¡Volví! No, no estaba muerta, sólo ocupada con el asunto de mi Internado, un pasito más cerca de mi carrera profesional, para no estarles cansando con una larga explicación de ello, pasemos directamente a la acción, aunque salen menos personajes en este episodio. Eso sí, pequeños cameos de "The Host's girlfriend" se verán en el siguiente episodio, ya lo verán ;)


Capítulo V: Baile de máscaras

A uno y otro lado donde mirases los trajes negros y máscaras blancas resaltaban. Haruhi no pudo evitar sentirse mal al ver la cara de espanto de Tamaki ante la cantidad de personas que se habían disfrazado del ladrón fantasma esa noche. Sin que nadie pudiera evitarlo la realidad era que Pierrot cobraba una fama cada vez mayor y ello, sin duda alguna, se debía a los mitos que corrían alrededor de él y su escape de la Justicia por tanto tiempo.

–Te ves hermosa, Haruhi –escuchó que alguien le decía.

Dio media vuelta topándose con los Hitachiin, ambos estaban disfrazados como el enemigo número uno de la policía y, sin duda alguna, no era una simple coincidencia. Desde que conocieran a su novio parecían sólo buscar la forma de incomodarlo, pues había quedado claro que sólo ellos se consideraban apropiados para ser tan cercanos a la castaña; Tamaki había entrado en su mundo y ellos lo sacarían del mismo. Los gemelos hicieron una galante reverencia al mismo tiempo que tomaban sus manos y las besaban frente al resto de los invitados.

–De haber sabido que te disfrazarías de Julieta, lo habría hecho de Romeo –bromeó Hikaru.

–¿Acaso hoy emulas a Beatrice? Permíteme ser tu Dante –le guiñó el ojo Kaoru.

–No… Sólo… Sólo me pareció un vestido bonito –fue la respuesta de la castaña.

–Tal parece que aprendiste algo de nuestros consejos de moda de la preparatoria –rieron felices.

Haruhi quedó callada. En realidad nunca le habían gustado las superficialidades como ropa de marca, bolsos y zapatos a juego, si en esos años ella les prestara un poco de atención al respecto era para arreglarse ligeramente cuando los tres salían los fines de semana sin que pareciera muy forzado de su parte. Qué tontería, se dijo, sólo porque le gustaba Hikaru

Sin embargo, cualquiera en el salón notaba que, si bien el traje de la castaña no era el más elegante ni llamativo, tenía algo que te hacía clavar la vista en ella. Estaba conformado por un corsé azul turquesa bordado en hilos dorados, cuatro volantes constituían la falda estilo griego que caía suavemente en su cuerpo como una cascada cuyo color se diluía hasta el blanco al nivel de los tobillos. Aunque no se podían apreciar, las zapatillas abiertas doradas y el cabello recogido en un moño del lado derecho le daban un toque muy romántico al cuadro. La máscara blanca con algunos detalles en dorado y turquesa ocultaban su identidad a cualquiera que no la conociera… pero no a los Hitachiin, ellos podían identificar esa manera de moverse y hablar en cualquier sitio, no por algo habían crecido juntos.

–¿Dónde está tu pareja de baile? –preguntó Hikaru– Tendré que robarte a Tamaki, espero que no le importe.

–Fue por unas bebidas a la barra –señaló el sitio por el que marchara.

–Perfecto –le mostró su sonrisa de gato.

Sin pedir permiso ni rendir explicación alguna le tomó de la mano y llevó consigo al centro de la pista. El cuarteto de violines comenzó una tonada alegre y ligeramente rápida para animar la velada.

–¿Recuerdas cómo bailar?

Haruhi torció la boca en un gesto gracioso, para el baile de graduación que organizara el comité de la preparatoria ella había confesado a los gemelos que no iría debido a que no sabía bailar, ante esto Hikaru se había ofrecido a enseñarle por las tardes después de clases y Kaoru se había unido a las prácticas simplemente porque estaba acostumbrado a ellos. Habían pasado algunas semanas ensayando en un aula abandonada de la escuela sin gran avance de su parte debido a un pequeño detalle que no le había confesado: no quería ir. Comprendía que Hikaru iría ese día con alguna de las chicas más bonitas de la preparatoria, por lo cual no deseaba estar allí presente cuando se besaran en una balada romántica. Tal vez era infantil usar un viejo pretexto esperando no descubrieran, pero no había contado con que el Hitachiin se ofrecería a ayudarle, aceptando sólo para pasar un poco de tiempo juntos. Sin embargo, ya que realmente no era muy buena y no ponía mucho de su parte, las sesione se alargaron varios días y, para cuando se habían dado cuenta, el baile estaba a sólo dos noches; Hikaru se quejó de que no encontraría pareja a esas alturas, así que propuso ir los tres en calidad de amigos y ella había accedido diciendo que lo mismo resultaba para sí.

