Queridos lectores,
Una disculpa enorme por el tiempo de tardanza; fue una misión casi imposible darme tiempo para traerles la historia de mi amiga Eli, quien ya la tenía casi lista desde el anterior capitulo.
Un saludo muy especial a todas aquellas personas que se tomaron la molestia de dejarnos comentarios, los cuales son tan importantes ya que nos ayudan demasiado a mejorar y saber si les gusta lo que escribimos.
Sin más por el momento… ¡A disfrutar!
CAPITULO 14: TAL VEZ… OTRO DIA.
De lo único que podía ser consciente era del increíble placer que sentía en ese momento.
Sus gemidos podían oírse por toda la casa, pero a ella no podía importarle menos; su mente la había abandonado desde hacía horas, cuando él entró en su habitación completamente desnudo, la tendió en la cama y sin siquiera decir palabra alguna arrancó sus bragas y enterró su rostro allí… entre sus piernas.
Sus manos se aferraban a las sabanas mientras su cuerpo ardiente se contorsionaba en la cama.
"No te detengas" Pensaba, o tal vez lo decía en voz alta.
Y él parecía devorarla aún más.
El placer era exquisito e iba en aumento, Kagome podía sentir como algo trepaba por sus piernas, cada vez más caliente y cosquilleante subía como miel espesa, su boca húmeda se abrió en un grito mudo, sus piernas intentaron cerrarse pero él no se lo permitió, la sostuvo con sutileza y presiono su lengua justo allí… en ese punto donde ella no sabía que podía producirle tanto placer.
– ¿Te gusta? –Susurro él sobre su sexo con voz ronca para luego continuar con su placentera tortura.
Kagome habría respondido, de no ser porque de su boca solo salían gemidos mezclados con pequeños gritos de placer. No podía verlo pero supo que él sonreía, esa sonrisa de lado, tan seductora y tentadora.
El sonido de su sonrisa arrogante vibro entre sus piernas.
Fue entonces cuando su intenso orgasmo se hizo oír. El espasmo placentero se extendió por todo su cuerpo provocándole espasmos de placer inigualable.
Kagome gimió tan fuerte que despertó, completamente sudada y excitada, su propia mano se encontraba entre sus piernas, avergonzada la retiró de allí con rapidez. Acababa de tener un orgasmo mientras soñaba con Sesshomaru.
Ella no sabía muy bien cómo reaccionar a eso.
La puerta de su habitación se abrió de pronto y ella se cubrió con rapidez.
– ¿Estás bien? -Dijo Sesshomaru. –Acabo de oírte gritar.
– Sí, sí. –Respondió sin aliento "¿acababa de oírme?" –Estoy bien gracias, puedes irte. –Dijo de forma cortante mientras giraba de cara a la pared en un intento porque se fuera. No podía verlo, la situación era tan vergonzosa.
Él no se fue, sigilosamente se acercó hasta la cama y colocó su mano sobre su pierna, sobresaltándola.
– ¿Segura que te encuentras bien? –Preguntó con voz ronca. – ¿Quieres que yo…?
Kagome no dejó terminar lo que sea que él diría, su mente sucia giraba alrededor de su sueño y no le permitía pensar con claridad; apartó con brusquedad su mano antes de responder.
– ¡Estoy bien! Sesshomaru, ahora ¡por favor! sal de mi habitación, ¡necesito dormir!
Él no dijo nada y salió de la habitación tan rápido como había llegado.
Solo cuando se encontró mucho más calmada y con su mente despejada, Kagome cayó en la cuenta de algo importante: ¡Sesshomaru, había entrado en su habitación como si nada! Y ella había puesto llave en la puerta antes de dormir. ¿O no?
– Maldito demente, tiene una llave. –Dijo mientras se incorporaba y colocaba una silla a modo de palanca.
Esa noche no haría una escena, pero en la mañana le exigiría que le devolviera su llave. Sin duda Sesshomaru tendría que escucharla.
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Sesshomaru no podía dormir.
Tenía un excelente oído y escuchó con claridad como Kagome lo llamaba en sueños, su habitación estaba tan cerca que pudo escuchar como ella gemía. Sonrió de lado cuando volvió oír su dulce voz susurrando … eso fue lo último que pudo aguantar.
Se coloco su pantalón y salió de la habitación mientras pensaba en qué diría cuando golpeara a su puerta. Tal vez fuera la falta de sexo, o que el beso que habían compartido horas antes aún lo tenía demasiado presente, pero nada lo había preparado para eso… Su cuerpo tembló de placer y estuvo a punto de gruñir en respuesta.
Estaba a solo dos pasos de su habitación cuando su intenso gemido se hizo oír. Eso lo dejo perdido, acariciándolo por dentro. Fue como si hubiese respirado vapor de un té caliente y dulce, el cual había entrado a sus vías respiratorias y le había abrazado el alma. Sesshomaru se aferró de la pared y contó hasta diez mientras intentaba serenarse; no funcionó, pero el deseo actuaba por sí mismo y abrió la puerta de par en par.
Su mirada estaba borrosa, como si no pudiese controlarse, acostada como la encontró quiso aventarse sobre ella y despojarla hasta de su piel; sin embargo, se contuvo.
– ¿Estás bien? –Pregunto. –Acabo de oírte gritar.
Ella se negó a mirar sus ojos dorados.
Sin importarle que Kagome notara su erección, creciente y palpitante, se acercó hasta su cama. Deseaba tanto que lo notara, que lo aliviara, deseaba tanto tocarla; y así lo hizo, acarició su pierna con desespero, asustándola y provocando que ella lo apartara con rudeza, dejándolo herido por su rechazo.
Solo cuando volvió a su habitación y logró serenarse, comprendió que había actuado como un maldito perro en celo, y eso no era algo común en él.
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La casa de Naomi Higurashi no era lo que él esperaba. Parecía una casa antigua, limpia, pero le faltaban lujos.
Onigumo medito sobre lo que veía mientras recorría cada rincón de la casa vacía.
Naomi había salido en la mañana y el asqueroso invitado Taisho lo había hecho media hora después, solo la joven Kagome había salido de la casa a las nueve corriendo hacia el taxi que aguardaba en la entrada.
Fue entonces cuando él aprovechó para inspeccionar.
"Ella no está aquí" pensó.
Una fotografía llamó su atención y sin dudarlo la tomo entre sus manos. Naomi y Kikyo sonreían para la cámara, ella estaba hermosa que quitaba el aliento; sin dudarlo guardo la fotografía en su chaqueta.
