Capítulo 14
Un aroma a coco me llegó a la nariz. Hundí más la cabeza en la almohada; el colchón nunca me había parecido tan cómodo. Entreabrí los ojos; ya era de día. Giré para quedar boca arriba. A mi izquierda estaba la pared. No había nadie conmigo.
—¡¿Shaka?! —exclamé su nombre mientras me sentaba de golpe.
Era mi cuarto. La puerta estaba cerrada, no había rastro de otra presencia. Sentí una presión en los hombros que pronto alcanzó mi pecho y los brazos. «¿Fue un sueño?», pregunté para mis adentros. Me llevé la mano a la frente; apreté los párpados.
—Anoche... ¿Lo soñé?
Abrí los ojos. La manga de la bata no me pareció conocida. Estiré la tela que me cubría el pecho; el perfume a coco se sintió más fuerte. Los latidos se aceleraron.
—Es de Shaka... Entonces...
Me dolió la cara por la sonrisa que se me formó cuando recordé lo que había pasado en la casa de Virgo. No había sido un sueño. Finalmente le había dicho a Shaka lo que sentía por él. Lo tuve entre mis brazos, lloramos hasta quedarnos secos. Nos sentamos en la cama, con las manos entrelazadas, las cabezas juntas, en silencio. Fue como los días en que meditábamos juntos: nuestros cosmos fluían armoniosos, ninguno sobrepasaba al otro, nos envolvían en un manto cálido.
No hicimos nada más. Los minutos volaron y Shaka todavía tenía que hacer la última visita a la fuente de Athena. Se puso la armadura, bajamos juntos por los templos; apenas comentábamos que la noche era fresca, la luna brillaba más que nunca y cosas similares. Por algún motivo nos pusimos tímidos. Era la primera vez que no me incomodaba el silencio de Shaka; quizás porque la sonrisa pequeña que tenía me aseguraba que todo estaba bien.
Cuando llegamos a la primera casa no quería dejarlo ir, él tampoco parecía querer alejarse, pero no decíamos nada. Apenas nos mirábamos. Una brisa fresca nos estremeció y me acomodé la bata. Shaka agarró mis manos entre las suyas para compartirme un poco de su cosmos.
—Está haciendo frío —dijo—. Mejor entrá.
Asentí. No quería soltarlo. Me parecía un sueño tocar su piel. Pero al final nos separamos con la promesa de que nos veríamos al día siguiente. Así que ahí estaba yo en mi cama, feliz y completo después de mucho tiempo, lleno de energía.
Me levanté para comenzar con las tareas diarias. Tras el desayuno puse en orden el taller. Aún quedaban dos armaduras por arreglar; decidí que en cuanto viera a Milo y Aioria les recordaría ese asunto. No tuve que esperar demasiado para encontrarlos: ellos mismos entraron a la casa de Aries cuando iban de paso al coliseo. Me invitaron a practicar, cosa que no rechacé.
En la arena de entrenamiento había varios aprendices, algunos con sus maestros y otros practicaban por su cuenta. Con mis compañeros empezamos la entrada en calor, entonces aproveché para preguntar quién sería el próximo en dar su sangre para que continuara mis tareas. Milo estuvo de acuerdo en ser el siguiente. Con ese tema resuelto estábamos listos para la práctica de verdad. Pero entonces pasó algo único.
—Va a llover —dijo Milo.
Levanté la vista al cielo; nunca lo había visto tan azul, no había ni una nube.
—No está nublado —comenté.
—No lo decía por eso.
—¿Entonces?
Milo y Aioria se miraron cómplices. Recién ahí me di cuenta de que varios de los aprendices parecían sorprendidos y emocionados. Todo el mundo miraba en dirección a mis espaldas. Volteé a ver: Shaka estaba en las gradas; brillaba más que el mismísimo sol. Traté de no mostrarme muy entusiasmado.
—Qué raro que haya bajado con los simples mortales —dijo Aioria.
—Es que ahora tiene una razón para venir hasta acá —le respondió el santo de Escorpio.
No me costó entender que se refería a mí, pero lo ignoré.
—Voy a ver si necesita algo —dije.
—Ah, sí. Tomate tu tiempo.
—Sí. No hay apuro.
Rodé los ojos. Ellos se alejaron conteniendo la risa. No les di mayor importancia y me dirigí a donde Shaka se encontraba. Mientras más me acercaba más crecían las ganas de sonreír. Él también lucía alegre, a comparación de los días pasados.
—Shaka, buen día.
—Buen día, Mu.
—¿Qué pasa? —le pregunté.
—No te encontré en tu templo, así que vine a buscarte.
—¿Necesitás algo?
—Solamente... quería saludarte.
—Oh... Entiendo.
Nos quedamos sin palabras. Tal vez queríamos decirnos muchas cosas -y sí que teníamos mucho para hablar aún-, pero no sabíamos por dónde empezar. Habíamos dejado en claro nuestros sentimientos, aunque nunca acordamos qué tipo de relación tendríamos. Admito que la palabra novios me daba un poco de vergüenza, hasta me parecía algo cursi. Ya no podíamos ser amigos, así que necesitábamos otro título. Quizás era muy pronto para pensar en esas cosas; me sentía un poco tonto.
No quería alargar más el silencio. Por suerte se me ocurrió algo.
—Ah... La bata que me prestaste —le dije—. Te la devuelvo después de lavarla.
—No hace falta. Me gustó cómo te quedaba, así que te la regalo.
Dirigí la vista a un lado, mientras el ardor en mi cara aumentaba.
—¿Viniste a entrenar con Aioria y Milo? —me preguntó.
—Ah, sí. Ya lo necesitaba... ¿Te gustaría acompañarnos?
—Perdón. Tengo que ir a la fuente de Athena y después encargarme de otros asuntos.
Llevé todo el peso del cuerpo a la pierna derecha.
—¿Hace cuánto no entrenás con los demás?
Se tomó unos segundos para pensar.
—Creo que bastante tiempo.
—Tal vez debas ejercitarte un poco.
—Sí lo hago.
—¿Entonces quedamos para entrenar juntos cuando tu agenda no esté muy ocupada?
—¿Me estás proponiendo algo?
—Puede ser —le respondí con una sonrisa de lado. Shaka estuvo a punto de reír.
—Pensé que alguien sentimental como vos tendría en mente algo más... romántico.
—¿Te gustaría que sea así?
Shaka movió la cabeza de un lado a otro sin perder la sonrisa.
—Creo que mejor me voy. Además, te están esperando y seguro ya se inventaron toda una historia.
Miré a donde estaban Milo y Aioria. Mi compañero de Escorpio hizo un gesto de que todo estaba bien con el pulgar. Suspiré para volver a hablar con Shaka.
—Voy a tener que dar explicaciones.
—No hay nada que hacer, especialmente cuando ya conocen la verdad.
—Así parece... ¿Nos vemos después?
—Nos vemos.
Cuando Shaka se alejó quise ir tras él y olvidar el entrenamiento. Pero me detuve a respirar y pensar. Habíamos pasado por demasiadas cosas muy rápido, lo que menos deseaba era presionarlo, hacer que se sintiera incómodo. Además, nos íbamos a ver en un par de horas. Ya no tenía planeado irme, mucho menos sin su compañía. Estaba seguro de que podría disfrutar de su amor por un largo tiempo; era lo que más deseaba.
Regresé con mis compañeros. Al verme hicieron de cuenta de que no había pasado nada y regresaron a los ejercicios de elongación.
—Ah, Mu. Volviste —dijo Milo—. ¿Todo en orden?
Me crucé de brazos.
—Antes de que se hagan ideas equivocadas, es mejor dejar las cosas en claro.
—Estás saliendo con Shaka. Ya lo sabemos.
—¿Q-qué? No. Es decir... ¿Cómo...?
