modo, quizás protegiéndote, como un amigo más.
—Él va a agradecerte eso —dijo el Patriarca.
—¿Q-qué?
—Que quieras protegerlo. Van a ser compañeros, es vital que se defiendan y confíen el uno en el otro.
»Asentí y me peiné el flequillo, tratando de no mostrarme tan avergonzado. Pero al mismo tiempo estaba seguro de que no iba a permitir que nos alejaran. Estar con vos era más importante, tenía que cuidar y apreciar cada segundo que pudiera pasar a tu lado. Aunque esa noche lo hiciste difícil, ni siquiera me mirabas. El Patriarca había sido comprensivo conmigo, pero ¿con vos? Tal vez solamente querías que las cosas se calmaran y lo encontré conveniente.
»Sin embargo, cuando despertamos al otro día volviste a ignorarme. Estaba preocupado de que hubieras recibido un castigo o que estuvieras enojado conmigo. Deseaba que entendieras que no había mentiras en mis palabras: eras la persona que quería e iba a proteger con todas mis fuerzas la sonrisa que no mostrabas. Por eso, cuando no pudiste defenderte de Saga en el entrenamiento me enojé tanto. Perderte era mi mayor miedo.
»Pero teníamos al universo entero en contra y el Patriarca era el encargado de recordárnoslo. Fue menos delicado que el día anterior, pero me habló de la mejor manera para que alguien de siete años no se confundiera.
—Si Mu no se defiende no es asunto tuyo —dijo—. Él tiene que sacar su fuerza oculta como todos los demás. Entiendo que quieras cuidarlo, pero a veces tenemos que dejar a nuestros compañeros atrás para cumplir las misiones.
»Moví la cabeza de manera afirmativa solo para que supiera que lo escuchaba, pero por dentro me dolía imaginar perderte por algo semejante. Me aterraba un futuro posible donde no existiera tu dulzura, sin tu sonrisa ni el brillo de tus ojos verdes cada día.
»El sermón no se extendió demasiado. Salimos al jardín. Bajo los sales gemelos el Patriarca se quitó el casco para observar los árboles. Apoyó la mano en el tronco de uno y levantó la mirada a las ramas. Los pétalos que se desprendían de sus flores bailaban hasta alcanzar el suelo.
—No podemos vivir sin sentimientos —dijo—. Ninguno tuvo la culpa de enamorarse, pero pueden... Deben controlarlos para crecer. Ya renunciaste a muchas cosas, no hay razón para que sea tan complicado.
—¿Tengo... que renunciar a Mu también?
»El Patriarca se volteó a verme. Yo no podía hacer lo mismo, las lágrimas no me dejaban. Pero cayeron cuando él pasó los dedos entre mi pelo y solté un sollozo.
—Tenés lo que todo el mundo desea: el amor de la persona que amás —Me enjugó las lágrimas y continuó—. Se corresponden el uno al otro, no es necesario que renuncies a él. Hay muchas formas de demostrarse cariño.
»Volvió a levantar la mirada a los árboles. Le temblaban las manos. Tomó aire y se dirigió a mí otra vez.
—Si en verdad querés a Mu dejá que se vuelva fuerte por sus propios medios... Solo de esa forma van a crecer y estar un paso más cerca... Van a poder compartir muchos años juntos.
»Después de eso se sentó en la misma piedra que el día anterior y me ordenó buscar algunas flores para un experimento de Aphrodite. Cuando las conseguí me senté a escuchar de qué trataba, pero lo olvidé con el tiempo. Me contó varias cosas de su juventud y misiones que comandó. De un momento a otro el tema fue tus primeros años en Jamir, cómo decidió nombrarte su discípulo, además de otros detalles que me pidió guardar en secreto.
Me puse de pie en un movimiento rápido. Shaka me miró confundido.
—¿Lo sabías? —le pregunté.
Él apoyó las manos sobre el alféizar y volvió la vista al frente.
—¿Que si fuera por linaje serías el verdadero Patriarca? Sí, lo supe todo el tiempo.
—¿Por qué no me lo dijiste? —le reproché.
—Fue por tu bien.
—Ya me cansé de esa excusa.
—Si no lo hubiéramos hecho quizás no estarías acá ahora.
—Habría sido lo mejor.
—¿Qué?
Salí del cuarto mientras Shaka me llamaba. Yo mismo lo había buscado, pero enterarme de todas las mentiras y secretos que atravesaban mi vida me pareció un exceso. Ya no era el nene inseguro que no confiaba en su propia fuerza, aun así había detalles que no soportaba. Shion, el maestro con quien compartía sangre, y Shaka, la única persona que amé, fueron los que más daño me hicieron; ni el dolor que más adelante sentiría se comparaba al provocado por ellos.
Cuando llegué a la entrada del templo Shaka me agarró del antebrazo y comenzamos a forcejear. Para mi desgracia las heridas que yo mismo me provoqué eran muy dolorosas.
—Mu, por favor, dejame explicarte.
—Ya tuve suficiente.
—Es necesario, por favor.
—¿Para qué? ¿Para tener más motivos que me hagan perderle el respeto a Shion y quererte lejos de mí?
Por fin me soltó. Las vendas se mancharon con sangre; Shaka también tenía en las manos. Le hice ver que en serio estaba molesto y dio un paso atrás. De no haber sido porque noté la presencia de Shun que acababa de llegar le habría dicho más cosas.
—Buen día, Mu.
—Buen día —respondí tratando de sonar como siempre.
—¿Te sentís mejor?
—Sí... Gracias.
—Qué bueno... El Santuario va a estar más seguro con otro santo de oro. Por suerte todo está tranquilo estos días.
—¿Participás del patrullaje?
—Sí, es lo menos que puedo hacer. Además, yo también soy un santo de Athena... aunque ahora no tenga mi armadura —dijo en tono bajo.
—Es verdad. Perdón, todavía no la arreglé.
—No hay problema. Apenas despertaste ayer, no te exijas demasiado.
—Es mi trabajo. No voy a tardar mucho.
Giré para entrar al templo, pero Shaka volvió a detenerme. Lo miré molesto y él hizo lo mismo. No supe cuánto tiempo duró ese enfrentamiento, me pareció una eternidad en la que pensé todo lo que me hubiera gustado gritarle, alejarlo para siempre, y a la vez me estremecía con esos dos cielos sobre mí.
—Prometí que iba a dar la sangre —dijo en el tono ronco que me fascinaba.
Odiaba que me encantara tanto cuando hacía eso. Comencé a creer que había descubierto una debilidad y se aprovechaba. Me sentí burlado, lo obligué a soltarme y levanté el mentón unos milímetros.
—¿Tanta confianza tenés que vas a aguantar?
Él sonrió de medio lado.
