Capítulo 13

Salí de Virgo mientras me acomodaba la ropa y el pelo. La brisa calmó un poco el ardor de mi piel. El corazón todavía estaba acelerado. Me cubrí la boca. Sentía que aún tenía los labios de Shaka entre los míos y que sus manos me subían la temperatura.

—¿Qué estuve a punto de hacer? —me pregunté a mí mismo.

Si cerraba los ojos veía a Shaka con la cara roja suspirar mi nombre entre besos. No creí que me costaría tanto despegarme de su cuello y el pecho. Tenía la piel tan suave y caliente, una adicción para mi boca. Aún me parecía que el gemido que soltó cuando le lamí un pezón retumbaba en mi cabeza.

Sin dudas aprendí varias cosas de Shaka ese día. De no haber sido porque me hizo entrar en razón, no sé hasta dónde habría llegado. Estaba aliviado por una parte, pero al mismo tiempo me molesté un poco. No con él, sino conmigo por haber dejado que el deseo me guiara.

Bajé el resto de las casas y en cada paso quería voltear para correr a Virgo. Tantos años de haber controlado las emociones e instintos no podían ser echados a la basura tan fácil. Pero se trataba de Shaka; el contacto con su piel era necesario. El roce con otra persona nunca se había sentido tan bien, tanto que no me importaba que estuviera prohibido. Recién a mitad de camino por Cáncer lo pensé: Athena me había dado permiso de tener una relación, pero... ¿hasta qué punto? Quizás se refería a algo más simbólico, nada carnal. No solo iba a tener que terminar de aceptar mis sentimientos, sino también aprender a controlar el deseo, especialmente porque Shaka se había negado.

—Nunca pensé que me atraería de esa manera —dije al aire justo cuando salí de la cuarta casa.

Crecer lejos del Santuario sin ver a mis compañeros por tanto tiempo tuvo sus cosas buenas y malas. Maduré de golpe por obligación, centrado en volverme fuerte y perfeccionar mis habilidades de reparación, como defensor de Jamir, luego como maestro. Aunque nunca sentí interés por nadie, debido a cuestiones que eran inevitables, el maestro Dohko fue el encargado de instruirme sobre ciertos asuntos al acercarme a la pubertad. En ese momento no le di la importancia debida, hasta pensé que jamás tendría que poner sus consejos en práctica.

Los comentarios de las chicas del pueblo al verme pasar nunca me provocaron nada en particular. Pensaba que simplemente les parecía atractivo -varias de ellas también me parecieron lo mismo-, pero ninguna logró despertarme el interés. Creí que jamás ocurriría, o que quizás se daría más tarde.

Sin embargo, alrededor de los catorce años, comencé a experimentar sensaciones nuevas. Incluso tuve sueños recurrentes con una persona que me subían la temperatura. Por alguna razón, aunque no pudiera verle la cara, me recordaba a Shaka. Era solitario y me hacía sentir culpable cada vez que su nombre se atravesaba en esos pensamientos... Tal vez siempre se trató de él. Al pasar el tiempo lo supe llevar mejor y el recuerdo del caballero de Virgo no volvió a interferir.

Durante años el tema del sexo permaneció en el olvido. Fue recién cuando Kiki comenzó a tener mayor uso de razón que debí desempolvarlo, lo justo y necesario para que tuviera cuidado. Al menos así fue hasta que comenzó a notar ciertas cosas.

—Maestro, ¿por qué la señora Ina tiene la panza tan grande? La última vez que la vi no estaba así.

Dejé las herramientas en el escritorio. Antes de responderle a mi pupilo me sequé la cara con una toalla.

—Está embarazada. En unos meses va a tener un bebé.

—¡Oh! Conque así se ve una mujer embarazada. Hmm... ¿Lleva el huevo en la panza?

—No, Kiki. Los humanos, como muchos otros animales, no ponen huevos. El bebé está dentro suyo.

—¡Ah, por eso tiene forma de huevo!

—¿Forma de huevo?

—¿Pero cómo va a salir de la panza? —Se llevó las manos a la cara— ¡¿O es que la van a abrir para sacar al bebé?!

—Bueno... Si realmente fuera necesario lo van a hacer. Sería como una operación.

—¿Y si no es necesario?

Me detuve un momento a pensar las palabras que iba a usar. Kiki miraba con los ojos grandes. Me masajeé la nuca.

—Ya sabés que los cuerpos de los hombres y las mujeres son distintos.

—Sí... ¡Ohhh! ¿Entonces los bebés salen así?

Abrió las piernas e hizo el gesto de algo saliendo entre ellas.

—Parece que lo entendiste... espero.

—¿Y cómo llegó el bebé hasta su panza?

Respiré hondo a la vez que me tiré el pelo hacia atrás.

—Primero terminemos de trabajar. Después respondo todas tus preguntas.

No tenía idea de cómo explicarle esas cosas. Por mi rol estaba obligado a resolver sus dudas, pero me sentía incapaz, especialmente porque se trataba de algo que solo conocía en teoría. Deseé que al finalizar el trabajo se olvidara del asunto. Sin embargo, no iba a estar a gusto conmigo mismo si no superaba esa prueba a mis capacidades como maestro.

Mientras tomábamos el té aproveché para darle la lección. Kiki puso cara de desagrado varias veces y otras quedó desconcertado. Lo bueno fue que ni eso le sacó el apetito.

—No entiendo, maestro. Usted dijo que nadie puede tocar las partes íntimas de otra persona. ¿Cómo se hacen los bebés entonces?

—En ese caso está bien porque el hombre y la mujer están de acuerdo. No se puede hacer sin permiso.

—Hmm... Creo que entiendo un poco más... ¡Pero igual es un asco! ¡Las chicas son feas!

—Ay, Kiki...

—Ellas piensan lo mismo de mí.

—Tal vez haya una que piense lo contrario y por tener esa actitud podrías perder una oportunidad única.

—¿Oportunidad de qué?

—De querer a alguien que también te quiera.

—¡Pero si yo lo quiero a usted y usted a mí!

—Es verdad. Pero yo soy tu maestro. Quizás cuando vos también lo seas puedas entenderlo.

—¿Entender qué cosa?

—Que existen distintos tipos de amor.

—¿Como cuáles? —preguntó para después morder una galletita.

—Bueno... ¿Te gusta Jamir?

—¡Sí! Me gusta mucho porque las nubes están cerca, está la torre, los yaks son muy lindos y los esqueletos con armaduras asustan a los intrusos.

—Eso es amor por el lugar al que pertenecés.

—¡Oh!

—Así también existe el amor por los amigos, los padres, los hermanos. Pero hay uno en especial que no se tiene por cualquiera. Es solo con ese amor que está permitido tocar las partes íntimas de otra persona si te deja. Y si se da entre un hombre y una mujer pueden tener un bebé. Muchos también se casan para tener su propia familia.

—¿Y un hombre con otro hombre?

—No, dos hombres no pueden tener bebés de esa forma.

—Pero... ¿Pueden tocarse?

—Si se quieren sí. Eso no cambia. Lo mismo una mujer con otra mujer.

—Parece complicado —Se rascó la cabeza.

—Por algo son cosas de adultos. Se necesita ser responsable.

—Usted ya casi es un adulto, maestro. ¿Algún día se va a casar?

—No tengo permitido casarme y tener hijos.

—¿Eh? ¿Por qué no?

—Los santos de Athena solo podemos amar a nuestra diosa, pero no es igual a amar a un humano. Nosotros tenemos que defenderla y ella nos da fuerzas.

—Buu... Me gustaría verlo con un bebé.

Le sonreí para luego acariciarle la cabeza.

—Ya tuve uno, pero creció.

Y no dejó de hacerlo. Verlo crecer sano, hacerse más fuerte cada día, me llenaba de orgullo. Sin embargo, también me preocupaba: su cosmos tenía mucho potencial. No había dudas de que tarde o temprano se iría al Santuario, no iba a poder retenerlo para siempre como herrero, tampoco retrasar más el entrenamiento. La única opción que tuve fue comenzar de a poco, sin que él lo supiera. Suficiente era con que me trataran de traidor, no necesitaba que mi posible sucesor también se viera obligado a esconderse.

Cuando se supo que Saori Kido era en realidad Athena y decidió ir ella misma al Santuario, fue el momento de que Kiki también lo hiciera. Me cargué la caja de Pandora en la espalda y me cubrí con una capa, él llevó las herramientas celestes; entonces partimos rumbo a Grecia. La gente en Rodorio nos miraba sorprendida. Algunas personas nos saludaban y otras parecían reconocerme aún. Recibimos frutas, pan, entre otras cosas como regalo.

