En medio de todo el caos ocasionado por el coronavirus en el mundo me enteré que George R. R. Martin está enfocándose en escribir Vientos de invierno y me dije que si él podía, yo también le daría una oportunidad a mis historias y trataría de actualizar algo.
Había escuchado que hay música que sirve para escribir, así como alguna sirve para estudiar. Y como no tenía nada qué perder, decidí intentarlo. Créanlo o no, esto salió casi de corrido por la tarde tras escuchar de fondo una melodía compuesta sólo por guitarra, con una parada al jardín para oxigenar mi cerebro. Casi al final revelé un dato importante, pero he decidido guardarlo un poco más porque he dado pistas al respecto en capítulos pasados y espero pueda alguien verlo antes de que el personaje en cuestión lo diga por sí mismo o alguien más se entere. Pensé incluir a Renge en este capítulo pero no se pudo, así que la he reservado para el siguiente, espérenlo pronto.
¡No se olviden de dejar un lindo review! Saluditos desde este lado del monitor y gracias por todavía leerme.
Capítulo VII: Rey y Reina
Souga contempló la tarjeta entre sus manos, repasando una y otra vez el nombre allí expuesto. Habían pasado un par de horas desde la plática sostenida y, a pesar de estar con todos los puntos a su favor, sentía que algo perdía en ello, casi como hacer un pacto con un pequeño demonio. Pero bueno, eso era algo que él sentía desde hace mucho. La puerta del departamento se abrió y por ella penetró Momoka, la chica lucía radiante de felicidad, en sus manos traía las compras del día.
–¡Me alegra tanto verte ya en casa, Kazukiyo-kun! –le sonrió la castaña– Como dijiste que irías a ver a un viejo amigo, supuse que llegarías más tarde.
–No, en realidad sólo quería le ayudase con algo –explicó mientras iba a su encuentro para ayudarle con las bolsas.
–¡Siempre tan amable con el resto! –la chica entró en la cocina, comenzando a desempacar algunas de las verduras y carne compradas– Yo también tengo una gran noticia, ¿adivinas quién fue hoy al despacho?
–¿Quién? –comenzó a guardar el yogurth y la leche en el refrigerador.
–¡Hitachiin Hikaru!
Estaba tan entusiasmada con la noticia que no notó cuando él dejó caer un paquete de tofu, el cual afortunadamente se encontraba envuelto.
–Ha venido a pasar unos días en la ciudad y a tomarse un respiro de su última gira, ¿puedes creerlo? ¡Uno de los cantantes más famosos del momento! Y al parecer él y mi jefa fueron amigos en la preparatoria, ¡qué coincidencia!, ¿no lo crees? Aunque… –la chica hizo memoria– Ahora que lo pienso, creo recordar que me dijiste habías asistido a la misma secundaria que él, ¿no es así?
–Que él y su hermano… –habló monótonamente.
–Vaya, ¿acaso no es pequeño el mundo? –habló más para sí– Sé que puedo parecer una romántica a veces y tal vez me equivoque, pero creo que él y Haruhi eran algo más que amigos, ¿me entiendes? Lo cual es muy triste para el joven Suou… él en verdad está enamorado de Haruhi… Kazukiyo-kun, si volviera un antiguo amor de tu pasado, ¿me olvidarías fácilmente? –volteó a verle con tristeza.
–¿De qué hablas, Momoka? –le sonrió suavemente– Sabes bien que tú has sido la única para mí.
–¡Eres tan tierno! –le abrazó– Y pensar que tardaste años en pedirme una cita.
–Es que… pensé que eras demasiado para mí… –desvió la mirada sonrojado– Quiero decir, eres tan bonita e inteligente. Por eso me apena tanto tener que depender de ti… Si pudiera ser útil, te colmaría de todo lo que mereces.
–Ya tengo todo lo que quiero: a ti –le dedicó una amplia sonrisa–. Además, dijeron que sólo serían tres años, estamos por terminar el primero.
–Pero no dejo de pensar que tú estás pagando por mis errores del pasado, si no hubiera sido tan confiado… –el tono de su voz decayó– No debí aceptar ese último trabajo.
–Hey, hiciste lo que creíste mejor, ¿no es así? –intentó encontrar su mirada– Por ti, por mí… Y muy pronto por alguien más.