—¿Te das cuenta de a quién se lo preguntás?
—Te conozco por romper promesas. Podés hacer lo mismo con esta.
No tardé demasiado en arrepentirme de mis palabras, pero no iba a demostrarlo. Quería ver a Shaka indefenso, arrodillado pidiendo perdón otra vez de ser necesario. Necesitaba una prueba de que todavía quedaban restos del santo de Virgo que amaba.
—Eh... Perdón por interrumpir —dijo Shun con timidez—. Creo que es un mal momento. Puedo esperar hasta que las cosas mejoren.
—¿Eso es lo que querés? —me preguntó Shaka— No te voy a dar el gusto, Mu de Aries.
—Tal vez no-...
—Ya no espero nada de vos, Shaka de Virgo.
—No pensé que pudieras ser tan resentido, Mu. Ni siquiera dejás que te explique.
—¿Querés mi perdón? Está bien, te perdono. Pero no quiero verte por un tiempo.
—M-Mu...
—¿Planeás irte otra vez y desobedecer las órdenes de Athena?
—No te preocupes por mí. Sé cuidarme solo. Ya no te necesito como mi niñera.
—¿Y como algo más?
—Creo que mejor me-...
—No sos el centro del universo —le respondí—. Puedo vivir sin vos. Lo hice por trece años, voy a poder hacerlo el resto de mi vida.
—No lo acepto.
—No es mi problema.
—Sí lo es, Mu. Por tu culpa estamos en esta situación.
—¿Disculpá? ¿Escuché bien? ¿Dijiste que es mi culpa? Creo que yo no fui quien se unió al Patriarca, selló los recuerdos y sentimientos de alguien para que viviera una mentira por trece años. ¿O es que los supuestos recuerdos que me devolviste también son falsos?
—Fue por tu bien —respondió inalterable.
El calor me subió por el cuello. Respiré agitado de la impotencia de no poder golpearlo ni llorar. Quería escapar del dolor, pero Shaka no me lo permitía. Era demasiado. Aunque deseara estar a su lado me costaba soportarlo.
Entré a paso rápido a mi templo y dije sin voltearme:
—Si vas a ayudar, esperame en el taller.
Continué para llegar lo más pronto posible a la biblioteca. Apenas descendí el último escalón las lágrimas que ya no soporté cayeron. Mis sollozos se hicieron eco, me tapé la boca; la otra mano la llevé al abdomen. Me arrodillé temblando. El aire llegaba escaso a mis pulmones. Estaba mareado y las lágrimas no dejaban de salir.
Miré al rincón donde Shaka y yo nos dimos el beso que desencadenó todos los problemas que siguieron en nuestra historia de amor. Nos veía claramente con los dedos entrelazados mientras nos besábamos y sonreíamos. Me toqué los labios; todavía deseaba probar los de Shaka una vez más. Luego me puse de pie para sentarme en el rincón.
La biblioteca era amplia, pero no tanto como creía a los siete años, y hacía frío. Me abracé las rodillas. Quedé con la cara escondida un rato largo, hasta que las lágrimas se secaron y volví a respirar tranquilo. No quería salir, aunque tampoco podía retrasar más el trabajo. Cuando me decidí a enfrentar mi destino pasé por el baño a lavarme la cara y practiqué mi mejor expresión indiferente delante del espejo.
Llegué al taller sin darme cuenta. Cerré los ojos para mentalizarme y enfrentar lo que fuera. Entré; Shun estaba parado contra una pared y Shaka en posición de loto frente a la armadura de Andrómeda. No dije nada, fui directo a preparar los materiales que dejé sobre el escritorio. Agarré las herramientas y suspiré.
—Ya está todo —dije—. Solo falta la sangre.
Shaka no habló, pero comenzó a quitarse los protectores del brazo derecho.
—Mu, en serio, puedo esperar —dijo Shun.
—Tal vez puedas, pero no sabemos cuándo vamos a tener que defender al Santuario
Entonces Shaka se levantó; frente a la armadura se cortó la muñeca que comenzó a sangrar. Ni un gesto de dolor hizo siquiera. Shun lo observaba con preocupación en la cara. Yo me concentré en la sangre que teñía a Andrómeda de rojo. Me transportó a los días de entrenamiento, a todos los cortes que se marcaron en mi piel. Tantos intentos fallidos y ahí estaba Shaka como si estuviera acostumbrado o tuviera litros de sangre extra. Para ser la primera vez lo soportaba mucho mejor que yo en las prácticas con Shion. Aparté la mirada cuando aparecieron en mi mente algunos fragmentos del día que selló mis recuerdos.
Sentí que elevó el cosmos aunque no fue mucho. Entonces pensé que quizás él sabía más de lo que imaginaba, sumado al hecho de que habían pasado muchos años para conocer sus propios límites; incluso yo aguantaba mejor la pérdida de sangre a comparación a mi época de aprendiz. Pero Shaka siempre había sido increíble e inalcanzable. ¿Por qué no podía mostrarse humano como los demás? Si no hubiese sido por la sangre que derramaba habría creído que había dejado de serlo.
No quería que Shaka se hiciera fuerte. Me gustaba aquel nene inocente que al reír se le ponían los cachetes rojos cubiertos de tierra. Pero ya no existía y había sido mi culpa. Si tan solo yo me hubiera hecho fuerte cuando era necesario, Shaka quizás habría conservado esa sonrisa. Cerré los párpados y me pregunté si existía la posibilidad de recuperarla.
—¡Shaka!
Escuché a Shun llamarlo. Volví a verlo: Shaka estaba pálido, hasta le costaba mantener el flujo del cosmos para no quedar inconsciente. Shun lo sostuvo con una mano en la espalda y puso la otra delante de su pecho aunque sin tocarlo. Le temblaban las piernas, apenas podía estar parado. Presenciar los momentos humanos del hombre más cercano a los dioses me resultaba placentero; me provocaba abrazarlo con todas mis fuerzas.
Una voz en la cabeza me decía que lo dejara así un poco más, pero, por suerte, mi lado racional seguía incorrupto. Tras soltar un suspiro me acerqué a él para cerrarle la herida y dejó de sangrar. Estuvo a punto de desplomarse en el piso, pero Shun alcanzó a sostenerlo. Luego busqué el botiquín.
—Shaka, perdón por hacerte llegar a esto —le dijo Shun.
—Lo había... prometido.
—De todos modos, ni siquiera comiste como se debe estos días. Fue muy arriesgado.
Volví para limpiarle los restos de sangre que le quedaron en la muñeca. Después hice que la armadura lo abandonara. Pasé su brazo por atrás de mi cuello para que se incorporara.
—No te preocupes, Shun. El santo de Virgo está acostumbrado a hacer sacrificios por el bien de los demás.