—Kiki, quedate atrás mío —le dije cuando llegamos a la entrada del Santuario.

Los guardias no tardaron en rodearnos. Eran cinco en total.

—¡Qué maleducados! —dijo Kiki— ¡¿Es que no saben quién es mi maestro?!

—¡¿Qué dijiste, enano de mierda?!

—¡¿Querés pelear?!

—No es necesario —dije—. Vamos a pasar y ustedes siguen con su trabajo.

—Nadie puede entrar al Santuario. Aquel que se atreva va a recibir un castigo terrible.

—Lo entiendo y me alegra que se tomen la labor en serio... Pero tengo asuntos que resolver.

—Sin invitación escrita con puño y letra del Patriarca es imposible.

—Bueno, no tengo una... y tampoco tengo tiempo para perder con ustedes. Vamos, Kiki.

Caminamos al frente. Los guardias se pusieron en posición de ataque.

—¡De acá no pasan! —gritaron.

No hicieron más. Mejor dicho, no les dejé hacer nada más. Los empujé sin tocarlos.

—¡Ja! Eso les pasa por meterse con un santo de oro.

—Kiki.

—Ah... P-perdón, maestro.

—¿S-santo de oro?

—No... No puede ser.

El viento descubrió la caja de Pandora bajo mi capa. Los cinco se pusieron pálidos.

—No se preocupen —les dije—. Conozco el camino.

Antes de ir a la casa de Aries le di a mi pupilo una visita guiada por el Santuario. La mayoría de los soldados y aprendices ni se detuvieron a mirarnos. Pasamos por el coliseo, donde la rutina marchaba como de costumbre. En mis días de entrenamiento tenía la impresión de que era enorme.

Luego fuimos a los dormitorios. Habían agregado un ala más en uno de los costados. A pesar del tiempo transcurrido aún lo sentía como un hogar y me daba mucha nostalgia.

—¡Qué raro! —dijo Kiki.

—¿Qué cosa?

—Es el único árbol en metros y está muy verde.

Me acerqué a verlo mejor. Hacía bastante sombra, muy fresca. No había mucho pasto alrededor.

—A Shaka le gustaba sentarse acá.

De pronto me dio una puntada en la cabeza y tuve que sostenerme del tronco del árbol. Escenas fragmentadas junto a mi compañero pasaron delante de mí.

—M-maestro, ¿está bien? —preguntó preocupado.

—S-sí... Solamente me duele un poco la cabeza. Enseguida se me va a pasar —Le revolví el pelo y sonreí—. ¿Qué te parece si vamos a la casa de Aries?

—¡Sí! ¡Ya quiero ver cómo es!

Durante nuestro recorrido la noticia de mi llegada había circulado; los soldados que cruzábamos nos veían con recelo, aunque ninguno se atrevió a hacer algo. Kiki subió las escaleras de la primera casa entusiasmado. Los ojos le brillaron cuando entramos en el templo. Entonces me convencí: él pertenecía a ese lugar.

Nada había cambiado. Me detuve un momento para orientarme. La residencia y el taller estaban a mi derecha; la biblioteca y la sala de los antiguos santos de Aries a la izquierda. No daba el aspecto de lugar abandonado; supuse que alguno de mis compañeros se había hecho cargo en mi ausencia.

Algo me llamó la atención; enseguida supe que mi pupilo y yo no éramos los únicos ahí.

—Kiki, vení.

—¿Eh?

Una risa retumbó en el templo. Kiki corrió a esconderse detrás de mí. Entre las sombras apareció un brillo dorado. Sonreí con confianza.

—Nos volvemos a ver, Deathmask.

El santo de Cáncer apareció sin detener la risa. Kiki me agarró la mano, lo que llamó la atención de Deathmask.

—¿Viniste por tu castigo, Mu? Y encima trajiste compañía... Su cara se vería bien en mi colección.

—No le pondrías ni un solo dedo encima a Kiki.

—¿Qué? —Rio— ¿No me creés capaz?

—Te creo. Por eso no voy a permitirlo.

Deathmask se adelantó tres pasos.

—Si intentás enfrentarme vas a tener en contra a todo el Santuario.

—Viví muchos años así, no me preocupa en lo absoluto —le dije con una sonrisa.

—Parece que ya aceptaste tu destino. Menos mal... No te preocupes: voy a poner tu cara junto a la de tu alumno en mi pared; así van a seguir juntos.

—Vos y tu mal gusto, Deathmask. Ni con la cara de Mu vas a mejorar el aspecto de tu casa.

Volteé a ver al que pronunció esas palabras. Aphrodite caminaba tranquilo, con elegancia y el mentón en alto. Pasó a mi lado, al mismo tiempo me entregó una rosa naranja.

—¿Ehh? ¡No me digas que pensás dejarle pasar que haya escapado!

—Mu ya tomó una decisión. Pronto vamos a descubrir quién estuvo en lo correcto todo este tiempo —dijo mientras continuaba la marcha.

—¿No te gustaría al menos jugar con él un rato?

—Tengo cosas más importantes que hacer... Además, siempre estuviste en desventaja.

—¿Ah?

El caballero de Piscis lanzó una rosa amarilla hacia un costado.

—No seas tan tímido y salí a darle la bienvenida a tu amigo.

Aphrodite no se detuvo. De entre las sombras de un pilar salió el santo de Virgo. Kiki me apretó más fuerte la mano cuando lo vio y mi estómago se estrujó. El porte de Shaka era impecable, muy serio y delicado a la vez; le daba un aspecto misterioso.

—Ahh... ¿Así que viniste, eh? —dijo Deathmask y después rio— Entiendo, entiendo... Necesitan recuperar el tiempo perdido.

El santo de Cáncer comenzó a caminar hacia la salida. Le dio una palmada en la espalda a Shaka y se llevó las manos detrás de la nuca.

—Si necesitan que cuiden al crío, estoy disponible.

Tanto su risa como sus pasos se alejaron de a poco. Shaka no se movía, ni siquiera se tambaleaba al mantenerse parado derecho. Cuando Deathmask finalmente salió todo quedó en silencio. Me sentí atrapado en un déjà vu. Recordaba que, al principio, Shaka era muy callado y con el tiempo llegamos a ser amigos, aunque no tenía idea de cómo había ocurrido. Pero esa vez estábamos en bandos opuestos, no iba a ser sencillo ganarme su confianza de nuevo.

Se escuchó un gruñido. Miré a Kiki con los cachetes rojos.

—¿Tenés hambre? —le pregunté.

—Un... poco.

—Por ese pasillo vas a encontrar una puerta. La cocina está pasando la sala. Dejá las cosas ahí y en unos minutos te alcanzo.

—Como usted diga, maestro.

Kiki se apresuró a obedecerme. Ya sin excusas debía pensar en algo que nos sacara a Shaka y a mí de esa situación tan incómoda. Verlo callado e inexpresivo siempre me molestó; además, me hizo dar cuenta de que todo lo que me había contado Aldebarán era cierto. Shaka tenía un aura distinta al resto de los habitantes del Santuario; de no haber sido porque lo conocía de antes y estaba seguro de mis capacidades tal vez lo hubiese encontrado una amenaza. Pero había otra cosa, algo que me provocaba tristeza. Era demasiado frío. Me daba la impresión de que no le sacaría ni una palabra, a lo mejor también se mostraría agresivo; después de todo yo era el traidor.

Pero no alcancé a abrir la boca.

—¿Por qué volviste? —preguntó.

Me descolocó unos segundos. Después de tantos años sin vernos esperaba que ya no me considerara su amigo, pero el tonto seco, prepotente, con el cual se dirigió me chocó bastante. Decidí restarle importancia y responder:

—Hola, Shaka. Tanto tiempo. Me alegro de verte... Creo que ese saludo es mejor.

Hizo fuerza con los dedos y rompió el tallo de la rosa que Aphrodite le había dado.

—¿Qué pretendés, Mu de Aries? Volver justo este día...

—Soy un santo de Athena. Es mi obligación estar presente para recibirla como el guardián de la primera casa.

—¿Pensás dejarlos pasar?

Me aguanté la risa.

—¿Esto es verdad? ¿Shaka de Virgo está preocupado por lo que puedan hacer unos santos de bronce y una supuesta impostora?

—Sé de qué lado estoy, Mu de Aries.

—Si creés que es lo correcto, bien por vos —respondí.

