Hola!
Un nuevo capitulo de la historia.
Gracias por todos los comentarios, en verdad nos emociona mucho saber que les ha gustado.
En verdad que es un honor poderles traer esta increíble historia.
Disfrutenla ;) y no se olviden dejen comentarios.
Autor: ELIZABETHSHAN y MARZELINEFILTH
LOVE OF MY LIFE
CAPITULO 2: EL VESTIDO.
-Como te lo cuento, Toga.- Dijo cabizbaja sentada tomando té en la terraza.
El miro a su esposa. La perfecta Izayoi estaba con los ojos hinchados y opacos por las enormes ojeras negras que en ese momento tenia.
-No he podido dormir. Cada vez que pienso en Kagome y en la horrible situación por la que está pasando, me dan unas ganas horrendas de abofetear a nuestro hijo.- Dijo tallándose la sien. –Detesto a Kikyo. No solo se metió con Inuyasha, es una mujer acostumbrada a estar en compañía de muchachos, eso no lo hace una mujer decente.-
-Esa muchacha no te ha hecho nada.-
-Lo sé, pero mi coraje crece cada vez más. No sé cómo puedes aguantar esta situación.-
-La decisión de que Inuyasha se case con la madre de nuestro futuro nieto está tomada. No trates de hacerme cambiar de parecer.- Toga era un hombre estricto, pero muy flexible con Izayoi y sus hijos. Sin embargo en ese momento tenía que ser firme.
-Le he pedido a Inuyasha que me devolviera el anillo de tu madre. Le he explicado la situación. No puedo olvidar el hecho de que haya sido infiel, y no te perdonare la solución tan simple que le diste al problema, de que se case con su amante, solo porque por que espera un niño. Tengo unas terribles ganas de golpearla a ella por zorra, y a ti por…- Izayoi estaba molesta. Era de las pocas veces que se enfadaba.
Toga la interrogo con la ceja levantada, esperando el insulto.
-¡Por ser un mal padre!- Dijo cruzándose de brazos. Arrugo el entrecejo y se negó a mirar a su marido.
-Entiende mujer, tenemos que poner a raya a Inuyasha antes de que cometa otra tontería.- Y bebió con tranquilidad su café, ignorando la mirada asesina de la pelinegra.
-¡Es que te has vuelto loco!- Se puso de pie. Si antes la falta de tacto de su esposo no era problema, ella sin duda lo mataría. -¡El no será feliz! Mi hijo estará casado con esa mujerzuela porque tú,- lo apunto. –no podrás dormir pensando que pasara con nuestro nieto.-
-No hay marcha atrás.- Dijo sin preocuparse por los gritos de su esposa. –Hoy iré a hablar con el sacerdote.- Dijo mientras dejaba su taza de café, se levanto con tranquilidad y se acerco a ella. -¿Te quieres calmar?- pregunto sonriéndole.
Izayoi relajo su semblante. Por más enojada que estuviese Toga siempre la hacía cambiar de opinión.
Toga la agarro por los hombros y le dio un suave beso en los labios. Izayoi lo abrazo por el cuello y así se despidieron. –He dejado de hablarle a Inuyasha. Y dejare de hablarte a ti también si sigues haciendo planes de ese tipo.- Acomodo la corbata de su esposo y le volvió a dar otro beso.
El era un hombre muy apuesto y a sus ya más de cincuenta, mujeres tan bellas como Izayoi seguían volviéndose locas por él.
Toga volvió a sonreír alejándose de su esposa, tomo el saco que descansaba en el respaldo de la silla. Abrió la enorme puerta corrediza de cristal que separaba la recamara con la terraza y, antes de entrar, con voz fuerte, dijo: -Tú seguirás estando a cargo de la fiesta.- Sin esperar reclamos se fue.
Izayoi grito molesta. Estaba furiosa con su esposo, con su hijo, con Kikyo… con ella misma.