—Solo por... los que considero que vale la pena —dijo Shaka.
—Parece que te ganaste su simpatía.
Le pedí a Shun que buscara un poco de agua mientras llevé a Shaka a mi cuarto para que descansara. Me quedé con los ojos fijos en sus labios que habían perdido el tono durazno tan tentador para mí. Poco a poco me acerqué a ellos, como si al besarlos recuperarían el color natural. Pero me detuve a mitad de camino cuando Shaka me miró. Una sensación fría me recorrió todo el cuerpo.
No avancé ni retrocedí. Incluso cuando Shaka puso la mano en el costado de mi cara continué inmóvil. Él intentó acercarse, pero deshice su agarre de manera delicada. Arrugó el ceño y dijo:
—El Patriarca quería que fueras fuerte... El más fuerte para que vivieras... el mayor tiempo posible.
Quedé en silencio sin esquivarlo. Se notaba en su cara que también le dolía recordarlo; fue un golpe en el pecho. Quería decirle que lo entendía, que ya no importaba, lo había superado hacía mucho, pero mi garganta no dejaba salir las palabras.
—Acá está el agua —dijo Shun a la vez que entraba y dejó el vaso junto a una jarra sobre la mesa al lado de la cama.
A pesar de haberlo escuchado lo ignoramos. A Shaka ni siquiera le importó que supiera de los asuntos que solo nos incumbía a nosotros.
—Él me explicó que los sentimientos afectan tus poderes mentales y que tenía que ser cuidadoso con mis palabras y acciones... Siempre y cuando fuera así, podría estar con vos. Entonces le prometí que iba a protegerte para que pasaras el arte de reparación a una generación nueva, que nunca te iba a permitir hacer sacrificios innecesarios... Pero... tuve miedo de que me alejaras para siempre. No quería... No quería perderte... y pensé que... era lo que intentabas hacer.
Sin comentar nada lo ayudé a sentarse; después a tomar un poco de agua. Le acaricié el pelo e intenté salir del cuarto. Shaka me agarró de la mano. Me giré a verlo; todavía temblaba.
—Dije que por vos... me enfrentaría yo solo a los dioses... Eso no cambió.
Lo obligué a soltarme y que volviera a recostarse. Su mirada era la misma que la tarde que selló mis recuerdos. Apoyé la mano sobre su pecho para tranquilizarlo con mi cosmos. Luego me dirigí al santo de Andrómeda.
—Shun, cuidalo mientras arreglo tu armadura.
—Ah... S-sí.
Salí lo más rápido que pude y no paré hasta estar en el taller. Me recosté contra una pared, tomé aire; Shaka no era el único que temblaba. Sacudí la cabeza varias veces, me abofeteé la cara, hasta me estiré del pelo. ¿Por qué dejaba que tuviera ese efecto en mí? Era irritante y me sacaba la voluntad de realizar incluso las tareas más sencillas.
—No puedo seguir así —dije con la frente pegada a la pared.
Me incorporé, tomé aire y me convencí de que pronto lo superaría. Antes de ponerme a trabajar me cambié las vendas y preparé té. Entonces comencé. Al principio cometí errores de novato, no lograba concentrarme, me vi obligado a dar un par de vueltas en el taller antes de continuar.
Después de un rato apareció Shun y se sentó en el piso de frente a mí, con la armadura en el medio. Dijo que Shaka se había quedado dormido. Le di permiso para quedarse, de todas formas estaba acostumbrado a que me vieran trabajar -tal vez gracias a eso fue que pude meterme de lleno en mi labor. Unas dos o tres veces Shun fue a asegurarse de que Shaka estuviera bien y regresó siempre sin encontrar cambios.
Me detuve un momento a descansar. El santo de Andrómeda me sirvió té y volvió a su puesto de espectador.
—Tengo entendido que aprendiste a arreglar las armaduras por el Patriarca Shion, ¿o me equivoco?
—Así fue. Es una tarea que Athena le encomendó a los muvianos. Quedamos tan pocos descendientes que soy el único que puede hacerlo ahora... al menos hasta que Kiki pase la prueba, aunque todavía le falta un tiempo.
—¿Cómo era el Patriarca de maestro?
—Hmmm... Había días en que era muy estricto. No dudaba en tirarme piedras que podrían aplastarme hasta la muerte para que las destruyera.
—Nadie se salvó de ese tipo de entrenamientos mortales —dijo risueño—. ¿También se lo hiciste a Kiki?
—Un par de veces. Por lo general era yo quien recibía las piedras.
Shun rio y yo sonreí al recordar a mi pupilo.
—Kiki debe tenerte mucho cariño. Al verte me da una sensación parecida a la que tenía cuando estaba con mi maestro. Él también era muy exigente, pero nunca dejó de creer en mí.
Lo observé unos segundos.
—Tenés algo diferente a otros santos que haya conocido. Tal vez tu maestro vio ese potencial.
Pasé la mano sobre la hombrera de la armadura.
—¿Cuál es tu constelación guardiana aparte de Andrómeda?
—¿Mi constelación? Ah... Soy Virgo.
Me mordí la lengua para no hacer un comentario inoportuno. La cara de Shun se puso roja. Le di un sorbo al té y dejé la taza sobre el escritorio. Agarré las herramientas para continuar el trabajo. Por algunos minutos lo único que se escuchó en el taller fueron los golpes sobre el metal.
—Mu, no quiero ser entrometido, pero...
—No te preocupes —le dije—. Shaka y yo discutimos seguido. No es algo fuera de lo normal.
—¿Y eso está bien? Es decir... son santos de oro, de los más poderosos del Santuario... Creo que deberían ser buenos compañeros para que nadie pase la defensa.
—Yo creo lo mismo. Pero no es fácil superar trece años de conflicto.
Shun se abrazó las piernas.
—No estoy al tanto de todo lo que pasó hace trece años... Pero... ¿Cómo decirlo? Eh...
—Está bien —dije—. No es un secreto lo que pasó entre nosotros.
—P-perdón —dijo ruborizado.
—No hay razón para que te disculpes.
—Hum... Shaka no me dio muchos detalles, solamente dijo que selló tus recuerdos para que fueras el santo de Aries y que por eso ya no pudieron... estar juntos.
—Tal como escuchaste, los sentimientos interfieren con mis poderes mentales. Cuando era un aprendiz no tenía el control que tengo ahora, eso estaba retrasando mi desarrollo... y el de Shaka. Mi maestro se preocupó por todos los problemas que nos generaba. Sellar mis recuerdos con Shaka fue la última alternativa.
—Y ahora que recordás todo, ¿sigue siendo un problema?