Me adentré en el pasillo para seguir a mi pupilo hasta la cocina. Kiki acomodaba las cosas que nos habían regalado en el pueblo. Colgué la capa en el respaldo de una silla. Me llamó la atención que todo estuviera ordenado, como si alguien se hubiera hecho cargo de la limpieza hacía poco. Revisé una alacena: ni un rastro de polvo; incluso los vasos y platos brillaban.

—Maestro... —Kiki me llamó en tono bajo— ¿Quiere que prepare té para usted y su amigo?

Giré y encontré a Shaka en la entrada de la cocina. Era evidente que lo había dejado con la palabra en la boca por su expresión mucho más molesta. Entonces coloqué la caja de Pandora en un rincón. Agarré un vaso, lo llené con agua y puse la rosa dentro. La dejé en el centro de la mesa; luego volví a buscar algo para preparar té.

—Shaka, sentate... Kiki, serví los pastelitos, por favor.

—Sí, maestro, enseguida.

Encontré una cafetera. Mientras prendía el fuego Kiki terminó de servir los pastelitos en un plato. Se acercó despacio a la mesa, con miedo de mirar al caballero de Virgo. Hasta él se daba cuenta de lo peligroso que podía ser. Puse la cafetera en el fuego y me acerqué a mi pupilo. Le acaricié la cabeza al mismo tiempo que le dije:

—Kiki, él es Shaka, el santo de Virgo. Cuando teníamos más o menos tu edad entrenamos juntos.

Fue recién entonces que se animó a mirarlo y saludarle con una reverencia tímida.

—Shaka, él es Kiki, mi discípulo.

—¿Discípulo? —preguntó en tono grave— ¿Lo trajiste al Santuario... aun sabiendo lo que va a pasar hoy?

Por alguna razón me pareció que lo había dicho preocupado, pero no comenté al respecto.

—Todavía es joven y le queda mucho por aprender —dije tranquilo—. Si algún día va a ser un herrero tiene que saber a lo que se va a enfrentar.

Shaka apretó el tallo de la rosa y lo rompió en otra porción.

—Es muy descuidado de tu parte, Mu de Aries. Siendo el único hombre en todo el mundo capaz de arreglar las armaduras, ¿exponés a tu alumno de esta manera?

—¿Eh? ¿Soy yo o Shaka de Virgo sí se preocupa por el prójimo?

—No me malentiendas —dijo más alto—. Como santo de oro es normal que me interese en aquello que le sea funcional al ejército de Athena.

—¿Eso significa que te intereso?

De haber sabido lo que Shaka había atravesado, jamás habría dicho esas palabras. Quizás la única forma que encontró para contener las emociones en ese momento fue aplastar la rosa; los pétalos amarillos cayeron al piso.

—Si llegaste hasta acá fue porque sos una pieza valiosa en los planes de su Santidad.

Esa fue la primera vez que me molesté con Shaka -o al menos así fue antes de descubrir nuestro pasado completo. No lo recordaba tan insensible en la niñez, no se comportaba así conmigo. No solo me había enojado, también me dolió. Una parte de mí aún le guardaba cariño, la misma que no perdía la esperanza de que cambiara su forma de pensar. La misma que horas más tarde se sintió decepcionada.

—¿Seguís pensando sobre lo que pasó en Virgo?

Aldebarán habló y aparté la vista del sexto templo. Desde que el cosmos de Shaka se había borrado me resultó difícil ignorar su ausencia.

—Me parece increíble que haya terminado así —respondí. Aldebarán asintió con aire melancólico.

—Shaka permaneció fiel a sus ideales hasta el final... Es una lástima que no diera el brazo a torcer.

—¿Por qué cambió tanto? —pregunté— Nunca lo voy a entender.

Pero lo hice y fue lo más doloroso que me tocó vivir. Aun así lo amaba. Me sentía culpable de estar a metros de mi templo, incapaz de controlar mis pies para correr de vuelta a Virgo. Quizás mi amor no era más grande que el miedo a lastimarlo de nuevo y por eso me encerré en mi cuarto otra vez, perdido entre pensamientos, reproches y palabras que ni siquiera me atravesaban la garganta en soledad.

Llegó el atardecer. Por primera vez en el día decidí ponerme la armadura y tomar mi puesto de guardia. El Santuario estaba pintado de un tono anaranjado. Junto a la brisa fresca me hizo sentir falto de algo. Amaba a Shaka y él a mí. No me daba miedo perderlo, puesto que nunca tuvimos nada serio. El terror pasaba por la posibilidad de lastimarlo otra vez, de no ser tan fuerte para que sus heridas sanaran.

Me pasé la mano por la frente. Quería dejar de pensar, distraerme con cualquier cosa así fuera insignificante. Pero todo terminaba en Shaka o lo traía hacia mí. Escuché pasos dentro del templo, seguidos de la voz de Aioria. Cuando volteé descubrí que Shaka lo acompañaba. Me comenzó a doler el estómago y latir el corazón apresurado.

—Por un día que no cumplas con las obligaciones no va a pasar nada —le dijo el santo de Leo—. Mirate: todavía temblás.

Los dos se detuvieron al verme. A pesar de tener los ojos cerrados Shaka volteó el rostro. Ese gesto provocó que volviera la imagen de lo que había ocurrido en su templo más temprano. Sentí la cara arder y también miré para otro lado.

—¡Shaka, esperá! —lo llamó Aioria.

El caballero de Virgo bajó las escaleras sin detenerse ni de casualidad. Más que aliviar la incomodidad la empeoró. Shaka no quería verme. Sabía que alguien como él era intocable y por mi incapacidad de controlar los impulsos había manchado su imagen.

—¿Mu, estás mejor?

La voz de Aioria me devolvió a la realidad, que no era mejor que mis pensamientos.

—Ah... Sí.

—Hum... Sé que no debería meterme, pero...

—No te preocupes, Aioria. Todo se va a solucionar.

El santo de Leo se revolvió el pelo.

—Shaka siempre fue necio cuando se trata de estas cosas... y lo sigue siendo.

—Creo que los dos lo somos.

—*—*—*—

Eran casi las tres de la mañana; no dejaba de dar vueltas en la cama ni imaginarme la figura de Shaka en las líneas del techo. Cada vez que pensaba en lo que había ocurrido esa tarde me daba escalofríos. Harto, me recosté boca abajo con la almohada en la cabeza. Me preguntaba cuándo me iba a abandonar la culpa. Ya no soportaba. Quería ver a Shaka, tenerlo entre los brazos y llegar más lejos, pero me sentía mal por desearlo. Él era un iluminado, no podía seguir arriesgando todo porque yo no era capaz de controlarme.

De solo pensar en el sabor de sus besos los labios me ardían. ¡Ese color durazno me antojaba tanto! Quería reflejarme en sus ojos mientras me dijera con la cara roja que me amaba. Después, abrazarlo, que nuestras pieles calientes se pegaran. Esa suavidad suya no se borraba de las yemas de mis dedos.

Me removí en el colchón. Apreté la almohada cuando la forma de sus pectorales, el calor que su pecho desprendía, se me figuró en la mente. El aroma a coco de su piel, mezclado con el perfume a miel y loto de las sábanas, tan exquisito; se me hizo agua la boca. Me clavé los dientes en el labio al imaginarme deslizando la lengua por su abdomen, el pecho, hasta el cuello, de arriba abajo.

«A-ah... Mu», su voz quebrada al gemir mi nombre cuando le lamí el pezón volvió a hacer eco en mi cabeza. Moví la cadera para calmar la presión en mi entrepierna; lo único que conseguí fue que las cosquillas que ya sentía en el abdomen bajo aumentaran. Soplé a través de la nariz. No quería perder la ilusión con la cara avergonzada de Shaka.

Los ojos brillantes, el pecho que subía y bajaba, los mechones rubios desparramados en la cama; todo bajo mi cuerpo. Su boca me recibió desesperada, mientras se abría paso con los dedos por mi pelo. Nos besamos entre caricias y abrazos. Aunque la ropa comenzó a desaparecer el aire no era frío.

«Mu, te amo... Te amo», decía cada vez que aprovechaba a respirar. Mientras más frotábamos nuestros cuerpos uno contra el otro, nos poníamos más duros. Un hilo de saliva escapó por mi boca. Nunca había visto la cara de Shaka tan colorada.

Me arrodillé en el colchón. Acomodé su cuerpo blando, le abrí las piernas, coloqué la almohada debajo de su cadera. Era la criatura más hermosa que había visto en toda la vida. No resistí más tener esa piel mojada y tan perfecta delante, ni ese orificio que me llamaba, sin hacer nada. Mi pene entró en su cuerpo de una estocada, como si hubiese esperado siempre por mí. Él apretó los labios, luchó para que su voz no saliera.