Soga miró con asombro a Momoka, la chica tenía una brillante sonrisa en ese instante y toda ella parecía irradiar luz. La castaña llevó su mano hasta su vientre.
–Serás un excelente padre, lo sé –mencionó antes de besarlo en los labios.
El de lentes sintió que poco a poco las cosas comenzaban a desmoronarse a su alrededor. Claro que amaba a Momoka y que siempre había querido formar una familia con ella, pero… ¿por qué ahora? Tenía meses sin poder trabajar, desde que la policía le había prohibido poseer e incluso acercarse a cualquier computadora. Por ello mismo todos los ingresos dependían de la castaña, el sencillo empleo como secretaria no alcanzaba para cubrir todas sus necesidades, por lo que el chico debía aceptar cualquier tipo de trabajo eventual y a medio tiempo que surgiera, mismos que iban desde cajero en una tienda cercana hasta taxista y paseador de perros, lo cual no ayudaba en mucho. Ahora, sin embargo, parecía que esta persona le tendía la mano, no había nada qué perder y sí, en cambio, mucho qué ganar.
No… sí debía sacrificar algo para lograrlo.
–Ne… Necesito respirar un poco –logró articular.
–¿Soga? –le miró consternada, quizá ésta no había sido la mejor forma de darle la noticia, pero no podía esperar más.
–Regreso en unos minutos, ¿de acuerdo, Momo? –le llamó con cariño.
–Está bien…
El castaño tomó las llaves del departamento y salió apresuradamente. Un par de cuadras más adelante entró en la tienda de conveniencia, distinguió el llamativo color verde de los teléfonos al fondo de la misma y caminó con paso inseguro hasta ellos. Nervioso insertó una moneda de 10 yenes y marcó el número anotado en la tarjeta. Esperó unos segundos a que le comunicaran con la persona que deseaba y luego dio su nombre como referencia.
–¿Qué decidiste, Soga? –la voz era calmada, algo raro en él.
–L-Lo haré… –tartamudeó.
–Excelente, sabía que podía contar contigo. Kurakano no tiene por qué enterarse y, si lo hace, lo entenderá con el tiempo –explicó como si fuese algo muy sencillo.
–Sólo debo vigilarla, ¿no es verdad? Ella no corre riesgo alguno –el sólo pensar en ello hacía que un escalofrío corriera por sus venas.
–Quizás también debas conseguirnos un par de documentos, pero ya veremos con el tiempo –explicó–. Acude con el chico de la caja 7 y pregunta por un curry con miel, él sabrá qué significa. No es seguro nos comuniquemos por este medio.
–De acuerdo.
La llamada se cortó de golpe, en su lugar el conocido pitido se hizo presente. Soga colgó y se dirigió a la caja indicada, la cual se encontraba cerrada, aunque en la misma un chico despreocupado jugaba con su celular.
–Disculpe, ¿tiene curry con miel? –preguntó nervioso.
El chico lo miró un par de segundos de la cabeza a los pies y luego sacó de debajo de su puesto una caja cerrada, echo esto regresó a su juego, como si no hubiese nada más interesante en el mundo. Soga agradeció y luego salió de allí, una vez en la entrada destapó el objeto para ver su contenido. En el fondo había un teléfono celular de prepago.
*PIERROT*
Tamaki contempló las diferentes especies expuestas en la florería, cada una más impresionante que la anterior. Se preguntó cuál de ellas le gustaría más a Haruhi y se contestó que seguramente la de fragancia más exquisita. Nekozawa le hizo una seña con la cabeza, indicándole que no se entretuviera y le siguiera. En la trastienda encontró a un chico de cabellera rojiza que regaba unas macetas con ayuda de una manguera.
–Buenas tardes, Kasanoda-san –saludó el rubio.
–Umehito –el chico se giró, reparando en su presencia.
–¿Eres el contacto de Nekozawa? –Tamaki le miró un poco asombrado, no esperaba que un yakuza pudiera dedicarse a algo tan hermoso como la jardinería.
–Tú debes ser Suou –el pelirrojo le miró fijamente, sin detener por ello su trabajo–. Me han hablado mucho de ti, ¿qué necesitas saber?