Entro a la recamara y busco entre los cajones hasta encontrar su agenda. Tomo el teléfono y comenzó a marcar haciendo cancelaciones. La primera llamada la hizo al hotel cerca del mar donde se llevaría a cabo la fiesta. La segunda, el carísimo banquete que ya se había pagado; no le daría a Kikyo el gusto de cenar un festín tan lujoso.
Todo eso ella lo había hecho para Kagome, no para la ambiciosa hermana.
Y así se la paso casi durante una hora. Pero había un detalle, las invitaciones. Ella había enviado a hacerlas en una famosa imprenta; Unas elegantísimas invitaciones blancas con letras en color dorado. Estas estaban amarradas en una cinta grande color café y guardadas en una finísima cajita rectangular de madera. Y ya habían sido enviadas. Ahora no solo tenía que informar a los invitados, sino que además debía volver a enviar a hacer otras, pero con el nombre de Kikyo Higurashi.
Bajo corriendo las enormes escaleras de madera hasta encontrarse en la cocina. El desayuno estaba siendo servido a su hijo en el comedor, y por ningún motivo se atrevería ir para ese lugar.
-¡Kaede!- llamo a la mujer regordeta que había servido a la familia desde que Inuyasha era un niño. –Debes hacerme un favor.-
-¡Claro, señora! Lo que usted ordene.- Dijo sonriendo, esperando a la petición.
Kaede era la ama de llaves, por lo tanto la más fiel de todas las empleadas. Sus ya marcadas arrugas delataban la verdadera edad que tenía esa anciana mujer y su cabello blanco poblaba ya toda su nuca. Ella a su vejes la llamaba experiencia.
-Necesito que compres invitaciones para la boda, pero no cualquier tipo, sino las más horradas y económicas que encuentres…-
-¿Pero…?- Kaede no podía creer lo que su señora pedía.
-Sin peros.- Dijo sonriendo ampliamente. -¿Has escuchado bien? Además, quiero que sean negras… como si se tratase de un funeral. ¿Podrías hacer eso por mi?- pidió con gentileza. -¡Y ni una palabra a mi marido!, si pregunta podemos decir que ha habido una terrible equivocación-
Kaede asistió. Jamás había visto tan sonriente y misteriosa a su señora. –Por supuesto.- Ella sería su confidente siempre. –Yo puedo equivocarme en alguna orden que me haya dado.-Dijo aguantando una carcajada. –Como también podría equivocarme al poner sal al café del joven Inuyasha.- Susurro con malicia mientras le guiñaba el ojo.
Con una bandeja llena del almuerzo para Inuyasha, salió de la cocina.
Izayoi se quedo un momento. Y sonrió. Sin lugar a duda, haría pagar un poco a esa chiquilla que tanto mal le estaba haciendo a Kagome.
-¡KAEDE!- escucho un grito de Inuyasha provenir desde el comedor. -¡MALDITA SEA, ANCIANA! ¡COLOCASTE SAL ENLUGAR DE AZUCAR!-
Kaede regreso a la cocina y ambas se partieron de la risa.
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Tal como Izayoi se lo había pedido, Kaede había traído las peores invitaciones que había encontrado.
-Querida Kaede, has hecho un excelente trabajo.- Dijo riendo a carcajadas sosteniendo la negra tarjeta.
La invitación era completamente negra y sencilla. Es decir, solo una tarjeta de tamaño mediana envuelta en un simple listón negro. Eso era lo que se veía al exterior, pero al abrirlo había una foto de una mano hecha puño y el dedo anular levantado.
-Da la sensación de que el dedo que se enseña en la foto es el medio.- Dijo aun riendo.
Kaede soltó una risita. –Detrás están escritos los nombres del los novios, la dirección, el nombre de la iglesia y el lugar donde se celebrara. El vendedor sugirió que podía ponerlas con un plumón azul y le dije que estaba bien.- Comento la mujer notando como Izayoi miraba al reverso la horrible letra del vendedor que de seguro había pensado que estaba haciendo idiota a alguien. Kaede se acerco y beso la mejilla de Izayoi con cariño. –Le pedí a mis nietas que rellenaran las tarjetas.-
Izayoi jamás se había sentido tan complacida por el trabajo de alguien, como tampoco había sentido jamás tanta rabia por el dolor que había causado Kikyo a la única mujer que era merecedora de su hijo..