Los dos intercambiaron miradas. Entonces Aioria dijo:
—Nunca fue secreto lo suyo. Siempre nos pareció normal.
—Dale, admití que fue una de las razones por las que te llevabas mal con Shaka —le dijo Milo para mi sorpresa.
Aioria se rascó la nuca.
—Tal vez fue cruel de mi parte provocarlo con eso.
—¿Con qué? —le pregunté. El santo de Leo suspiró algo molesto.
—Shaka era muy odioso —respondió—. Me daba bronca... o tal vez era envidia, no estoy seguro. Él era parte del círculo más cercano de Saga. Siempre que lo cruzaba, aunque no tuviera los ojos abiertos, sentía que me miraba como si fuera una basura. Varias veces le dije que era un cobarde y débil para no aceptar sus sentimientos y enfrentarlos. Entre otras cosas.
A pesar de encontrar cruel lo que Aioria le había hecho a Shaka, entendía sus motivos. Él también había sufrido bastante en esos trece años, no podía culparlo.
—Anoche tenía pensado hablar con él sobre ese asunto —continuó—. Pero entonces vi que entraste en Virgo y preferí no meterme.
El calor me subió desde el cuello, imaginé que tendría la cara roja. Milo me dio palmadas en la espalda.
—Los dos se ven más animados, así que resolvieron sus diferencias, ¿no? —Moví la cabeza como afirmación— Bien. Un problema menos.
No preguntaron nada más, ni siquiera hicieron comentarios incómodos. Pensé que era algo que esperaban hacía bastante tiempo. En verdad yo también creí que ya no habría complicaciones. Todo se veía brillante, no le daba demasiadas vueltas a las cosas en mi mente. El entrenamiento no me resultó difícil, terminé con bastante energía para continuar las pocas tareas de las que debía ocuparme. Sin embargo, cuando ya no tuve nada que hacer el tiempo empezó a ir lento.
Di vueltas por mi templo, busqué a Aldebarán para pasar el rato, también me comuniqué con Kiki que ya lo había descuidado por varios días. Las horas no se iban. Si tan solo hubiera acordado un horario para vernos con Shaka habría llevado mejor la espera. Me sorprendí a mí mismo: después de tantos años creí que había dominado el arte de la paciencia. Pero cuando se trataba del caballero de Virgo hasta yo me volvía impredecible.
Contemplé el atardecer desde una de las ventanas de la casa de Aries. Seguí el vuelo apresurado de los pájaros antes de que llegara la noche. Busqué formas en las nubes que perdían el blanco y se mezclaban con el tono rojizo del cielo. Me pregunté si los ojos de Shaka también tomarían el mismo color a esa hora. Mis labios se curvaron. Quería verme atrapado en sus ojos de nuevo. Suspiré y me apoyé en el marco de la ventana.
Una silueta me llamó la atención a mi izquierda. Shaka me miraba a su manera, con la misma sonrisa tranquila que había mostrado en la mañana. La brisa balanceó su pelo y pegó más la tela del kurta celeste en su pecho. Un suspiro de sorpresa atravesó mis labios.
—Shaka. ¿Cuándo llegaste?
—Hace menos de cinco minutos quizás. Parecías muy concentrado, no quise molestarte.
—Podrías haberme avisado.
—Es verdad... Pero tu perfil visto desde este ángulo con la luz del atardecer me supo muy relajante.
Me quedé sin palabras. Evité darle la cara de frente, no quería que me viera sonrojar. No entendía cómo podía transmitirme tanta paz solo con tenerlo al lado. Era una calidez nostálgica, la sentía en el pecho, en toda la piel aunque no me tocara; quizás fue producto de los últimos rayos del sol. Pero en esos primeros días con Shaka prefería creer que era la fuente de todo lo bueno.
En el horizonte ya era visible el color de la noche. Apoyé las manos en el alféizar. Cerré los ojos. Escuché que Shaka se movió y volví a mirarlo; estaba en la misma posición que yo. El sol parecía brillar únicamente en sus pestañas largas. Mi corazón golpeaba a un ritmo lento pero con fuerza. El viento cambió de dirección y percibí una mezcla de fragancias: coco, sándalo y rosa. Enseguida recordé lo que Shaka me había dicho sobre su cuidado capilar, de ahí el coco. Por el sándalo seguramente había estado meditando.
—¿Y la rosa?
—¿Nnh?
—Pensaba en voz alta.
—Ah... Pensé que te habías dado cuenta.
Vi la mesa en el centro del cuarto. Una rosa roja dentro de un jarro con agua. Entonces Shaka dijo:
—Cuando preguntaste quién se hacía cargo del jardín que plantó Aphrodite al lado de los dormitorios, decidí hacerlo yo mismo. Así cuando Athena vuelva va a poder verlo, como él quería.
—Es verdad... Siempre tenía una rosa para todo momento —Le di una sonrisa—. Todavía tengo la que me regalaste después del ritual.
Su expresión estuvo a punto de apagarse. Entonces me apresuré a agarrarle la mano.
—Está en el libro que escribió mi abuela. Muchas de las cosas que más me importan están en esas páginas. Esa rosa no podía ser menos. Me ayudó mucho cuando me sentí solo en Jamir.
Sus labios volvieron a curvarse. Entrelazó los dedos con los míos y me acarició la cara. No necesitó decir nada, ni siquiera abrir los ojos. Poco a poco nos acercamos hasta unirnos en un abrazo. Me olvidé del mundo, del cielo que se volvió oscuro, del viento que se metía por la ventana con un frío ligero. El calor de Shaka que me envolvió trajo a mi memoria lo solitaria que era la vida solitaria en el Tíbet cuando no podía ir al pueblo, y cuánta falta me hizo. Pero su agarre firme me llevó al presente otra vez y me entregué al disfrute de la persona que más amaba.
Los primeros días junto a Shaka ahora me parecen un sueño. Apenas despertar tenía la impresión de que mis pies no tocaban la tierra, la emoción no abandonaba mi pecho y la alegría cada vez que lo veía no dejaba de crecer. Al principio solamente disfrutábamos de la compañía mutua, charlábamos en la entrada de mi templo o del suyo. Nos encontrábamos para tomar el té. Incluso estuvo a mi lado cuando arreglé la armadura del Cisne. Los minutos se hacían horas. Nunca me parecía suficiente el tiempo a su lado.
Una noche en la que vigilaba desde la entrada de Aries, Shaka pasó rumbo a la fuente de Athena para la última visita diaria. Como hacía mucho no veía a los santos de bronce que aún no habían despertado lo acompañé. Allí también estaba Shun, a la espera de que sus hermanos abrieran los ojos. Él nos puso al tanto de las novedades, que no eran muchas, y conversamos un rato. Me pareció curiosa la afinidad que tenía con Shaka; supuse que él le había tomado aprecio al ser el hermano de Ikki.
—Shun también es de Virgo —le comenté a Shaka cuando regresábamos a las doce casas.
—¿En serio?
—Pensé que lo sabías y por eso aceptaste que te ayudara.
—Él solo se ofreció. Su compañía no me pareció molesta.
—Viniendo de vos, eso significa que te cae bien.
—Tal vez.
De repente Shaka dejó de caminar. Me adelanté algunos pasos hasta que me detuve y le pregunté:
—¿Qué pasa?
—Acompañame.
Sin dar más explicaciones, nos desviamos del camino, entre distintas plantas y arbustos. Los árboles se abrieron dejando un espacio circular iluminado por la luna y las estrellas. Shaka se detuvo en el centro. El pasto ondeaba en la misma dirección que su capa, al igual que varios de sus mechones dorados. Por alguna razón el viento me hizo temblar de nostalgia.
—Fue acá donde empezó todo —dijo Shaka con la mirada cerrada en el cielo nocturno.