–Directo al punto –sonrió suavemente Nekozawa.
–He pensado que tenemos un informante entre la policía, quizás tú podrías saber algo más al respecto –fue el turno de sincerarse de Tamaki.
–Ah, sí, el ilustre cuerpo de policías –masculló mientras comenzaba a caminar para llegar al resto de plantas–. ¿Qué te hace creer que el topo esté entre tu gente? Creo recordar, detective, que cuando tomaste el caso te encargaste de seleccionar personalmente a todos los que participarían en el mismo, ¿no es así?
–Si –admitió, creía que con ello la información sería completamente hermética.
–Nosotros no tenemos nada qué ver con ese ladrón fantasma –aclaró–. Nadie de mi clan se inmiscuiría en un asunto tan observado por la prensa, comprenderás que odiaríamos estar en el centro de los reflectores, me ha tomado años hacer que nuestros negocios sean legales y no voy a jugármelo todo por un tipo que corre por los tejados…
–Nadie especula nada, Ritsu –fue el turno de hablar de Nekozawa–. Sin embargo, que tu clan sea uno de los más antiguos y grandes de Tokio hace que la información llegue a ti en algún momento, ¿no es verdad?
El pelirrojo quedó callado un momento, como sopesando si valía la pena la información que estaba a punto de intercambiar.
–Estás buscando mal, detective. No hay un topo en tus subordinados, sino a tu alrededor…
–¿De qué hablas?
–Si los yakuza quisiéramos obtener algo, ocultaríamos a nuestro informante donde nunca sospecharías, por ejemplo, tu ama de llaves o tu amigo de la infancia.
–¿Acaso insinúas que Kyouya o Shima harían algo como eso? –se enfadó con la sola mención a dicha posibilidad.
–El mejor escondite es a plena vista, Suou –dijo con simpleza.
–¿Sabes algo acerca de los robos? –Umehito trató de cambiar el tema de conversación al ver cómo los ánimos subían.
–No realmente –se sinceró–. Si preguntas dónde atacará o cuál es el motivo concreto, entonces no tengo nada qué decir. Pero hay algo muy curioso al respecto: la policía está enfocándose mucho en el nuevo Pierrot. Se han olvidado tras un par de robos del caso ocurrido hace veinte años, mi padre era el cabeza del clan en esa época, por ello mismo sé… que Pierrot y Arlequín devolvieron lo que se nos arrebató.
–¿De qué estás hablando? –Tamaki apenas podía procesar esa información.
–Mi abuelo perdió una pintura a manos de uno de sus subordinados, el cual la vendió en el mercado negro. El comprador fue un importante empresario de la región, además de que falsificó un certificado de autenticidad, comprenderás que cuando llevó su queja a la policía, nadie quiso escuchar a un yakuza, incluso cuando buscó asesoría legal ningún abogado quiso interceder por él… –Kasanoda volteó a verle por primera vez, fijando su atención en el rubio–. Murió sin poder recuperar lo que le había sido robado, pero le pidió a su hijo, mi padre, que hiciera todo lo posible para que la pintura volviera a la familia. ¿Pero qué podía hacer un yakuza de Kanto? Tocó mil puertas, se dirigió a todos los despachos posibles, incluso rezó en un templo sintoísta a pesar de no profesar la religión… Y un día… Arlequín apareció.
–¿Arlequín? –murmuró Tamaki.
–Te estás centrando en el lado incorrecto de la historia, Suou.
El pelirrojo cerró la llave del agua y les hizo una seña para que le acompañaran al interior de la casa situada al final del patio, los rubios fueron tras él. En la salita sólo había una mesa baja con algunos sillones, indudablemente una mano femenina había participado en la decoración. En la pared descansaba una pintura de los cerezos de Tokio, Tamaki no era experto en arte, pero incluso él podía ver que se trataba de una obra de gran valor. Sin embargo, no fue el cuadro lo que más llamó su atención, sino que, al levantarlo, Nekozawa sacó de atrás de él una pequeña tarjeta: la reina de corazones.
–Lo entiendes, ¿verdad, Suou? Nadie que haya recibido la visita de Arlequín querrá hablar –explicó lo obvio Nekozawa–. Somos aquellos a quienes ustedes les han negado la justicio y que tampoco contábamos con los medios necesarios para obtenerla por nuestras propias manos.