Luego salió de la casa por la puerta principal como si esta le perteneciera.
En su apartamento colocó la fotografía sobre su mesa de luz, se veía bien allí. La imagen era cautivante, Kikyo… su Kikyo. La mujer que lo tenía trastornado sonreía para él.
Onigumo tomó su móvil y fotografió la imagen, luego la seleccionó y envió.
Él esperó, tal vez ella estaría ocupada. A medida que las horas pasaban aceptó que ella no respondería, de modo que intento una vez más, esta vez selecciono la foto que le había sacado a Naomi el día que tuvieron esa patética cena y la foto que le había tomado a su hermana esa misma mañana cuando ella salía de la casa.
Esta vez funcionó, su móvil comenzó a sonar a los pocos segundos.
– ¡Infeliz! ¿Estás siguiendo a mi familia?
Desesperación… eso fue música para sus oídos.
– Kikyo. –Dijo en voz baja. –Amor, no sabes cuánto deseaba escuchar tu voz.
- ¡Entiéndelo bien! ¡Deja a mi familia en paz! o vas a lamentarlo.
Onigumo escucho el suave susurro de su última oración, era claro que ella jamás se atrevería a cometer algún acto contra él.
– Lamento muchas cosas amor.
– ¡No me llames así!
– Tranquila cariño, veámonos. Déjame que te explique lo que sucedió aquella vez, verás que después de que aclaremos esto me entenderás y todo estará bien entre nosotros.
Su voz seductora se escuchaba claramente a través de la bocina del celular, esa forma tan sutil de atraer a su presa y que cayera lentamente en su juego.
– ¿De qué estás hablando? ¡Ya déjame tranquila! –Gritó, y colgó la llamada.
Onigumo miró su móvil con una sonrisa en sus labios, finalmente había podido comunicarse con su mujer. Pronto la visitaría personalmente.
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La mente de Kagome era una maraña de situaciones incómodas que rondaban sus pensamientos una y otra vez. La vergüenza hizo mella en ella durante la mayor parte del día; la distracción de sentir la vibración de la lengua fantasiosa de Sesshomaru entre sus piernas no se había evaporado durante la noche, como debió haber sido, al contrario, el deseo de una experiencia erótica se había aferrado a ella como si fuese aire con el cual respiraba.
Sofocada de todo decidió hacer lo que más le agradaba… visitar la casa de su mejor amiga. Así que después del trabajo se alistó con su misma falda aburrida y decidió llegar con Sango.
– ¡Kagome! ¡Pasa! – Sango le sonrió emocionada. –Es una increíble sorpresa que te tenga de visita.
Kagome le dio un ligero beso en la mejilla, gustosa de saber que a cualquier hora sería bien recibida en ese hermoso departamento.
– ¿Te quedas a cenar? – Pregunto Sango sonriéndole de oreja a oreja.
Se percató enseguida del delantal que Sango llevaba puesto, que anteriormente había sido color rosa y se había transformado en un color café rojizo.
– Si. –Respondió simplemente. Con tantos sentimientos encontrados, Kagome no quería tener que ver a ningún miembro de "familia".
– ¡Me alegro! –Se alejó dejando en claro la idea de ser perseguida por la cocina. –Estoy preparando un rico estofado, y es lindo que me ayudes un poco en la cocina.
Kagome no recordaba exactamente cuánto tiempo llevaban siendo amigas ella y la castaña, pero si recordaba el apodo que Inuyasha le había otorgado en secreto "Miss Tóxica." Sobrenombre que se había ganado a pulso, ya que era bien sabido por todos que Sango era la peor cocinera del mundo, seguido obvio de Miroku.
Mientras evitaba que Sango se cortara los dedos en el proceso de cortar simples zanahorias, y ante el cuestionamiento absurdo de que si se encontraba bien, Kagome decidió confesar la angustiosa situación de la cual era presa.
– Sango… –Comenzó. -¿Alguna vez has tenido un sueño… erótico?
Sango no contesto, continuo rallando verdura como si no hubiese escuchado la pregunta formulada. Muy en el fondo Kagome se arrepintió dicho aquello, tal vez esta era la clase de pregunta que no se hacía en voz alta.
– Creo… –Dijo mirándola directo a los ojos con sus orbes curiosas color café. –que la pregunta correcta seria… ¿Hay noche alguna donde no tenga sueños eróticos?
Kagome arrugó el entrecejo sin saber qué decir ante aquello, pero la sonrisa de Sango la hicieron sentir que todo había sido un chiste.
– ¡Por supuesto! Kagome, es algo natural, todo el mundo los tiene! –Ambas comenzaron a reír ante la espontaneidad del momento. –Yo todo el tiempo los tengo, y por suerte tengo a mi esposo listo para saciar mi ser. ¿Por qué? ¿Con quién tuviste ese sueño?
Las preguntas fueron dichas como si le estuviera preguntando sobre el clima fuera del departamento. La concentración de Sango estaba fingidamente puesta sobre la cena, ya que parte de ella quería comerse viva a Kagome con todas las preguntas que rondaban su mente.
Pero la tranquilidad duró solo un momento al ver que su amiga no pensaba contarle nada.
– ¡Cuéntame! –Grito Sango con una sonrisa que no le cabía en el rostro. –¿Qué soñaste?
– ¡No voy a contarte esa clase de sueños!
– ¿Por qué no? Yo siempre te cuento los míos.
– Y siempre sin mi autorización.
Ante lo dicho Sango soltó una risa traviesa.
– Además, tú eres tú.
– ¡Exacto! Yo soy yo y, porque soy yo, es que me contaras tu sueño ahora mismo. No te avergüences, estamos solas, Miroku no llegará hasta dentro de treinta minutos y además hace demasiado ruido cuando llega del trabajo. Y si lo deseas, puedo contarte uno que tuve el otro día. –Finalizó para darle ánimos a su amiga.
Ambas tomaron asiento en la sala de estar. Kagome estaba nerviosa, no sabía por dónde empezar. La pena le recorría las piernas y los nervios salían por los poros de su piel.
– Soñé… Soñé que… –Kagome respiró profundamente y lo intentó de nuevo. –Sesshomaru estaba en mi habitación, y… me hacía cosas con la boca.
– ¿Te besaba? – Pregunto Sango. No entendía por qué Kagome se avergonzaba tanto, ella se había besado infinidad de veces con Inuyasha, ¿por qué ahora se avergonzaba de haber soñado con que Sesshomaru le hacía cosas…con su boca? –¡OH! –Dijo cuando la comprensión llegó a ella.
