¿Cuánto tiempo ha pasado desde que subí el segundo capítulo? Una enorme disculpa, lo siento mucho de verdad, me centré en otras historias y lentamente la fui aplazando más de lo que debería. Espero alguien todavía se anime a leerme luego de tanto sin pasarme por aquí.
No es el capítulo más largo debido a que sentía que agregando más partes se cortaba la esencia de este episodio, pero advierto que el siguiente se extenderá más que los anteriores. ¡Un saludo a todos! Y no se olviden de dejar su sexy review ;)
Capítulo III: Ladrón
–Quiero que acordonen la zona –informó seguro el rubio, mirando a los hombres bajo su mando–. Nadie puede entrar ni salir sin que yo lo diga, ¿entendido?
–¡Sí! –respondieron todos a una voz mientras se llevaban la mano al frente en posición de firmes.
Tamaki les despidió y comenzó a inspeccionar el sitio. Se trataba de la mansión Yamada, la cual contaba con un moderno sistema de seguridad que nunca había sido burlado… hasta ahora. Llevó con él una linterna para buscar algún indicio de Pierrot, no podía realmente tratarse de un fantasma, tenía que ser una persona quien cometiera dichos crímenes. Llegó hasta el patio trasero, justo a un lado de un olmo, el cual daba a la ventana del despacho del jefe de la familia; iluminó el césped sin notar nada especialmente importante, ninguna huella de pisada o marca de contacto reciente, iba a dar media vuelta cuando vio que las ramas encima de él comenzaban a moverse ligeramente, por lo que dirigió la luz de la linterna allí.
–¡Ahhh! –oyó un grito.
Alguien pareció perder su suporte y cayó por las ramas hasta llegar al suelo, Tamaki le contempló perplejo al notar de quién se trataba.
–Eso dolió… –se quejó.
–¿Tú de nuevo? –preguntó, apagando su linterna.
–Donde sea que se encuentre la noticia, ¡Renge irá! –le miró decidida– Y en estos casos, Pierrot ha acaparado las televisoras y primeras planas de los periódicos, incluso hay varias páginas y blogs en Internet dedicados a él, es obvio que cubriré todas sus apariciones.
Housakuji Renge era la reportera estrella del Tokyo Times, el periódico más reconocido de Japón. Tamaki no sabía cómo es que llegaba a las escenas casi siempre antes que la policía, pero la chica no tocaba evidencia alguna, respetando su trabajo e incluso colaborando con ellos, razón por la cual el Departamento a veces solía buscar su ayuda, pues contaba con una amplia red de informantes que, en muchas ocasiones, no siempre estaban del lado de la Justicia u ocupaban "métodos cuestionables" para obtener sus beneficios.
–¿Qué hacías allá arriba? –señaló la copa del árbol.
–Pensé que podía obtener alguna idea si observaba el Estudio, lugar donde se encontró la carta.
–¿Cómo sabes de la misma? –le miró dudoso, se supone eso era información clasificada y él mismo se acababa de enterar de ello.
–¿Piensas que te diré? –se cruzó de brazos con autosuficiencia– Confórmate con saber que tengo ojos en todos lados.
Tamaki no se sintió conforme con dicha declaración, pero por el momento decidió pasarlo por alto, ya buscaría posteriormente a quien fuera que traficaba información del Departamento de Policía.
–¿Y bien?
–Nada –negó con la cabeza–. Cerrado por dentro, es imposible de abrir sin activar la alarma; además, se llamaría la atención inmediata si intentaban entrar por aquí.
Tamaki se llevó la mano a la barbilla mientras reflexionaba sobre lo escuchado. Llevaba ya varios meses tras la pista del ladrón fantasma sin poder avanzar, apenas si sabía un poco más que los detectives de hace 20 años e incluso los oficiales que anteriormente ocupasen su puesto habían interrogado a cualquiera relacionado con los crímenes del anterior caso Pierrot-Arlequín.
Dio las gracias a Renge y decidió que era hora de hablar con la víctima. Entró en la mansión con determinación, ese ladrón no volvería a burlarse de la policía, debía detenerlo lo antes posible. En los diferentes corredores encontró apostados a sus hombres, tal y como había ordenado en caso de una nueva aparición de ese hombre. Los agentes le saludaron al pasar, permitiendo su llegada hasta la amplia sala situada en la planta baja. Inmediatamente contempló los muebles de caoba y un pequeño tocador de palo de rosa del lado izquierdo a la puerta por la cual penetrase; un librero con algunos volúmenes en inglés, todos primeras ediciones; el juego de sala Chaislonge modelo Atila en terciopelo rojo combinaba de una manera extraña con las paredes blancas con molduras talladas a mano… capricho de ricos, se dijo.
En el sillón individual encontró sentado a un hombre canoso que debía rondar los cincuenta años, a pesar de que vestía un Armani negro y zapatos de piel de anguila original, Tamaki notó que no estaba coordinado… un rico que simplemente nunca había hecho nada por sí mismo, tal vez heredero de tercera o cuarta generación. En su mano derecha sostenía un vaso de vidrio con un agua efervescente, seguramente alguien le había dado una pastilla para calmar los nervios. Se colocó frente a él intentando parecer seguro.
–Disculpe la intromisión, señor Yamada, soy el oficial Suou, he sido colocado al frente de la investigación contra el ladrón conocido como Pierrot y estoy a cargo de su caso –se presentó cortésmente.
–No tiene caso –ni siquiera alzó la vista–. Sé muy bien que ese delincuente logrará su cometido, no han podido atraparlo en casi un año y no lo harán ahora.
–Con el debido respeto, señor Yamada, pero nos está subestimando, tengo a mis mejores hombres apostados en cada rincón de su casa –se enfadó el rubio.