—Shaka... me encantás.

Moví la cadera de atrás hacia adelante. El interior de Shaka era suave y delicado. La corriente que surgía en mi pene alcanzaba hasta las puntas de mis pies. Él presionaba los ojos, no podía cerrar la boca que se dividía entre tomar aire y gemir. Verlo retorcerse me provocaba ir más rápido. Su voz comenzó a sonar fuerte.

«Mmm... Ah... Ah, Mu, sí».

Tiré la cabeza hacia atrás a la par que mis suspiros pasaron a ser gemidos. Debí morderme un dedo para que no fueran tan sonoros. El placer me golpeaba la cabeza en olas. Cuando Shaka se tensó me curvé atrapando su cuerpo debajo de mí. Su interior estrecho apretó mi pene de tal manera que las sensaciones se multiplicaron.

En el momento exacto que intentó pronunciar mi nombre lo interrumpí con la lengua. Al principio se quejó, pero enseguida se me aferró del cuello para no permitirme escapar. Aunque fuera asfixiante no dejar los gemidos en libertad, no quería separarme jamás de su boca. La cama rechinaba y se tambaleaba cada vez que intentaba ir más profundo. Shaka se agarró de las sábanas, giraba la cabeza de lado a lado. Me acerqué a su pecho, me llené de su perfume y le succioné un pezón; gimió entrecortado. Me clavó las uñas en la espalda al mismo tiempo que se acarició la otra tetilla. Amaba escuchar mi nombre entre sus labios.

Me detuve un instante en el que me reprochó con la mirada. Sonreí de costado, luego lo giré para que quedara boca abajo. Acaricié y apreté sus nalgas blancas y duras. Arqueó la espalda, separó más las piernas, entonces tuve una mejor vista de su ano dilatado que todavía palpitaba. Le di una nalgada.

«¡Ay, Mu!», dijo en tono juguetón. Contorneé suave los costados de sus muslos. Le besé los glúteos y los contrajo en un reflejo. Sonreí. Luego le recorrí las nalgas con la lengua; un rastro de saliva quedó por donde había pasado. Shaka se retorció tanto cuando estuve cerca de su ano que tuvo que apoyar la cabeza en el colchón para no caerse.

—¿Te gusta que te toque?

«Mmm... Sí, me encanta».

—¿Te gustan mis besos?

«Sí... Sí».

—A mí me gusta verte así... No sabía que podías ser tan sucio.

«Mu... Mu... Dale... Metémela otra vez».

—¿Que te la meta?

«Sí, metémela toda... Toda».

Acerqué la punta de mi pene a su ano que se abría y cerraba.

«¡Dale, Mu!».

Le di un beso en la espalda.

—Tus deseos son órdenes, amor mío.

La mente se me puso en blanco. Mi cuerpo actuaba por instinto. Me excitaba tanto que Shaka gritara de placer, pidiera que no parara, que fuera más rápido y profundo. Podía verlo de perfil, con la cara pegada al colchón; salivaba, por un instante creí que le costaba respirar. Le agarré el pelo y lo embestí con fuerza.

«Ay, Mu... Seguí, seguí... Más... Más fuerte».

Mis testículos se aplastaban contra su cuerpo en cada movimiento, pero no dolía. Me sentía cada vez más atrapado.

—Sha-Shaka...

«Mu, no pares... Ah... Seguí...».

—No puedo... Nnh...

«Un poco más... Un poco... Aguantá».

—Mmm... No aguanto.

«Ya casi... ¡Ahí! Seguí así».

Necesitaba expulsarlo todo, creía que iba a reventar.

—Shaka... Me vengo.

«Acabá adentro... Mu... Llename... c-con todo lo que tengas... Mu...».

No estoy seguro de si grité o me quedé sin voz. Cuando fui consciente de lo que pasaba tenía la cabeza hundida en el colchón y el cuerpo me temblaba. La luz de la luna me hizo ver que estaba solo, con una mano en el pene y la otra estiraba las sábanas.

Me senté. La almohada estaba entre mis piernas, húmeda. Mi mano llena de semen se sacudía. No podía apartarle la mirada. Pensé en lo que había imaginado y me subió el frío por la espalda.

Comencé a quedarme sin aire. Los ojos se me llenaron de lágrimas. Me abracé a mí mismo y me ensucié.

—Shaka... Perdón.

—*—*—*—

No salí de la cama ni siquiera cuando Aldebarán me sobornó con comida. Hasta Milo pasó a verme y no consiguió nada. Era un desastre. Amaba a Shaka con locura, me masturbaba pensando en él, pero no me animaba a enfrentarlo. Estaba carente de motivación incluso para levantarme a arreglar armaduras. Ni siquiera me animaba a poner mi cosmos a prueba: en ese estado no estaba seguro de que podría controlarlo.

Minutos después de las cinco de la tarde no resistí más el hambre. Busqué comida en la cocina y encontré un bol de frutas. Mi mano fue a un durazno sin pensarlo. Me lo llevé a la boca para devorarlo en segundos. Cuando solo quedó la semilla entre los dedos me arrodillé en el piso.

Luché para no llorar. El durazno no le cayó bien a mi estómago. Gateé hasta la pared y me recosté. Todo me daba vueltas. Cerré los ojos, me apreté la frente. No había estado así desde que discutí con Shaka a los siete años.

—¿Por qué sigue teniendo ese efecto en mí? —pregunté— Ya no soy un nene.

Pensé que si tan solo Shion hubiese estado con vida me habría dado una solución. Aunque él había estado involucrado, siempre actuó en beneficio del Santuario. Yo era un santo al borde del fracaso. Necesitaba de su sabiduría, no me creía capaz de superarlo por mi cuenta.

«Mu».

La ayuda llegó sin que la buscara.

—Maestro... Dohko.

«¿Qué pasa? Percibo tristeza en tu cosmos».

—N-no es nada, maestro, no se preocupe.

«Mal momento para decírmelo. Te hablaba para preguntarte cómo había ido ese asunto que tanto te atormentaba la última vez que nos vimos —Hizo una pausa—. Creo que obtuve la respuesta sin preguntar».

Cerré los ojos con la frente arrugada. Él era capaz de sacarme la verdad sin esforzarse.

«No estás obligado a dar los detalles —dijo—. Si necesitás un consejo, siempre contás conmigo».

Me llevé una mano al pecho; los latidos eran intensos, dolorosos y asfixiantes. Tomé aire, tragué grueso para sacarme esa sensación me oprimía la garganta; así hablé:

—Él... me devolvió los recuerdos... donde estábamos juntos.

Habiendo dicho eso, varias imágenes pasaron por mi mente y los ojos se me llenaron de lágrimas.

«¿Qué tanto recordás?».

—Desde el día que nos conocimos hasta cuando nos separamos antes de que el maestro Shion... fuera...

«¿Y después?».

—Nada que no supiera... Mi vida en Jamir, los días de entrenamiento, de cuidar a Kiki, arreglar armaduras...

Me miré las muñecas vendadas y una lágrima escapó de mi ojo izquierdo.

—¿Por qué lo hizo? —pregunté al aire.

«Entiendo que sientas dolor ahora mismo, Mu, pero no rechaces al amor. Es la única forma de que te sanes por completo».

—Pero, maestro... Shaka sufrió mucho por mi culpa. Él... no quería hacerlo y tuvo que vivir con ese sentimiento que yo había olvidado.

«¿Qué más podía hacer a esa edad? A pesar de sus particularidades como candidato a santo de Athena, era un nene que solamente acataba órdenes. Todo el mundo comete errores en el amor».

Me mordí el labio; no quería que el santo de Libra me escuchara llorar. Intenté limpiarme las lágrimas, pero no se detenían.

«Por fin llegó este momento —dijo el maestro—. Pensé que no tendría que hacerlo, pero veo que es necesario... Mu... Shion dejó un mensaje para vos».

Abrí los ojos a más no poder.

—¿Q-qué?

«Está en un libro de la casa de Aries. No sé exactamente cuál, dijo que ibas a descubrirlo con facilidad».

—¿P-por qué... el maestro...?

«Cuando lo encuentres tal vez puedas pensar con mayor claridad... Es todo lo que puedo hacer por ahora».

El santo de Libra se despidió. Permanecí varios minutos sin moverme, con la vista en un punto fijo en el aire. Cuando reaccioné me revolví el pelo tan brusco que dolió. Pasé una mano por mi cara y suspiré.

