ACLARACIÓN: este capítulo es una versión censurada. La versión sin censura pueden leerla en Ao3.
Capítulo 15
Los problemas con Shaka comenzaron una noche en la que iba a quedarme en su templo. Llegué justo cuando había salido de bañarse. Él se vestía en su cuarto y lo esperé sentado en la sala. Paseaba la mirada por los objetos dorados cuando, sin haberlo buscado, vi la puerta del dormitorio abierta. En el espejo se reflejó la espalda desnuda de Shaka y aún húmeda con varios mechones pegados en la piel.
Me tiré sobre el respaldo del sillón, abochornado. La noche en que aclaramos nuestros sentimientos lo había visto en un estado similar. Sin embargo, a medida que avanzaron los días las ansias por sentir su piel fueron en aumento. Varias veces intenté espiarlo, pero con cada intento fallido me decía a mí mismo que estaba mal, que no debía hacerlo al no tener su permiso.
Esperé ansioso. Cuando Shaka reapareció me pidió que lo peinara, cosa que hice con mucho gusto; me ayudó a tranquilizarme. Él no decía nada, aprovechó el momento para meditar. Cada tanto me inclinaba a verle la cara. Los labios se le curvaban, se ensanchaban, y crecía en mí el deseo por besarlo.
—Hacelo —dijo de repente.
—¿Qué?
Tiró la cabeza hacia atrás, luego abrió los ojos donde me vi reflejado. El corazón me bombeó enloquecido, la sangre me hizo cosquillas por todo el cuerpo. No fui consciente de mis movimientos hasta que estuve a milímetros de sus labios color durazno. Su calor extendido con rapidez por todo mi ser me estremeció. Jugueteó con mis orejas, sus caricias a los costados del cuello me hicieron reír en medio del beso.
Shaka se sentó a mi lado y no dejamos de besarnos. Le toqué el pecho sobre la ropa, él paseó los dedos por mis hombros. Nuestro aliento se mezclaba en la danza de labios y lenguas. Pasó los brazos alrededor de mi cuello para pegarme más a él. Llevé una mano a su rodilla, lo acaricié hasta la mitad del muslo; subió la pierna para dejarla sobre la mía. Poco a poco empezamos a deslizarnos en el respaldo del sillón y quedé cada vez más inclinado sobre su cuerpo.
Mis dedos alcanzaron la espalda de Shaka; él respiraba agitado cada vez que me apartaba de su boca. La cara me ardía. Mi mano húmeda por sus mechones de oro bajaron hasta el glúteo. Apenas lo rocé Shaka me agarró de la muñeca.
—Mu, esperá.
—¿Qué?
—No... No me siento cómodo con esto.
Me aparté de él, nos sentamos derechos. Shaka se acomodaba el pelo mientras yo me frotaba la muñeca; su agarre había sido bastante fuerte.
—Perdón —le dije—. Me olvidé que no te gusta que te toquen así.
—No es que no me guste —respondió sin darme la cara—. Solamente... es raro.
Me refregué el cuello. No estaba seguro de cómo tratar ese tema. Quería avanzar más con Shaka, amarlo de una forma aún desconocida para mí, pero me daba miedo que lo encontrara desagradable. Además, no tenía idea de qué hacer para que ambos disfrutáramos.
—Perdón —dijo a la vez que me agarró la mano—. No quería ofenderte.
—¿Qué? No me ofendiste —le sonreí—. En realidad, me deja más tranquilo que lo hayas dicho... teniendo en cuenta lo que ya pasó.
—Lo que ya pasó... —repitió.
—Tal vez sea muy pronto para... ser más íntimos —dije.
Shaka bajó aún más la cara, completamente roja. Se veía tan adorable. Le apreté la mano.
—No te preocupes —hablé de nuevo—: tampoco es necesario.
—Pero es lo normal en las parejas —dijo en tono bajo.
—¿Por qué estás tan seguro? Además, no somos una pareja normal —Apoyé la cabeza en su hombro—. Está bien si nunca llegamos a ese tipo de intimidad. Para mí es más que suficiente si estamos así.
—Mu... La verdad es que querés hacerlo, ¿no?
—¿Eh? No, no. En serio, está bien.
—Perdón —Se pasó la mano por la cabeza—. Tal vez... Tal vez no pueda satisfacerte en ese sentido.
—Shaka, no estoy con vos por esa razón.
Ninguna respuesta llegó. Los segundos pasaron sin que dijéramos nada. Sentí un temblor leve, aunque no había sido el suelo ni mi cuerpo: era Shaka. Me alejé para verlo bien. Las piernas se le sacudían contra su voluntad. Parpadeé sorprendido. Quizás hasta la cercanía en ese momento le incomodaba, no se me ocurría cómo ayudarle.
—Creo... que mejor vuelvo a mi templo —dije a la vez que me ponía de pie. Entonces Shaka me miró y le sonreí—. No quiero hacer que te sientas mal. Prefiero darte tu espacio.
—Pero...
—La verdad es que yo también tengo que pensar sobre eso —dije con una risita—. Es un mundo inexplorado para mí. Así que entiendo que tengas dudas.
Shaka volvió a bajar la cabeza. Sentí su aura pesada, más de lo normal, tanto que un sabor amargo me llenó la boca y me dio la impresión de cargar algo sobre los hombros. Me costó despegar los pies del piso para llegar frente a él. Ya de rodillas atrapé su mano derecha entre las mías.