Se aseguraría que Kaede recibiera un muy buen regalo en compensación.
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"¡Dime como demonios hiciste para tenerme hechizado!" Su rostro arrogante cargaba una sonrisa de lado.
"Esa es tu forma de conquistarme." Su sonrisa estaba cubierta por un labial rojo que sobresalía de aquella escena.
"No intento conquistarte, cariño. Sé que ya lo he hecho." Inuyasha intento tomar su mano.
Kagome por acto de reflejo la quito de forma traviesa, no es que no lo deseara, solo no estaba acostumbrada a que un chico tomara su mano, y los nervios no la dejaban respirar. Penetro sus resplandecientes ojos zafiros en los ojos de él, que se veían sobrenaturalmente ambarinos.
Inuyasha se agarro el cabello en señal de frustración con la mano derecha. Ella era hermosa y ese labial rojo se le veía increíblemente sensual en sus labios. Se sentía un idiota, no entendía porque una mujer lo estaba volviendo loco, y con una sola mirada, no había podido quitársela de la cabeza ni un solo segundo desde que la vio.
"Solo una cita Kagome, y te prometo… que te daré el mundo."
El se acerco para besarla y ella se dejo besar. Fue un beso tierno, el primero, el mejor del mundo.
Kagome abrió los ojos y llevo su mano derecha a los labios.
-Un sueño…- susurro. Sonrió con nostalgia. –Solo fue un sueño.- Todo se había vuelto una pesadilla al abrir los ojos. Su amado príncipe azul ya no era suyo, y ella… tenía que seguir su vida.
Tomo su agenda y leyó en voz alta todo lo que ese día haría. Si, sus tareas cada vez eran más cansadas y los días más largos.
-Comenzar con un simple baño, desayunar, hablar con mamá, revisar mis mail, llevar ropa a la caridad, pedirle asesoría al párroco, ¿Nada mas?- Susurro soltando una risita sarcástica. –Debería agregar desaparecer de la faz de la tierra, o algo parecido.- Si, se sentía bien bromear consigo misma, de ese modo tomaría todo como algo gracioso y quizá, su sueño de que los días no existieran más, se cumpliera.
Despacio bajo a desayunar, sola como siempre en esos últimos días, pero ahí estaba su madre esperándola.
-Buenos días, mama.- Dijo con una sonrisa radiante.
Naomi se puso de pie y fue hacia ella. –Buenos días amor,- le dio un fuerte beso en la mejilla. -¿Cómo te sientes?-
-Bien… y ¿tu?-
-Bien cariño.- Le sonrió de la forma más tierna que podía. –Me descompense un poco. Me sentí terrible por haber aceptado a ese maldito en esta casa.-
-Madre, no digas eso, el no tiene la culpa. Como ya te lo he dicho: fue decisión de ambos.- Menciono Kagome molesta.
Naomi se alejo de su hija y le dio la espalda para empezar a servir el desayuno. –Como sea Kagome, solo deseo que te quites esa absurda idea de la cabeza. No tolerare que mi hija sacrifique su vida internándose en un convento solo porque un…-
-¡Suficiente!- dijo en voz alta haciendo callar a su madre, quien la miro sorprendida. -¡Es mi vida y hare con ella lo que quiera!- Kagome se sentó pesadamente en la silla del comedor. –Ahora, por favor quiero que te sientes conmigo a desayunar en paz.- Y señalo el asiento frente a ella.
-De acuerdo.- Murmuro sirviendo café en dos tazas. –Anoche escuche la voz de Kikyo. Dile de mi parte que no quiero hablar ni una palabra con ella.-
La tasa que recibió Kagome casi resbala de sus dedos ante la impresión. Miro de hito en hito a su madre para saber si era verdad lo que escuchaba, pero no vio reflejo de mentira ni de arrepentimiento de lo dicho.
-¡Mama!- exclamo sorprendida.