Una tontería de la niñez, se repitió.

–Claro que sé –contestó segura mientras colocaba su mano izquierda en el hombro del azabache.

–Menos mal, deja que te guíe –le sonrió como sólo él sabía.

La música flotó alrededor de ellos, comenzando a marcar el ritmo que llevarían entre una y otra vuelta, así como pase y cambio de manos. Sin poderlo evitar, cuando Haruhi alzó la mirada se topó con la de él muy fijamente en su cuerpo, notó cuánto tiempo había transcurrido entre ambos y que, pese a ello, no importaba. Hikaru podría haber cambiado en Estados Unidos su manera de hablar, expresarse e incluso actuar, pero su esencia seguía inalterada, era el mismo chico que subiera a ese avión en el aeropuerto de Tokio sin despedirse.

–¿Sabes? –habló sin voltear a verle, fijando su mirada en su saco– Cuando estábamos en la preparatoria me gustabas.

–Lo sé… –fue su respuesta.

–¿Lo sabías? –no podía asegurarlo, pero estaba segura de que su cara se sonrojaba ligeramente.

–Haruhi, eras mi mejor amiga, pero a pesar de que fueras tan diferente al resto de las chicas, hay cosas que todas ustedes hacen y que nos dicen a los hombres que les gustamos –se encogió de hombros mientras lo decía, restándole importancia.

–Creí que lo ocultaba mejor –se sintió traicionada por sí misma.

–Bueno, mucho mejor que otras, debo admitir –rió ligeramente–. Admito que me sentí alagado.

–¿En serio? –preguntó en un murmullo, no podía creer que estuvieran teniendo esa plática en ese momento.

–Sí… porque tú también me gustabas…

No, no y no. Habían transcurrido años desde que ellos compartieran clase juntos, desde que ella tuviera sentimientos por el Hitachiin. ¿Entonces por qué en ese momento sintió a su corazón acelerarse ante la declaración de Hikaru?

–¿Y por qué nunca me dijiste? –reprochó en voz baja mientras apretaba más fuerte su mano derecha.

–¿No crees que la respuesta es obvia? –suspiró– Estábamos bien así, y yo… No quería herirlo…

Oh, claro. La confesión de Kaoru. La confesión que ella no podía aceptar debido a que estaba enamorada del gemelo equivocado, la aceptación del menor de sus sentimientos, el ligero distanciamiento de Hikaru con ella… la salida repentina del mayor con una chica bonita con la que había cruzado menos de tres palabras.

–¿Es por eso que empezaste a salir con Mizuki? –no pudo evitar que su pregunta sonara ligeramente amarga.

–Me gustaba y le gustaba… –volvió a encogerse de hombros– Creo que es un motivo suficiente para que dos personas lo hagan.

–Me dolió… –confesó avergonzada.

–Lo sé… Pero tenía que hacerlo, tú querías confesarte.

–¿Tan malo hubiera sido?

–Nuestra amistad ya había sido puesta a prueba y colgaba de un hilo… yo podía arriesgarme a perderla a cambio de algo más entre nosotros… pero no podía aceptar el quizás perder a mi hermano… Perdóname si fue egoísta de mi parte.

–Lo fue…

Los violines pararon y la música se detuvo en ese momento, las demás parejas aplaudieron al grupo por la suave melodía, únicamente ellos se quedaron inmóviles, mirándose a los ojos sin saber realmente qué decir. Hikaru abrió la boca para decir algo cuando las luces se apagaron de golpe.

–¡¿Qué demo…?!

En un acto reflejo Hikaru atrajo a Haruhi hasta él, tomándole de la cintura en un gesto protector. La chica sintió que su corazón se aceleraba ligeramente, reprendiéndose, ya no era una colegiala enamorada del chico más popular, era una brillante abogada con un novio al que adoraba y una carrera en ascenso… ¿entonces por qué su cuerpo parecía no entenderlo?

–Esto sí que es una fiesta, ¿no? –se dejó oír una voz por todo el edificio, unos reflectores se encendieron, apuntando al centro del escenario donde la banda había tocado hasta ahora, revelando a una figura toda engalanada de negro– Todo el Distrito 11 está aquí, ¿pero 578 policías son suficientes para atraparme? Ahórrense las molestias y entréguenme lo que he venido a buscar.