—No importa si no podés darme tus razones ahora, decímelas cuando te sientas a gusto... Yo siempre te voy a esperar, así sea para recibir una negativa.
Al ver sus dos cielos brillantes me pareció que había algo que luchaba por escapar de su interior.
—¿Te parece bien? —le pregunté con el tono más sereno posible.
—Sí... Gracias.
Aunque logré salir de ese encuentro incómodo, ni siquiera con el transcurso de las horas dejé de pensar en lo que había ocurrido. El techo de mi cuarto tampoco me presentaba una solución. Pensé que quizás Shaka tendría dudas por su destino como iluminado. Si ese era el caso no había mucho que hacer. A pesar de haberme dicho que no debía preocuparme por ese asunto, se había vuelto uno mío también.
Me dio una punzada en la cabeza. Cerré los ojos. Traté de relajarme, sentir el cuerpo ligero. Poco a poco perdí la noción de la realidad. Pero entonces distinguí una sombra a un lado de la cama. Estaba tan a gusto que me fue imposible mover un dedo.
El colchón se hundió. Sentí unas caricias en el pecho que subieron hasta mi cara y me rozaron los labios. Una voz baja, suave, casi aniñada me susurró al oído: «¿Puedo dormir con vos?». Respondí que sí, a la vez que atrapé el cuerpo ajeno entre mis brazos. Quedamos acurrucados. La nariz se me llenó de aroma a coco y la apoyé sobre la cabellera que me hacía cosquillas.
Shaka se amoldaba perfecto a mi abrazo. Era cálido y suave. Tenía miedo de hacer demasiada fuerza y romperlo. Mi pecho se pegaba a su espalda con cada respiro. Deslicé los dedos sobre la tela que lo cubría; le sentí las costillas. Él suspiró. No volví a moverme. El perfume de Shaka mezclado con su calor me adormeció.
—*—*—*—
Esa mañana, cuando terminé de lavar las sábanas que había ensuciado, Milo y Aioria pasaron por mi templo y me invitaron a entrenar con ellos. Todavía no había visto a Shaka; no sabía cómo iba a mirarlo a la cara, así que acepté la invitación de mis compañeros para retrasar un poco más el encuentro.
Al principio la actividad física me ayudó a distraer la mente, pero no duró demasiado. Me inquietaba el sueño que había tenido; nunca creí que existiera ese tipo de deseo en mí y me asustaba. Las sensaciones habían sido tan vívidas que no me costaba demasiado recordarlas como si las experimentara en el momento.
—Mu... ¡Mu!
La voz de Milo me sacó de mis pensamientos. De pronto había un revuelo en el campo de entrenamiento. Mis compañeros me miraban fijo.
—Eh... ¿Qué pasa? —pregunté.
—Tu enamorado vino a verte.
Giré de golpe. En las gradas estaba Shaka, con la armadura reluciente y el pelo al viento. Tuve una mezcla de emociones: la alegría de verlo habitual, la fascinación al encontrarlo tan hermoso, y pronto el deseo de tocarlo. Se veía distinto en el sueño. La culpa me atacó. «Tal vez si nos hubiéramos encontrado en la adolescencia, las cosas se habrían dado de otra forma», pensé. Entonces me sentí peor por haber vuelto a la cuestión del qué habría pasado; era como traicionar a Shaka.
Aioria me dio una palmada en el hombro y con un movimiento de cabeza me dio a entender que fuera a hablar con el santo de Virgo. Me rasqué la nuca. Caminé lento, casi arrastrando los pies, de los que no aparté la vista. Incluso cuando llegué frente a Shaka tardé en levantar la cara y, cuando lo hice, me forcé a sonreír.
—Shaka... Buen día.
—Buen día, Mu —La expresión alegre con la que me saludó se borró de manera instantánea—. ¿Pasó algo?
—¿Eh?
—Parecés... un poco cansado.
—Ah... Me quedé despierto hasta tarde y me levanté temprano a lavar.
Shaka se inclinó sobre el parapeto.
—¿Estás bien... por lo que pasó anoche?
Un sudor frío me bajó por la columna.
—¿Lo de anoche? —pregunté temeroso.
—En mi templo...
—Ah... Eso... Estoy bien.
Shaka golpeó suave con el índice sobre la piedra donde se apoyaba.
—Todavía no llegué a una conclusión —le dije—. Tampoco es que haya pensado mucho en ese asunto... Pero en caso de que tenga una idea clara, te la voy a decir.
—Perdón.
—No te preocupes.
El que estaba preocupado era yo. Durante el entrenamiento, el arreglo de las armaduras de los soldados, la meditación, todo el día pensé en eso. Aunque Shaka estuvo ocupado con otros asuntos y casi no nos vimos, tenía miedo de que en realidad fuera una excusa para evitarme.
Recién al atardecer se acercó a la primera casa. Por fortuna, llegó con buenas noticias: Shiryu había despertado. Enseguida fui a verlo; Shun le hacía compañía y se lo veía en buen estado. Insistió para que lo pusiera al corriente de la situación en el Santuario y el estado de Athena. Quiso ir a buscarla, pero lo convencimos de quedarse.
—Perdón por todos los problemas que causamos —dijo junto a una reverencia.
—A veces es necesario ser un poco problemático para conseguir el orden —le respondí.
Shiryu miró a Seiya y Hyoga que aún seguían inconscientes. Apretó los puños, luego dijo:
—Tendría que haberme esforzado más.