Kagome solo asintió mientras emitía un quejido de comprensión en el momento en que se cubría la cara con ambas manos.
– ¡Pero esa no fue la peor parte!
– ¿Hay más? –Sango soltó la pregunta tratando de aguantar las ganas de felicidad.
– Me desperté con mi propio orgasmo, creo que hice un ruido muy fuerte.
– ¿Gritaste?
– Pero no de susto. –Kagome aclaró apenada.
– ¿Por eso no quieres volver a tu casa?
– ¡Es tan vergonzoso!. –Con determinación oculto su rostro con un cojín que se encontraba junto a ella.
Sango la miró unos segundos, analizando siempre el panorama antes de actuar. Entendía perfectamente todo lo que su amiga había pasado ese último año, había sufrido con ella y llorado con ella; pero ver a Kagome intentando ocultar el sonrojo de las mejillas y su sonrisa plasmada en su rostro… bueno, le hicieron el día.
– Kag, es algo completamente normal, créeme.
– ¿Lo es? Dime cuantas veces te has despertado gritando tu orgasmo y el culpable de todo irrumpe en tu habitación para decirte: "lo escuche todo".
Sango abrió su boca y la cerró como si fuese un pez fuera del agua. Pensó en que decir, pero cuando nada vino a su mente hizo lo único que sabía hacer, soltar una enorme risotada hasta soltar lágrimas.
– Lo siento, no quise…– Dijo mientras intentaba serenarse –¡Es que no puedo creer!
Kagome frunció el entrecejo molesta. –Gracias, creo que tal vez debería de haberlo consultado con Miroku.
– ¡No! ¡Aguarda! –Pidió tratando de tranquilizarse mientras secaba sus lágrimas. –Créeme, Miroku es muy bueno dando consejos, pero con situaciones como estas lo único que te diría es que le des rienda suelta a tu vida y corras hacia la habitación de tu invitado completamente desnuda. –Sango se obligó a si misma a recuperar la compostura, su amiga no necesitaba pasar más vergüenzas, pero antes de continuar necesitaba hacerle una sola pregunta. –Dime, ¿alguna vez tuviste esta clase de sueños con Inuyasha?
Kagome abrió dos veces la boca sin emitir sonido alguno. – No. –Respondió con voz débil, luego de pensarlo. –Jamás tuve esta clase de sueños con él; es decir, he soñado con él muchas veces, pero nunca llegábamos hasta ese punto, solo eran besos. Es por eso que no se cómo debo sentirme.
Ambas se quedaron en silencio. Una meditando sobre qué decir, la otra sintiéndose avergonzada por su situación.
- Kag, creo… –Comenzó seriamente la castaña. –que te has reprimido a ti misma durante mucho tiempo.
Kagome quiso negarse a creerle. –¿De qué hablas?
– Digo que tal vez, y solo tal vez, tú no te permitiste sentir realmente.
– ¿Por qué crees eso? Por supuesto que me he permitido sentir, iba a casarme Sango.
Sabiendo que era un tema delicado, Sango decidió tocarlo con mucho tacto. –Lo sé, pero su relación era algo… extraña. Durante dos años solo le permitiste besarte, solo besarte, ¿Alguna vez dejaste que él te tocará? Y no me refiero a que te tocarse para darte un abrazo.
–Él sabía que yo quería llegar virgen al matrimonio.
– Y también sabía que tú querías ser monja.
– ¿Qué quieres decir con eso?
– Que no lo deseabas Kagome.
Ella no dijo nada.
Durante varios minutos ninguna hablo.
– Se que lo querías y sé cuánto sufriste, pero creo que lo que realmente te lastimo fue su traición.
– Te equivocas.
Un susurro superado por la poderosa voz femenina de Sango. –Es probable. Pero respóndete esto a ti misma: ¿Cómo es posible que, un hombre logre en unos pocos meses lo que tu ex novio no logró en años? – Ante el mutismo de la pelinegra, continuo. –A mi entender eso solo tiene dos explicaciones, la primera es que tú no te permitiste sentir, te reprimiste a ti misma, y ahora, por algún motivo que desconozco te siente… libre.
– ¿Y la segunda?
– Que no lo amabas.
Kagome pudo haber negado la afirmación dicha, pudo haber dicho que ella se equivocaba, pudo haber dicho un millón de excusas ante lo comentado por Sango, pero en ese momento se escuchó la inconfundible voz de Miroku; el sonido de su voz se escuchó mientras cantaba con fuerza, el ruido de sus llaves chocar una y otra vez al intentar abrir la puerta retumbó y, cuando finalmente entró, grito a todo pulmón.
– ¡Ya llegue cariño!
Sango negó con su cabeza mientras sonreía con dulzura. – ¡Estoy aquí bebé! –Exclamó con voz fuerte a su esposo, y luego girándose hacia su amiga, dijo: –Miroku cree que lo peor que podría pasarle es llegar a casa y encontrarme en brazos de otro, por eso hace todo este alboroto, para darle tiempo al hombre para que escape. –Levantó las cejas en todo burlón mientras se ponía de pie. –Traumas de su infancia.
Kagome sonrió ante las extrañas costumbres que tenían sus amigos. –Entiendo, aunque creo que es un poco raro.
– ¿Por qué? Yo hago exactamente lo mismo. –Respondió de camino al encuentro de su esposo con una enorme sonrisa en su rostro.
Las cenas con sus amigos eran únicas, siempre ocurría algo que las volvía inolvidables, pero esta vez se habían superado a sí mismos.
No fue solo la llegada de Miroku aullando una canción al llegar a su hogar, tampoco fue que al momento de la cena este derramara la mitad del vino al intentar descorcharlo, ni cuando la pequeña Sasha se arrojó al suelo e intento hacer angelitos sobre el vino derramado, logrando que su hermoso vestido blanco con bordados dorados se tiñera de color rojo… No, todas esas divertidas situaciones fueron superadas cuando finalmente Sango hubo cambiado a la niña y ella aseado el piso, Miroku se había sentado frente a la mesa con una bandeja llena de restos que parecían carbones, y con mucho orgullo declaró:
– ¡La cena está servida!
Sango golpeo su frente al verlo. – ¡Cariño! Olvide nuevamente apagar el horno ¿cierto?
Miroku sonrió mientras le daba un fuerte beso en la mejilla. – Olvidaste apagar el horno cariño.
–¿Pedimos pizzas a domicilio?
– Ya he hecho el pedido.
– Gracias amor no se qué haría sin ti. –Dijo Sango dándole un suave beso en los labios.