–¡Tras él! –se oyó la voz del comisionado.

–Oh, veo que aun así lo intentarán.

La risa se repitió por segunda ocasión. Una avalancha de policías subió en ese momento al escenario desde las únicas dos escaleras disponibles, mientras que un tercer grupo permanecía al frente intentando contenerlo si acaso pensaba bajar por allí. Pierrot estiró la mano izquierda y una cuerda le permitió subir hasta los andamios de las luces.

–¡Que alguien suba en este instante! –el comisionado gritaba exasperado mientras miraba con sus propios ojos cómo jugaban con la policía entera.

El traje negro era perfecto en esa semioscuridad, apenas se veían movimientos de la capa. El espacio era muy reducido y los policías maniobraban torpemente entre los andamios mientras que Pierrot parecía moverse como un acróbata de circo. Un par de agentes se atraparon entre sí, otros más resbalaron y tuvieron sus compañeros que ayudarles a subir. De pronto los pasos del ladrón se hicieron más débiles.

–Jefe, ha escapado por una trampilla que lleva a la azotea –avisó uno de los oficiales aferrado a la estructura de metal.

–¡Escuadrón Alpha, sígalo! –el comisionado comenzó a exasperarse, la vena en su frente se dilató– ¡Escuadrón Betha, use el elevador! ¡El resto por las escaleras!

–¡Esperen, eso es lo que quiere!

Nadie oyó la voz de Tamaki, el rubio estaba impotente al ver cómo caían con gran facilidad en la trampa de Pierrot. A él no le importaba salir de la cueva del lobo, sino alejarlos de sus crías, ¿sino por qué habría entrado sabiendo lo bien resguardadas que estarían las piezas de arte? Cámaras en cada rincón, micrófonos en todos los floreros, el doble de policías del año pasado. Masculló molesto mientras apretaba los puños. Ordenó desde el inicio a sus hombres que no se movieran de los puestos que él les asignase. Estratégicamente había colocado las obras más caras lo más separadas posibles, así el ladrón fantasma no podría hacerse con todas, pero daría oportunidad a sus oficiales de atraparlo si intentaba robar alguna de ellas.

–No lo olviden, el objetivo de Pierrot está aquí, ¡si pensaba atacar definitivamente no saldría huyendo a la primer oportunidad! –les avisó a sus oficiales con seguridad.

Las luces de emergencia se activaron en ese momento… demasiado tarde para el gusto del joven rubio. El edificio en el cual se realizaba la obra de beneficencia había sido prestado por el Gobierno japonés, promoviendo con ello la cooperación entre la policía y los ricos de la zona, sin embargo, pese a ser más antiguo que el resto de los localizados en los alrededores, no habíanse escatimado gastos en implementar las nuevas medidas de seguridad ante terremotos y otros desastres. Dicho de otro modo: las luces de emergencia debieron encenderse a los 3 segundos de faltar el suministro normal… podía tolerarse hasta 5 segundos de retraso, 12 ya era mucho en los viejos edificios… pero se trataba de un minuto completo hasta que las luces rojas se encendieran. Pierrot había planeado todo con cautela.

Pasó entre sus oficiales, los cuales también estaban a la espera del ataque. Ni un solo ruido, ni una sola sombra fuera de lo común. Dirigió sus pasos hasta la Doncella dormida, una estatua de mármol de un escultor reconocido en la última centuria y que había sido donada por un empresario de las afueras de Tokio. Los policías asignados a la misma formaban un semicírculo a su alrededor, tal vez era una medida extrema tomando en cuenta que pesaba cerca de media tonelada, poco factible de robar.

Su siguiente punto fue explorar alrededor del Mago de Venecia, un cuadro italiano del siglo XVI, fácil de transportar pero difícil de preservar, los químicos de la mano podrían estropearla… aunque Pierrot usaba guantes blancos todo el tiempo. Y los compradores estaban a la orden del día…

¿La gargantilla Margarita, hecha de 50 pequeños diamantes y con un valor cercano a los 25 millones de dólares?

¿La katana de Masamune, una figura casi mítica de la Era Kamajura?

Le estaba dando demasiadas vueltas… necesitaba pensar con frialdad… ¿cuál era el objetivo de Pierrot siempre? ¿Qué era lo que decía su nota?

"Lo que realmente motivaba a los ladrones a avisar sobre sus futuros crímenes era plantear el reto a la policía."