Di un vistazo a los alrededores. En mi mente apareció un carnero entre los troncos para después escapar. Entonces entendí dónde estábamos.
—La noche que nos escapamos con Milo —hablé.
—Nos escondimos por ahí —Shaka señaló a unos arbustos—. Me apretaste la mano muy fuerte.
—Vos no me soltaste en ningún momento —le dije con ganas de reír.
—Tenías miedo —respondió burlón.
—Como si vos no lo hubieras tenido también.
—Yo estaba más preocupado de lo que pudiera pasarte.
—Ajá, sí. Te creo.
—En serio.
—Lo que digas.
Shaka frunció los labios para aguantarse la risa. Me pareció muy tierno, como era en nuestro tiempo de aprendices. Entonces le ofrecí la mano. Él se sorprendió un poco, pero no demoró en aceptar y agarrarme con fuerza. Abrió los ojos. El azul tenía el mismo tono que el cielo nocturno y la luna se reflejaba en ellos. No me resistí a tocarle la piel que se bañaba en la luz plateada. Él sonrió e inclinó la cabeza hacia la mano con la cual lo acariciaba.
—Sos hermoso —le dije.
—No más que vos —contestó.
Agaché la mirada. Él sonrió mucho con dulzura.
—Tenés la cara roja, Mu de Aries.
—Decís cada cosa, Shaka de Virgo.
—¿No te gusta que hable con la verdad? —Me acarició la mejilla— Nunca nadie me pareció más hermoso que vos. Tus ojos son de ensueño, tu piel una delicia y tu sonrisa me da paz.
Se adelantó un paso y se puso en puntas de pie para besarme la frente. Mi corazón no soportaba tanto afecto, latía enloquecido.
—Shaka de Virgo también puede ser romántico —dije y miró a un costado.
—Me gustaría que fuera nuestro secreto.
Sonreí. Luego lo agarré del mentón y le di un beso junto a la boca.
—¿Está bien ser un poco egoísta y pedirte que me muestres ese lado tuyo solamente a mí?
Shaka asintió.
—No quiero mostrárselo a nadie más que a vos.
Le acaricié los labios. Su cara me pareció más brillante y hermosa de lo que ya era.
—¿Puedo?
—Por favor.
No dejé de mirarlo hasta que no lo rocé. El primer beso ya con nuestros sentimientos claros fue dulce, calmo. Sus labios húmedos eran muy cálidos. Sonreí cuando recordé cómo había sido aquella noche en el dormitorio; la sensación era parecida. Entrelazamos los dedos. Su boca era dulce, un sabor único, muy lejano en el tiempo. Sentí cosquillas en todo el cuerpo. Las piernas me temblaron. Atrapé sus labios y él los míos en un compás sereno que aumentaba la temperatura, especialmente en la cara. Lo agarré más fuerte de las manos.
Ya no tenía miedos ni preocupaciones. Todo lo que necesitaba estaba frente a mí. Pensé que podría vivir mil años con los besos de Shaka, su calor y piel junto a la mía. Me sentía libre, feliz, como si hubiera vuelto a ser un nene. Las mentiras y los engaños no me importaban; Shaka no había tenido la culpa de nada. Quizás era lo que necesitaba suceder para apreciar ese sentimiento, para entender que el caballero de Virgo era mi destino.
Me costó apartarme de sus labios, tuve que conformarme con besos cortos hasta que quedamos frente contra frente. Me dolía la cara de tanto sonreír. Deseaba que el tiempo se detuviera, estar con Shaka así para siempre. Nunca nadie había logrado llenarme por completo. Él hacía que olvidara incluso que le servía a una diosa y que quizás tendría que dar mi vida en su nombre. Nada de eso importaba, solamente Shaka. Era el sol que me calentaba e iluminaba el futuro, como si pudiera tener uno a su lado, donde envejeceríamos juntos, en el Santuario o en otro lado, pero nunca nos separaríamos.
—Quiero que esto dure para siempre —dije—. Jamás me cansaría de tu calor ni de tu belleza.
Shaka me dio un beso fugaz.
—No puedo prometerte eso... Pero sí que voy a amarte por el resto de mi vida.
De no haber sido por las armaduras lo habría abrazado. Solo pude unir los dedos detrás de su nuca y cerrar los ojos para disfrutar mejor de esa unión.
—No importa —le respondí—. Eso es más que suficiente.
La tranquilidad y la diversión de ese tiempo parecían no tener final. De a poco descubrí detalles de Shaka que nunca habría imaginado, como que su gusto por las cosas doradas había comenzado una tarde en que la sala donde meditaba se llenó de luz dorada, producto del sol sobre la armadura de Virgo. También supe que de vez en cuando miraba películas en blanco y negro, o que uno de sus pasatiempos era acariciar a cada perro y cada gato que se cruzaba en las calles del pueblo.
Shaka podía ser muy risueño; no sabía contar chistes, se le ponía la cara roja de la vergüenza con solo intentarlo. A veces podía ser un poco torpe, entonces le preguntaba si estaba tan distraído por pensar en mí; él trataba de negarlo, pero su orgullo exagerado me lo confirmaba.
No discutíamos por nada. Quizás el principio del enamoramiento me impedía ver detalles que en otro contexto me habrían molestado. Shaka me tenía hechizado y no quería que se fuera el efecto. Mientras lo tuviera a mi lado, pudiera besarlo o abrazarlo, era suficiente.
Una tarde nos sentamos en el pasillo de la casa de Virgo. Me dijo que las reparaciones habían terminado hacía poco. Su templo fue uno de los más dañados en el recorrido de los santos de bronce. No me entraba en la cabeza cómo ese chico tan dulce y atento había sido capaz de provocar tanto desastre. Él se dio cuenta de que algo me perturbaba, por lo que decidí preguntarle.
—Fue la desesperación —respondió.
—¿Por qué sentiste eso?
Lo pensó unos segundos y suspiró.
—Me convencí de que era invencible, que tenía todas las respuestas. ¿Unos santos de bronce me iban a hacer abrir los ojos? Era un golpe a mi orgullo. No solo iba a fallar en mi función como protector del templo de Virgo, todo lo que creía, de pronto, me pareció una mentira.
Juntó las manos y apretó los pulgares uno contra el otro.
—Nunca había estado tan molesto conmigo mismo... Ikki vio mi punto débil y lo aprovechó.
Apoyé los antebrazos sobre mis rodillas, mientras clavé la vista en un lugar cualquiera en el piso.
—De cierta forma, le estoy agradecido de que lo haya hecho —confesé.
—Me imagino. Te quedaste con la bronca cuando me fui de la casa de Aries.
—Hmmm... Un poco —Hice una pausa—. Pero cuando ya no sentí más tu cosmos, no estaba aliviado —Me pasé la mano por la cabeza—. Me dolió pensar que ese era tu final. Quería creer que todavía quedaba algo de aquel Shaka que había sido mi amigo.
Shaka me acomodó el pelo detrás de la oreja. Con una sonrisa me acarició la mejilla y sostuve su mano pegada a mi cara.
—Cuando Ikki intentó atacar mi mente, por un instante creí que era el final.
Lo miré sorprendido por lo que acaba de confesar. Si había algo de lo que Shaka tenía el control supremo era su mente. Él volvió a suspirar y formar el mudra dhyana. Su expresión, que hasta entonces se había mantenido serena, comenzó a amargarse. Entonces pasó a explicar:
—Esa mañana, antes de que llegaras al Santuario, tuvimos una reunión con Saga para informarnos que era el día de la visita de Athena con el grupo de santos de bronce. Dijo que nunca habían llegado tu respuesta ni la del maestro Dohko sobre si vendrían o no. Al principio no le di importancia, pero mientras más trataba de ignorarlo más me preguntaba si por fin regresarías.