– ¿Cariño?
– ¿Si? –Susurro en el momento en que colocaba sus brazos sobre el cuello de Miroku dispuesta a proseguir con su segundo beso.
– También olvidaste dentro un rallador y la cuchilla para cortar la carne, y, tu celular…
Sango se pegó en la frente nuevamente. – ¿También lo deje dentro del horno? –preguntó horrorizada.
Miroku le sonrió y colocó ambas manos en la delgada cintura femenina. –No cariño, no eres tan despistada. –Dijo en un tono dulce. –A tu móvil lo encontré dentro de la heladera…junto al mío.
Definitivamente inolvidables.
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Al bajarse del taxi, Kagome avanzó el corto recorrido de la acera a la puerta de su casa, era ya medianoche cuando finalmente decidió volver a su hogar. Caminando a paso lento se fijó en los árboles que había plantado su abuelo muchos años antes de que muriera, delimitando así su casa con la de los vecinos; tranquilamente miró las luces mercuriales que alumbraban la calle, y en el cielo oscuro. Lo único que brillaba era la enorme luna llena que parecía querer abarcar todo.
– Que hermoso.
Susurro. Sus pensamientos la llevaron enseguida a recordar su sueño.
De pronto, un ruido. Un ruido ligero entre los árboles. Algo que se escuchaba y que le hizo erizar los vellos del cuerpo.
– ¿Quién anda ahí?
Hablo tratando de ocultar su temor a lo desconocido. Lentamente se fue acercando a la penumbra de los árboles, despacio metió su mano a su bolso encontrando inmediatamente su gas-pimienta.
Entonces, con la velocidad y agilidad que caracteriza a los gatos, el espeso pelo color naranja, negro y blanco se asomó de entre los árboles.
– ¡Buyo! –Kagome suspiro con tranquilidad. –Me has dado un buen susto. –Buyo se acercó a ella ronroneando y se arrimo a sus piernas acariciándolas. –Anda, mañana te llevare con el veterinario.
Con una ligera caricia en la oreja, se despidió del gato mientras abría la puerta de su casa. Al entrar todo estaba oscuro a excepción de la luz del televisor de la sala. Sesshomaru estaba allí, recostado sobre el sillón y con el control remoto sobre su pecho, fingiendo dormir. Era la oportunidad perfecta para ella, de modo que intentando hacer el menor ruido posible subió las escaleras tan rápido como sus pies se lo permitían, entró en su habitación; sin embargo, no pudo cerrar la puerta, pues el hombre que dormía tan cómodamente estaba perfectamente despierto e impidiéndole la acción.
– ¡Creí que dormías!
Le hablo molesta.
– Y yo creí que hoy llegarías temprano.
– ¡Ah! ¿Ahora estas controlándome? –Dijo indignada.
Sesshomaru sorio. –No, pero no puedo evitar preocuparme por ti.
Ante lo dicho, Kagome sintió su corazón latir mucho más rápido de lo normal. –Estoy bien, ahora déjame cerrar la puerta por favor.
– No.
– ¿Disculpa? –Exclamó sintiendo la sangre hervir.
– Te disculpo.
– ¡No te estaba pidiendo…!
– Tu madre dijo que llegaría tarde a casa, al parecer tenía una cita. –Sesshomaru quería provocarla más.
– ¿Y desde cuándo mi madre tiene citas?
Las palabras comenzaban a salir de su boca con molestia.
– No lo sé; no controlo a las mujeres de esta casa. Y deja de intentar cerrar la puerta en mi cara, tengo más fuerza que tu, Kagome.
Ella no lo miro, el sonido de su voz llenaba de cosquillas su estómago. –De acuerdo. –Libero la puerta, mas no se quito para darle el paso. –Por cierto deberías devolverme la copia de mi llave. –Dijo con una sonrisa fingida mientras estiraba su mano palma arriba.
Sesshomaru dudo. –¿De qué copias hablas?
Kagome se cruzó de brazos sin creerle. –Anoche ingresaste a mi habitación y yo le había echado llave. –Dijo con la mirada más desafiante que tenía para que él notara su molestia.
Pero esa pose le duró muy poco, pues Sesshomaru se acerco un paso hacia ella, la miró directo a los ojos y, dijo . –La puerta no tenía echada llave, Kagome. –La miró de forma sensual y mientras sonreía mordió su labio inferior. –¿Tanto te afecto nuestro beso?
Ella no supo que había sido, si su voz varonil y seductora, sus preciosos ojos cargados de deseo o el movimiento involuntario que hacía con sus cejas lo que la llevaron a dos cosas: a creerle y a recordar nuevamente todo lo que había pasado entre ellos.
No supo porque un calor la envolvió de pies a cabeza y la fantasía de saltar sobre él la asaltó como un fuerte apetito, imagino que enredaba sus piernas en las caderas de Sesshomaru mientras se fundía con él en un solo ser, de forma intensa y apasionada. Las imágenes acudieron a su mente llenándola de pensamientos lujuriosos en fracción de segundos.
Sus traviesos ojos azules invadieron por primera vez los dorados de Sesshomaru.
Él no supo qué sentir ante aquello. Jamás, ninguna mujer había penetrado tanto su mirada como ella lo hacía.
"Debería avergonzarme de mi misma por no poder controlar estos pensamientos."
Kagome rompió el contacto visual, y el impulso murió tan rápido como había llegado.
–¿No piensas responder? –Murmuró Sesshomaru, queriendo componer su voz. Prohibiéndole apartara su mirada; quería volver a ver a esa mujer que lo estaba seduciendo con una sola mirada, quería ver a la salvaje que había tenido la osadía de besarlo, deseaba hacer emerger a la verdadera Kagome que se escondía tras esa capa de niña buena.
Y él se perdió al observar sus tentadores labios carnosos. Dio dos pasos hacia ella, pero Kagome había retrocedido. Esa fue la oportunidad perfecta que tuvo para ingresar a la habitación y cerrar la puerta tras de sí.
"Detenlo." Su conciencia susurro, pero dejo que avanzara más hacia ella invadiendo más su espacio personal, dejado que la acorralara como si fuese un depredador.
Quiso hablar, pero su petición murió en su garganta casi provocando que se ahogara con su propia saliva; las imágenes de su sueño se mezclaban con esos ojos que parecían comérsela viva.
Sin que la tocara podía sentir como su cuerpo ardía, podía sentir su suave boca en su piel, sus manos sobre su pecho, su lengua recorriendo su cuello, sus dientes mordiéndole los pezones con delicadeza; cada detalle, cada sonido, todo igual que lo que había sentido en su sueño. Y se pregunto: Si eso se sintió en sus fantasías, ¿Cómo sería si él se lo hiciera en la realidad?