-Así como quieres que respete tus decisiones, espero que respetes las mías.- Dijo firmemente mientras se sentaba frente a su hija pequeña y daba un trago a su amargo café negro. –Las amo a las dos… pero en este momento no puedo lidiar con esto.-
Kagome intento tomar un sorbo a su café pero no pudo. –No puedo creer que no quieras hablarle a tu propia hija. Te estás comportando como si fueras la responsable de los sentimientos de ella, y de paso, de los míos.-
Naomi bajo la mirada enseguida. –Hija, tu no comprendes, me conozco lo suficiente como para saber que si le dirijo aunque sea media palabra a tu hermana, las cosas no terminaran bien.-
Kagome no entendía a su madre. Jamás en toda su vida, Kagome había visto tan enojada a Naomi, la mujer se veía tan agotada emocionalmente que nada mas faltaba que tuviese diez años más de los que en verdad tenia para que pareciera una anciana.
-Madre, ¿Qué está pasando contigo? ¿Por qué estás comportándote así?- Pregunto.
Naomi le sonrió con tristeza, y se quedo callada, evitando de esta forma la pregunta de su hija.
Kagome volvió a mirar su taza de café. El desayuno tranquilo con su madre se había ido al demonio. Todo por su bocota contestona y su manera de no quedarse callada sin expresar sus ideas.
-Mama, saldré un momento, llevare ropa a la iglesia e iré con Áyame." Sin dar más explicaciones se levanto y fue directo a su habitación. Tomo las bolsas, donde venia la mayoría de la ropa que usaba normalmente y salió hacia la casa de una de sus mejores amigas.
Al fin y al cabo, de que le serviría tanta ropa si ella se haría mujer de dios.
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Kikyo había despertado de muy buen humor. La tan temida conversación con Kagome no había resultado tan mal como ella lo había esperado. Todo iba viento en popa. Estaba embarazada del hombre que amaba y eso era más de lo que su hermana pudo haber hecho.
Suspiro. Si solamente Kagome no se hubiese esforzado en parecer una santa, tal vez Inuyasha ni siquiera hubiese mirado más allá de sus propias narices. Bueno, solo necesito un pequeño coqueteo y mostrarle su nueva y casi invisible nueva ropa interior para que sus instintos masculinos tuviesen un arrebato carnal.
Se arrepentía de haber dañado a su hermana, pero el fin justifica los medios, y ella había encontrado el punto perfecto para tener atrapado a Inuyasha.
Estaba por bajar las escaleras cuando escucho la conversación de su madre con Kagome. ¿Tanto daño le estaba haciendo a su hermana? No, ella pensaba que Kagome no podía amar más a Inuyasha que ella misma. Entonces, ¿Por qué su madre se negaba a hablar con ella? No lo sabía, su madre era una tumba en cuanto secretos se refería. ¿Y cómo diablos haría para decirle que se casaría con Inuyasha? El estaba presionándola, seguramente se enfadaría cuando le dijera que no fuera esa noche. Pero tenía que ser esa noche en la los dos hablaran con Naomi y se le informara que se casarían. Inuyasha tenía un viaje de trabajo al día siguiente, y ella no quería interferir en los planes de su prometido.
Se volvió sobre sus pasos hasta su habitación. Debía encontrar un modo de hablar con su madre. Las molestas nauseas del embarazo hicieron acto de presencia y mientras se recostaba pensaba en algún modo, una solución.
Y entonces, Kagome se le vino a la mente.
Kagome, la dulce hermana inocente. Su pequeña hermana indefensa. La pequeña Blanca Nieves del cuento.
Ella le ayudaría a que su madre no la rechazara.
Kikyo salió de su habitación y comenzó a pasearse una y otra vez fuera de la habitación de Kagome.
Ella había suplicado a Inuyasha que juntos debieran dar la noticia a Naomi, pero… necesitaba de la ayuda de Kagome.
Ella era la mayor, la que tenía que aconsejar a su pequeña hermana, pero no era así. Ahora, Kagome parecía la sensata hermana mayor, la adulta, la fuerte; y ella solo parecía una asustada cachorra, temerosa de la rabia de su madre.