—Sobrepasaste tus límites... Todos lo hicieron y consiguieron un milagro. Nos dieron una lección muy valiosa.
—Las armaduras...
—Están en la casa de Aries —le dijo Shun—. Mu se encargó de arreglarlas.
—Otra vez te molesté con eso.
—Es mi deber como herrero del Santuario.
—Los santos de oro dieron su sangre para devolverles la vida.
—¿Qué?
—Shaka dio la suya para Andrómeda.
—¿Y... la armadura del Dragón?
—El maestro Dohko se ofreció —respondí.
—Maestro... Voy a tener que darle las gracias.
—Cierto —dijo Shun. Miró a Shaka e hizo una reverencia—. Muchas gracias por darle tu sangre a la armadura de Andrómeda. Voy a cuidarla más de ahora en adelante.
La expresión neutral de Shaka no se perturbó. Ese detalle que podría haberle parecido antipático a cualquiera, a mí me fascinó: no mucha gente conocía las demás caras del santo de Virgo y yo era de los pocos privilegiados.
—Shiryu, ¿tenés hambre? —le preguntó Shun— Voy a prepararte algo liviano para que no te haga mal.
—Sí. Gracias.
Acompañé al caballero de Andrómeda a la cocina. Me dio gusto verlo más animado y que no perdiera las esperanzas de que el resto de sus hermanos despertaría pronto. En medio de los preparativos, recordé que esa noche yo era el encargado de la cena. Por haber estado distraído en otros asuntos no había pensado en ningún menú. Volví a la sala donde Shaka estaba junto a los santos de bronce para preguntarle.
Sin embargo, no conseguí entrar.
—Hace un par de años, ¿te quedaste con el maestro por unos días?
Escuché a Shiryu preguntar. Pegué la espalda a la pared y contuve el aliento por unos segundos.
—No estaba seguro —volvió a hablar—. Pero cuando pasamos por la casa de Virgo, tu cosmos me pareció conocido... Después de eso recordé que hace mucho tiempo, había llegado un chico buscando a mi maestro.
—Debe haber sido alguien más —dijo Shaka.
—Pero... ese cosmos...
—A pesar de haberse alejado del Santuario, el maestro Dohko es una leyenda entre los santos y los aspirantes. Muchos sueñan con que él los entrene. La persona que viste pudo haber sido uno de tantos.
Entonces el silencio. No supe por cuánto tiempo se extendió.
—Tenés razón —dijo Shiryu—. Debió haber sido alguien más.
El asunto quedó ahí, pero no para mí. Mientras preparaba la cena pensaba una y otra vez la pregunta de Shiryu. Los suspiros que soltaba llamaron la atención de Aldebarán. Mi amigo intentó sacar tema de conversación, pero me era imposible seguirlo.
—¿Pasó algo con Shaka?
Hasta que por fin lo preguntó. Fijé la mirada en el cuchillo clavado en la madera donde cortaba verduras.
—¿Qué te hace pensar eso?
—El Santuario está en orden —respondió—, llegan buenas noticias de Japón todos los días, despertó uno de los santos de bronce... Lo que te incomoda debe estar relacionado con Shaka.
Dejé el cuchillo y me limpié las manos.
—Todavía hay cosas de las que no hablamos... No quiero presionarlo, pero... Me gustaría que confiara más en mí.
—Sos la persona en quien Shaka más confía. Dale un poco de tiempo.
—No nos queda mucho.
—Entonces con más razón deberías ignorar ciertas cosas y disfrutar cada momento que pases a su lado.
Me acerqué a la mesa, donde había una canasta con pan y acomodé el trapo que lo tapaba.
—Dijiste que Shaka pensó en abandonar el Santuario y que el maestro Dohko le ayudó para evitarlo, ¿no?
—Ah... Sí —respondió sin mirarme—. Fueron días muy oscuros.
—Y todo por mi culpa.
—Vos no hiciste nada —dijo mirándome de frente—. Así son las misiones.
Me dio una palmada en la espalda junto a una sonrisa.
—No te preocupes más por el pasado. Por fin tenés a Shaka a tu lado. Disfrutalo al máximo.
Decirlo era sencillo. Las dudas me aturdían, no alcanzaba a entender lo que mis compañeros hablaban ni qué les divertía tanto durante la cena. Varias veces tuvieron que repetirme las cosas para que pudiera contestar; al final, dejaron de insistir e hicieron de cuenta que no pasaba nada. La comida me supo agria.
Me senté en las escaleras de mi templo. El cielo despejado, las estrellas brillantes. No hacía frío ni calor. Escondí la cara entre las rodillas. Ya no sabía qué hacer para superar la inquietud. Era molesto. Me sentía irritable, por momentos algo triste.
—¿Mu? —Shaka apoyó la mano en mi hombro mientras se sentaba— ¿Estás bien?
El corazón se me descontroló.
—Ah... Sí.
—Te noté bastante distraído durante la cena.
—Tengo... varias cosas en mente. Estoy tratando de organizarlas. Nada más.
Shaka apretó los labios. Deslizó la mano por mi brazo hasta entrelazar los dedos con los míos.
—¿Hay algo en lo que pueda ayudarte?
—Con esto es más que suficiente.
—Si algo te molesta, me lo podés contar.
—Lo mismo digo.
—Por algo te pregunto —Agachó levemente la cabeza—. No me gusta verte así.
Lo agarré del mentón para besarle la mejilla y después acariciarlo.
—Me hace bien tenerte conmigo —dije junto a una sonrisa—. Espero tener el mismo efecto en vos.