Dudé en ir a la biblioteca; tenía claro en qué libro buscar, pero me lo sabía de memoria y lo tuve en mi poder muchos años, nunca había visto ni una palabra escrita por mi maestro. Sin embargo, la curiosidad ya había tomado mi razón. Me levanté; caminé con la intención de parar y retroceder a cada paso. Me daba miedo imaginar lo que podía llegar a descubrir. No era el primer mensaje del maestro Shion dirigido a mí que encontré luego de su muerte; de hecho, fue así cómo supe detalles en mi labor de santo y herrero que no había llegado a darme cuando vivía, o incluso de mi origen, de mi vida antes de poner un pie en Jamir.

Llegué a la biblioteca y busqué el libro de la historia de nuestro pueblo. Lo hojeé de adelante hacia atrás y viceversa, revisé las fechas con algún posible código, alguna palabra clave, pero no había nada fuera de lo normal, ni siquiera una hoja doble que nunca había notado.

Masajeé los puntos en mi frente. Si no estaba en ese libro, entonces debía ser una pista. Pasé rápido la mirada sobre los estantes delante de mí; todo estaba en su lugar. Acaricié la tapa con las yemas de los dedos y sonreí frustrado al no haber encontrado nada.

«Quizás lo escribió para vos. Así nunca vas a olvidar tus orígenes».

Giré enseguida con la impresión de haber escuchado la voz aniñada de Shaka. Estaba solo, incluso había cerrado la puerta cuando entré.

Volví la vista al libro.

—Ella lo escribió para mí. Mis orígenes... Mi pasado... Mi sangre... ¡Ah!

Me saqué el vendaje de la muñeca izquierda; la cicatriz que Shaka me había hecho era más chica, casi ni resaltaba entre las demás.

—Mi sangre de herrero... Los libros que solo yo leí... No es un libro.

Corrí al apartado especial de los pergaminos con todo lo que debía saber sobre las armaduras. Las manos me temblaban cuando agarré el cofre donde estaban las escrituras de Virgo. Me senté en el escritorio donde dejé las cosas. Con solo tocar el seguro de la caja sentí un rastro muy pequeño del cosmos de mi maestro, prueba de que había roto el sello.

Respiré hondo y me relamí nervioso. Abrí el cofre. Saqué el pergamino, lo desenrollé; leí rápidamente cada palabra, pero no decían nada nuevo. No demoré mucho en terminarlo y me quedé con una sensación amarga.

Dejé caer el cuerpo sobre el escritorio. «¿Por qué lo hizo tan complicado todo, maestro?», pregunté. Suspiré antes de incorporarme. Volví a ver el pergamino y me detuve en las imágenes con las partes de la armadura de Virgo. Se me escapó una risita al ver el casco.

—¿Para qué los tienen si casi no los usa-...?

Entonces recordé un detalle particular de Virgo.

—El mala... Shaka... necesita invocarlo... Siempre lo tiene escondido.

Me levanté de golpe y tiré la silla. Corrí de nuevo a ver los demás cofres. Pasé las manos sobre cada uno. «Es mi cosmos —pensé—. Yo fui el último en sellarlos... menos el de Virgo». Con eso no tuve dudas: el mensaje de Shion estaba ahí.

Volví a revisar cada detalle del cofre; no había nada muy evidente. Lo sacudí suave y sentí que algo se movía dentro. Pensé que quizás tenía un fondo falso. Al tratar de sacarlo descubrí que una tela tapaba otro seguro, pero por más que intenté no se abrió. Me crucé de brazos a pensar.

—¿Cómo se supone que lo abra? ¿Será con una llave? ¿Algún código? Hmmm... No creo que necesite las herramientas celestes como con las armaduras... A menos que...

Solté una pizca de polvo de estrellas sobre el seguro y se abrió al instante. Con el corazón desbocado levanté poco a poco las dos hojas de la segunda tapa. Había una libreta pequeña con mi nombre en tibetano. Los latidos se hicieron más fuerte cuando la tuve entre las manos y empeoraron al abrirla para ver la letra de mi maestro hecha palabras.

Miré alrededor, con miedo de que alguien más descubriera aquello que se escondía en los papeles. Tomé aire y asentí para comenzar a leer.

«Para Mu, mi estimado pupilo,

»No estoy seguro de las posibilidades de que leas estas palabras; tal vez lleguen a perderse o te alcancen cuando carezcan de sentido. Pero en caso de que necesites respuestas quizás las halles a continuación.

»Al momento de escribir esto falta una semana para que regreses al Santuario a completar tu formación como santo de oro y pases la prueba de Aries; aunque estoy seguro de que él ya tomó una decisión (vos debés saberlo mejor). No fue un camino fácil para ninguno de los dos. Estoy muy viejo y me duele ver que todo el peso de nuestros antepasados haya caído sobre tus hombros estrechos. Me habría gustado que crecieras al lado de los nenes del pueblo, corriendo en los valles, cubierto de tierra de la cabeza a los pies. Si tan solo no le hubiera dado tantos disgustos a tu abuela, te habría visto convertido en un joven alegre y lleno de vida, así como era tu padre.

»Sin embargo, vos tampoco pudiste escapar al destino que escribieron las estrellas. A pesar de todo, deseo con el corazón que hayas disfrutado cada risa, cada alegría, descubrimiento y cariño recibido hasta ahora que leés esto. Que los sacrificios hechos para que llegaras donde estás hoy no hayan sido en vano. No fui solo yo, también estuvo la gente del pueblo y tus compañeros, además de las personas que hayan cruzado alguna vez por tu camino.

»Tal vez nadie haya sacrificado tanto como Shaka, seguramente ahora el santo de Virgo. Si leés esto es porque sabés a qué me refiero.

»Lo más probable es que estés pasando momentos de duda y dolor. Pero quiero que entiendas que ninguno de ustedes tuvo la culpa. Sé que Shaka lo piensa por más que le diga lo contrario. A mí también me sabe mal haber tenido que separarlos. Creeme que fue la mejor manera.

»Supe desde el primer día que pisó el Santuario que él era la persona destinada a vos, aunque muchas veces creí que eran ideas mías. Shaka se había formado de una manera que le impedía experimentar el apego, por lo que pensé que nunca iba a pasar todo lo demás.

»Llegó una tarde a la sala principal acompañado por un antiguo santo nacido también en la India. Estaba bien informado sobre todo lo que se esperaba de él. Con solo verlo sentí lo poderoso de su cosmos todavía inmaduro. Sin embargo, aún conservaba actitudes acordes a su edad. Cuando fue hora de separarse de su maestro lo agarró fuerte de la mano.

—Shaka, este es tu destino —le dijo—. Fuiste llamado a cosas grandes y no puedo acompañarte más. Muy pronto vas a superarme.

»Dejé mi trono para acercarme a él. Le acaricié la cabeza y apretó los párpados. Era uno de los nenes más tiernos que haya visto: las mejillas rojas invitaban a estirarlas.

—Todo aquel elegido por las constelaciones tarde o temprano viene al Santuario —le dije—. Bienvenido, futuro santo de Virgo. Te estábamos esperando.

»Cuando estreché su mano tan pequeña supe que iba a ser una pieza clave en el ejército de Athena. Tenía grandes expectativas, me hacía mucha ilusión la clase de santo que sería en el futuro.

»Se despidió de su maestro y lo llevé a recorrer el templo principal. Era muy callado, ni siquiera hacía ruido al caminar. No tenía idea si en verdad me escuchaba y no iba a presionarlo; tarde o temprano él hablaría. Hecho que ocurrió mucho antes de lo que esperaba.

—Cosmos.

»Fue lo primero que sonó con su timbre sereno. Pasábamos por el pasillo donde estaba mi habitación. Enseguida comprendí que había percibido tu cosmos tras aquellas paredes.

—Ese es Mu; mi discípulo.

—Es muy cálido —dijo.

—Sí, es un nene bastante dulce. Pero ahora no se siente bien. En un par de días vas a poder conocerlo.

»Tenía la esperanza de que podrían hacerse compañía para abrirse más. Ese deseo se hizo más grande luego de que Aioros me informara que Shaka no parecía tener intenciones de conocer al resto del grupo. Esperaba que se hicieran amigos de a poco, que confiaran el uno en el otro y cada año se volvieran inseparables. Ya los imaginaba como una dupla difícil de vencer que velaría por el bien de nuestra diosa y la humanidad... Siempre te vi a su lado.

»Finalmente te presenté ante tus compañeros y aunque Shaka no había mostrado ningún cambio se interesó en vos apenas te sintió llegar (los años me dieron la habilidad de notar cosas que otros no podrían a simple vista). Me preocupó que pudiera ser un sentimiento no correspondido ya que vos no lo habías mirado ni una sola vez, pero me dije que quizás sería cuestión de tiempo; después de todo tenían seis años.