Frené la cincelada de golpe. Me desconecté de la realidad por un segundo. No me había puesto a pensar en eso hasta que Shun lo preguntó. Shaka aseguraba que sus sentimientos por mí no habían cambiado. ¿Y los míos? Me atraía, lo consideraba alguien muy valioso y atesoraba los recuerdos que había recuperado, pero había algo más que me impedía llegar a una conclusión.
—Es lo que me gustaría saber.
—*—*—*—
Las pestañas largas y los labios separados de Shaka eran hipnóticos. Tenía la seguridad de que podría pasar horas sin aburrirme delante de su belleza. Era hermoso, tanto que si no hacía el esfuerzo hubiera hecho algo de lo que me habría arrepentido. Se veía tan indefenso. Quería abrazarlo. El corazón se me ponía como loco con cada segundo que pasaba observándolo.
—Shaka —lo llamé suave—, es mediodía.
No hubo ningún cambio. Me mordí el labio. Habían pasado horas desde que dio la sangre y apenas había bebido agua. Con cuidado le tomé el pulso en la muñeca; estaba bien.
—Shaka —volví a llamarlo—, tenés que comer algo.
Nada.
Me masajeé la nuca. Que despertara a comer era lo mejor, pero no quería perder esa cara durmiente luego de tantos años sin haberla visto. Entonces lo dejé y salí de la habitación. En ese instante apareció Aldebarán con un cesto lleno de verduras y otros alimentos.
—Me enteré de que Shaka dio su sangre para que arreglaras la armadura de Andrómeda.
—Ah, sí. Todavía está durmiendo.
—No me extraña. Pasó días sin dormir por cuidarte —dijo riendo—. Y ahora vos lo cuidás a él.
—Supongo... que estamos a mano.
Aldebarán me dio una palmada en el hombro.
—Y yo los voy a cuidar a los dos.
—¿Ah?
—Yo me encargo del almuerzo.
Acompañé a mi amigo de Tauro a la cocina, donde le ayudé a cortar verduras y otras cosas para la comida. Era la primera vez que compartíamos ese tipo de actividad, aprovechamos para conversar sobre distintos platos, intercambiamos consejos y reímos. Aldebarán siempre tenía ese efecto en la gente; hacerle a uno olvidar sus problemas era un don natural que tenía.
—Ya terminé con las batatas —le dije—. ¿Con qué sigo?
—Con las zanahorias. Tratá de cortarlas en cubos. Shaka no las come de otra manera.
Lo miré extrañado.
—¿Qué?
—Es la única forma de que coma zanahoria —explicó—. Parece raro, pero hasta alguien como él tiene esas manías.
No comenté nada más y procedí a hacer lo que me había pedido. Mientras cortaba no dejaba de pensar en lo extraño que era ese gusto. No sabía si era porque tenía que ser sí o sí de esa forma, o porque Aldebarán conocía algo tan poco común de Shaka y yo no tenía idea. Me hizo preguntarme cuánto me había perdido en todos esos años, qué otros hábitos del caballero de Virgo me faltaban por descubrir. ¿Qué cosas podía mostrarle yo? Hasta ese momento no lo había considerado. Haber crecido significaba cambios. Quizás algunos no le parecerían agradables y esa idea me incomodó bastante.
—Ya vas a tener tiempo de conocer mejor a Shaka —dijo Aldebarán de la nada.
—¿Qué... querés decir?
—¿No es lo que estás pensando?
—No ocupo mis pensamientos en ese tipo de cosas —respondí con la mirada fija en la zanahoria y el cuchillo.
Aldebarán rio y la cara se me puso roja.
—Eso mismo decía él. Puede que sea reservado, pero si lo tratás bien con el tiempo entra en confianza... Aunque vos lo sabés mejor que nadie.
—Ya no nos llevamos como antes.
—Verdad... Pero tampoco son los mismos. Después de tantos años es normal que las personas cambien... Aunque...
—¿Aunque...?
—Shaka podrá haber hecho cosas cuestionables y manchado la imagen que tenías de él, pero hay algo que no cambió.
—¿Qué?
—Su deseo de protegerte siempre.
Estuve a pocos milímetros de rebanarme un dedo. Con cada latido el calor de mi pecho comenzó a subir. Era una sensación dulce y amarga. Me relamí los labios, nervioso.
—No creo que... sienta eso —dije retomando lo que hacía.
—Incluso nosotros necesitamos que nos protejan... Hasta Shaka... Haber negado tanto sus propios sentimientos fue una manera de protegerse a sí mismo del dolor que le provocaba tenerte lejos.
El mango del cuchillo se puso resbaloso.
—No creo que deba meterme en sus asuntos —continuó Aldebarán—, pero... fueron años de verlo al atardecer en la entrada de Aries, con la esperanza de que aparecieras a lo lejos. No es algo fácil de ignorar.
Cerré los párpados unos segundos para controlar las emociones que se revolvían en mi interior. Solté el aire por la boca y pregunté:
—¿Shaka... fue a buscarme alguna vez?
Aldebarán pensó la respuesta.
—Sí... Pero falló en la misión.
—¿Iba a matarme?
—Era la idea... De no haber sido por el maestro Dohko ni siquiera habría vuelto al Santuario después de eso.
—¿Quiso renunciar? —le pregunté mirándolo a la cara.
—Es mejor que se lo preguntes a él. No ahora, no es algo fácil de tratar, pero más adelante quizás se anime a hablarlo.
Traté de aparentar que nada me afectaba -quizás Aldebarán también fingió no darse cuenta.
Luego de almorzar con mi amigo de Tauro fue hora de que Shaka también comiera. Serví un poco de sopa y fui a mi cuarto. Shaka estaba sentado, todavía lívido, con la mirada del otro lado de la ventana. No recordaba la última vez que lo había visto tan frágil, a lo mejor desde aquella misión en la que estuvo a punto de morir por mi culpa.
Agarré más fuerte la bandeja y entré. Él me miró en silencio. Dejé la comida en la mesa, le toqué la frente tibia. Sus ojos me supieron enormes. Le tiré el flequillo hacia atrás para luego retroceder un paso.
—¿Cómo te sentís? —le pregunté.
—Bien —respondió con la voz apagada.
—Te traje comida. Te vas a sentir mejor después de comer.
Mientras Shaka almorzaba me paré junto a la ventana a pensar en todo. Llegué a considerar volver a Jamir, pero descarté la idea que me pareció un escape sin haber luchado. Así sentía mi relación con Shaka: una lucha constante en la que no estaba seguro de qué ganaría, solo entendía que perdería la sonrisa más preciada para mí. Me llevé una mano al pecho. Era sofocante pensar en la posibilidad, especialmente al creerme tan cerca de que ocurriera. «¿Contra qué peleo?», me pregunté. Shaka me había confirmado varias veces que me amaba, pero yo dudaba incluso del deseo a mantenerlo lejos.