Shaka apoyó la frente en mi hombro. Aproveché para olerle el pelo: el aroma a coco me trajo fragmentos del sueño de la noche anterior. Esa versión tan joven del caballero de Virgo me perturbaba.
—Si no perdíamos el contacto... ¿creés que estaríamos así ahora? —pregunté.
—¿Qué?
—No sé... Tal vez habríamos peleado para después distanciarnos... ¿Sentiríamos lo mismo?
Shaka se alejó para mirarme a los ojos. Las estrellas se reflejaban en sus iris. Pasó las yemas de los dedos sobre mis labios y dijo:
—Sos el único al que voy a amar por toda la eternidad.
Le agarré la mano, le besé el dorso, la palma y dedo por dedo.
—Mu —suspiró mi nombre.
—Andá a descansar.
—¿Qué?
No respondí, solamente sonreí sin mirarlo. Él no se movió. Me daba miedo que descubriera la verdad tras mis palabras, pero era incapaz de explicarle. «Controlar el deseo es fácil —pensé—. Lo difícil es cuando el cuerpo te delata».
Shaka me acarició la cabeza. No esperaba encontrar una sonrisa tan hermosa como la que él tenía en ese momento. La seguí con la mirada hasta que se posó en mis labios.
—Hasta mañana, Mu.
El beso me dejó pasmado. Por dentro me corrió una sensación ardiente que tardó varios minutos en apagarse. Me daba miedo continuar así. Incluso me arrepentí de no haberle pedido a Shaka que se quedara a dormir y un poco decepcionado de que él no lo sugiriera tampoco.
—¿Será que no le atraigo de esa manera? —pregunté al techo.
Al principio me pareció raro cada vez que Shaka elogiaba mi físico. Pero lo que yo quería iba más allá de eso. A veces me decía a mí mismo que en verdad no necesitábamos llevar la relación a algo sexual, porque su sola presencia me alegraba. Sin embargo, cuando más pensaba en ese asunto, más me dolía la cabeza y me sentía vacío.
Incapaz de dormir me dirigí a la biblioteca de Aries. Paseé entre los estantes, acaricié los lomos de los libros. No sabía si encontraría algo que me sirviera allí. Entonces recordé la historia de los santos que se habían enamorado y por quienes Athena había ideado el ritual para sellar los recuerdos. «¿Y si también fueron de Aries y Virgo?», esa idea me supo bastante descabellada. Me pregunté si habrían atravesado lo mismo a la hora de dar el siguiente paso.
—¿Realmente lo quiero o es lo que pienso que debería pasar? —dije al aire.
Continué deambulando mientras pensaba: «No es lo mismo que darse placer uno mismo. ¿Se sentirá bien el tacto de otra persona?». Detuve la marcha a la vez que suspiré. Me pregunté si tendría el valor para desnudarme frente a Shaka, que viera y tocara partes de mi cuerpo que ni yo sabía si me gustaba que vieran y tocaran. En la niñez compartimos el baño con nuestros compañeros, pero a esa edad ni siquiera imaginábamos que existía algo como el acto sexual.
—Shaka lo vio —dije cuando recordé la noche de nuestro primer beso.
Si lo que recordaba era tal cual como me dijo, Shaka había visto a una pareja teniendo relaciones a muy corta edad. Entonces me pareció razonable que le tuviera rechazo. Quizás aún no había superado la impresión que le provocó. «Debería ayudarlo», pensé y busqué un par de libros que creí que me servirían.
Tras pasar la noche en vela y un desayuno rápido bajé al pueblo para continuar mi investigación en la biblioteca. Tenían libros y materiales más actualizados, por lo que aprendí bastante. Anoté todo en un cuaderno. Luego pasé por el hospital. Con la mentira de que era para la educación de los aprendices, las enfermeras me dieron varias cosas que no necesitaba. También hicieron algunos comentarios, como quién sería la afortunada (nunca había tenido tanto problema para contener la risa como en ese momento). Una de ellas directamente me preguntó si era el encargado de dar la clase por ser un experto en el tema.
Regresé al Santuario después del mediodía. Levanté la mirada a mitad de las escaleras hacia la primera casa y en lo alto vi la figura esbelta aún con la armadura puesta de Shaka. Aceleré para alcanzarlo rápido. Se veía animado, lo que me dejó tranquilo.
—Shaka, hola.
—Hola, Mu —saludó sonriente—. Aldebarán dijo que habías salido.
—Sí, fui al pueblo a buscar unas cosas —Señalé la bolsa donde tenía todo.
—Podrías habérmelo pedido para ir en tu lugar.
—Ah, no... Es que... es parte de una investigación.
—¿Una investigación?
Reí nervioso. Shaka curvó una ceja.
—Eh... ¿Ya comiste? —le pregunté.
—Todavía no.
—¿Te gustaría almorzar conmigo? Un vendedor me regaló una calabaza gigante. ¿Qué decís?
Shaka me miraba a su manera y confundido. No comenté nada, solo bastó con no dejar de sonreír para que aceptara. Pasamos un rato agradable preparando la comida, durante el almuerzo fue un deleite tanto la sopa como su expresión alegre. Estaba embelesado hasta con la manera tan delicada y tranquila en que agarraba la cuchara para llevarla a la boca.
—Estás demasiado sonriente —dijo con una mueca mientras secaba un plato.
—¿Y eso es malo? —pregunté llevándome la mano mojada a la cara.