»Decidí que iba a esperar en mi templo y ver cómo se daba todo. No creía que esos santos llegarían a acercarse siquiera. Me dispuse a meditar, pero no pude hacerlo, seguía pensando en si vendrías. Fue peor cuando escuché pasos y la voz de Milo pidiendo permiso para entrar. Venía con Camus. No presté atención a lo que hablaban, ellos ni siquiera me miraron. Hasta que Camus se detuvo y fijó la atención en mí. Le dijo a Milo que se adelantara para entonces acercárseme.
—Cuando los santos de bronce lleguen, no le hagas nada a Hyoga —me dijo—. De él me encargo yo.
—Lo voy a tener en cuenta —le respondí—. Aunque dudo que lo consigan.
—Venimos de la casa de Aries. Todo está en orden para cuando Mu llegue.
»Sus palabras y la forma en que las dijo las sentí como si intentara provocarme.
—Ah... ¿Va a venir al final?
—Dudo que quiera perderse este día —respondió—. Y vos tampoco.
—En efecto: tengo asuntos pendientes con alguien. Quizás hoy los resuelva.
—¿Te referís a Mu o a alguien más?
—Camus de Acuario, no entiendo tu insistencia con Mu de Aries... ¿Qué debe pensar Milo ahora mismo que está escuchando?
—Al menos nosotros hablamos si tenemos diferencias —respondió detrás de un pilar—. La amistad se basa en la confianza y la comunicación la alimenta.
—Como toda relación —continuó Camus.
»Entendía a qué se refería, cosa que me molestó bastante. Me levanté y lo enfrenté. Como era de esperarse ni siquiera se inmutó.
—Si de casualidad tu alumno llega hasta acá, tal vez se me olvide lo que pediste.
—Yo no voy a olvidar lo que pasó hace trece años ni todo lo que hiciste después —respondió frío.
—Bueno, bueno, bueno —intervino Milo para alejarnos—. No es el momento para discutir estos asuntos. Tenemos que prepararnos para la llegada de la supuesta Athena.
»Camus dio media vuelta para continuar su camino.
—Ojalá abras los ojos antes de que te arrepientas —dijo para volver a marchar.
—¿Qué parte de que no es el momento no entienden? —se quejó Milo. Entonces suspiró y me dio una palmada en el pecho— Hacé lo que creas correcto, Shaka.
»Cuando los dos se fueron preferí distraerme en otro lado, así que bajé hasta la casa de Tauro para hablar con Aldebarán. Le pregunté qué pensaba hacer cuando llegara Athena; no tenía mucha idea todavía.
—Es verdad que las cosas están raras últimamente —dijo—. Aunque no entiendo cómo unos santos de bronce piensan desafiarnos. Me gustaría ver cuánto potencial tienen.
—¿Pensás dejarlos pasar?
—Si logran impresionarme... ¿Quién sabe si llegan hasta tu templo? —rio— En todo caso, sé que vas a hacer que se arrepientan.
—Parece que solamente querés divertirte con ellos. Ese no es tu estilo.
—Ah, no. Tengo otra razón.
—¿Cuál?
—Prefiero guardármela.
»Cuando Aldebarán cerraba los ojos y sonreía para después voltear la cara, solamente se debía a un motivo en particular.
—¿Tiene que ver con Mu? —le pregunté. Siguió sin mirarme y no respondió— Aldebarán, sabés mejor que nadie que ese asunto ya no me afecta.
—Me gustaría creerte.
—¿Qué?
»Volvió a guardar silencio. Respiré hondo y comprendí que finalmente había llegado el día en que debería enfrentar mi mayor arrepentimiento. Traté de convencerme de que en verdad había superado todo, que verte no me afectaría; no iban a revivir los sentimientos que ignoraba cada día. No tenía idea de cómo lo haría y tampoco tuve tiempo para pensarlo. Miré en dirección a la primera casa por el escalofrío que me recorrió la espalda.
—Ese cosmos...
—Parece que ya llegó —dijo Aldebarán.
»Las piernas me temblaron y comenzaron a moverse solas. Cuando me di cuenta de lo que pasaba estaba corriendo a la mitad de camino hasta la casa de Aries. Me avergoncé por lo que le había dicho a Aldebarán hacía minutos y actuar de la manera contraria. Me sentía como un nene, pero también tenía miedo de mí mismo. No aceptaba que todo lo que había reprimido por años, lo que había usado de excusa para hacerme fuerte, saliera de golpe con solo percibir tu cosmos.
»Agradecí que Deathmask me ganara en llegar porque aproveché a calmarme. Pero entonces te vi, tan alto, con los hombros más anchos y el pelo más largo. Estabas hermoso, no mostrabas temor, solo tranquilidad. Tus ojos eran de un verde distinto al que recordaba. Tu piel tan clara y perfecta me hizo doler el pecho cuando recordé las veces que se llenó de lágrimas por mi culpa. Si había una persona a la que jamás podría enfrentarme eras vos; sabía que jamás podría usar ni un cuarto de mi poder, simplemente prefería que me mataras, quizás así podría enmendarme.
»Pero cuando Aphrodite se dio cuenta de que estaba ahí, me sentí humillado. Estaba acorralado, tenía que defenderme y la única forma que se me ocurrió fue ponerme mi máscara de orgullo, mostrarme indiferente ante vos, caerte mal. Eso no fue muy complicado, se notó que te desagradaba.
—Más que otra cosa, me dolió —le interrumpí—. Por lo poco que recordaba nunca habías sido así conmigo... Después de todo, nos separamos siendo amigos.
Shaka apretó los labios y asintió con la vista al frente, aunque tenía los ojos cerrados.
—Honestamente, para mí tampoco fue sencillo —habló de nuevo—. Cuando recibí el ataque de Ikki... te vi... a los siete años. Llorabas con la muñeca cortada y la sangre a tus pies —El pecho se le infló cuando tomó aire para continuar—. Conseguí mantener el control solo convenciéndome de que lo había hecho por tu bien... Que así pude mantenerte alejado de todo lo que pasaba en el Santuario, porque seguramente lo habrías odiado... Fue ahí que comencé a entenderte. Lástima que fuera demasiado tarde.
Pasé la mano detrás de su espalda, lo agarré del brazo para atraerlo hacia mí y que apoyara la cabeza en mi hombro.
—Si te hace sentir mejor, cuando me pediste ayuda para traerlos a vos y a Ikki, pensé en no hacerlo.
—Eso no me hace sentir mejor.
—A mí sí.
—Sos malo, Mu de Aries —dijo con un tono falso de ofendido que me causó gracia.
—Me gustó ver tu orgullo tan herido que hasta me buscaste a mí, el traidor.
—Nunca te vi como un traidor... Por eso te busqué, no solo porque eras el único que podía ayudar a Ikki. Además de Athena, también te debía una disculpa a vos.
—Aprendiste la lección a la fuerza.
—Me lo tenía merecido.
Le di un beso en la frente y apoyé la cabeza sobre la suya.
—No pienses más en lo que pasó. Ahora todo está bien.
Shaka apoyó las yemas sobre mi pecho y comenzó a subir como dando pasos con dos dedos hasta mi mentón. Alcanzó mis labios, los acarició con roces.
—Cuando me decís ese tipo de cosas me duele cada vez menos.
Le atrapé la mano y besé su palma.
—Entonces no voy a dejar de decírtelas —respondí—, ni voy a dejar de abrazarte y besarte... Algún día ya no te va a doler.
Apreciaba cada vez que Shaka se abría para dejarme ver sus miedos. Era la prueba máxima de que me amaba y yo no podía hacer otra cosa que amarlo aún más. Sostenerlo entre mis brazos, decirle que todo iba a mejorar, incluso dar la vida por él eran cosas que estaba dispuesto hacer para que fuera feliz. Era en esos momentos en los que me sentía un pecador y traidor por ponerlo como mi prioridad en lugar de Athena, pero recordaba su orden de darlo todo por la persona que amara. Tal vez era lo que quería para mí, que aprendiera de eso. Era mi primer amor, tenía permitido pecar un poco.