¿Qué le ocurría? Ella era fuerte, fría, calculadora; tal vez, el embarazo afectaba sus emociones.
Kikyo medito un momento antes de tocar la puerta. ¿Por qué Kagome le ayudaría? Ella le había robado el novio, Kagome no tenía ninguna responsabilidad de personarla.
-Ella me quiere. Claro que me ayudara.- Susurro para sí misma mientras se mordía la uña del pulgar izquierdo.
Respiro profundamente. Y sin más, golpeo tres veces la puerta.
Nadie contesto.
Volvió a tocar. Kagome podría estar en el baño.
Nada. Solo el ruido de su mano golpeando la madera.
Abrió despacio y confirmo lo peor… Su hermana no estaba.
Una mueca apareció en su terso rostro. –Tanto esperar para que mi pequeña hermana no se encuentre.- Se sentó en la cama y recorrió la habitación con una ceja levantada, sus ojos se detuvieron en el gran guardarropa y en sus dos delgadas puertas abiertas.
Los ojos opacos de Kikyo se iluminaron enseguida y, sin poder, ni querer evitarlo, corrió hasta él y saco el hermoso vestido de novia que sobre salía de las entrañas del mueble. Se lo puso con rapidez. Demasiado rápido que se canso, pero no quería que Kagome la sorprendiera. El vestido le quedaba casi perfecto. El único defecto: el busto. Kikyo podía ser una mujer muy bonita del rostro, pero su cuerpo era delgado y la zona del busto faltaba llenarse bastante.
-No importa.- Dijo para sí. –Solo faltan los zapatos.- Sonrió a su reflejo en aquel espejo que estaba en la puerta del baño.
Kikyo no podría sentirse más bella.
Y entonces los vio. Aquellos zapatos que Kagome había comprado el día que ella la acompaño, se encontraban debajo de la cama. Se aventó hacia ellos y los saco inmediatamente de la caja. Seguían preciosos igual que aquel día, donde le había indicado a Kagome cuáles podrían ser los indicados para el vestido que ya Izayoi le había obsequiado.
-Si ella tiene estos zapatos es gracias a mi.- Dijo arrugando las cejas. –Kagome ni siquiera había los había visto.-
Kikyo había elegido esas elegantísimas zapatillas de diseñador por que se había imaginado a ella misma con ellas puestas en la boda que ya había planeado con Inuyasha.
Al ponérselas, tiro sin querer la caja de zapatos. Se volvió a mirar al espejo y dio vueltas sobre su propio eje. Se veía radiante, elegante y exquisita. Ese vestido seria suyo. Le rogaría todo lo necesario a Kagome para que se lo obsequiara… incluso, lloraría si fuese necesario.
Su sonrisa aun estaba presente en su rostro cuando se sentó en la cama para quitarse las zapatillas, las metió en su caja y observo el pequeño diario en el suelo.
Lo abrió sin respetar la privacidad de su hermana y su sonrisa se volvió en una de sorpresa e ironía.
-No hay nada que no sepa.- Dijo leyendo la tristeza que su hermana trataba de explayar. –Que ridiculez.- Murmuro viendo las lagrimas marcadas en la hoja de papel. -¡¿Qué?!- Y entonces… Su ojos se abrieron y su mandíbula casi choca con el suelo debido a la impresión. -¡¿Monja?!- no pudo evitar comenzar a reírse a carcajadas.
Eso era una sorpresa.
Kikyo había creído que esa idea absurda se había esfumado hacia ya bastante, pero al parecer aun seguía en la cursi cabecita de su hermana.
-Sería un beneficio para mi si ella se internara en el monasterio.- Solo tengo que hacer que ella se apresure y tome firmemente la decisión.- Su risa desapareció para dejar paso a un gesto pensativo en su rostro.
Se quito el vestido y salió, dejando la habitación como si ningún alma hubiese estado allí.
Su plan comenzaría desde ese momento.
CONTINUARA…
No coman ansias, que pronto aparecerá Sesshomaru ;)