Entonces, tomo su brazo suavemente y la acerco a él.
"Permítete sentir." Grito su cuerpo.
El contacto visual seguía sin romperse, haciendo que la pasión creciera cada segundo. Sintió como la respiración de Sesshomaru se volvía pesada, el aire parecía no llenar sus pulmones, y cuando le coloco su mano en él amplio pecho masculino… Kagome pudo sentir los músculos bajo su camisa.
Y tembló, tembló porque era la primera vez que tocaba a un hombre de esa manera, sintió la vibración de su voz en el momento en que él acercó su boca en su oreja.
– ¿Quieres que te bese? –Ronroneo, deseando con todo su ser que ella lo aceptara.
Y su respuesta sonó más como una súplica: –Si, por favor.
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Kikyo se despertó a media noche al sentir como su móvil vibraba dos veces sobre su mesa de luz, giro su cabeza lentamente y rezo internamente para que el molesto sonido no hubiese despertado a su esposo. Inuyasha dormía. Intentando no hacer demasiado ruido se puso de pie, tomo su móvil y salió de la habitación tan rápido y tan sigilosamente como podía, cuando salió al pequeño patio, si es que así se le podía llamar al pequeño balcón donde solo tenía espacio para colgar su ropa. Y atendió la llamada.
– ¿Era necesario que llamaras a estas horas? –Pregunto molesta.
– Sabes que tengo una vida muy ocupada Kikyo, llame en cuanto mi hermana me dijo que habías preguntado por mí, y sé que no lo harías a no ser que estuvieras metida en un gran lio.
Kikyo miro hacia el interior de la casa, no quería que Inuyasha la sorprendiera hablando a escondidas y pensara mal.
– Debemos vernos. –Exigió sin apartar la mirada de adentro de la casa.
La voz masculina soltó una risa. –De acuerdo, ¿qué te parece si nos encontramos mañana en el bar KANNA al mediodía?
Kikyo medito un momento, había quedado en reunirse con su madre, pero esto era mucho más importante, su matrimonio podía correr peligro si no solucionaba este asunto. Y ella no podía darse el lujo de perder el tiempo.
– Está bien, allí estaré.
Luego de cortar la llamada Kikyo fue hacia la cocina y se sirvió un vaso con agua. No tardo mucho en vibrar de nuevo su celular.
– ¿Qué querrá ahora?
Pregunto molesta observando la pantalla oscura del móvil. Al encenderse lo que vio la hizo llevarse la mano al vientre.
La foto de su hermana acariciando a buyo apareció con una definición tan perfecta que Kikyo sabía que había sido tomada con mucho cuidado.
Sus manos temblaron y un nudo de miedo se había instalado en su garganta, estaba aterrada, su vientre estaba duro, sabía que tenía una contracción, de modo que decidió sentarse un momento.
– Déjame en paz.
Susurro a la nada, a la espesura negra que invadía su casa.
En cuanto logro calmar sus nervios volvió a su habitación y se acostó junto a su esposo, pero el temor no la dejo dormir. Esas fotos acosadoras eran un claro mensaje interpretativo, que tenían el más aterrador significado: No descansare hasta encontrarte.
Las lágrimas comenzaron a escurrirse por su mejilla, y abrazándose a sí misma y a su vientre susurro: "Jamás dejare que nadie nos separe amor mío" fue lo último que pensó antes de caer profundamente dormida.
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– No te detengas. –Susurro contra sus labios. Kagome no lograba poner en orden ninguno de sus pensamientos conexos que intentaban hacer que su cerebro cobrara vida de nuevo.
No recordaba exactamente como había llegado estar en esa posición, todo parecía haber ocurrido tan rápido; en un momento compartían un apasionado beso, y al siguiente, ella estaba sentada sobre él, sintiendo la oculta masculinidad de Sesshomaru en sus muslos.
Él se encontraba sentado en la cama, acariciando suavemente sus piernas sobre la tela de su incomoda falda, prenda que le estorbaba criminalmente en ese momento. Kagome no entendía porque sus manos no podían quedarse quieras, y no es que quisiera dejar de tocar, pero le asustaba que parecían tener vida propia y se turnaban en acariciar su rostro, luego enredarse en su cabello lacio, platinado y perfecto, para terminar arañando la incómoda tela de su camisa.
El beso se había vuelto demasiado intenso, el deseo era quien dominaba.
Sesshomaru aparto sus labios de los de ella, deseaba continuar, realmente quería tenerlo todo esa misma noche, pero debía ir lentamente, paso a paso, Kagome merecía lo mejor de él, ella debía ser tratada con delicadeza, pero de continuar así terminarían por hacerlo ahí mismo.
– Deberías descansar. –Susurro sobre sus labios.
– Lo sé, tú también. –Respondió ella, pero mientras hablaba su boca volvía a atacarlo, depositando besos que amenazaban con volverse agresivos, desesperados.
– Tu madre no está Kagome, podría volver en cualquier momento y encontrarnos así. –Intento el nuevamente. Ella no respondió. –Si continuas besándome así te arrancare la ropa y te hare el amor aquí mismo.
Kagome sintió como su luz interna se encendía, la comprensión volvió a ella. Reconocía que el beso había nublado sus sentidos, que cada parte de su ser no quería que él se detuviese, pero también sabía que no deseaba perder su virginidad de esa manera. Ella separo sus labios de los de él y con lentitud, se puso de pie.
– Lo lamento. –La escucho decir.
Sesshomaru quería decirle algo, lo que fuera, solo que nada acudía a su mente, el beso también lo había dejado aturdido. Con mucha lentitud camino hacia la puerta, necesito de toda su fuerza de voluntad no volver sobre sus pasos y besarla nuevamente.
– No lo hagas. –Y le sonrió ampliamente, por primera vez. –¿Me dejaras besarte en la mañana?
La vio morder su labio inferior mientras asentía con su cabeza, parecía una niña pequeña.
– Descansa. –Susurro dirigiéndole una sonrisa, abrió la puerta y salió de la habitación. –Por cierto, el día que te haga el amor tú lo desearas tanto como yo. –Sentencio y cerró la puerta.
Kagome se quedo de pie en el lugar sonriendo para sí misma. Era la primera vez que se sentía de esa manera, era extraño. Igual de extraño era ver una sonrisa tan amplia en el rostro adusto de Sesshomaru.