»Mientras avanzaban en los entrenamientos también lo hacían en su amistad, tal cual era mi deseo. Varias veces llegaste alegre a las lecciones por haber practicado o simplemente jugado con él antes. Los ojos te brillaban y tenías los cachetes rojos cuando lo veías o te lo nombraban; hasta levantabas la voz y hablabas rápido si se trataba de él. Eran los momentos en que más feliz te veías.

»Me hice a la idea de que algún día, cuando fueras unos años mayor, sería necesario preguntarte sobre tus sentimientos por Shaka. Pero con ustedes hubo cosas que no pude predecir. La primera señal de alerta fue la vez que Saga y Aioros los encontraron junto a Milo en el bosque. A pesar de que recibieron un castigo por eso, mi preocupación se debió más a lo que habían visto. Incluso consulté a Dohko su opinión. Él me aseguraba que, en caso de que hubieran hecho algo, no sería para preocuparse y traté de creerlo por un tiempo.

»Pero le prestabas demasiada atención a Shaka. Me dolía verte feliz y alejarte de la misión que te convertiría en mi sucesor. No me malentiendas: quería que fueras feliz... Sin embargo, por mi rol como Patriarca y debido a tu destino, no podía darte la vida que me hubiera gustado, ser el abuelo amoroso que merecías. Lo único que podía hacer era prepararte con miras a convertirte en un buen santo.

»El día que cumpliste siete años decidí llevarlos a vos y a Shaka con Dohko. Necesitaba que viera lo mismo que yo veía. Aunque me dio la razón en parte también le restó importancia.

—Los nenes a esta edad son de imitar lo que ven. ¿Quién dice que no lo hicieron ya?

»Los miré dormir tranquilos, cada uno en una de mis piernas. Se veían tan inofensivos e indefensos.

—Me preocupa que se confundan y se desvíen del camino por eso —le respondí a Dohko.

—Son muy chicos, Shion. No deben tener mucha idea de lo que significa enamorarse. Quizás solo sientan cosquillas en la panza y les guste la sensación.

—Si solo fuera eso no me preocuparía.

—¿Entonces?

—Shaka es un iluminado. Entiende cosas que a sus compañeros les va a llevar años hacerlo. En su condición debe rechazar todo tipo de deseo... A esta edad no pasaría más de querer juguetes, golosinas o cosas por las que otros nenes harían un berrinche... Pero... cuando se acerque a la adolescencia...

—Para entonces tendrá muchos años de práctica y va a ser más sabio... Aunque... es una etapa difícil y se le podría complicar más si continúa teniendo sentimientos por Mu. ¿Es eso lo que pensás, Shion?

—Sí... Lo peor es que los poderes de Mu dependen mucho de su estado mental y ya sabés cómo pueden jugarle en contra los sentimientos.

—Tal vez puedan aprender a manejarlo juntos.

—Pensé lo mismo y por tal motivo le pedí a Shaka que lo instruya en el tema de la meditación. Así satisfacen el deseo de hacerse compañía sin descuidar el entrenamiento y con suerte algún día aprendan... a dominar sus sentimientos.

—Y así habría tiempo para que estén seguros de lo que sienten, ¿no?

—En caso de que necesiten ese otro método, espero que sea cuando tengan más edad.

»Los días pasaron y mi preocupación aumentó. Estabas más distraído, ausente, siempre con la mente en otro lado. Tus progresos eran pequeños. Me frustraba no poder llamarte la atención como quería porque se te notaba muy feliz.

—¿Qué te gustaría ser de grande, Mu?

—¿A qué se refiere, maestro?

—Es algo común de los adultos querer saber sobre los sueños de los más chicos... ¿Hay algo en particular que quieras?

—Quiero... ¿Qué es lo que quiero? Nunca me lo había preguntado.

—Cuando tenía tu edad quería aprender a reparar las armaduras y ser un santo de Athena.

—Yo también quiero lo mismo.

—¿Y otra cosa?

—¿Qué podría ser?

—Tener un trabajo tal vez.

—Ah, ¿como ser maestro?

—Sí.

—¡Entonces quiero ser un maestro como usted! Así le podría enseñar a más gente del pueblo a arreglar las armaduras como antes.

—¿Y algo más común?

—¿Algo más común?

—Estudiar o viajar como el resto de la gente, o... enamorarte y casarte.

—Acá también estudio y viajé desde Jamir hasta Gracia, así que... Pero... si voy a ser santo de Athena... no puedo casarme, ¿o sí?

—Enamorarse no está prohibido, pero no podemos... compartir nuestra vida con la persona que amamos... o al menos no de una forma convencional. Por eso es preferible evitar sentir algo así.

»De pronto lucías apagado. Jugueteabas con los dedos llenos de curitas y movías las piernas en el aire.

—Entonces solamente voy a ser maestro para formar más santos de Athena y herreros.

»No dudaba que ese fuera realmente tu deseo, pero sabía que tenías otro que no podías decirme. Lo tuve bien en claro cuando corriste con los ojos vivos, llenos de brillo y calor al ver a Shaka antes de su hora de meditación habitual. Era agradable verlos. Él sonreía como no hacía con nadie más.

»Pero debía asegurarme que no pasara por lo mismo que vos. Por lo que consulté con Aioros cómo lo veía en los entrenamientos.

—Tiene muy buen control del cosmos. No se le dificulta seguirnos el ritmo a Saga y a mí.

—¿Notaste algún cambio o perturbación en él?

—Bueno... Lo vemos más decidido que antes... como si tuviera un objetivo claro.

—Entiendo.

—Saga y yo estuvimos pensando en que podríamos ponerlo a practicar con los más grandes. Puedo hacerme cargo de él y Shura.

—Agradezco tu oferta, Aioros, y me alegra que hayas notado esos detalles, pero aunque Shaka sea más maduro que sus compañeros de la misma edad, es mejor que siga con ellos.

—Entiendo.

—Sin embargo... en caso de que comience a presentar cambios en su actitud... alejalo de Mu.

—¿De Mu?

—Como escuchaste.

—S-sí... Como usted diga, gran Patriarca.

»Ojalá todo se hubiera quedado en una advertencia o una corazonada. Cuando los encontré en la biblioteca de Aries, fue como si reviviera el pasado. No quería que atravesaran lo mismo que yo, ni que tuvieras esa cicatriz horrible. Sé que debiste odiarla, yo también odié la mía. Tu abuela no tenía cosmos, así que Dohko tuvo que ayudarle; fue difícil para ambos. No quiero imaginar lo que habrá sentido Shaka cuando fue su turno.

»Son muy chicos, lo sé. Pero nunca había visto un amor tan puro y fuerte en alguien de su edad. Quizás sea porque no siempre se encuentra al amor verdadero tan temprano. No quiero que te sientas presionado por estas palabras, solo es lo que pienso. Tal vez la vida los haya llevado por caminos que no son los que imaginé y te parezca el desvarío de un viejo. En caso de haberme equivocado, al menos espero que esto te sirva para que el resto de la verdad te alcance.

»Siempre quise lo mejor para vos, en mi rol como Patriarca y abuelo. De no ser porque todavía sos muy joven, te habría elegido como sucesor. Shaka lo sabe y está dispuesto a permanecer a tu lado con tal de que se haga realidad, en caso de ser necesario. Nadie te va a amar y cuidar como él.

»Progresó bastante en el control de sus emociones, pero la prueba más grande va a ser cuando regreses. Es hasta gracioso: por momentos es un nene común que juega a las escondidas y otras veces habla como si hubiera vivido muchos años.

—Me enfrentaría yo solo a los dioses por el bien de Mu.

»Eso me dijo una vez. ¿Vos estás dispuesto a hacer lo mismo? Quizás por eso leés estas palabras ahora. Es normal que no sepas qué hacer. Va a haber días en que quieras dejarlo, que no le encuentres sentido a estar con él. Te vas a cansar de dar tanto y recibir nada. Cuando menos te lo esperes te va a devolver todo y más de lo que imaginabas. El amor es así: fuerte, débil, se cansa, te renueva, preocupa y da paz. También es irracional y te va a dar muchos dolores de cabeza, pero él mismo te va a curar.

»Si parás a pensar y te das cuenta de que al final de cada día agradecés tenerlo a tu lado, por haber permanecido firme mientras te veía crecer un poco más como persona, y si sentís que su sonrisa te salvó o que sus lágrimas te enseñaron algo nuevo... entonces no dudes de que te ama, porque seguramente vos también lo amás a él».