—No, pero es más de lo habitual.
—Es porque viniste a verme.
Shaka apretó los labios y me secó la mejilla con un trapo antes de preguntar:
—¿Seguís pensando en lo que pasó la otra noche?
—Ah... Eso. Ya me había olvidado.
—Mu, por favor, no me mientas. ¿Fue por eso que anoche me dijiste que volviera a mi templo, no?
Dejé el último plato sobre la mesada y me miré las cicatrices mientras el agua se iba por la cañería. Shaka me agarró las manos para secármelas; pasaba el trapo sobre mi piel de manera delicada.
—Sé que es algo importante para vos —dijo— y me sabe mal no poder darte el gusto.
—No te preocupes. Lo entiendo.
—Realmente no estoy seguro de que lo hagas.
—Yo también tengo dudas —respondí—. Es decir, si nos amamos debería ser suficiente con vernos... ¿Es necesario... tener...?
Shaka dejó el trapo en la mesada y se apoyó en ella sin darme la cara.
—Seguimos siendo humanos —dijo—. Es normal que tengas deseo sexual.
—¿Por qué lo decís como si no lo sintieras?
—Porque nunca lo sentí.
—¿Ni siquiera en la pubertad? —Me incliné para verle la cara, pero volteó el rostro.
—No que yo recuerde.
—¿Algún sueño húmedo?
—Tengo el control total de mis sueños.
—¿Al menos eyaculaste una vez?
—Mu de Aries —Se cubrió la cara con ambas manos—, tuve un desarrollo normal. No sé si sabías que hay médicos en el Santuario que controlan todo eso.
—Es bueno saberlo.
—Por Buda, Athena y todos sus santos —suspiró—. Menos mal que no te importaba ese asunto.
Formé una sonrisa al apretar los labios y volví a la mesa. Había dejado la bolsa debajo. La abrí y saqué el cuaderno donde estaban las anotaciones. Luego volteé a ver a Shaka de nuevo.
—Anoche recordé algo que dijiste cuando tuvimos nuestro primer beso.
Arrugó la frente unos segundos y después abrió la boca.
—No me digas que te referís a esa pareja... —Asentí. Él se revolvió el pelo— Estaba bien sin recordarlo.
—Ahí está el punto —dije—. Tal vez pensás que no te afectó en nada, pero son cosas que se suele evitar que los chicos vean.
—Mu, entendí lo que estaban haciendo a los siete años. Las maestras nos explicaron cómo se reproducen los humanos, ¿o no te acordás?
—Solamente quiero saber qué es lo que te impide sentir atracción sexual por mí.
—¿Qué?
Me cubrí la mitad de la cara con el cuaderno. «¿Por qué dije eso? —me pregunté— ¿En serio me siento así de frustrado?». El caballero de Virgo mostró una expresión preocupada.
—Mu... ¿Por qué no me dijiste que te sentías así?
Dejé el cuaderno en la mesa y me senté. Con un dedo delineé la cicatriz del ritual.
—Pensaba que estábamos sincronizados —dije—. Todo de vos me parecía deslumbrante... Todavía me parece así. Pero, como dijiste, soy humano y hay cosas de mi cuerpo que no puedo evitar —reí con amargura—. Supongo que fue muy infantil de mi parte idealizar este sentimiento.
Shaka se acercó a la mesa. Abrió el cuaderno sin pedir permiso. Aunque había escrito en tibetano, él pudo leerlo. Me sentí abochornado.
—¿Esta es tu investigación? —preguntó.
—Es para cuando Kiki vuelva. Soy su maestro, así que tengo que explicarle estas cosas también.
—Claro —dijo— y justo da la casualidad que preparás una lección de educación sexual para tu pupilo después de que no te diera mi consentimiento.
Golpeé la mesa con las yemas de los dedos y fruncí los labios.
—Mejor no volvamos a tocar el tema —dije—. Se nota que te desagrada bastante.
—¿Por qué lo decís de esa forma? ¿No era que ibas a esperarme?
—Y no me arrepiento de esa decisión. Aunque por tu forma de actuar sé cuál va a ser la respuesta —Forcé una sonrisa—. Pero está bien. Eso no va a hacer que te ame menos.
—Estás molesto.
Negué ante sus palabras.
—Quiero entenderte. Si al menos me dieras una razón... Que te da pudor, que preferirías hacerlo con las luces apagadas o que te avergonzás de tu cuerpo.
Shaka separó los labios unos segundos.
—Eso.
—¿Te avergonzás de tu cuerpo?
—Sí —Se abrazó a sí mismo—. No sabía cómo decírtelo.
Lo miré mal.
—Shaka, sos rubio de ojos azules, delgado, estás entrenado. Tu cuerpo es una obra de arte. Además, te vi sin camisa.
—Pero no sin pantalones.
—Tus piernas parecen estar bien. ¿Dónde está el supuesto problema?
—Eh... Tengo un micropene.
—Shaka de Virgo.
—Es en serio.
—¿No habías tenido un desarrollo normal?
La cara se le puso roja. Sonreí victorioso y él bufó.
—Gracias, Mu de Aries. Nunca había pasado vergüenza por mi virilidad hasta ahora.
—¿Acabás de usar sarcasmo?
—No te desvíes del tema.
—¿Ahora sos vos el que quiere hablar de eso? Es un avance.
—Mu... —Me miró acongojado, así que lo agarré de la mano.