La voz de Kyouya resonó en su cabeza… Lo que motivaba a que ese criminal se anunciara con luces era burlarse una y otra vez de los intentos de los oficiales. Miró a sus hombres: atemorizados, inseguros, nerviosos… No… Jugar con sus mentes no era lo que interesaba a Pierrot en ese momento, ¿acaso él no se había autoproclamado como la pesadilla del crimen? ¿No había asegurado que le atraparía en un par de meses? Pierrot en su momento respondió aceptando el reto. Miró hacia el frente del escenario: las cámaras.

El baile de máscaras era un evento transmitido a toda la región de Tokyo en un intento de concientizar a sus habitantes con los más necesitados… La oportunidad perfecta de ridiculizar a la policía. Pero ellos jamás habían recibido la carta del Rey, algo necesario en cada aviso del crimen.

–¿Lo has entendido, finalmente, oficial? –la voz del ladrón resonó en todo el edificio gracias a los amplificadores– Mira en tu bolsillo izquierdo.

Tamaki sabía que se dirigía a él, era el único al que distinguía sobre el resto. Hizo lo que le pedía, metiendo la mano en la chaqueta de su traje de conde, un traje a la par de su novia, un traje que había rentado especialmente para la ocasión y que lavara esa misma mañana antes de colocárselo. La carta del Rey estaba allí.

Abrió los ojos por la sorpresa, la única manera de que llegase allí era después de su entrada al sitio, pero no había dejado que nadie se acercase tanto como para introducirla… excepto un hombre con el que chocase al ir por las bebidas para él y Haruhi… ¡Haruhi!

La buscó con la mirada, encontrándola en los brazos del maldito ladrón fantasma… ni siquiera sabía si se trataba del original o uno de los muchos disfrazados esa noche, había al menos 30 al inicio de la velada y muchos más llegaron progresivamente. Por la manera en que se comportaba la chica sólo podía tratarse de un imitador… pero se sentía tan real… la ofensa… la burla…

Se dirigió hacia ellos cuando uno de sus hombres gritó alarmado.

Los curiosos empezaron a rodear al causante de dicho sonido Un joven oficial de policía señaló la repisa donde descansaba un jarrón chino de la dinastía Mei.

–¡¿Qué te pasa?! –se acercó molesto.

–¡Es una copia! –señaló lo obvio mientras lo cargaba con gran facilidad, algo imposible si estuviera hecho de jade como lo señalaba la leyenda bajo él.

–¡¿Una copia?! –le miró perplejo.

–¡Éste también! –otro policía confirmó tras revisar la estatua que custodiaba.

–¡El mago de Venecia igual! –se quejó la dama que había donado la pintura.

Los murmullos no se hicieron esperar, todos se volcaron sobre las obras, simples réplicas hechas de materiales baratos. En la confusión nadie se había tomado la molestia de revisar las donaciones, confiados en que se trataba de las originales. Las cámaras enfocaron a Tamaki, los fotógrafos comenzaron a fotografiar cada una de las reacciones del público.

–¡Apaguen las cámaras! –gritó Tamaki.

Y allí estaba… Pierrot había jurado robarse lo más preciado de la policía, ¿y qué había más preciado para el rubio que su honor?

Su reputación había acabado completamente manchada, lo sabía. La INTERPOL no toleraría ni una excusa más, enviarían a sus hombres para hacerse cargo de la investigación.

–¡Escuadrón uno, a la zona de carga! –les gritó desesperado.

Los policías comenzaron a moverse, las obras debían estar en algún lugar del edificio, no era posible que se esfumaran en sólo un minuto. Dio órdenes de registrar las entradas y salidas del complejo, posibles rutas de escape, zonas de marca en el piso… ¡lo que fuera! No quería perder la cordura, pero sentía que el ladrón estaba jugando ahora mismo con él.

–Es tonto… pierden el tiempo con eso… –murmuró Haruhi viendo cómo corrían en círculos la mayoría de ellos.

–¿Por qué lo dices? –la voz de su acompañante parecía más seria que de costumbre.

–Es un baile de máscaras, la mayoría viene disfrazada de Pierrot… con el calzado adecuado y el cabello corto incluso una mujer puede ser tomada por el ladrón fantasma, en ese caso, ¿no es obvio que él también se disfrace? –dijo tranquilamente.

Quince minutos después un escuadrón de policías encontraba en el sótano todas las obras desaparecidas. Ninguna faltaba, ni siquiera las donadas por los Hitachiin, en el centro del sitio una repisa con su vidriera ostentaba una carta corta dirigida al rubio.