Salí de mi mente para ver al santo de Virgo en mi cama. La sonrisa que tenía me hizo cosquillas en el estómago y me froté el brazo.
—¿Qué pasa? —le pregunté.
Él no le sacaba los ojos de encima a la sopa.
—Aldebarán es el único que sabe cómo me gustan las zanahorias... Pero sus cubos son más grandes e irregulares.
Volteé el rostro y me crucé de brazos. Me molestaba que notara tantos detalles.
—Parece que se llevan bastante bien —comenté.
—Él siempre fue diferente al resto... Tal vez gracias a que mantuvo contacto con vos.
Lo miré de nuevo.
—Por haber compartido cuarto y pasar tiempo juntos, no podía ocultarme muchas cosas —dijo— y yo a él tampoco.
—¿Qué... cosas?
Shaka revolvió suave la sopa; juntó un poco con la cuchara y se la llevó a la boca. Respiró tan profundo que el pecho se le hinchó.
—Después de aquella noche que discutimos en el pasillo de los dormitorios empezaron a circular rumores... Incluso en el entrenamiento escuché algunos comentarios, pero opté por ignorarlos.
»Sin embargo, durante el descanso las burlas de Deathmask y las preguntas de nuestros compañeros comenzaron a colmarme la paciencia. Me limité a responder que no sabía de qué hablaban. Pero ellos insistieron al punto de hacerme decir algo de lo que me arrepentí enseguida:
—Mu no me interesa en lo absoluto.
»Luego fui a esconderme a nuestro cuarto. Lloré mientras veía el jardín que Aphrodite había plantado, me reprochaba por no haber dicho la verdad. «Sí, quiero a Mu más que a nadie en este mundo», no era tan complicado de decir, especialmente al ser cierto. Aunque el Patriarca lo sabía, no creí correcto ser el único que escapara a la regla. De no haber estado prohibido quizás lo hubiera dicho, pero ya era tarde.
»Entonces la puerta se abrió y me sequé las lágrimas.
—Ah, Shaka —dijo Aldebarán—, así que estabas acá. Menos mal.
»Traté de no mirarlo, pero él se me acercó y ofreció una flor de loto hecha de papel. Quise preguntarle qué significaba eso, la voz no me salió.
—Es origami —dijo—. Fue mi quinto intento.
»Me mostró más papeles de colores con diseños diversos y sonrió.
—¿Querés que te enseñe?
»Nos sentamos en el piso para mostrarme cómo hacer la flor. Se le complicó un poco y no le quedó bien, así que prefirió enseñarme a hacer una grulla. Hicimos cuatro cada uno, ninguna se parecía a la anterior, pero fue divertido intentarlo.
—Si practicamos seguramente nos van a salir mejor —dijo con confianza.
—¿Cómo aprendiste... origami? —le pregunté.
»Agarró otro papel y comenzó a doblarlo a medida que hablaba.
—Me enseñó Mu... A él le salen muy fácil.
»Agaché la cabeza por las dudas de que las lágrimas se me escaparan; solo escuchar tu nombre tenía ese efecto en mí.
—No te preocupes —dijo Aldebarán de repente—. Si lo querés de verdad y él también te quiere se van a amigar muy pronto.
»No dije nada para no levantar sospechas. Al menos sus palabras me tranquilizaron. Quise creer que era verdad y todo volvería a ser como antes.
Shaka sonrió triste y levantó la cara con los ojos cerrados en mi dirección.
—Todavía lo creo.
Miré a un costado. Comenzaba a hartarme de la presión en los ojos y la molestia en la nariz, signos de que en cualquier momento iba a llorar. Quería preguntarle por qué todavía sentía eso por mí si había sufrido tanto. «No quiero que vuelvas a pasar otra vez por ese dolor», dije para mis adentros.
Entonces comprendí la razón de estar frente a la persona que más amé, tan cerca y lejos en la misma habitación, incapaz de mirarlo. De solo imaginarme dando un paso hacia él sentía que las piernas se me rompían, la garganta se me cerraba y el pecho se abría a la mitad. Prefería morir antes que arriesgarme.
Shaka continuó su almuerzo en silencio. Yo estaba helado, pero con un fuego que me cocinaba por dentro. El sonido del plato sobre la bandeja me hizo reaccionar. Shaka se levantó de la cama.
—Vuelvo a mi templo —dijo mientras acomodaba las sábanas—. En este estado soy más un estorbo que ayuda.
—¿Vas a poder llegar?
—Solamente son... ¿Cuántos? Unos cientos o miles de escalones.
Suspiré.
—Te acompaño.
—No es necesario.
—Sé lo que es dar sangre para una armadura —dije serio—. Aunque seamos santos de oro seguimos siendo humanos.
Shaka no volvió a quejarse y permitió que lo acompañara. El camino a Tauro fue silencioso, recién cuando entramos se rompió el mutismo y gracias a Aldebarán. Le pedí que custodiara mi templo; él dijo que no fuera tan duro con Shaka. Cuando salimos regresó el silencio. No había nada para hablar, o quizás quería evitar todo lo que podíamos tratar.
De pronto Shaka quedó varios escalones abajo. Volteé a verlo: intentaba recuperar el aliento.
—Estoy bien —dijo agitado—. Solamente necesito unos segundos.
Negué con la cabeza y bajé. Pasé su brazo detrás de mi cuello, lo levanté para que caminara. No supe si temblaba porque todavía estaba débil o por la cercanía conmigo. Mucho menos entendí la razón de que mis piernas también se pusieran así.
Cuando llegamos a Géminis Shaka se sentó.
—Lo admito —dijo—: tenías razón. Es bastante complicado.
Se pasó los dedos sobre la muñeca, donde se había cortado. Poco a poco su expresión endureció.
—Aquella mañana cuando el Patriarca fue a buscarme, no imaginé que sería... para definir el resto de nuestras vidas.
Le di la espalda y volví a caminar.
—Sigamos —le dije—. A este paso nunca vamos a llegar a Virgo.
Hice varios metros, pero al no escuchar pasos atrás frené a asegurarme de que Shaka estuviera bien. Seguía sentado.
—Shaka, levantate.
—No puedo —dijo avergonzado—. No siento las piernas.
Lo agarré del brazo para levantarlo, pero fue imposible.
—Dejá de hacer fuerza hacia abajo.
—No estoy haciendo nada.
—Algo tenés que estar haciendo. No puedo moverte.
Entonces noté que todo el cuerpo le temblaba. Él se percató de lo mismo y juntó las manos en el pecho.
—Estoy bien... Solamente necesito descansar unos minutos.