Una felicidad la invadió de sobre manera. Camino hacia su armario y busco allí su diario, llevaba tiempo sin escribir en el, tomo asiento sobre su cama y comenzó a escribir cada detalle de lo que había ocurrido, este momento no quería olvidarlo nunca.
Querido diario:
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Su mirada violeta recorrió el restaurante elegante en el que la había citado. Portando un atuendo bastante caro, Naraku se sentó en el área del bar dispuesto a tomar más de un trago, y si se daba oportunidad a alguna mujer que estuviese dispuesta a que él le hiciera cosas perversas.
La mesera se acerco dispuesta a tomar la orden, con una sonrisa le dio los buenos días y le brindo el menú, pensando que él hombre al que atendía era bastante atractivo.
"Espagueti y vino." Susurro obsequiándole una sonrisa ladina, una que dejaba en claro la invitación sexual que le podía ofrecer a la joven chica.
Ella le coqueteo, se giro dispuesta a tomar la orden, pero se detuvo en el momento en que sintió como su mandil blanco se desajustaba de su cintura, y eso no le gusto.
Naraku había hecho un rápido movimiento con su mano, queriendo ver mas allá del cuerpo lindo que portaba la chica.
Con una mirada llena de confusión, la joven mesera desapareció de su vista con una clara expresión de temor en su rostro.
Mientras esperaba a que la sexy amiga de su hermana hiciera acto de presencia. Se dedico a observar a la calle. Llevaba tiempo sin ver a Kikyo, y sentía ansiedad por saber cómo le sentaba el embarazo. Había oído que las mujeres embarazadas solían tener la libido alta, ella sin dudas debía ser una de esas pues según su hermana le había mencionado, su esposo no la atendía como correspondía.
La pelinegra no lo decepcionó, pese a su enorme vientre ella lucia preciosa. Su mente imagino las mil maneras en que podría follarla luego de hacer el trabajo, porque sin dudas le exigiría que el pago fuera sexual.
– Lamento la tardanza. –Dijo con voz suave, mientras se quitaba su enorme abrigo. Ella no se quito los lentes oscuro, como tampoco dejo de mirar a su alrededor como si fuese una criminal.
– Descuida, y deja de mirar a tu alrededor de esa manera, llamaras la atención y no queremos que los demás comensales sepan que eres una traficante de gatitos. –Dijo para luego reírse de su propio chiste.
Kikyo lo miro con mala cara. –¿De qué demonios me hablas? Esto es serio Naraku, mi matrimonio corre peligro por culpa de ese psicópata.
Naraku le dio un trago largo al vino, gesto evidente que le importaba un carajo su matrimonio. –De acuerdo, tranquilízate, pide algo, lo que sea y comienza desde el principio.
– ¡No quiero nada! –Respondió apretando los dientes nerviosa, sentía como su cuerpo temblaba. –¿Recuerda cuando hace años tuve aquel problema?
Claro que lo recordaba, y ante la sorpresa abrió sus ojos violetas. –¿Aquel "problema" con el demente que te tuvo encerrada en su habitación?
Kikyo cerró sus ojos y asintió, no deseaba recordarlo, pero así había sido.
Ella era demasiado inexperta, sexualmente hablando, en ese entonces; a sus apenas diecisiete años cumplidos creía que podía hacer lo que quisiera y estar con el hombre que deseara sin pensar en las con secuencias. Había conocido a Onigumo en un concurrido centro nocturno, y lo había invitado a su departamento. Kikyo había pensado que él podría llegar a encapricharse con ella debido su juventud y buen físico, y si eso pasaba él hubiese derrochado una fortuna en mantenerla consigo. Pero no se dio cuenta de que Onigumo la mantenía drogada, que la utilizaba como una muñeca sexual obligándola a verlo estar con otras mujeres, si no hasta Kagura se apareció allí con Naraku y la sacaron de aquel lugar.
– Fui una idiota, debí haberlo denunciado.
– Te dije que me dejaras encargarme de él, le daría un buen susto y que él se olvidaría de ti completamente.
Kikyo suspiro cansadamente. –Lo sé, pero no quería que mi madre lo supiera, se suponía que Kagura y yo estaríamos en casa de tus tías pero nosotras decidimos alquilar un pequeño departamento para poder hacer lo que quisiéramos. Si mi madre llegaba a enterarse no sé lo que habría pasado.
Naraku le sonrió con sus labios, pero sus ojos se mantuvieron fríos. –Tuviste suerte aquella vez.
– ¡Lo sé! No hace falta que me lo recuerdes.
Naraku acaricio suavemente la mano que Kikyo tenía en la mesa. –Dime que deseas hacer ahora, soy todo oídos.
Ella respiro profundamente antes de comenzar a trazar un plan del cual se arrepentiría toda su vida.
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Su madre no había vuelto a casa.
Kagome lo supo en cuanto bajo las escaleras y encontró a Sesshomaru esperándola para desayunar juntos.
Fue algo extraño, se suponía que ella debería ser quien prepara el desayuno para él y no al revés, pero era agradable sentirse atendida.
Sonrió con nerviosismo mientras se acercaba a él, aun no se decidía si debía darle un beso en la mejilla o en los labios.
Él lo decidió por ella.
– Toma asiento, tu café va a enfriarse.
Ella así lo hizo.
Fue un desayuno silencioso, donde ninguno tenía nada que decir pues sus miradas lo decían todo y no fue hasta que ella lavo las tazas sucias y se dirigía a tomar su bolso que él la tomo por detrás, envolviendo su cintura con sus manos e inclino su rostro para que sus bocas se encontraran.
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Ayame estaba sentada frente a la ventana a la espera del taxi que llevaría a su mejor amiga hasta su casa. Había tenido tiempo de sobra para pensar y mientras más lo hacía más tonta se sentía por su comportamiento. Si algo sabia ella, era que Kagome había sido la única persona que la ayudo cuando nadie más quiso hacerlo.
Cerro sus ojos con fuerza al recordar cuan aterrada había estado al momento en que la enfermedad de su madre empeoro; sola, sin ningún amigo, sin familia. Kagome la había ayudado, incluso cuido a su madre durante día y noche y, cuando todo termino, cuando el cáncer de su madre la venció, había sido Kagome quien le ofreció su mano, le brindo su casa y la ayudo a salir adelante.
Kagome se convirtió en algo más que su amiga, ella la sintió como su hermana, esa que te ayuda cuando lo necesitas, quien ríe y llora contigo, aquella que sin importar que suceda siempre estará allí para ti... Aun y cuando la defraudabas.