"¿Sabían que en Estados Unidos es ilegal amarrar un elefante a un parquímetro?"

Otra burla… como siempre… Tamaki cerró los puños molesto. ¿Cómo demonios no lo había notado? La mitad de la policía había salido desde el inicio en busca de una sombra y la otra mitad fue taimada por… ¿qué había sido lo que había detonado todo el caos? Sus hombres estaban entrenados para mantener el control pero lo habían perdido frente a las cámaras, comportándose como unos principiantes. Era el hecho de que las cosas no salieran como lo esperaban… era…

**PIERROT**

El oficial de policía caminó seguro por el pasillo hasta regresar por una puerta aledaña al Salón Principal donde los invitados todavía comentaban incrédulos entre susurros los acontecimientos ocurridos en los últimos minutos. Nadie notó cuando él se dirigió hasta la zona de las joyas, acercándose al anillo de compromiso de la Embajadora, una reliquia familiar que había pasado de generación en generación según la misma.

–¡No des un paso más!

Tamaki apuntó con su arma al hombre, el cual giró lentamente el rostro, topándose con el rubio. De su cinto colgaba un radio.

–Ya he avisado al resto de los agentes, estarán aquí en breve –le informó–, retrocede hasta la pared y entrégate.

El desconocido sonrió enigmáticamente, subió con lentitud las manos mientras retrocedía un par de pasos y Tamaki avanzaba el mismo número. Fue sólo una fracción de segundo, lo suficiente para sacar de su manga un cubierto de la fiesta y lanzarlo contra él, hiriendo la mano del agente y haciendo que soltase la pistola y ésta resbalase debajo de una mesa. Masculló molesto al ser consciente de los reflejos del otro.

El falso oficial se llevó la mano al cinto y Tamaki retrocedió por inercia, estaba demasiado alejado para cubrirse de un tiro, era el blanco perfecto. En contra de su pronóstico, el desconocido sacó el mismo modelo de radio.

–¡Pierrot escapa por las escaleras de emergencia! –le oyó decir con su propia voz, petrificándose de ello– ¡Alpha 1, Betha 6, aborten, repito, aborten! ¡Reagrúpense en la entrada!

–¡Ése no soy yo! –gritó enfadado.

Sacó el radio para dar nuevas instrucciones cuando ya Pierrot desaparecía por la misma puerta por la que entrara, corrió detrás de él sólo para ver al resto de los oficiales bajar a toda velocidad, dispuestos a cumplir las últimas órdenes de su "Capitán". Porque él no necesitaba de un escape espectacular envuelto en una capa negra, sólo mezclarse con el resto de aquellos que habían jurado proteger el Orden y la Paz.

Detrás de él el radio usado por el ladrón fantasma quedó tirado… y el anillo había desaparecido.

**PIERROT**

–Será mejor que salgamos de aquí –Hikaru se quitó su abrigo y lo colocó sobre los hombros de la castaña.

–Pero, Tamaki…

–Él estará bien, importa más tu seguridad –le avisó mientras le tomaba con firmeza y delicadeza al mismo tiempo.

Caminaron con paso seguro por el salón hasta el pasillo, comenzando a bajar por una de las rutas de emergencia. Las luces rojas de los costados asemejaban el color del fuego, como antorchas colocadas a los lados de una caverna. Miró su vestido esponjoso y a su acompañante envuelto en negro mientras cubría su rostro con una máscara blanca…

–Parece que me raptas… –le dijo.

–¿Disculpa? –preguntó sin voltear a verle.

–Ya sabes… como "El fantasma de la ópera", ¿me llevarás hasta tu reino subterráneo lejos de Tamaki?

Hikaru sonrió de medio lado, intrigándole y subyugándola con ese simple hecho.

–Sólo si renuncias a tu amor por él, mi Christine.


Pequeña nota explicativa:

¡Volví luego de meses de ausencia! Bien, este año he iniciado mi Internado, lo cual significa que me la vivo en el Hospital, con guardias de 36 hrs cada tercer día y a veces a cargo de todo un Servicio. A pesar de todo me gusta como no tienen idea, así que no es amarga esta experiencia. Creo que este capítulo ha quedado un poco más corto de lo que me gustaría, pero doy algunas pistas de la identidad de Pierrot, espero les oriente al respecto.

Algo que debo aclarar es que se trata de sólo un ladrón, no un asesino, por lo cual no le dispararía a Tamaki incluso si le ponen el arma en las manos y mucho menos si se trata de un inocente.

En el próximo episodio: Removiendo las cenizas.