–Entonces, el resto de robos… son devoluciones –ató los cabos el rubio, le había tomado veinte años a la policía darse cuenta de ello–. Pero eso significa que debe haber una lista de objetos, algo deben tener en común, ¡nadie dijo nada de la segunda baraja!
–Mi padre era católico –dijo Nekozawa de la nada.
–¿Y eso qué significa? –preguntó el oficial.
–Que el rey y la reina no son cartas al azar –explicó–, ¿qué rey han entregado en todos los casos?
–El… de oros… –hizo memoria Nekozawa– No entiendo por qué mezclar dos barajas diferentes para transmitir un mensaje.
–Porque los oros simbolizan la codicia y la riqueza… –explicó Tamaki.
–¿Y la reina de corazones? –preguntó el otro.
–Para los católicos, representa a Judith, un personaje bíblico. Un personaje pequeño a quien nadie tomaba en cuenta pero que obtuvo la victoria para Israel a partir de su astucia, de la misma manera, un personaje pequeño como Arlequín ha devuelto todas las obras.
–Eso significa que… –entendió todo Nekozawa.
–Si… no están buscando a un hombre, sino a dos –explicó Kasanoda.
–Debemos buscar al antiguo Arlequín, él tendrá más información al respecto –exclamó Tamaki.
–Eso será fácil, está en la prisión de Tokio –recordó Umehito.
–¡Ese cabrón nos mintió! ¡Siempre supo más de lo que dijo! –se enfadó el oficial de policía.
–Esperen, recuerden nuestro acuerdo –les detuvo Kasanoda antes de que se fueran.
–Uno: no buscaremos las obras de hace veinte años, incluso aunque estén frente a nosotros –le recordó el pacto Nekozawa, fijando la vista en el cuadro de la pared.
–Dos: el clan Kasanoda y todos sus negocios… –Tamaki metió la mano derecha en el bolsillo interno de su chaqueta, sacando del mismo un fólder y entregándoselo al pelirrojo– ahora son legalmente oficiales.
*PIERROT*
–Kyou-chan, ¿averiguaste algo?
–Nada. Tengo a la policía privada de los Ootori y nadie puede decirme nada al respecto –masculló molesto.
–Pero no pudo desaparecer así como así, Hika-chan debió estar en algún lugar en ese periodo de tiempo –resaltó lo obvio.
–Honey-senpai, sólo se me ocurre una razón por la cual ni siquiera mis mejores oficiales hallasen una pista al respecto… –se acomodó mejor los lentes– Hikaru no desapareció, lo hicieron desaparecer.
–Si eso es verdad, entonces… Tama-chan…
–Al parecer Tamaki no está solo en este juego…
–¿Crees que eso tenga que ver con Haru-chan? –abrazó con fuerza a un conejito de peluche.
–Sí y no… Creo que Haruhi representa dos premios para Hikaru. Sólo resta saber si él está dispuesto a sacrificar uno de éstos por el otro.
–¿Y tú? –le miró fijamente el pequeño rubio–¿Sacrificarás a Haru-chan por Tama-chan?
Kyouya sonrió. Instintivamente se llevó la mano a la cadera, allí donde los puntos aún no cerraban, allí donde la herida estaba abierta.
*PIERROT*
Haruhi contempló la vista desde el mirador. Había pasado mucho tiempo desde que los gemelos y ella acudieran al mismo, desde sus días de escuela. Con el tiempo se había convertido en un sitio agridulce que prefería evitar, por lo que regresar allí con el azabache traía memorias demasiado dispares entre sí. Hikaru estacionó el bonito convertible justo a la mitad del sitio, bajando del mismo y abriéndole la puerta a ella, la castaña tomó su mano. El sitio tenía piedras pequeñas, por lo que sus zapatillas no eran la mejor opción para ir allí.
–Es increíble, ¿no? Te hace sentir tan vivo y pequeño al mismo tiempo –le dijo, observando alrededor.
–Sí, un aliento fresco en el centro de Tokio –hubo de admitir.
–Pero creo que alguien no vino preparada –se burló el azabache, señalando el incómodo calzado.
–No todos los días me escapo de la oficina –le contestó.