En cuanto el taxi se detuvo frente a su hogar ella no dudo en salir de la casa apresurada.
– Creí que llegarías temprano. –Dijo ansiosa.
Kagome le sonrió de forma abierta. –Lo lamento, tuve que pasar por Sango, dice que quiere conocer tu nuevo hogar.
Ayame vio a Sango caminar hacia ella con los brazos abiertos después de pagar el taxi.
– ¡Cariño te ves hermosa! –Exclamo Sango sonriendo.
Ayame fijo su vista en la enorme bola que tenía en lugar de vientre, sonrió y abrazo su otra amiga con sinceridad.
– Pasen, no he comido nada en todo el día y estoy hambrienta.
Las tres entraron en la enorme casa, Sango dejo su abrigo y su cartera en el sillón mientras Kagome iba con Ayame para prepara té para las tres.
– Tu casa es deslumbrante, Ayame.
– Lo sé, fue Kouga quien la eligió, tiene un excelente gusto, él mismo se encargo de la decoración y cada mínimo detalle. – Dijo con una sonrisa en los labios mientras le alcanzaba la taza de té a su amiga.
En cuanto estuvieron las tres sentadas comenzaron a beber sin decir palabra alguna. Ayame no sabía cómo comenzar a sacar sus dudas, las preguntas se amontonaban en su cabeza, confundiéndola. Fue Sango quien rompió el hielo contando chistes que no sentaron gracia, pues carecía del aire pícaro de Miroku.
Entonces, Kagome decidió tocar el tema.
– Ayame, –Dijo para luego aclarar su garganta. –el día de la cena te note extraña, ¿sucedió algo?
Ayame la miro con sus asombrosos ojos verdes abiertos como plato; guardo silencio un momento respirando con fuerza y sintió como las lágrimas se acumulaban en sus ojos cortándole la voz.
– Yo… Lo siento si estuve esquiva.
Sango hablo: –Esta bien, tranquila, no te alteres. Dinos que te sucede. Recuerda que no debes alterarte.
La pelirroja comenzó a temblar angustiada. –Es que me asuste, me dio miedo lo que paso en la cena; y realmente me gustaría que fueras sincera, Kagome… –Tomo una bocanada de aire antes de decir. –¿te sientes atraída por mi esposo?
Sango había bebido un sorbo de su te y estuvo a punto de escupirlo cuando escucho la pregunta, fue testigo del rostro de nervioso de Ayame y del horror en rostro de Kagome. Se quedo allí, en silencio, a la espera de la respuesta o de algún signo de vida pues ninguna de las dos hacia nada, solo se miraban y ni siquiera parecían pestañear. Ella pestañeo varias veces por las tres. Había hecho bien en acompañarla, su hija necesitaba visitar a sus abuelos, y ella se habría lamentado si se hubiese perdido este gran momento. Era mejor que estar en casa viendo su novela favorita.
Las palabras dichas por la pelirroja le habían primero confundido y después horrorizado, no sabía si sentirse ofendida o enfadada, Kagome no podía ni hablar, ¿Cómo podía su amiga pensar eso de ella? ¿En qué momento había dicho o hecho algo para que ella pensara eso?
– Por supuesto que no, Ayame, tu esposo es un hombre atractivo, pero jamás lo vi de esa manera. –Respondió y tomo la mano de su amiga cuando vio como las lágrimas comenzaban a caer de sus ojos esmeralda. –¿Porque creíste que deseaba a Kouga?
– Es solo que lo vi mirarte en la cena en casa de tu madre, y tú estabas deslumbrante, jamás te vistes así y, yo… no lo sé, solo me pareció extraño. –Ayame omitió la cizaña de Kikyo.
– Cariño… –Dijo Sango. –No solo Kouga no pudo apartar los ojos de ella, y no me mires con esa cara Kagome porque sabes que llevo la razón. Ayame, ni siquiera Miroku pudo apartar los ojos de ella pero fue porque jamás se había arreglado así. –Hizo una pausa para tomar aire, pues había hablado tan rápido que sus pulmones estaban vacios. –Kagome no llevaba esa horrenda falda marrón que suele usar, justo como ahora, y además ¡llevaba maquillaje! ¿Cuantas veces la has visto maquillada?
Ayame respiro aliviada, pero la culpa la invadía. Sango tenía razón, ella no tenía motivos para desconfiar.
– Lo lamento. –Susurro arrepentida. –Me siento tan estúpida por haber desconfiado de ti, es solo que Kouga te adora, él habla de ti de un modo especial, sus ojos brillan cuando te ve, tu estas radiante en todo momento y mírame a mí, mi pelo no tiene brillo, estoy hinchada como un globo y huelo a vomito todo el tiempo.
Las tres rieron después de la verdad dicha.
– Es normal sentirse así. –Dijo Sango. –Créeme, he pasado por eso; te sientes fea, deforme, crees que tu esposo va a dejarte por cualquier otra en cualquier momento, hueles hasta su ropa interior para asegurarte que sigue siendo tuyo, lo sigues unos cuantos días para ver si no te miente, hurgas su celular cuando duerme… pero es solo tu imaginación; algo que aprendí es que cuando una está embarazada es cuando más hermosas nos vemos. Solo debes relajarte.
Kagome asistió con una sonrisa, entendiendo ahora porque Sango se había comportado como paranoica durante meses. –Es verdad. Ayame tu eres hermosa, no hay nada en ti que no sea perfecto, tu esposo te ama, y tal vez me quiera solo porque sabe que soy tu amiga, y él ama todo que es tuyo. Sus ojos lo iluminan todo cada vez que te ve.
Ambas sonrieron, La sensación de alivio inundaba la sala, la tensión se había evaporado por completo. Nada podía arruinar este momento, excepto…
– Kagome, ¿porque no le cuentas sobre la historia del niño que te beso para que no fueras monja? –Incito Sango, para después recargarse cómodamente en el sillón con una enorme sonrisa en sus labios.
Kagome quiso estrangular a la mujer que en ese momento parecía una niña haciendo una travesura.
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– ¡No sé porque te traje Sango! se suponía que debías ayudarme a calmar sus nervios, no que lo empeoraras y me obligaras a contarle sobre el beso con su esposo.
No habían llegado a la esquina de la casa de Ayame cuando Kagome grito muy enfadada.
– No seas dramática, ella se rio y lo hará durante horas de la historia.
Más tranquila, susurro. –Lo sé, pero las cosas pudieron ser diferentes, ¿y si ella se angustiaba? ¿Y si continuaba con esa idea absurda de que me había interesado en su esposo?