Sin embargo, procuraba no abandonar mis tareas como santo. Por más que quisiera estar todo el tiempo con Shaka, si tenía una rato libre me esforzaba para no ir a buscarlo y agobiarlo. Compartir con mis otros compañeros también era parte del plan de Athena, por lo que un día establecimos que cada dos noches cenaríamos todos juntos. La primera cena fue en mi templo. Aldebarán se ofreció a ayudarme a preparar la comida. Cuando nos juntamos todos fue raro al principio. No faltó el comentario de que no hacíamos eso desde la época de aprendices y los nombres de los compañeros que faltaban vinieron junto a recuerdos y anécdotas que por fin encontramos graciosas.
No pude aportar demasiado al llegar a las historias de la adolescencia. Fue divertido enterarme de que, a pesar de haber madurado un poco, no perdieron el lado infantil.
—Y así fue como tuvimos nuestra primera resaca —dijo Milo—. Tenías que verlo a Aioria intentando dar clase. No dejó piedra sin partir con la cabeza.
—En serio aliviaba el dolor.
—Aioria, eso es muy salvaje —le dije.
—Vos tendrás tus métodos, yo tengo los míos. Pero al que no le pasó nada fue a Aldebarán.
—Tiene sus ventajas ser de mi tamaño.
—Es que no conseguimos tantas botellas para que te hiciera efecto —le respondió Milo lo que causó la risa de todos, excepto Shaka.
—Supongo que vos no fuiste parte de eso —le dije.
—Estuve ahí, pero me fui temprano. Alguien tenía que cubrirlos.
—Cierto que había días en que Shaka no era tan aguafiestas —comentó Aioria.
—Solamente era así con vos —dijo el santo de Escorpio.
—Y eso no cambió —le siguió Aldebarán.
—Estaba molesto con todo —dijo el caballero de Leo—. Shaka y yo siempre chocamos por nuestra forma de pensar, así que eso empeoraba las cosas. Reconozco que algunas palabras era mejor callarlas.
—¡Pero todo eso quedó en el pasado! —exclamó Milo sacando una botella de vino debajo de la mesa— ¡Hay que brindar!
—Te lo tenías bien guardado, ¿no? —le dije y él solo rio— ¿Por qué brindamos?
—¡Por ustedes dos, obviamente!
La cara me ardió de golpe. Miré a Shaka de reojo: bajó poco a poco la cabeza y las mejillas se le pusieron rojas.
—A mí me parece bien —dijo Aldebarán.
—A mí también —le siguió Aioria—. Es algo que esperamos muchos años.
—Por cosas así era que me daban ganas de golpearte —le dijo Shaka.
—Pero al final yo terminé teniendo razón y lo sabés.
—Una vez en la vida.
—Milo, serví rápido antes de que estos dos empiecen a pelear como siempre —le dijo Aldebarán.
Por suerte Shaka y Aioria no pelearon. La cena terminó entre risas y los sentidos un poco alterados. Mis compañeros se ofrecieron a limpiar mientras yo vigilaba la entrada a las doce casas. Estaba alegre. Jamás había pensado que volvería a compartir ese tipo de experiencia con ellos.
Las estrellas se veían tranquilas al igual que el pueblo a lo lejos. Un murciélago pasó cerca mientras la brisa me refrescaba las mejillas. Escuché unos pasos metálicos a mis espaldas, pero no me giré, solo esperé y unos dedos se unieron a los míos. La sonrisa de Shaka estaba acompañada por unos cachetes sonrosados.
—Voy a ver cómo está todo en la fuente de Athena —me dijo.
—¿Necesitás que te acompañe?
—No es necesario. No tomé tanto.
Se acercó hasta darme un beso que no dudé en corresponder.
—El vino te puso mimoso —le dije risueño.
—No fue solo el vino —Volvió a besarme para después empezar a bajar las escaleras.
—Shaka —Se detuvo a verme—. Cuando vuelvas... ¿Te gustaría quedarte?
No sé qué tono había usado, o si mi cara roja parecía decir por mí que tenía intenciones para nada inocentes. Él levantó las cejas.
—Me gustaría hablar más con vos —me apresuré a aclarar—. Puedo preparar té... Bueno, si no tenés nada que hacer después.
Shaka dejó escapar una risita.
—Me gusta la idea del té... Enseguida vuelvo.
Lo seguí con la mirada hasta que se fundió con la oscuridad. Reaccioné luego de quizás varios minutos y regresé adentro de mi templo. Todo estaba en silencio, no parecía que hacía un rato había reído a carcajadas con mis compañeros. En la cocina busqué entre mi colección de hierbas alguna que nos ayudara a desintoxicarnos. Puse a calentar el agua a fuego lento. Mientras veía a la llama bailar volvió la nostalgia. Tuve la impresión del frío del Tíbet en la piel y la mirada de Shaka sobre mí; me volteé, pero estaba solo. Creí que anhelaba tanto su presencia que ya fantaseaba con una rutina juntos. Sacudí la cabeza y me reí de mí mismo.
Cuando terminé de preparar el té Shaka cruzó la puerta de la cocina. Le comenté que había sido muy rápido; él dijo que se teletransportó hasta el pie de las doce casas para no ser tan lento. Pasamos a la sala, nos sentamos frente a frente con la mesa ratona en el medio. Bajo la luz tenue Shaka se llevó la taza humeante a los labios. La dejó de nuevo en la mesa y sonrió. Entonces yo también le di un sorbo al té.
—Fue divertido pasar tiempo con los demás —comenté. Él asintió con la cabeza—. Aunque no sé qué tan buena idea sea que Milo lleve vino a todas las cenas.
—¿Estás bien?
—Sí. Ya se me pasó el mareo. No estoy acostumbrado a tomar.
—¿Ya habías probado el alcohol?
—Sí, con el maestro Dohko y la gente del pueblo que visitaba cuando necesitaba algo... ¿Y vos?
—Esa vez que contaron. Yo también había probado un poco, pero sabía que no me iba a caer bien y preferí irme.
—Me sorprende que decidieras acompañarlos sabiendo lo que iban a hacer.
—No conocía todos los detalles. Solamente íbamos a pasar el rato. Aldebarán me insistió porque así me iba a levantar el ánimo.
—¿Por qué?
Shaka jugó con el asa de la taza para hacerla girar sobre la mesa.
—Fue cerca de tu cumpleaños. Siempre estaba inestable durante la temporada de Aries.
—Supongo que era cuando más peleabas con Aioria.
—Creo que sí. Nunca tendría que haberle dado importancia.
—¿Llegaron a pelear en serio?
—Una sola vez... Justamente fueron Milo y Aldebarán quienes nos detuvieron.
—¿Qué pasó?
Shaka volvió a llevarse la taza a la boca. Cuando la dejó en la mesa movió todos los dedos de manera nerviosa. Lo agarré de la mano y le dije:
—Está bien si no querés hablar de eso.
Pero él negó.
—Fue cuando te encontré en Jamir. Había tardado bastante en hallarlo, lo que significó que saliera varias veces del Santuario. Incluso cuando te encontré fingí que estaba analizando la manera de... atraparte para traerte de vuelta... o matarte.
Pensar que Shaka había estado tan cerca con la orden de asesinarme me daba una sensación rara en la nuca. Me masajeé sin mirarlo.
—Aioria insinuó que... ya te había encontrado, que incluso habíamos hablado y... teníamos algo secreto. Me amenazó con decírselo a Saga. Sé que él siempre odió que Saga me tuviera como uno de sus favoritos. Eso nunca me había importado... Pero que te usara de esa forma, podía poner tu vida en riesgo... No se lo iba a dejar pasar.