—Cambiá esa cara. Nos estamos divirtiendo. ¿No te parece que es aburrido tratar las cosas complicadas siempre con seriedad? Tratemos de reírnos de nosotros mismos para sentirnos cómodos.
Aunque intenté animarlo su expresión no cambió. Me levanté, lo agarré de los costados de la cara para que no me esquivara.
—Shaka, siempre te voy a amar. No importa si nunca más vuelvo a rozarte un pelo. Me llenás de una forma que no necesita lo físico para sentirme completo.
Su nuez de Adán se movió de arriba abajo.
—¿Querés verlo?
—¿Qué cosa?
—Mi cuerpo —respondió bajó.
—No es necesario si te incomoda.
—Tal vez... si te lo muestro pueda acostumbrarme.
Quizás intenté detenerlo, o al menos es lo que quiero pensar que hice. De otra forma, no creo que hayamos ido a mi cuarto sin ningún tipo de resistencia. Algo tuvo que haber pasado para estar sentado en mi cama, con Shaka parado frente a mí en el centro de la habitación mientras vestía la bata que me había regalado. Él no levantaba la mirada enmarcada por el tono sonrosado de su piel.
Cuando estuve a punto de decirle que no hiciera nada, movió las manos y el nudo del cinturón se deshizo; la bata se abrió más en la parte de arriba, casi la totalidad de su pecho quedó descubierta. La cara de Shaka no cambiaba. Seguí con la mirada al cinturón que cayó al piso, pero enseguida volví a subirla para ver los hombros del santo de Virgo. La tela se deslizó poco a poco por sus brazos.
La piel se le notaba suave, de hecho sabía que lo era. Las clavículas se le marcaban de tal forma que me provocaba besarle los hombros y todo el cuello. Los pectorales, ni muy grandes ni muy chatos, adornados por un par de puntos entre rosados y marrones. Tenía la sensación de que los tocaba con solo mirarlos, que los apretada y presionaba con las yemas de los dedos, lo mismo con sus abdominales. Bajé los ojos por la línea que le surcaba el medio, hasta el ombligo y más abajo, a la zona aún desconocida, cubierta sutilmente por la mano de todavía envuelta en la bata.
Respiré hondo y continué deleitándome con su cuerpo. La pierna derecha totalmente libre era como esperaba: delgada, pero los músculos le daban curvas y firmeza. Su cuádriceps en particular se me antojó como la mejor de las almohadas, ya me veía descansando la cabeza ahí.
Regresé la mirada a su cara; encontré el par de cielos brillantes mirando a la nada. Noté que presionó los dientes y su nuez de Adán tembló para luego inflar el pecho. La bata se desplomó a sus pies. Mis ojos fueron directo a su entrepierna, al vello rubio que precedía a ese pene que me dejó en blanco por unos segundos. Quise comentar que Shaka había crecido, pero la voz no me salió, además, no quería incomodarlo más de lo que ya estaba. Mi virilidad palpitaba, necesité cambiar mi postura sentado en la cama.
Mientras el silencio continuaba el calor subía. Shaka no hacía ningún movimiento. En cambio, yo me deleitaba con la imagen que me regalaba.
—¿No vas a decir nada? —preguntó en tono bajo.
Sacudí la cabeza y me tiré el pelo hacia atrás antes de levantarme. Saqué la sábana de la cama para después envolverlo a Shaka. Él me miró confundido.
—Me gustó mucho lo que vi —respondí con una sonrisa—. Pero creo que fue suficiente para una primera vez.
—¿En serio?
Lo abracé, lo llevé hacia la cama y nos recostamos. Él puso las manos sobre mi pecho, para mantenerme alejado sutilmente.
—Otro día yo te muestro —dije.
—Ya... Ya te vi —respondió mirando a un costado.
—¿Cuándo?
—Cuando te devolví los recuerdos... Transpiraste mucho —dijo rápido—. No lo hice con otras intenciones.
—¿Y qué pensaste?
La cara se le puso de un tono rojo mucho más intenso del que ya tenía. Con un dedo índice me acarició el pecho, nervioso.
—Creciste —habló en tono bajo.
Tanto su respuesta como su voz avergonzada me dieron ternura y me causaron gracia en partes iguales. Escondí la cara en su pecho. No pude aguantar la risa.
—¿Impresioné a Shaka de Virgo?
—M-Mu.
Mis carcajadas se hicieron más fuertes. Shaka puso cara de molestia, pero no le duró mucho. Me abrazó para acariciarme la espalda y darme un beso en la frente.
Creí que el tema del sexo había quedado hasta ahí... O al menos fue así por dos días. Lo retomamos de la peor forma posible.
Luego de la cena en la casa de Virgo, me quedé a meditar con Shaka. La alfombra en sus aposentos era una exquisitez al tacto. El aroma a sándalo parecía elevarme. El cosmos del santo de Virgo era una caricia cálida. Me transportó a los días de la infancia, cuando me ayudaba en la meditación
Por momentos me pareció un abrazo. Me hacía cosquillas en el cuello y el pecho. Lo sentía como besos en cada centímetro del cuerpo. En la mente vi sus manos recorrerme la piel y dejar un rastro que ardía. Me hizo estremecer. Estuve tentado a abrir los ojos para comprobar que en verdad era producto de los estímulos sobre mis sentidos.
Sin darme cuenta me estiré el cuello de la camisa: había comenzado a sentirme abochornado. Al hacerlo vi cómo Shaka me rozó la piel con los labios. Me incliné hacia adelante; no había nadie ahí, solamente mi imaginación. Los latidos aceleraron, más cuando me llegó la imagen que Shaka me había mostrado en mi cuarto hacía unos días.