Me coloqué detrás de él y lo abracé por la espalda. No sé qué expresión puso, pero los temblores se detuvieron un instante para regresar con más fuerza. Elevé un poco el cosmos para darnos calor.
—¿Qué te dijo Shion aquel día?
Shaka respiró hondo, sentí cómo el tórax se le expandió y regresó al tamaño de antes.
—Me llevó a la casa de Virgo —dijo monótono—. Tenía la impresión de que no iba a ser tan compasivo como las veces anteriores.
»En la biblioteca me pidió que le explicara lo que había pasado en el pasillo de los dormitorios. No le mentí, le dije cuán preocupado y dolido estaba; tuve que esforzarme para no llorar ni que el temblor de las piernas me hiciera caer. Pensé que iba a decirme que era una tontería, algo de lo que me reiría al crecer, pero fue todo lo contrario:
—Aunque el amor nos dé felicidad, también trae dolor. Es parte de la vida misma. Estoy seguro de que lo entendés... ¿Te arrepentís de tu decisión?
—No me arrepiento... Solamente... es difícil querer a Mu.
—Para él también lo es. Los sentimientos que tiene por vos están en conflicto con su deber como futuro santo de Athena.
—¿Debería irme? —pregunté cabizbajo.
—Estás muy cerca del objetivo. En todo caso, Mu es quien debe esforzarse más.
—Pero soy un obstáculo para él.
—Es verdad —dijo tranquilo. Me dolió que lo confirmara—. Pero él está en falta por no superarlo... ¿Se te ocurre alguna manera de ayudarle? Que no sea abandonar el Santuario.
»Por alguna razón, lo primero que me vino a la mente fue decirte una mentira, como que no te quería. Se me escapó una lágrima que enseguida sequé. Pensé en cosas más simples: cambiarme de dormitorio o entrenar en horarios distintos, en caso de que lo hicieras. Pero todo me parecía un golpe en el pecho. Lo odiaba, aborrecía tanto esa sensación que incluso me daba ganas de arrancarme el corazón.
—¿No hay una forma... de sacarme estos sentimientos?
»El Patriarca guardó silencio unos segundos.
—No es necesario abandonarlos —dijo—, basta con olvidarlos un tiempo.
»Lo miré confundido. Agarró un pergamino del escritorio y me lo entregó. Con un movimiento de cabeza me dio a entender que lo abriera. Lo primero que vi fue el dibujo de una daga. Algo me decía que mejor no leyera, pero ignoré ese mal presentimiento y me arrepentí a las pocas palabras.
»No recuerdo qué decía con exactitud. Contaba la historia de un par de santos de oro que se habían enamorado. Como eran claves en la estrategia de Athena, no se atrevió a castigarlos. Habló con cada uno por separado y lograron conmoverla. Así que buscó la manera de ayudarles. Fue con el herrero de esa época para que fabricara una daga con restos de su cosmos y el deseo de que sus santos enamorados pudieran ser felices en el futuro. Cuando estuvo terminada Athena le explicó a la pareja cómo funcionaba el arma: uno de ellos olvidaría todo lo que vivieron juntos hasta que pasara la guerra santa. Los santos dudaron, pero entonces pensaron: si pudieron enamorarse una vez podrían hacer de nuevo. Así, uno selló los recuerdos del otro y ya no hubieron obstáculos en sus misiones.
»Cuando leí los primeros pasos del ritual no soporté el dolor de estómago. Me puse en cuclillas y lloré. Me daba miedo olvidarte, pensar que cambiaría mi forma de ser, de ver el mundo. Todo era más divertido con os, no quería perderlo. Sin embargo, sabía que si no pasabas el entrenamiento no te volverías el santo de Aries y perdería para siempre aquello que me hacía tan feliz.
»El Patriarca me levantó del piso y me acarició la espalda a medida que las lágrimas le mojaban el hombro. Con cada toque compartía un poco de su cosmos conmigo; lentamente logré tranquilizarme. Entonces dijo con voz suave:
—El olvido da miedo, pero si el amor es verdadero el sello se va a romper algún día... Te lo aseguro.
»Luego de eso no salí del templo de Virgo; lo pasé con el pergamino enrollado frente a mí, sin tocarlo. Ni siquiera intenté meditar. Quería olvidar, el menor por unas horas, que había nacido como un iluminado y ser lo más humano posible, perdido en el cielo cambiante. Al atardecer pensé que me hubiera gustado ver más veces tu cara iluminada por los últimos rayos del sol. Si te olvidaba o vos a mí, ¿tendría otra oportunidad para hacerlo? ¿Me dejarías peinarte? ¿Volvería a caminar a tu lado de la mano siquiera?
»Me limpié el rostro húmedo y volteé a ver la estatua de Athena con los colores del atardecer. Cuando me separaron de mi madre me dijeron que había nacido para proteger a una diosa que nunca había visto, pero, de cierta forma, la sentía familiar. Jamás cuestioné por qué me sometían a un entrenamiento tan duro o por qué tenía que sacrificar tanto. Ver la estatua me hizo pensar en todo eso.
—Yo te voy a defender —dije—, no importa si tengo que ir al Inframundo... Pero... por varo, dame una oportunidad más... para estar con Mu.
»Escondí la cara entre las rodillas al borde del llanto.
—Sé que está mal... Pero no defenderías al amor si estuvieras en contra de él... Por eso, por favor... Aunque tenga que volver a nacer, no me importa, con tal de ver a Mu una vez más
Una gota me cayó en el antebrazo, le siguió otra y otra más. No podía verlo, pero imaginé que el rostro de Shaka estaba desbordado de lágrimas que mojaban mis vendajes.
—Más tarde cuando el Patriarca volvió para preguntarme lo que había decidido, le dije que prefería ser quien conservara los recuerdos. De esa forma yo no sería una distracción para vos, pero estaría cerca por si... me necesitabas.
Shaka hizo una pausa en la que tomó aire antes continuar.
—Desde ese día comencé a prepararme. Tenía que aprender cada paso del ritual bajo la supervisión de su Santidad.
»Necesitaba evitarte para no pensar en vos y que mis sentimientos se hicieran más fuertes. Era difícil. Me animaba a mí mismo diciendo que era lo mejor para vos. Fuera de eso el resto no me resultó complicado. Aunque no estaba seguro de que me animaría a hacer el corte cuando llegara el momento.
»Aquella mañana me desperté temprano, el sol ya había salido y no necesitaba encender la lámpara. Me senté en la cama. Aldebarán, como de costumbre, había tirado las sábanas al piso. Vos dormías boca arriba, con una mano sobre el pecho. Me levanté para verte más cerca. Tenías los labios un poco separados. La manera lenta en que tu pecho subía y bajaba me dieron ganas de acostarme a tu lado, pero hasta no pasar por el ritual no podía tener tanto contacto con vos.