–No, usted no lo entiende –se paró de su asiento, fijando la mirada por primera vez en él–. Lo que Pierrot quiere es un tapiz que encontré en uno de mis muchos viajes al Cairo, nadie, y escúcheme bien, NADIE sabía que estaba en mi poder, ni siquiera mi esposa, ¿cómo pudo enterarse de ello? Estoy seguro que para él no será problema alguno llevárselo sin importar que todo Tokio estuviera aquí esta noche.
–Pero debe haberlo comentado con alguien, ¿un anticuario? –el hombre negó con la cabeza– ¿O quizá alguien del registro de la Aduana cuando entró al país?
Tamaki notó cómo sus manos se tensaban ante la sola mención de tal hecho. Se dio cuenta que no podría obtener mayor información de él, por lo cual simplemente se disculpó y salió de allí para hablar con sus hombres, dejando a un par de ellos custodiando al millonario.
–Nekozawa –llamó a su Sargento.
Un hombre rubio de cabellera ligeramente larga y ojos azules cristalinos se acercó, llevaba un cigarro en la boca, contemplando al Oficial con detenimiento, pocas veces un caso llegaba a reunirlos pues la policía japonesa era la más eficiente a nivel mundial tanto por el carácter de sus ciudadanos como los fuertes castigos que se aplicaban a quienes violaban las Leyes. Si Tamaki era considerado como King por la ciudadanía, Nekozawa era llamado el Príncipe Oscuro por sus colaboradores debido a que se encargaba de dialogar directamente con los yakuza para evitar que sus asuntos fueran del dominio público y se convirtieran en crímenes.
–¿Qué sucede, Suou? –le interrogó suavemente, nadie podía saber qué pasaba por su mente.
–Necesito que busques cualquier documento que legalice la procedencia del tapiz que venimos a resguardar, si acaso es suyo o fue robado recientemente.
–Conozco a alguien que podría contestar tu duda en cinco minutos –sacó su celular del bolsillo de su chaqueta, un dije de un pequeño gato amarillo con mirada siniestra colgaba de él–, lo único que necesito es unas fotos del mismo.
–Está en la bóveda, nos han permitido entrar por media hora para verificar el Sistema, nuestro técnico ya está allí, tienes 10 minutos para inspeccionarlo.
–Más que suficiente –caminó rumbo al sitio indicado.
–Pierrot, no te dejaré escapar… –masculló el rubio.
*~* PIERROT *~*
Tamaki había dado ya tres rondas alrededor de la casa y otras más en los pasillos sin detectar anomalía alguna, el reloj marcaba cuarto para las doce, seguramente la reunión en casa de Honey tenía mucho tiempo de haber finalizado. Para evitar cualquier amenaza no prevista había ordenado encender todas las luces de la mansión, no quedaría ni una sombra ni una esquina ni una rendija donde pudiera esconderse. Sin embargo nada indicaba que el ladrón fantasma aparecería esa noche, ¿podría tratarse de una broma? No, nadie fuera del caso conocía en específico las características del Rey, aquél que fuera su sello de presentación. Pero… si todo había sido inspeccionado una y otra vez, ¿dónde demonios podía encontrarse?
–¡Mierda! –notó apenas su más grande error.
Pierrot no entraría por la puerta, no caminaría por los pasillos, no bajaría desde el tejado… no lo haría porque simplemente ya estaba adentro. Corrió hasta llegar a la bóveda donde una decena de policías se encontraban apostados con sus pistolas eléctricas, siempre al acecho.
–¡Abran la maldita puerta! –gritó.
–No podemos sin la clave, Oficial –le recordaron lo obvio.
–¡Él está adentro! ¡Que alguien llame al técnico inmediatamente!
Fue un descontrol mortal, nadie supo exactamente qué hacer, moviéndose en todas direcciones. El tapiz gobelino del siglo XVII, parte de una serie llamada La historia del Rey, el tapiz número quince que se creía inexistente y cuyo precio no podía ser calculado, el tapiz que Yamada traficara desde Europa, pasando por El Cairo para evitar su detección por la policía francesa, ese tapiz ahora… no estaba.
La bóveda reveló lo que tanto temía, Pierrot se había adelantado y tomado dicho objeto entre sus manos, en el centro de la estancia una nota donde antes estuviera el tapiz se dejaba ver.
¿Sabían que la tela de araña es el material más resistente del mundo?
Burlándose de ellos, de su inteligencia, como siempre lo hacía. No, no podía tratarse de un doble, de un imitador, Tamaki apostaría su placa en ello: Pierrot era verdad, era un fantasma que volviera de la tumba y manchara constantemente el buen nombre de la policía japonesa. Sin embargo, si sólo unos momentos antes él mismo visualizara el tapiz en las cámaras del Centro de mando eso significaba que…
–Ohhh, ¿lo notaste, Oficial? –la voz del ladrón se dejó oír en toda la mansión.
Volvió a correr lo más rápido que le era posible hasta el cuarto deseado, entró sin siquiera tocar la puerta o anunciarse, topándose con los cuatro guardias atados y amordazados en el suelo mientras se quejaban por el trato recibido. En el centro de todo un hombre vestido enteramente de negro con excepción de una media máscara blanca en su cara se dejó ver, inclinó la cabeza agradeciendo el presente y simplemente saltó por la ventana, rompiendo el cristal en el proceso.
Tamaki se asomó por allí, intentando vanamente descubrir dónde se encontraba pero ya la risa del ladrón indicaba que estaba fuera de su alcance. Masculló molesto mientras se recriminaba no haber llegado cinco minutos antes, fue entonces cuando lo notó: gotas de sangre en el vidrio roto.
Pierrot era humano…
Era humano y ahora podían arrestarlo.