Me refregué el brazo. Sabía que confesar eso le significaba un gran esfuerzo, pero aún había más cosas que quería conocer.
—No sé qué tan exacto pudo haber sido, pero ¿qué pasó con el intento de mapa para encontrar Jamir que te había dado?
—Lo perdí durante una inundación en la India. Aunque podría haber intentado comunicarme a través del cosmos, quería mantener la promesa de vernos cuando nos hubiéramos hecho más fuertes. Cuando pasó un año volví al Santuario.
Bajé la mirada hasta mi taza.
—Si tan solo le hubiera explicado a Aldebarán lo que había pasado, él podría haberte dicho por qué no iba a volver... No habrías estado solo.
—Nunca lo estuve... Solamente no estaba la persona que más quería conmigo.
Lo miré a la cara unos segundos. La sonrisa que tenía cargaba tristeza. Me levanté de mi lugar para sentarme a su lado. Lo agarré suavemente por los costados de la cara y lo besé con calma, lento, no muy profundo. Cuando me alejé él abrió los ojos. Fue el primero de muchos besos esa noche.
Charlamos abrazados, nos acariciamos. Agarrados de las manos nos perdimos en la mirada del otro. Busqué un acolchado para taparnos, tuvimos que calentar agua un par de veces. Las horas pasaron llenas de palabras de amor y halagos.
Él quiso saber sobre mi vida en el Tíbet, de mi pasado familiar que descubrí gracias a los mensajes que Shion había dejado para mí en Jamir. Le conté sobre cómo mi madre había sido una refugiada que llegó al pueblo y mi abuela se hizo cargo de ella, por lo que creció con mi padre. Cuando se casaron, él se dedicaba a la herrería y vendía todo lo que forjaba en otros pueblos, incluso fuera del Tíbet. Poco antes de que yo naciera tuvo un accidente que le costó la vida. Mi madre enfermó luego de tenerme y murió antes de que cumpliera el mes. Mi abuela tuvo que hacerse cargo de mí. Shion iba a verla cada tanto. En sus visitas aprovechaba para convencerla de que sería un santo y que debía ir a Jamir.
—Por eso no se llevaban bien.
—Tu abuela te quería mucho.
—En aquel entonces no me daba cuenta, pero siempre se esforzaba por que nada me faltara. Vivió en la torre conmigo hasta que se enfermó y murió —Me acomodé entre los brazos de Shaka—. A veces cuando miraba por la ventana más alta me parecía verla camino al pueblo para hacer las compras.
—¿Viviste solo hasta que el Patriarca te trajo al Santuario?
—Los primeros días me quedaba con una de las mujeres que mandaba en el pueblo y volvía a la pagoda para estudiar o entrenar. Con el tiempo se convirtió en mi lugar fijo. Solamente iba al pueblo para conseguir lo necesario.
—Y así te aislaste.
—Shion tampoco ayudaba mucho. No le gustaba que saliera solo, decía que había muchos peligros fuera de Jamir.
—Quizás era su forma de proteger a su único nieto.
—Una forma bastante cuestionable... Bueno, como todo en el Santuario.
—Es verdad.
—¿Y tu familia? —le pregunté— Dijiste que tenés hermanos.
—Tengo siete hermanos.
—¿Q-qué?
—Fui el primero de cuatro varones y cuatro mujeres.
—Siete hermanos... ¿Los conocés a todos?
—Solamente llegué a vivir con mi primera hermana, a los demás solamente los conozco de vista. No sé sus nombres. Tampoco quise preguntar demasiado las pocas veces que me encontré con mi madre y mi hermana. Prefiero no tener contacto con ellos.
—Hmm... No sé si decirte que tenés suerte o no.
Sentí el abrazo de Shaka más ajustado. Entonces apoyé la oreja sobre su pecho. El corazón le latía tranquilo.
—¿Cómo son tus padres?
—Mi padre es de origen inglés, pero tiene muy pegadas las costumbres de la India. Mi madre es mestiza, hija de otra mestiza nacida en la época de la colonia.
—Eso explica que seas rubio de ojos azules. ¿Tus hermanos son parecidos?
—Mi cuarta hermana y el segundo se parecen bastante. El más chico es un calco exacto mío. Actualmente debe tener unos seis años. La que me sigue a mí tiene pelo castaño y ojos verdes como mi madre. Lo último que supe de ella es que tenía pensado estudiar en una universidad del Reino Unido. Otras dos hermanas estudian en un colegio de Londres. Los demás están en la India.
—Siendo tantos, ¿viven todos juntos?
—Dinero es lo que menos les falta. La casa es mucho más grande que cuando vivía con ellos. Mi padre tiene tierras en el norte de la India y algunas propiedades en Inglaterra. También es dueño de un hotel en Kerala.
—Ibas a ser el heredero de una fortuna.
Shaka permaneció en silencio. Lo miré después de unos segundos: sonreía sin sacarme la mirada de encima.
—¿Qué pasa?
—Pensaba.
—¿En qué?
Con un dedo recorrió el costado de mi cara hasta los labios. Entonces dijo:
—No sabía que el tesoro más grande del mundo cabía entre mis brazos.
El calor se concentró en mi cara y sentí cosquillas en el estómago. Me separé de él para mirarlo de frente. Las palabras ya no cabían en mi pecho, se habían juntado en la garganta.
—No sé cuánto tiempo podamos estar juntos —le dije tratando de que la voz no se me quebrara—. No tengo idea de si alguna vez deje de sentir esto... Pero nunca creí que conocería esta clase de felicidad.
Shaka separó los labios. El entrecejo le temblaba; apartó el rostro. Me arrodillé a su lado y lo abracé para que su cabeza quedara contra mi pecho.
—¿Qué sentís? —le pregunté.
—Tu corazón late muy intenso.
—Es por vos... Quizás siempre fue así.
Los segundos pasaron silenciosos. Luego de varios minutos Shaka me rodeó con los brazos, fuerte y tímido. Lo encontré adorable. Le froté la espalda y la cabeza. Luego de un beso en la frente pude soltarlo. Él todavía no se atrevía a mirarme a la cara.
—¿Estás bien? —Él asintió— Tal vez ya estás cansado. Podés quedarte, si querés. Te presto mi cama.
—¿Qué?
—Así descansás bien.
—No. Yo... no lo necesito. Puedo volver a mi templo.
Entonces yo evité mirarlo.
—Me gustaría que pasáramos más tiempo juntos —confesé.
—Mu... Eso es lo estamos haciendo ahora.
—Pero fueron trece años sin vernos. Quiero estar con vos todo lo que pueda.
Me llevé la mano a la boca cuando me di cuenta de que había levantado el tono. No entendía cómo podía decir esas palabras. Me tiré el pelo hacia atrás.
—Perdón. Fue muy egoísta de mi parte.
—Es lo normal —respondió. Entonces se puso de pie y me ofreció la mano—. Vamos.
—¿A dónde?
—La cama es tuya. No voy a estar ahí sin vos. Podemos seguir hablando sobre estos trece años que no nos vimos.
Su expresión más relajada y alegre me hizo tranquilizar. Le toqué los dedos con suavidad; él me ayudó a levantarme, parecía que flotaba. Luego nos preparamos para dormir y cuando nos sentamos en la cama, recién entonces, me puse nervioso. Aún no habíamos conversado sobre ciertos temas. Hasta ese momento había olvidado todo tipo de deseo carnal; para mí bastaba con tenerlo a mi lado, incluso sin tocarlo. Comencé a sentirme acalorado. No quería hacer algo de lo que me arrepintiera después.
—¿En qué pensás? —me preguntó.
—¿Eh?
—Estás muy silencioso. ¿No querías hablar?