No pude terminar el resto del mensaje. Tuve que cerrar la libreta para no mojar las hojas. Me recosté en el escritorio, con la cabeza entre los brazos y sollocé. Shion y mi abuela tuvieron muchas dificultades en su relación, pero nunca dejó de amarla. En la carta donde reveló nuestro parentesco había escrito que si volvía a nacer la buscaría para hacerla feliz, como no pudo durante su tiempo al servicio de Athena. Nunca mintió cada vez que decía entenderme mejor que nadie. Tampoco cuando le aseguró a Shaka que podíamos tener otra oportunidad.

Lo amaba, no quería dejarlo pasar para arrepentirme el resto de mi vida. Tenía que levantarme y demostrarle que su sacrificio no había sido en vano.

Pero su reacción del día anterior me hacía acobardar. Quizás se había hecho una idea equivocada y creía que solo me interesaba para satisfacer mi deseo carnal. Aunque fuera cierto en parte, realmente no importaba. Era suficiente con tal de que volviera a mostrarme una sonrisa.

Me di un baño rápido. No esperé a que mi pelo se secara para vestirme, apenas le pasé el peine y salí corriendo en dirección a Virgo. Fui por los pasadizos secretos. Tropecé un par de veces, pero no me detuve. Nunca me había costado tanto correr, me dolía el pecho si intentaba inhalar. También se me escaparon algunas lágrimas.

Vi el símbolo de Aries en la pared, brillaba muy tenue en la oscuridad. Entré al túnel, mi corazón estaba enloquecido, casi al límite. A lo lejos, la salida. Las piernas me empezaron a pesar, creí que se me iban a desgarrar los músculos. Mi cuerpo no me iba a ganar. Aceleré el ritmo y salí del túnel.

Los escalones en la entrada me parecieron altos en exceso. Incluso tuve que arrastrarme para subirlos. Llegué a la cima y volví a correr. Mis pasos retumbaron en cada rincón. No me detuve sino hasta estar frente a la puerta del cuarto de Shaka; estaba abierta. Fue recién entonces que pude dedicarme a recuperar el aliento.

Shaka estaba sentado frente al tocador. Paró de peinarse para girar a verme, aunque con los ojos cerrados. Tenía el tronco descubierto y una toalla alrededor del cuello. Dejó todo sobre el tocador y se puso de pie, lo que hizo que comenzara a temblar.

Caminó hasta mí. Yo todavía no lograba controlar los latidos ni la respiración. Me agarró del hombro de la camisa con suavidad e hizo gesto de asombro.

—Estás mojado —dijo en tono bajo.

Fue a abrir una cortina tras la cual se encontraba una suerte de armario, que más bien podría haber sido otro cuarto. Si hubiese podido habría hecho un comentario sobre la cantidad ridícula de ropa que tenía. Agarró una bata azul con distintas figuras en blanco, verde agua y fucsia. Luego fue hasta una cómoda de donde sacó una toalla y volvió conmigo.

—Ponete esto. Está fresco.

Ni siquiera miré la prenda que me ofrecía, no podía sacarle los ojos de encima. Torció la boca ante mi falta de respuesta.

—Permiso —dijo y empezó a desabotonarme la camisa.

Miré sus dedos moverse y dejarme el torso descubierto. Me sacó las mangas. Ya sin camisa pasó la toalla por las zonas donde estaba mojado. Él mismo me puso la bata. Acomodó la toalla en mis hombros para que el pelo no me tocara directo en la ropa.

Salió del cuarto y no pude seguirlo. Cerré la bata con ambas manos. Todavía no conseguía tranquilizarme. No sabía cómo empezar a hablarle. Además, su reacción no era lo que esperaba. Pensé que quizás ese era el resultado de su entrenamiento de años, lo que yo había fallado en dominar.

Shaka regresó. Sin decir nada me agarró de la muñeca para que me sentara en la cama. Él agarró el peine y dos cintas del tocador, se ubicó a mis espaldas y comenzó a desenredarme el pelo. No era tirante, lo hacía con paciencia. Poco a poco me ayudó a calmar los nervios. Lo sentía como mimos, tal cual en nuestra infancia. Me relajé tanto que por unos minutos creí haberme dormido y me transporté en sueños a aquellos días en que Shaka sonreía con los cachetes colorados.

Terminó de atarme el pelo en una trenza, lo envolvió en la toalla y los apretó unos segundos. Se sentó junto a mí, aunque algo apartado, para continuar con lo que hacía antes de que llegara. Miré en detalle cada uno de sus movimientos delicados, los mechones que caían suave sobre su pecho. También se hizo una trenza. Le quedaba hermosa, acentuaba sus rasgos finos y a la vez resaltaba los más masculinos. Me dio vergüenza mirarlo tanto, especialmente porque no decía nada.

Tragué saliva. Miré mis puños sobre los muslos. Tal vez debía empezar por disculparme, por lo que había pasado o por haber llegado sin avisar. Los latidos me aturdían. «Ya no tengo siete años —me dije por dentro—. Soy un adulto... y este es un tema de adultos».

—Disculpá por lo que pasó ayer.

Levanté la mirada. Su cara con los ojos cerrados no transmitía nada en particular. Fue el tono sereno que usó lo que más me sorprendió. Antes de continuar suspiró.

—Pasaron muchas en muy pocos días... Entiendo que te sientas confundido. Yo también lo estoy.

—N-no... No fue tu culpa... Yo... tendría que haber pensado más en tus sentimientos.

—Mis sentimientos están bien. Pero... la forma en que traté todo... Tendría que haber ido de a poco.

A decir verdad, luego de haberlo meditado, eso hubiese sido lo mejor. Las cosas habrían sido muy distintas en ese caso. Sin embargo, nada de lo que vino después lo habríamos vivido al máximo si las cosas no hubieran pasado de esa manera.

—No intentes cargar con la culpa de todo —le dije—. Te presioné para que lo hicieras... Seguramente ya era demasiado con verme y recordar todo.

—Nunca lo olvidé... Solo... fingí hacerlo. Soy bueno para engañar a los demás y a mí mismo.

—No está bien vivir así.

—Fue la única manera que encontré. Pero ya no importa.

—Sí que importa, Shaka... Engañarte a vos mismo, forzarte a hacer cosas en contra de lo que creés y sentís... ¿No te lastima?

Permaneció sin responder.

Apoyé las manos a los costados, sobre el colchón. Miré al frente, a los recuerdos que pasaban en mi mente.

—La cicatriz que siempre odié por ser horrible... ocultaba un pasado hermoso, pero cargaba mucho dolor; el tuyo... Tal vez por esa razón la odiaba más que al resto.

Shaka se frotó el brazo.

—Tendría que haberme negado —dijo.

—No. Hiciste lo correcto.

—Pero viviste una mentira por trece años, Mu —levantó un poco la voz.

—Eso pensé... Pero todo lo que viví fue real... Solamente había una parte del pasado que no recordaba. Una parte muy valiosa para mí.

Shaka se mordió el labio y trató de que no pudiera verle la cara. Le apoyé la mano en el hombro, se sobresaltó.

—Creí que nunca me enamoraría. Pensaba que jamás me iba a pasar... Y resultó ser... que sí me había pasado. ¿Sabés lo confundido que estaba? Todavía lo estoy un poco.

Le alejé la mano para volverla a colocar sobre mi muslo. Shaka giró lento el rostro hacia mí. Tomé aire.

—Disculpá lo que pasó ayer... La situación me superó y... Ni siquiera yo sabía que podía hacer esas cosas.

Él se tocó los labios con timidez.

—Entiendo... que te sientas incómodo conmigo después de haber intentado... hacerte... eso.

—No, Mu. No fue por esa razón... que traté de evadirte.

—¿Eh?

—Fue demasiada información, demasiadas emociones... Es normal que te comportaras... Que nos comportáramos de esa forma. Para que no te sintieras peor, preferí dejarte tranquilo.

—No fue la mejor opción —respondí con risa amarga—. Pero estoy bien. Ya no importa... Solamente... me quedaba disculparme por lo que hice.

Shaka agachó la cabeza.

—Si no te hubiera devuelto los recuerdos, o si tan solo hubiera... mantenido la distancia, no te habrías sentido así.

—Es verdad —hice una pausa—. Pero también es cierto que este sentimiento sigue igual... No... No es igual. Es más grande.

Shaka levantó la cabeza. Lo agarré de la mano; la suya temblaba un poco. Le acaricié el dorso con el pulgar.