–Te dije que valdría la pena, ¿no? –irguió las cejas mientras buscaba las bolsas de papel en el coche– La mejor vista de Tokio y la comida más pecaminosa.
–Dudo mucho que una hamburguesa se considere así –rió suavemente, tomando su bolsa.
–Bueno, a Ranka y a mi madre nunca les gustó que gastáramos el dinero en ello, consideraban que no era sano para "jóvenes en crecimiento" –hizo unas comillas en el aire con los dedos.
–¡Pero sabían tan buenas! –comenzó a sacar la suya, subiéndose al capó del auto.
–Siguen sabiendo muy buenas –secundó el otro.
–Ahora todo parece tan lejano… –miró a la distancia.
–Adivino, Tamaki y tú nunca han compartido comida rápida –dio otra mordida a su almuerzo.
–Tamaki es el tipo de persona centrada con el cual quieres construir tu vida, ya sabes, dejar un poco la niñez y asentarte –hubo de confesar, decirlo en voz alta lo hacía ver más cómodo que romántico, muy a su pesar.
–¿Estás enamorada de él?
–Creo que es obvio, ¿no? Lo quiero mucho.
–No, Haruhi, pregunté si estás enamorada de él –volteó a verle–. Puedes estar enamorada del actor más guapo de Hollywood y definitivamente no lo quieres. Puedes querer a tu padre más que a nadie en este mundo, pero definitivamente no estás enamorada de él. Y cuando ambas cosas se reúnen… Cuando te enamoras y quieres a alguien al mismo tiempo…
–¿Qué sabes tú de eso? –se enfadó al ver por dónde iba el asunto– Me rechazaste sólo porque tenías miedo a lo que estabas sintiendo por mí en eso momento. También yo estaba asustada, Hikaru, pero estaba dispuesta a saltar del acantilado por ti, quería arrojarme de él sin saber qué me encontraría abajo y tú…
–Fui un idiota, lo sé –le sostuvo la mirada, con ella arriba del auto se sentía tan pequeño–. Quiero remediar eso…
–No puedes volver en el tiempo, Hikaru –le hizo ver.
–Lo sé… Tienes todo el derecho a no querer saber nada de mí, Haruhi, pero sólo dime –se trepó en el capó, quedando a su lado– que no sientes nada por mí cuando estamos juntos. Necesito escucharlo de ti.
La castaña desvió la mirada, no podía mentirle, nunca había podido. Pero si no era amor, ¿qué era? ¿Cómo decirle que ella misma no sabía qué sentía por él?
–Hikaru… me haces daño… –murmuró por lo bajo.
El azabache colocó su mano sobre la de ella, una corriente eléctrica recorrió desde la punta de sus dedos hasta su brazo. No era justo, Tamaki no despertaba eso… Era como poner a correr a un niño contra un profesional… Y sin embargo, ella deseaba genuinamente que el niño ganase la carrera.
–Haruhi, siempre hemos estado sólo Kaoru y yo… pero desde que te conocí sentí que el nosotros ya no era suficiente, que te quería en mi mundo…
–¿Cómo puedo confiar en ti?
Hikaru tomó su mano y la llevó hasta su pecho, allí donde su corazón latía, casi de inmediato el ritmo se aceleró… al igual que el suyo. Era algo que no podía fingirse.
–¿Puedes confiar en él? ¿Qué te dice? Sólo te pido una oportunidad…
El beso llegó sin siquiera notarlo. Era algo que sabía que pasaría, lo supo cuando la llevó al mirador, lo supo cuando subió con él al auto, lo supo cuando llamó a su oficina para avisar que no regresaría, lo supo cuando compartieron ese mokaccino, lo supo cuando lo vio parado afuera de su oficina… no… lo cierto es que lo supo cuando volvió a verlo en la entrada de su apartamento.
Jamás pensó que el primer beso que compartiera con Hikaru sabría a hamburguesa. A hamburguesa y a viejos recuerdos, que olería a las hojas del otoño y que se sentiría como miles de flores abriéndose en todo su cuerpo. Fue apenas un roce, cauto, pequeño, casi pidiéndole permiso uno al otro por despertar cosas a las que ambos temían.
–Salta conmigo, Christine… –murmuró tras romper el contacto.