—S-sí... Aunque ahora no se me ocurre nada —reí nervioso.
Shaka enrolló un mechón de pelo en su dedo índice.
—¿Por qué nunca me dijiste la verdad sobre tu ausencia en el Santuario? ¿Pensabas que no iba a creerte?
Abracé mis piernas y suspiré mientras llevaba la mirada al techo.
—Cuando pasó la rebelión de Saga, llegaron algunos sobrevivientes al Tíbet. Fue todo muy confuso, decían que Aioros había huido con Athena. Además, no podía contactar con Shion. Me ordenaron no acercarme, pero no hice caso. Incluso Aphrodite me lo advirtió cuando vine.
Me apreté el puente de la nariz y solté una risa amarga al pensar en lo arriesgado que había sido.
—En toda esa confusión, sabía que si daba un paso en falso pondría mi vida y la de los demás en peligro. Tenía que hacer todo lo posible para evitarlo... Por eso no le expliqué a Aldebarán. Él solamente sabía lo que Saga quería que se supiera... Aun si le decía, ¿qué podíamos hacer? Solamente teníamos siete años. Era mejor que no supiera nada.
Lo miré a la cara, aunque él tenía los ojos cerrados.
—Cuando Aldebarán me preguntó si podía decirte, pensé que si no sabías nada, ni siquiera relacionado conmigo, ibas a estar a salvo... En ese momento no se me cruzó por la mente que al hacerlo te iba a lastimar como lo hice. Fue lo único que se me ocurrió para protegerte.
Shaka agachó la cabeza levemente. Apretó los labios que formaron una especie de sonrisa inconforme.
—Tal vez si te hubiera dicho al menos una excusa...
—Ocultar la verdad y mentir son igual de dolorosos —dijo.
—Perdón.
—¿Por qué te disculpás?
—Por todo. Es decir, al ser santos de Athena nuestra existencia se basa en el sacrificio constante. Con lo que hice solamente te causé más dolor —Respiré profundo—. Si te hubiera dicho la verdad, las cosas habrían sido muy diferentes.
—Tal vez... Pero yo también tuve parte de la culpa. Tendría que haberte ayudado, así los dos hubiéramos sabido cómo continuar con lo que sentíamos.
—Vos no tuviste la culpa de eso.
—Soy culpable de no haber aprendido nada. Si te hubiese ido a buscar como pensé en un principio, cuando llegó la noticia de lo que había pasado con Aioros... Mi maestro me dijo que no me precipitara, que lo pensara bien para no arrepentirme... y ahora me arrepiento.
Durante los primeros días que vivimos en nuestro enamoramiento, había notado los instantes como ese en que Shaka parecía a punto de ser vencido por la culpa. Hasta entonces lo había ignorado, pensaba que solamente era mi imaginación. Pero el dolor que sentí en ese momento me convenció de que no debía dejar pasar más tiempo.
Con una mano sobre el hombro le dije:
—Shaka, ¿te estás escuchando? Eso no es algo propio del hombre más cercano a los dioses.
No me respondió, solo se apretó el brazo.
—Yo también lamento cómo se dieron las cosas, pero ya no podemos cambiarlo. Ahora tenemos que aceptarlo para hacernos más fuertes y continuar —Le acaricié la mejilla—. ¿No fue lo que aprendiste tras la batalla de las doce casas? ¿No fue por eso también que me hablaste antes que a nadie?
Entonces apoyó la mano sobre la mía; la suya temblaba un poco. Noté que tragó saliva.
—Tenía miedo de que me odiaras.
—¿Cómo podría odiarte?
—Cambié mucho, Mu... No entiendo... por qué seguís a mi lado.
—Porque volviste a cambiar.
Me dio la cara sin abrir los ojos.
—Es verdad que no me gustaba tu forma de ser, según lo que Aldebarán me contaba. También es cierto que me chocó comprobarlo en persona y todo lo que hiciste después... Por eso me sorprendió tanto que me pidieras aquel favor. Hiciste algo bueno por alguien a quien veías como un enemigo... Eso fue muy noble y entendí que aún existía algo de aquel Shaka que tanto me gustaba cuando éramos chicos.
Acerqué su mano hasta mis labios y le besé el dorso
—Cambiaste, sí. Pero ahora lo estás haciendo de nuevo. Y no me voy a ir. Voy a estar con vos para asegurarme de que seas una versión nueva con la que te sientas feliz.
—Mu...
—¿Te parece bien? —le pregunté y él asintió.
—Gracias.
Por suerte los temas que hablamos después fueron más animados. Me contó otras travesuras de nuestros compañeros, cosas que había aprendido porque le parecieron interesantes. También me preguntó por Kiki. Nunca me había detenido en la alegría que me provocaba hablar de mi pupilo; quizás también era algo de orgullo.
—Admito que a veces me resulta complicado no reírme de sus travesuras. Pero como su maestro no puedo ser blando.
—¿Te da muchos problemas?
—La verdad es que no. Lo que tiene de travieso también lo tiene de estudioso —Suspiré—. Creo que va a ser un santo también.
—Algo que no te gustaría.
—No estoy seguro. Empecé a entrenarlo, tiene mucho potencial... Pero preferiría que siguiera siendo risueño y que tenga una vida más o menos normal.
—Sos muy bueno, Mu. Creo que a vos te queda mejor lo de «el hombre más cercano a los dioses».
—Lo dudo. Descuidé un poco el camino a mi propia iluminación.
—No sos el único —dijo con una sonrisa de costado.
—P-perdón.
—Y volvés a disculparte.
—Es que...
—No te preocupes por mi iluminación. Ya me voy a encargar de eso cuando llegue el momento.
—Preferiría que evitaras tocar ese asunto —dije con una mueca.
—Algún día va a pasar.
—Ya sé, pero...
—Mu, deberías saber lo que realmente significa morir.
—En todo caso, creo que me gustaría morir antes que vos lo hagas.
—¿Ah?
—Así no sentiría nada.
Shaka me agarró la mano y la apoyó contra su pecho. Aunque no me mirara tuve la sensación de que me aplastaba con su seriedad.
—Entonces muramos juntos.
Que su voz no mostrara ni una pizca de duda me provocó escalofríos. Con un dedo le aplasté el punto de la frente.
—¿Acaso tenés quince años para decir esa clase de estupideces?
—Era una broma —se defendió frotándose la frente.
—Anotá el sentido del humor como algo muy importante a trabajar.
—A veces podés ser cruel, Mu de Aries.
—Solo con vos y mis enemigos.
Shaka frunció los labios antes de hacer algo que no esperaba: me atacó con cosquillas. A pesar del tiempo recordaba los lugares que más me hacían reír. Aunque pataleara y le pidiera que se detuviera no lo hizo. Se me salieron las lágrimas de la risa, incluso me dolió el abdomen. Cuando decidió ponerle fin volvió a sentarse como si nada hubiera pasado, mientras yo intentaba recuperar el aliento.
—Me voy a vengar de esto —le dije— cuando menos te lo esperes.
Me acomodé el pelo; algunos mechones se me habían pegado en la cara. Me abaniqué con la mano y tomé aire, bien profundo. Shaka permaneció callado. Cuando lo miré el corazón se me sacudió de dolor.
—¿Estás bien? —le pregunté.
—Sí.
—¿Entonces por qué estás llorando?
—¿Eh? —Se llevó los dedos a la cara y se empaparon con las lágrimas— Estoy llorando —dijo sorprendido— ¿Por qué...? No estoy triste.
—Shaka...
—No lo entiendo... Hace días... Hace días, lo único que siento es felicidad... ¿Por qué estoy llorando?
La voz se quebró poco a poco. Las lágrimas comenzaron a escapar cada vez más por sus ojos cerrados; él intentaba secarlas pero no servía de nada.