Quería tocarlo, besarlo, conocer cada rincón de su cuerpo, tal como él hacía en ese momento. Pero era su cosmos. Shaka no se había movido. Quizás era intencional: la forma de ser íntimo conmigo que había encontrado. El calor subió con ese pensamiento. Mientras más me envolvía con su cosmos, más me calentaba. Un cosquilleo se concentró en mi entrepierna que comenzó a ponerse dura.
La voz se quería escapar por mis labios y expresar el deseo: «No pares, me encanta». La frente se me cubrió de sudor. Me mordí el labio y solté el aire fuerte por la nariz. Tiré la cabeza hacia atrás, me tapé la boca. Pasé la mano por mi pene y temblé. Sentí una punzada en la nuca, a la vez que me pareció tener enfrente la expresión jadeante de Shaka.
Me levanté a las apuradas. Tuve que sostenerme contra la pared. Estaba transpirado. No iba a poder ocultar la erección que me palpitaba en el pantalón.
—¿Mu?
El llamado de Shaka me dio escalofríos, pero no lo suficiente para sacarme de ese estado. Se me acercó preocupado; no quise mirarlo.
—Mu...
—Voy... Voy a volver a mi templo.
—Podés quedarte hasta que... estés mejor.
—Eso va a ser peor.
—¿Querés darte un baño?
Me puse en cuclillas y me tapé la cara con una mano, mientras me revolvía el pelo con la otra. Shaka se puso a mi altura para acariciarme la espalda a su manera especial.
—Perdón —le dije—. Nunca me había pasado algo así... No sé por qué... Soy un asco.
—No sos tal cosa, Mu.
—¿Y si algún día no puedo controlarme? ¿Si te lastimo o algo?
—Jamás harías eso.
—Jamás pensé que te amaría tanto.
Shaka apartó el rostro. Quería golpearme a mí mismo por mostrarme así ante él.
—Levantate —dijo, agarrándome del brazo.
—Mejor alejate.
—Te voy a ayudar.
—Shaka, en serio... Tengo miedo de lo que podría hacerte.
—Yo no te tengo miedo.
Lo miré suplicante: sus manos me hacían arder, quería escapar. Pero la mirada azul me obligó a ponerme de pie. Él sonrió dulce y me acarició la mejilla.
Sin decir nada, me agarró de la mano para llevarme a su cuarto y dejarme sentado en la cama. Él se inclinó frente a mí, entre mis piernas. Creí que me iba a reventar el corazón. Shaka empezó a levantarme la camisa hasta sacármela.
—¿Qué pensás hacer? —pregunté en un susurro.
Pero no respondió. En su lugar me besó y me obligó a agarrarlo de las caderas. Parpadeé en blanco. La humedad de Shaka y su perfume a coco, flores y sándalo no me dejaron pensar nada. Mis manos se movieron hasta sus glúteos firmes. Los acaricié sobre la tela del pantalón, hasta que no aguanté más y los apreté. Shaka dejó de besarme. Tuve miedo de haberlo arruinado otra vez.
—Shaka... perdón. No quería...
—Acostate —dijo en un tono que me hizo palpitar tanto el corazón como el pene.
Obedecí. Él se colocó encima mío para besarme el cuello, el pecho, jugar con mis tetillas, usando los dedos y la lengua; después repetía. Apreté los párpados, temeroso de que se tratara de un sueño. Pero al abrir los ojos me encontraba con la cara de Shaka, su boca sobre mi piel que se humedecía con la saliva.
Un poco más confianzudo, volví a llevar las manos a sus glúteos. Primero apreté el izquierdo; no hubo queja. Intenté con el otro y lo mismo. Sentí que había ganado una batalla. Entre más besos y caricias, le saqué la camiseta. Me deleité la vista, el tacto, todo con su abdomen marcado.
Shaka se recostó sobre mí. Empecé a suspirar más fuerte cuando nuestras entrepiernas se tocaron. La fricción de las telas, el cosquilleo que me recorría hasta la cabeza, la piel del caballero de Virgo pegada a la mía, era un sueño, el mejor que había tenido. Me agarró el labio con los dientes, lo soltó de a poco y se sentó.
No sé cuánto tiempo lo miré. Shaka se refregaba la frente, desesperado, y el tikka se le borró.
—No puedo —dijo.
Me senté a buscar las palabras, al tiempo que me pasé la mano por la nuca que me ardía.
—Shaka... ¿Qué pasó?
Él apretó los puños y se le marcaron las venas.
—Pensé que iba a conseguirlo... pero... no siento nada.
—¿No sentís nada?
—No es que no sienta nada —dijo dándome la cara—. Se siente bien, me gusta verte y tocarte... El problema soy yo.
—Tal vez fue demasiado pronto. Creo... Creo que avanzaste.
—Mu... No puedo... No puedo ponerme duro.
Entonces lo noté, la diferencia entre ambos: yo tenía un bulto palpitante en el pantalón, pero él estaba como de costumbre. No supe qué pensar. ¿Era mi culpa? ¿Shaka tenía algún problema que desconocía? ¿Habría una solución? Eran demasiadas preguntas.
—¿Un té o una comida afrodisiaca? —pregunté— Tal vez si intentás estimular otros sentidos... No sé, la vista, el olfato...