»Verte dormir tan tranquilo, ajeno a todo dolor, me hizo sentir afortunado: al menos tuve la oportunidad de conocerte y que me mostraras tu sonrisa. Me hacía pensar que si pude sentir eso, mucha gente más podría; entonces estaba seguro de mi decisión, había sido la correcta. Lo único que me quedaba era esperar a que algún día recordaras y entonces tal vez volveríamos a estar juntos.
—¿Ya hablaste con él?
»La voz de Aldebarán me tomó tan de sorpresa que estuve a punto de caer sentado al piso. Él sonreía a la espera de una respuesta.
—Mu quería disculparse por lo que pasó hace varias noches.
»Traté de no recordar nuestra discusión en el pasillo. Me sabía mal sellarte los recuerdos teniendo asuntos pendientes. Me asustaba que lo recordaras y por eso no quisieras hablarme.
—No te preocupes —me dijo—. Te veo tan arrepentido como él. Seguro no va a hacer falta que se disculpen.
»No creí que fuera así de sencillo, más por iba a hacer esa tarde. Estaba intrigado por qué Aldebarán pensaba de esa manera. Me senté frente a él, temeroso de mirarlo a la cara.
—Mu me va a odiar.
—¿Qué decís, Shaka? Eso es imposible. Él te quiere mucho y se nota que sentís lo mismo por él.
»Entonces le expliqué la situación; me mantuve fuerte para no llorar. Incluso él se entristeció. Sacarlo todo me hizo mentir mejor, pero la amargura no se me iba.
—¿Vas a soportar ver a Mu sin sus recuerdos?
—Tengo que hacerlo... No sé si algún día vaya a recordarme, pero es lo mejor.
—Para sacrificarte de esa forma debés quererlo mucho... Pero es lindo.
—¿Lindo?
—Solo tenemos permitido amar a Athena y ustedes pudieron sentir eso por alguien más —Sonrió—. No entiendo mucho eso que te dicen, lo de ser un iluminado, pero suena a algo muy importante... Así y todo te enamoraste de Mu sin importar sus defectos... Al final seguimos siendo humanos que aman a otros humanos. Que te sacrifiques así significa que vos también protegés el amor.
»Puso una mano sobre mi hombro y su sonrisa se hizo más ancha.
—Los santos traen esperanza al mundo... Si vas a ser uno, no la pierdas.
»Pensé en esas palabras todo el día para mantenerme firme. Pero cuando llegó el momento y apoyé la punta de la daga en tu piel me llené de dudas. ¿Por qué tenía que dejar de quererte? Decían que Athena protege el amor en la Tierra, pero nos lo prohibía a nosotros que debíamos defenderlo. No quería separarme de vos. No sé por qué no tiré la daga al piso y salí corriendo. No importaba si me convertía en un traidor. En primer lugar, nunca pedí esa vida, lejos de mi madre. Tus ojos llenos de lágrimas me recordaron a los de ella y fue peor.
—¡Terminé al corte!
»A pesar de mis deseos la voz del Patriarca me asustó, no me animé a desobedecerlo. Ver toda la sangre que perdías me aterró. Tanto que odiaba las cicatrices de las prácticas y terminé por hacerte la peor. Cuando quedaste inconsciente creí que me había pasado y solo pude pedirte perdón. Su Santidad me aseguró que era normal, tal vez tardarías un par de días en despertar.
»Caminó a la salida con tu cuerpo manchado de sangre. Mi visión estaba borrosa. Las lágrimas cayeron al verme las manos rojas. Volví a levantar la cabeza en el momento en que el Patriarca abrió la puerta. Entonces, sin que pudiera controlarlo, grité fuerte, con todo lo que la garganta y los pulmones me permitieron. Las paredes y el piso temblaron.
—¡Shaka! ¡Controlá tu cosmos!
»No podía. El dolor me estaba destruyendo. Tengo el recuerdo vago de haber escuchado la voz de mi maestro también, en un intento por tranquilizarme. Pero no había caso: no dejaba de gritar y llorar. Me llené la cara con tu sangre al intentar limpiarme las lágrimas. Mi cosmos formó un escudo alrededor mío en contra de mi voluntad.
—¡Gran Patriarca!
»Saga, Aioros y Aphrodite entraron a la sala. Los tres se detuvieron al ver lo que pasaba. Su Santidad te entregó rápido a Aioros.
—¡Llévense a Mu y evacúen el templo!
—¡¿Qué fue lo que pasó?! —le preguntó Saga.
—¡No hay tiempo para explicarlo! ¡Váyanse!
»El Patriarca cerró la puerta. El temblor del piso estuvo a punto de hacerlo caer en varias oportunidades. Logró alcanzarme. Gritó mi nombre una y otra vez, las ignoré todas. Intentó tocar el escudo que me rodeaba y debió apartar la mano.
—¡Shaka, no dejes que te gane! ¡Demostrá que fuiste hecho para usar la armadura de Virgo!
»Era lo que menos quería en ese momento. Me estiré del pelo, la piel me quemaba peor que la fiebre. No sé de dónde obtuve tanta fuerza que el Patriarca se patinaba en el piso. Entonces tuve miedo del castigo que sin dudas me esperaba. Intenté enjugarme las lágrimas, deshacer el escudo y ya no tenía fuerzas para ninguna de las cosas. No sentía los brazos, ni las piernas, nada. Quería desaparecer y estuve a punto de hacerlo con todo a mi alrededor, de no haber sido por el golpe que su Santidad me dio.
»Desperté varias horas después en una cama. Dos doncellas me ponían paños mojados, una en la pierna y otra en la cara. El Patriarca tenía una mano sobre mi pecho. Noté el resplandor y miré hacia abajo: estaba lleno de quemaduras, él me curaba la más grande. El cuerpo entero me dolía, más en la garganta.
—Nos diste un buen susto —dijo el Patriarca en tono suave—. Tu cuerpo todavía no está preparado para soportar todo el potencial de tu cosmos. Vas a tener que trabajar en eso.
»La doncella que se encargaba de mi pierna tiró la tela ensangrentada en un cesto con más paños rojos. Agarró otro limpio de una canasta, lo sumergió en un recipiente y volvió a limpiarme la pierna. La voz no me salió, solo pude hacer mueca de dolor. El Patriarca me acarició la cabeza y dijo:
—Es agua de la fuente de Athena. No te va a quedar ninguna marca.
»Apartó la mano que tenía en mi pecho; la herida estaba cerrada. Me miró de una manera que demostraba que no estaba feliz ni enojado. Pero yo sí. Comencé a agitarme. Los ojos me ardieron.