—Shaka, vos mismo lo dijiste: fue lo mejor. Lo hiciste para protegerme porque me querías.

Su nuez de Adán se movió. La expresión que tenía, semejante a la que pondría si viera algo salido de su peor pesadilla, me daba ganas de abrazarlo y consolarlo. Pero preferí ser cauteloso. Continué:

—En aquel entonces era débil, pero ya no soy el mismo. Estoy seguro... de que tengo la fuerza para amarte como se debe.

Por el movimiento de su abdomen agitado me di cuenta de que estaba muy nervioso. Le puse la mano en el medio del pecho; el corazón le latía fuerte.

—Si me lo permitís, por lo que nos quede de tiempo en esta vida, voy a hacer todo lo posible para cerrar la herida que tenés... y que el pasado sea una cicatriz dulce.

Shaka se cubrió el rostro y se levantó de la cama; a paso rápido alcanzó el tocador donde se apoyó con una mano. Pensé en seguirlo, pero no quería que empeorara. Temblaba cabizbajo. Se escuchaba claro que le costaba respirar. Permanecí atento por si llegaba a necesitar ayuda.

—Te esperé tanto tiempo... y nunca llegaste como habías prometido —dijo agitado—. Todos los días bajaba hasta Aries con la esperanza de encontrarte o verte llegar... Un año, dos... Pensé que te habías olvidado de mí, pero me negaba a creerlo.

Cerré los párpados, lamentándome.

—Cuando Saga planeaba traerte a la fuerza le supliqué que me dejara ir. Quería verte, lo necesitaba... Te busqué día y noche... Hasta que una tarde te vi mientras entrenabas a la orilla de un río. Habías crecido, incluso tenías un discípulo...

—¿Por qué no me hablaste? —le pregunté mientras me levantaba— A mí también me hacía falta... la compañía de alguien conocido.

Tosió. No sabía si prefería que me acercara o que me mantuviera apartado. Solo pude esperar a que consiguiera respirar tranquilo. Cuando lo hizo me alivié.

—Mis sentimientos se descontrolaron —dijo con dificultad—. Fallé de la forma más patética posible. Tuve suerte de que Saga me perdonara y diera por finalizada la misión...

Golpeó el tocador con el costado del puño. Una botella cayó al piso, pero no le importó que se rompiera.

—No podía repetirlo. Se me ocurrió pasar por el ritual para sellar mis recuerdos... y hasta en eso tuve miedo.

Clavó las uñas en la madera. Las ganas de abrazarlo querían ganarme. Tuve que pasear la mirada por todo el cuarto para no fijarme demasiado en él.

—Lo único que me quedaba era el camino del que nunca tuve que haberme apartado —habló grave y dolido—. Medité por meses, entrené más duro que nunca. No iba a caer de nuevo... Le hice creer a todo el mundo, incluso a mí mismo, que era invencible. Por mucho tiempo lo creí. Ya no tenía piedad con nadie, solo vivía para cumplir mi misión como santo... Hasta que una carta llegó desde Japón...

Shaka apretó los puños tan fuerte que se le marcaron las venas en los antebrazos. Una lágrima cayó de mi ojo y ni siquiera me molesté en limpiarla.

—Esa mañana... tu cosmos... tan cálido y justo... como la primera vez que lo sentí —Su voz se quebró—. Bajé temblando hasta el templo de Aries... Eras vos, ya no se trataba de un sueño ni una ilusión... Habías vuelto tan grande... Ya eras un hombre, pero en el fondo seguías siendo ese nene... por el que abandonaría todo de nuevo.

—Shaka...

—Tuve miedo... Tuve miedo de volver a ser como antes y fallar en mi obligación como guardián de Virgo... Aunque al final lo hice... y fue lo mejor que pudo haber pasado.

Aún apoyado en el tocador giró a mirarme. Las lágrimas le bajaban por la cara, interminables.

—¿Por qué, Mu? ¿Por qué sigo pensando como a los siete años? ¿No era que había crecido? Me hice fuerte... Soy uno de los más temibles en el ejército de Athena... pero... ¿Por qué tiemblo de solo tenerte enfrente?

La imagen de Shaka era borrosa. Si parpadeaba podía verlo bien, solo hasta que las lágrimas volvían a nublarme la vista.

—No debería amarte, Mu... Se supone que soy... el hombre más cercano a los dioses... pero lloro y tiemblo como un humano... porque... te amo tanto, tanto.

Suspiré largo y entrecortado. Era el momento para cambiar nuestras vidas. Carraspeé la garganta, luego me limpié la cara. Entonces le dije:

—¿Sabés? No me gusta eso del hombre más cercano a los dioses... Me hace sentir que sos inalcanzable... A mí me gusta el Shaka que llora y tiembla... porque es el Shaka... que me hizo ser fuerte.

Se mordió el labio, pero el sollozo que luchaba por salir lo venció. Corrió hacia mí, para abrazarme por el cuello y llorar como la vez en los dormitorios. Lo rodeé con los brazos, firme, le acaricié la cabeza. Su cuerpo se sacudía cada vez que sollozaba. No soporté más y dejé que las lágrimas transmitieran las emociones que ya no podía retener. Finalmente tenía a la persona que amaba conmigo.

—Ya llegué, Shaka —le dije al oído.

Él me abrazó más fuerte. Tuvo que controlar el llanto para hablar.

—Bienvenido, Mu.

Era cálido y nostálgico. Por un segundo sentí que estábamos en el cuarto que compartimos de chicos, sin miedo, emocionados con esos mimos inocentes. Era el abrazo que necesité tantos años, lleno del calor de la persona más importante. Quería estrujarlo y besarle los cachetes húmedos. Solo me di el gusto en lo último. Le sequé la cara para decirle:

—Te amo, Shaka.

Apretó los labios. Los ojos se le desbordaron de nuevo. Sollozó una vez, pero enseguida sonrió. Fue la sonrisa más hermosa que haya visto en toda la vida.

—Te amo, Mu.

El corazón me dio un vuelco. Volví a enjugarle las lágrimas.

—Ya no llores más —le dije.

—¿Cómo podés pedirme eso... cuando vos también estás llorando?

Entonces fui yo quien buscó la protección de un nuevo abrazo. Desde los siete años el lugar más seguro estaba entre los brazos de Shaka. Me dibujó círculos invisibles en la espalda y todo tuvo sentido.

Él era una figura callada en las gradas, el pan salado más rico del mundo, los atardeceres en las doce casas. También el valor para enfrentar a cualquier enemigo, la curiosidad por las cosas de adultos y los besos más tiernos. Guerras de cosquillas, abrazos bajo la sombra de un árbol, el miedo más grande. Shaka era todo lo que amaba.

—Mi Shaka.

Acomodó el mentón entre mi hombro y cuello. Los círculos invisibles en mi espalda se hicieron cada vez más cálidos, casi tanto como la voz de Shaka.

—Mi Mu.

-NOTAS FINALES-

¡Y hasta acá el capítulo!

¿Qué les pareció?

Debo confesar que lloré con el final, pero debe ser cosa de las hormonas porque ando re sensible LOL

¡Shaka y Mu están juntos por fin!

En tiempo de la historia no tardaron demasiado XDDDDD

Creo que una vez comenté que esto iba a ser un oneshot lol Hace unos días me puse a pensar en cómo planeaba que fuera y la verdad es que no me acuerdo XDDDD

Pero me gusta cómo se fueron dando las cosas.

Creo que en unos... siete capítulos se va a terminar. Todavía no decidí cómo voy a distribuirlos, así que no sé exactamente cuántos van a ser.

Sobre el "lemon", no quise hacerlo demasiado largo ni detallado porque al final era la fantasía de Mu. Ya van a venir un par más y completos.

Ah, me habían preguntado quién es el uke y el seme... No me gusta encasillar a mis personajes, así que son versátiles.

¿Qué les pareció el mensaje de Shion?

Me acuerdo que lo escribí hace meses, una tarde en que se cortó la luz y mi tablet milagrosamente tenía batería XD

Algún día les voy a contar la historia de Shion y la abuela de Mu. Él tampoco lo tuvo sencillo.

No sé qué más comentar sobre el capítulo (además que quiero irme a comer y ya va a empezar Masterchef XDDD).

La continuación no sé cuándo va a venir porque en unos días empiezo a cursar en la facultad y este cuatrimestre tengo que hacer el último taller de narrativa, gran parte de mi tiempo de escritura lo voy a invertir en eso.

Pero voy a tratar de que el siguiente capítulo venga a mediados o fines de abril.

Espero que se hayan quedado con una sensación linda después de leer este capítulo.

Cuídense.