—¿No te parece que verte excitado sería más que suficiente para tener el mismo efecto en mí?
—¿No te... excito?
—No, no es lo que... Es decir... Me gustó verte así. Pero...
—¿Y si lo intento yo?
—¿Qué?
—Sacate la ropa.
Por fin tuve esa parte de su cuerpo entre mis manos. El pene de Shaka estaba caliente, pero no demasiado. Era muy distinto a mi sueños, más blando, mejor dicho. Frotarlo, acariciarlo, pasarle los dedos de arriba abajo, sentí que era como jugar con el juguete más especial de todos.
Me estaba excitando. Incluso me tentaba probarlo; por alguna razón estaba seguro de que estaba hecho para meterlo en mi boca. Quería tirar a Shaka en la cama y sentarme arriba suyo, saltar, que tocara mi punto sensible hasta hacerme enloquecer.
Pero él no mostraba emoción. Un poco de rubor y nada más. No gemía, ni siquiera suspiraba. Solamente seguía los movimientos de mi mano con la frente arrugada. Esa expresión me alarmó y comencé a ir más rápido. Ningún cambio.
—Basta, Mu.
Me congelé. No podía soltarlo. Quería decirle que intentáramos otra cosa, pero él deshizo el agarre, me dio un beso en la frente junto a un «gracias» y se levantó. Mientras él fue a buscar una bata, me quedé con la cabeza sobre las manos. «Si no soy capaz de despertar el deseo en Shaka, ¿qué vamos a hacer?», me pregunté.
—No es tu culpa, Mu —dijo atándose el cinturón.
Volvió a sentarse frente a mí, me agarró las manos y sonrió con ternura. Pero enseguida su expresión se volvió gris.
—Perdón por no ser el amante que esperabas.
—Yo no esperaba nada —respondí y me lamenté por sonar tan afectado—. Esto es más de lo que había imaginado.
—Tal vez pueda... dejar que te satisfagas con mi cuerpo.
—Si no podemos disfrutarlo los dos, prefiero no hacer nada.
—Te vas a cansar de eso.
—¿No confiás en mis sentimientos?
—Sí confío... Pero... me da miedo... que busques lo que no te puedo dar con otra persona.
—Eso es imposible. Es algo que solamente podría hacer con vos... Quizás algún día...
—Algún día... —suspiró.
—Puede ser algo temporal. ¿No habías dicho que tuviste un desarrollo normal? —pregunté con una risita.
—Sí... Pero es la primera vez que me pasa.
—¿La primera vez?
Shaka enderezó la espalda.
—Cuando me despierto... o... No es... Me refiero a que... sí tuve erecciones... pero...
Lo que estaba a punto de decir, ni siquiera yo lo creía mientras lo pensaba.
—¿Tuviste sexo antes?
Noté cuando tragó saliva y su aura se llenó de nervios. La cara pálida, los ojos abiertos bien grandes, me revolvieron el estómago. Quería morirme. Una lágrima cayó, después otra, hasta que ya no pude contenerlas. El sollozo que quería escapar me hizo doler la garganta.
—Mu... Mu... Por favor, te lo puedo explicar.
Sacudí la cabeza de lado a lado. Shaka me agarró por los hombros; le temblaban las manos.
—No es lo que pensás... Jamás haría eso con alguien que no seas vos.
—Pero lo hiciste —respondí con la voz quebrada.
—¡No! Yo... Solamente... tuve curiosidad y...
Le golpeé las muñecas para que me soltara y me levanté. Ni yo creía mi propia reacción. Shaka me hizo voltear; los ojos turbios eran la prueba de lo desesperado que estaba.
—Mu, por favor, escuchame... Es difícil de explicar, pero voy a intentarlo.
—Shaka, no... Ignorame. Soy yo el que está mal. Vos... eras libre de hacer lo que quisieras con cualquiera.
—Siempre quise con vos —dijo al borde del llanto.
—Tu cuerpo no dice lo mismo.
—Es porque no te acordás.
—¿De qué?
—Del tiempo que viví en Jamir.
—¿Cuándo viviste en Jamir?
Poco a poco bajó la cabeza. La habitación se volvió fría. El corazón me palpitó con miedo y las piernas me temblaron.
—Shaka... ¿En serio no nos vimos cuando te mandaron a matarme?
Dos lágrimas gruesas bajaron por su cara. Lo agarré de los brazos y lo sacudí.
—¡Shaka! ¿Qué me hiciste?
No me respondió... o quizás sí lo hizo, pero lo que descubrí después fue demasiado fuerte como para recordar en qué momento Shaka se llenó la mano con mi sangre.
-NOTAS FINALES-
Y hasta acá el capítulo.
¿Qué les pareció?
Las cosas se me complicaron desde la última vez que actualicé. Nunca me había agarrado un bloqueo tan grande.
Además, en los últimos meses estuve trabajando en otro proyecto. Todo el tiempo de escritura lo invertí en eso (y en la facultad) y ahora estoy un poco agotada.
Siento que podría haber hecho mejor este capítulo, pero bueno...
La calentura de Mu tiene explicación. Eso va a venir en los siguientes capítulos.
¿Qué les parece qué hizo Shaka en Jamir?
¿Y lo que dijo Shiryu?
Creo que ya entramos en la recta final.
Se va a poner muy caliente... If know what I mean...
En fin... Tengo el cerebro quemado y no sé qué más decir.
La continuación va a venir en dos semanas.
En febrero vuelve Corazón de Herrero :D
Cuídense.