—Lo hiciste bien, Shaka —Volvió a poner la mano en mi pecho. Su cosmos consiguió calmarme de a poco—. Algún día tu sacrificio va a ser recompensado.
No tengo idea de en qué momento mis lágrimas se mezclaron con las del santo de Virgo. Nuestras mejillas pegadas estaban empapadas, calientes. Lo envolvía entre mis brazos con fuerza. Me parecía tener a ese nene que había sufrido tanto; no quería soltarlo, necesitaba protegerlo de cualquier cosa que pudiera volver a lastimarlo. Sus dedos estaban clavados en mis antebrazos.
—Me aterraba usar mi cosmos otra vez. Tuve que abandonar los entrenamientos por días. No hablaba con nadie, pero todos parecían saber lo que había pasado... Después despertaste y tenía miedo de verte.
Su voz sonó ahogada cuando tomó aire. Me mordí el labio y ajusté el agarre.
—Lo peor era que... me tratabas bien. Me sentía horrible. Aunque no recordaras nada seguías como siempre... —Suspiró hondo y entrecortado— Eso me hizo quererte más... y el Patriarca te mandó a Jamir para que pudiera recuperarme.
La vuelta a la tierra de nuestros ancestros siempre me había parecido algo raro de parte de Shion; por fin descubrí la razón. Sin embargo, no me alivió para nada.
Solté a Shaka con mucho dolor. Tenía los brazos entumecidos. Me limpié la cara y respiré profundo. Él no parecía aquel guerrero tan temible que les dio a los caballeros de bronce una de las peores peleas. Era delicado y frágil. Volví a acercarme para cargarlo. Lo encontré más ligero; creí que tal vez el peso de lo que guardaba en el alma no me había dejado levantarlo antes. Él se agarró de mi ropa.}
—¿Qué hacés? —preguntó.
Comencé a caminar sin responderle. Yo también me sentía más liviano, aunque no se me iba el sabor amargo. Creí que tropezaría con cada paso que daba. Shaka no hablaba, solo se agarraba más fuerte de mi ropa cuando los brazos me temblaban y debía usar el cosmos para mantenerme firme.
Uno a uno los escalones fueron un castigo a mi cuerpo adolorido. Fue un camino demasiado largo y silencioso hasta Virgo. La sexta casa estaba a oscuras, tal cual los ojos de Shaka. Mientras lo cargaba hasta su cuarto pensaba que era la primera vez que entraba. Cuando éramos chicos solo frecuentábamos la biblioteca, el ala donde meditaba y una vez el jardín de los sales gemelos.
La residencia no era muy diferente a la de Aries en cuanto a distribución. Lo que me sorprendió fueron las decoraciones para nada esperables de alguien que practicó el ascetismo. El dorado abundaba desde estatuillas -muchas de Buda- hasta los marcos de las pinturas en las paredes. Me pregunté cuánto había en Shaka que se me escapaba.
—Bajame —lo escuché decirme.
Justo en ese instante descubrí su cuarto. La cama era baja pero amplia, con un dosel del que colgaban cortinas de bordados en oro. Al lado de la ventana, un tocados, donde había botellas de vidrios en varios colores y pétalos.
—Bajame —Volvió a decirme.
Me acerqué a la cama y lo dejé sobre el colchón. Sus ojos hinchados me esquivaban. Tomé asiento delante de él, pero seguía igual. Le acaricié la mejilla con un dedo, se mordió el labio y apretó los párpados. Lo agarré del mentón para que no escapara. Me vi reflejado en el par de cielos. Abrí la boca, pero no conseguí ni una palabra. No podía acercarme. Su piel me era exquisita cuando la tocaba, la deseaba tanto que quemaba.
Le solté la cara y bajé hasta su pecho. El kurta seguía manchado con mi sangre. Sus latidos vibraban en las yemas de mis dedos. Lo estiré de la ropa y lo besé. No soportaba más: de nada servía intentar huir, siempre iba a terminar cautivado por él.
Amaba a Shaka. Lo quería tanto que mi cuerpo se movía por voluntad propia, quizás por instinto y por saber que él era el que tanto deseaba. El calor que me provocaban sus labios aumentaba la necesidad de tenerlo entre los brazos, que me mirara y acariciara la piel. La humedad de su boca, los movimientos de su lengua contra la mía me volvían loco.
—Te amo, Mu.
Pegué la nariz a su cuello; el aroma a coco me hizo temblar. Le besé debajo de la oreja y gimió. Me alejé para encontrarle la cara roja y la mirada reluciente de vergüenza. Me dio un cosquilleo en la parte baja del abdomen. Volví a tocarle los labios con los míos, suave, para disfrutar de su forma que me recordaba a un par de almohadas mullidas.
Los ojos de Shaka brillaban. Lo abracé y besé desesperado. Él me rodeó la cabeza con los brazos. Poco a poco nos recostamos en la cama hasta que quedé entre sus piernas.
-NOTAS FINALES-
¡Hola a quien lea esto!
¡Por fin actualicé!
Después de dos meses... Pero ya está y tengo las ideas más claras de cómo van a ser los siguientes capítulos.
El final ya está decidido, aunque todavía faltan varios capítulos para eso.
Estuve medio ocupada con varias cosas y en un par de semanas empiezan las clases en la facultad, así que estos días estoy tratando de adelantar la mayor cantidad posible de capítulos de todos mis fanfics.
¿Qué les pareció el capítulo?
Sé que varias personas estuvieron pidiendo mucho la versión de Shaka, pero si quiero contarlo bien tiene que ser en otro libro, que voy a empezar a escribir cuando termine este fanfic.
De todas formas él va a revelar un par de cosas más. Quedan bastantes misterios todavía...
Sobre este capítulo…
Apenas pasaron unas horas, así que Mu todavía no asimiló todo. Quizás lo haga pronto.
Me gustó mucho incluir a Aldebarán. Por alguna razón siempre me los imagino a los tres como amigos. Shaka y Alde son los amigos que no llevan a Mu por el mal camino... Todo lo contrario a otros individuos que no voy a nombrar (?)
¿Qué les pareció Shion? Es lo que más me interesa saber XD
¿Pensaban que MI Shion iba a oponerse a la relación de Mu y Shaka solo porque sí? Igualmente, en el capítulo que viene vamos a ver su punto de vista de la historia :D
Espero que no se hayan mareado con el ida y vuelta con el cambio de narradores.
No me acuerdo si había algo más que quería comentar... En fin...
AAAANNNNDDDD… A big THANK YOU to mozartrella and Belier for reading this fanfic, even though Spanish is not your mother tongue. I really appreciate it.
La actualización viene en dos semanas :D
Como siempre, ya saben que pueden seguirme en mis redes sociales para estar al tanto.
Cuídense.