Haciendo un gesto despreocupado con la mano, comento. –Relájate, lo dije porque sabía que todo saldría bien, que ella reiría y además porque necesitabas decírselo. Tú no sabes guardar secretos y conociéndote se que eso también te habría preocupado a ti. Ahora que ya todos saben todo…
– Si, si, ahora, gracias a ti, la vida va a ser mucho mejor ¿cierto? –El sarcasmo fue bastante evidente.
– ¡Cierto! –Exclamo sin entender.
Kagome giro sus ojos molesta, se detuvo y miro a su alrededor en busca de un taxi.
Sango no podía dejar de mirarla. Kagome se veía ansiosa, como si estuviera desesperada por volver a su casa. –Y… dime, ¿que tal van las cosas con mi amigo? –El rubor repentino en las mejillas de Kagome lo decía todo, Sango casi no podía contener las mil preguntas que se formaban en su cabeza.
– Bien. Respondió ella con voz aguda sin mirarla.
– ¿Solo bien?
Kagome asistió rápidamente. –Solo bien, ¡mira! ahí viene un taxi. –Grito, y en cuanto el vehículo estaciono, ella se adentro con rapidez y no aparto la mirada de la ventana.
Sango sonrió, molestaría a Sesshomaru, tal vez si insistía lo suficiente el terminaría por contarle algo sobre lo sucedido con su amiga.
Esa noche mientras preparaba la cena para su familia se sintió feliz por cómo le iban las cosas a sus amigos, aun y cuando extrañaba terriblemente a Inuyasha no quería tenerlo cerca hasta que estuviese segura de que Kagome fuera feliz con Sesshomaru; pero había algo que la molestaba, pues en el momento en que Kagome fue al sanitario ella había aprovechado para preguntarle a Ayame por el verdadero motivo de su desconfianza.
– Dime la verdad Ayame, fue Kikyo quien puso esa absurda idea en tu cabeza, ¿no es cierto?
Y ella no necesito responder, solo cerro sus ojos avergonzada por haberle creído a esa maldita envidiosa. "Kikyo, el día en que Kagome despierte y se dé cuenta de quién eres realmente, te quedaras sola completamente."
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Acostada de lado sobre su cama, con él junto a ella, sintiendo sus labios sobre su mejilla depositando suaves besos, Kagome se sintió extraña.
Llevaban cinco días desde ese primer beso, cinco días en que lo único que hacían cada vez que se veían era besarse como si no hubiera un mañana, la desesperación iba en aumento, las manos de él muchas veces tocaban más de lo permitido, pero ahí estaba el otro gran problema… ¿Qué estaba permitido realmente? Y no solo era él, debía ser sincera, sus manos tampoco podían quedarse quietas, al igual que sus piernas quienes parecían tener vida propia y se enredaban en el cuerpo de Sesshomaru a la menor oportunidad.
Él la hacía sentir deseada, su mirada la quemaba por dentro, su sonrisa la hipnotizaba y ella se sentía débil…y culpable.
"El no me amaba, no debería sentirme culpable, no debería pensar en él." Pensó y, cuando Sesshomaru beso sus labios, ella lo aparto con delicadeza.
– Mi madre llegara en cualquier momento. –Susurro suavemente mirando sus brillantes ojos dorados.
– Tal vez a tu madre le guste encontrarnos así. –Dijo con esa sonrisa que hacia volverla loca.
– No lo creo, deberías ir a tu habitación si no queremos que nos sorprenda.
– Bueno, pero yo si quiero que nos sorprenda. –Respondió mientras se ponía de pie. Kagome fingió una sonrisa que Sesshomaru prefirió fingir no haber visto. –De acuerdo, me iré. ¿Desayunaremos juntos en la mañana?
– Sí, claro. –Respondió con una sonrisa y ahí estaba otra vez. ¿Que acaso no había abandonado el pretender estar bien cuando no lo estaba? ¿ Aun no sabía que era una pésima actriz y que cada vez que decía estar bien o que fingía una sonrisa sus ojos delataban la tristeza que había en su interior?
Sesshomaru creyó que Kagome había comenzado a olvidar, las intensas sesiones de besos terminaban siempre con uno de los dos sobre el cuerpo del otro y era él quien tenía que poner paños fríos sobre la situación, sabía que ella no fingía, que se excitaba cada vez que el la tocaba pero…
– Buenas noches. –Dijo ella y deposito un suave beso sobre sus labios.
La idea que había estado formándose en su mente se evaporo tan pronto como había aparecido.
Él también necesitaba fingir y creer. Creer que Kagome no pensaba en su hermano cuando lo besaba de esa manera, que ella no estaba intentando hacer con él lo que no había podido hacer con Inuyasha. No , ella no es así ¿cierto?
Su ceño se frunció mientras excusaba cada actitud de ella. Odiaba sentirse así, odiaba sentir que lo tomaban por idiota, jamás había permitido que una mujer nublara su mente, el no sería el títere de ninguna mujer.
"Es Kagome" Se dijo.
Las excusas que aparecían frente a su comportamiento volvieron otra vez. Logrando que su ceño se suavizara y que pensara en lo absurdo que era su inseguridad. Inseguridad que nunca antes había sentido.
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En cuanto la puerta se cerro, Kagome se dejo caer en su cama. Pensando en cómo estaban sucediendo las cosas. Era increíble sentir los besos y las carisias de Sesshomaru, lo bien que la trataba y lo suave de sus labios; era extraño sentir como olvidaba todo cuando él la besaba.
Por otra parte se sentía culpable, había una cosa relacionada con Inuyasha que no la dejaba en paz. Sabía que las cosas con él habían sido diferentes, ellos no hacían lo mismo que ahora hacia con Sesshomaru. Ella no era tan suelta, ella no le permitía tocarla de la misma manera que ahora se lo permitía a Sesshomaru.
En tan solo unos meses había pasado por mucho, pasó de ser una futura novia feliz, a una novia abandonada, a una futura tía, a ser la cuñada de su prometido y ahora a ser la amante del hermano de … tal vez fuera que pensaba demasiado, o tal vez ella aun no había superado tan bien la situación como creía.
Cerró los ojos con la esperanza de que al despertar su mente se aclarara. Asegurando que tenía que hablar con Inuyasha lo antes posible.
Ella no escucho cuando alguien entro en su habitación y con descaro comenzó a observarla, tampoco le pareció extraño al día siguiente encontrar una mancha en la alfombra justo al lado de su cama.
CONTINUARA…
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