—Hacía mucho que no me sentía así de feliz —Se llevó las manos a la cabeza y se agarró el pelo—. Soy feliz, en serio. ¿Por qué lloro? Tengo conmigo a la persona que amo, no necesito nada más.
Levantó la mirada azul hacia mí, con los cachetes empapados. Se me hizo difícil incluso pasar el aire. Shaka extendió los dedos temblorosos hasta rozar mi rostro.
—Volviste... No es un sueño ni una ilusión.
Aclaré la garganta antes de responder:
—En serio estamos juntos.
La expresión de Shaka se arrugó cada vez más hasta que un sollozo escapó de su boca con fuerza. Se curvó hasta pegar la frente al colchón. Lo único que alcancé a hacer fue acariciarle la espalda y escuchar la alegría que se amargaba con sus lamentos.
—Tanto tiempo... Imaginé por tanto tiempo cómo sería el día que estuviéramos así. Pero había perdido la esperanza... y reprimí ese deseo que creía una fantasía adolescente.
Shaka temblaba. Tuve que controlar la respiración para no quebrarme también y ser el apoyo que le hacía falta.
—Cuando más solo me sentía me engañaba a mí mismo con las ilusiones que creaba... y vivía la fantasía de que estabas conmigo... Solo así podía decirte lo que sentía, sin el terror de que me odiaras.
Se levantó rápido secándose la cara.
—No... No te hagas ideas raras —aclaró—. Solamente lo hacía cuando necesitaba hablar con alguien —Bajó la mirada lentamente—. Pero no conocía tu voz en esos días, así que nunca tenía una respuesta, solo un movimiento de cabeza, una sonrisa, una caricia con suerte.
Cerró los puños estirando las sábanas.
—Las discusiones con Aioria comenzaron por eso. Llegó a mi templo sin avisar y me vio hablando con una de esas ilusiones... Aunque lo negara, era demasiado tarde. Él me dijo que lo entendía, que haría de cuenta que no había visto nada... y que si tanto te extrañaba debía ir a buscarte.
Sus ojos volvieron a desbordarse.
—Tenía tanto miedo que tomé sus palabras de ánimo como amenazas. Mientras más lo negaba, empeoraba nuestra relación —Se mordió el labio en un intento por calmarse que quedó lejos de su objetivo—. Al final, el que siempre estuvo equivocado fui yo... Si tan solo hubiese sido fuerte para asumir que nunca había dejado de amarte...
No soporté más. Lo abracé con todas mis fuerzas. La vista se me nubló con las lágrimas. Su cuerpo atrapado por el mío me pareció pequeño.
—No quiero que sigamos con eso de qué hubiese pasado —dije firme—. Nunca vamos a conocer la felicidad plena si nos seguimos culpando por lo que ya no podemos cambiar... Es hora de demostrar que todo el sacrificio valió la pena.
Lo solté de a poco. El labio inferior le temblaba mientras trataba de controlar el llanto. Entrelacé nuestros dedos y lo miré a los ojos.
—Shaka, no quiero que sigas sufriendo por algo que ya no me afecta... Soy fuerte, me hiciste fuerte... Creí que vos también lo eras.
—Mu...
—¿No querías verme convertido en un hombre fuerte? Yo quiero lo mismo con vos —Le enjugué las lágrimas—. Hoy soy fuerte por los dos, pero va a haber días en que voy a necesitar que seas fuerte por mí.
Shaka hipeaba a la vez que su mirada iba de un lado a otro, intranquila.
—Por favor... dejá el pasado atrás. Aunque sea de a poco, aunque tropieces cientos de veces... Mostrame que el Shaka que se esconde detrás de la armadura de Virgo y el título del más cercano a los dioses también es valiente.
Intentó hablar, pero el llanto le ganó de nuevo. Me abrazó, lo acepté y acaricié la espalda.
—No quiero que me odies —dijo.
—No voy a odiarte. —le respondí sereno—. No soy tan tonto para perder otra vez a la persona que amo.
—Pero yo sí.
—Vas a aprender... Vamos a aprender. Juntos, como debió ser desde el principio.
El cuerpo me ardía y el corazón me latía con determinación. Entre lágrimas prometí para mis adentros que no volvería a dejarlo, que haría cualquier cosa con tal de verlo feliz, levantarse por sus propios medios.
Con cada caricia y aliento, Shaka logró tranquilizarse al punto de dormirse entre mis brazos. Lo acomodé para que descansara, arropado como un bebé. La luz de la luna realzaba la belleza de sus mejillas aún húmedas. Perdí la noción del tiempo admirando sus pestañas y labios. Le acaricié el pecho, entretenido en sus movimientos serenos.
—Te amo, mi querido Shaka —le susurré al oído—. No me tengas miedo. Siempre voy a estar cuando más me necesites.
Acomodé la cabeza junto a la suya. Le besé el hombro y cerré los ojos. Me dormí embriagado por el aroma a coco que desprendía su pelo dorado.
Esa noche soñé con mis días en Jamir, pero, a diferencia de la realidad, Shaka estaba conmigo. Hablábamos y reíamos frente a la chimenea encendida. Estaba feliz, tenía tan colmado el pecho que las lágrimas me nublaron la vista. Shaka me dio la mano, la sostuve con todas mis fuerzas. Le dije que no quería perderlo y sonrió. Le confesé lo que sentía, mi deseo por estar a su lado para siempre. La respuesta que me dio fue un beso, uno muy dulce. Deslicé los dedos sobre su ropa, entre su pelo, hasta alcanzarle la espalda en un abrazo. Me perdí en el fuego, las chispas sobre la madera y las palabras de amor eterno. Un nuevo beso me unió con el cosmos que era Shaka.
Cuando escuché a los pájaros cantar y sentí el perfume a coco abrí los ojos. Una marea de cabellos dorados me cubrió la vista. Inhalé hondo para llenarme más con el aroma que me provocó abrazar fuerte el cuerpo de Shaka. Pegué la nariz en su cuello y los labios en la piel. Él movió el hombro, volví a besarlo. Metió los dedos entre mi pelo. Cerré los párpados.
—Ya es de día —Sus palabras me parecieron más una pregunta.
—Cinco minutos más —le respondí.
Shaka dio vuelta para quedar de frente a mí y se acomodó contra mi pecho a la vez que me rodeó con los brazos.
—Sumale otros cinco minutos míos —dijo con voz adormecida.
Aguanté la risa. Lo abracé otra vez. Pensé que no era mala idea despertar así todas las mañanas, en su cama o en la mía, cualquiera estaría bien siempre y cuando él me acompañara. Nunca había sentido la paz verdadera hasta ese momento. Ya no había nada que me preocupara.
Al menos así fue durante un par de días más.
-NOTAS FINALES-
¡Hasta acá llega el capítulo!
¿Qué les pareció? ¿Valió la pena la espera?
Me costó bastante por varias cosas que pasaron, pero necesitaba que fuera tranquilo. Ya les voy a volver a complicar la existencia a Mu y Shaka en el siguiente.
Lo que me recuerda que también tengo que hacer despertar a los bronceados XD Pero bueno, ellos no van a participar tanto.
Todavía faltan un par de asuntos por resolver entre estos dos y Athena tiene que volver también para dar un par de explicaciones.
Además, había dicho que iba a haber lemon... Va a haber bastante lol
No tengo mucho para comentar, así que si tienen alguna duda pueden dejarla en los comentarios.
El siguiente capítulo va a venir en dos o tres semanas. En unos días actualizo Corazón de Herrero.
Ahhh... Y no tiene mucho que ver con esto, pero abrí comisiones de dibujos. Por si a alguien le interesa, me ayudaría mucho para pagar varios gastos médicos que me surgieron.
Toda la información está en mis redes sociales.
Eso es todo por hoy.
Cuídense.
